Israel Centeno: “Un gorila en la niebla”


“Of our elaborate plans, the end”           

Tengo la mala costumbre de invitarme a cenar a la casa de mis amigos. Soy impertinente. Uno de estos días Calixto o Margarita terminarán por echarme.

Me presento puntual al finalizar el día. No les doy tiempo para cambiarse, bañarse ni para estar un poco a solas. Soy peor que una venganza. Tengo otros amigos, podría molestar a Alberto y a Consuelo o  a Ramón, que anda divorciado.

-Cuando se ha vivido algo te das cuenta de que puedes franquear la puerta de cualquier persona -le dije a Calixto mientras sacaba una botella de ron de la bolsa de papel.

Han vuelto a dar bolsas de papel en las licorerías.

Calixto abre la nevera y hace silbar tres latas de cerveza. Un silbido sensual que me recuerda mi primera cerveza. La robé de la maletera de un Mustang 68, hará algo más de treinta años, al pretendiente de una tía. Por aquella época yo era una criatura antipática y mostraba los dientes de una adolescencia aburrida.

Margarita entra a la cocina y me sonríe, tiene una sonrisa limpia que adoro. Les comento que ando escribiendo una nueva novela, que no haré guiones cinematográficos, ellos ya lo saben, pero les hablo sobre los avances en la trama hasta ahora imaginaria. Ambos levantan las latas y brindan por la novela imaginaria.

-Tengo treinta cuartillas borroneadas. – Hacen el gesto de nuevo, pienso que se burlan, levanto mi brazo y bebo.

Cuando voy a casa de Calixto y Margarita no cenamos. Al menos nadie cocina. O cenamos por aburrimiento.  Abren la nevera, sacan filetes de salmón ahumado y ponen galletas sobre la mesa, descorchan unas botellas de vino blanco y las bebemos en recipientes de mermelada o de queso fundido.

–Son los mejores vasos. – Solemos decir -.

Entonces para qué la copa. Antes, recién casados, se esmeraban y sacaban copas y ponían carne con uvas pasas en el horno; Margarita  sonreía, nunca ha dejado de sonreír; es hermosa cuando lo hace. Sonreía y dejaba que sonara algo de jazz, muere por el jazz; ahora nos sentamos en el pantry desnudo, con filetes de salmón y galletas, intercambiamos frases y bostezos. De eso está hecha la vida verdadera.

-Es lo dramático -me dice Calixto, aprovechando que su mujer ha ido a poner algo de música.

– Qué nos queda –riposto.

-En la vida común hay más bostezos que frases – repite mi amigo; sus ojos están opacos -. Uno cree que se enamora, eso te hace sonreír, sentir la tesitura de la existencia, quieres compartir la vida con alguien por siempre, piensas que las miserias son mitos de personas fracasadas.

Saca otras cervezas, las destapa, veo a Calixto de espaldas, deja caer los hombros, se encorva un poco; esto es nuevo, mis sentimientos se comprimen, quiero decirle que siempre lo he advertido, se lo dije a él y a Margarita, una y otra vez cuando insistían en compartir la vida y otros enseres.

-Para qué van a ponerse a vivir juntos, la tragedia comienza cuando uno va metiendo la ropa de contrabando en el armario del otro. -Supuse que lo decía porque pensaba que estaría bien que Margarita tuviera a escondidas mi cepillo de dientes en el gabinete de su baño. No tiene sentido reconvenir a los amigos. A Alberto y a Consuelo no les va mejor.

-Esas son vainas que suceden luego de la luna de miel, es un mal de tres años; luego, sentirás que lo necesitas para hacer llevaderas todas las horas muertas del resto de la vida – trato de zurcir y bordar-. Si te crees Bogart o Mickey Rourke, para qué carajos abriste tu armario y firmaste ante un juez.

Veo a mi amigo doblado sobre sí mismo y sin embargo hay un rótulo de tranquilidad en la pareja. Calixto y Margarita han aceptado caminar tomados de la mano hacia la vejez.

Quizá sea ése  el error de quienes viven juntos, aceptar que leerán a coro las líneas de un guión. Les digo que me voy a servir un trago. No más cerveza. Margarita me hace un no con su largo dedo índice. Calixto sale de la cocina.

-Y tú ¿no te piensas casar?

Me encojo de hombros. Ella sonríe.

-Me hubiera casado contigo. Tan sólo por tu sonrisa de luz lunar -río-. Mis amigos me han salvado de cometer la insensatez- imposto con un tono melodramático y ella lo resiente.

Coge un vaso y dice:

-Sírveme un poco. Me animo con tal de que me cuentes tus historias de amor.

-¿Crees que tenga historias?

