Juan Carlos Méndez Guédez: “Los colores de Junio”

                                                                                                         

1) Adivinó en la tele un resplandor desconocido; un destello; una textura que flotó en su mirada igual que un mareo. La mujer saludó con la mano: la mujer de irrepetibles ojos verdes: la mujer de piel canela. Y entonces su madre y sus hermanas señalaron detrás de la muchacha. Mauro abrió los ojos. A él también le pareció familiar esa silueta: el policía metropolitano con casco blanco, delgado bigote y ceño fruncido que cuidaba a la Miss Venezuela se parecía mucho a su padre. 2) 8 de mayo de 1980:  a) primer día que en casa tuvimos televisión en colores. b) el día que Maye Brandt ganó el Miss Venezuela representando al Estado Lara. c) el día que mi padre apareció en horario estelar para que Venezuela entera lo contemplase cuidando la espalda de Miss Venezuela.  d) el día cuando se supo que Elizabeth tenía una enfermedad incurable. 3) ¿Y Juliette? ¿Y su cabello dorado en la escalera? ¿Y sus ojos asombrados cuando él le contaba las historias de cada telenovela, de cada capítulo? 4) A Mauro el mundo de las historias que podía ver en la tele siempre le pareció un universo seguro, un lugar para una belleza que siempre terminaba superando las pruebas que el dolor y la fatalidad le interponían. Lo supo desde que con cuatro años, sobresaltado al ver a Tito Guízar herido en Allá en el rancho grande, sintió el susurro y la voz de su mamá: “no te preocupes, él no puede morir porque es el protagonista”.  5) La ficción se sostiene sobre la idea remota de la eternidad. Frente al tiempo que se mueve incesante, la ficción extrae un trozo de vida y al colocarlo en la circularidad de esa historia que concluye y vuelve a reiniciarse cada vez que alguien la contempla, la lee, la mira o la escucha, se configura un tiempo paralelo donde nada envejece, nada se destruye. 6) Para Mauro esos años primeros le otorgaron una lección muy clara: el protagonista nunca muere. 7)  “…y eliminar alguna precisión innecesaria, pero también incorporar la aparición de Juliette. Inventarme su coincidencia en ese día, pues una historia será siempre el deseo de perfeccionar la realidad, el tejido de detalles que juntos consolidan un sentido imposible de insinuar por separado”. 8 de mayo de 1980: a) el primer día que en casa tuvimos televisión en colores. b) el día cuando le hablé a Juliette de los perritos calientes de la Avenida Nueva Granada. b) el día que Maye Brandt ganó el Miss Venezuela. c) el día que mi padre apareció en horario estelar para que Venezuela entera lo contemplase cuidando la espalda de la recién elegida Miss. d) el día en que se supo que Elizabeth tenía una enfermedad incurable. 8) Desde el principio quise revelarle mi única sabiduría. Cuando conocí a Juliette en la Academia de Música y comenzamos a conversar sobre las telenovelas que yo miraba se lo advertí: el protagonista nunca muere. Era una regla esencial para que pudiésemos comprendernos, para que no me interrumpiese o se asustase en exceso.  9) El 8 de mayo de 1980 vimos en casa el concurso de Miss Venezuela que transmitía Venevisión  y en Radio Caracas contemplamos el capítulo donde se supo que Elizabeth tenía una enfermedad incurable. Saltábamos de uno a otro canal.  Saltábamos. Saltaba yo.  Era el más pequeño de la familia y cada tanto mis hermanas me realizaban una seña y yo me ponía de pie: del 2 al 4, del 4 al 2. Cuando apareció mi padre detrás de la recién elegida Miss Venezuela dejamos de mover los canales. Mucho rato nos quedamos en silencio, mirando a ese señor del que sabíamos tan poco, ese señor que nos había escrito una vaga carta diciendo que se mudaría muy lejos, y por lo tanto no podía estar allí, cuidando la espalda de la Miss Venezuela 1980, con todo el país mirándolo rascarse el bigote. 10) Me encantaban las telenovelas.  Las veía todas. Muchas. Una tras otra. Y los meses antes de que mi padre se marchase lo oía rugir furioso: lo volverán marico, lo van a desgraciar, los hombres no ven esas pendejadas. Y me daba un manotazo oloroso a hierro y cal que me ardía en la frente. Yo permanecía inmóvil, pétreo. Nada podía apartarme de la tele. Mucho menos cuando comencé a sospechar que a Elizabeth le sucedía algo malo. 11) En casa de Juliette era impensable ver telenovelas. Sus padres las detestaban. Los dos eran músicos profesionales con pos-grados en Francia, Alemania, Estados Unidos: gente que flotaba en la sonoridad de sus días, de sus conciertos, de sus tardes paladeando a Mahler.  A ella tampoco le gustaban. Pero como nunca le permitían mirarlas eso le despertaba la curiosidad de conocer  por qué las mujeres lloraban tanto, por qué se perdían tantos hijos, por qué la gente se quedaba tan ciega y terminaban en la cárcel sin ser culpables. Una tarde en que yo leía unas lecciones de solfeo ella se sentó a mi lado con una revista que estuvo ojeando entre bostezos. En la portada venía una foto de Caridad Canelón. Le pedí que me la prestase. Juliette preguntó quién era esa muchacha con un color tan bello. Le conté que era la protagonista de Elizabeth, una telenovela que daban a las nueve,

