Archivo mensual: julio 2009

Cuatrocuentos #3

Acá estamos con un nuevo número. Esto es Cuatrocuentos #3, revista de cuento hispanoamericano. Esta vez  presentamos relatos de Patricia Suárez (Argentina), Miguel Gomes (Venezuela), Viviana Paletta (Argentina) y Uriel Quesada (Costa Rica).

Pasen y lean; tomen asiento, los estábamos esperando.

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Patricia Suárez: “La reencarnada”

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Primero se quejan porque no hablo. Me tratan de estúpida, de atrasada. Después se quejan porque hablo. Estupideces dicen que hablo, que estoy loca. No me lo dicen de frente sino entre ellos. Se echan la culpa uno al otro porque soy loca, enferma. Hablan de un abuelo que reventó solo en las montañas abandonado de todos, porque nadie lo aguantaba; que yo soy de su estirpe, aseguran. Un perdedor total, un viejo imbécil, tenía la sangre podrida. Ella propone ver un profesional, un psiquiatra. Él dice que mejor un brujo. No se ponen de acuerdo; ella se lamenta de no tener otros hijos, él agradece a Dios y los santos no tener más hijos que yo. Él tiene mejor carácter que ella, pero menos paciencia. Amenaza con que si sigo con el mismo cantito, me meterá un tortazo tal que me va a dejar la cabeza mirando para el otro lado. Ella es dulce y recurre a otras técnicas, la del soborno: ¿quiero frutilla con crema? ¿quiero natilla? ¿quiero el Piglet que gruñe oink oink si se le aprieta la colita? ¿o la muñequita que ríe y hace pis?; sólo si dejo de hablar esas pavadas, esas idioteces. Tengo nueve años, me llamo Melisa Pérez; hace cinco que empecé a hablar y desde entonces que sé que soy Aurora M. Barragán, que vivía en Baviera y se murió, dejando a su marido solo y a un hijito. Sigue leyendo

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Miguel Gomes: “La espera”

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Esta mañana éramos indios y vaqueros, policías y ladrones; recortamos las pistolas de las pocas hojas de cartulina negra que me quedaban en el escritorio. Tiros, más tiros, persecuciones por toda la casa, hasta que yo caía y fingía espasmos y estirones de pierna que le arrancaban carcajadas a Eddie. Entrenamiento en estos asuntos no le falta.
         Fue bueno que él mismo me dijera que quería dormir la siesta, aunque su madre, mi ex, me hubiese advertido que de unos meses para acá no era necesario. Papá, tengo sueño fue lo que oí, y respondí de inmediato que arriba estaba lista la cama. Subí con él; lo arropé y le di el tigre de peluche que le había comprado la vez anterior que me visitó; corrí la cortina y entrecerré la puerta de la habitación. Un minuto de cautela. Bajé las escaleras tratando de no hacer ruido, pero casi restregándome las manos, pensando que si aquella siesta duraba al menos dos horas tendría oportunidad de acabar la lectura del manuscrito que Mr. Quinn y Mr. Durán me habían enviado dos días antes, y que mañana, cuando Yolanda viniese a buscar al niño, estaría preparado para escribir el informe correspondiente. Los de la editorial —Durán sobre todo— son medio pesados con eso de cumplir a tiempo los encargos. En absoluta bancarrota como ando y sin trabajo estable desde hace medio año, tampoco me conviene quedar mal con ellos. Sigue leyendo

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Viviana Paletta: “Para que vuelva”

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Llevo tres meses a la vera de su cama. En una estancia pequeña, con una tele de monedas, ningún cuadro, con un amplio ventanal y un raído sillón. Vengo al mediodía y me quedo hasta que anochece. Algunas veces duermo aquí, mal ovillado en el sillón, me tapo con una manta. Los primeros días las enfermeras me echaban, que me fuera a dormir a casa, que no iba a cambiar nada si me quedaba allí. Ahora no me insisten si acaso dicen algo. La que pasa última, en la ronda nocturna, se va de puntillas. Apenas me mira como si me hubiera mimetizado con el paisaje aséptico de la habitación. Al principio, cuando amainaban los ahogos, podía hablar con mi padre. De fútbol, de las próximas elecciones, con un hilo de voz. También preguntaba por sus amigos, por alguno de sus vecinos del barrio. Poco más. Hasta que perdió la conciencia de las cosas. Sigue leyendo

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Uriel Quesada: “Retrato hablado”

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No lo vi sino en el momento en que tomó por asalto la única mesa vacía del café.  Yo acababa de sentarme también,  aunque mi lugar era bastante malo:  en medio del pasillo,  a espaldas de la puerta.  Cada vez que alguien la abría entraba a golpearme una corriente de aire y yo me aferraba a mi capuchino mientras maldecía en voz baja.  Afuera,  Nueva York seguía sucia tras las últimas nevadas. Por todos lados reposaban grandes trozos de frío sin derretir.  Agua dura,  pisoteada y ennegrecida,  resistía inútilmente la prisa incesante.  Durante toda la tarde había querido escribir un poema sobre esta ciudad que siempre me horrorizaba y me obligaba a volver.  Había caminado en busca de un lugar mágico,  uno de esos espacios desconocidos que de pronto se quedan con vos para siempre.  Al cabo de las horas tenía los labios resecos, la nariz insensible y una carga de ropa que mi cuerpo no terminaba de soportar.  Soñaba en latinoamericano que un buen café curaría todos mis males y me permitiría abrir un paréntesis en el frenesí de ese cúmulo de materiales y almas, que no podía quedarse quieto ni aun cuando las temperaturas se habían desplomado y otra tormenta se anunciaba en los noticiarios vespertinos. Sigue leyendo

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