Patricio Pron: “Es el realismo”*

París, insistamos, es un gobierno. Un gobierno que no tiene ni jueces, ni alguaciles, ni embajadores; es la infiltración, o sea, la omnipotencia. Cae gota a gota sobre la especie humana y la agujerea.

Victor Hugo
Paris Guide (1867)

Muy tarde para gozar de la indulgencia con la que ciertas personas crédulas obsequian a la juventud, P lleva adelante una pequeña broma personal: dice que se encuentra en un sitio ―digamos, Berlín― pero en realidad se halla en otro, por ejemplo, Roma. Se trata de una época en la que P viaja mucho y las noticias sobre su paradero se multiplican, superponiéndose al ser repetidas por los destinatarios de su correspondencia, hasta que sucede lo que P desea, esto es, que la multiplicación y la incongruencia de las informaciones sobre su persona tienen como paradójico resultado su desaparición, que su nombre y las cosas que van unidas a ese nombre, y que para muchos no son más que los libros que ha escrito y las ciudades que ha visitado y desde las que ha escrito ―aparte de una media docena de declaraciones desafortunadas en periódicos, todas malentendidas―, permanezcan como lo único asible de una existencia que se diluye en la confusión. Nadie sabe con exactitud dónde se encuentra, con lo que poco a poco «P» pasa a designar para algunas personas algo contradictorio y difícil de explicar, una confusión que se desplaza por el mapa europeo, por el de África del Norte, por el de Medio Oriente; algo en lo que nadie quiere pensar mucho.

Sus cartas son cada vez más difíciles de entender. En una ocasión, despacha una con una fotografía que le han tomado en un callejón, en una ciudad que podría ser Glasgow o Rabat o Bratislava, un sitio que parece encontrarse en ninguna parte. En la fotografía se lo ve muy delgado, con unos pantalones que le quedan pequeños y una chaqueta que recuerda a aquellas de los Swinging Sixties londinenses; sus anteojos se parecen a las que Bob Dylan lleva en Dont look back pero su pose recrea deliberadamente ―aunque, mirada de forma apresurada, la coincidencia parece involuntaria― una de las fotografías más conocidas de Fernando Pessoa. Una mirada atenta al callejón hace que traiga a la memoria los que aparecen en algunas fotografías de Austerlitz, el libro del alemán W. G. Sebald; podría encontrarse en Ljubljana o en Poitiers o en Madrid, y esta confusión proviene, en buena medida, de que toda la fotografía no es más que una cita, algo que pierde sus contornos debido a su distancia del original y que exige demasiado a quien la observa: exige conocimientos de la moda inglesa de la sexta década del siglo XX, de la filmografía de Bob Dylan, de las fotografías de Fernando Pessoa, del libro de Sebald, del urbanismo de ciertas ciudades centroeuropeas. En todo ello hay un proyecto literario: P es escritor y sabe que nada es más fácil de tachar que una cita.

Un día, a sus veintiocho años o así, P se cansa incluso de este juego y da un abrupto final a la puesta en escena. No escribe más cartas, y, en adelante, se limita a balbucear monosílabos cuando habla con su familia por teléfono. Un par de veces por día se pregunta si no ha cometido un tremendo error al decidir dejar el país donde se crió y donde gozaba de un modesto reconocimiento como literato para marcharse a la pequeña ciudad alemana donde decidió enterrarse en vida, y en cada ocasión intenta no acabar de formular la pregunta, suspenderla aproximadamente por la mitad ―«¿No fue realmente?», no más allá― para no escuchar la respuesta situada inevitablemente al final de la pregunta, puesto que P tiene sentimientos encontrados respecto de lo que hizo, como quien hubiera llevado a cabo algo que, aislado en el pasado como un monumento, fuese superior tanto a sus anteriores fuerzas como a las presentes y lo oprimiera bajo un peso desmedido. Un par de argumentos, uno explícito y otro jamás mencionado, son todo lo que tiene para decir cuando se le pregunta ―pero cada vez menos, ya que P deja de ser un «será» y pasa a ser otro de los tantos «podría haber sido» de las letras de su país― por qué alguna vez quiso dejar todo atrás.

El primer argumento es que deseaba mantener su autonomía como escritor en un marco en el que el reconocimiento ―esa forma modesta de la fama de la que gozan algunos escritores, no más de cinco por generación― está supeditado a continuas concesiones la mar de humillantes: almorzar con A, comentar elogiosamente el libro de D, apoyar como jurado la novela de H, decir puerilidades en el suplemento Ñ. El segundo argumento, secreto e inadmisible incluso en la intimidad, es que P no deseaba regalar a nadie el espectáculo de su tránsito de la condición de joven esperanza de las letras patrias a la de triste realidad. No era más que una negociación, una cierta adecuación a unas reglas de juego implícitas lo que se demandaba de él, pero él no estaba dispuesto a negociar, convencido ―quizás erróneamente― de que la literatura no es el sitio para tales negocios, de manera que P ha decidido retirarse del juego, desaparecer para no dejar tras de sí ni siquiera una referencia menor en la enciclopedia futura de una literatura cada vez más irrelevante.

Un par de veces, durante los años que pasa en la ciudad alemana trabajando para una universidad, piensa que por fin lo ha logrado, que ha desaparecido del todo, pero, cada vez que lo piensa, una carta o cualquier irrupción del pasado le hacen comprender que aún no es suficiente. Finalmente, sigue comiendo las mismas comidas, sigue leyendo libros, sigue mirándose en el espejo y reconociendo a quien alguna vez fuera un joven escritor de su país, sigue admirando el estilo prístino y atormentado de las traducciones ―que nunca pueden decirlo todo y lo saben―, sigue tomando notas para una novela que no tiene tradición en la que inscribirse. P toma ansiolíticos, antidepresivos, pastillas para dormir. En ocasiones se excede voluntariamente en las dosis y permanece atontado un día o dos, pero siempre acaba saliendo del trance debido a la absurda obstinación de la vida por aferrarse a sí misma. P creía antes en la metafísica y ahora cree en la farmacéutica; a esto se le llama «el tránsito a la vida adulta».

Una vez, dispuesto a acabar con lo último que lo ata al pasado, P viaja por un mes a París prometiéndose que al regresar no escribirá más libros. Es una especie de luna de miel, en el sentido de que una luna de miel inaugura un período y clausura otro, por lo general más feliz. P se promete dejar de escribir en la ciudad sobre la que prácticamente todos han escrito, una ciudad en la que, al parecer, no se puede hacer otra cosa que escribir. Mientras espera en pequeñas estaciones de trenes alemanas que le parece haber visto antes ―aunque está seguro de no haber estado nunca en los pueblos en los que estas se encuentran―, P sueña con que el peso de la historia literaria de París acabe por ratificar su incapacidad para escribir, que el exceso de literatura de la ciudad lo lleve a desistir de volver a escribir, como la cura drástica del enfermo de neumonía al que se obligase a pasar la noche de invierno desnudo en el patio del hospital.

Sin embargo, algo sale mal. P se queda sin dinero durante la segunda semana de su estadía ―lo ha perdido en algún sitio; en algún café de la rue Mouffetard, supone― y comienza a llevar una existencia disparatada, caminando todo el tiempo para evitar sentir hambre o frío. No tiene tarjetas de crédito y su cuenta bancaria está en rojo; el siguiente pago de la universidad donde trabaja sólo tiene lugar en tres semanas. Su billete de tren está fechado en quince días, y en las oficinas de la Gare de l’Est se niegan a adelantárselo o a devolverle el dinero, aunque le anuncian que puede postergar su retorno si lo desea, pero eso es exactamente lo contrario de lo que él quiere hacer. P llama a un par de personas que conoce en la ciudad alemana pero éstas se encuentran fuera de la ciudad o no contestan el teléfono. Sólo tiene dinero para una cena y un par de cafés por día, que toma después de pensárselo mucho y cuando ya se encuentra al borde del desfallecimiento. Se esfuerza por disimular su nerviosismo cada vez que pide las llaves en la recepción del hotelito en el que se aloja, cerca de la estación Maubert Mutualité del metro, en el que las cuentas comienzan a acumularse. Por alguna razón, la zona está llena de desamparados que duermen en las calles, y P los observa con interés cuando se apiñan en los umbrales de las tiendas. No puede regresar a la ciudad alemana donde vive porque no tiene dinero para ello ―el autoestopismo es una actividad poco estimada en Europa, y P no conoce sus reglas― pero tampoco puede seguir adelante porque desconoce qué es lo que se encuentra adelante. No le resulta difícil comprender que en algún momento se le acabará del todo el dinero y tendrá que unirse a los cónclaves de desamparados sin tener siquiera la historia de una caída que narrar noche tras noche. Se dice que será el único desamparado de París que estudiará las novedades editoriales en los escaparates de las librerías del boulevard Saint Germain, preguntándose, al igual que en los últimos años ―pero, por fin, con indiferencia―, qué lleva a los lectores a escoger esos libros, qué los lleva a morder los anzuelos baratos de una literatura acabada. No es una dulce, romántica pobreza a lo Henry Miller en Trópico de Cáncer ni a lo George Orwell en Sin blanca en París y Londres lo que experimenta P, sino una amarga desesperación, pero también, de forma subterránea, una secreta admiración por la vida, ya que ha viajado a París para deshacerse del pasado y se ha encontrado con que la ciudad le birlaba el futuro.