¿y qué pasa con ella? pues que Elizabeth y su prima se escapan un día del liceo y a las dos les dan unos mareos tremendos y las salva un periodista que es Orlando Urdaneta y él tiene novia pero le gusta tanto Elizabeth que comienza a buscarla hasta que deja a la novia y Elizabeth le hace caso y se enamoran pero a ella le siguen los mareos y a su prima también pero es porque está embarazada de un muchacho pobre ¿ y Elizabeth también? y no no no Elizabeth no está embarazada sino que parece enferma cada vez más enferma muy enferma

12) Niebla de cal: esfumaturas: colores oleosos: Mauro se acercó a la pantalla al ver que Maye Brandt ganaba el Miss Venezuela.  Trató de sonreír, aunque todavía el recuerdo inmediato de la telenovela en la que acababan de anunciar que Elizabeth tenía leucemia, le rozaba la garganta como si fuese una carne escamosa. Pero al ver a Maye Brandt: piel de papelón, ojos rotundos y verdes como chispazos, sintió que una centella entraba por su rostro y se esparcía por todo su cuerpo como si una telaraña recorriese cada músculo. Luego su madre murmuró que miraran al policía colocado detrás de la Miss; que lo miraran un momento; es papá, dijo su hermana mayor, es papá, y Mauro vio cómo a su hermana le temblaban las manos, cómo sus dedos parecían moverse igual que aterrorizados gusanos. 13) “…manteniendo esa posible palpitación que mencionaba Svevo; que la historia sea una autobiografía pero la autobiografía de un personaje que no existe.  Por otro lado, ¿fijar la fecha? Sí. Dejarla deslizar como un dato fortuito. Decirla como una invocación: en Venezuela, el 1 de junio comenzaron las transmisiones de la televisión en colores, pero desde días antes realizaron pequeñas pruebas y en mayo no perdieron la oportunidad de transmitir entero el Miss Venezuela con un despliegue de dorados, trajebaños rosas, adornos de plata, escenarios untuosos, reverberaciones metálicas. O quizás ignorar ese detalle. La mirada de un adolescente desconoce esas exactitudes. El recuerdo del adulto tampoco intenta rescatar del pasado otra cosa que no sean sus sensaciones más pulposas”. 14)  A Juliette no le hablé de mi padre. Quizás porque nada tenía que decirle. Un señor que gritaba algunas noches, un señor que se sentaba en el sofá, un señor que se marchó. Deben haber pasado tres meses cuando al fin me di cuenta de que no volvería. Mamá pidió que buscase unas sandalias en su clóset y al abrirlo contemplé que sobraba espacio y que el lugar donde él colocaba su pistola (segunda gaveta, un poco hacia la derecha) permanecía ocupado por cinco faldas viejas. Y aunque tal vez no logro recordarlo con transparencia, y quizás se trate apenas de un recuerdo de un recuerdo de otro recuerdo, me parece que esos fueron los meses cuando mi hermana mayor silbaba a todas horas, cuando sonriente pintaba las uñas de mis hermanas o preparaba merengadas que bebíamos oyendo pasodobles de la Billo´s; ese mismo tiempo cuando prometió que trabajaría mucho para que tuviésemos una televisión en colores.  Pero a Juliette jamás le hablé de esto. A Juliette sólo le hablaba de las telenovelas o de los mejores perros calientes que podían comerse en la ciudad de Caracas: los perros que hacía un señor llamado Joaquín en la Avenida Nueva Granada. 15) Ese ocho de mayo del ochenta, cada vez que cambiaba de canal, Mauro intuía que traspasaba una membrana, que cruzaba  de uno a otro tiempo, de uno a otro espacio, porque la telenovela del 2 se transmitía en blanco y negro y el concurso de belleza del 4 refulgía con azucarados colores. Moverse entre ellas era realizar un viaje inmenso; saltar sobre un abismo y cada tanto experimentar una continuidad natural del presente o suponer el vértigo de lo que aguardaba. Y mañana podré contarle a Juliette, mañana podré decirle que ahora sí sé cómo es la tele en colores, que Elizabeth está mal, que está enferma en blanco y negro, y que Maye Brandt es una belleza y sus ojos parecen los ojos de una gata, los ojos de un incendio y una llamarada. 16) Ella se sienta en el cuarto escalón. Él se apoya entre el cuarto y el quinto. Los estuches de los violines en los pies de cada uno, como si fuesen adormecidos gatos. Las partituras en las piernas;  las mochilas a un lado y una malta que comparten en pequeños sorbos. Ella tiene el cabello dorado y los ojos de un gris pálido, casi líquido; él tiene la cabellera oscura, un poco rizada; y su aplastada nariz apunta hacia una boca tan delgada como la raya de un lápiz.   17)    

