Miguel Gomes: “Lorena llora a las tres”

A todas horas últimamente. A las tres lo hace con más fuerza, porque ya no le interesa disimularlo; es media tarde y se abandona, deja que le caigan las lágrimas sobre el fregadero mientras lava las ollas que quedaron del almuerzo o de la cena del día anterior. Yo me hago el desentendido; no es que no me importe o que no me parta el alma oírla así, pero no sé qué hacer. Me consta, además, que cualquier esfuerzo de consolarla empeora la situación. Me la figuro mirándome con cara de rabia, como la otra vez, como las otras —muchas— veces, antes de espetarme un insulto, No te quedes allí parado como un necio, o antes de correr la cortina de flores que separa la cocina de la sala, no con delicadeza, sino de un brusco manotón —como los otros (demasiados) manotones que tienen la cortina raída, hecho un desastre el colgador—, Para de mirarme, zoquete, o decida repetir lo que viene diciéndome siempre que trato de conversar con ella y le hago el menor amago de matizar lo que sería, si no, un monólogo de su parte, Pero es que tú no me entiendes, chico, tú no me comprendes, no puedo hablar contigo porque es una pérdida de tiempo, y yo Lorena, no me dejas ni abrir la boca, y ella No, qué va, no lo vas a entender, no puedes. Tengo que dejarlo de ese tamaño, la garganta tiesa, como con una nuez atravesada: la siento rugosa bajarme hasta el pecho.

Llora a las tres, a las dos de la tarde. Ha llorado a las diez de la mañana, con la cara hinchada de tanto haberlo hecho. El otro día la encontré limpiando el patio y le caían gordos lagrimones sobre la palangana y el estropajo. Le pregunté si quería que la relevara, Descansa miamor, déjame que me encargue, y ella Vete de aquí, no me fastidies. La verdad es que no la entiendo: aquel puercoespín no es la mujer con la que me casé. Ni siquiera la conozco. Me la quedé viendo un rato; estaba de espaldas, con el vestido de andar por casa que se pone cuando le da por la limpieza; se le adivinaban los senos, y medio se los vi, porque no se ponía sostenes cuando estaba de faenas. Le sudaba el cuello y tenía los bordes del vestido mojados. El matojo de pelos contenidos por un moño mal hecho. Las pantorrillas fuertes que dicen de gallega (aunque Lorena, que yo sepa, no tiene ni pizca de gallega, tampoco puede descartarse, porque los maracuchos tienen un poquito de todo, menos de discretos). Le veo las pantorrillas macizas; el nudo del moño; las canas que se le enredan un poco y le quedan tan bien que parecen teñidas, puestas a propósito; las manchas de sudor; los senos que le tiemblan con el esfuerzo. Le veo también las caderas anchas, más anchas que lo demás. Siento una erección que pronto afloja; una nuez con su cáscara en el cuello; y ganas de también ponerme a llorar, porque sin esa mujer no me imagino nada, no importa que no la entienda. Quizá sea un paso de luna. Pero igual.

Es como una estafa: hasta hace unos meses, si alguien me hubiese preguntado quién era la persona más sensata que conocía, le habría respondido que Lorena. A los amigos siempre les digo que ella se quedó con el sentido común de esta casa. El perro no lo tiene. Los muchachos no lo tienen (inteligentes son, todos unos señores en lo que hacen, hojillas en su carrera, pero eso no es sentido común). Yo a veces lo tengo, pero mucho menos que ella, y hago cosas incomprensibles como aquello de venderle mi parte del bufete al pendejo de Gonzalo, y por un precio ridículo (nunca voy a arrepentirme lo suficiente), para dedicarme a la pizzería, porque en este país de locos el derecho de propiedad intelectual no es negocio; uno acaba más bien administrando cantantes, y pronto estos se van y uno empieza a liarse con actores o gente de teatro, y allí todo es resbaloso; cosas incomprensibles como dedicarme a una pizzería justo en Altamira, y en la Plaza Francia, cuando empezaron las protestas y a pocos días de la masacre (unas horas antes vendimos como nunca); incomprensibles totalmente, como acabar deshaciéndome de la pizzería, que estaba dando pérdidas, y montar de nuevo mi negocio de abogado, con el nombre ahora de Centro de Talentos, pero esta vez desde casa, para no estar pagando frente ni empleados. Motorizado y va que chuta (suelo ahorrármelo, cuando me entran ganas de manejar). A Raquel la despedí; ya no más recepcionistas, que son como un castigo divino. A Gonzalo lo mandé al carajo, porque era un bueno para nada y no hacía sino llenarse los bolsillos a costa de mi trabajo (me han contado que está vendiendo el bufete, porque quebró; cómo no iba a quebrar, si era yo el que lo hacía todo). Soy el incomprensible, no Lorena; ella estaba siempre tranquila y cuando más me desesperaba, la encontraba dispuesta a aconsejarme y a jalarme las orejas si era necesario. Casi siempre convenía. Pero ahora está así: va para un año. Y se me acaban los recursos. Una estafa total: alguien me engañó, me vendió gato por liebre, me cambió la mujer. De Lorena no es la culpa; la pobre está que no se aguanta. Ahora mismo la oigo: se ha metido en el cuarto y llora, convencida de que no me entero.

