Ramón Cote Baraibar: “Varado”

Algo le decía a Samuel que no se debía ir desde el jueves a la finca, pero lo hizo sin saber que su nieto estaba a punto de entrar al hospital. Pudieron más los naranjos, los limoneros y la próxima cosecha de mandarinas que las palabras de su hija que le pidieron que se hiciera cargo de su nieto durante el fin de semana. -Ya es hora de que sepas que no soy su padre sino su abuelo, le dijo antes de coger el carro y recorrer los doscientos cincuenta kilómetros que lo separaban de El Vergel, la finca situada en tierra caliente donde ya había pensado pasar el resto de sus días.

Lo que había empezado como un simple entretenimiento, una distracción adicional de la vejez se había convertido en una pasión: ver crecer a sus árboles frutales le parecía el mejor plan del mundo, justo ahora que Samuel gozaba de una feliz jubilación y una justa viudez, o a la inversa, se repetía entre dientes mientras manejaba su camioneta Subaru cuatropuertas, fiel como su difunta esposa y resignado como su conductor a repetir el camino de memoria.

Cambiarse la camisa por una de manga corta, a cuadros, precisamente esa que tanto odiaba su mujer, para ir después a oler en la noche los naranjos, mandarinos y limoneros le producían un enorme placer, pues le devolvían esa libertad que había tenido de niño y que ahora, a sus 72 años, disfrutaba nuevamente. Era un momento lujurioso que acariciaba durante los primeros días de la semana en esa ciudad cada vez más fría y lluviosa, hasta que llegaba el jueves o a lo sumo el viernes y se iba a su finca, situada a mil doscientos metros de altura, donde podía volver a fumar y andar descalzo con su camisa de manga corta, a cuadros, sin que nadie lo molestara ni interrumpiera. La vejez tiene muchos inconvenientes, pensaba, pero a la larga eran más las ventajas: había ganado cierto respeto, la gente lo dejaba pasar primero en las colas de los bancos y sobre todo nadie le jodía la vida.

Su buena salud, o su convicción inalterable en ella, le sirvieron para prolongar una década más los sesenta, retrasando la inminente llegada de la llamada tercera edad. Y para constatar su estado inalterable, de vez en cuando invitaba a pasar una noche a Mariela, una muchacha del pueblo que le ayudaba con la limpieza de la casa y a quien le llevaba remedios, ungüentos y pastillas para las enfermedades de sus hijos. Verla encima de él tambalearse, oír que le pedía que no se fuera a venir por nada del mundo, verla desde abajo tener un orgasmo tras otro moviendo su pelo negro y apretar con vigor juvenil sus senos como las más deliciosas de las naranjas, era otra de las ventajas que Samuel encontraba en su nueva edad en la que, a pesar de no quererlo e impedirlo, estaba entrando, con paso lento, pero decidido. –Si así es la vejez, bienvenida sea, le decía a Mariela.

La llamada lo cogió de improviso. Era viernes al principio de la tarde y tuvo tiempo de recoger en una bolsa la primera cosecha de mandarinas. Llamó a Mariela y le dijo que se tenía que devolver a Bogotá porque su nieto se había enfermado y se encontraba en estado muy grave en el hospital. A los veinte minutos de haber cogido carretera su Subaru empezó a emitir un sonido extraño y a los dos kilómetros de haber salido del pueblo quedó totalmente varado. Llamó desde su celular a una grúa y le dijeron que tendría que esperar cerca de dos horas porque no había una disponible en la zona. El calor sofocante lo fue amilanando de tal manera que cuando llegó el vehículo salvador a eso de las tres de la tarde ya estaba cerca de un estado de deshidratación.

Lo que más le incomodaba, aparte de abandonar su finca, cancelar la cita nocturna y benéfica y balsámica de Mariela, era constatar que dependía de alguien en ese momento. Las tres de la tarde es una hora inexistente en esas tierras y el calor obliga a permanecer en el interior de las casas, durmiendo, pero a esa hora, Samuel estaba esperando la grúa que lo llevaría a Bogotá. Sabía de medicina, algo de botánica pero nada de mecánica. Resignado esperó la llegada de la grúa que al fin apareció, al final de una curva.