-Debes tener una distinta a la de ser el enamorado de las mujeres que se casan con tus amigos.

-¿La de amante?

Es encantadora. Usa las camisas de Calixto y lleva el pelo suelto. Siempre anda así por la casa. Me ha sabido cantar uno de los decálogos de Moisés. Por qué darme por aludido si nunca he deseado a la mujer del prójimo. Quise decirle sí, en algún momento lograste sacarme un suspiro quejumbroso y ahora me inquietas de nuevo. Me guardo todos los suspiros porque, como una procesión, deben ir por dentro… Apuro un trago. Me sirvo otro. Viene Calixto, se ha cambiado, se ha puesto pantalones cortos y pantuflas. Es todo un señor de casa. Nos ponemos a beber en silencio y dejamos que la atmósfera se cargue hasta condensarse. Siento que alguien va a gritar o a llorar.

-No hay nada que decir sino tonterías – dice él.

Yo le respondo que todas las conversaciones son tontas. Si uno se pone a sacar en limpio las conversaciones sostenidas en la vida, apenas rescataría tres o cuatro frases.

Margarita pide que le sirva otro trago, le pregunto si quiere que le ponga cocacola y ella me dice que no, sólo hielo, siento el peso de su mirada, no me atrevo a confrontarla, hay rabia.

-La gente no se puede pasar la vida pensando que todo es una mierda -dice.

-Yo me tomo las cosas a manera de inventario –respondo-. No me hagas caso.

Ella arremete de nuevo.

-Te la pasas hablando sobre la pesadumbre y sobre la inutilidad. Eres majestuoso al decirlo. ¿Qué te pasó, Rubén?

-Nada.

Me comenzaba a saturar con increpaciones de baja intensidad. Calixto me miraba y sonreía. Su sonrisa era amarga. Ella continuaba.

-Dijiste que el amor era una virosis.

-Hubiese sido peor catalogarlo como una patología bacteriana.

-No es gracioso – dice Calixto-. Es demasiado para mí. ¿Qué te pasó? ¿Por qué arrugaste?

-Porque siempre hay un ángel liberador.

-Te gustaba.

-¿Quién? – miré a Margarita. Hacía calor, había tomado un cubo de hielo y se lo pasaba por el cuello.

-Consuelo.

Consuelo iba a los seminarios sobre creación de guiones cinematográficos. Íbamos todos. Uno va con expectativas a los talleres y seminarios, son coto de caza, decía Alberto. Él me confesó, al ver a Consuelo, que era la mujer más hermosa del mundo. Quise imaginar a la mujer más hermosa del mundo. Consuelo era rubia y baja, cuando respiraba dejaba ir y venir sus grandes tetas como si estuviera a punto de un colapso. Su cara se dibujaba impecable, ojos grises y tristes, un poema intenso, los labios protuberantes y demarcados. Me la imaginaba en una vendimia en el mediodía italiano. Cada quien podía tener una idea de la mujer más linda del mundo y ésta no estaba mal. Le sonreí y me acerqué a ella; siempre he sentido curiosidad por las mujeres que les gustan a mis amigos, por eso comenzó el asedio, la puja; hubo un momento en el que Alberto y yo nos dejamos de hablar, apenas decíamos algo para señalar las miserias del trabajo del otro.

-Te falta mano izquierda en ese texto -me dijo al comentar un guión que llevaba a confrontar en el seminario.

Respondí que la tenía ocupada. Si hubiésemos sido más jóvenes habríamos arreglado ese comentario a golpes.

Me apliqué a trabajar la imagen en el día a día junto a Consuelo, me hacía meloso y profuso, la abordaba cuando corregía un texto en clase y le respiraba cerca de la nuca. Hay que atrapar el olor y despedir feromonas; es una vieja técnica normanda. De eso se trata todo. Calixto nos invitaba a tomar cerveza en un antro de los alrededores, nos reuníamos y nos ensordecíamos con charadas irrepetibles al día siguiente.

Le robé el primer beso a Consuelo mientras la acompañaba hasta su carro.

Salíamos de una de esas tertulias:

-Te das cuenta de que no valen la pena cuando deseas estar a solas con alguien – le soplé al oído.

Tenía los labios dulces, la abracé y la respiré dos o tres veces. La besé de nuevo. Alberto nos había seguido. Nos miraba desde el toldo del local. Consuelo sonrió y me dijo algo, no puedo recordar con exactitud qué me dijo, fue dopo o después o más tarde, mañana. Fatal.

