Slavko Zupcic: “EPEDM” (1)

Desorientado como era, cuando le tocaba saludar en México, decía:
—Buenos días, Guatemala.
Cuando de noche en Berlín:
—Buon giorno, Buenos Aires.

 Tenía muy mala letra.
En las firmas de libros, nunca estaban los suyos, pero si por casualidad dedicaba alguno en el momento de entregarlo se alzaba del asiento y le decía al lector:
—Como no lo va a entender luego, mejor se lo digo ahora mismo. Aquí dice …

 Adoraba a Lichtemberg y solía citarlo mientras hablaba.
«Si tienes dos pantalones, vende uno y compra este libro». Éste era su aforismo preferido y recurría a él varias veces al día.
Para repetirlo, sólo para repetirlo, lo contrataron alguna vez en una feria de libros. Debía repetirlo constantemente junto a una caseta que quedaba en el límite de la feria, junto a una tienda de pantalones.
Nunca pudo explicarlo pero cada vez que intentaba cumplir su misión se equivocaba y transformaba odiosamente las palabras de Lichtemberg.
—Si tienes dos libros, vende uno y compra este pantalón.

En otra ocasión, frente a un auditorio absolutamente femenino dijo que la mujer era una trampa que se atravesaba en la vida del hombre para convertirlo en padre. Nunca más tuvo lectoras.

Era, se ve, un escritor políticamente incorrecto, pero igual siempre se involucraba en las elecciones de su ciudad apoyando a políticos que inexorablemente perdían.

La única vez que participó en el congreso de escritores de su ciudad natal —de ellos siempre había dicho que eran los peores escritores del mundo— fue expulsado por decisión unánime del evento.
Cuando se enteró, dijo en voz alta aunque para sí mismo:
—Debo ser, soy, el peor escritor del mundo.
Ese fue, en los periódicos del día siguiente, el titular de la crónica del evento.

 Se comprometía a escribir libros y, aunque los comenzaba con la mejor de las intenciones, nunca pasaba de la décima página. Su obra era entonces un amasijo de primeros capítulos de los cuales no se conocía continuación.

Un crítico que se lo dijo públicamente fue desafiado a duelo. Decir que perdió esta batalla sería un eufemismo: el único golpe que lanzó golpeó un muro y el peor escritor del mundo se fracturó el escafoides. Resultado: la mano derecha escayolada durante doce semanas. La derecha, la única con que podía teclear la computadora.

 No bebía, pero como era impuntual e irresponsable, tenía fama de borracho. Además, una vez hizo un reportaje sobre alcohólicos anónimos.

 Salir en el periódico no le sucedía frecuentemente. Al contrario, los periodistas que le pedían entrevistas nunca las publicaban y él tan contento.
—Es como ir al psicoanalista y no se paga.

Considerando su precaria situación económica, los amigos intentaron conseguirle un trabajo estable: encargado de protocolo de una fundación cultural. Al parecer habían olvidado su desorientación. No sólo intercambió la noche con el día, sino que también las ciudades y los gentilicios. En apenas un mes, llamó cachacos a los valencianos, ilerdenses a los caraqueños y bolivianos a los españoles. Un fracaso total, del que obviamente fue despedido.

Una novela intitulada El arte de matar un tigre fue siempre uno de sus proyectos preferidos.

En un periódico en el que fue colocado como corrector, confundió la fecha del cintillo superior y, así, por apenas veinticuatro horas, los lectores del cotidiano fueron un año, dos meses y catorce días más jóvenes.

 Anunciaba públicamente sus proyectos por lo que a pesar de que nunca los terminaba la gente hablaba de ellos como de cosas sabidas.

 Si era necesario lo aclaraba, sin que importase mucho la circunstancia.
—No soy escritor. Soy el peor escritor del mundo.

Proyectó la escritura de un recuento de psicópatas de su ciudad. Nunca lo terminó, ni siquiera escribió una línea, pero todos los psicópatas le hacían llamadas anónimas de tono amenazante.

Como en su primera juventud había iniciado estudios de ingeniería, algún crítico dijo:
—Como escritor es un gran ingeniero. Como ingeniero, un pésimo matemático.

 Le desagradaba viajar. No se trataba de miedo a aviones, barcos o carreteras inhóspitas.
—Es que ya no es lo mismo— decía cuando era invitado a alguna feria o presentación.
—¿A qué te refieres?
—Ahora, cuando uno llega a cualquier lugar, tiene la sensación de que quinientos millones de personas han llegado antes.
Si el interlocutor insistía:
—Es como ir de putas.