Hay días, que son los peores, en que se encierra con las persianas abajo, a oscuras total, y no sale de la cama; se tapa hasta las narices, no importa que haga calor. A lo sumo enciende el televisor y pone novelas, aunque creo que no les hace caso: las ve pero no las mira; las oye pero no escucha. Me angustia tener que entrar al cuarto a buscar cualquier cosa que se me haya olvidado; no sé si me va a ignorar; no sé si me va a ladrar Qué miras, chico, o si está rabiosa Qué miras, imbécil. Y no sé nunca cómo va a estar, si llora de tristeza o si llora furiosa. La última vez que traté de consolarla o de animarla, y para eso le había puesto una mano en la cabeza, con todo el cuidado del mundo, ella se volvió un bicho, me gruñó, casi me ataca ¿Es que te crees que soy Simón para que me estés sobando? Y yo No, Lorena, no es eso, es que te quiero y no me gusta verte así, miamor. Y ella Eres un cursi. Por eso hasta el sol de hoy no la toco, ni me pongo cursi, y para ser franco no me pongo de ninguna manera, o no entiendo cómo me pongo, no quiero ni pensar en lo que pienso para darle a ella toda la razón. Es que no comprendo. Ni a mi mujer, ni a mí, ni al perro; la Santísima Trinidad de los que vivimos en esta casa.

Simón anda mal; mueve la cola pero quiebra el corazón verlo y darse cuenta de que no le quedan muchos días. La idea de llamarlo Simón fue de Lorena, que decía que de pequeña en su casa habían tenido otro perro que se llamaba José Antonio, y, si así era la cosa, a este podíamos bautizarlo Simón. Simón se quedó. Yo me reía para incordiarla: ustedes los maracuchos les dan nombres normales de gente a sus mascotas y con la gente normal se ponen exuberantes, como pasa con tu mamá: Esplendidaluz Palacios de Durango, ¡y es una señora menudita!; Lorena en esa época no había perdido todavía el sentido del humor y hasta afición le tenía a la chacota, era siempre una felicidad conversar con ella, se carcajeaba antes de contestarme Si quieres reñir, chico, te puedo recordar lo que se cuenta de ustedes los valencianos desde que Boves los disciplinó. Con eso me callaba, claro. Al Simón lo encontramos un día en una calle; se notaba que era cachorrito; se hizo mayor y ahora está que no puede con el alma; los ojos los tiene azules de esas lagañas raras, que serán cataratas, me imagino. Va ciego y a veces me da la impresión de que sordo también, porque uno lo llama y él mira para otro lado; uno lo vuelve a llamar y vuelve a equivocarse, hasta que solamente a la tercera o cuarta acierta. Lleva diecinueve años con nosotros; es el Matusalén de los perros. Últimamente no se aguanta y se caga en todas partes; el patio está hecho una peste, y por eso ya no lo dejamos entrar en la casa. Da lástima. El pupú es una cremita y se le engancha en los pelos de las patas. Es como si estuviera disolviéndose, yéndose como un chorro por entre las matas, poquito a poco muriéndose, con lo fuerte y contento que anduvo de joven; daba gusto verlo cuando uno llegaba a casa; o cuando los niños volvían del colegio y se ponían a jugar con él. Está en el hueso; se le cuentan las costillas, por más que coma. Dos o tres veces me ha cruzado por la cabeza la idea de sacrificarlo, para que no siga sufriendo. Porque eso es lo que hace: basta con oírle los gañidos, sobre todo de noche. Dan dolor. Un tiro limpio en el cráneo, con la pistola aquélla que le compré a mi cuñado en marzo del 89, cuando andábamos nerviosos con los saqueos. La pistola parecía de vaqueros; el cañón era largo y solo con eso se imponía. Nunca la he usado y a decir verdad no la veo desde hace años; tan escondida la tengo que, pese a lo peligrosa que se ha puesto Caracas, ni siquiera recuerdo dónde la metí. Pero valdría la pena buscarla para apaciguar a este animal; es lo más humano que puede hacerse. Claro, que no es soplar y hacer botellas; apenas me vienen las fantasías de facilitarle la muerte me vienen también las de ponerme en su lugar o preguntarme si mis hijos se preguntarán las mismas cosas en su debido momento, en cuanto tampoco controle los esfínteres y esté sordo y ciego y viejo a más no poder, que es como estar muerto pero sin haber acabado de dar el último paso. Hasta asma parece que tiene el Simón.

