Elsa Drucaroff: “El certamen”

A Sol Glik, que se llamaba Mónica.       

¿Te acordás, hermana, qué tiempos aquellos?
La vida nos daba la misma lección.

M.E.W.

 

Soñó con unas zapatillas verdes. En el sueño eran las que se había calzado miles de veces durante los tres años que vivió en Francia, las que la habían llevado por las picadas de los veranos europeos, completamente desnuda pero con los pies protegidos, trepando escollos de piedra en una isla de Grecia junto con otras personas desnudas como ella, como aquel holandés alto y hermoso que trabajaba en programas de rehabilitación de yonkees y la amó fugazmente una tarde sobre la arena, algo escondidos entre rocas color vino de la playita de acceso difícil, justamente bautizada playa roja por la comunidad de hippies que había habitado la zona a comienzos de los años ’70. Soñó con unas zapatillas verdes cuidadosamente guardadas en una caja que también tenía papeles que mentaban momentos dolorosos de aquella misma juventud, pero en el sueño había usado ese calzado resplandeciente todos esos años de su postgrado en París y también esos veranos, aunque cuando despertó se dijo que no era cierto, que en realidad había usado unas celestes y se preguntó a dónde habrían ido a parar, en qué arreglo de placares o en qué mudanza habría decidido regalarlas o tirarlas porque no daban ya para ser regaladas sin ofender a quien las recibiera. Sin embargo soñó otras zapatillas, nada feas, y lo más asombroso era que, aunque tan usadas, aunque conviviendo con el dolor de una juventud que también había sido difícil, estaban en excelente estado y ella había pensado soñando que era bueno haberlas recuperado porque perfectamente podría ponérselas ahora, usar sus zapatillas verdes todavía varios años más. A su edad la ropa y el calzado duraban lo que nunca en la veintena: el pie no crecía más desde hacía mucho tiempo y en cuanto a la ropa, todo el secreto era saber comer y no engordar. La vida desgasta menos las telas cuando se tiene cincuenta y aunque vestirse siga siendo un arma fascinante de seducción, ya no importa usar lo último que ordenan las vidrieras o lo que indica un grupo de pertenencia porque ya se sabe quién se es, se armó un  estilo, y porque además ya no se tiene ni se quiere tener un grupo de pertenencia.

Hacía más de un mes que no volvía tan tarde y años que no dormía hasta pasado el mediodía. Recordó la reunión de la noche y pensó que la serenidad de esta etapa era intensa y no aburrida e interpretó con igual serenidad su sueño, sonriendo con orgullo por sí misma porque en él, concluyó, brillaban el comprensible, imposible deseo de seguir poseyendo la perdida juventud pero también la certeza de que aunque el tiempo hubiera transcurrido, esa juventud no estaba rota, ahí estaban, sanas, sus zapatillas (“las zapatillas verdes”, recordó, era el título de una novela que la había conmovido cuando tenía doce años), perfectamente dignas para que se las calzara cada vez que tuviera ganas.

Se estiró ruidosamente en la cama. Pese a que los sábados solían amanecer juntos, Ramiro no estaba. Anoche él había tenido su cena con los compañeros del coro y además a ella le había coincidido con la reunión extraordinaria. Agradeció una vez más la natural discreción con que los dos ejercían su libertad y no se aferraban demasiado a las rutinas, ése era el secreto de su estable, confortante, amorosa relación con cama afuera que ya llevaba diez años. Él estaba con sus amigos, sabía y podía divertirse por su cuenta; ella había salido hasta el amanecer con la gente de su escuela secundaria, un reencuentro al que por supuesto a él ni se le había ocurrido que debía asistir, a diferencia de la mujer del patético Bragnello, que anoche estaba ahí como un ser de otra especie y miraba con sonrisa estúpida, sin tener nada qué hacer ni decir. Saludada con cortés indiferencia por más de sesenta extraños, la gordita era un apósito ridículo que vigilaba al hombre crecido en esa excursión a un pasado con el que ella nada compartía, y mientras él abrazaba, reía, se volvía otro, ella esperaba para llevárselo de vuelta a casa.

Descalza, todavía vestida con su camisón de gasa roja, Dalila abrió despacio la puerta del cuarto de su hija: dormía. Cuando ella volvió de la reunión que evidentemente le había provocado el sueño de las zapatillas verdes eran casi las seis de la mañana y Milena no estaba. Salida de adolescente en viernes a la noche: era lógico, no se despertaría hasta las tres de la tarde. Tenía tiempo, a las 5 la esperaba el papá en su casa así que hasta las 4 la dejaría descansar. Cerró la puerta con emoción, imaginó las aventuras nocturnas que le estarían tocando a su ya no niña, las que ella no conocía ni compartía. Su madre tampoco había compartido las que Dalila había vivido con esas chicas y chicos que (aunque ya no eran ellos) había reencontrado anoche. Mientras se desnudaba ante el gran espejo de su baño, antes de entrar en el agua tibia, espumosa de productos de aromaterapia que le había regalado un paciente, Dalila se preguntó retóricamente cuántos, además de Ariel, cuántos más de los hombres y mujeres cincuentones, canosos y teñidas, pelados y con el pelo raleado por las tinturas y la menopausia, panzones y panzonas, arrugados y arrugadas, varicosas y aquejados del ciático, cuántos de los compañeros de secundaria que ella había enfrentado durante la noche anterior (salvo Ariel) mantenían interiormente con dignidad sus zapatillas de entonces. Deseó que también Laura las pudiera soñar así de limpias, de sanas. A Laura la vida no la había tratado tan amablemente como a ella, pese a su enorme éxito profesional, y sin embargo se la veía entera: no había perdido la voz vibrante ni la mirada franca, ni había permitido que de su aspecto se borrara por completo la exuberante muchacha que volvía locos a los chicos de secundaria, esos ex chicos que deambularon por la reunión saludándose con un desafiante “¿quién soy?” y prosiguieron con ruidosos festejos y abrazos cuando la persona interpelada lograba reconocer detrás del cráneo raleado, de la papada, de los dientes amarillos, del abdomen, al adolescente que le había gritado turra a la Ferreyra la vigésima vez que tomó prueba sorpresa o al que había partido en dos un inodoro del baño del patio cubierto, cuando pasó toda la hora de geografía sobre él, en cuclillas para que no se le vieran los pies, intentando salvarse de la lección oral, o al que antes miraba directo a los ojos, o al que antes era ágil y flexible como un gato, o al que en un recreo juró haber tenido su primera relación sexual durante una siesta del verano anterior con cinco eyaculaciones seguidas adentro de su empleada doméstica, mostrando como prueba a varones que en su mayoría ni siquiera habían logrado terminar de cambiar la voz cicatrices de rasguños en la espalda. Qué repugnantes eran, se acordaba Dalila disfrutando de la espuma de su amplia bañadera, qué ideologías abyectas podían encarnar con inocencia feroz, qué mundo basura se enquistaba ya en ellos hasta arrastrarlos a eso que tantos eran anoche, murmuraba y pensaba en Ariel, exceptuaba a Ariel, la sensibilidad de Ariel que ni siquiera entonces había festejado esas cosas, volvía a ver su hermoso rostro joven y su entusiasmo cuando analizaba las letras de Moris y Charly García como programas existenciales y su silencioso interés cuando la dejaba hablar contra el machismo, su respetuosa atención. Dalila pensaba en el Ariel de hoy, los asombrosos anteojos de marco oscuro que ahora velaban un poco la mirada igualmente despierta, el bigote canoso, los músculos desarrollados que señalaban la continuidad y el abdomen discreto que marcaba aceptablemente la distancia con ese joven que había sido para ella un intenso, verdadero amigo, no un amor, se decía mientras se estiraba en la espuma, nunca se enamoraron, nunca se hirieron, no tenían nada que reprocharse, disfrutaba ella pulsando el botón del hidromasaje y dejando que las piernas se balancearan un poco por el impulso del agua. Ideología repugnante, mundo repugnante, pero en Ariel (hoy un próspero sociólogo que tocaba casi como hobby en una banda de jazz), en Laura y en Andrés ella había encontrado una sombra más apacible. Mundo repugnante pero no Ariel, no su voz cálida de entonación perfecta, no los rasguidos de su guitarra, no el inglés bien pronunciado con que entonaba en los livings de las casas donde sus amigos organizaban fiestas Breath, breath in the air e instaba a Dalila a acompañarlo en el canto, no la habilidad con que rehacía los acordes de Pink Floyd y alentaba a todos (pero sobre todo a ella, porque la sabía cómplice) a respirar un aire nuevo, uno que también le transmitió boca a boca en los encuentros desaforados que tuvieron en los hoteles alojamiento de la Recoleta durante varios meses de quinto año, encuentros precedidos o seguidos por mucha risa y charlas serias donde discutieron y perfeccionaron definiciones sobre la amistad, la hicieron trascender fronteras preestablecidas, derribar muros, volverse la esperanza del mundo que advendría. Acordaron que, de él, ellos eran heraldos y en él, la amistad podría incluir sexo. Entonces, como la tarea urgente era cambiar la realidad, debatieron si la herramienta era la política o era el arte: Ariel explicaba que los militantes eran cuadrados, rígidos, tenían miedo de su propio yo, se aferraban a manuales y fórmulas, y prendía un joint en esa habitación de albergue transitorio a la que habían entrado rogando que nadie les pidiera documentos, y Ariel fumaba con ella por primera vez, vírgenes los dos de drogas, juntos en el compromiso de experimentar y crecer, un verbo que señalaba algo muy grande, más allá del desarrollo fisiológico o incluso existencial, un verbo que apuntaba también a todos, como si cada acto que Ariel, ella, Laura o Andrés (esos pocos semejantes) emprendieran, fuera lugarteniente del mundo por venir.