¿y ellos no pueden donarle su médula? no porque en realidad Elizabeth no es hija de ellos y hay que buscar donde están los padres verdaderos que no es raro que pase porque me parece que en Sacrificio de Mujer ella tampoco era hija de quien parecía hija porque en realidad el hijo verdadero de sus padres era el muchacho del que ella se enamoraba aunque eso a lo mejor es en La Zulianita o quizás en La indomable que era buenísima porque un maharajá intenta secuestrar a la protagonista ¿y se la llevan? ¿al final la secuestran?  no porque el hombre que la quiere se cae a golpes y evita que la monten en la avioneta y la lleven a un reino lejano y ella tampoco era hija de quien era hija,

18) Al día siguiente del Miss Venezuela Mauro aporreó su lección de violín y Juliette brilló más que nunca, como si sus dedos fuese un aire cálido que hacía llorar de alegría el instrumento. Pero ninguno de los dos prestó demasiada atención a los comentarios del profesor. Querían hablar en las escaleras; beber malta. Casi corrieron para sentarse en los escalones. Allí Mauro le contó que Elizabeth empeoraba, que su rostro era una luna pálida,  que era terrible verla tan joven, tan dulce, consumiéndose en sí misma, como si el aire le ardiese en los pulmones. Luego él le contó sobre la ganadora del Miss Venezuela y le mostró un recorte de periódico en el que Maye Brandt quitaba el aliento al posar en bikini: licor, piel vibrante, tersura en tensión. Juliette miró la fotografía: que bella, me recuerda a una prima de mi padre que ya está en la universidad. Mauro sonrió; le pasó la malta y ella tomó un trago pequeño. Luego Mauro bebió un largo sorbo, lo bebió con lentitud extrema, como queriendo apropiarse de cada sabor remoto, de cada lejana dulzura. Un día quiero invitarte a comer un perro caliente; el perro caliente más bueno buenísimo que hacen en la Nueva Granada, murmuró. Juliette se quedó en silencio: es que no me gustan, Mauro, nunca he comido uno; me parecen horribles, no me gustan.  19) El padre de Mauro también estuvo en el acto cuando la Policía Metropolitana designó a Maye Brandt miembro honorífico. Es el segundo hombre colocado de izquierda a derecha en esa foto de El diario de Caracas donde la Miss posa con el uniforme de la policía y en la que sonríe mientras le entregan el arma de reglamento. 20) Juliette era la mejor estudiante del curso de violín. Era la integrante más pequeña de la orquesta juvenil nacional y sus calificaciones saltaban entre el 19 y el 20, entre cualquier palabra que subrayase la perfección, el ángel, el genio. Mauro comenzó como un estudiante aceptable, incluso prometedor, pero desde el día en que le pidieron que ensayara un golpe de arco llamado stacatto nunca más pudo retomar el pulso. Sus intenciones de ser un virtuoso millonario cuya familia lo aplaudía a rabiar en salas de concierto de Viena, Hamburgo, Roma o Londres, se disiparon con rapidez. Continuó estudiando por su hermana mayor, por su mamá, que a veces le pedía que tocase cualquier inocente escala. Y sólo en ocasiones, cuando pensaba en su padre, Mauro lamentaba que el futuro no albergase la imagen de sus manos incendiando con dulzura el violín, sacando de la madera y las cuerdas una sonoridad imposible, una vibración que saltase hacia las nubes, sin tocar nunca el suelo, sin tocar los adornos de su casa: cerditos de cerámica, últimas cenas, pirañas disecadas, fotos de su padre el día que se graduó de policía. 