Nacionales, internacionales o locales. Enviaba a todos los concursos y, obviamente, nunca ganaba. Inicialmente, su respuesta era insinuar que los concursos estaban amañados, pero —no se sabe cómo ni por qué— con los años la sustituyó por otra:
—Lo importante es competir, no ganar.

Quince meses después de la publicación de su tercer libro de cuentos —de primeros capítulos de novelas, según algunos— como no había sido publicada ninguna crítica, comenzó a enviar reseñas firmadas con seudónimo a todos los periódicos.
—Son reseñas escritas por mis heterónimos —le dijo a su hermana cuando ésta lo sorprendió con las estampillas en las manos.
De catorce que escribió y envió, sólo publicaron una. ¿Sección? Cartas al director.

 —No es tan malo como escritor —decían sus amigos—. Tan malo no. Tan malo no es.

Constantemente enviaba manuscritos a las editoriales y constantemente éstas los devolvían acompañados siempre de cartas en que le decían que su lista de futuras publicaciones era muy larga pero que no perdiera el ánimo, que si continuaba escribiendo, quizás algún día, posiblemente…

Él coleccionaba estas cartas y uno de sus proyectos era publicarlas todas algún día en un libro. Si conseguía editor.

Todos los días al despertarse, encendía la computadora y metía su nombre en un buscador de Internet. Siempre aparecían las mismas entradas.

 ¿La crítica más generosa que recibió? «La escritura de este libro no merece ni siquiera el calificativo de mediocre, es sinceramente mala».

 Odiaba las fotos. De hecho no las propiciaba y, cuando sentía el brillo luminoso de un flash, procuraba apartarse.
Igual siempre salía y si, resignado, intentaba sonreír, parecía que lloraba.

Siempre proyectaba antologías, de las que cuidadosamente excluía a sus enemigos. Éstos, a su vez, también lo excluían a él pero lograban publicarlas.

La elección de seudónimo no ofrecía para él ningún inconveniente. Elpeo, Elpeo Rescri Tordelmundo, Elpesdelmun, Roeple. Éstas eran apenas algunas de las opciones.

 Uno de sus proyectos era escribir un libro que llevase por título El peor escritor del mundo.
—No lo hagas, Elpe —le dijimos varias veces los más allegados—. Sería como desnudarte ante el público.
—Quizás sí, pero seguro ayudaría a mucha gente.

Su lema era: «Los últimos serán los primeros».

Después de leer La conjura de los necios, decidió fingir su muerte.
Primero envió a su madre a dar la noticia en los periódicos: peritonitis fue la única causa que se le ocurrió.
Luego, de editorial en editorial con sus manuscritos.
Esperó durante varios meses sin salir de casa y, como no pasó nada, al reaparecer se limitó a culpar a su madre de la situación:
—Es que tiene Alzheimer y a veces hace unas cosas muy raras.

El peor escritor del mundo tenía que vestirse de una manera especial, pensó alguna vez. No podía vestirse igual que los otros escritores. Pero nunca llegó a saber cómo.

 No dejaba propinas en los restaurantes.
—Soy el peor escritor del mundo —les decía a los camareros—. Si quieres te dejo un texto mío.
—No, gracias.

En una ocasión encontró un escritor que intentaba apoderarse de su  título.
—Soy mucho peor escritor que tú —era el argumento de éste—. El otro día leí un cuento tuyo y me gustó.
—El peor soy yo, no tengo ninguna duda.
—No, soy yo.
Para dirimir el título, alguien propuso que los dos escritores polemizaran públicamente.
Lo hicieron y, como era de esperar, perdió el mejor.

Escribió un texto sobre los escritores y los premios literarios que pensaba publicar cuando ganase alguno pero, como nunca lo ganaba…

Cuando finalmente le concedieron un premio, decidió no aceptarlo.

Cada vez lo podía hacer peor.

—¿Qué  se siente con esto de tener tan poco talento para la literatura? —le preguntó alguna vez su amigo periodista.
—Un momento —le respondió Elpe—. Una cosa no tiene nada que ver con la otra. El peor escritor podría ser el más talentoso.

La suya era una situación difícil de explicar en familia. Sobre todo ante su mujer y los parientes de ésta.