Vamos para un año de esto. Al principio, nos sentábamos a cenar y yo notaba que ella se quedaba callada, con esos silencios que muerden. Le buscaba conversación y reaccionaba, me contaba lo que había hecho o no había alcanzado a hacer durante el día, o lo que supo de cierta vecina, o noticias que había oído en la radio. Luego, si yo aflojaba el interés fuese por masticar bien la comida o por echarle un ojo a algo que mostraban en la televisión, Lorena volvía a apagarse, como si se le descargaran las pilas. Alguna semana estuve metido en problemas con clientes y me descuidé, y para cuando saqué las cuentas me enteré de que ella y yo habíamos estado sin intercambiar palabras que no fueran absolutamente indispensables por lo menos una quincena. Hasta que del silencio pasó a llorar. Estábamos desayunando y le notaba la cara más hinchada de lo normal a esas horas; ella me servía el café, o yo se lo servía, y de repente le rodaban las gotas, derechito hacia abajo, como si no fueran de verdad. La primera vez me asusté Qué te pasa miamor, qué es, y ella Nada, y yo Cómo que nada, estás llorando, Estoy resfriada, o sería Tengo alergias, Pero tú no eres alérgica, y aquí fue cuando me lo zumbó, a quemarropa: Chico, qué sabes tú de mí, qué sabes tú de nadie, yo nunca te he interesado, quién eres para estar diciendo si tengo o no tengo alergias. Me habían cambiado la mujer, pensé, pero por supuesto no lo dije. No me mires con esa cara de anormal. Quién era este monstruo, pero eso tampoco lo dije, claro. Anormal, gafo. No recuerdo qué otra banderilla me puso. Okey, cálmate, miamor, tengo que ir a ver a unos clientes en Cumbres de Curumo; si te sientes mal avísame, Vete, déjame en paz, fue lo que me contestó. Yo acabé de arreglarme y me fui, porque de verdad me esperaban y la situación no estaba como para perder clientes, pero cuando salía la sensación era más bien de empotrarme en una pared, a cada paso incrustarme más entre los bloques. No cualquier pared: alguna de las de mi casa, desconchadas, como con lepra, porque una mano de pintura cuesta un ojo de la cara. Prender el Fiat y apretar el acelerador complicaba las cosas, era estar más atascado y pensar ay coño qué es lo que tiene esta mujer ahora. Yo nunca la había visto así: decir malas pulgas se queda corto. Ni me había visto a mí tan pálido en un retrovisor. Lorena me contagiaba lo que tenía. Nunca así, ni yo ni ella.

Tal vez me equivoco; de vez en cuando le venían cosas raras. Por ejemplo, escuchaba noticias sobre la visita del Papa y se enternecía hasta las lágrimas (cuando no íbamos a misa desde el matrimonio, y cuando la visita ni siquiera era a Venezuela, sino a Guatemala o qué sé dónde). Por ejemplo, leía en el periódico que tal día como hoy habían llegado los primeros europeos al Japón y, plaf, se pone a moquear. Por ejemplo, Simón coge un ratón en el patio y dale con el llanto, porque Pobre animalito de Dios, ese perrazo tan grande cómo te ha dejado (¿De qué pobre animalito hablas, mujer?, si tú eres la primera que chilla cuando se nos mete un ratón en la casa, y ella Pero no era para tanto, ¿por qué tiene que masticarlo así? Lorena, ¿qué dices?, es un pastor alemán venido a menos, ni de vaina lo confundas con San Francisco de Asís). Ella igual decía que Simón no tenía compasión, que yo tampoco la tenía, Y no te metas conmigo, chico. Esos días yo no acertaba a escoger la palabra o la mueca adecuada: Lorena se convertía en un marciano. Con la diferencia de que me reconciliaba con ella al cabo de unas horas o, en casos extremos, de una semana. A la mesa, conversando con los muchachos, o en la cama, más o menos a oscuras, porque ella prefería siempre que apagáramos las lámparas, hacíamos las paces. Pero ahora es distinto. Antes, cuando tenía esos episodios, ella toleraba que la tocara; uno que otro roce durante el día, un beso de buenos días o de hasta luego. Más tarde entre las sábanas, un pie puesto a propósito o accidentalmente encima de la batata gallega, carnosita, Cómo me gustas, m’hija; la cogía por las caderas, me le acercaba, y ella no parecía molestarse, más bien reculaba un poco, me calentaba el vientre con aquellas nalgas incondicionales que habrían resucitado a Lázaro. Entonces yo sacaba mis conclusiones: Claro, se había puesto rara anteayer o antes de anteayer porque anda con la regla, lo que tiene es un relajo hormonal. Un disturbio, que dicen en los periódicos.