P lleva una lista de la gente que escribió sobre París. Es ésta: «Jack Kerouac, Pío Baroja, Charles Dickens, Nicolai Gogol, Henry Miller, Gertrude Stein, Domingo Faustino Sarmiento, Jean Rhys, Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Raúl González Tuñón, Vladimir Nabokov, George Orwell, César Vallejo, Enrique Vila-Matas, Walter Benjamin, Alfredo Bryce Echenique, un montón de franceses».

Mientras todo esto le sucede a P, llega a París un novelista de la ciudad donde este nació. Se trata de alguien veinte años mayor que él; las diferencias entre su trabajo y el de P son dignas de mención: mientras P se siente cómodo en las formas breves, el novelista prefiere explayarse; ha escrito un libro de quinientas páginas sobre la historia de la inmigración a Argentina de su familia a fines del siglo XIX que P abandonó en la página veintiocho, lo que comparte, probablemente, con la mayor parte de sus lectores. Sin embargo, el libro ―que ganó un premio― lo ha situado en una posición central en el panorama de las letras locales, quizás porque las novelas largas suelen provocar la impresión en los editores crédulos de que la abundancia de páginas reemplaza lícitamente a la de lectores, por lo que el fracaso comercial de una novela larga, piensa P, es más deseable desde el punto de vista editorial que el éxito de una novela breve. Saber esto no hace feliz a P, de la misma forma en que tampoco le ayuda saber que los premios literarios no son literatura y a menudo ni siquiera se le parecen. P sabe desde aquellos lejanos tiempos en que era un adolescente que  leía  libros  en  un  barrio  pobre  de  su  ciudad  natal  ―alimentado sólo por la esperanza de convertirse alguna vez en un escritor como los que leía― que la literatura no es una carrera de obstáculos, por lo que conocerlos, saber que están allí, no sirve para obtener ventaja alguna respecto al resto de los competidores; por el contrario, ante la convicción de que esos son los obstáculos que una persona debe sortear para convertirse en un escritor auténtico y valioso, en un escritor que tiene algo para decir y que está dispuesto a decirlo incluso aunque no sea lo que el resto quiere escuchar, uno sólo puede darse de bruces contra ellos o abandonar la carrera. Esta dicotomía es, sin embargo, equivocada, puesto que también se pueden ignorar los obstáculos o no verlos en absoluto como obstáculos, que es lo que el novelista ha hecho al solicitar una beca otorgada por una fundación extranjera para documentarse en París acerca de la estancia en esa ciudad de un prócer argentino; el prócer tuvo una amante que al parecer le escribía cartas encendidas de pasión que un coleccionista privado ha donado un par de años atrás a la Bibliothèque Nationale de France, por lo que un jurado prestigioso e imparcial ―constituido, entre otros, por dos amigos del novelista― le ha otorgado la beca para revisar los documentos con vistas a escribir una novela histórica que, podemos suponerlo, ganará también un premio o dos si otros jurados ―igualmente prestigiosos y, sobre todo, igualmente imparciales― lo consideran conveniente.

Nuestro novelista ha leído un par de libros de P y aprecia con ciertas reservas su trabajo, al que juzga inmaduro, entendiéndose por madurez la aceptación de las propias limitaciones, que en el caso de un escritor lo llevan a aceptar el nicho que se le otorga en el panteón literario de su tiempo. Nuestro novelista no piensa mucho en P, pero una serie de acontecimientos conducen a que sepa que también se encuentra en París: P ha llamado a sus padres por cobro revertido y la operadora les ha preguntado si deseaban aceptar una llamada desde París, después su padre ha abierto la boca en su oficina, donde trabaja con una vieja novia de P, y esta, a su vez, se lo ha contado al novelista, del que es amiga. Nuestro novelista piensa que P ―al ser también escritor, provenir de la misma ciudad y encontrarse por casualidad al mismo tiempo en París― se alegrará de verlo, y que ambos podrán hablar de literatura y de los colegas de la ciudad en la que ambos nacieron de esa forma en que hablan los escritores de otros escritores y que sólo aquellas personas que no son crédulas pueden interpretar como lo que realmente es: el ruido que producen los engranajes del rencor, que impulsan tantas carreras literarias. Nuestro novelista considera que jóvenes como P son necesarios para construir una sociedad mejor. Nuestro novelista es también un alma ingenua.

Entre todas las historias del país que P abandonó, una le viene a la mente con particular frecuencia mientras camina por París. Una vez, en Buenos Aires, P se encontró con Juan José Saer. Saer iba a hablar sobre algún tema ridículo, la función del escritor en la sociedad o algo así, y el periódico en el que P trabajaba lo envió a cubrir el evento; mientras se encontraba en la cola para entrar, P notó que el propio Saer estaba a su lado, esperando también, y comenzó a pensar en qué decirle: primero pensó en presentarse y decirle que le gustaban sus libros, pero esto no hubiese sido totalmente cierto debido a que algunos de ellos no le habían gustado; después pensó en decirle que sólo le habían gustado algunos de sus libros, pero esto hubiese sido descortés de su parte porque a ningún escritor le agrada saber que sus libros no han gustado a un lector e incluso porque, así como la frase estaba construida en su cabeza, Saer podría haber pensado que los libros que no le habían gustado a P eran la mayoría de los que había escrito; finalmente, P pensó en presentarse simplemente, pero no vio qué interés podía tener Saer en conocerlo. Estaba tratando de decidir qué decirle, envuelto en una multitud de pensamientos, cuando Saer, llevándose la mano al pelo o a las gafas con un gesto enérgico y nervioso, le dio tan tremenda cachetada que hizo volar sus anteojos por los aires. P se puso a buscarlos entre los pies de la gente tan pronto como se recuperó de la sorpresa y no escuchó si Saer se disculpaba, pero, cuando volvió a ponerse de pie, por fin con los anteojos puestos, Saer ya había entrado al sitio donde iba a tener lugar la conferencia; se fue rápidamente cuando terminó y P nunca pudo saber si se había dado cuenta de la cachetada que le había dado, o no. Mientras camina rápidamente por París, P piensa que es curioso que las cosas hayan tenido lugar de esa manera, ya que Saer era un escritor realista, y él, uno fantástico; era Saer quien tendría que haberse dado cuenta del golpe debido al hecho de que los escritores realistas tienden a prestar mucha más atención a la realidad que los escritores fantásticos, piensa P mientras camina relativamente rápido por París y entonces llega a la conclusión, mientras camina no tan rápido por París, de que por las mismas razones es él quien tiene que haber golpeado a Saer y ahora recuerda la historia al revés, o, mejor aún, que la escena no ha tenido lugar nunca sino que es la fantasía de un escritor fantástico en la que aparece un escritor realista, ambos finalmente en el sitio que les corresponde, de lo que P se felicita, mientras camina bastante lentamente por París o, ya puesto a ello, se detiene por completo.