Leyó dos veces el decálogo de Quiroga, las cartas de Rilke y El abc de la lectura de Ezra Pound. La primera, durante la adolescencia. Entonces pensó que se trataba de textos de los que nunca podría desprenderse. La segunda, cuando ya sabía que era el peor escritor del mundo. Nada más inútil, pensó esta vez. ¿A quién se le ocurre escribir esas cosas?

Se sabía comensal de una mesa numerosa. A su izquierda, la escritora más delgada. A su derecha, el más gordo. Un poco más allá, el más feo y la más guapa. Frente a él, doscientos escritores luchaban por una sola silla, la del mejor. Eran tantos.

Un vecino se jactaba de ser un mal médico.
Cuando sabía que estaba de guardia en el ambulatorio, procuraba no enfermarse.

Publicó una colección de primeras líneas de textos —eran, sencillamente, los textos que no terminaba— que llamó Primeras páginas. Luego, Páginas intermedias. Y, finalmente, Páginas finales.
—Mi idea —decía para los amigos— es que si alguien llega a juntar los tres libros, logre armar al menos un cuento completo con tanta página cortada.

 A menudo se encontraba con personas que creían que era el más mediocre de todos los escritores.
—Es absolutamente diferente —les decía sonriendo—. Sólo soy el peor.

 En una temporada de afortunado silencio, mientras trabajaba en una camisería, atendió a un grupo de escritores que visitaban la ciudad.
—Yo también soy escritor —les dijo mientras envolvía para el más serio una camisa azul celeste—. Pero actualmente no ejerzo.

 —¿El peor escritor del mundo? No sé bien si es un escritor. Pensé que era una de esas personas que le ponen nombre a los medicamentos. ¿También ellos son escritores? —dijo de él Susana M, dos días después de poner fin a la relación amorosa que los mantuvo unidos por tres años, cuatro meses y treinta y dos días.

A quien se suponía su principal competidor, le envió un mensaje de texto, para disipar las dudas: «Pretenderse el peor escritor del mundo no es suficiente, es necesario CERLO».

Le gustaba escribir al revés, la sever.

Para divulgar su obra, creó una revista. ¿Tiraje? Un solo ejemplar.

No se quejaba. Nunca nadie le escuchó una queja literaria.

Le gustaban los discursos. Soñaba incluso con la posibilidad de escribirlos y leerlos, con pronunciarlos. Como ésta nunca se presentó, pensó que quizás podría escribirlos para los demás.
Primero, envió una carta ofreciendo sus servicios a los políticos de la ciudad. Ninguno respondió.
Luego, avisos con su número de teléfono en todos los postes. Tampoco.
Finalmente, ofreciéndoselo a los amigos:
—¿Quieres que te escriba un discurso?
A algunos les daba vergüenza decirle que no. Aceptaban, sí, pero mayormente no leían los discursos que laboriosamente él preparaba.

Quizás pasó mucho tiempo pensando en esto de ser el peor escritor del mundo.
Durante una guardia en el hospital en que trabajaba como auxiliar de enfermería, una compañera, señalándole la litera, le preguntó dónde pensaba dormir:
—¿Arriba o abajo?
Días atrás, pensando literariamente en esa situación, había planeado decirle que dormiría junto a ella en la camita de abajo. Pero frente a ella y, ya instalado en la de arriba, a veinte centímetros del techo, demoró cinco segundos en responderle:
—Yo soy el peor escritor del mundo. El peor.

Últimamente trabajaba todos los días en un libro que, en lugar de ganar páginas, se hacía cada vez más pequeño.

 Dictaba talleres que anunciaba en prensa, radio y televisión:
«Si quieres ser un gran escritor, aprender a comenzar y terminar adecuadamente tus textos … ».
En una ocasión, mientras invitaba a los talleristas a escribir sobre temas populares, uno de ellos propuso escribir un texto entre todos con las referencias más frecuentes de Internet.
Prótesis, música, todo gratis, misses desnudas. Ésas eran las barbaridades que proponían y él, en un momento de hastío, salió a fumar un cigarrillo.
Cuando regresó al salón, los talleristas ya no estaban. Se habían marchado, sí, pero en el pizarrón le habían dejado la dirección electrónica de la revista en la que ya habían publicado el texto: «Francisco Rodríguez, autor del cuento más pinchado de la web».
¿El autor? Los hijos de puta no se habían atrevido a colocar sus nombres y habían preferido colocar las diez letras que identificaban a su tutor: Elpesdelmun.