Al día siguiente corrieron una película de Coppola a manera de ejercicio. Recuerdo que volteé justo en el momento en que Jim Morrison cantaba: The end: I´ll never look in to your eyes again. Me estremecí. Vi sus ojos, era Margarita, alta y espigada; iba de negro, realzaba su palidez, roja sólo en los pómulos y en los labios. Mi primer impulso fue querer tocar la piel de su cara; era un durazno blanco. Esta vez fue Calixto el que me dijo:

-Es la mujer más hermosa del mundo.

Tenía razón pero no se la di. Le dije que era una mujer hermosa, ni más ni menos. Remonté el río y vi en los espejos de agua o en el denso pantano un durazno blanco y rosado que flotaba por inercia hacia el corazón de las tinieblas, Ride the highway west, baby. Comprendí que debía decirle adiós a Consuelo.

Había engripado de amor y estornudaba torpezas. Cómo abordaría a esta mujer y a su risa de luz lunar, cómo lanzaría la zancadilla a los inoportunos que la miraban con la estupidez propia de quienes no saben qué hacer con su mirada. Terminó la película y nos pusimos a trabajar para señalar los puntos argumentales en el guión literario. Estaba convencido, debía ser el último en invitarla a ser parte del grupo y el primero en hacerle saber que la perseguiría hasta los bordes de un mundo hostil y la atraería junto a mi pecho, contra mi piel, bajo mi respiración de espadas en movimiento. A pesar de las aspas de los helicópteros y de la cabalgata de las valkirias. Por eso intercambiamos una sola mirada hasta el fin. La de ella negra y brillante como sus ojos, la mía hambrienta y sin consuelo.

Consuelo esperó a que la buscara otra vez sin comprometer su orgullo. Los días pasaron y me olvidé de ella. Iba a las clases del seminario y me sentaba aparte. Nunca más fui a tomar cerveza con los compañeros del grupo. Ella arriesgó el decoro y me preguntó si la iba a dejar vestida a las puertas de la fiesta. Le señalé que debíamos protegernos de las fiestas, no son más que tragedias. Era mejor saber parar a tiempo. Que recordara que existían postergaciones salvadoras, dopo o domani, ¿no lo había dicho? Fue muy perceptiva entonces. Achicó los ojos, dos brasas me cruzaron el cuello, sentí un nudo feroz en la garganta; al final dijo:

-Rubén ¿tú no serás marico?

 Bien por ella, se le ocurrió una frase célebre, algo nunca dicho por una mujer despechada. Le di la espalda, antes le rogué que me disculpara, que temía enamorarme; no quería compromisos insanos.

-Ya verás cómo nos salvábamos de una enemistad irreversible.

Calixto fue audaz. Invitó a Margarita a salir al cine, a cenar, a bailar. A leer guiones y a tomar vino rojo en un bodegón. Sabía que era incapaz de besarla si ella no lo abordaba antes. Yo arriesgaba que lo hiciera. Era parte del juego, quise creer. Ella debería ir lejos con el más osado sin olvidar que desde un ángulo invisible yo la miraba con todo el peso del deseo. Nunca arriesgué demasiado. Alberto buscó la manera de llevar a Consuelo al cine o a comer helados. Mis amigos eran anacrónicos. No trabajaban el primer beso en silencio, no sabían desplegar las cartilaginosas alas de la voluptuosidad. Nadie puede pasarse un mes en salidas inútiles, en intentos tímidos e ir tomados de la mano por allí, sin jalar hacia el pecho y sujetar con la boca a la boca amada.

El tango prosaico de la conquista amorosa se baila desde la primera salida. El ridículo exquisito de la ansiedad debe salir fuera de cauce una vez abierto un capítulo amoroso.

Estaba alegre por Alberto y Consuelo, nos hablamos de nuevo y comimos pizza juntos, celebramos con cerveza el cierre del guión de ambos, habían trabajado mucho, horas en eso, habían terminado el trabajo de fin de seminario, lo hicieron como si estuvieran cursando de nuevo los primeros años en la universidad. Era ineludible que se casaran.

