Carlos Cortés: “Náuseas”

Restregó sus manos con alcohol en un gesto de exagerada pulcritud y reclinó a Tania en la camilla. Yo permanecí en la sala de espera. Cuando escuché la orden de que se quitara la ropa sentí una brutal opresión en el pecho y estuve a punto de tomarla del brazo e irnos de ahí.

Oí que Tania le contestó: “Tiene las manos frías”. Entonces empezó el ruido. Bajo la camilla imaginé cajones metálicos llenos de instrumental quirúrgico, que resbalaban y entrechocaban entre sí. Ese era el ruido y era terrible. Unos minutos después cesó. Regresaron a la sala y Tania y yo nos ubicamos frente a su escritorio como si fuéramos pacientes.

Nos explicó que le había suministrado unas pastillas que lo harían todo más fácil e indoloro.  “No le va a doler”, insistió. En dos días tendríamos que llamarlo para programar una nueva cita. Después de entregarle el sobre de manila nos despedimos sin confianza, en un clima de frialdad inerte.

Así eran las reglas.

La sensación de abandono y total precariedad en nuestras vidas volvió a hacerse palpable mientras pasaban las horas y Tania no experimentaba ningún cambio. Ahora nos sentíamos desolados, y también estafados.

Un mes antes hice el intento de verla bonita por última vez. Bonita es una palabra excesiva: el intento de seguir sobreviviendo a su lado, la suma y resta mental para calcular dónde estás parado, por qué, para qué, qué es lo que estás haciendo cuando el mundo se revienta a tu paso y vos seguís adelante. Tania nunca hizo ningún esfuerzo para sentirse deseable y atractiva. Con sobrevivir tenía suficiente. Durante mucho tiempo, lo admito, era un sobreentendido en la pareja y ambos lo aceptábamos con la prisa inevitable de la vida que te pasa por encima. Esa noche la contemplé en el resplandor de todo lo que habíamos perdido y descubrí que no quería verla nunca más.

Cuando regresamos a casa, ni sé muy bien cómo, lo hicimos. ¿Cómo pasó? He hecho esfuerzos desesperados para recordar quién era yo entonces, pero por supuesto que no quiero recordarlo. Es mejor cerrar los ojos a todo aquello. ¿Qué remedio? Finalmente estábamos casados y, sea como sea, se supone que las parejas lo hacen aunque no quieran o intentan salir corriendo. Siempre terminan en lo mismo. Cierran los ojos, lo hacen y ya.

Estábamos borrachos. Eso me ayudó. Ella no quería y yo tampoco y ya para entonces teníamos años de no intentarlo o de intentarlo como quien se sube al trampolín y se lanza al vacío, confiando en que el tenue hilo que separa la vida de la muerte no se rompa. La fiesta me había puesto contento o quizá menos triste, tal vez excitado. Por nada del mundo quería darme cuenta de que estaba triste. Algunas de las peores cosas las he hecho para escapar de este sentimiento: fugarme de la certeza de saberme acorralado.

No hay nada más triste que un polvo malo, me dije a mí mismo cuando terminamos. Fue peor que un polvo malo. Un polvo triste.

Mientras nos desvestimos repasamos lentamente las rutinas antiguas del amor. No sé por qué yo tenía una esperanza ciega aquel fin de año. La impresión de que habíamos sobrevivido un año difícil y de que ya nada podría pasarnos. Aún poseíamos ahorros en el banco, a pesar del tratamiento médico, los niños ni siquiera se dieron cuenta de los problemas, y seguíamos vivos. Con el alma envenenada, pero vivos. ¿No eran suficientes razones para estar inmensamente felices?

No creo que se haya quitado la ropa del todo, pero no me hizo falta que lo hiciera para encontrarme a oscuras y no saber con quién estaba. Se tapó la cara para que yo no la viera. Se sentía fea, sucia, no quería hacerlo. Eso me asustó más: saberla más flaca de lo que recordaba, no poder o no querer reconocerla, querer olvidarla para el resto de la vida. ¿Quién es? ¿Qué es esta mujer?, me dije. ¿Quién soy yo? ¿Cómo llegamos hasta aquí?

El ron y la champaña hicieron lo demás. Me corrijo: el ron, las birras y la sidra, y mi patético sentido del deber. ¿Cuánto tendría que tomar para cobrar suficiente valor y decirle que todo estaba terminado? Un poco de tregua, empezar de nuevo, cada uno por su lado, sin hacernos daño. Nunca se lo dije. Se vive siempre esperando que suceda algo sin intervención humana, inmovilizados en esta ilusión estúpida de que la vida te concede siempre una segunda oportunidad, de que todo tiene remedio, de que se puede comenzar las veces que uno quiera.

El 28 volvimos a verlo. La clínica dental estaba abierta y con pacientes yendo y viniendo. Tania pasó al fondo sin dilaciones y esta vez el estropicio de los instrumentos quirúrgicos fue insoportable. Todo me crispaba. Cuando oí los resoplidos de Tania y un “aguantá, aguantá” me sentí lleno de vergüenza.