21) (fragmento de un correo a Manuel Longares)”…y se trata entonces de una suerte de relato o narración, pero no trabajada al modo del cuento chejoviano, con ese punto único cuya tensión hacia atrás y hacia delante explica el texto entero, sino a partir de la insinuación de varios puntos que se esparcen, se disgregan, se muestran como una complicada fusión que sin embargo siempre debe intentarse, porque la idea es recuperar lo que en verdad es la vida: una atmósfera de pequeñas dispersiones que dialogan: una muchacha que odia los perros calientes, una Miss Venezuela, un televisor en colores, un padre, unas inútiles clases de violín, muchas telenovelas, un futuro que comienza a comprimirse, a olvidar su calidad de promesa inminente…”. 22) Yo susurraba la canción, la tarareaba en el oído de Juliette porque a ella le gustaba. Era una melodía fácil, demasiado fácil para ella que navegaba con insólita frescura en Paganini o Bach. Pero pienso que a Juliette le gustaba que yo me acercase a su oreja, que comenzase a murmurar frases sueltas, y la veía mover sus cabellos con la mano para que yo pudiese acercarme más y le cantase el tema de El adorable profesor Aldao,  la primera telenovela que vi en la vida y de la que no recordaba ningún detalle excepto la canción del comienzo. Y luego ella me preguntaba noticias de Maye Brandt, porque le recordaba a su prima y yo encantado le contaba de ese viaje a Corea del sur donde no pudo ganar el Miss Universo, de sus posibles planes para hacer telenovelas, del día cuando la contemplé en un concierto de Reyna Lucero y quedé petrificado al pensar que había estado a seis metros de su olor y de sus ojos,  del momento en que entregó la corona porque había acabado su reinado; de su matrimonio reciente con un actor. Pero intentaba ser sobrio al hablarle, intentaba que no descubriese que me temblaba la voz al nombrar a esa mujer; como si estuviese mal que Juliette descubriese mi euforia, mi entusiasmo. Y luego le preguntaba si estaba convencida de nunca comerse un perro caliente, si no se decidiría nunca a acompañarme. Y yo veía las manos de Juliette, sus dedos hermosos que hacían que un violín pareciese el viento más sutil soplando sobre el mar, soplando entre árboles, y sabía que dentro de esa belleza irrepetible permanecía nuestra distancia, que mis dedos se parecerían siempre a los de mi hermana mayor, a mi hermana que cada tanto se sonaba los tendones, se comía las uñas, se frotaba como si quisiera quitar de sus dedos una sensación de aceite rancio. 23) Pensó que había perdido credibilidad ante los ojos de Juliette. Apenas pudo comentarle que el transplante había fracasado; que si bien en un principio la vida había seguido su curso, cuando Elizabeth quedó embarazada se reactivó su mal y en el último capítulo se le veía expirar con una apacible sonrisa en colores, porque ya toda la televisión se transmitía de esa manera,

¿pero no me dijiste que eso nunca podía pasar? sí te lo dije te lo dije pero ahora es como distinto y yo también me quedé loco y pensé que era un error y que en cualquier momento se levantaba o alguien le daba un masaje cardíaco pero no había nada que hacer había fallecido y al final aparece Orlando Urdaneta con unas canas y abraza a una niña que es la hija de ambos y que se llama como ella y por eso mi hermana mayor y mi madre lloran cada vez que recuerdan ese final y dicen que no hay derecho que así no vale la pena que si ahora también en las telenovelas la gente se va a morir pues ya no hay remedio y pobre Elizabeth tan jovencita carajo ¿y tú estás llorando también, Mauro? un poco sí un poco Juliette pero no me lo tengas en cuenta porque esto me tiene confundido y a lo mejor mi padre tiene razón y no hay que perder el tiempo mirando culebrones,

