Clara Anich: “Él, mi taxi boy”

Si miro el reloj una vez más, voy a parecer un hombre esperando a su puta. Mejor, prendo el horno, empiezo a pelar las papas, picar el morrón, y cuando él llegue que me agarre de la cintura y me bese el cuello por detrás.

Hoy es la noche perfecta para el amor. Para entregarle mi amor, a un año del reencuentro quiero darme entera: pasar del ser al tener. A tenerlo.

La combinación de la barba apenas crecida, y el olor de la transpiración y el make up, me excita. Carlos lo sabe, antes no, pero ahora lo sabe. Le saca provecho. Los dos, quizá yo más, por las múltiples posibilidades con que nos ha dotado la señora naturaleza. A las mujeres.

Fue cuando él cambió de trabajo que yo me desperté. No estaba lo que se dice dormida, precisamente, tampoco le hacía la del sapito disecado, tirada en la cama, al grito tácito de hacé lo que quieras. Hacíamos el amor una vez por mes, quizá un poco menos, y de alguna manera me alcanzaba. A él también, aunque por causas distintas. Yo estaba apática, y él andaba por la casa con la lentitud del que no hace nada. No es que cuando trabajaba en la oficina volvía a pleno, tampoco, pero desde que lo habían despedido, Carlos, la casa y nosotros nos vinimos a pique. Creo que si cogíamos era sólo para saber que el otro seguía vivo.

Y después, una tarde de viernes. ¿Era viernes o domingo? No sé. Vino Martita. La idea de Martita. O Martita con su idea. Lo mismo da.

Nueve menos cuarto. Miré el reloj. No me pude contener.

Esa tarde no la esperábamos, pero cuando sentí el timbre supe que era ella. Marta es la única que puede venir sin avisar,  y por esa época nos visitaba seguido. Traía una valija de mano; y al ver mi cara me hizo un gesto, queriéndome decir que no me preocupara. No me voy de viaje, dijo. Esto no es para mí. Cuando Carlos quiso meterse en el cuarto a ver la televisión, Marta le pidió que se quedara, y me dijo a mí que pusiera a calentar agua para unos mates.

No supe, literalmente, qué traía entre manos, hasta un rato después. Porque lo que yo creí una valija era en realidad un portacosméticos. Carlos la miraba con desconfianza, y ella se adelantó diciendo que se había tomado un atrevimiento. Así le dijo. Me tomé un atrevimiento, Carlos. Él siguió en silencio, y Martita daba vueltas sin decirnos a qué había venido. Después, hizo una pausa, me dijo gracias, y me devolvió el mate casi seco.

La valija había quedado a los pies de la silla donde se sentaba Marta. Ni Carlos ni yo le prestamos mucha atención hasta que ella la puso sobre la mesa, mientras le decía que había traído algo para él. Que sabía que estaba buscando trabajo, que con lo que yo ganaba no nos alcanzaba.

Tenés que probar, le dijo y agregó que él tenía aire de vendedor, que era dado para la palabra. Para la parla, le dijo; y él sonrió, lo sintió un halago. Tan deprimido estaba que cualquier cosa que le remitiera a un dejo de virtud, parecía hacerlo reaccionar. Creo que por eso Carlos se animó. Lo tentó desempolvar sus dotes de seducción.

Hacía tiempo que conmigo venía muerto: mi marido no me seducía, y estoy casi segura que yo a él tampoco. No había tanga que le alcanzara. Qué digo. Ni tanga ni venda en los ojos, ni cinturón. Muerto. O peor: ausente.

Eso también le dijo Marta. No que estaba muerto. Vos seducí, Carlos, que el resto viene solo, le dijo. Y si las seducís, las mujeres te compran cualquier cosa.

Y ese cualquier cosa a él lo hizo dudar. Porque para ese momento, Marta ya había abierto la valija y desplegado esmaltes, rímeles, delineadores, crema para la noche, revitalizante, bases líquidas, en mousse y en polvo, lápices labiales y sombras de colores. Y yo a Carlos lo conozco: lo vi girar la cara de costado, fruncir apenas la nariz, y vi también que se le marcaron dos líneas en el entrecejo, ahí donde tiene las arrugas. Dudaba. Cómo no preguntarse si un hombre, un hombre como él, podía vender maquillaje y cremas cosméticas. Y no porque las clientas fueran a ser modelitos. Tampoco iba a estar detrás de las pasarelas. No. Pero es como si pretendiera ser diseñador de tela de corpiños, y quizá hasta de eso supiera más. Alguna vez había tenido uno en las manos.

Entonces Marta, que también le conocía el gesto, le repitió vos seducí, y dejó escapar un soplido que se pareció mucho a una s. Y yo pensé a ésta le gusta Carlos.  Mi Carlos, que no será para las revistas, pero que tiene lo suyo.