Se acababa el curso. No podía dejar pasar el momento. Una tarde estaba en la terraza del café donde nos reuníamos antes de entrar a las sesiones. Margarita mostraba la luz de luna en su boca de líneas bálticas y su mirada brillaba. No brillaba como brilla cualquier mirada; era la estrella, el punto luminoso sobre un cristal, recuerdo que achicó los ojos y pude entrever un esplendor intenso y diminuto. Estaba solo con ella, junto a ella, era el momento de desplegar mis alas y cubrirla con un vaho de absenta. Era la hora crepuscular, el cielo se desdibujaba en naranjas intensos y azules oscuros; sentí la enfermedad avanzar en la sombra y una fuerza súbita me impelió a buscar sus manos. Las tomé entre las mías. De nuevo en sus ojos los míos, supe que me faltaba el aire necesario y me lancé al abismo; la invité a caminar en la incipiente noche bajo las acacias de la avenida. La luz amarilla de los autos nos postergaba en los muros grafitados, le pasé el brazo por la cintura, la acerqué a mí e intenté besarla. Ella se resistió y dejó caer su cabeza sobre mi hombro. Pude oler su pelo. Olía a noche sin retorno, a hierba húmeda, a espliego. Qué tonto se puede ser entonces. Me detuve y la enfrenté con mi pasión; miré sus ojos, hubiera querido besarla con crueldad, buscar con mis manos su cuello, bajar hacia sus tetas, lanzarme junto a su cuerpo contra un muro y apretarme a ella, encontrar sus muslos, el centro musgoso de su existencia, la mojada razón de la mía. Pero me quedé fijo, atrapado por su mirada. En ese momento apareció Calixto caminando a contramano por la acera; debí besarla. No lo hice. La fui dejando al otro lado, la fui dejando como si cayera y me mirara. Ven, pudo haberme dicho, ven, pudo haber gritado. Qué escondía esa mirada. Ride the snake, to the lake. Sentí miedo y decidí no verme reflejado en sus ojos. Dije lo de siempre. Es malo enamorarse. Mirar desde un andén a otro no es lo mismo que cruzarlo. Si lo cruzo me arrolla el tren o su mirada, pensé. Entonces, supe que había perdido a Consuelo, a Laura, a Doménica, al tren, a la mirada, a ella. La serpiente y el veneno, perdí desde siempre en una sola mano.

Margarita era coto prohibido, sus espadas flamígeras cerraban el huerto. Le temí. Sabía danzar con cimitarras y puñales. Supe que rompería mi pecho. Por eso imaginé a Consuelo tomando helados con Alberto, humedecía sus labios dulces en el ron con pasas. Era inofensiva. Calixto vino desde el otro lado de la avenida, me ignoró, le sonrió a Margarita mientras abría sus brazos. Se los pasó por los hombros, la atrajo hacia sí, me rezagué unos pasos y lo escuché decir que yo era un soltero empedernido.

-Aun casado, el cabrón será lo que es –dijo.

Me sentí liberado por el gran Calixto. Los libertadores son inoportunos. Esa noche me emborraché hasta perder la conciencia.

Apuré el trago. Pensé que era hora de irme. Hacía calor y Margarita se preparó otro ron. Esperaba una respuesta. Siempre uno espera una respuesta a la vuelta de los años, cuando los amigos se hacen habituales. Desde los tiempos del seminario evité retornar a sus ojos. Intercambiamos visiones, nunca miradas. No sé si brillan como antes, ahora que va por su tercer trago, salen las serpientes numinosas a buscar lagos prohibidos. La gente se desinhibe con el alcohol. El desprecio o el afecto afloran, o viene un silencio envilecido. Calixto se para de la silla y busca en la nevera un trozo de queso uruguayo. Estamos mareados por la noche, es cierto, mi visita siempre ha sido impertinente, tanto como lo fue el advenimiento de Calixto aquella tarde en que se apareció por la avenida con un As de corazones en la mano. Un nudo que se ha mantenido en el tiempo. Nadie se ha atrevido a cortarlo. El me pregunta de nuevo por Consuelo, me encojo de hombros, cosas que pasan.

-Yo no me he enamorado nunca, tú lo sabes -le digo.

Levanto los ojos, miro un punto crispado y diminuto que destella en la mirada de Margarita. Comprendo que un tren se puede perder dos veces. Que las segundas oportunidades no son la muletilla de una telenovela. Son otra posibilidad. El derecho a reincidir. La amargura del licor se me hace buche, siento que he pisado en falso y caigo sobre los rieles. No sé si Calixto me dijo cobarde. En todo caso hice un gesto vago y no respondí. Pensé que debía dejarlos solos de una vez y hasta la otra. Cada quien tiene su lectura de la vida. Me incorporé y me fui. Bajé del departamento a la calle; el país estaba revuelto, la ciudad bullía, la gente gritaba consignas extrañas, un ensordecedor golpe de cacerolas me dejó en silencio. Así deseaba estar por siempre, ajeno a todos, incluso a mis lágrimas.

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3 comentarios

Archivado bajo Venezuela

3 Respuestas a “Israel Centeno: “Un gorila en la niebla”

  1. moramai

    Extraordinario…
    Caigo sobre los rieles… siempre caigo…

  2. Buen cuento. Me gustan esos personajes desencantados y lúcidos que habitan tus textos. Un saludo, Israel.

  3. nabor zambrano

    Tardío (mi comentario) porque soy lento en todo y porque la narración es de ayer, de lo que nos pasó ayer; se nos parece y alguito somos de eso.

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