24) “… me encontré en Ginebra con Fernando Iwasaki, Jorge Eduardo Benavides y José Luis Torres Vitolas y antes de la mesa redonda les estuve tarareando una canción y me confirmaron que era el tema de El adorable profesor Aldao. Les sorprendió mucho que yo hubiese visto esa telenovela peruana y les conté que era un recuerdo muy remoto, quizás algo en el año 70 ó 71. Tardes calurosas en Barquisimeto con la fosforescencia del televisor alumbrando un salón de paredes muy blancas. Quizás no les dije que al escuchar esa melodía todavía siento una inmensa, una quebradiza ternura, porque es la sonoridad de una familia que los años y los viajes se fueron llevando pero que siempre conserva un matiz de reino perdido y próximo, de sagrado lugar inicial, primer recuerdo de los primeros recuerdos, momento del chispazo, de la inicial conciencia…”.  25) Mauro no volvió a mencionar su padre. Sólo esa frase descolgada, pálida: un vacío silencioso que disiparon bebiendo malta. Mucho menos volvió a mencionarlo desde que una tarde su hermana mayor le dijo llorando que debía contarle algo importante. 26) El día de 1982 que Maye Brandt se suicidó con una pistola, Mauro tomó a Juliette por los hombros y en lentos susurros le contó lo que acababa de suceder. La muchacha abrió mucho los ojos, se sentó en el cuarto escalón y no quiso abrir la lata de malta que llevaba en la mano.  27) Ahora es sencillo comprender, inventar las señales. Ese vestido amarillo de Maye Brand; esa manera de sostener esa inmensa corona con sus propias manos; esa opaca fatalidad de ser la Miss que nunca ganó nada y permaneció borrosamente situada entre Maritza Sayalero e Irene Sáez, las dos primeras Miss Universos del país. O esa tristeza desoladora de las últimas fotografías, cuando a punto de divorciarse, sus ojos centelleaban vacíos, humeantes, exhaustos. Ahora es sencillo comprender, pero en aquel momento, la única señal que Mauro  pudo intuir es que los colores de la televisión parecían dulces abrillantados. 28) Nadie conoce la textura de las últimas tardes. Por suerte jamás se anuncian y sólo adquieren su exacta dimensión años después, cuando las inventamos o las reconocemos como un momento de cierre. Juliette ofreció ayudar a Mauro con sus lecciones de violín, explicarle en detalle ese golpe de arco que a él le resultaba imposible. Él hizo un gesto de rechazo y resignación.  Caminaron en silencio, como si sobre ellos flotase la espesura de la noticia que aparecía en todos los periódicos, la repetida imagen de una Maye Brandt sonriente, lejana en su pasado: dos años atrás. Mauro comentó a Juliette que iría a comer perros calientes a la Nueva Granada. Esperaba que ella lo acompañase, que por una vez hiciera el imposible esfuerzo de morder el pan, de llenar de salsa de tomate su boca y sus partituras. Imaginó que en medio del aire aceitoso de la avenida él tocaba para ella la Chaconne de Bach, y que a pesar de sus dedos, de la viscosidad del cielo y de la tarde, un silencio subterráneo fluía como una corriente que los envolvía en la rotundidad de sus sonidos. Juliette se despidió. Luego pareció dudar. Empezó dos veces una frase que no concluyó. Mauro le dio un abrazo y estuvieron un buen rato sin moverse.  Él quiso contarle alguna escena trivial de cualquier telenovela pero no se le ocurrió ninguna. Le parecía imposible dejar de pensar en Maye Brandt aquella noche, vestida de amarillo. También le resultó imposible no pensar en el maldito de su padre. Supo que pronto lo buscaría; que con alguna excusa llegaría hasta su cuarto y que en la segunda gaveta encontraría su pistola. Luego no tuvo muy clara la secuencia de los actos que ocurrirían: no supo si cambiaría de sitio la pistola y le diría a su papá que nunca dejase entrar allí a su hermana mayor; o si la aferraría entre sus manos con habilidad y fuerza; o si la regresaría a su lugar sin pronunciar una frase. Hundió su rostro en el cabello de Juliette. Ámbar, río, lluvia. Se despidieron. Él sintió que el estuche del violín le pesaba demasiado. Tres veces pensó en abandonarlo en alguna parada de autobús. Al llegar a la avenida pidió un perro con todo. Luego pidió un segundo y un tercero. Le pareció triste no recordar cómo era la fosforescencia, el brillo de los televisores en blanco y negro.

Pensó que antes el protagonista nunca podía morir.

Luego pensó en su padre. Lo vio detrás de la Miss Venezuela. Esa noche de mayo.

Su padre.

Esa primera noche.

En colores.

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