Archivo mensual: julio 2010

Cuatrocuentos #10

Esta vez con textos de Óscar Collazos (Colombia), Liliana Lara (Venezuela), Hugo Salas (Argentina) y Pía Bouzas (Argentina). Además, Gustavo Guerrero recomienda “Trabajos del reino“, del mexicano Yuri Herrera.

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Óscar Collazos: “Mariposa sin alas”

          

          El propietario de la pensión dice que Mariposa salió vestida con sus mejores galas, antesito de las diez de la noche. Eran como las diez y media, lo corrige Mariela. Que estrenaba un apretado vestido negro con lentejuelas rodeándole las caderas, como un cinturón de luces. Dice que antes de salir había dedicado al menos una hora a su maquillaje: sombras profundas y azuladas en los párpados, rojo encendido en los labios, un lunar en la mejilla izquierda. Dice que al salir a la calle Mariposa preguntó cómo se veía y él la consoló diciéndole que se veía fantástica. Vas a encontrar un cliente rico, le dijo. Y Mariposa salió contoneándose hacia la calle 13 con carrera 21 para ocupar la esquina de cada noche. Dice que los zapatos de plataforma la hacían ver imponente.  Sigue leyendo

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Liliana Lara: “Pistolas de plata”

          Con qué manos podría Edgardo haber cazado un animal, si él no tenía manos ni para el amor, mucho menos para la muerte. Se había vuelto un nulo mequetrefe, sentado todo el día frente a la televisión o en la computadora criando vacas, armando ciudades, conquistando pueblos, robando oro, alimentando a zoológicos enteros mientras al jardín se lo comía la maleza. Con qué manos podría haber matado un animal si sólo mataba monstruos y demás engendros, cables y teclado de por medio. Pero así, en la realidad, ¿matar un bicho duro como ese? Era increíble. Sigue leyendo

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Hugo Salas: “No podía abrirlo”

         

          Lo intentó dos o tres veces, por distintas puntas; a cada tirón, cedía el plástico y se estiraba sin rasgarse, como si el envase no hubiese sido diseñado para abrirse y fuera, por el contrario, hermético. Temblando hacía fuerza, sin secarse el sudor que le caía por la frente y tan a lo bruto que una vez casi se le cae el paquete y esa sí, pensó, que hubiese sido una cagada –cómo buscarlo en la alfombra– y se sintió tan torpe que casi llora (o tal vez fuese sólo la transpiración, colándosele entre los párpados). Quería patalear, putear, pero se contuvo a sabiendas de lo poco atractivo que resulta un berrinche, no estando –y nunca iba a estarlo– en posición de perder puntos. Sigue leyendo

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Pía Bouzas: “A veces las cosas son tan diferentes”

     

            Sergio estacionó frente a su casa, una casa con canteros y flores en un barrio tranquilo de la ciudad;  eran las siete de la tarde, el sol estaba cayendo y no había ningún vecino en la cuadra, ningún chiquito jugaba a la pelota. La estampa de una vida apacible, imaginó por un instante. Dio unos pasos, esquivó la glicina que su mujer se negaba a podar aunque había invadido todo el frente de la casa y llegó a la puerta de madera blanca. Antes de abrirla respiró profundo, como si fuese necesario tomar ánimos o entrar limpio, sin lastre. Hola, avisó. Dejó el maletín de cuero en un sillón del living y mientras se aflojaba la corbata se conformó pensando que había días en los que todo salía mal. Como éste.  Sigue leyendo

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