Si Marta lo viera ahora, con el olor del maquillaje en la piel y los ojos delineados, las noches que le dedicaría. Los sueños.

Aunque eso llegó después. Aquella tarde, Martita le dejó el catálogo y las muestras que había traído. Creo que hasta la valija le dejó; pero él no reaccionaba. Ni sacar el rouge, sabía. Tampoco que el corrector va primero que la base, y los dos antes que el rubor.

Marta salió de casa y nosotros nos quedamos en silencio, sentados a la mesa. No había mucho qué decir o quizá, había tanto que desconocíamos por dónde empezar. Vi como bajaba la luz del sol por la ventana del living. Oscurecía y casi como si se despertara de una siesta reparadora, Carlos corrió las muestras a un costado y me preguntó qué había para cenar.

Lo miré sin entender. Tenía ganas de decir algo pero creo que no me animaba. Fui a la cocina y volví al comedor con el despliegue de restos recalentados de la semana.

Ni diez minutos pasaron. Y fue la última, no miro más. Juro que no miro más.

Esa noche, ya casi habíamos terminado de comer, él había vuelto a quedarse en silencio, con la mirada perdida en los cosméticos, mientras yo, respetándole el mutismo, lo había visto mirar. En un momento, pensando que ni me registraba, me estiré sobre la mesa para agarrar un rimel, y él dijo: dejá eso ahí. Fue tajante, como si eso ya le perteneciera. Dejé el rímel y volví a sentarme; pero noté que algo había pasado, quizá la combinación del imperativo con el objeto al que se refería, me inquietó. Bien, me inquietó. Después, sentí el impulso de correr los platos a un costado y sentarme sobre la mesa. Recuerdo que él tuvo un instante de vacilación y, no sé si sintiéndose invitado u obligado por mi gesto, se acercó, me sacó el pantalón, se bajó apenas el de él y me abrió las piernas. Hacía años que no cogíamos fuera de la cama.

Después recostó mi cuerpo, sosteniéndome de las muñecas, y supongo que fue en ese acomodarme que se encontró con las muestras de maquillaje. Yo no lo vi hacer, pero me di cuenta cuando empezó a destapar los potes de crema. Sentí el perfume primero. Un olor que se mezclaba con el nuestro, más dulzón. Carlos me recorría con las manos húmedas de crema y de mí. Reconocía su piel, y me excitaba con el frío de los cosméticos. Aunque desconozco el momento exacto, creo que fue en esa mezcla de correctores, base y labial que él ponía sobre mí, sumado a un giro que me dejó arriba, que pude ver cómo brillaba. No era sólo traspiración, algo de maquillaje también había caído sobre Carlos. Y fue revelador sentir lo bien que nos quedaba esa combinación.

Esa noche decidimos, en un porqué tácito, que Carlos aceptaría el trabajo.

Quizá ahí tendría que haber sospechado que algo me había pasado a mí. Él o yo, alguno tendría que haber sospechado. Que esa combinación no sólo tenía que ver con Carlos, sino también conmigo. Pero tuvo que pasar un tiempo largo para que me anime. Primero para darme cuenta y después, para animarme. Ningún buen cambio se logra de golpe, me dijo Martita aunque referido a otra cosa, y a mí esa frase tan simple me sirvió.

Y ahora estoy acá, desnuda debajo del delantal. En realidad, en medias y con sandalias de taco. Me hice un rodete apenas sostenido por un invisible, para que cuando él me agarre la cabeza, el pelo me caiga sobre la espalda.

Nueve menos cinco, y yo preparándole la comida. Esperando para agasajarlo. A los dos. Esta noche cumplimos un año de aquella primera vez, y nos merecemos un festejo. Decir como Dios manda, es quizá mucho. No creo que Dios, nos de, así como así, el visto bueno. Pero como nada se logra de repente y un año no es poco tiempo, espero animarme. Supongo que no me va a salir con la del macho dominante, que Carlos y yo podemos ir más allá de esas estructuras.

Aunque también me pinté, labios y ojos. Tampoco para perder el encanto. El tono rojo para la boca me lo eligió él, y yo lo respeté. De la misma manera que hago cada vez que Carlos me deja en el tocador con qué quiere que lo espere. Nos intercambiamos: él elije mis pinturas y yo le hago de espejo. Le doy el okei después de maquillarlo cada mañana.

Para eso también necesitamos un tiempo. Corto, unos días nomás. Quizá porque fue sin premeditación, y cuando las cosas salen naturalmente se imponen con mayor facilidad. Maquillar a Carlos cada mañana, después de ayudarlo a elegir la camisa, fue la consecuencia natural del vení, mirá que te muestro. En vez de ser yo la que entrecerró los ojos –sin apretar, Carlos-,  y puso los labios tirantes, algo arqueados hacia adentro; en lugar de ser yo la que se puso corrector sobre los párpados: fue él.