Nuestro novelista acaba comprendiendo tras varios días que no es tan fácil dar con P como él había supuesto; París es demasiado grande y él no sabe en realidad por dónde comenzar la búsqueda. Para empezar, recorre las librerías del Quartier Latin, que considera el sitio más adecuado para encontrarse con un escritor; luego camina por el boulevard Saint Germain, visita la place St-Sulpice, pasea por el Jardin du Luxembourg, entra al Pantheón ―allí se emociona ante la presencia de las cenizas de Hugo, Voltaire, Rousseau y Zola, que no demuestran el mismo entusiasmo― y almuerza en la rue Sant Jacques. En Notre Dame merodea buscando el rostro de P entre los de los turistas que filman cada uno de los rincones de la iglesia, luego recorre la Île de la Cité; desde el Pont-Neuf cree distinguir a P sentado junto a una adolescente en la place du Vert-Galant. La place du Vert-Galant es conocida así por la gran fortuna de Enrique IV con las mujeres, fortuna solamente extensible a este ámbito, ya que nunca fue capaz de mantener bajo control la situación en Alemania y hasta sus propios hijos ―producto de esa fortuna de la que el rey hacía gala bajo los árboles de la place― acabaron conspirando contra él, obligándolo a abdicar en 1105. Nuestro novelista baja las escaleras y camina hacia donde se encuentra la adolescente, que se ha enroscado sobre el eventual P. Nuestro novelista se dirige hacia ellos y dice un par de palabras en voz alta, el comienzo de una frase de introducción ―«Que tal, es una sorpresa encontrarte por aquí» o algo por el estilo―, pero la adolescente, que no lo ha visto llegar, suelta al desenroscarse un grito contenido y su enamorado, que ―desafortunadamente para el novelista y para el propio P― no es P, lo insulta con palabras que el novelista, que ha estudiado francés largos años en la Alianza Francesa de su ciudad natal, no acaba de comprender. Se marcha apresuradamente de la place du Vert-Galant y se desbarranca por la boca del metro en la estación Pont-Neuf, luego emerge en la estación Raspail tras cambiar en Place d’Italie y atraviesa el cementerio de Montparnasse en dirección a la Gare.

El problema es que P ignora el hecho de que el novelista lo busca y continúa con su desafortunada existencia: se cuela en los autobuses que unen la Place d’Italie con los barrios más distantes de la periferia, bajándose sólo cuando ha acabado el recorrido o sube un inspector, y regresando luego lentamente, cambiando de dirección cada vez que se topa con un restaurante. Ya no le interesan los edificios históricos; en cambio, siente una especial predilección por el norte de la ciudad, cuyos aires proletarios ya son cosa del pasado. Sube en autobús hasta el Parc de la Villete y luego regresa caminando al Quartier Latin; como desea evitar el paisaje gris que rodea a la Gare de L’Est y a la Gare Du Nord, escoge las callecitas paralelas al boulevard de la Chapelle como la rue de Jessaint, la rue Polonceau y la rue Muller y atraviesa Montmartre pasando por la place du Tertre. Un grupo de turistas le pide que les tome una fotografía y P primero piensa en dejar sus cabezas fuera del cuadro para que los turistas se lleven una fotografía de su vacación de decapitados pero luego toma la fotografía tal como se supone que debe hacerla, dejando dentro del cuadro todos los órganos vitales, y devuelve el aparato fotográfico sin decir una palabra. Después camina por el boulevard de Clichy, que le parece un civilizado antro de perdición, y baja por la rue Pigalle hasta la Ste-Trinité, de allí a la Opéra y luego, para evitar los Jardins des Tuileries, por la rue de Quatre Septembre, luego por el boulevard de Sebastopol hasta St-Michel; cuando su itinerario ha terminado, puede pensar en hacer su cena en algún sitio cerca de St-Julien-le-Pauvre ―un nombre más que conveniente, piensa― y en irse a la cama tras responder con un par de vaguedades las razonables preguntas del conserje.

Un par de veces, en los días siguientes, nuestro novelista acierta sin saberlo con ese itinerario, pero P le lleva ventaja y tiende a cambiar su ruta toda vez que el hambre o el aburrimiento se lo dictan. Mientras camina por París, le impresiona ―y, por alguna razón, le duele― ver la vida expresándose, surgiendo de la nada en el rostro de una mujer bella o en los zapatos de un niño, violentando su propia, estúpida, imposibilidad, que es la de no saber hacia dónde se dirige.

En este punto, cuando un imprevisto bajo la forma del desinterés o la incapacidad de P para salir a su encuentro ha trastornado su estancia parisina, arrastrándolo con él al ocio y a la confusión, nuestro novelista comprende que la previsión, considerada en el mundo de las letras la más desdeñable de las actitudes que un escritor puede adoptar, es, sin embargo, la más utilizada, puesto que, si lo piensa bien, su «carrera literaria» no es más que el ejercicio metódico e incluso talentoso de una previsión artera. Supongamos que ha transcurrido de la siguiente forma: nuestro novelista es un joven que tiene «inclinaciones» literarias en una época en la que, por fuerza, nadie tiene «inclinaciones» contables o farmacéuticas o, en cualquier caso, «inclinaciones» más provechosas que las literarias. Nuestro novelista ―que, por supuesto, aún no es en absoluto novelista― quiere ser escritor; un día quiere ser Antonin Artaud, otro día quiere ser Jorge Luis Borges, al siguiente, Herman Hesse y, más tarde, Julio Cortázar; nuestro novelista es imbécil pero al menos lee lo que hay que leer a su edad. Un día lee el anuncio de un nuevo taller literario en la sección, precisamente, literaria del periódico de la ciudad de provincias donde vive; la página está ubicada entre las de turf y las de anuncios necrológicos, con lo que parece anticipar, con conmovedora sinceridad, que la literatura está a medio camino entre las apuestas y la muerte. Sin embargo, nuestro novelista se anota en el taller literario y durante dos años aprende a imitar a Jorge Luis Borges, a Cesare Pavese, a Augusto Monterroso, a Paul Valéry, a Franz Kafka, a Gabriel García Márquez. Un busto de Edgar Allan Poe vigila su aprendizaje en el terreno de la imitación literaria. Nuestro novelista está enamorado de varias de las alumnas que asisten al taller, pero ellas están enamoradas del director del taller literario y éste ejerce un previsible derecho de pernada; el director del taller literario es calvo, está gordo, ha sido alcohólico el tiempo suficiente para acabar teniendo ese aspecto de fotografía fuera de foco que tienen todos los alcohólicos, lleva un bigote y habla con voz gutural como si fuera un actor de telenovela, aunque ―sospecha nuestro novelista― lo que pretende es imitar a Edgar Allan Poe o, mejor dicho, a lo que sus biógrafos han dicho que Poe era. El director del taller literario se acuesta con sus alumnas tantas veces como ellas lo consienten, y ellas lo consienten casi siempre, quizás convencidas de que el semen del director del taller literario es tan literario como La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, y nuestro novelista comprende que toda su fortuna con las mujeres se debe al hecho de que ha publicado libros, de que es un escritor, lo que ratifica a nuestro novelista en la convicción de que él tiene que convertirse en uno para ser requerido por las mujeres. Una de ellas le permite visitarla en su casa un par de veces; ella recita versos de Alejandra Pizarnik en la oscuridad de la cocina; fuma un cigarrillo detrás de otro y tiene una forma de aspirar el humo que a él le hace pensar que le duele hacerlo, una forma trágica que expresa que vive todos los momentos de la vida, incluso los más simples como fumar un cigarrillo en la cocina, con la misma apasionada intensidad que Alejandra Pizarnik puso en convertirse en la más insoportable de las poetisas de su país. En un momento, ella interrumpe la recitación y lo besa; nuestro novelista responde al beso primero con entusiasmo y luego con cierta aprehensión porque la boca de su compañera de taller sabe a tabaco y quizás a orín y a semen del director del taller literario. Mientras la penetra, nuestro novelista piensa que él no es más que la distracción que ella se permite entre encuentro y encuentro con el director del taller, pero también piensa que ella le permite acceder a intimidades que sólo el director del taller literario ha conocido y eso lo hace eyacular un chorro incontenible de semen entre balbuceos de agradecimiento y un poco de llanto. Nuestro novelista pierde así la virginidad y quizás también el sentido común gracias a la literatura, y el país gana un escritor y pierde un ingeniero.