Relajo o disturbio memorable fue el de los meses que siguieron al parto. La euforia de cuando descubrimos que íbamos a tener morochos se nos había ido disipando hasta la época de la maternidad. Ya en la casa, combinado el cansancio general con el suplicio de tener que convivir con mi suegra, Esplendidaluz Palacios de Durango, lo que recuerdo es un trozo de infierno que anulaba la satisfacción de ser padre, hombre casado y hasta hombre, punto. Lorena lloraba cuando la mamá no estaba presente, decía que yo no la ayudaba, yo le respondía que cómo quería que la ayudase, ella que necesitaba dormir, yo que Okey okey, miamor, y quedamos en turnarnos, y lo hicimos, pero al cabo de una semana Tú no me ayudas, y yo Cómo quieres que te ayude ahora, nos turnamos una noche tú una noche yo, ella se ponía a llorar, yo no tengo riñones para verla llorar así, me desespero, y para colmo tenía que ir a trabajar, no era fácil el corre y corre de clientes, los tratos que se caían, toda una noche sin dormir, y este del Gonzalo mucha cerveza para celebrar que nacieron los muchachos, pero las cuentas en el bufete andan extrañas, Cómo que extrañas, socio, Extrañas, extrañas: ¿cuánto le estás pagando a Raquel? ¿Cómo? Y ¿de cuándo acá ese es el sueldo? ¿Cómo? Pero ¿cuándo discutimos que le ibas a dar un aumento? ¿Cómo? ¿Cuándo fue que me lo dijiste? ¿Cómo? ¿Que me lo dijiste al día siguiente de que nacieran los chamos? ¿Cómo cómo cómo? Yo no me acordaba de eso… ahora bien, le di el beneficio de la duda, porque con los insomnios, la irritación de vivir con Lorena que estaba así de hirsuta, la ladilla sangrienta que era mi suegra cuando quería (Pero ¿vos no veis que no ayudáis en casa? Por eso m’hija anda que arrastra los pies, pobrecita). (Ya lo sabía: es culpa de esa vieja, quién sabe qué rollos le está metiendo en la cabeza a Lorena). No me acordaba. Tenía que darle el beneficio de la duda porque con los insomnios se me olvidaba mi nombre completo, vacilaba en serio con el segundo, hasta el número de la cédula se me enredaba. Yo no era yo, Lorena no era ella, mi suegra sí que era mi suegra y eso era un problema; un problema añadido a las llorantinas de dos niños a la vez, con su pupú su pipí su hambre su horario de locos que volvía loco a cualquiera. Pero las semanas pasaron, la señora Esplendidaluz se regresó a su Maracaibo querido y el disturbio se acabó. Al quinto o sexto mes Lorena volvió a ser la mujer que yo conocía.

Vamos para un año de este nuevo capítulo y ella no se compone. Aquel infierno del posparto fue insoportable, pero duró lo que la falta de sueño. Este, en cambio, se arrastra como una alimaña once meses, casi doce, y no se le ve el fin. Quiero saber por qué está pasando. No que no me haya sentado a pensar, y que no haya masticado todos los escenarios posibles mientras camino, o mientras espero a un cliente, o mientras ando encallado en el tráfico. El otro día, apenas había estacionado, me atracaron enfrente de la Clínica Atías, un carajito de quince o dieciséis años, con una navaja; me la puso al cuello y me dijo Dame la cartera o te corto. Yo por suerte aprendí a no tener nada importante en la billetera. Me dijo El reloj. Se lo di. Me dijo El maletín, suéltalo. Solo tengo papeles del trabajo, vale. Suéltalo o te corto. Se lo di. Por suerte no llevaba ese día nada trascendental, fotocopias y tal. Se lo solté y no me cortó. Se fue a las carreritas. Yo, mientras lo veía perderse de vista, pensaba ¿Por qué lloras todo el día, Lorena? ¿Por qué andas así, si estamos bien, dentro de lo que cabe estamos bien? Todo se va a la mierda, esta ciudad, este país, ese carajito con mi maletín (suerte que era el verde viejo, con las esquinas peladas, no el negro elegante que me regalaron los morochos en mi cumpleaños), todo por el desagüe, pero nosotros estamos bien, Lorena, ¿por qué te encierras a oscuras y te tapas hasta la nariz si tú y yo estamos bien, miamor?

—¡El coño de la madre!