 No era fácil explicarle a los hijos aquello que intentaba ser.
La menor, sin embargo, parecía comprenderlo:
—Eres el mejor papá del mundo —le dijo aquel sábado cuando él le llevó a la cama un plato de patatas fritas—. Y el peor escritor.

 —¿Cómo definirías tus libros: buenos o malos? —le preguntó alguna vez el amigo periodista.
—Ni lo uno ni lo otro. Yo soy el peor escritor del mundo, pero mis libros son como los perros calientes.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Ni buenos ni malos.

Enviaba a los concursos, es cierto, pero sabía que no debía ganar.
Por eso temblaba cuando se acercaba la fecha del veredicto.

Un amigo se lo preguntó cuando comenzaba a escribir.
—¿Quién es el mejor escritor? ¿El que nunca miente?
En una época en la que todavía no sabía qué quería ser, le respondió:
—El mejor escritor es el más mentiroso.
Veinte años después, supo que una cubana muy guapa decía lo mismo.
Desde entonces comenzó a escribir con la verdad, sólo con la verdad.

 Su madre se lo dijo un día abiertamente.
—Escribes como un periódico de pueblo.
—Ah, ¿sí? ¿Y eso qué significa?
—Que en tus textos nunca pasa nada, son siempre iguales.

 Antes de morir, su abuelo le sorprendió con una única exigencia:
—Tan sólo quiero que coloques una placa dando noticias de mi vida junto a la puerta de la casa.
—Pero, ¿para qué si siempre has llevado una vida tan tranquila? —le preguntó Elpesdelmun presintiendo que sobre él recaería la tarea de escribir el contenido de la placa.
—Para joderte —musitó el abuelo mirándolo de manera cómplice.

Tenía unos vecinos enanos. Él era pediatra y ella la mujer del pediatra.
Siempre protestaban porque Elpesdelmun metía la bicicleta en el ascensor.
—Realmente no es por la bicicleta —decía ella cada vez que lo veía—. Es el olor de la pintura que se desprende del letrero que ha puesto en las ruedas: lo del peor no sé qué.
—El peor escritor —apuntaba el marido. Idiota.

—Deberíamos asociarnos —le propuso alguna vez a su competidor— en una organización de pésimos escritores.

«Se ve a leguas que es usted un lletra ferit», le escribió un discípulo catalán de Octavio Paz en respuesta al envío de sus textos.

El baño del vecino de al lado le hizo recordar El Padrino hasta el día en que el propio vecino tiró de la cadena y se llevó en el impulso la cisterna, que cayó sobre la taza del retrete, rompiéndose todo.
Elpesdelmun se enteró por los gritos y el líquido que llegó hasta su puerta.
—¿Qué? —le preguntó el vecino cuando Elpesdemun lo llamó por el intercomunicador—. ¿Eres fontanero?
—No, tú sabes que no.
—¿Y doctor?
—Tampoco, pero soy el peor escritor del mundo y pensé que éste podría ser un buen tema.

 Un escritor, bueno o malo, siempre tiene amigos que lo animan a continuar trabajando.
Los de Elpesdelmun siempre lo hacían:
—Lo que has escrito es una de las peores cosas que he leído jamás. Sigue así.
—Nunca había pensado que una cosa tan sencilla podía ser escrita de una manera tan torpe.
—Lo estás logrando. Tu incapacidad es alucinante.
—Da lástima leerte. Sin duda, eres el peor. Felicidades.

Soñaba con escribir su ars literaria: Elogio de la página mediocre.

Era un bibliófilo consumado.
Todos los días compraba libros, la mayoría muy buenos: acariciaba sus lomos, los olía detenidamente, hacía revolotear las hojas frente a sus ojos cerrados.
Lástima que no podía leerlos. Se habría contaminado.

Era implacable en la crítica hacia los otros escritores.
—Si pretenden ser buenos, que escriban bien, coño. Mi caso es absolutamente diferente.

El primo de su mujer era un ladrón, un hijo de puta, y Elpesdelmun siempre amenazaba con escribirlo en sus textos.
—Hazlo si quieres —decía la mujer defendiendo su sangre—. Eres el peor escritor del mundo.
—Pero igual tengo lectores, estúpida.

Una mujer de casi doscientos kilos, con los cabellos rojos recogidos en un moño, atravesaba con paso majestuoso la plaza, rumbo al centro de salud.
—No escribiré sobre ella —me dijo Elpesdelmun—. Podría ser un buen tema.