Y tal vez Ariel haya sido virgen no sólo de drogas en ese hotel alojamiento en el que fumaron juntos marihuana, pero Dalila no era ya virgen y con ese saber femenino sobre lo que a un varón no hay que ponerle en evidencia, nunca se lo preguntó, ni siquiera anoche, cuando volvieron a verse más de treinta años después y guardar esos secretos ya no tenía demasiado sentido. ¿A lo mejor lo haría? ¿Se encontrarían otra vez ahora, grandes, cincuentones? ¿Irían a cenar y compartirían un buen vino “a ver si somos capaces de tender nuevos puentes”, como él había dicho cuando cambiaron celulares? ¿Tendría ella el espacio para preguntarle y confirmar lo que siempre había sospechado, a lo mejor otra vez entre sus brazos, otra vez en un hotel alojamiento, tirándose una de sus canitas al aire? Sería lindo, se dijo contenta, sería lindo salir y volver a encontrarse en absoluto secreto, como antes. Los suyos habían sido tiempos de novedad y fiebre y pese a la pasión no se habían hecho daño. También habían sido tiempos de acción política, aunque en esa escuela de niños de familias acomodadas casi nadie militaba, tampoco Laura y todavía no Andrés, pero los cuatro seguían con excitación las noticias de los diarios y discutían con Andrés, que sí militaría y que un año y medio después sería secuestrado, el único desaparecido de nuestra promoción dijeron anoche y ella recordó tantas charlas que la llenaban de dudas a ella y a Laura, no a Ariel, que se hartaba y contraproponía la revolución del amor, la profundización del conocimiento del yo y la comunidad de la paz y la libertad, y citaba letras de Spinetta o poemas de la antología de franceses surrealistas que había hecho Héctor Pellegrini, y porque se hartaba hoy estaba vivo.

Con Laura hoy ella continuaba compartiendo dudas. Laura estaba más arrugada, claro, quién no, pero seguía hipnotizando a los hombres con sus escotes profundos y se reconocía en su rostro atractivo (no hermoso) aquel rostro atractivo y no  hermoso de juventud; no se había hecho mamarrachos en el pelo ni lipoaspiraciones abdominales, no se había inyectado sustancias en los labios o en los pechos ni se había estirado la piel con cirujanos. Y sobre todo había hecho de su potente cerebro, de su extrema sensibilidad, los secretos de un triunfo que anoche pudo refregar en la cara a decenas de mediocres que la habían humillado y después no habían ido ni a la esquina. Ella y Laura, triunfadoras no porque vivieran en un country como Marta, siempre estúpida pero ahora seductoramente estúpida, casada con un abogado penalista que había hecho una fortuna en los ’90 defendiendo la línea media de políticos corruptos. Eso se comentaba anoche sobre Marta, a sus espaldas. Se hablaba con asombro y hasta con admiración mientras la ex mosquita muerta iba de acá para allá, luciendo ante los ojos de los egresados de la promoción 1975 la belleza que nunca antes había tenido. Belleza perfectamente hueca, sabía Dalila: corte de pelo de estilista famoso, ropa de la última temporada, cuerpo perfecto moldeado con cirugía y gimnasia hasta el más pequeño musculo. Dalila y varios más habían tenido que hacer un esfuerzo para recordar quién era esa mujer atlética y bronceada hasta que aportando recuerdos entre muchos la habían recuperado: una chica de perfil muy bajo, notas mediocres, amiga callada de otra tan anónima como ella que no había concurrido a la reunión. No había anécdotas que trajeran a Marta desde el pasado y parecía mentira que en el presente luciera tanto paseándose entre los antes indiferentes antiguos compañeros, moviendo su cabello perfectamente teñido y sonriendo con  labios bien maquillados, ni mucho rojo ni poco brillo, ante una corte de machos envejecidos, gordinflones y ansiosos; bien vestida, elegante y sensual sin por eso disfrazarse de adolescente, sus piernas lisas y fuertes de jugar al tenis (habló mucho de eso, jugaba al tenis en el country tres veces por semana y entonces alguien recordó a sus espaldas que nunca había sido mala en gimnasia, que en el equipo de vóley funcionaba bien, y algo de la oscura, anodina Marta del pasado se hizo más real, algún puente fue posible entre la niña deportista sin gracia y la señora del abogado que apareció un par de veces en los diarios durante los años noventa, y Marta pasó a ser otra de las presencias vivas y sepultas que en esa reunión se exhibían, se ofrecían, se esforzaban por recibir hoy el reconocimiento que ayer habían disfrutado o el que les había sido negado de acuerdo con la crueldad extrema de la adolescencia).

Porque así era, pensó Dalila mientras elegía en su vestidor una remerita y una minifalda encantadoras que le quedaba apenas peor que a Marta aunque tenía unos apliques de patchwork que con certeza ella, de imaginación pobre y gusto convencional, jamás concebiría: cada uno de los que estaba en esa reunión esperaba ser reconocido en su continuidad como existencia digna. Algunos se mostraban orgullosos de eso en lo que habían devenido y otros lo enseñaban con timidez y hasta culpa, como diciendo me transformé en esto, qué se le va a hacer pero por suerte ustedes me recuerdan. Y otros paseaban su humanidad por la reunión disfrutando una revancha. Tal vez incluso ella misma, Dalila, participara un poco de ese grupo: en tanto era una de las que soportó la condena de ser minoría, el don de ser diferente, tenía sus humillaciones por cobrarse. Pero la mayor acreedora de la noche, la que resplandecía de felicidad mientras cobraba, uno a uno, cada peso de su deuda, había sido Laura. Anoche, pensó Dalila con satisfacción, toda esa gente patética había tenido que volverse pequeña y modesta cada vez que se acercaba a ella, cada vez que Laura contaba con naturalidad, sin siquiera necesidad de jactarse, cómo había llegado a ser una de las cabezas más valiosas de la antropología en el mundo, uno de los nombres más prestigiosos en una de las mejores universidades de los Estados Unidos.