Me acuerdo de berrear como un energúmeno, allí, en medio de la calle. Y me imagino que la señora del quiosco lo atribuiría correctamente no a que fuese yo lunático, sino a la rabieta (parecía preocupada, pero tampoco demasiado: seguro que había visto otras aventuras del chamo de la navaja, dos o tres al día. Esto está imposible, me explicó ella, y no tiene arreglo, porque ese malandro es sobrino de un policía. Estaba dicho todo: yo era el zopenco que había pasado por su territorio). Me arreglé como pude, me puse una mano en la ingle para estar totalmente seguro de que todavía tenía los billetes y las tarjetas bien guardados en los distintos bolsillitos de la faja, idiota no soy, y seguí caminando, pensando en Lorena, en qué más. Había repasado causas: que los muchachos se nos iban de la casa, y eso a lo mejor la deprimía; pero Ernesto tenía un buen cargo en Porlamar, mientras que aquí en Caracas, con todo y el diploma de Informática y las tremendas notas, quién sabía cuándo iba a encontrar algo, y Enrique, más sortario no podía ser, luego de que lo sacaron de PDVSA el padrino le había echado una segunda mano en los Estados Unidos y allí precisamente había un concurso de credenciales al que se presentó y lo ganó, cómo no lo iba a ganar si Enrique es un lince en sus cosas, ingenieros de gasoductos no hay demasiados; a lo mejor porque los muchachos se nos fueron ya, pero me digo No, eso no puede ser, Lorena está feliz de que cada uno haya conseguido trabajo, considerando cómo se ha puesto la situación aquí; será entonces que se amargó porque la casa está que se cae a trozos y Los Rosales como una cloaca, hay que ver, con lo bonito que era cuando compramos la casita, está como si hubiese habido una guerra; o será porque después de tantos años le ha venido un arrepentimiento horrible por haber dejado el trabajo en el Ministerio. Un día, hace año y medio o así, conversamos al respecto, fue de las últimas veces que conversamos en forma, creo, yo le dije Tú te imaginas, chica, cómo sería que estuvieses metida en el Ministerio en esta época, con algún jefe chavista que te exija que te afilies al partido, debe ser irrespirable ese sitio, irrespirable todo el centro de Caracas, imagínate trabajar en las Torres del Silencio como andan las cosas, Me deprimiría un montón, creo que me respondió, y yo ahora lo recuerdo o creo que lo recuerdo y se me remueven las entrañas; pero a lo peor le ha venido un arrepentimiento espantoso, esos asuntos son irracionales, y se acuerda de los trámites de la renuncia, que no me culpe, yo no tuve nada que ver, si algo hice fue más bien decirle que teníamos flexibilidad, si quería seguir que siguiera, si quería renunciar que renunciara, no que estuviéramos ricos, pero podíamos arreglárnoslas con decencia; fue la cabra loca de su madre la que le metió en la cabeza lo de estarse en casa con los muchachos, teniendo un diploma de arquitecta, ni más ni menos, ay m’hija, Lorena, que mis nietos necesitan a alguien que los atienda bien, y vos sabéis que si estas criaturas no tienen una mano firme se echan a perder (¿qué habrá insinuado con lo de mano firme? Sé que nunca me perdonó que convenciera a la hija de quedarse en Caracas después de graduada, pero estos maracuchos se enrollan solitos, son como trompos que hablan duro, y la señora Esplendidaluz era porfiada). Luego pasó lo que pasó con eso de que no se llevaba bien Lorena con la colega que era adeca y la acosaba porque Lorena no se afiliaba, no estaba para adecos ni copeyanos ni partidos políticos ni qué San Judas Tadeo, y mira dónde hemos ido a parar. Así es. Sería porque a cada rato la mandaban al interior a recoger datos y a visitar instalaciones, y a veces esos viajes tenía que hacerlos con colegas que le caían como plomo. Eso era lo que decía. Un día, tengo que confesarlo, llamé a la oficina para averiguar un número de contacto con ella, que no me había llamado todavía, como habíamos quedado, y en ese entonces todavía no se habían puesto de moda los teléfonos celulares, llamé a la oficina y la secretaria, esas que Lorena decía que tenía atravesada, me contestó que la arquitecta estaba con el ingeniero Rondón, en Ciudad Bolívar, ¿Cómo que con el ingeniero Rondón? (yo pensaba que me había dicho que la acompañaba la doctora Escolano; Mireya, como se refería a ella Lorena cuando estaban en buenos tratos); con el ingeniero Rondón, sí señor, y el número es tal y tal, ¿Es un hotel? No sé, señor, ese es el número que nos dejó el ingeniero. Me quedé de una pieza, sin pensamientos ni presentimientos ni ganas de hablar. No llamé, por supuesto, esperé a que ella se dignara llamarme. Cuando lo hizo lo primero que me dijo fue Disculpa que no te llamase antes, pero no conseguí hotel, y eso que los de la oficina nos habían asegurado que la reserva estaba hecha. ¿A quién les habían asegurado, a la doctora Escolano y a ti? Le pregunté, haciéndome el distraído, y ella No, en realidad a última hora nos dijeron que había un cambio y que habían asignado a Rondón, imagínate (esto lo cuchicheaba Lorena, que debía tener gente cerca), por suerte la mamá de Rondón todavía vive aquí y me han ofrecido alojamiento, me estoy quedando con ellos. Yo no me acuerdo bien de qué dije, ni cómo lo hice. Sentía que se me salían de sitio los órganos. Pero tampoco tenía razones para no creerle a Lorena. Nunca me dio motivos. Además, al día siguiente llamé a ese número y, en efecto, me respondió una señora, con la voz carrasposa; tenía que ser mayor. ¿Por qué no iba a creer? Colgué, sin decir nada. La de mala uva era la perra de la secretaria, Yadira, Yarelis, Yamedirás qué nombre de secretaria tenía, que según Lorena no hacía más que indisponerla con los jefes, y ahora quería hacerlo conmigo, hija de puta. Se lo conté a Lorena cuando estuvo de vuelta y ella, primero, se puso pálida, y luego dijo que le arrancaría las pestañas a la infeliz, los ojos con el compás, Cálmate, le dije yo, no te sulfures, pero cuídate, sí, de esa bicha; obviamente es gente mala. Y Lorena Yo con Rondón… ¡con Rondón!, ese tipo que es intragable, figúrate. No me lo quise figurar, había algo peculiar, rebuscado en el tono de voz con que me explicaba su disgusto por el fulano ingeniero, pero yo tampoco tenía motivos para seguir pensando en el episodio. Hubo otros viajes al interior, tres o cuatro, pero al parecer no había Rondón, era con otras arquitectas o doctoras o ingenieras del Departamento de Infraestructura, y Lorena me daba los números o llamaba enseguida, con una precisión cronométrica siempre que el embotellamiento en la carretera lo permitiera o los vuelos fuesen puntuales. Dejó el trabajo porque la madre se lo sugería y porque ella se cansaba de los tejemanejes con los adecos y los copeyanos y las secretarias que se portaban como zorras de telenovelas porque eso era lo que veían. Estaba cansada también del ingeniero Rondón (nunca la oí hablar tan mal de nadie, cada vez que lo mencionaba era para describir lo más bajo que había en la escala humana del Ministerio), el ingeniero Rondón y otra gentuza como él con la que había tenido que codearse en la administración pública. A mí me iba de lo mejor con el trabajo en esa época y Lorena podía dedicarse a tiempo completo a cuidar a los muchachos, si quería, a estarse quieta en casa, si quería, a mantener a raya la mugre la suciedad el polvo que flotaba en el aire, si quería. Los Rosales estaba bien en aquel entonces, aunque muchos conocidos empezaban a mudarse a sitios como Caurimare o El Cafetal o San Luis. Varios vecinos lo hicieron y nosotros nos preguntamos si no nos convenía, pero la casa tiene espacio, estaba en buenas condiciones, no como ahora, quién iba a adivinar que las calles se pondrían así de peligrosas, porque navajas eran lo de menos, y que vendrían los saqueos, y el bodeguero dejaría los sesos en el suelo un día ante la vista de Lorena y otra señora que habían ido de compras, y que nosotros una temporada pusimos la casa en venta a ver qué pasaba y nada pasó, así que se nos enfriaron los ánimos y nos fuimos quedando. Décadas ya de eso. Murió mi suegra: esas podría ser otra causa por la que Lorena llora a esta hora, lo llora todo, hasta el nombre (me quedo callado, bajo la cabeza con los ojos cerrados, tratando de que los gañidos de Simón no me desconcentren, y la escucho).