La primera vez que recibió derechos de autor, consideró que la cantidad era pequeña, que sucesivamente llegarían mayores, y decidió no cambiar el cheque. El cheque caducó y con el tiempo se dio cuenta que no llegarían otros.

—Dime cómo titulas y te diré quién eres —escuchó decir alguna vez a un escritor argentino.

El peor escritor del mundo publicó nueve libros a partir de entonces: Naranjitas (1986), Vainitas (1989), Vida, naturaleza y ciclo reproductivo de una bacteria que es dueña absoluta de la compañía general de aviación (1993), Por tratarse de las fechas en las que estamos (1997), Historia privada de los baños públicos (1998), Juegos de cuarto (1999), Para los niños que dicen cadamelo (2000), Las palabras son piedras (2001) y Las piedras también (2002).

 En la vitrina de una peluquería de barrio, encontró el posible título de un cuento erótico que nunca escribiría: «Inglés y axilas».

Asumir que no terminaba los textos que iniciaba fue muy difícil. Cuando finalmente  lo logró, comenzó a regalar entre amigos y conocidos sus proyectos.

Por supuesto que sí, inicialmente, cuando comenzó a escribir, quería ser un gran escritor.

¿Un proyecto que le habría gustado llevar a cabo? Aquel de escribir una página sobre cada persona que había conocido a lo largo de la vida.

De los discursos que escribió tan sólo quedan recuerdos, banales anécdotas. ¿Mi preferido? El de un vendedor de lotería que mientras caminaba por el centro de la ciudad comenzó a escuchar simultáneamente dos discursos de Elpesdelmun. Por la oreja izquierda, el de su médico que se graduaba de psiquiatra y, por la derecha, el de un amigo que había decidido montar un burdel en un local donde anteriormente funcionaba una funeraria que por no tener clientes había quebrado.

¿Títulos de proyectos que afortunadamente nunca escribió? Emid is anugla etrap ed ut opreuc atse odnasap erbmah, El ogio de la masturbación, Cuentos para dejar de fumar y El compón de las cosas.

Tan sólo uno de sus textos llegó a causar la admiración de conocidos y extraños y él decía que no era obra suya sino de su agente literario.

Era un texto breve, de una cuartilla aproximadamente. En él, Umberto Eco, Ken Follet, Dario Fo y los dos Mario (Puzo y Vargas Llosa) hablaban pestes de Elpesdelmun y decían que era el peor escritor del mundo.

Para ganarse la enemistad del crítico más exigente, salió dos o tres veces con la menor de sus amantes.
—El sexo es una herida que pretendemos perpetuar rascando —le dijo el último martes, al despedirla.

Se lo decían a menudo las mujeres a la hora de dar por terminada la relación:
—No sólo eres el peor escritor del mundo. También el peor amante.

Cuando él protestó su insistencia, la señora que intentaba venderle un seguro funerario usó apenas siete palabras para responderle.
—Yo tan sólo estoy haciendo mi trabajo.
Eso fue lo que él debió haberle dicho al anciano que lo insultara la otra noche. Desdentado y con una camiseta de «I love el teatro», le reprochaba que se jactase de ser el peor escritor del mundo.

Estábamos jugando ajedrez en el salón de su casa y yo, luego de mover un caballo, le planteé la posibilidad de escribir un libro sobre él. Aceptó complacido.
—Lo único malo —dijo como lamentándolo— es que muchos creerán que el peor escritor del mundo eres tú.
Me comió un alfil y encuadró un caballo hacia mi reina. Entonces volvió a abordar el tema, pero esta vez en tono burlón:
—Al menos en Internet, tu nombre siempre aparecerá junto a estas cinco palabras: «el peor escritor del mundo».

 La pregunta era fácil: narradores franceses del XIX o algo así.
—Te lo podría decir ahora mismo —me respondió mientras abría una caja que originalmente estaba en el tramo inferior de la biblioteca—. Pero hace veinticuatro años hablé sobre el mismo tema de manera insuperable. Más te valdría ver la cinta —dijo a los treinta segundos mientras introducía el videocasete en un VHS viejísimo y se sentaba al lado del televisor.

—Coge lo que quieras —le dijo alguna vez un amigo que lo había invitado a comer.
Estaban en el supermercado y el peor escritor del mundo creyó que podría tratarse de un buen cuento.