Se había hecho amiga de Laura a los trece años discutiendo sobre Jo, la hermana rebelde de la familia March. Ambas simultáneamente amaban y abjuraban de aquella novela de infancia y rescataban a Josephine, la que no encajaba, la apasionada por la literatura; pero Dalila fustigaba a una autora sádica y envenenada de judeocristianismo que había forzado a Jo a cortar el largo y abundante cabello -su única belleza- para ayudar a los pobres, en cambio Laura señalaba que al hacerlo, la autora se atrevía a dejar a su personaje femenino sin las armas que hoy ambas entendían como estereotipos del género y entonces las dos acordaron, felices, en caracterizar como:  trampasburguesasmachistasyreaccionariasenlasquecaemoslasmujeres. Reconociéndose hermanas de Jo ellas se habían reconocido hermanas ellas mismas y Dalila aprendió rápido a querer –aunque a veces la sacaran de quicio su ansiedad y su verborragia- a esa chica extraña cuyo uniforme demasiado gastado y cuyos útiles baratos desentonaban en la escuela privada. Tampoco su cuerpo armonizaba: su busto era demasiado prominente; sus curvas, extremas. La existencia femenina que se llamaba Laura evidenciaba un desarrollo insultante por lo avanzado respecto del de las demás púberes del curso; en cuanto la conocieron, las que ejercían el liderazgo hicieron correr el rumor (que Dalila primero creyó y contribuyó a divulgar, probablemente por intentar ser aceptada y también por envidia) de que se ponía algodón para rellenar el corpiño y esa mentira explicaba las redondas protuberancias que su holgado jumper gris y el encorvamiento intencional de su espalda no lograban disimular. Las glándulas sudoríparas de Laura también fueron objeto de ignominia: activadas por una producción hormonal febril, agredían sin pudor las delicadas narices de las flamantes señoritas. Luego, cuando se hicieron amigas, Laura mostró a Dalila, antes que nada, los frascos de desodorantes y perfumes consumidos que guardaba en la repisa de su habitación para al menos defenderse ante sí misma, y los frascos aún por consumir que utilizaba muchas veces al día, y le habló con lágrimas en los ojos de los reproches que sus padres le hacían por lo que gastaba en ellos y en los baños de agua caliente, que malversaban el gas y se repetían incluso tres veces por día. Esto no borró el hecho de que Dalila hubiera sido una de las tantas que había difundido la calumnia de que la chica de algodón en el corpiño no se bañaba nunca, y tampoco que incluso una vez hubiera tomado la iniciativa para ofenderla, mostrando a la que sería su amiga su rechazo al correrse unos pasos y  murmurar ostensiblemente qué olor y provocar risas cuando la niña se acercó al grupo y ensayó su sonrisa más generosa para ver si la integraban. Una generosidad que había constituido (pensaba ahora Dalila, recordando aquella boca rosada de dientes pequeños, al tiempo en que desayunaba liviano en la barra del bar que delimitaba el área de cocina de su luminoso living integrado) la herramienta espontánea con la que Laura había enfrentado la despiadada maldad del resto de las mujeres, incluida la suya propia, en esos primeros meses de primer año de secundaria, cuando la que sería su mejor amiga recién había entrado a la escuela (becada, desde luego) y se enfrentaba con un grupo armado y sólido que arrastraba líderes desde el primer escalón de la primaria. Una generosidad que Dalila nunca había tenido; ante las agresiones y el vacío de sus compañeras, que ya desde años anteriores mantenían con ella una relación desconfiada y conflictiva, se había distanciado con inicial rencor que se fue volviendo indiferencia después de una sorda pelea con las líderes, de cuya inferioridad espiritual la adolescencia súbita la había vuelto consciente. Aunque durante el primer año de secundaria todavía tuvo ramalazos de interés (o tal vez esperanza) en juntarse con ellas, porque parecía la posibilidad de ser mirada y de seducir a alguno de los chicos exitosos del curso, de ser aceptada por la mayoría, pronto se alejó rumiando las ofensas recibidas y pergeñando venganzas bastante efectivas que siempre pasaban por humillar con su verba eficaz a las que detentaban el poder grupal, escupiendo ironías y negros chascarrillos que las atacadas entendían a medias, lo cual las ponía aun más nerviosas y enfurecidas y arrancaba sonrisas en algunas chicas y varones avispados. Pero antes de aquella ruptura definitiva nunca abiertamente declarada, buscando encajar, Dalila había tratado en vano de adaptarse. Para lograrlo le faltaba pelo lacio (su mata rebelde y excesivamente abundante hecha de rulos, gran orgullo todavía en su cincuentena, era lo peor que le podía pasar a una chica de los años setenta, sobre todo si intentaba planchársela con productos químicos que le dejaban el cabello sin ondas pero parado como por la  electricidad). También le faltaban destreza en los deportes y si no dinero, decisión de sus padres en gastarlo en marcas importadas de la más reciente moda. Y por si fuera poco, le sobraban sensibilidad y falta de habilidad para la hipocresía con los demás y consigo misma. No obstante (Dalila no quería embellecerse) en algún momento –aquel primer semestre del primer año, sobre todo- había intentado concienzudamente cultivar esas virtudes sociales y si no le había ido bien, no había sido porque no pudiera disfrutarlas por un rato sino porque no alcanzaron: su vocabulario demasiado rico de niña lectora, las simpatías políticas de sus padres, demasiado izquierdizantes, su incontrolable tendencia a complicar con preguntas y análisis que nadie le pedía las afirmaciones seguras de sus camaradas, el poco compartido entusiasmo que expresaba cuando las profesora de castellano o de literatura inglesa proponían ciertas lecturas, y  probablemente, en menor medida, su apellido judeo alemán combinado con su condición de atea no alcanzaban para que la crema femenina de primer año, primera división, terminara de aceptarla en su seno.

Durante los últimos diez años Laura había ubicado a Dalila por internet. Desde entonces, los largos y esporádicos encuentros de las dos amigas se habían vuelto un agradable compromiso cada vez que Laura pasaba brevemente por Buenos Aires, o cuando Dalila viajaba a Estados Unidos, lo cual había ocurrido dos veces: la primera, precisamente por proposición de su amiga recuperada, que la alojó  en su casa en Boston, junto a su tercer marido (del que pronto iba a separarse) y sus dos hijos; la segunda, cuando Dalila viajó a Nueva York como conferencista invitada en un congreso de psicoanálisis y Laura se arrimó hasta allá para pasar con ella todo el día domingo. En esas charlas que no solamente versaban del pasado (porque los caminos que las dos habían hecho seguían cruzándose de modos nuevos e interesantes), Dalila le había pedido perdón una y otra vez por su crueldad durante aquellos meses, pero Laura no parecía resentida. Esa era una de las virtudes que Dalila más admiraba hoy, cuando observaba a su amiga: siempre había respondido con ingenua y noble transparencia a las arpías que la acosaban. ¿Algodón? ¡Pero no! ¡Si usaba corpiño desde los nueve años y la regla le había venido a los diez! Tenía casi cien de busto, lo juraba, lo confesaba como el tormento que en ese momento era para ella y esperaba en vano compasión de las felices de pechitos ochenta y setenta y cinco, patitas de tero y traseros diminutos. ¿Sucia, ella? ¡Se bañaba varias veces por día pero no sabía por qué traspiraba igual, incluso con esos productos entonces nuevos, antitranspirantes y no desodorantes, que no ofrecían tapar con otro olor el olor culpable de la vida hormonal, sino eliminar radicalmente cualquier segregación, cualquier evidencia obscena de que su piel floreciente se expresaba con fiebre de moral dudosa. Moral dudosa, eso era lo que desbordaba en toda Laura, eso proclamaban sus vírgenes carnes abundantes y su cabello muy negro, su piel blanquísima, su perfecto óvalo de cara que sin embargo albergaba rasgos poco armónicos, sus blancos dientitos lascivos, su nariz un poco grande, un poco curva. Falta de ortodoxia en ese extraño rostro de judía sefaradí que era hija de un obrero textil y un ama de casa depresiva y silenciosa y vivía con ellos en un oscuro departamento del Once, observada por ellos con consternación: qué era esta hija prematura y rebelde que aunque estudiaba bien tenía ideas raras, se negaba a practicar la religión, cantaba canciones de letras absurdas en castellano (y no en el incomprensible pero masivo inglés), melodías rarísimas que un grupo insólito de jóvenes herejes entonaban por esos tiempos, y pregonaba ideas y moral ajenos por completo a los valores de ellos. En quién se había transformado su hija, cuyo notable rendimiento escolar en la primaria y algún azar que el insensible sentido común consideraría buena suerte le habían permitido acceder a una beca en una inalcanzable y exigente escuela privada bilingüe, y se desempeñaba perfectamente en el idioma de casi todas las canciones de la radio, una lengua que padre y madre eran incapaces de pronunciar. Escuela extraña, con varios judíos pero ninguno sefardí y probablemente ninguno incapaz de comprarse una valija de cuero nueva para llevar los útiles, en vez del cartapacio antiguo y gastado que había pertenecido al padre y Laura cargaba con vergüenza, obligada por él.

Eran tiempos en los que la vida transcurría a la velocidad de la luz, recordaba Dalila mientras enjuagaba en la pileta la taza de su desayuno. Después eligió el compacto con el concierto para cello de Bruch y se recostó a escucharlo y recordar en su sillón preferido, calzándose los auriculares cuadrafónicos para no despertar a su hija (la casa era grande y era improbable que le llegara la música del living si no la ponía muy fuerte, pero nada le costaba esa pequeña precaución). Seleccionó el adagio, quizás porque precisaba esa serenidad para conectarse con tanta fiebre, y recordó asombrada una vez más que no habían pasado sino meses de primer año y ellas dos ya eran amigas cuando el estigma de fea sin remedio que las mujeres del curso habían impuesto a Laura mutó bruscamente. No el de la pobreza ni el de la consiguiente suciedad a ella asociada, pero la suciedad ahora mostraba explícita y abiertamente su deslumbrante componente sexual: porque Laura, esa feísima y maloliente gordita de blusitas con puntilla resultó –para estupor de todas- objeto del deseo desenfadado y las fantasías de los varones de primer año primera división y rápidamente su figura bendecida por curvas que ninguna de las otras ostentaba todavía  se extendió a las divisiones aledañas, también a los de segundo y hasta a algunos varones de tercero y cuarto.