Un tiempo después, se entera de un concurso literario donde uno de los jurados es el director del taller literario, prepara tres copias de un cuento que ha leído previamente en el taller y que pareció gozar de un juicio benigno por parte del director, escoge como pseudónimo el nombre de un personaje que aparece en una novela del director y lo envía. Gana. No el primer premio, pero sí el segundo o el tercero. Y, aunque sabe que el premio no es más que un guiño que el director del taller literario le ha hecho ―beneficiándose indirectamente con ello, puesto que a él le conviene a los fines publicitarios que uno de los ganadores del concurso sea alumno de su taller―, se dice que está para cosas mayores y publica, pagándolo de su bolsillo, un libro de cuentos que recibe tres críticas: la primera es del propio director del taller literario, quien dedica unos diez minutos de una de las sesiones para comentar la aparición del libro entre los alumnos y considerarlo «un paso importante» en la incipiente carrera de nuestro novelista, guardándose de aclarar si la dirección que sigue ese paso no es la del desastre más absoluto; la segunda crítica se publica en la página de literatura que aparece a medio camino entre la sección de hípica y los anuncios necrológicos en el diario local y que reconoce «méritos» en el libro pero apunta a la «inmadurez» del autor; la tercera, es publicada en un periódico de la capital y destaca su libro ―«llamativa colección de cuentos que exploran los terrenos de la literatura fantástica»― entre una veintena de libros enviados al periódico esa semana desde las crueles provincias. Nuestro novelista lleva el recorte del periódico capitalino en el bolsillo interno de su chaqueta y éste le allana el camino a las sábanas de otras dos compañeras del taller literario. Mientras las penetra, piensa que su semen se mezcla con el semen del director del taller literario y que algo de lo que, supone, es su extraordinaria calidad como escritor, pasa a él de esa forma. Estos son los rituales animistas de la tribu de los escritores, en las selvas impenetrables de la estupidez y la ignorancia.

Naturalmente, la carrera literaria de nuestro novelista podría haberse estancado en ese punto en virtud de su falta de talento, de su juventud y de su oscura existencia en las provincias, pero nuestro novelista ―que, repito, aún no sabe que es  novelista― decide preverlo todo, rebatir su falta de talento ―que quizás, secretamente, intuye― con una astuta previsión que le ayude a alcanzar lo que él considera las más altas cimas de la literatura de su país, de modo que comienza a colaborar en la página literaria del periódico local gracias a una recomendación del director del taller literario. Naturalmente, no cobra un centavo por su trabajo porque, a la manera de Stendhal, considera que el arte no puede ser comprado ni vendido, una opinión que el francés quizás expresara siendo cónsul de su país en Civitavecchia o en algún otro de los puestos que ocupó en su vida de perpetuo empleado público, pero que nuestro novelista ―heroicamente― sostiene en la miseria, alimentándose exclusivamente de la succión de clavos. Un par de veces entrevista para la página literaria a escritores que, por alguna incomprensible y, sin duda, lamentable equivocación, pasan rápidamente por la ciudad de provincias; nuestro novelista les escribe luego cartas aduladoras en las que les remite copia del artículo publicado, y, más tarde, otra carta bastante sumisa con un ejemplar dedicado de su libro de cuentos, y después otras cartas aún más obsecuentes que incluyen dos o tres cuentos suyos, los que considera mejores de la veintena que ya ha escrito. Una respuesta, la única que recibe, una respuesta que es quizás desganada y meramente formal pero que es simplemente la única respuesta que recibe, lo lleva a anunciar a vuelta de correo que visitará la capital para «discutir personalmente» las observaciones que el otro escritor le ha hecho.

Unos días más tarde, en la capital, se encuentra con el desafortunado escritor que ha soltado a la bestia en los terrenos de la literatura de la capital y este, tras concederle una media hora en la que la conversación indefectiblemente sólo versa sobre sí mismo, como es habitual entre escritores, acepta el pedido de nuestro novelista de que le dé las señas de otros autores a los que quiere entrevistar para su periódico. El escritor, qué duda cabe, se las da con entusiasmo. Que se jodan esos imbéciles, piensa satisfecho. Nuestro novelista entrevista a los imbéciles y adula con especial determinación a uno de ellos, que nació en la misma ciudad de provincias, aunque se marchó tan rápidamente como pudo, y ahora dirige las dos páginas literarias ―llamadas presuntuosamente «suplemento cultural»― del periódico menos importante de la capital. Nuestro novelista intenta apelar a su «amor por el terruño» para que el escritor le conceda la «distinción» de escribir bibliográficas para su «suplemento», pero el escritor no tiene ningún «amor por el terruño» y sólo más adulación y la promesa más o menos explícita de elogiar los libros que el escritor considere dignos de crítica y denostar los que en su opinión sean merecedores de la más dura denostación consiguen que el escritor, un poco cansado, le dé finalmente lo que quiere.

Nuestro novelista regresa a la ciudad de provincias donde vive convencido de que ha dado un paso de notable importancia. Naturalmente, deja de ir al taller literario. Un día, en la presentación de un libro, se encuentra a su director. Ya han sido publicadas sus primeras reseñas en el periódico de la capital y le da la impresión de que la actitud del director del taller literario hacia él es ahora diferente, servil digamos. «¿Qué tal?», le pregunta el director del taller literario. «Muy bien. ¿Y tú?», responde nuestro novelista. «Leí tu crítica al libro de S. Yo había leído el libro un par de días antes y pensaba exactamente lo mismo que tú has escrito», cuenta el director del taller literario. «Muy bien», dice nuestro novelista, y luego ambos se quedan en silencio, sin nada más que decirse; nuestro novelista mira de costado al director del taller literario y le parece aún más calvo, más gordo y más desteñido de como lo recordaba. Es una mala copia de Poe, una copia provinciana, como el retrato que hiciera alguien que sólo ha visto una vez a Poe a gran distancia, corriendo apresurado para escapar de allí, piensa. «¿Sabes que saldrá un libro mío la semana próxima? Quizás te toca a ti reseñarlo», dice de repente el director del taller literario, y lo mira. Nuestro novelista observa el fondo de su vaso y no responde nada. Más tarde, pide al periódico que le envíen el libro tan pronto como salga, lo lee con fruición y entrega una crítica en la que dice, en sustancia, que el director del taller literario se repite, que su estilo es anticuado, que sus personajes son planos y que no parece haber entendido el mensaje de que los vientos han cambiado en la literatura, todo esto escrito con un tono elogioso, ligero e irónico cuya ironía, que a nuestro novelista le parece evidente, nadie comprende excepto el director del taller literario, quien, quizás, se deprime un par de días, y quizás no.  Este triunfo de nuestro novelista es, sin embargo, efímero, puesto que los envíos de libros del periódico capitalino empiezan a retrasarse y nuestro novelista comprende que acabarán por suspenderse si no hace algo. Entonces decide mudarse a la capital.

Sus comienzos son difíciles pero se consuela pensando que todos los comienzos lo son: vive en una pensión, come malamente, pero escribe aun más artículos para el periódico que en el pasado y eso lo hace feliz. Puesto que necesita vivir de algo, decide presentarse en una pizzería a la vuelta de la pensión donde le han comentado que necesitan un empleado. Nuestro novelista deviene así pizzero y durante largas noches coloca aceitunas y trozos de pimiento o lonchas de jamón sobre pizzas redondas que, tras yacer unos minutos en el fondo sucio de un horno, son metidas en cajas, que arma con una capacidad que al poco tiempo le asombra incluso a él mismo, y repartidas a lo largo de la ciudad por jóvenes motociclistas a los que sólo reconoce por la voz porque nunca se quitan el casco; durante estos meses, nuestro novelista se encuentra todo lo cerca que se encontrará nunca de tener una profesión respetable y de convertirse en una persona de bien. Sin embargo, piensa que su trabajo en la pizzería es una humillación que ningún artista puede tolerar y decide dejarlo tan pronto como pueda. Mientras coloca trozos de tomate o anchoas sobre pizzas cubiertas de una mezcla de grasa y pintura que sus jefes denominan «queso», nuestro novelista piensa en los libros que quiere escribir y en las obras que le darán fama internacional, pero, sobre todo, piensa en cómo salir de allí, cómo hacer para ser respetado como escritor, para publicar en las editoriales donde publican los pocos autores que él no considera inferiores a sí mismo. Nuestro novelista no tiene nada que hacer durante el día y empieza a asistir a algunas clases en la Facultad de Filosofía y Letras; allí milita un tiempo en un grupo de izquierda para el que dicta un seminario teórico sobre el realismo socialista. Se acuesta con un par de compañeras para quienes, al parecer, la distribución desigual de la riqueza se repara mediante la distribución aún más desigual de los efluvios corporales. Son en general relaciones tristes y a menudo tortuosas, básicamente porque, tras acabar, la distribución desigual de la riqueza permanece, pese a todo, incólume, pero nuestro novelista no se lo pasa tan mal y piensa que contribuye a una buena causa.

