Ariel Bermani: “Cientos de mails”

La primera imagen que vuelve cuando me acuerdo de ella es, para qué negarlo, su culo. Además fue lo primero que vi cuando entré al aula, acompañado por la mujer que iba a presentarme. La vi de espaldas, buscando algo que seguramente se le había caído, moviendo las manos por el piso. Enseguida se levantó y me miró –tenía ojos verdes- y supe, necesito ser sincero, que iba a terminar haciendo cualquier cosa para tener ese culo a mi disposición. Redondo, parado. Duro. Así lo adiviné. El jean lo apretaba. Hice un gran esfuerzo para pensar en otra cosa.

La mujer que me llevó, me dejó a cargo del curso. Yo los había estado  observando mientras ella hablaba. Eran unos veinte, la mayoría mujeres, grandes –de cincuenta para arriba-, los jóvenes eran, creo, sólo tres. Dos pibes con aspecto de estar saliendo del secundario y Verónica. Enseguida supe su nombre. Hice que se presentaran y fui olvidando todo lo que decían hasta que ella habló. “Soy Verónica”, dijo, “egresada de Letras, vengo al taller porque quiero conocer nuevos autores”. Cuando la escuché tuve que cruzarme de piernas –apretar fuerte las piernas- para disimular una bruta erección. Me quedé unos segundos en silencio. No sabía cómo empezar, por dónde. Ellos estaban leyendo a Góngora y yo les había llevado, para romper el hielo –como se dice habitualmente- poemas de Gambarotta. Les leí dos. Se quedaron con la boca abierta. Incluso ella, que, era evidente, estaba ahí por aburrimiento, porque no soportaría llegar temprano a su casa. Desentonaba, en ese curso. En todos los aspectos.

Gambarotta los desconcertó. No lograban imaginarse que la poesía podía tener esos matices, ese lenguaje. Cuando les leí el poema para Kojak –“no hay, no habrá, no va a haber, mejor serie que Kojak”- me miraron casi con lástima. Pero comprendí que una luz, chiquita, de 25 watts, acababa de encenderse. Verónica sonrió. Escuchó el poema y sonrió. Se pasó la mano por el pelo. La miré, agradecido.

Esa clase era la última antes de las dos semanas de vacaciones de invierno. Hicimos circular los mails. Los comprometí para que consiguieran el libro de Facundo R. Soto.

Unos días después recibí el primer mail de ella. Digo el primer mail porque fueron, en definitiva, al cabo de tres o cuatro meses, cerca de quinientos. Cuatro meses, entre agosto y noviembre. En su mail me decía: “Buenos días, Ariel. Te molesto para consultarte sobre el libro de Soto. ¿Dónde puedo conseguirlo? Saludos, Verónica (la chica que había perdido la birome cuando vos llegaste)”. Ese breve texto tuvo un efecto devastador para mí.  Me quedé leyéndolo durante varios minutos, no podía parar de leerlo. Trataba de encontrar un mensaje oculto, saber qué estaba diciéndome, qué insinuaba. Traté de decodificar palabra por palabra, letra por letra, incluso. Ese “buenos días”, ¿qué significaba? Cuando hacía referencia a la birome, ¿estaba dándome a entender que se dio cuenta que le miré el culo apenas entré al aula? Estuve cerca de cuarenta minutos redactando mi respuesta. Le sugerí lugares posibles para conseguir el libro, librerías del centro, y le puse que, ya que iba al centro, me visitara en la biblioteca donde yo trabajaba en ese momento. Le pasé la dirección y mis horarios. Ese mismo día me respondió. Era un mail corto. Decía que no tenía tiempo para visitar a nadie y que nunca iba al centro. Eso era todo. Pero me llenó de esperanzas su despedida. No puso “saludos, Verónica”, puso “un beso, Verónica”. Era un cambio. Y ese pequeño gesto, mandarme un beso, me mantuvo feliz por varias horas. Pero enseguida comprendí que algo tenía que escribirle. Le propuse prestarle mi ejemplar del libro de Soto. Encontrarme con ella y darle el ejemplar, para que no tuviera que viajar al centro. Y cerré el mail de una manera arriesgada, así: “muchos besos, Ariel”. Habíamos avanzado, de los saludos al beso y a los “muchos besos”. Pero ella no respondió, al menos durante cuatro días. Su respuesta llegó cuando yo estaba totalmente desanimado. Escribió: “gracias por ofrecerme el libro, sos un dulce, pero mi marido fue al centro y ya lo compró. Nos vemos cuando terminen las vacaciones. Besos, Vero”. Ahora todo había cambiado. Tenía marido. Primer punto en contra. Pero me mandó “besos” y puso que soy un dulce. Dos puntos a favor. El hecho de que fuera casada no complicaba las cosas, después de todo yo también estaba casado, o prácticamente casado. Vivía con una mujer.

El mismo día en que me contó que ya tenía el libro me mandó otros dos mails. En uno hacía comentarios sobre el libro y también me contaba que le había gustado mucho lo que les leí de Gambarotta. En el otro me contaba que su hija mayor estaba con fiebre y que eso la tenía preocupada y que había faltado al colegio –“doy clases en varios colegios”, escribió- por eso pudo avanzar con la lectura.

Nos vimos el jueves siguiente. En realidad, no sólo a ella la vi, estaban todos, pero a mí me costaba registrarlos. Hablé mucho, casi sin hacer pausas para respirar y sin darle lugar a nadie. Ella me miraba fijo y eso me daba impulso para seguir. Traté de ser gracioso, pero serio a la vez, punzante, cálido. Había mucho en juego. Tenía dos horas para impresionarla.