Abro los ojos y veo al pobre animal cagándose al lado de la maceta de helechos, si mi mujer lo ve se va a poner a llorar más duro, sin tratar de disimular, como todavía trata cuando sabe que ando cerca. Eso, si decide salir del cuarto; pero esta tarde anda allí metida y no habrá manera. A veces le preparo la comida y se la llevo y le pregunto si quiere una aspirina, pero como sé que me arriesgo a que vuelva a gritarme me lo tengo que pensar. El pobre Simón me arruga el alma, le tiemblan la cola y las patas traseras cuando se derrama allí junto a las matas, ese líquido como papelón, solo que un poco más espeso, y pútrido. No me da asco ya, cómo va a dármelo, si ese perro viejo nos ha acompañado toda la vida y los muchachos jugaron con él y les ha ladrado a todos los malandros que han intentado metérsenos en la casa y una vez creo que dejó malparado a uno porque sangre encontramos en el patio y no era del perro ni de los muchachos ni nuestra. Muy bien, Simón, así es, chico; tremendas meriendas que le dimos. Hoy lo que come es un plato enorme con las cosas que dejamos o que están a punto de pasársenos porque uno ya no tiene familia por aquí pero se queda con la costumbre de comprar no para dos sino para cuatro. Últimamente cosas con harina, que es de lo poco que se encuentra en la bodega. Voy a lavar ese desastre que deja Simón porque si Lorena lo ve se va a poner peor de lo que está.

Una vez le dije que por qué no iba al doctor, un psicólogo o así (menos mal que no dije psiquiatra) y casi me arranca los ojos como en broma había dicho que lo haría con la secretaria. Nunca me ha tocado, pero ganas no le faltaron: se lo vi en la cara, los dientes eran como de animales que daban miedo, Vete de aquí déjame sola crees que me estás ayudando diciendo que estoy loca estoy así porque vivo contigo porque eres un muermo mira cómo vivimos mira mira mira, podíamos estar en otra parte podíamos, y ella no acababa la oración tiraba la puerta yo ya me había distanciado lo suficiente porque no aguantaba esos arranques. No dormí varias noches seguidas, pero de unos meses para acá no me quitan tanto el sueño. Las hormonas lo explicaban todo, leí enciclopedias y columbré que eso era, la menopausia, una menopausia tardía, toda la vida Lorena había sido un manojo de hormonas alebrestadas y yo, persignándome por dentro, volví al tema en un almuerzo en que parecía que estaba más calmada Quise decir ginecólogo miamor no psicólogo porque pienso que esto puede ser la menopausia, ¿no?, dicen que a veces es fortísima. Ella me gritó

—¡Maricón!