De a uno, gradualmente, casi todos la fueron volviendo protagonista de sus hazañas y contaron a cada machito que quisiera escucharlos (y siempre alguno se lo contó a una amiga que se lo contó con indignación a las demás) cómo las viriles manos adolescentes de donde brotaba tanto ensueño erótico habían amasado y presionado los descomunales senos blancos contra la pared de una escalera o habían asaltado las caderas, refregándose en su trasero y mordiéndole el cuello en la penumbra, aprovechando que se había inclinado sobre una cama para tantear, entre las ropas de todos los invitados a la fiesta, el tapado de paño pasado de moda que su madre había adaptado para ella en ese invierno. Variadas escenografías y ocasiones componían monótonamente un relato único en el que la gorda Laura, Laura la tetona, había sido usada breve y audazmente y nunca jamás se había resistido, por el contrario, se había dejado, había respondido fervorosamente, había marchado sumisa al mismo ritmo urgente de los vírgenes cabríos.

Y así cundió su fama. Llegó hasta el rector de la escuela (quien, inquieto por el mantenimiento de la beca, la interpeló con paternal eficacia y quizás por su experiencia en el oficio supo creerle y reafirmarle su confianza) e incluso hasta su propio padre (quien al escuchar una voz anónima de mujer que decía por teléfono su hija es una puta no supo qué hacer, ni qué pensar, y cortó en silencio con tristeza infinita). Laura replegó sus sonrisas y su eterna disposición a ser amable en un silencio dolorido aunque nunca logró devolver las agresiones, y todos siguieron acostándose con ella mientras ella sufría una virginidad que se había vuelto involuntariamente secreta y sobre todo inverosímil.

Hasta que hubo un varón que de verdad se atrevió a descubrir la virginidad de Laura, uno que no avanzó en la fantasía sino en el árido y peligroso mundo real. Todos los relatos lo habrían convencido (aventuraban hoy las dos amigas cuando revisaban  juntas aquellos hechos de casi cuatro décadas atrás) de que la exuberante chica de piel blanca, nariz curva y pelo negro era la señalada, el regalo que la vida le ofrecía para animarse a su primera incursión en la selva despiadada de las relaciones sexuales, porque esa suciedad repugnante y envidiada por las chicas, deliciosa y punible para los varones, a él le parecía más bien generosidad extrema, materna omnicomprensión, incondicional entrega que transformaría la ardua y hostil excursión que lo esperaba en un viaje inolvidable al paraíso. Tal vez fue por eso que Andrés no atacó ni asaltó ni manoteó, no intentó imitar los relatos imaginarios de sus compañeros; no porque no los diera por ciertos sino porque no tenía ningún interés en castigar a la experta puta de la escuela, sino en seducirla. Quería estar a la altura de esa magnificencia que se le antojaba infinita y seguramente se le había vuelto evidente no sólo por los relatos de sus imberbes y estúpidos (pensaba él en su fuero íntimo, sin atreverse a confesarlo) congéneres, sino también por su propia experiencia, por la generosidad que leía en Laura durante las pruebas escritas, por ejemplo, cuando jamás corría la hoja si alguien espiaba la resolución de un ejercicio, probablemente justa dadas las notas que ella solía obtener, notas apenas correctas en las materias que no le gustaban (geografía, botánica, contabilidad), notables en las que le interesaban en serio (matemáticas, historia, lengua inglesa, castellano). Por eso Andrés logró con Laura lo que nadie había ni siquiera intentado y por eso fue el primero y el único varón que se acostó con ella entre el medio centenar de muchachos que aseguraron durante los cinco años del ciclo secundario que lo habían hecho. Sólo que Andrés nunca lo proclamó, tampoco lo ocultó exactamente. Se limitó a hacerse buen amigo de la chica y a llevarla a su habitación o a hoteles alojamiento ya en el verano que separó el primer ciclo lectivo del segundo, y a seguir acostándose con ella a veces con mayor frecuencia, a veces esporádicamente, durante los cuatro años que siguieron, intercalando a su amiga Laura entre otras mujeres, yéndose sexualmente para volver siempre a ella, a su entrañable Gorda Tetona que saludaba en la escuela con complicidad alegre, despeinando afectuosamente su lacio y brillante cabello oscuro, abrazándola como a un amigo cuando no se acostaba con ella porque alguna novia rubia lo había deslumbrado por un rato.

Ah, cómo había amado Laura a Andrés, pensaba Dalila dejándose llevar por la infinita melancolía del adagio de Bruch. ¿Y Andrés había amado a Laura? Posiblemente más de lo que él se había dado cuenta. Pero si a ella Ariel no le debía ni un instante de dolor, apenas alguna ansiedad, algún momento de incertidumbre o inseguridad que pronto se había disipado, Dalila sí recordaba con exactitud el estoico dolor que su amiga había sufrido cuatro años, la ilusión que no logró disiparse hasta que no se fue del país, no partió casi huyendo de tantas cosas (el dolor por Andrés y por el secuestro de Andrés, una de ellas) a estudiar afuera. Sólo cuando se reencontraron las dos casi treinta años más tarde encontró Dalila a Laura libre por fin de su fijación con ese chico contradictorio que la quería tanto pero nunca más que como buena, estrecha, sensual amiga, nunca como para elegirla, que la respetaba tanto pero nunca como para defenderla con énfasis de las calumnias que levantaban contra ella sus camaradas, nunca como para traicionar a sus compañeros de género desautorizándolos de verdad en público. Recordaba el simple y rotundo amor que tenía Laura por ese muchacho ignorante de sí y atormentado que, ella le contaba, a veces se acurrucaba después del sexo adentro del amplio cuerpo de su amante para susurrarle, sin atreverse a mirarla a los ojos, que ella, su Gorda, su linda y tetona Gorda, era lo único verdadero que él tenía, que pese al lugar de liderazgo que gozaba en el curso, pese a su participación brillante como federado de vóley masculino en el equipo de la escuela, al costoso auto paterno que lo dejaba en el colegio todas las mañanas y a las vacaciones en su casa de Punta del Este cada enero, ella era lo único que él realmente tenía, la única mujer real entre tantas carcasas de ropa importada y maquillaje y esmalte de uñas que lo asediaban como fantasmas y él lucía a su lado como parte del pesado oficio de ser hombre, uno de los hombres exitosos de esa escuela. Pero unos días, unas semanas después, Andrés le pasaba un papelito en clase donde le escribía excitado tenemos que hablar, tengo que contarte, y en el recreo, si no lo requerían sus obligaciones de varón popular, o en un café al que la invitaba a la salida de la séptima hora, él le hablaba entusiasmado de una chica que acababa de conocer y parecía otra cosa, era probablemente otra cosa porque tenía mirada de ángel, pureza celeste como el cielo y sonreía con tanta sensibilidad, su alma parecía tan rica que a lo mejor sí era la que podía ser su novia. Y entonces Andrés suspendía el sexo por un tiempo y Laura sufría detrás de una sonrisa triste y atenta con la que escuchaba el periplo de su amor y desilusión infaltable, cómo me entendés, decía él fascinado, sus quince años entregados de pies y manos a esa diosa comprensiva que lo conocía más que sí mismo y probaba una y otra vez su generosidad infinita. Y aunque lo primero era cierto, porque Laura lo conocía y sabía que lo que él buscaba, lo que deseaba con toda su noble alma de varón era una mujer como ella pero rubia, una que no estuviera becada ni tuviera apellido sefardí ni padre entrado en años a punto de jubilarse de la fábrica ni madre silenciosa, obesa y triste, ni cartapacios ajado, una que pudiera mostrar a sus pares y llevar a su casa, lo segundo no lo era tanto, porque no era generosidad la razón por la que ella no le decía todo esto y evitaba así que él se avergonzara de sí mismo, que se supiera un imbécil y sobre todo un cobarde, no era generosidad sino miedo a perderlo. Saber y no dejarlo saber era el modo que Laura encontraba para soportar un tormento que después de todo le parecía lógico y merecido.