Afuera de la oficina, una hora después, Tania me miró y abrevió un lamento seco: “Sin dolor… si el hijueputa me lo arrancó todo”.

La Navidad nos había caído encima el 20 de diciembre con su lápida de luces de colores y un regalo inesperado. El resultado del examen nos dejó incapaces de reaccionar y abandonamos el laboratorio sin deseo alguno de afrontar sus consecuencias inevitables. ¿Y si te hacemos otra prueba para estar seguros, completamente seguros?, pensé, con ese optimismo mío, inservible, que detesto y que resurge en los peores momentos para evadir la tentación del caos. Para qué, me dije. Un mes sin regla, vómitos y la desolación marcada en el rostro, que se tornaba verde en el irrefrenable reflujo de la naúsea, lo hacían innecesario.

Esa noche, mientras ella lloraba bajo las cobijas, y yo proseguía con el ritual de acostar a los niños y de tranquilizarlos de no sé qué, hice la única llamada posible, como si aguardara en la cárcel y tuviera derecho a llamar por teléfono una sola vez. Mamá seguía en el hospital y nadie contestó en su casa.

Teníamos pocos amigos, o menos de los que necesitábamos, y muchos menos de los que podrían habernos entendido o haber hecho algo por nosotros. Nuestra mejor amiga se había alejado por alguna de esas insignificantes razones que te separan para siempre. El 23 llamé a Julio y no contestaron en el apartamento. Sabía que estaba a punto de irse de vacaciones, pero también sabía que una amiga suya había pasado por lo mismo. Volví a llamar y nada.

El psicólogo también se iba de viaje, pero en nuestra última cita me sugirió un consultorio de ginecólogos de ubicación imprecisa. Cuando llegué a la zona me topé con decenas de oficinas médicas y pequeñas clínicas privadas. Volví a la oficina, me encerré en uno de los cuartos con un directorio telefónico en la mano y comencé a llamar. Estaba bastante alterado y lloriqueaba en la línea. La mayoría de los médicos ya se había ido de vacaciones o estaban a punto de cerrar el consultorio. Los pocos con los que pude hablar se quedaban en silencio al oírme sollozar. Ninguno me censuró o no lo percibí en ese momento. Quizás no puedo recordarlo. Replicaban que no podían ayudarme y colgaban de golpe.

Antes de entrar al automóvil le supliqué que compráramos algo en el centro comercial para disimular. Tania me vio a los ojos por primera vez en horas: “¿Vos sos estúpido? Lo que quiero es jalar de aquí”. Arranqué en reversa y choqué con el muro. No me detuve y seguí de lejos lo más rápido que pude. Algunos curiosos se asomaron, pero yo ni siquiera miré hacia atrás. El carro trastabilló, rodó hasta la calzada de asfalto y salimos chirriando los neumáticos. De habérmelo propuesto, no lo hubiera hecho peor.

De vuelta cruzamos en silencio el frente de la farmacia. Pensé en detenerme y cambiar el medicamento de la receta falsa. De nuevo mi maldito sentido del deber. Tania se quejó. Aceleré y seguí sin parar.

En la casa se tendió de inmediato en la cama y se ovilló sin siquiera desvestirse. La vi consumirse en el sueño y la retuve un instante a mi lado, como si pudiera acercarme a su sufrimiento. Sus ojos se desdibujaron en un hilo borroso mientras se fue durmiendo. Siguió quejándose y sollozando un rato hasta que su voz se fraccionó en una respiración rítmica.

Percibí su aliento acre, de tibia amargura, y le dije: “¿No te vas a morir, verdad?” No me oyó. Toda la noche siguió con naúseas.

Unos meses antes, la televisión había alertado de un medicamento que se expendía bajo receta médica, sin contraindicaciones explícitas, pero que se utilizaba en Estados Unidos en estos casos. Revisé periódicos viejos y obtuve el nombre del producto y una descripción exacta. Probé en un par de farmacias del centro y nadie aceptó vendérmelo. Tomé una vieja prescripción, de mi propio médico, la fotocopié y pegué el encabezado en una hoja en blanco. Borré las líneas de empate con líquido corrector, preparé fotocopias nuevas y la receta quedó perfecta. O casi. Intenté falsificar la firma del médico, pero desistí. Puse el nombre de las pastillas y la dosis en caracteres ambiguos y un garabato ilegible que pretendía ser la firma, como hacen habitualmente los médicos.

Una farmacia pequeña, en las afueras de la ciudad, me vendió el paquete. Volví a la casa con el medicamento dentro de la camisa, sin decidirme a nada. Lo guardé en la biblioteca, detrás de los libros, y me arrepentí. Supliqué que desapareciera por arte de magia.