Porque hubo una mañana que intercambiamos. Podría decir que Carlos lo esperaba. Nunca se negó. Y yo le dije, levantá la pera, mi amor, y empecé por la crema humectante.

Él se dejó manipular, cada tanto buscaba el espejo con la mirada, pero yo le decía que se quedara quieto. Confieso que eso me gustó. No sólo que estuviera ahí, casi de muñeco, sino cómo iba quedando.

Los ojos. El tono de los párpados le resaltaba las cejas. Carlos tiene las cejas unidas sobre el entrecejo, y eso fue un detalle que no me sedujo cuando lo vi por primera vez. Nunca me habían gustado los hombres así, les endurecía la mirada. Sin embargo, hoy no soy capaz de depilarlo, no voy a negar que alguna vez lo pensé, pero no sólo que no creo que me resulte fácil convencerlo de las virtudes de la cera caliente, si no que ahora me gusta. Enfatiza el contraste.

El pelo negro, tupido, hace de marco para lo sutil de los ojos. Es como si de alguna manera lo más masculino ciñera lo femenino, o como si ese toque femenino realzara lo varonil.

Sólo un día, cuando destapé el delineador para ojos, él me miró preguntándome no será mucho, pero no me dio tiempo a responderle. Después de mirarse en el espejo, me dijo seguí, seguí, no dije nada. Entonces le delinee con negro la terminación del ojo. Él tiene pestañas cortas y el ojo algo redondeado, y esa línea negra terminó de definirlo.

Lo que pasa es que Carlos no sólo confiaba, también había aprendido a gustarse. Y a gustar, porque creo que él sabía lo que generaba, y eso a nadie le resulta indiferente. Por eso hoy, tal vez, tengamos que negociar hasta dónde, pero en el fragor del champagne, como se dice, no creo que ande con niñerías.

Ese día, después de lo que podría llamar la primera sesión de maquillaje supe que una fantasía nueva, inaugural, desconocida incluso para mí, me estaba avasallando.

Una mañana después de verlo salir para el trabajo, un arranque de excitación insatisfecha, me llevó al baño. No sabía qué buscaba pero en ese buscar me encontré con la toalla con la que Carlos se emparejaba el maquillaje. El exceso.

Algo me tranquilizó al encontrarla, y me dejé caer en el sillón después de hundir la cara en la toalla. El sólo olerla me excitó, apenas necesité frotármela para que me arrancara un orgasmo que me dejó con un calambre entre las piernas. En qué lugar de mi cabeza se había gestado eso, no lo supe. Pero de repente tuve el deseo de la completud. Sentí la avidez del tener: y amarlo así toda la vida.

Nueve y dos. Ya debe estar por llegar. Bajo la temperatura del horno. A la carne le falta el tiempo justo, las papas todavía no empezaron a dorarse. Y la bebida, los platos, vasos y cubiertos están apilados sobre la mesada. No hay nada que ocupe espacio sobre la mesa.

La comida nos da ese margen que necesitamos para que él abra la puerta, deje el portafolios en el piso –porque tampoco es cosa de andar mariconeando por ahí con la valijita, como dice- y entre a la cocina. Yo voy a simular que me sorprendo, aunque la verdad es que ya empecé a mojarme. Nos encontramos en el comedor, salgo a recibirlo, él viene a buscarme. En el beso se mezclan mi rojo y su brillo labial, y con una mano me suelta el pelo. Mis medias terminan en ligas, y él agradece que la estética no interrumpa. Y yo ya estoy. De sólo pensar que voy a tenerlo: estoy. Y siento que él también. Carlos apoya su brazo contra la pared, para que yo no sienta el frío en la espalda, porque, así y todo, sigue siendo un caballero.

De la cocina se oye el ruido de las papas que crujen dentro del horno. Pasaron quince minutos y él no puede contenerse. En cambio a mí me gana la escena futura, repasé mil veces cómo voy a decírselo y eso me hace tener la cabeza en otro lado. Pero me finjo y Carlos sonríe de macho orgulloso, mientras entra concluyente.

Después un beso y un qué hiciste para cenar. Carne al horno con verduras, voy a decir yo, mientras él me acomoda el delantal. En nuestro acuerdo implícito: yo, el ama de la casa. Él, mi taxi boy.

Y voy a caminar hasta la cocina mientras me repito lo que tengo para decirle. Tantas veces me pregunté hasta dónde podríamos llegar. Primero a la ropa, si Carlos podría vestirse de mujer y si a mí me gustaría que lo hiciera. Pero rápidamente supe que no era eso, que no iba por ahí. Él ya había hecho su parte, había entregado su cuerpo, su piel; y ahora me toca a mí. Quiero un nuevo giro en la complementariedad. Eso quiero. Porque si no ¿qué es el amor?

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Clara Anich: “Él, mi taxi boy”

  1. blanca zardini

    Excelente!! me encantó!

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