Hasta que llevado por la bullente primavera de 1973 Andrés encontró en la política la legitimidad que le faltaba para enfrentar a sus camaradas de secundaria, a sus padres, al mundo entero, y a finales de ese año entró en la UES, la Unión de Estudiantes Secundarios que era la base social adolescente de los refulgentes Montoneros, los soldados de Perón, los que traerían a esta tierra castigada la luz del socialismo; y liberado por fin de un mundo que lo asfixiaba, Andrés dejó de bucear en carcasas de uñas esmaltadas y zapatos italianos para conocer maravillado un universo donde las muchachas seducían a los varones populares como él con hermosos pulóveres de telar andino, frescas caras lavadas, camisas proletarias de gruesa lona beige, vaqueros que no tenían marca o si tenían marca, era una nacional, y zapatillas blancas de puntera de goma en forma de flecha, marca igualmente argentina que se usaban apenas raídas, pero inmaculadas.

Y así Andrés se unió por fin a la mujer verdadera que siempre había buscado, sólo que ella no fue Laura, no porque Laura se le antojara ahora menos verdadera sino porque había cumplido ya su rol de señalar una alternativa, un modo de relación, un tipo de humanidad deseable, y Andrés desafió a camaradas, padres y mundo entero cuando apareció en las fiestas de sus compañeros de escuela rica, bilingüe y prestigiosa, en la fiesta de graduación de los bellos y bellas flamantes bachilleres y hasta en el chalet de Punta del Este, con una morena de labios gruesos y pechos casi tan grandes como los de la chica tan querida con quien mutuamente se habían desvirgado, pero los padres de esta nueva y deslumbrante mujer no provenían de la empobrecida Asia Menor sino de la igualmente humilde provincia del Chaco y era ella, no su padre, la que trabajaba en una fábrica textil mientras cursaba con empeño y eficacia el tercer año de una secundaria nocturna en la que se recibiría de Perito Mercantil, un título con salida laboral que la habilitaría para ingresar al trabajo de oficina en lugar del manual del que provenía y que constituía el ámbito de su militancia. Inteligente, combativa, hermosa en sus rasgos aborígenes, el pelo y los ojos tan renegridos y brillantes como los de Laura, María Concepción Rodríguez le mostró por fin a Andrés su lugar en el mundo. Fue el primer amor que se atrevió a aceptar y el único que tuvo tiempo de tener. Como era esperable, también intentó compartirlo con Laura mas ella supo que esta vez su destino estaba sellado: se le había acabado toda la dicha a la que podía aspirar. Terminaron definitivamente las incursiones sexuales esporádicas o frecuentes pero aunque no volvió a ser tan amiga (porque la conciencia de que había comenzado una etapa en la que ya nunca ocuparía el lugar que había tenido le impedía fingir la disposición de antes), Laura tuvo el talento para retroceder con dignidad y resignación y permitir que el vínculo se apagara sin degradarse; supo guardar la furia y los malos sentimientos para desahogarlos en las charlas con Dalila, porque no se trataba –se decía Dalila ahora- de que Laura hubiera sido una santa durante su adolescencia, de que no hubiera albergado ni una gota de rencor contra Andrés, de que no lo hubiera juzgado, sino de que se valoraba tanto y tan poco al mismo tiempo, que de algún modo lo que había ocurrido se le antojaba completamente lógico, previsible, y si no merecido (porque la sociedad era injusta y el capitalismo, horroroso), al menos esperable; o si no esperable (porque de alguien tan interesante y profundo como Andrés se podría haber aguardado una conducta menos obvia y pusilánime), al menos merecido (porque después de todo en este mundo a ella le había tocado ser fea, judía y pobre, y su culpa era real, tal como la tristeza sin interrupción de su madre demostraba).

El último recuerdo que Laura tenía de su entrañable Andrés era el mismo que Dalila: el largo abrazo de a cuatro en el que se enredaron él, ellas y Ariel, los cuatro distintos, los cuatro revoltosos, los cuatro disidentes de esa promoción 1975 que llegaba al baile de egresados y a la puerta de salida hacia el mundo cuando el mundo anunciaba una tormenta de sangre de la que ya caían las primeras lluvias. Un abrazo que, habían afirmado los tres anoche, hoy estaba indeleblemente grabado en la carne de cada uno, un abrazo que en ese momento había sido de los cuatro con los cuatro pero ahora era de ellos tres con Andrés, abrazo hoy de pura ausencia que repitieron, dejando la ronda de brazos abierta en un punto para que el fantasma la cerrara, para que la falta estuviera ahí, sangrando, y los abrazara. Y Laura lloró entre ellos dos, sonriendo de llanto con sus labios rosados en su piel blanca de intelectual atractiva y triunfadora, la piel que ya hacía varias décadas enfundaba en camperas forradas con pieles ecológicas cuando salía al campus en los inviernos de Boston y desenfundaba para sentarse relajada en los vestíbulos de los hoteles del mundo donde los periodistas culturales de suplementos multilingües le hacían entrevistas.

Qué placer, se dijo Dalila apagando el equipo de música, qué regalo de la vida fue ver anoche cómo esos ex adolescentes que la habían humillado rodeaban a Laura para preguntarle si podía ser, por ventura, que hubiera sido ella esa que vieron en un programa de cable que nunca miraban pero que esta vez los había capturado cuando la reconocieron; saltando con el control remoto de pronto habían acampado ahí, en esa imagen de la dama que emergía del túnel del tiempo para devolverles en asombrado silencio el objeto de sus masturbaciones y sus risotadas, envuelto en forma de persona famosa, persona que mantenía la carne blanca, la boca carnosa, la nariz algo curva y hasta la mirada lasciva y sobre todo los mismos pechos que ahora no encorvaba ni disimulaba sino lucía con tranquilidad igual que anoche, con qué soltura llevaba el escote de su multicolor vestido vaporoso que subrayaba su trasero ahora incluso más grande y mentaba con su estilo un pasado hippie con el que había coqueteado mientras estudiaba en San Francisco durante los primeros años de su veintena. ¿Era Laura, no es cierto? ¿Había sido ella la que decía no sé qué cosa sobre cuál otra pero estaba tan bien dicha, tan admirablemente modulada?, preguntaba el hombrecito pelado que si había viajado, había sido para encerrarse en hoteles previamente reservados con su esposa y para conocer exclusivamente lo que había decidido la excursión turística que había contratado como parte del paquete. Y ella, en cuyos ojos brillaban innumerables horizontes, hombres, experiencias, sufrimientos, delicias, respondía que sí sin jactancia y dejaba llegar la pregunta siguiente para explicar que había estudiado Antropología en una prestigiosa universidad cercana a San Francisco y ahora enseñaba en otra universidad de los Estados Unidos y era especialista en temas sobre los que justo en ese programa la habían reporteado; lo decía con tono conclusivo, como si le bastara dar esa información ya prestigiosa para terminar el asunto, pero a Dalila no, a ella no le bastaba, Dalila quería ver sangre y se metía y le explicaba al mofletudo dueño de tres verdulerías en Barracas que alguna vez había contado en detalle cómo le había metido a Laura las manos adentro del corpiño, que su amiga era PHD y tenía muchos libros publicados y enseñaba en una universidad cercana a Boston que era una de las más famosas del mundo, y nombraba a esa universidad para que el verdulero pronunciara su “ah” impresionado e, imperturbable, seguía informándole que Laura había escrito un ensayo muy extenso sobre las relaciones entre la virginidad femenina y la infamia y que esa había sido su tesis doctoral, y que este ensayo había revolucionado todas las concepciones sobre los imaginarios sociales de lo femenino que venían atravesando la humanidad en las sociedades patriarcales, y Dalila esperaba que se agregara alguien más al grupo para decir, mientras Laura callaba mirándose las uñas limpias y sin pintura como si la situación la incomodara un poco, pero tampoco tanto, como si prefiriera que esa noche no se hablara de eso pero tampoco le disgustara que se siguiera hablando, que esa chica que tenían ahí en la reunión de pura casualidad porque justo faltaban pocos días para las fiestas y había venido a visitar a lo que quedaba de su familia, esa antigua compañera de curso, había sido elegida para asesorar en cuestiones de salud sexual y reproductiva al candidato a presidente de los Estados Unidos que todos conocían, ése cuyas características excepcionales (su origen inmigratorio, su extracción social y cultural, su raza) habían iluminado con vanas ilusiones al ala progresista del planeta entero antes de ser elegido, efectivamente, presidente. A él había asesorado nuestra Laurita, decía Dalila sonriendo y abrazaba a su amiga, que se dejaba acariciar silenciosa. Siempre fuiste muy inteligente, le decía uno con timidez, uno cuyo nombre y apellido jamás habían ganado la letra impresa, qué carrerón hiciste le decía otro que nunca se había referido a ella en el pasado con otras palabras que la gorda puta, nunca  había terminado la universidad y había quebrado su molino durante la crisis del 2001 para remontar después en relación de dependencia como gerente de producción de harinas. Mucho cerebro, nuestra Laurita, recordaba con una sonrisa hipócrita Patricia, la hija de la católica nacionalista antisemita, la que una vez había fingido tener arcadas por la cercanía de las axilas de Laura y hoy tenía seis hijos a los que llevaba con mano férrea a la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced, domingo tras domingo.

