Archivo mensual: enero 2010

Cuatrocuentos #7

Enero. En este hermoso mes coloreado con crisis energética, mega devaluaciones, horribles terremotos, despelote institucional, nieves refrigerantes en el norte y calor sofocante en el sur, decidimos lanzar el número 7 de esta revista cuadrofónica, con relatos inéditos de Oscar Marcano (Venezuela), Mariana Enríquez (Argentina), Carlos Gamerro (Argentina) y Carolina Lozada (Venezuela).

Ajústense sus cinturones, que ya llegó el 2010. ¡Feliz año!

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Oscar Marcano: “Uñas encarnadas”

       

          —¿En serio?
          —No tengo por qué mentirte.
          —¿En serio nunca te habías acostado con un hombre?
          —Jamás.
          Silví hacía teatro, era pedicurista y le estaba haciendo los pies a Montes. Él era abogado, escribía teatro y ocasionalmente dirigía alguna de sus obras, que no eran gran cosa, pero movían un nivel aceptable de público.
          —¿De verdad seguiste mis instrucciones para seducirlo?
          —Al pie de la letra.
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Mariana Enríquez: “Gótico correntino”

         

          Papá tendría que estar acá, no yo, siempre lo estoy cuidando, pensó Gustavo mientras esperaba su equipaje que, como siempre, tardaba una eternidad en la cinta, la lenta cinta del aeropuerto de Corrientes capital. ¿Por qué había despachado su equipaje, si era apenas una valija de tamaño mediano que cabía perfectamente en la cabina? ¿Por qué lo había hecho si, y lo sabía sin duda alguna, su equipaje siempre llegaba último, él siempre se quedaba solo junto a la cinta, transpirando frío porque no se le ocurría contratiempo más maldito que perderlo? A lo mejor porque necesitaba de ese retraso para poder enfrentar a su familia correntina. Los había visto por última vez hacía relativamente poco, unos dos años. Pero aquella visita había sido por vacaciones, para verlos y divertirse con ellos. 
          Esta vez era distinto. Y no estaba bien enojarse con su padre, lo sabía. El pobre lo hubiera relevado de la responsabilidad sin pensarlo. Pero estaba en Estados Unidos, trabajando, como lo hacía todos los años durante cinco meses. No podía dejar el trabajo salvo por una urgencia extrema. Y esto estaba lejos de ser urgente. Era una locura, eso sí, pero no era una urgencia. 

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Carlos Gamerro: “Un yuppie en la columna del Che Guevara”

        

         Las exequias del señor Tamerlán tuvieron lugar recién cuatro días después de su muerte; tiempo que fue dedicado a la autopsia que certificara su identidad y las causas de su deceso, tras la cual los restos mortales fueron entregados a la familia, para ser velados en la capilla ardiente instalada en su domicilio, desde la noche del miércoles hasta la mañana del jueves, día del entierro.
         Marroné había dejado el auto en la otra cuadra, porque era el Renault 12 de su suegra y por lo tanto impresentable ante sus subordinados y colegas, y bajó caminando, como para dar a entender que había llegado en taxi. El cortejo arrancaba de la entrada principal y se extendía sin cortes hacia el río. Abrían la marcha seis porta-coronas, siempre incongruentes con su carga a cuestas, como cuervos que para sorpresa de todos hubieran abierto floridas colas de pavo real; tras ellos esperaba el coche fúnebre, vacío, y por lo menos diez autos de acompañamiento, algunos con la gente sentada adentro, aunque por el calor la mayoría esperaba afuera, en grupitos de hablar quedo.

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Carolina Lozada: “El cumpleaños de Elisa”

 

          Elisa fue sola al cine el día de su cumpleaños, lo sé porque yo estaba detrás de ella en la fila para comprar los boletos. También sé que se llama Elisa porque mostró su cédula de identidad para comprobar que en efecto era el día de su aniversario y así poder gozar del combo cumpleañero, cortesía de la casa: pagaría sólo la mitad de la entrada y la empresa le obsequiaría unas cotufas con refresco. ¡Feliz cumpleaños, Elisa!, le deseó con una gran sonrisa la muchacha de la boletería al mirar su cédula. La mujer  agradeció la felicitación con un gesto que no llegó a ser una sonrisa completa, sino apenas un asomo de reservada cortesía.
          Muchos de los que se encontraban en la fila ni se enteraron de la noticia personal de esta mujer que ese martes estaba cumpliendo unos cuarenta y tantos años y que lucía un aspecto pasado de moda. Elisa parecía una maestra rural de los años cincuenta, con su cuerpo largo y flaco, sus labios estrechos pintados de rosa vieja y esa falda oscura y fea que llevaba puesta en conjunto con una blusa sin mangas, beige, que resaltaba la planicie de su pecho. Remataba su aspecto  soso y desaliñado con unos lentes de carey, de esos que ya no se usan, unos lentes demasiados grandes para su rostro. Sigue leyendo

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