y yo nunca más lo he vuelto a hacer, pero me levanté, levanté también la mano y estuve a punto de despeñársela en la cara, para que me vuelvas a insultar. No lo hice, la sangre no llegó al río ni la palma a la cara, pero ella se había ido otra vez al cuarto. A mí lo de maricón me hincaba el colmillo en la yugular (estaba también esa fantasía de agarrarme a puños con Rondón, no sé por qué) y me calmé poco a poco, pensando qué habrá querido decirme con lo de que todavía vivíamos aquí si fue ella (no se me olvida) la que escogió que nos mudáramos a Los Rosales y fue ella (tampoco se me olvida) la que primero tiró la toalla cuando barajábamos planes de mudarnos a San Luis El Cafetal Caurimare esos sitios. Fue ella. Yo le dije una mañana antes de ir a entrevistarme con un cliente De regreso voy a renovar el aviso en la prensa, ¿quieres que lo haga por una semana o por una quincena? Y ella, claramente, No, chico, déjalo, estamos perdiendo plata y tiempo, y total, aquí estamos bien, ¿no? Y yo Sí, estamos bien. Y estamos bien dijimos y pensamos los dos, me consta, porque en ese tiempo todavía pensábamos y decíamos las cosas a la vez, estábamos juntos. Ahora no. Ahora no sé lo que tiene. Ella no sabe lo que tengo. Y tampoco sé lo que tengo, lo que me entra en la cabeza y me zumba como las moscas que le siguen el rastro a Simón. Solamente sé que alguien tiene que limpiar esta cagada maloliente. Vuelve a temblar, a estremecerse. Encima de las flores, las espinas de Cristo. Chorrearse ahí es el colmo. Y llora; creo que esos gañiditos son llanto de perro que no tiene fuerzas ni para llorar. Alguien tiene que ayudarlo a morirse.

Lorena gime en su cuarto; la oigo. Cualquiera pierde la esperanza con este país, con la madre muerta y Pudimos habernos mudado a casa de mi mamá me dijo un día, un desayuno en que yo estaba anudándome la corbata, a punto de salir porque iba a ver a un actor que quería que le arreglase los papeles porque Radio Caracas, ahora en cable, lo quería contratar. ¿A casa de tu mamá, Lorena?, eso era casi un rancho, tú me lo decías, si más bien querías que ella se viniese con nosotros, que qué hacía sola en Maracaibo luego de que enterramos a tu hermano. Es que tú no me entiendes, chico, está visto; contigo no puede hablarse. Y se largó al cuarto a llorar. Yo me quedé con el nudo en la mano, con ganas de sacarme la corbata y cancelar la reunión, pero me dije No, tengo que seguir adelante, no puedo ponerme a merced de estas loqueras, ya se le pasará. Aquella casa estaba mucho peor que ésta, y no me imaginaba viviendo en la tierra-del-sol-amada, uno tenía que estar tostado por el sol para instalarse en aquel horno al aire libre, Dios mío, salí de Valencia cansado de calores y falta de oportunidades, no me iba a ir a Maracaibo, a quién se lo ocurre: a la menopausia, esas era mi respuesta. Me imaginaba la menopausia como una bruja de un solo ojo y peluca de mapanares, boas, alacranes, todo lo que muerda y atormente. Pero ni mencionar de nuevo la palabra, porque mi propia mujer me echaría encima el maricón que me había endilgado como quien bautiza un barco de un botellazo, y dolió como si me hubieran partido un botellón crudo en el cráneo, me acuerdo ahora cuando Lorena sigue llorando y el pobre de Simón echando las entrañas por todas partes y ese hedor Dios ese hedor. Me agacho a limpiar con un trapo y me vienen arcadas tengo que acercarme a lo que queda de las orquídeas que en una época a Lorena le había dado por cuidar y allí me desparramo, se me sale hasta lo que no he comido, qué asco; Lorena llora llora Llorena, me muero una dos tres arcadas cuando antes habíamos estado tan felices ni me acuerdo, será desde antes que nos llegara la noticia de que mi cuñado se mató en una carretera, justo llegando al Zulia luego de una visita que nos vino a hacer a Caracas; será luego del entierro que fue todo a los trancazos porque a Lorena le vino un bajón monumental será desde entonces que está así Pero no, digo cuidándome de que no sea en voz alta y alguien, ella misma, vaya a pensar que he perdido una tuerca, Pero no, Lorena después se compuso, fue cosa de unos meses uno se resigna

A manguerazos todo eso va desapareciendo, lo del perro, lo mío. Solamente el maricón no se borra porque a ella jamás la he insultado. Creo que no lo hizo con los ingenieros del Ministerio y por eso se desquita conmigo. A lo mejor con Ernesto aquí sería diferente, a lo mejor me convendría llamarlo a él para que me ayude a pensar qué hacer con su madre, porque yo, para ser franco, estoy empezando a desesperarme, qué digo empezando, estoy desesperado: ella llora y ni siquiera sé si llora, solamente pienso que está metida en ese cuarto y no quiere salir y sigo pensando qué más puedo hacer. Ernesto viene de vez en cuando, durante las vacaciones, pero de aquí a Semana Santa todavía falta. Con Enrique, ni soñar que le cuento nada de esto, porque estando en el exterior el susto que va a coger es demasiado. Además, siempre ha habido cosas así en esta casa y nunca he tenido que recurrir a los muchachos, por qué voy a empezar ahora. No soy tan egoísta, no haría más que preocuparlos y ellos están trabajando duro para ganarse la vida, hacerse una propia, no tengo que estar arrastrándolos a estas estupideces maritales. Será por el país, será porque la señora Esplendidaluz se murió también de lo que después supimos que era una infección intestinal o una cadena de infecciones, yo bien que acepté que Lorena ofreciera traérsela aquí, a Caracas, pero la vieja era terca como un buey y no quiso; tan calladitos que se tenía los síntomas para que la hija no insistiera en la mudanza; y Lorena ahora no tiene a nadie más que yo, mira que ponerse a extrañar algo como el casi rancho de Maracaibo es de locos pero de eso se trata ¿no? de locos es lo que tiene Lorena eso es