—La bondad y la maldad absolutas no existen. En muchas ocasiones somos malos y buenos simultáneamente.
Ése era, en resumidas cuentas, el discurso de un psiquiatra publicitándose como escritor de autoayuda y en él se basó el peor escritor del mundo para construir su carta de presentación.
—En mí obviamente predomina lo malo —matizaba.

Ante el gerente del banco pensó en presentarse como el peor escritor del mundo, pero inmediatamente se arrepintió. Incluso al mejor, este hombre de números le habría negado un préstamo.

Solía decir a sus discípulos:
—Cualquier escritor puede escribir un mal texto en un pésimo día. Lo importante es perseverar en hacerlo, hacerlo siempre.

Siempre soñaba que escribía un cuento con una mujer cubierta con un burka negro. Cuando en el sueño comenzaba a escribirlo, aparecía el marido que amablemente le ponía trabas a su propósito.
—¿No podría mejor tratarse de una escritora?
Y el peor escritor del mundo, el más imbécil, aceptaba.

Lo sabía por experiencia: a quien se jacta de ser el peor escritor del mundo sólo se acercan las peores mujeres. Del mundo, del universo, de la galaxia toda.

—La literatura es una prenda extraña —le dijo, a manera de dádiva, a una persona que con la mano derecha extendida hacia delante parecía un misterio gozoso en la puerta de la Catedral.
—¿Por qué? —lo increpó el mendigo sin que fuera posible saber si se refería a que no había dejado ninguna moneda en su mano o a la prenda literaria que acababa de escuchar.
—Porque adorna y mortifica. Al mismo tiempo —le respondió Elpesdelmun y continuó caminando rumbo a la Hemeroteca Pública.

 En caso de duda, continuar dudando.
Eso era lo que siempre recomendaba a sus escasos discípulos.

 De tanto negarle créditos, el gerente del banco terminó siendo su amigo.

—Yo no sabía quién eras, ni siquiera que existías, pero el otro día vi tu foto junto a un artículo sobre los libros que no debíamos comprar —le dijo el profesor de física de su hijo en la salida del colegio.
Elpesdelmun no respondió o quizás hizo alguna referencia a la foto:
—Es muy buena. La hizo Daniel Mordzinzki.
Su hijo, en cambio, quedó impresionado:
—Te ha reconocido, papá. El profesor de física te ha reconocido.

Después de varios años de gestiones burocráticas y conversaciones políticas, logró que el ayuntamiento de una pequeña comarca convocara un concurso de relatos entre cuyos premios se incluía uno al peor texto presentado.
—Podría llevar tu nombre —propuso el concejal de cultura y deporte.
—Mejor no, sería un poco repetitivo —fue la respuesta de Elpesdelmun.
—Serías, entonces, sin ninguna duda, el presidente del jurado —sugirió la mujer del concejal mientras luchaba, cubiertos en mano, contra el pescado.
—Tampoco —dijo Elpesdelmun limpiándose la boca con la servilleta—: La verdad es que prefiero concursar.
Sus palabras respondían a un propósito cierto. Quería concursar, ganar y así ser el primer escritor premiado por ser autor de un terrible texto. Pero la convocatoria expiró y Elpesdelmun, por no haberlo terminado, lamentablemente no pudo enviar el texto ganador.

En los días en que tenía que ocuparse de cosas banales —estudiar para sacar el permiso de conducir, pagar la hipoteca, hacer la compra de la semana, cuidar de los niños, etcétera— no podía escribir.
—Es como si tuviera la libido ocupada en otras cosas —dijo alguna vez haciendo uso del concepto de Freud.
—Pero, ¿no eres el peor escritor del mundo? —le preguntó el discípulo de turno.
—Claro que sí, pero para serlo es necesario emplear toda mi energía.

Cuando le preguntaban por sus primeras lecturas, nombraba  a Rimbaud, Rilke y Ramón Gómez de la Serna. Eso hablando de la letra R.
Dentro de sí, sabía que mentía y se recordaba adolescente tumbado en la hamaca con la mano derecha entre las piernas y la izquierda sosteniendo sobre su pecho la última entrega de Selecciones. Reader’s Digest. Erre también.

 De la época en que todavía quería ser un buen escritor solía recordar a su primer mentor:
—Para lograr escribir un buen texto es necesario, es imprescindible, haber limpiado al menos un patio —recomendaba.
Por eso cada vez que su esposa le sugería que cortase la hierba fingía estar ocupado.