A la salida fue la primera en irse, pero esa misma noche me escribió. Un mail largo. Me contaba de su vida en los colegios, lo difícil que era que los chicos leyeran. Me puso, también, que le había encantado la clase. Y repitió eso de que soy un dulce. El canal de comunicación estaba abierto. Durante esa semana nos mandamos cuatro o cinco mails por día. Cada mail se cerraba con la frase “muchos besos”, “miles de besos” o  “cantidades industriales de besos”. Pasamos de las quejas por lo poco que se lee a lo duro que resulta convivir con alguien, a lo difícil que es criar a los hijos y -ese fui yo-, a lo lindo que sería, alguna vez, tomar una cerveza juntos. Una cerveza bien fría. Con maníes y papas. Ella propuso el bar.

Un sábado a la tarde nos encontramos. En la estación de Lanús. Y caminamos rápido hasta el bar, pedimos la primera cerveza y yo me senté cerca de ella, las sillas pegadas. Mientras tomábamos empecé a tocarle la cara, dejé vagar mis dedos por su cara. Me acerqué más, quise besarla pero no me dejó. “Por favor”, me dijo. “Qué”, le pregunté. “Por favor”, volvió a decir.

Durante los días que siguieron los mails se multiplicaron, se volvieron incontrolables. Nos escribíamos todo el tiempo. Yo le escribía desde el trabajo, desde casa, desde los locutorios –a veces salía de uno y entraba en otro, ansioso por ver si en esos cinco minutos que habían pasado ella había contestado-. Todos mis correos estaban dirigidos a un único objetivo: volver a vernos, a solas. Ella respondía que soñaba conmigo, con mi cuerpo, que le costaba concentrarse cuando yo hablaba, en el taller, porque me imagina desnudo. Yo le confesé lo primero que me impresionó al entrar al curso la primera vez. Puso muchos signos de admiración cuando me respondió ese mail. “Que zarpado!!!!!”, así lo escribió. Pero a pesar de tantos besos que nos mandábamos los besos reales nunca llegaban. Seguíamos viéndonos los jueves y ella, durante la clase, se comportaba como una alumna ejemplar, fría, inteligente, sin hacer un solo gesto que delatara nuestro acercamiento. Después de la clase desaparecía sin que yo me diera cuenta. Me acuerdo que una tarde traté de no perderla de vista, la vi salir, me apuré hasta alcanzarla, le toqué un hombro y se dio vuelta para mirarme con cara de pánico. “Que no nos vean, por favor”, dijo y la dejé ir. Ese episodio fue largamente comentado en los siguientes mails.

Cuando pasaron casi dos meses de nuestras confesiones y promesas que nunca se concretaban, ella dejó de ir al taller.  Faltó tres clases seguidas. Y no respondió ninguno de mis mails de esos días. Ya la había dado por perdida, pero un jueves apareció, con un jean ajustado –creo que era el jean de la primera vez- el pelo suelto. Me miró durante toda la clase y no se escapó cuando terminamos. Se quedó haciendo tiempo en el aula, esperando que todos se fueran. Yo también hice tiempo mientras la miraba sin disimular. Salimos juntos y me propuso alcanzarme con su auto hasta la estación. Yo podía tomar el tren ahí y a ella le quedaba cerca de la casa. Avanzamos en silencio, hasta que me animé y empecé a tocarle las piernas. Salió de la avenida, dobló en una calle oscura y estacionó. Traté de besarla y, como la primera vez, ella me respondió “por favor”. “No quiero”, dijo, después. “Acá no, me da vergüenza”. “¿Entonces dónde?”, pregunté. “En otro lado”. Me llevó a la estación y el beso de despedida me lo dio en la comisura de los labios. “Nos escribimos”, dijo y me bajé del coche.

Nos escribimos. Mucho. Más que antes. Creo que llegamos a los veinticinco mails por día. Planificamos el encuentro. Un sábado, en el centro. En un lugar elegido por mí. Íbamos a encontrarnos en Constitución, a las dos y media de la tarde. Cuando llegó el sábado se enfermó su hija menor. Al sábado siguiente a ella le salieron unos granos en la cara y no quería verme así. “Con estos granos horribles parezco un choclo”, escribió. Otro sábado cayó enfermo su marido. Una semana después, justo la misma mañana del día en que finalmente íbamos a vernos, ella empezó a menstruar.

El último jueves de noviembre nos vimos por última vez. Cuando terminó la clase fuimos a comer pizza pero ella avisó que no podía quedarse, tenía que volver temprano a su casa. Me escribió unos cuantos mails, el viernes, el sábado, incluso el domingo, pero no los contesté. Yo tenía en mi casilla de correo una carpeta donde almacenaba los correos que le mandaba y los que recibía de ella. La carpeta se llamaba “Vero” y estaba dividida así: “Vero envíos”, “Vero recibidos”. Borré todo, fue fácil. Marqué los mails, uno por uno y apreté la tecla “delete”.  Recibí otros dos mails de ella, semanas después. Pero tampoco los contesté. Ni siquiera los leí. Los borré sin abrirlos. Uno llevaba por título “Quiero verte el sábado” y el otro “Este sábado no puedo”.

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4 comentarios

Archivado bajo Argentina

4 Respuestas a “Ariel Bermani: “Cientos de mails”

  1. qué desencuentro, muy buena narración,

  2. Ramonita

    Ja! Me hizo acordar a la época en que leía mails en clave amorosa y cuando creé una carpete con el título “zapato” para almacenar los mails de un ex amante.

  3. natalia

    tendríamos que recopilar todas las carpetas con los mails de los amantes que menstruan cobardía y haríamos una novela más larga que Los Soria. saludos

  4. Pingback: cuatrocuentos: narradores contemporáneos en español / blog de Pía Bouzas y Gustavo Valle | sujetossujetados | cultura y política

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