Archivo mensual: junio 2009

Cuatrocuentos #2

Acá estamos, segundo número. Esto es Cuatrocuentos #2, revista de cuento hispanoamericano. Con la participación de Eduardo Muslip (Argentina), Claudia Hernández (El Salvador), Rubi Guerra (Venezuela) y Pía Bouzas (Argentina).

Producido y dirigido por Cuatrocuentos, productores literarios.

Tomen asiento, y a leer como Dios manda.

Continuará….

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Eduardo Muslip: “¿Quién enciende el fuego?”

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En esa zona de Buenos Aires había cada vez menos gente. Beatriz habitaba, sola, una de las grandes y viejas casas sobre la calle Perdriel, frente al largo paredón que cerraba el manicomio municipal. Siempre fue una de las calles más solitarias del barrio de Barracas, incluso en el tiempo en que las fábricas, negocios y clubes estaban en actividad. Los últimos meses, todo se veía aún más desierto: los locales de sindicatos y partidos políticos, que nucleaban algo de la vida social de la zona, también habían cerrado.
        Mientras calentaba agua para un té, Beatriz se quedó mirando a la japonesa que sonreía desde el almanaque de la pared. Nunca le habían gustado los orientales, pero ese almanaque era el único que había recibido, y allí fue colgado. Era la única presencia humana en la cocina; Beatriz terminaba normalmente con la mirada dirigida hacia la foto. Como siempre, no correspondió a la sonrisa, e incluso su expresión se hizo más adusta: pensó que debería descolgarlo. Ese almanaque era de 1975 y ya casi terminaba 1976; no había conseguido otro para renovarlo. Había que tirarlo de una vez, como tantas otras cosas que invadían esa casa. Sigue leyendo

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Claudia Hernández: “En noche de miércoles”

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Se acomoda la blusa Se abotona el abrigo Paso lento, las manos en los bolsillos, la vista al cielo Neón Una vista a los alrededores Las manos por la nuca Si sirviera de algo, se llevaría compañía a casa esta noche, pero los revolcones con extraños no ayudan a aliviar la soledad, ni siquiera cuando el extraño viste abrigo azul, tiene manos agotadas y anota sus datos en el reverso de un boleto Caminar tampoco ayuda gran cosa Las ciudades ajenas suelen tener calles más cortas que el tiempo que le sobra a quien está de paso y anda sin prisa Ordena un café grande para llevar Desabrocha su mejor sonrisa para que la pareja sentada junto a la ventana la invite a compartir su mesa No logra congraciarse con ella Debe tener aliento a desvelo Mejor regresar pronto La temperatura va descendiendo Paga el importe No hay música en las calles Tampoco niños Los que están solos reparan en demasiados detalles No tiene sueño Es temprano La habitación no tiene televisor Ni ventana Debió haber sido una bodega El papel tapiz fue mal colocado Es tarde A veces quisiera muchas cosas: ser diestra en algo, no recordarlo todo, llamarse Eugenia y tener los dedos cortos Sigue leyendo

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Rubi Guerra: “El velo”

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Horacio contemplaba la orilla aceitosa de su plato de sopa tratando de recordar dónde y cuándo había comido algo parecido, y por qué la desdicha subía hasta su rostro junto con el vapor y el olor de verduras hervidas. No había nada en el líquido amarillento que pudiera provocar tal aflicción, se dijo, tenía que tratarse, en consecuencia, de un recuerdo sepultado en lo más profundo de su mente. Su mente no marchaba muy bien, era algo que sabía desde hace algún tiempo. Por ejemplo: su nombre no era Horacio. Así lo llamaban las monjas, nunca había preguntado por qué, y así aceptó llamarse, o mejor dicho, aceptó responder a ese nombre sabiendo que no era el que sus padres escogieron para él, por la simple razón de que no podía recordar el suyo. Un nombre podía servir como cualquier otro, y él no estaba dispuesto a discutir por algo tan poco importante. Sigue leyendo

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Pía Bouzas: “Cuestiones de familia”

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De repente, mi madre y yo nos encontramos saludando a la familia en el hall del aeropuerto antes de subir al avión, con abrazos emocionados. Eso en sí ya era una estampa insólita pues no teníamos el hábito de viajar juntas. Pero las cosas suelen ocurrir  de manera inesperada, sobre todo cuando mis hermanos traman concilios en secreto. Y así fue: una tarde sonó el teléfono (era sin duda mi hermano mayor) y en la conversación, por momentos crispada, me volví la acompañante ideal de mamá, porque esta vez no podíamos dejarla ir sola, era una locura; ¿cómo podría yo rehuir el honor? Entonces ocurrió como en los cuentos: el  patito feo se convirtió en cisne y preparó las valijas. 
        De todas formas había algo más insólito que viajar juntas, y eso era volver a la ciudad de Quito a buscar los restos de mi abuelo enterrado allí veinte años atrás. Hay que decir que no era exactamente un viaje romántico al lugar de la infancia, sino más bien un viaje póstumo para resolver una cuestión familiar pendiente, de ésas que a mi madre le encantan, y que una, como hija, se ve obligada a asumir tarde o temprano. Y por eso estábamos ahora mi madre y yo, medio dormidas, respirando el aire frío de las seis de la mañana a la salida del aeropuerto Mariscal Sucre, entre los cholos que ofrecían cargar el equipaje a  cambio de unos realitos y los taxistas que se arremolinaban a nuestro alrededor. Habíamos llegado. Sigue leyendo

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