Pero lo mejor, sin duda, fue la Botellita, se dijo Dalila mientras organizaba una especie de merienda almuerzo, descongelando en el microondas un budín de verduras y trigo burgol sin grasas saturadas que su empleada le había dejado preparado. ¿O lo mejor fue cuando la vieja con várices que decía haber sido Cecilia llamó a Laura aparte para rogarle agresivamente que le dijera la verdad y le contara por qué se había acostado con su novio Martín en 1973, por qué le había roto con su malvado gesto ese noviazgo tan importante para ella, si ella, Cecilia, nunca le había hecho nada, si Cecilia no tenía hombres y a Laura le sobraban? Yo no te juzgo, decía estúpidamente la vieja y sus ojos recobraban la desesperación de los quince, te juzgué y lloré muchos años por el daño que me hiciste pero no te juzgo más, repetía e insistía lo que quiero es saber por qué, por qué me hiciste eso justo a mí, cuando a mí no me miraba nadie salvo Martín, Martín que se fue por tu culpa, porque se acostó con vos y me dejó, porque le diste lo que yo no quería darle. Y Laura le había contado a Dalila que no había sabido si reír o llorar, si sacarse de encima a esa mujer con una risotada o un insulto, si abrazarla con lástima, y optó por lo que siempre había optado en vano, por decir la verdad, y una vez más vio los ajados ojos incrédulos de Cecilia, abandonada a los quince, casada a los veinticinco y abandonada a los treinta y seis con tres hijos, para siempre. Cecilia, jefa de hogar y contadora pública nacional que se había relatado durante más de tres décadas que la lujuria de Laura era la responsable de todos los fracasos de su vida y no estaba dispuesta a revisar la creencia y el odio que la constituían.

 Cerca de la una de la mañana la reunión empezó a decaer por sectores: mientras algunos se iban yendo (argumentaban que esposas e hijos los estaban esperando, sonreían con melancólica complicidad, decían que habían pasado los tiempos en que se regresaba tarde), los más audaces estaban cada vez más entusiasmados con el reencuentro y no tenían intención de partir. Fue entonces cuando alguien recordó una escena de incipiente erotismo transcurrida en el primer año alrededor de una botella vacía que se ponía a girar para que apuntara al azar a alguien de la rueda. Muchas versiones existían y existen de ese juego, en una de ellas, la que más jugaron, el o la señalada estaba de inmediato obligado a elegir, adelante de todos, a una persona del otro sexo a la que se le autorizaba a besar en la boca (los besos eran primero tímidos y rápidos pero con los meses y el año fueron demorando y adquiriendo profundidad, sobre todo cuando los daban los varones), o a abofetear (opción que las chicas solían elegir en mayoría por hipocresía y miedo, aunque cuidaban en general propinar el golpe con una suavidad que decepcionaba al público). Mientras reían de alguna de las absurdas situaciones que ese juego inmortal, jugado generación tras generación, había provocado en la promoción 75, alguien propuso y si jugamos ahora. Silencio, respiración detenida: la idea no había caído en el vacío. En seguida apareció una botella de gaseosa consumida en la misma reunión, con manos nerviosas distribuyeron las sillas en ronda, Dalila no lo podía creer, esto debe ser lo más excitante que le pasó en la vida a la mayor parte de esta gente le susurró fascinada a Laura, al oído, y vio con asombro que su amiga asentía pero al  mismo tiempo miraba sin ninguna ironía las sillas que se disponían en círculo y la arrastraba a ella a sentarse a su lado con manos temblorosas. La mano húmeda, nerviosa con que Laura la agarró del brazo y la hizo sentar dejó perpleja a Dalila: ¿la mujer que terminando la veintena había mantenido un apasionado trío durante dos años con otra muchacha y un varón en San Francisco, la que acababa de fumarse un porro con ella antes de asistir a la reunión de reencuentro, la que disfrutaba (como ella) todavía hoy una vida sexual con pocas rutinas y encierros, estaba emocionada porque iba a jugar un juego ridículo y tardío con antiguos adolescentes que ya ni existían?

La botellita giraba y giraba, los varones y  las mujeres sobrevivientes de la reunión en madrugada se limitaban a señalarse y se daban abrazos enormes, fraternales, abrazos de un amor y una emoción tan intensos como sostenidos en una ficción: esa intensidad habían tenido las emociones que alguna vez habían compartido, entre las que estaban el amor y la camaradería, es cierto, sin embargo también (en grado incluso más alto, aunque no quisieran recordarlo), la traición, el oprobio, la sevicia, la envidia, la mezquindad; el frenesí con que abrazaban ese ayer idealizado probaba la blandura con que vivían el hoy, cuanto más querían esas personas desgastadas por la vida olvidar tantas complicidades irreflexivas con el mismo mundo que pronto los aplastaría y arrasaría sus mejores sueños adolescentes, tanto más amorosamente se abrazaban ahora con el permiso de la botellita, tanto más dulcemente se besaban (besos respetuosos, a lo sumo un audaz piquito tierno, nada que desbordara el código de amable reencuentro de gente que se había casado con otros y tenía hijos). Hasta que la botellita señaló a Dalila y ella sintió hartazgo y rabia y lo miró a Ariel, que le sonrió como sabiendo, entonces entendió que como siempre él seguía siendo un aliado para dar al mundo un poco de verdad. Así que avanzó al centro de la rueda, lo señaló y lo llamó plegando el índice juguetonamente, Ariel se acercó sonriente, sus lentes gruesos, su bigote nuevo y entrecano, y ella le sacó delicadamente las gafas, lo atrajo y le dio un largo beso de lengua que ese señor grande respondió con entusiasmo mientras sentían ambos el silencio consternado que los rodeaba. Pasaron segundos que parecieron siglos y cuando se separaron, Dalila miró con fingida inocencia al grupo y preguntó qué, ya se olvidaron cómo se juega a la botellita, mientras Ariel y ella regresaban conteniendo la risa a sus lugares alejados y nadie se adelantaba a hacer girar otra vez el objeto vacío, la hélice tan  hueca detenida en el piso, y como nadie se adelantaba fue Laura y la hizo girar.

Dalila se preguntaba ahora si su amiga no habría aprendido también en la universidad, entre tanta vida y tanta calle y tanto libro, a hacer girar botellas para que la señalaran a ella; o quizás había sido simplemente azar, ese azar que se parece a la justicia porque la botellita se detuvo señalando a la gran intelectual promoción 75, nuestra egresada PHD estrella, y la estrella volvió al centro con la misma decisión que su amiga y señaló vos, vení vos, no, vos, Alejo Dolton, sí, vení, y Alejo (que esa noche había vuelto a mirar los pechos de la antropóloga famosa con el mismo hambre de sus trece años, cuando había inventado para su corte de varones que le había roto el himen tirándola en el piso de un baño, que le había tapado la boca para que no gritara por el dolor, Alejo, que dijo que las axilas de Laura hedían, eso era sabido, pero sus chorros de jugo vaginal dejaban un olor que no se podía quitar con nada, Alejo Dolton el primero, el invasor que abrió la picada de mentiras por la que avanzaron todos los demás, caminó al centro de la rueda resoplando por la emoción y los veinte kilos de sobrepeso, intentó una sonrisa estúpida y deseó probablemente que esta loca tomara de la loca anterior, su amiga, el indecente ejemplo y por fin, por una vez en su vida, lo llenara con su lengua caliente y oscura, así que esperó ahí, parado, entrecerrando los ojos, pero la bofetada fue tan fuerte que lo hizo tambalear pese a la contundencia de su grasa, no porque se hubiera vuelto súbitamente débil sino porque el asombro no le permitió responder con  mínima resistencia al potente envión de la mano que le dobló el cuello. Terminado lo cual la eminencia explicó sonriendo que ella tampoco se había olvidado cómo se jugaba a la botellita y la miró a Laura y le preguntó nos vamos, y ambas tomaron sus bolsos y se levantaron y ahí quedaron las dos sillas vacías mientras  hacían su salida teatral y en la calle se rieron y se abrazaron y lloraron un poco también y después se fueron a un bar de la calle Corrientes que todavía quedaba abierto hasta altas horas de la noche, pidieron cerveza y hablaron largo rato, felices porque habían hecho trizas esa botellita exasperante aunque ya no fuera de vidrio, aunque los años impusieran envases plásticos que parecían irrompibles pero no, las temibles amigas seguían subvirtiendo. Brindaron por Andrés y brindaron también por la justicia que llegaba tardía pero llegaba y también acababa de manifestarse justicia de mujeres; coincidieron en que la reunión había sido lindísima y compartieron recientes anécdotas vividas por separado, se rieron de buena parte de los asistentes pero no de algunos y por supuesto, especialmente, no de Ariel, se excitaron juntas por las expectativas eróticas que acababan de renovarse, treinta y tres años después, entre Ariel y Dalila, se preguntaron si la historia seguiría, si correspondía ahora esperar a que él mensajeara o llamara o escribiera si era ella, Dalila, quien con naturalidad podía hacerlo. Hablaron y rieron como niñas, como jóvenes, como las mujeres grandes que eran, dejaron enredar y fluir tiempos y energías, felices de ser, de haber devenido en ellas, y después se dieron otro abrazo y tomaron sendos taxis a sus casas.