Un día se produce una vacante en la pizzería donde trabaja y nuestro novelista consigue que empleen a un compañero de militancia. Una noche, su compañero mete en cada una de las cajas de pizza a repartir un manifiesto de su grupo en el que este se manifiesta a favor de la reforma agraria, la abolición de la enseñanza obligatoria y la prohibición de los cultos religiosos; cuando sus jefes descubren la acción los echan a ambos, pero para entonces nuestro novelista, quien no ha dejado de escribir para el periódico, ya sabe lo que tiene que hacer: se dedica con obstinación y escasa sutileza a elogiar los libros de una editorial en particular, a cuyo director conoce «casualmente» en un cóctel. Nuestro novelista le dice que tiene un libro de cuentos que le gustaría mostrarle. El director responde que los libros de cuentos no venden, pero que con gusto le echaría una mirada a una novela si la tuviera. Por un segundo, nuestro novelista se derrumba ante la negativa, pero luego reacciona. «Sí, también tengo una novela», dice. «Tráigamela mañana por la tarde», le responde el director de la editorial y luego se da la vuelta y comienza a hablar con otra persona.

Nuestro novelista regresa a su pensión en un autobús en el que no deja de tomar notas; al llegar, une tres o cuatro cuentos, unifica personajes, tono, atmósfera, piensa un título. Luego se sienta ante la máquina de escribir y trabaja durante toda la noche pese a las protestas de los otros pensionistas. Por la mañana la dueña de la pensión le dice que tiene que marcharse. Por la tarde entrega el manuscrito. Más tarde se muda. Un mes después le anuncian que han aceptado su manuscrito pero le recuerdan la situación de la literatura en el país y le anuncian que «desafortunadamente» no pueden pagarle nada en concepto de adelanto. Nuestro novelista asiente, sin embargo. Esa misma noche anuncia la noticia en una reunión de su grupo y éste, tras deliberar a puertas cerradas sin su presencia, le explica que la editorial es una empresa capitalista que distribuye un capital simbólico que ―puesto que el autor es parte y emanación de las clases trabajadoras― pertenece en realidad a esas mismas clases, por lo que él no puede firmar el contrato sin traicionarlas. Nuestro novelista afirma, constreñido por lo duro de la situación, que se atendrá a la disciplina partidaria, y al otro día pasa por las oficinas de la editorial y firma el contrato. Unos meses más tarde el libro es publicado y es reseñado en cuatro periódicos de la capital con cierto escepticismo; la reseña que el director del taller literario publica en el periódico de la ciudad de provincias es, sin embargo, muy elogiosa, servil podríamos decir. Pero todo esto alcanza para que el novelista comience a cobrar algo de dinero por sus contribuciones para el periódico y sea invitado a colaborar en la revista de una tarjeta de crédito; allí escribe sobre libros que pueden interesar a quienes tienen una tarjeta de crédito, libros que tratan sobre el dinero y la facilidad de hacerse con él. Más tarde, nuestro novelista es invitado a participar como jurado en un concurso. No es un concurso muy importante, pero la invitación ratifica su opinión de que ya se ha convertido en una autoridad. Sus compañeros en el jurado son otros dos escritores, más viejos y más prestigiosos que él, y él vota a los autores que ellos proponen para el premio; al director del taller literario, cuyo estilo ha reconocido de inmediato en uno de los originales, le reserva la cuarta mención y le entrega personalmente su diploma en el acto realizado para tal fin con un cordial apretón de manos; el director del taller literario está contento y le agradece cuanto ha hecho por él. Nuestro novelista responde que no ha sido nada, y tiene razón.

Un tiempo después lo invitan a ser jurado en otro concurso y las circunstancias se repiten, así como uno de los dos compañeros del jurado anterior. Éste tiene necesidad de que el autor premiado sea una persona de su amistad, pero es difícil imponer su criterio porque los otros dos jurados candidatean a otro autor de su amistad. Él sólo cuenta con su voto y el de un cuarto jurado, por lo que convence a nuestro novelista de que lo apoye en la votación. Nuestro novelista lo hace y obtiene la portada del suplemento literario del periódico que su compañero de jurado dirige. Sus reseñas para la revista de la tarjeta de crédito le han permitido comprender qué es lo que sus lectores quieren y, en ese instante, que constituye el único instante de auténtico genio que un autor mediocre pero vendedor tiene a lo largo de su ramplona vida, decide escribir una novela sobre un escritor que conoce a un personaje que ha conocido a un prócer del país donde nuestro novelista escribe. Nuestro novelista cuenta el argumento al director de una editorial realmente importante, no aquella en la que publicó su novela anterior, y éste «compra» la idea. Nuestro novelista trabaja entonces en ella con un entusiasmo que cualquiera hubiera dedicado a escribir literatura de verdad pero que él sólo puede destinar a esto, a su novela sobre un escritor que conoce a un personaje que ha conocido a un prócer del país donde nuestro novelista escribe. Un tiempo después termina el libro, lo presenta al director, recibe sus correcciones, las incorpora, entrega nuevamente el manuscrito, obtiene el premio que esa editorial organiza todos los años. Su jurado, las principales figuras de la literatura nacional, se lo entregan en un acto donde todos elogian un libro que no han leído. Un escritor que ha recibido el segundo premio denuncia el fraude mediante cartas a los periódicos, pero ninguno de estos las publica. El asunto, sin embargo, no tiene importancia, ya que nada puede ensombrecer la hora luminosa de nuestro novelista.

Un año más tarde ―después de que su libro vendiera miles de ejemplares, recibiera críticas consecuentes con su nueva posición y fuera incluso traducido a un par de idiomas― nuestro novelista es convocado para ser jurado de la siguiente edición de ese mismo premio. Su candidato esta vez es el hijo del director del periódico donde trabaja. Gana. Unos días después, en la entrega del premio, uno de sus compañeros de jurado le cuenta la historia de otra escritora de provincias. Esta escritora es al principio una muchacha que trabaja en una zapatería y, mientras ve desfilar pies ―pies de todas las formas posibles, pies con los dedos unidos, pies cuadrados, pies con hongos, pies que huelen mal―, sólo sueña con ser una escritora. No escribe mal. Un día se pone en contacto con un escritor de su ciudad que ahora vive en la capital para que le dé clases de narrativa; el escritor ―que es alguien que realmente «comprende» que eso no lleva a nada― le dice que no, pero le asegura que puede ir a visitarlo si quiere. Ella lo hace. Su juventud es tanta como su desesperación por abandonar la zapatería. Se acuesta con él. Escribe cuentos. Gana concursos. Más tarde, comienza a interesarse por otro género, digamos, el teatro. Empieza a recibir clases con un profesor de dramaturgia, abandona al narrador y comienza a acostarse con el dramaturgo, escribe obras de teatro, gana concursos; curiosamente, al tiempo lo deja y comienza a interesarse por la poesía. Su descubrimiento de un género literario, cada uno de ellos, se ve correspondido con un amorío más o menos infeliz con su introductor en el nuevo género, un amorío que tiene horarios más bien excéntricos, que generalmente tiene lugar por la mañana, cuando el dramaturgo o el poeta o el ensayista deja a su niño en el colegio, o por la tarde, cuando su mujer no está en la casa; coitos rápidos y más o menos desapasionados en los que el semen literario de todos sus amantes tiene la cualidad ―o al menos así supone ella― de acercarla un poco más a Julian Barnes, a Milan Kundera, a Martin Amis, a Flannery O’Connor, a todos los autores que ella admira. «Qué terrible», balbucea nuestro novelista al acabar de escuchar la historia. «¿No es verdad?», le pregunta el narrador, pero es sólo una pregunta retórica. «Y sin embargo, es una excelente historia», dice. «Sí», reconoce otro de los jurados, «pero, ¿quién tendría el valor de contarla?» «Sí. ¿Quién tendría el valor de contarla?», acepta nuestro novelista.