Apenas cierro la llave de la manguera y pienso que será todo por hoy, me doy cuenta de que Simón otra vez está cagándose en medio del patio. Hay que ayudar a esa criatura, sacarla de una buena vez de este mundo no importa que a uno le duela o le dé lástima o simplemente cueste cueste cueste tanto armarse de valor para matar a un perro. Nos casamos muy jóvenes yo tenía buenas perspectivas profesionales y lo del bufete no estaba mal, tenía buena pinta, pero a quién se le ocurre venderlo por una pizzería, pero fue mejor así porque al sinvergüenza de Gonzalo nadie en su sano juicio querría tenerlo como socio yo no estaba en mi sano juicio el muy bandido le echaba mano a todo lo que podía para engordar la quincena de su querida que resultó ser la Raquel qué tonto que fui que no lo capté desde el principio si esa de la Raquel era una putarraza de película y se le veía, a mí me hizo un pase una vez y me dijo si le subía la cremallera que ella no se la alcanzaba en la espalda y tenía el sostén y la verdad es que daban ganas de tocarla tenía la espalda buena, pero yo estaba enamorado de mi mujer, casi siempre lo estuve, excepto por sus temporadas lunares en que más bien me provocaba asesinarla, eres un cursi un maricón casi me muerde y uno es capaz de cosas así cuando no ha dormido y chillan niños y ella ni me toques imagínate, chico, un hombre sano y viril, maricón, de dónde sacó eso, hasta seis meses de nada nada porque su mujer se irrita y uno qué va a hacer, una vez pensé irme de putas, pero no tengo las bolas para eso (a lo mejor sí tiene razón Lorena) no tengo las bolas y me repugnan como esta torta que ha puesto el perro aquí hay que rematarlo el pobre esta plasta moscas y mosquitos fruteros porque está cruda como el cráneo con esta perforación en que mi mujer llora encerrada en su cuarto oscuro del que no hay quien la saque

Hace más de medio año que ni la toco, desde que intenté consolarla y ella se puso salvaje, me aulló, se acabó el bufete, bicho, y fue mejor para todos despedida la zorra de la Raquel y contigo Gonzalo no quiero saber nada vamos a separarnos divorcio entre abogados a ver cómo te mantienes y por lo que sé fracasó mientras que yo sin secretarias sin bufete trabajando desde casa sólo ayudado de vez en cuando por el motorizado he seguido con mis clientes y hasta creo que podría dejar de trabajar a estas alturas porque algo tengo ahorrado (en el exterior, se entiende) pero no me arriesgo a quedarme de brazos cruzados porque así uno de verdad se pone viejo

deshacerse de la secretaria del socio de la pizzería fuera mosca porque era una auténtica locura fuera mosca y seguir lidiando con casos individuales actores cantantes mi propio Centro de Talentos no un rancho en Maracaibo de qué cabeza sale eso está loca fuera mosca me sale el apellido del ingeniero Rondón-Rondón y algo como odio pero es el odio que a veces tienen los maridos cuando no comprenden a sus mujeres es normal parte de la vida como que los hijos crezcan se muden escriban de vez en cuando llamen manden postales

diarreas así solo pueden purificarse liquidarse con lejía cloro lo primero que encuentre; caca de perro; recuerdo que tenía una botellita de lejía en el armario de la cocina pero no la veo, probablemente esté en el armario al lado del patio donde también guardo las herramientas Lorena llora zumban las moscas Lorallena

en las manos me tiembla la llavecita como la panza atiborrada del perro tripas que van guardando horas que son días cuando salen y toman el patio hasta que logro abrir el candado y lo primero que veo entre botellas que no son de lejía y trapos viejos tuercas martillos más punzones es una caja que al principio no reconozco y sólo al principio porque enseguida pienso sí que sé lo que es eso, azul y rojo, en el armario, luego veo otro envoltorio una bolsa de plástico y me digo Aquí está la pistola, tantos años perdida de vista. Cojo el lío de papel y de plástico, voy adivinando la adivinanza, resolviendo el problema mientras espanto moscas, descascarándolo como si fuese una fruta suave, no la nuez que tengo en la garganta, y contemplo el cañón, la cacha, el gatillo. Todavía está nueva, digo, y creo que en voz alta. Brilla como las que enseñan en las películas.

Mi cuñado me la vendió por si había saqueos.


* Relato ganador del Concurso de Cuentos de El Nacional, 2010.

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