Rodrigo Blanco Calderón: “Castel”

Lo único que necesito para poder contar esta historia es que me crean cuando les digo que su protagonista se llama Juan Pablo Castel. Si creen eso no les costará creer lo demás.

Nadia se lo dijo a sus nuevos amigos durante la primera ronda de cervezas que compartieron en su primer semestre en la Escuela de Letras. Lo dijo así, con nombre y apellido, con demasiado énfasis, por lo que todos asumieron que era una broma. Ella insistió en que ese era el verdadero nombre de su novio y entonces le dijeron que estaba loca.

-Estás loca –dijo uno.
-¿No te da miedo? –preguntó otra.
-¿Miedo de qué? –dijo Nadia.

El grupo quedó en silencio, sus miradas traslucieron una patente incomodidad. Al escándalo inicial de ser novia de un muchacho llamado Juan Pablo Castel, se sumó uno mayor, ese sí, imperdonable: era obvio que Nadia no había leído El túnel, de Ernesto Sábato.

Nadia se sintió avergonzada. Luego, su propia vida (hasta cierto punto inseparable de la de Castel, su Castel) le enseñaría que en la literatura hay cosas más importantes que Sabato y que en la existencia hay cosas más importantes que la literatura. Y que las cosas verdaderamente imperdonables provienen de adentro.

Pero en aquella época (no me sólo refiero a finales de los años noventa, cuando comienza esta historia, sino a cuando se tienen dieciocho años y se acaba de entrar en la Escuela de Letras) no haber leído a Sabato o no haber llorado a moco tendido viendo El lado oscuro del corazón, eran crímenes que dejaban en un segundo lugar a todas las María Iribarne del mundo. Entonces Nadia, esa misma semana, buscó y leyó El túnel.

Un paranoico, un loco, un pintor, un asesino. Así le habían descrito sus amigos al personaje que compartía el nombre con su pareja. Nadia leyó la novela, le gustó, pero no encontró el más mínimo parecido que le preocupara. Más allá de un par de coincidencias (Juan Pablo no era pintor pero sí fotógrafo y lo había conocido en una exposición de su trabajo), no había nada del protagonista de El túnel en su novio. Las únicas cosas que no le gustaban de él, el consumo esporádico de drogas, un izquierdismo trasnochado y cierta holgazanería, acentuaban una diferencia de orígenes que a ella terminaba resultándole atractiva.

Nadia estudió en el colegio Humboldt, que es una de las mejores formas de obtener una buena educación y no conocer Caracas. Luego, cuando le tocó escoger una carrera, ingresó en Cotrain, un instituto que a su vez era el camino más expedito para desaprender cine en Venezuela y volverse un drogadicto. Sin embargo, Nadia no percibía nada de lo malo que había a su alrededor. Su caso me hace pensar que el mal, el que proviene de afuera, tiene la misma condición ontológica que la religión: sólo te afecta si crees en él, si al caminar descalzo por la tierra maldita las brasas se anudan con una llama interior.

La experiencia en Cotrain sólo duró tres meses. Lo suficiente para darse cuenta de que lo suyo no era el cine y para hacer buenos amigos en el mundo de las artes visuales. Quizás fue durante esos meses cuando conoció a Juan Pablo Castel en una galería donde presentaban una panorámica de jóvenes fotógrafos.

Desde el principio quedó atrapada por sus ojos de un amarillo pálido y por cómo se veía el mundo desde su mirada: escenas cotidianas, con un fondo amenazante, pero apostando siempre a algo luminoso. Sus fotografías parecían afirmar que el mundo estaba irremediablemente condenado, pero el sol era una baratija por la que valía la pena entregar nuestras gemas más preciadas.

Se conocieron, hablaron, se gustaron.

-La semana que viene salgo para Mérida. Estás invitada –dijo Juan Pablo.

La semana siguiente, Nadia tomó la primera decisión arriesgada de su vida. Hizo maletas y se fue a Mérida. Estuvo allá cerca de cuatro meses, en plan hippie, viviendo en una casa en la montaña. El vino, el amor, las conversaciones cultas hasta la madrugada, fueron su estereotipada rutina. Un día, sus padres, al ver que la niña parecía alejarse definitivamente del terruño, le cortaron el flujo de dinero. Nadia, que siempre fue obediente, regresó a casa. Y Juan Pablo se vino con ella a Caracas.

A los padres de Nadia nunca les gustó el noviazgo con Juan Pablo. Veían en él todos los peligros y antivalores que mantuvieron al margen durante la infancia y la adolescencia de su hija. A pesar de esto, Nadia y sus padres jamás tuvieron nada concreto que reclamarle a Juan Pablo. Él siempre se portó con ella como un caballero, tratándola bien y amándola con un amor bueno. Si después de tres años terminaron su relación fue porque en el fondo Nadia aspiraba a todo aquello para lo que la habían educado: un trabajo estable, una perspectiva de futuro para construir a cuatro manos, hijos, un hogar. Entelequias desdeñables para un joven artista que quería cambiar el mundo.

Inmediatamente después, Nadia conoció al hombre que sería el padre de su único hijo. Manuel era un escritor fracasado. Nadia lo sabía y Manuel también. Sin embargo, Manuel persistía en la escritura como empujado por los designios de un oráculo defectuoso. Manejaba con bastante éxito un restaurante de comida italiana y por ello resultaba aún más absurda esa tozudez en prodigarse innecesarias decepciones. Dejando de lado esta extraña circunstancia, Manuel parecía tener esa porción de sensatez que las mujeres buscan en los hombres para enhebrar a través de ellos el tímido hilo de la vida. Sin embargo, a pocos meses de dar a luz, Manuel la abandonó.