En París, P deja de escribir, o al menos deja de tomar notas, pero su cabeza sigue siendo la cabeza desesperada de un escritor, y tiene una media docena de ideas para novelas por día; de ellas, unas tres o cuatro son buenas y una de ellas, bastante buena. En los peores días, sólo son dos o tres buenas ideas y apenas una es realmente destacable. P las desdeña a todas, sintiéndose así más juicioso o menos ridículo. A veces, cuando ve su rostro reflejado en los escaparates de alguna tienda, se dice, con sorpresa: «No estoy escribiendo», y por un momento se siente victorioso, pero luego comprende que, si la ausencia de escritura le parece un triunfo, esto es sólo porque aún no se ha liberado del todo, porque su rechazo a escribir reemplaza al escribir como el centro de la experiencia. En una ocasión se sienta en la terraza de un café y se propone no levantarse hasta recordar los tiempos en que no escribía, pero pasan las horas y no logra recordar absolutamente nada, como si a lo largo de su vida no hubiera hecho otra cosa que escribir. Una camarera le pregunta si desea alguna otra cosa pero él responde que no; tiene bonitas piernas y un rostro que sólo parece capaz de expresar dos actitudes: aquella de una gravedad risible con la que todo camarero parisino encara a su cliente, y otra más distendida, de una felicidad sin motivo, que es la expresión de las mujeres francesas cuando se les saca una fotografía. P ha escuchado comentar que en algunas universidades existen cursos de «civilización francesa» cuyos alumnos son preferentemente extranjeros incautos que desean pasarse medio año hablando de quesos, y se pregunta si en esos cursos se hablará de la sonrisa francesa y se explicarán sus motivaciones y su fisiología. La camarera se detiene a unos pasos de él, mira en dirección a la calle con los brazos a la espalda, luego se da la vuelta y regresa al interior del café. P la ve acercarse a un hombre que está detrás de la barra; ella dice algo en voz baja y el hombre asiente, entonces ella se mete dentro de la cocina y P piensa que el hombre la seguirá en un instante, pero el hombre abre lentamente un libro en una página que estaba marcada con un mondadientes y comienza a leer. Entonces P piensa que, quizás, su incapacidad para recordar un momento en que no escribiera es sólo la de recordar un momento en que no leyera, puesto que ambas actividades parecen inseparables; pero, aún no pudiendo recordar algunas cosas, hay otras que P sí recuerda, por ejemplo, que comenzó a escribir unos diez años atrás sin seguir modelos fijos, impulsado por una cierta falta: en su experiencia como lector faltaban los textos que él quería leer, que, por tanto, tenía que escribir él mismo. P comenzó escribiendo cuentos, unas dos docenas de ellos, que pasaba en limpio en una máquina de escribir portátil; de alguna forma, la perfección en la transcripción, la inexistencia de errores, le parecían signos irrefutables de perfección literaria. Sus cuentos eran fantásticos, en casi todos moría alguien. Más tarde escribió una novela breve de trama tan complicada que a él mismo le costaba describirla. Sus cuentos eran publicados por un periódico de la ciudad con algo que P no acertaba a comprender, algo que se parecía a la indiferencia pero que quizás era sólo desprecio o tal vez una manera contenida de alentarle. Una fundación le entregó los fondos para la publicación de su primer libro de cuentos, otra publicó una novela policial; en ambas ocasiones, P se peleó con sus editores con palabras más o menos crudas, pero aprendió y se endureció y comprendió que la literatura era algo más que el mero acto de escribir y algo menos que una industria seria. Un par de libros después, comprendió que en su país un escritor joven era alguien que había cumplido los cuarenta poco tiempo atrás, y se dijo que aún le quedaban dieciséis años para que la industria lo tomara en serio, y pensó que en esos dieciséis años podían suceder dos cosas: podía salir todo bien y él podía convertirse en un autor de relativo prestigio, alguien que escribe libros y los publica y a veces escribe también para los periódicos, alguien con un auto y un perro y quizás hijos que se enferman de enfermedades por fortuna poco serias pero que hacen ver que cualquier problema literario es una nimiedad y algo en lo que no vale la pena pensar demasiado, o podía salir todo mal y él podía convertirse en alguien lleno de rencor, en alguien que envidia la suerte de los otros y a veces aún escribe en la cocina de su casa cuando su mujer y sus hijos duermen. P evaluó ambas posibilidades y las dos le parecieron terribles, y pensó que tenía dieciséis años para desperdiciar su vida de la mejor de las maneras y luego ser un escritor joven en su país, así que se marchó; desde entonces, sus opiniones literarias ya no tienen ninguna importancia para nadie, salvo para él, piensa, y le gusta que así sea.

La camarera regresa de la cocina y atiende a una pareja de ancianos que tienen un perrito blanco y acaban de sentarse a una mesa en la terraza, y P piensa que se parece a una mujer que él ha conocido, una mujer que, en cada una de las ocasiones después de haber tenido sexo y mientras aún estaban echados en la cama, le contaba sus «problemas» con lujo de detalles, le hablaba de la vaginitis que a veces la afectaba, de la extraordinaria irregularidad de sus períodos menstruales, que oscilaban entre una duración de ocho a setenta días, de la vaginodinia y del vaginismo que a veces padecía ―sin variantes, lo primero que hacía P al regresar a su casa era tomar el diccionario y buscar todos esos términos― y de su extraordinaria facilidad para coger hongos, especialmente de la variedad candida albicans. P se encogía de terror entre las sábanas cuando escuchaba esas historias, pero pensaba que debían ser importantes para ella y no le quedaba más remedio que escucharlas. Pensaba que eran historias que ella, por alguna razón, necesitaba contar, y esa necesidad, esa necesidad profunda e irracional, lo llenaba de asombro y de admiración, así que cerraba los ojos y escuchaba, asimilando como un alumno esforzado la extraordinaria lección de literatura, la lección acerca del por qué y tal vez también del cómo de la literatura, que ella le daba a él invirtiendo los términos de su relación y de sus profesiones y que él se prometía, en silencio, no olvidar.

Nuestro novelista se pasa las mañanas en la Bibliothèque Nationale de France uniendo los fragmentos de la correspondencia amorosa del prócer de su país con la pegajosa sustancia de la novela histórica. Por las tardes visita museos intentando dar con P, quien ha estado ya en casi todos los importantes y, en cualquier caso, ya no tiene dinero para visitarlos más. Sus recorridos por esos museos se superponen con los que P ha realizado antes, trazando de alguna manera las mismas líneas sobre el parqué; si alguien se interesara por hacerlo —y tuviera los medios para ello— podría comprobar que, sobre el mapa del recorrido de P en, digamos, el Musée d’Orsay, se sobrepone el recorrido de nuestro novelista con escasísimas variantes, ínfimas diferencias que en nada afectan al hecho mismo de que dos personas con intereses afines, que prestan igual atención al Desayuno en la hierba de Manet y se detienen por igual cantidad de minutos en el mismo punto frente al Origen del mundo de Courbet, no pueden, sin embargo, encontrarse.

En algún momento de sus recorridos por los museos el novelista deja de prestar atención a los cuadros con los que se topa para detenerse en los rostros de las personas que lo rodean, intentando dar con el de P; ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vio una fotografía de él, y supone que no es improbable que su rostro haya cambiado. Especula con variantes que podrían volverlo irreconocible: una barba, un corte de cabello diferente, anteojos nuevos. Por las noches, al meterse en su cama del hotel que ocupa en la avenue Kléber, las variantes de esa fisonomía imaginaria le impiden conciliar el sueño hasta muy entrada la noche; cuando duerme, sueña cosas como que el bigote de P tiene tres metros de largo, como el de la estatua ecuestre de Vittorio Emmanuelle II que preside su monumento en Roma, cosas así, nada muy útil para la pesquisa.

Un día, mientras trabaja en la Bibliothèque, nuestro novelista contempla a unos vagabundos que toman el sol y decide ―puesto que a la aparición de la idea le sigue de inmediato la decisión de creer en ella sin otro argumento que el de la inefabilidad de la propia, pedestre, imaginación literaria― que P puede ser uno de ellos, y supone que se ha precipitado en una vida sórdida para acallar una conciencia que se debate entre lo que es correcto y razonable y aquello que es, piensa él, contranatura. Se trata de una idea vulgar, además de errónea ―P no es homosexual e, incluso aunque lo fuera, no tendría razones para serlo sólo en París―, pero arranca en nuestro novelista un estremecimiento de placer al saber que él sí ha descubierto las razones de su desaparición de la escena; pero, como sea, lo lleva a pasar un par de noches en un local poco respetable de la rue Coustou, bebiendo whisky aguado y buscando el rostro de P entre los de los hombres, casi todos iguales, que le echan miradas furtivas pese a la oscuridad del local. Un poco de la sordidez de esos sitios se impregna en el novelista como un perfume barato, por lo que incluso los más reticentes entre los habituales a esos locales acaban aceptándolo. Una noche, un adolescente de aspecto enfermizo entra a uno de esos locales y, al verlo, comienza a gritarle. Nuestro novelista tiene dificultades para comprender lo que el adolescente le dice, pero poco a poco comprende que éste le confunde con un cliente suyo que le ha pagado con «mercadería» mala por unas prestaciones en el Bois de Boulogne, un par de noches atrás. Nuestro novelista niega enérgicamente ser la misma persona, dice que el adolescente le confunde; éste hace una seña y otros dos jóvenes se levantan de una mesa. Nuestro novelista sale juiciosa, literariamente, corriendo.