El 24 apareció Julio con un papel en la mano, cuando ya no esperaba nada de él. Ni de nadie. Iba para la playa, por supuesto, pero antes de hacerlo se acordó de nosotros. Me dio un número de teléfono y dijo con convicción que era todo lo que podía hacer. Julio siempre daba esa impresión de estar escapando de algo, de todos nosotros o de sí mismo. Siempre buscaba desprenderse de una sombra que lo maniataba.

Es todo lo que puedo hacer, repitió.

Me sentí más solo que nunca. Ese día llamé de la mañana a la tarde, en lapsos de 30 minutos, y nada. A los 8 o 9 de la noche, antes de irnos a la cena de Navidad, volví a intentarlo. Oí una voz del otro lado y no supe qué decir. Ya estaba resignado a aceptar lo que viniera. Era la voz de un hombre. Me expliqué lo mejor que pude, cuidándome de no revelarle la verdad de mis intenciones. Al final de un monólogo tembloroso le imploré que nos ayudara.

La voz se detuvo y me preguntó lo inevitable. ¿Cómo había conseguido el número? Sin darle nombres, le conté más o menos lo de Julio, lo de la amiga de su amiga y otros detalles inútiles que, en una situación normal, sólo hubieran provocado desconfianza. Estaba seguro de que me diría que no sabía de qué le estaba hablando o que de un momento a otro me reventaría el teléfono.

La voz dijo que okey, que estaba de acuerdo, pero que ese día no. Tampoco el siguiente.

Esa noche era Nochebuena y al día siguiente Navidad. No pudimos haber escogido un peor momento.

Podía ser el 26 en la mañana y si no en enero, ordenó la voz. O nunca, suspiré.

El 26 llegamos al lugar antes de la hora. De camino vi la farmacia en la que había falsificado la receta. ¿Estarían llamando a la policía? ¿Localizarían al médico en sus vacaciones en Miami? ¿Podrían identificarme?, resoplé.

Me concentré en el volante y en Tania, que veía hacia ninguna parte. Hice lo posible por pintarme en la cara algo parecido a una sonrisa y supongo que le dije alguna estupidez como que todo saldría bien y lo que uno acostumbra a decir cuando sabe que el mundo está a punto de desplomarse.

Pasé varias veces por el frente del edificio y descubrí la oficina cerrada. Aún era temprano. Comprobé en el bolsillo el sobre de manila con los dólares. Es plata, me dije, pero tampoco como para disuadir a alguien que no quiera jugarse la vida. Volví a pasar por el lugar. Era una construcción fea, de dos pisos, con locales comerciales, y una escalera lateral. No vi a nadie.

Cinco minutos después nos parqueamos en el centro comercial más cercano. El tráfico era intenso y no pude evitar sentirme perseguido. Bostecé varias veces. Tenía el rostro caliente y las manos frías. Seguí bostezando por varios minutos. No era sueño sino la angustia que se me acumulaba en la boca del estómago y en la lengua pastosa.

Ascendimos por la escalera y aguardamos. La oficina de la izquierda carecía de rótulo y la de la derecha era un consultorio dental cerrado. Vi el nombre del dentista y me sobresalté. Era amigo de mi familia. Reprimí un nuevo bostezo y una punzada en una región indefinible del vientre.

No sé si pasó mucho o poco tiempo cuando apareció un hombre sudoroso con un pañuelo colorido en la cabeza y rostro exasperado por el ansia. Pensamos que se había equivocado de puerta. Ofreció vagas justificaciones por el atraso y dijo que venía de la clínica. Era médico del Seguro Social.

Ingresamos en la sucia oficina infestada de revistas viejas y olor a humedad. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. La escasa decoración me pareció triste y funcional. El hombre del pañuelo se sumergió al fondo del local y resurgió con una gabacha en la que reconocí las siglas casi olvidadas de la Caja Costarricense del Seguro Social. C.C.S.S. Tras el uniforme relucía una sucesión de cadenas doradas sobre una camisa abierta en los primeros botones. Sus movimientos eran apurados y nerviosos. Ya no estaba agitado, pero seguía sudando en abundancia.

Tania le dijo temblando: “Tiene las manos muy frías”. La escuché decirle algo más mientras me sobresaltó el ruido infernal. Más que un chirrido fue un estruendo. El eco de un estruendo. Una caja de metal golpeó la camilla y se estrelló contra otro mueble metálico. Pensé en metales retorcidos, en cilindros de metal que vibraban al chocar entre sí, con un sonido tubular.

“No le va a doler”, nos dijo sin prestarnos atención, como si no quisiera mirarnos ni darse cuenta del peso de sus palabras. Yo no vi lo que le hacía. Yo no lo vi ni ella me lo explicó. Todo ocurrió tan rápido que ahora me parece lento, como si no hubiera pasado nunca.

Le entregamos el sobre de manila con la plata y nos fuimos. “No duele. No le va a doler”, me dije antes de arrancar el automóvil y chocar contra el muro del estacionamiento. Enderecé el carro como pude y seguí sin ver hacia atrás. Aceleré. Aceleré más. “Todo va a salir bien”.

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