En una de esas casas está ahora Dalila, ya ha despertado a Milena, que se está duchando para ir a la casa de su papá. Los sábados a la tarde no atiende, la joven que a veces le pide una sesión de urgencia no ha llamado (buena señal, ha ido logrando otra autoestima y su subjetividad ya no necesita confirmarse en el deseo de los hombres). Tal vez sea hora de prender su Smartphone, ver qué dice su correo, quizás ya tenga incluso un mail de Ariel proponiendo la cena. A instantes de encendido se le anuncia un mensaje de texto y Dalila piensa contenta que es de Ramiro, que su amor ingresa en ese sábado pleno para acordar su cita de esta noche (han planeado ir al cine y después cenar comida hindú en Las Cañitas), pero es Laura y el mensaje tiene ya algunas horas, viste ke mierda ese certamen ke pateticos de mierda y Dalila siente dolor y rabia en su amiga así que se preocupa porque no sabe de qué habla y se apresura a mirar mails. Hay sesenta y siete correos nuevos, cantidad excesiva que (pronto descubre) está motivada por unos cincuenta del grupo yahoo [egresados 75] que se formó semanas antes como herramienta para preparar la reunión. Ninguno tiene la palabra “certamen” en el asunto así que, metódica, empieza a abrirlos por orden cronológico ascendente.  FASCINANTE, IMPRESIONANTE, ESPECTACULAR, ALUCINANTE, MAGICA, ha adjetivado con mayúsculas y negrita la reunión, repitiendo lo que escribieron los otros, uno de sus ex compañeros, hoy comerciante, siempre anodino, el único de los varones que anoche permanecía delgado y joven y el único que no formó pareja y habita incluso todavía la vieja casa de sus padres; de él se rumorea que ha tenido intentos de suicidio así que en la intensidad absurda de sus palabras Dalila lee con preocupación profesional la excitación que anuncia la depresión nueva pero qué se puede hacer, nadie la está consultando profesionalmente y además el resto de la promoción 75 sigue el mismo juego: lo de anoche fue sencillamente inolvidable, los quiero, los quiero mucho, los amo a todos, son los mejores amigos que tuve en mi vida, con ustedes pasé los mejores años de toda mi vida, ídolos totales, grandes personas, gracias por todo lo de anoche, gracias por ser como son, desde aquellos años dorados no me divertía así, qué personas maravillosas forman este grupo, me encantó verlos a todos y fundamentalmente verlos MUY BIEN, esto se lo debemos a nuestro querido colegio, nuestros queridos profesores. En los mails se repite el nombre del prestigioso y carísimo colegio bilingüe donde todos fuimos tan felices, el fuego sagrado de nuestro colegio, cuidemos ese fuego, levantemos ese fuego para siempre. Siempre. Todo. Dalila piensa consternada que en esos textos todo es entero y absoluto: el bien, el amor, el compañerismo, la felicidad,  ninguna otra cosa ha existido nunca jamás entre ellos. Habían estado en la reunión la gorda María Adela a la que llamaban la Chancha y frente a la cual hacían onomatopeyas porcinas cada vez que se acercaba, había estado el petiso debilucho Di Mauro (hoy un homosexual culposo y tímido), depositario sistemático de los golpes de los varones y las burlas de muchas mujeres. Ambos escribían también, como los otros, lugares comunes sobre la alegría del reencuentro. No escribía Adriana pues Adriana no había ido a la reunión; a Adriana el rector la había expulsado de la escuela en segundo año porque le llegaron en forma anónima fotos donde posaba desnuda; todos sabían que las fotos las  había mostrado y regalado a muchos varones Daniel Corzi, de quinto, y que algunos de esos varones las habían mostrado y regalado a algunas chicas, y sabían también que con esas fotos Corzi había ganado una apuesta; todos sabían que las había conseguido haciendo creer a Adriana que estaba enamorado de ella y desvirgándola primero, probablemente el rector también lo supiera pero no expulsó a Daniel Corzi sino a Adriana, a la que Daniel había abandonado en cuanto confirmó en el cuarto oscuro de su hermano fotógrafo la buena calidad de los negativos. Y no obstante tanta miseria humana, a decir verdad, Dalila guarda un recuerdo bastante cariñoso de su secundaria; lo guarda especialmente de su reducido grupo de amigos reales, ciertos selectos profesores e incluso de ese rector conservador y severo que al menos a ella y a Laura, quienes no salieron en ninguna foto, pudo ofrecer alguna contención durante el torbellino de sus adolescencias. La reunión le ha gustado, ha sido dulce reencontrar a alguna gente y lo de la botellita ha estado genial. Dalila imagina el silencio después de que Laura y ella arruinaron el juego y partieron. Se pregunta divertida quién habrá ido a levantar  del suelo tristemente la gaseosa vacía para pararla junto a los demás esqueletos de las mesas, junto a platitos de plástico blanco donde queda algún pedazo de jamón que alguien ha quitado del sándwich para cuidarse el colesterol. Cómo habrán hecho los jugadores frustrados para remontar el clima hasta borrar el incidente, probablemente lograron la certeza de que allí no había pasado nada salvo dos loquitas que después de todo siempre han hecho lío porque son así, rebeldes, encantadoras, toda promoción que se precie tiene su integrante loquito, revolucionario, qué decir una de los años ’70, y ellas acaban de mostrar una vez más esa capacidad de trastornar que se les conoce desde tan jóvenes. Y qué habrá hecho o dicho Ariel ante esto, eso sí Laura no puede imaginarlo, seguramente se habrá ido pronto detrás de ellas, negándose a participar en la tardía farsa de ecuanimidad y espíritu de inclusión que estos e-mails que está leyendo despliegan, una farsa en la que por primera vez caben todos, ahora que incluir a todos no quiere decir nada, ahora que cada uno de ellos protagoniza como adulto la sociedad tal cual es y cuida las puertas cerradas que dejan afuera a los excluidos para confirmar así, en el espejo invertido, su propia inclusión y su ilusoria felicidad; ahora que cada egresado de la promoción 75 preside en su micromundo de clase social algún estrato donde se solaza mirando a los que quedaron debajo y es siempre, lo sepa o no, responsable activo de una cultura que odia a los diferentes, los niega y enmudece (y si hablan los ridiculiza; y si insisten los desprecia; y si siguen insistiendo los castiga; y si vuelven a insistir, los mata); ahora, recién ahora, sus compañeros envejecidos pueden darse el lujo de inventarse una inolvidable edad de oro, un pasado de arcadia donde el león y el cordero supieron pastar juntos y nadie fue lobo de nadie. Qué asco piensa Dalila, que se sabe irremediablemente loba de tantos y cordero de otros y siente agobio, entonces piensa otra vez como buscando oxígeno para respirar, respirar en el aire, qué habrá hecho Ariel cuando ella se fue, eso le preguntará durante la cena que se prometieron, y sigue abriendo de a uno los e-mails y vuelve a leer  que nuestra maravillosa escuela es la responsable de que haya persistido en todos nosotros intacto el sentimiento de compañerismo y amistad que tanto nos emocionó anoche pero no aparece ese certamen del que habla su amiga y entonces lo ve.