En el largo invierno de su estancia alemana, P sólo ha tenido un amigo. Era un tipo de Madrid que estudiaba también literatura, un joven quizás en extremo agradable, convencido de que lo que cualquiera «debe» hacer para obtener la felicidad es comer abundantemente, dormir tanto como sea necesario y acostarse con mujeres feas, convicciones, piensa P, ganadas a lo largo de decenas de guerras perdidas que han hecho del español un amante de las cosas simples y de sus escritores unos desgraciados. Sin embargo, el amigo de P estaba también interesado por la literatura, en particular por la literatura del país que P había abandonado, y a menudo discutía con él acerca de los autores de esa remota literatura. P respondía con cortesía y aplomo pero también con una firmeza que esperaba hiciera comprender a su amigo que no tenía ninguna intención de seguir hablando del tema. En ocasiones, el aprecio de su amigo por la literatura nacional del país de P excitaba tanto a éste que, si estaban sentados en un café, P comenzaba a hacer trizas todo lo que encontraba sobre la mesa, la consumición, el menú, lo que fuera, pero ni siquiera estas señales de fastidio conseguían disuadir a su amigo de que cualquier cosa era preferible a hablar de los escritores que le gustaban y de los que P debía saber, imaginaba, debido a que provenía del país donde esos escritores vivían y escribían sus libros. En contrapartida, y sólo cuando esto era posible, P interrumpía esas conversaciones para hablarle a su amigo de quienes eran sus escritores españoles favoritos, Rafael Cansinos Assens, Rafael Sánchez Mazas, todos escritores de una mediocridad proverbial que tenían como finalidad hacer comprender al amigo de P que era mejor cambiar de tema y hablar de cualquier otra cosa, incluso de los tres mandamientos del hombre español a los que su amigo adhería con entusiasmo comiendo y durmiendo y follando tanto como le era posible, que seguir hablando sobre literatura. Sin embargo, aquel era su único amigo y los únicos amigos gozan de una tolerancia que otros amigos no obtienen.

Un poco antes de que comenzara el invierno, que en la ciudad alemana sucedía prácticamente sin transición al verano poniéndolo todo cabeza abajo, P y su amigo fueron a conocer un pequeño pueblo llamado Duderstadt. Tomaron el autobús y, unos veinte minutos después, descendieron en una estación vacía donde miraron un letrero en el que se leía una descripción de la historia del pueblo y había un pequeño mapa y echaron a andar en dirección a la iglesia principal. El pueblo parecía vacío e intimidaba de la forma en que intimidan las construcciones que de repente parecen desprovistas de propósito; sin embargo no producía miedo sino sólo aprehensión y tal vez un poco de tristeza. Entraron a la catedral, donde un organista se encontraba practicando y sus escalas inundaban todo el espacio que mediaba entre los techos altos de estilo gótico y los bancos repartidos en la nave principal. Después visitaron una fuente que representaba la división alemana del período comprendido entre 1945 y 1990. En ella, un hombre y una mujer corrían a echarse en brazos uno del otro pero un riacho ―que justificaba el carácter de fuente del grupo escultórico― los separaba; por sus características, el espectador comprendía que ambas piezas, la del hombre y la de la mujer, habían sido cortadas del mismo trozo de roca y que existía cierta complementariedad, esto es, que si las dos piezas se unieran encajarían como las piezas de un rompecabezas, por lo que cabía decir que se trataba de una obra idealista o desinformada, ya que hacer encajar a las dos piezas del puzle alemán desvelaba al país desde hacía catorce años sin que pareciera haber ninguna solución a la vista. Entonces P contó a su amigo que había leído un libro donde uno de los personajes era un creador de rompecabezas policiales; esto es, alguien que creaba, a menudo a través de collages pero también pintándolos, a un grupo de personas que se encontraban alrededor de un cadáver; quien armaba el puzle debía encontrar la pieza que faltaba, que era precisamente la de la víctima. Quien deseaba jugar este juego debía ponerse en contacto con el artista de los rompecabezas, lo cual a menudo no era fácil, y pagar una suma bastante alta; a partir de entonces recibía una pieza por semana y, cuando sólo faltaba una, debía escribir al autor del puzle diciendo quién era en su opinión el asesino. En ocasiones, la solución, recibida por correo tras una semana de inquietante espera ratificaba la opinión del comprador del entretenimiento pero en ocasiones también la refutaba, dependiendo del humor del autor del puzle y de su capacidad, por otra parte ilimitada, de crear tramas paralelas, de revelar detalles en esa última pieza que aparecían como flagrantes evidencias a lo largo de toda la escena. Entre quienes jugaban a los rompecabezas, la fama del autor de los puzles policiales era enorme, pero su nombre era completamente desconocido, contó P, pero después de un instante de vacilación agregó que no recordaba ni el nombre del libro ni el del autor de los que había extraído la historia, aunque creía que éste era mexicano o catalán. Su amigo sugirió entonces que podía decirse que el autor era hispanoamericano. «No existe nada que puedas llamar “Hispanoamérica”», afirmó P de forma tajante, y comenzó a caminar en dirección a la parada del autobús. Su amigo respondió con una pregunta: «¿No crees que existen autores que de alguna manera constituyen una nueva narrativa que se despliega en ambas orillas del océano y que se caracteriza por su comunidad de intereses?». P estaba a punto de responder cuando un escaparate atrajo su atención; en él se encontraban exhibidos los más ridículos accesorios para el jardín que jamás hubiera visto: enanos del tamaño de un niño pequeño, ciervos grandes como hombres, una pantera de porcelana en actitud amenazante, coloridas flores de yeso en tiestos de cerámica, un Cristo sangrante con los brazos abiertos que quizás haría un excelente espantapájaros. Se preguntó quién compraría esas cosas pero también, y prácticamente al mismo tiempo, se dijo que esas figuras eran como la literatura de la que su amigo hablaba, triviales y a la vez meramente suntuarias; si las abres, pensó P, sólo encuentras lo mismo en todas, yeso que se deshace entre los dedos, yeso para disolver los huesos de los muertos y para hacerles estatuas. Entonces P dijo: «Sí, creo que hay una comunidad de intereses en los autores de ambas orillas del océano», y su amigo sonrió, feliz de que por primera vez P estuviera de acuerdo con él. Luego comenzó a llover.

Nuestro novelista busca a P por todas partes, lo busca en la Gare de Austerlitz, en la Avenue du Champs-Élysées, en la Place de la Republique, lo busca con una determinación tan rotunda que conmovería a cualquiera si tuviera conocimiento de ella y haría perdonar, quizás, alguno de sus libros, probablemente el menos malo, puesto que los otros son imperdonables. Quienes consideren que existe una superioridad ética insoslayable en quienes escriben bien sobre quienes escriben mal, sin embargo, quizás no perdonen a nuestro novelista, que busca a P en una parte y en otra sin detenerse ni un momento, sin preguntarse si busca a P sólo por P o si, llegado a este punto, no lo busca más que nada por sí mismo, por justificar las horas perdidas, la exhibición de cobardía en el bar de Pigalle, por justificarse secretamente a sí mismo.

