Pedro Mairal: Muriendo bajo la lluvia

Porque fue así. Como un amateur. Me pegó muy mal la cerveza sumada al fernet con coca sumado al porro de doble origen. Pésima combinación. Habrán sido tres vasos de cerveza, y tres fernets fuertes con poca coca, y primero un porro suave que parecía que no hacía nada, y después un refuerzo de dosis con otro porro -traído por un flaco silencioso con pinta de que fumaba de la buena- que me provocó un carnaval de gualeguaychú todo para mí solo, un carnaval endodérmico, incomunicable, imposible de desactivar, infinito, que de golpe me empezó a mandar a la B, y a la C, y a buscar la soledad como los perros enfermos.

En todo el cumpleaños atestado en ese depto de dos ambientes lo único que encontré vacío fue el lavadero al aire libre en la parte de atrás de la cocina. Me agarré de la reja como hincha fanático y miré las terrazas de palermo paysandú, palermo ituzaingó, los tanquecitos de agua, las espaldas de la casas, los espacios mal resueltos, los juntaderos de cosas. Un rayo misterioso me dejó de rodillas. Una estrangulación de tripas, la inminencia de la descarga, saber que vas a morir, vas a morir, porque el perro por la boca muere, y parirás con dolor pero por la boca, ahí hubo un primer pato muy parecido a los tacos con guacamole que había comido hacía un rato, pero pasados por la multiprocesadora del estómago, y más arcadas con efectos sonoros de un ogro del señor de los anillos, gruñidos desde el fondo de la gruta insondable, porque las tripas se exprimían como trapo retorcido y seguían mandando todo lo embuchado, todo lo no dicho, todos los poemas y los cuentos y los capítulos no escritos en estos dos años, los sueños, las pesadillas olvidadas, las puteadas reunidas para mi familia, el cáncer de mamá, todo destilado en una bilis amarga y trasparente, y entonces empezó a llover. Lo juro. Fue el sábado a la noche.

Empezó a llover una lluvia purificadora sobre mi cabeza, una lluvia hermosa sobre el vomitante volcado. Aleluya hermanos. La lluvia más vieja del mundo, la lluvia nueva sobre mi cabeza, sobre mi cuerpo con campera. Y yo pensando, como me pasa a veces en los peores ratos: ¿esto se puede escribir?, algo empieza acá o termina acá, quizá no importa, acabás de morirte en lo más alto del cumpleaños de tu amiga poeta del sur, y nadie te vio y estás muerto y todavía respirando y todo lo vomitado se va por la rejilla, por el desagüe, todo ese verbo mal acumulado, las anginas del mudo, lo callado, todo se iba, se iba, y yo pensando si pudiera contar bien esto, este vuelco, esta muerte, este bautismo, este prólogo del fin, lo puedo escribir, lo estoy escribiendo acá tirado, dictándoselo al bendito taquígrafo insoportable que siempre me custodia, acá estoy empapado, todo se puede escribir, tengo mi carnaval secreto con truenos de tormenta y lo puedo decir, que sigan viniendo las catástrofes, pensaba, que vengan de a una que acá las espero para traducirlas de un solo movimiento invisible con la lengua, que vengan, por dios, que me voy a morir cantando porque estoy lleno de relámpagos…

Qué pedo entusiasta y volcadísimo tenía, pero era una vehemencia plenipotenciaria que me empezó a dar una risa, mucha risa, risa de patadas a la chapa del lavarropas, risa de llanto de recién nacido. Y de pronto hablaron cerca; se escuchó: Lau, me parece que hay un tipo que le dio un ataque en tu lavadero. Y me agarró mi ser social, el inmundo. Me enderecé. Me senté derecho, contra la pared. Y se abrió la puerta. Mi amiga. ¿Estás bien? Sí. Te estás mojando todo. Estoy bien. Chupé mucho nomás. ¿No querés entrar? No, después voy. Necesito quedarme acá (me sentía como los recién atropellados que no los pueden tocar). Bueno, me dijo y ahí me dejó mi amiga porque me conoce y me quiere mucho, y me dejó después dormir en su living hasta que amaneció y palermo tenía pajaritos y eran casi borgeanas las calles de tan tempranas y calmas y vacías, casi pude disfrutarlas a pesar de que estaba atrapado adentro del monstruo lento de la resaca dominguera.

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