Nadie conservaba nunca sus libros. Y él, que lo intentaba seriamente, era víctima de sus hijos, quienes dibujaban en sus páginas, arrancaban éstas, hacían avioncitos con ellas, dejándolo directamente sin bibliografía.

 —Hijo mío —le dijo alguna vez el anciano más importante de la familia—. ¿Por qué usted no hace algo de provecho?
—¿A qué te refieres, tío? —le respondió Elpesdelmun—. Yo soy el peor escritor del mundo. La gente me pide autógrafos en la calle, me aplauden cuando dicto conferencias, compran mis libros. Me gano bien la vida.
—Sí, todo eso es verdad. Pero siempre eres un escritor, un escritor solamente.

Para publicitar un libro, nunca usó nada diferente a escribir, gritar o susurrar  estas veintiséis palabras:
—Este libro es lo peor que he podido hacer en mi vida. En él es evidente todo lo que no sé hacer, lo que nunca lograré.

Siempre quiso tener una amante pelirroja: traían mala suerte.

Le sucedió en varias ocasiones.
Si por accidente una mujer salía embarazada luego de copular con él nunca abortaba, pero luego tampoco le pedía que reconociera el hijo.

Con motivo de la muerte del escritor preferido de su juventud, escribió una necrológica, «Anti-maestro».
Luego de su lectura un lector prevenido le hizo una pregunta con trampa:
—O sea que tú eres un anti-escritor, ¿no?
—Todo escritor es escritor y anti-escritor al mismo tiempo —fue la respuesta de Elpesdelmun.

Sobre la temporada que vivió fuera de su país, decía:
—La única ventaja de vivir en el extranjero es que, cuando se trata de grupos, el camarero nunca te entrega la cuenta.

Soñaba con una tumba discreta y abandonada aunque alguna vez había pensado en un posible epitafio: tres o cuatro palabras que advirtieran que no había dedicado su vida a la literatura sólo por narcisismo.

Para espantar posibles lectores no tenía ninguna fórmula. Pero siempre lograba hacerlo.
—¿Escribir dos libros al mismo tiempo? Es como tener dos mujeres. Cuarenta uñas pintadas. Insoportable.

 El canto del gallo. Si estaba en Quito, quería escuchar el de Bogotá. Si en Barcelona, el de Murcia.

 En charlas y conferencias, siempre, sin ton ni son, hacía referencia a la música que acompañaba al vendedor de helados de su infancia:
—Pájaros y campanas. Como el chico venía de Los Andes, lo llamábamos «Helandino»”.

 Su obra era ilegible, seguramente, pero quienes lo llamaban así —«Ilegible, ven aquí», «Ilegible, ¿por qué no escribes esto?»— quizás exageraban.

Era, sin lugar a dudas, una persona conflictiva.
Amigos, colegas, vecinos y, sobre todo, vendedores, fueron sus víctimas una y mil veces.
A estos últimos, además de vejar con insultos elaborados, solía pedir una hoja de reclamación que cumplimentaba meticulosamente.
En esos párrafos cargados de ira quizás se encuentre su mejor escritura.

De mudanza, alguna vez le tocó ser copiloto del camionero.
Éste se sintió mal, a punto de una lipotimia, y sugirió que Elpesdelmun tomara el volante.
A expensas de sí mismo, Elpesdelmun lo hizo.
Mientras luchaba con la palanca de cambios, interrumpió la recuperación del camionero gritándole:
—Lo que tú eres como camionero yo lo soy como escritor.

Quería tener un entierro anónimo y solitario, pero no pudo ser. Una cantante famosa murió el mismo día y les asignaron fosas contiguas. «Bochorno: el cuerpo de La Voz de Occidente reposa junto a …». Ése fue uno de los titulares del día en El Carabobeño, el periódico más odiado por Elpesdelmun.


[1]    Del libro Médicos taxistas, escritores. Ediciones acetaminofen. Publiberia. Valencia, 2011.

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1 comentario

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Una respuesta a “Slavko Zupcic: “EPEDM” (1)

  1. Almanzor

    Un buen relato, escrito con exacerbada ironía, sobre los desencantos y frustraciones que pueblan el camino de la escritura, y contra los cuales ha de lucharse, sin claudicar. Lamentablemente, elpesdelmun– con su grotesca extravagancia– representa una caricatura extraída de lo más abyecto del día a día, o del borde situado entre la realidad y la ficción, o de la conjunción de éstos.

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