El padre de P es un apasionado de los cementerios ―decir aquí «admirador» sería quizás erróneo―, de modo que P ha pasado toda su infancia visitando uno u otro, al punto de que ha acabado creyendo que su padre está mucho más cómodo entre los muertos que entre los vivos. Si lo piensa mejor, P cree entender que su pasión por los cementerios es el producto de una curiosa afición taxonómica por clasificarlo todo de forma que su clasificación anule, o al menos vuelva más tolerable, la insoportable variedad e inconstancia del mundo. En ese sentido, los cementerios ofrecen la posibilidad de establecer «un mapa» en el que vidas por completo disímiles se integran y resultan así «rastreables» e indiferenciadas. P comienza a recorrer cementerios en un homenaje irónico a la clarividencia paterna, pero no es un turista convencional y no tiene ninguna intención de deleitarse con el obligatorio recorrido por las tumbas de celebridades más o menos olvidables, de modo que decide ver a quién «encuentra» si recorre un cementerio sin pretender encontrar a nadie en particular; de esa forma, la visita al cementerio se convierte no en la oportunidad de descubrir cuántos muertos hay enterrados en él sino cuántos muertos carga P consigo. En Père-Lachaise, así, se topa con la tumba de Édith Piaf, con la de Gertrude Stein y Alice B. Toklas, las de Molière ―enterrado de noche por ser considerado impío y víctima de la estupidez y optimismo de algunos críticos, quienes han querido creer que el pesimismo de El misántropo era el producto de la tuberculosis y no la opinión más sensata sobre el mundo― y Jean de La Fontaine, que se encuentran muy próximas, la de Théodore Géricault,  la de Abelardo y su amante Eloísa, la de Camille Pissarro y la de Colette, pero no se topa con la de Marcel Proust ni con la de Oscar Wilde ni con la de Guillaume Apollinaire, que hubieran coincidido con sus gustos literarios, ni con la de Jim Morrison, que no lo hubiera hecho. En el cementerio de Montmartre no se topa con ninguna celebridad muerta pese a que sabe que allí se encuentran Émile Zola, el ya mencionado Stendhal, Hector Berlioz, Edgar Degas, Vaslav Nijinsky y François Truffaut. En el de Montparnasse se encuentra con las tumbas de Simon de Beauvoir y Jean-Paul Sartre, Eugène Ionesco, Serge Gainsbourg, Julio Cortázar ―con lo que P supone debe ser la figura de un cronopio coronándola― y Samuel Beckett, pero no da con las de Baudelaire, Tristan Tzara, Guy de Maupassant ni César Vallejo, que le interesan más. Cuando se detiene sin curiosidad a mirar las tumbas, P piensa en sus muertos y en el mapa y espera con ansiedad el momento de encontrar su lugar en él, entre todos ellos.

Un día, el primer domingo del mes en el que tiene su tren de regreso al pueblo alemán, P decide visitar el Musée du Louvre, donde no ha estado antes, aprovechando que la entrada es gratuita. Ese mismo día, sin saber esto último, nuestro novelista también decide visitar el Louvre. Nuestro novelista toma el metro en la estación Boissière, tras cambiar en la estación Charles de Gaulle Étoile, asciende unos minutos después en una de las bocas de la estación Palais Royal-Musée du Louvre; atraviesa el passage Richelieu y ocupa su sitio en la fila de personas que esperan  su turno para entrar al museo. P, que ha dormido tan mal como todas las otras noches, llega unos veinte minutos más tarde y también ocupa su sitio en la fila. Nuestro novelista consulta más tarde un mapa del museo y se dirige hacia la colección de pintura flamenca de la segunda planta del ala Richelieu. Unos minutos después, P echa una ojeada al mismo mapa y se dirige a la colección de artes del Islam en la misma ala. Un par de horas después, nuestro novelista desciende hasta el entresuelo y cruza el hall subterráneo para tomar el ascensor que lo lleve a la colección de pintura italiana, en la primera planta del ala Denon; en algún punto, la fila de personas se vuelve más densa y la excitación hace presa de los presentes, al punto que nuestro novelista se suma a la fila sin saber qué sucede y adónde lo conduce, da vuelta hacia el final del ala y se encuentra por unos instantes frente a La Gioconda de Leonardo Da Vinci; la pintura está detrás de un vidrio y es difícil apreciar los detalles, incluso más difícil que ante una reproducción. Un guardia le grita que circule y nuestro novelista continúa en dirección a la sección de pintura española, que se encuentra desierta. P visita la colección de antigüedades griegas y luego la de antigüedades etruscas y romanas, robadas por diferentes gobiernos franceses con extraordinaria previsión; se pregunta si el conocimiento de las convenciones artísticas de una época no acaba arruinando la sorpresa que su producto debería provocar; P ha visitado decenas de museos en los últimos años y en todos ellos ha visto reproducciones romanas de estatuas griegas y estas ya no lo impresionan en absoluto. Nuestro novelista desanda el camino hasta las escaleras para visitar la colección de antigüedades etruscas y romanas que P ya ha visitado. P sube las escaleras para echar una mirada a la colección de cerámica griega de la primera planta; levanta la vista y ve, al final de las escaleras, la «Victoria de Samotracia». Nuestro novelista ve, al comienzo de las escaleras, la «Victoria de Samotracia»; ambos se detienen un momento, igualmente fascinados. Entonces P comienza a subir las escaleras. Nuestro novelista sigue al tope de las escaleras contemplando la estatua, pero en un momento distingue entre los de los visitantes el rostro ―ligeramente cambiado pero en absoluto deformado, como suele soñar― de P. Este se encuentra de pie frente a la estatua; a su alrededor circulan los turistas pero él no se mueve. Tampoco se mueve una mujer a su lado. Tiene una edad indefinida, el cabello rubio hasta los hombros y muy alborotado. La mujer fija su atención en la estatua y se dibujan arrugas alrededor de su rostro y de su boca. Mira a P como si deseara comentarle algo, pero P no la mira. Nuestro novelista se dirige lentamente hacia él, como si P fuera un animal que fuese a huir ante su presencia. Cuando está junto a él le dice: «Qué tal. Quizás me recuerdes». P lo mira como si el otro le pidiera un favor objetable y luego continúa estudiando la estatua. Nuestro novelista espera un instante. Piensa: Su rostro es el de un desesperado; P está desesperado, y se dice ―aunque de forma confusa, sin acabar de comprender del todo lo que él mismo se dice― que, si pudiera, rescataría a todos los escritores desesperados, se quedaría de pie con los brazos abiertos en el campo de centeno y los atajaría para que nunca sintieran dolor ni desesperación. P mira un instante más la estatua y le pregunta: «¿No cree que a este museo habría que reformarlo? Habría que meter en una sala esta estatua, la “Afrodita llamada Venus de Milo”, “La Gioconda” y el “Sarcófago de los esposos” y dejar que los turistas se metieran allí mientras el resto recorremos el museo a nuestras anchas». Se trata de una pregunta retórica, y nuestro novelista no responde nada; propone ir a alguna de las cafeterías del museo. Pregunta: «¿No quieres que vayamos a una de las cafeterías, P?» «Se equivoca, no me llamo P», responde P. Nuestro novelista duda un momento, pero sin duda se trata de P; a la semejanza física se suma el hecho de que están hablando en español y que el acento de P es el de la región de donde ambos vienen. «¿Qué sucede contigo?», le pregunta. «Usted me confunde con otra persona», dice P. «No es posible», balbucea el novelista. P lo mira y no responde nada. El novelista se dice: Dios mío, tiene veinte años menos que yo pero parece veinte años más viejo. «¿Le gustan los museos?», pregunta repentinamente P. Nuestro novelista asiente con entusiasmo y entonces el otro lo mira directamente a la cara y hace un gesto de disgusto. «No tiene que mirar los museos con un criterio estético; los museos son sólo el pasado y éste nunca es feo o bello, es sólo algo que ya ha sucedido», le dice. Por un instante ambos se quedan en silencio. En ese momento, P piensa que por fin lo ha conseguido, que de alguna forma el pasado se ha reunido allí en las escaleras y que, cuando salga del museo ―más aún, cuando abandone París para regresar al pueblo alemán en el que vive―, habrá dejado todo atrás. Entonces se da la vuelta y comienza a bajar las escaleras. Nuestro novelista le sigue un par de escalones, pero luego desiste, y, cuando P echa una última mirada hacia atrás, lo encuentra de pie a la mitad de las escaleras, sin saber hacia dónde ir, detenido en un sitio, el pasado, que de alguna forma ya ha ido hacia alguna parte. En las escaleras del hall principal del museo, bajo la pirámide, espera que se libere un escalón para subir y entonces, cuando sube y la escalera mecánica lo eleva, se siente, por una vez, atravesado por la manifestación de una vida que no puede ser descripta con palabras, sobre la que nada se puede escribir realmente, y que lo arrastra con ella hacia la salida.

*Una versión preliminar de «Es el realismo» obtuvo el Premio Juan Rulfo de Relato 2004.

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