Aquella fue la experiencia más dolorosa que le tocó vivir a Nadia. Se sentía la portadora hipócrita de un mensaje incierto. Estaba por afirmar de manera rotunda la existencia en el momento en que más dudas tenía sobre el sentido de las cosas. Luego tuvo a Marcelo entre sus brazos, vio lo hermoso que era, detalló la autosuficiencia de sus rollitos de carne y desaparecieron las inquietudes metafísicas.

Seis meses después del parto, Nadia empezó a retomar con lentitud algunos de sus pasatiempos, como ir al cine y tomarse un café con las amigas. También volvió a la universidad para averiguar los requisitos de reincorporación para el semestre siguiente. En uno de los pasillos de la Facultad de Humanidades se encontró a Juan Pablo. Se saludaron con el mismo afecto de siempre. Apenas vio a Marcelo, se le encendieron los ojos de alegría y de ternura. Lo cargó y anduvo con él todo el rato que estuvieron juntos. Nadia le contó lo que le había sucedido y Juan Pablo estuvo escuchándola en silencio. A partir de ese encuentro, volvieron a verse con regularidad, en plan de amigos. En este punto, Nadia me dice lo siguiente:
-Fue Juan Pablo Castel el que estuvo conmigo todo ese tiempo. Él fue quien de verdad me ayudó a pasar el trago amargo.

Juan Pablo Castel, me digo. Noto el mismo énfasis que le llamó la atención a los amigos de Nadia cuando escucharon aquel nombre. Veo con mis propios ojos a ese Juan Pablo Castel que una vez me presentaron, tomando de las manos a Marcelo en el pasillo de Letras y ayudándolo a dar sus temblorosos primeros pasos.

Veo todo esto y sigo pensando. Conozco, incluso, el final de esta historia que ya se acerca y aún no comprendo.

Los años pasaron y después de nuevas interrupciones y nuevos obstáculos, Nadia pudo finalmente culminar las materias en Letras. El día que le aprobaron el proyecto de tesis, el tutor, luego de felicitarla, le preguntó si ella conocía a Juan Pablo Castel. Nadia le dijo que sí y que, de hecho, habían sido novios durante un buen tiempo.
-Después, por cosas de la vida, nos separamos –agregó.
-Menos mal –le dijo el tutor.
-¿Por qué?
-Tú sabes, Juan Pablo es un tipo muy agresivo.
-Oye, no sé. Conmigo nunca fue agresivo.
-Juan Pablo está preso. Intentó matar a alguien. Y ahora está preso en Barquisimeto.

El tutor de Nadia trabajaba con la madre de Juan Pablo en ese momento. Y así fue que pudo enterarse.

Poco a poco, la noticia se fue regando entre los amigos comunes. A Nadia le sorprendió la tranquilidad con que aceptaban lo sucedido. Recordaban, como si hubiese sido una tragedia anunciada, lo violento que era Juan Pablo, cómo podía transformarse en una furia en segundos por cualquier tontería.

A Nadia terminó por impactarle más esta reacción que la propia noticia. Instintivamente, optó por releer la novela de Sabato en busca de alguna respuesta. Esta vez le gustó menos, en especial por el paralelismo evidente entre la metáfora del túnel y su vida.

La historia de Nadia y Juan Pablo Castel termina con una conversación que, siguiendo la cláusula firmada por ustedes en el primer párrafo, también deben creer que es verídica.

En el mercado, o saliendo de un banco, o en los pasillos de un centro comercial, una mujer se le acerca a Nadia y la reconoce.

-¿Nadia?
-Sí, señora Mirta. ¿Cómo está?

Es la madre de Juan Pablo.

Segundos de silencio, de perplejidad, de no saber qué hacer.

La madre de Juan Pablo luce serena, íntimamente fracturada. Sus ojos tienen el mismo color pálido amarillo. Una veta mínima, quizás un principio de cataratas o sólo la tristeza, hace que sus ojos parezcan dos tizones recién apagados.

-¿Has sabido de Juan Pablo? –dice por fin la señora Mirta.
-Sí. Bueno, he sabido lo poco que me han contado algunos de sus amigos.
-Está preso, Juan Pablo. En Barquisimeto. Unos meses después de la sentencia tuvo unos brotes sicóticos. Le diagnosticaron esquizofrenia.
Nadia se quedó callada. No quería preguntarle nada a la señora, no quería hacer nada hasta que la sombra del mal pasara.
-Tú fuiste la única persona que Juan Pablo quiso de verdad, la única persona a la que él nunca tuvo la intención de hacerle daño –dijo al rato.
-Juan Pablo nunca me hizo daño –precisó Nadia.
-Lo sé. En el fondo, a mí tampoco. Fui yo la que le hice daño a él.
Nadia trató de decir algo. Una de esas frases de serie dramática que busca aliviar la culpa de algún personaje atormentado, pero no dijo nada.
-Mi apellido tuve que dárselo –dijo la señora –Su padre nos abandonó cuando yo estaba a punto de tenerlo.
Nadia pensó en Manuel, en el pozo, pues a ella le gustaba más Onetti, en que la había postrado. Y en Marcelo, ese túnel de dolor que su hijo había labrado en su cuerpo para brindarle una salida. Pensó en Marcelo cargado por Juan Pablo.
-Pero el nombre sí fue mi culpa. Yo no tenía por qué haberle puesto ese nombre sabiendo además por qué lo hacía.
Eso dijo la señora Mirta, quien la miraba ahora fijamente, casi rogándole por una palabra, con el amarillo de sus ojos carburando.

Nadia le sostuvo la mirada unos cuantos segundos. De pronto sintió que un insólito calor le quemaba los pies, urgiéndola a moverse. En cualquier momento se le iban a soltar las lágrimas.

-Tengo que ir a buscar a Marcelo al colegio –dijo Nadia. Y se marchó.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Venezuela

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s