El asunto dice resultado y otra vez la noche maravillosa de ayer pero ahora uno de los rechonchos machos viejos escribe que los de su género se han comunicado y han hecho un certamen para elegir entre todo el bello sexo de anoche a la hembra madura que tiene más glamour; glamour, eso sí dice tal cual, y en la palabra se percibe que han hecho esfuerzos buscándola mientras intercambiaban risotadas y cerveza, porque los señores casados y con hijos no escriben a las señoras las groserías que les decían antes, y ya no admiten que lo que eligieron fue la más cogible, la que todavía está para darle, y el mail informa que votaron treinta y un varones y que la afortunada ganadora es Marta, cuál Marta se pregunta un segundo Dalila y recuerda de inmediato a aquella antes ignota Marta que hizo brillar su estampa en la fiesta y se casó con el abogado defensor de políticos corruptos. Dalila mueve la cabeza con desprecio y un poco harta lanza una rápida mirada a todo el mail, que anuncia que más abajo se transcribe la lista de rubros tenidos en cuenta para el certamen, y sigue moviendo la cabeza enojada porque ella creía haber ido a una reunión de reencuentro pero los hombres acaban de decidir unilateralmente que ella fue a una competencia, y se entera de que ha sido forzada a competir con Laura y con cada una de las demás mujeres que se pasearon despreocupadamente, saludándose y mostrando su celulitis y arrugas mientras comían  con sus solapados jueces (arrugados y arruinados como ellas) empanadas y sándwiches de miga, riendo con ellos, emocionándose con ellos, queriéndolos en nombre del pasado, hablándoles con la boca llena, piensa que también pusieron a competir a Cecilia, la anciana prematura y jefa de hogar que calza sandalias demasiado parecidas a chancletas y tiene las gruesas piernas reventadas de várices por tres embarazos y al menos dos abandonos: el primero, de uno de los jueces del certamen que treinta y cuatro años atrás afirmó que la dejaba porque había tenido sexo con la puta de la clase; el último, del padre de sus hijos, quien a lo mejor en otra reunión parecida ha sido o será juez de un certamen, él también. Con profundo desagrado Dalila echa un vistazo a una lista de ítems que informa el puntaje máximo discriminado que cada una de las participantes podía obtener. Observa que en la formulación de los rubros los varones se han esforzado por demostrar su ingenio y su poco peculiar sentido del humor, y han recurrido a la invención de eufemismos que, igual que glamour, intentan con torpeza disimular la brutalidad de sus treinta y un miradas masculinas. Hay metáforas estúpidas y remanidas como tren delantero, otras algo más sutiles (perímetro de retaguardia), generalidades como simpatía y vitalidad. Debajo, un cuadro de doble entrada que tiene de un lado los rubros y del otro los nombres de los votantes; pero para Dalila ya es suficiente así que cierra el e-mail sin leer más y se dice que se borrará del grupo de inmediato. Aunque no es el último correo, a los dos o tres que faltaban cuando comenzó a leer se han agregado algunos en este rato, todos firmados por mujeres, así que decide terminar de verlos pacientemente antes de sacarse de encima a toda esa gente, reubicarla afuera de su vida para seguir con su mundo, sus amores, sus pasiones, para seguir con eso que la pone feliz, lo que aprendió a construirse con dolor y esfuerzo desde que dejó la escuela secundaria. Una vida, piensa Dalila, que si bien no la salvó de ser inevitablemente cómplice, pese a sí misma, de la sociedad en la que vive, si bien no la curó de la frustración y el fracaso por no haber podido destruir la injusticia social como en su adolescencia creyó que podría (no lo creyó sola, tampoco lo creyó solamente junto a Laura, Andrés y Ariel, sino junto a multitudes heterogéneas y jóvenes que también lo creían), al menos le permite un refugio dulce, una familia y una profesión que ama, una pequeña red de amores y una amplia red de intereses que fue tejiendo y en las que logró ser un poco más libre, más sensible, más humana que los que malviven afuera. Y para seguir su querida vida siente la imperiosa necesidad de escapar de esa lista yahoo, de sus e-mails miserables que cantan loas a la Arcadia y también de este canalla del certamen en el que los lobos dejan de fingir y clavan sanguinarios los dientes en los corderos, y de los e-mails que siguen, los que está leyendo ahora, donde las envejecidas chicas otrora seductoras felicitan a la que envejeció pero tiene la fortuna de seguir seduciendo. Hipócritas, heridas, cada mujer que firma congratula; algunas optan por un entusiasmo inverosímil por excesivo ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡MARTA FELICITACIONES QUÉ EMOCIÓN!!!!!!!!!! otras por dejar adivinar hábilmente un resabio de ironía resentida ¡jaja Marta cuánto glamour, te felicitoooooo!, pero en ese caso son lo suficientemente sutiles como para que no necesariamente se note su herida, que nadie las pueda acusar con fundamento evidente. Felicito a la agraciada de corazón escribe lastimeramente Cecilia. Grandes felicitaciones Marta te lo merecés estás preciosa gran beso para nuestra querida ganadora dice Patricia experta en hipocresía y de pronto Dalila recuerda que los treinta y un varones del jurado figuran nombre por nombre en el cuadro de dos entradas que descuartiza en tren delantero, perímetro de retaguardia y otros ítems a la señora Marta, y se hace la pregunta de pronto y se contesta que no, que es imposible, pero igual siente con angustia que debe comprobarlo y regresa al mail con los resultados del certamen y lo busca, porque Dalila tiene cincuenta años y ya sabe que vivir enchastra y corrompe y lo imposible no existe.

No, no existe: ahí está Ariel con nombre y apellido, uno de los treinta y un jurados, entonces sí a Dalila la aplasta el mundo con su entero peso y los ojos se le llenan de lágrimas de rabia y vuelve a ver al Ariel de anoche, sus arrugas, la piel caída en la mandíbula y cada deterioro se llena de un sentido nuevo. Entiende en ese instante que el que fue su amigo tampoco está más y no compartirá con él cenas ni hoteles ni sonrisas cómplices, sabe que el largo beso que se dieron fue una mentira tan estúpida como los abrazos pudorosos que la exasperaron y justo entonces ve que acaba de entrar un mail de Laura para el grupo y se precipita a abrirlo con ilusión, porque ahí llega su amiga, su valiente amiga, ella va a explicar a estos hombres grandes que son la misma bestial porquería que aprendieron a ser mientras crecían y a las mujeres que son los mismos vegetales serviles sin solidaridad ni coraje, pero el e-mail es breve y la frase clarísima, felicito a la ganadora dice Laura, Dalila vuelve a leerla incrédula, vuelve a controlar el remitente porque a lo mejor se ha equivocado pero no hay error alguno y entonces piensa que Laura siempre usó la generosidad para evitar ser agredida y si bien no le funcionó nunca, a lo mejor ahora sí porque ahora la ficción es la arcadia pero después intenta pensar que al menos escribió algo seco y discreto, que la ausencia de mayúsculas y signos de puntuación, la ausencia de efusividades increíbles y frases altisonantes, la ausencia también de sutiles indicios de ironía en el e-mail brevísimo de su amiga la salvan de evidenciar lo que evidencian todas los demás, el sangrado por la herida, la pérdida resignada de la dignidad, y eso, que haya sabido no acentuar ni entusiasmar su frase, ni permitir que la rabia justa que rezumaba el sms que le envió un rato antes se notara, le parece de pronto lo más importante, le parece inteligencia, un modo de preservarse ante toda esa gente que después de todo finalmente ha bajado la cabeza frente a Laura y ha admitido su superioridad y hasta la ha festejado.

Entonces Dalila se dice que si las batallas sociales que emprendió han sido siempre derrotadas, tal vez sea hora de aflojar, así que cliquea responder y teclea ella también discreta, escueta, parca, felicitaciones a Marta mientras, preocupada, siente en la tensión de su bonita minifalda con patchwork el tamaño no enorme pero evidente de la pancita que miles de abdominales y toneladas de verduras y productos diet no logran absorber. Su mail está saliendo cuando Dalila empieza a pensar en preguntarle a Marta, que tiene la panza chata como si tuviera diecisiete, si conoce una clínica confiable donde pueda pagarse una lipoaspiración.

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2 comentarios

Archivado bajo Argentina

2 Respuestas a “Elsa Drucaroff: “El certamen”

  1. “el pasado que vuelve a enfrentarse con mi vida”, algo así dice la letra de un tango, y algo así noto en esta historia donde reina la escritura avasallante de Drucaroff, que no te permite desprenderte y te lleva y a uno le da gusto dejarse llevar envuelto en el lenguaje que se despliega, es así nomás, me parece,

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