Archivo mensual: abril 2009

Cuatrocuentos

Cuatrocuentos es un lugar para los que echan cuentos. Y cuentos se echan en todas partes. Desde Usuahia hasta Tijuana, desde Blanes hasta Valparaíso. Cada número va a incluir  relatos de cuatro escritores de cuatro lugares distintos (esto en la medida de nuestras posibilidades, claro).

Y no nos importa la extensión. Si es brevísimo o extensísimo, da lo mismo. Cuatrocuentos los arropa.

Así que a leer la muestra que haremos cada mes o cada dos. Una muestra hecha con cuatro ojos puestos en eso.

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Hebe Uhart: “Memorias de un pigmeo”

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Primera parte  (fragmento)

 

Nosotros somos los pigmeos y vivimos en el país de Kivi. Kivi es el corazón de Tanata, donde ya nuestro poder se va dispersando porque somos de la familia del leopardo y los tanatas son de la familia del tigre; más allá está el reino de las arañas y no se puede pasar, las telas de araña invaden todo el espacio: no hay río, ni tierra, ni árboles. En un tiempo nosotros los leopardos fuimos más altos y más fuertes que los hombres grandes que nos rodean, pero no sabemos sembrar porque el primero que sembró, Udo, en vez de plantar la raíz, plantó las hojas.  Y así el espíritu nos castigó y nos prohibió sembrar. Nos dijo que cazáramos y así cazamos al elefante de tres maneras. La primera es haciendo una fosa que rellenamos con hojas, cuando el elefante pasa por ahí, pierde pie y cae. El elefante no mira para abajo cuando camina porque su deber es sostener el aire; está atento al aire y de repente, ¡zas!, cae con todo su peso. La segunda forma es cuando el elefante va por el camino del agua: vamos cuarenta de nosotros y lo esperamos escondidos detrás del matorral, nos subimos a lo más alto del árbol, caemos todos juntos sobre él y lo matamos a flechazos. Siempre muere uno de nosotros, pero el leopardo produce más gente de su propia sustancia. La tercera manera de cazar es secreta.

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Javier Sáez de Ibarra: “Suceso”

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Treinta y nueve grados. Cinco de agosto. Antes del mediodía. Carretera. Rumbo al sur. Con un problema en el aire acondicionado. Solo.

Por el lado izquierdo he visto al pasar a un hombre negro con sombrero y abrigo. Poco después aparece otro vestido igual, lleva un paraguas. Completo la descripción cuando aminoro al cruzarme con el tercero: un individuo de chaqueta y pantalón negros, camisa blanca, corbata, gafas de sol, bastón o paraguas. Chistera.

Me hace gracia ver al cuarto, idéntico, caminando en dirección contraria a la mía. Apenas lo abandono por el retrovisor, después de una curva descubro a otro.

Nada más pasarlo, llega el siguiente. Me pregunto de qué se trata, ¿un desfile?, ¿una apuesta?, ¿un juego?

Compruebo los mismos rasgos. Sucesivos varones de raza negra, bien vestidos, vienen caminando por el arcén izquierdo de la carretera a una distancia entre sí de unos trescientos o cuatrocientos metros. Bajo un sol de justicia, se limitan a andar de uno en uno. Nosotros… quiero decir yo, como los demás que circulan, freno un poco para observarlos mejor; tenemos cuidado de no alcanzarnos porque se han ido formando pequeñas retenciones. ¿Qué quieren, provocar un accidente? Es peligroso. Sigue leyendo

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Moira Irigoyen: “Todos los gatos descienden de los faraones”

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Había leído, de los tres miedos más difundidos en la encuesta F de Finnegann’s Wake Morning, una revista norteamericana, el tercero era el miedo a la muerte (un miedo que llevaba más adeptos entre los jóvenes); el segundo a quedar encerrado, lo que aparentemente obligaba a las personas a arañar (¿leyó usted sobre los casos de catalepsia?, decía uno de los apartados color, típicos de la revista, recuadros con que rellenaban la página, no más de 2000 o 2500 caracteres, a ojo de buen periodista), a arañar hasta calcinarse las uñas contra las superficies de cal, cemento o madera. E.A. Poe dixit. El tercero, y aquí venía lo más sorprendente, era a hablar en público.

      En eso estaba pensando cuando el médico enumeraba sus tres P, en orden de peor a mejor, o de mayor a menor, los campos del cuerpo donde podía originarse el mal: PPP (y recuerdo haber pensado en una colección que había dirigido: Psicología-Psiquiatría-Psicoterapia, y que me había dado un conocimiento del campo psi local tan vasto como para evitarlo por el resto de mis días): Páncreas-Pulmón-Pito. Claro, él no dijo “pito”, fue mi traducción automática –siempre nos reímos con Peter de los recursos para nombrar el “órgano”, piedra, papel o tijera: pija-falo-pito, y siempre nos quedamos con el ecuménico, amable, elegante pito.

 

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Salvador Fleján: “Miniatura salvaje”

 

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A Judit Gerendas, por los recuerdos floridos.

 

Roberto Bolaño, alberca del Hotel Ávila, Caracas, julio de 1999. Puede que todo haya sido culpa de Domingo Miliani, aunque visto los acontecimientos lo más probable es que no sea cierto. Sin embargo (y ahora que me lo pienso detenidamente): ¿a quién demonios puede importarle ese detalle?

 

A propósito, y lo que sigue a continuación tendría que ir entre paréntesis: Domingo Miliani es uno de los pocos genios que conozco. Los otros, los demás, son poetas. Pero Domingo Miliani no. Domingo Miliani es ensayista. En él, me parece, se concentran todas las utopías a la que aspira el escritor latinoamericano. ¿Qué veo cuando veo a Domingo Miliani? Veo a un hombre valiente e inteligente, veo a un hombre bueno. Pero ahí está que no le hicimos caso. Entre otras razones porque no le hemos hecho caso a nadie, salvo a Rimbaud y Lautremont. No hacerle caso a Miliani, como es obvio deducir, acarreará consecuencias. ¿Cuáles? La verdad no las tengo muy claras. Sin embargo, y cuando me pongo a pensar en ellas, las palabras “horror” y, específicamente “catástrofe”, me vienen a la mente como un tren descarrilado.

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