La grúa no era exactamente lo que Samuel esperaba: en vez del camión del año de la guerra de los mil días y con una ganzúa sacada de un puerto que colgaba de una barra metálica y próxima al cementerio de carros, apareció una grúa moderna, cómoda y espaciosa, con sirenas y luces en el techo y una cómoda plataforma para subir a la Subaru. Al chofer, -Adán Cifuentes a su servicio-, apenas le bastó una ojeada al motor para saber que no había nada que hacer. –A este modelo le llegó la hora mi don. Justo a los veinte años saca la mano y a este le tocó el turno. El daño es grave así que vaya haciéndose a la idea de que cuando llegue a Bogotá le va tocar ir buscando carrito nuevo. Puede que le dure un poco más. Con mucho gusto allá en el taller se lo arreglamos pero nadie le podrá quitar esa mezcla de olor a calaverina y putrefactaria que tiene-. Después de contarle lo que le esperaba en la ciudad y que el asunto era de urgencia, Adán Cifuentes le dijo que por más que corriera no llegarían a Bogotá antes de las ocho de la noche. -Más bien tómeselo con calma y acompáñeme en la cabina que camino largo conversado es más corto. Samuel le contestó que prefería viajar allá arriba, en su carro, porque estaba acostumbrado a viajar solo. –Pero se va a aburrir, viejo, le dijo sin saber que estaba tocando una de los puntos débiles de Samuel. –Más bien suba el carro rápido y por mí no se preocupe que los viejos ya hemos tenido el tiempo suficiente para aprendernos a cuidar. Con esa respuesta tajante estaba dicho todo, así que el conductor de la grúa bajó la cuerda de metal por debajo del motor buscando el eje, enganchó la Subaru y en pocos minutos y con la ayuda de Samuel la camioneta quedó ajustada con cadenas, como si llevaran a un elefante enfermo, a más de dos metros y medio del piso.

-Le puedo jurar por mi madre que en veinte años que llevo en esto nadie había querido ir remolcado, don Samuel. Al menos regáleme un par de mandarinas para el camino. Samuel metió la mano en el asiento de atrás y le botó, una a una, dos mandarinas y tres naranjas. Piénselo bien don Samuel que yo no paro sino hasta llegar al garaje, y si tiene alguna necesidad fisiológica mejor que la haga ya porque nos fuimos. –Hágale ya que yo no me orino desde que tenía dos años, le dijo Samuel desde su recién inaugurada altura. Solo le pido que no me vaya a poner las luces de sirena porque aparte de marearme, van a pensar los otros carros que esto es una ambulancia. Y a mí lo que me sobra es tiempo para morir, remató con firmeza. –Si usted lo dice… A lo mejor los de tránsito van a creer que llevo a un muerto, le dijo Adán Cifuentes antes de cerrar la puerta de su modernísima grúa y puso a todo volumen una canción de Diomedes Díaz, una de esas canciones que fue un éxito hace quince años: “Por muy alto que vuele y se eleve el águila… Cuando a Samuel le dio por mirar el reloj se dio cuenta de que ya eran pasadas las cuatro y más por rabia que por coincidencia de gustos completó para sus adentros el resto del vallenato: “…siempre regresa a su nido con precisión”.

El súbito arranque de la grúa lo dejó con el corazón en la boca. Traquetearonlos cables de tal manera que pensó que se iba a caer para atrás. Le dolía el cuello y pensó que lo mejor habría sido haberle hecho caso a Adán, el primer hombre en grúas, pensó en decirle a manera de broma para que lo utilizara como slogan vendedor de su negocio. Fue al mirar por la ventana cuando se dio cuenta de que la falla del motor había sido una bendición porque empezó a ver las mismas cosas como nunca antes lo había hecho, sin preocuparse por si venía un carro o había curva a la derecha. Estaba más de dos metros por encima de lo normal y ser consciente de ese desplazamiento lo hizo sentir como si fuera un gigante. Vio el muro de Villa Mercedes, del que solo conocía la blancura y el penacho verde asomando de sus palmeras, y lo que siempre fue esa sucesión segadora de cal se convirtió en una revelación: vio su casa grande al fondo y un par de niños jugando a los piratas con espadas, se despidió al paso de Georgina, la que le vendía el pan y la leche y vio detrás de su mostrador el techo de paja, el trapiche atrofiado, las gallinas bajo una buganvilia y el rancho con la puerta abierta donde don Julio, su padre, dormía placenteramente su siesta. Lo mejor era que podía mirar a lado y lado, de izquierda a derecha, adelante y atrás, repito, sin temer ningún accidente. Pero su alegría fue en ascenso al comprobar que descubría una segunda ciudad, un paisaje encima del mismo paisaje. De ese modo vio el segundo piso del Hotel Mariana del pueblo de al lado. En el primer cuarto estaban tendiendo una cama y la suspensión de la sábana en el aire le pareció a Samuel un milagro de la naturaleza; en la segunda un hombre se quitaba la camisa parecida a la suya mientras miraba de reojo un televisor donde transmitían un partido de fútbol; en la tercera ya no vio todo tan nítidamente como en las anteriores porque la grúa aceleró al cambio del semáforo, pero le pareció reconocer la espalda de una mujer, su largo pelo negro, mientras que unas manos forcejeaban por quitarle el cierre del sostén. ¿Sería Mariela? Ella me había contado que de vez en cuando ayudaba en la limpieza del hotel de Don Germán y también de lo que se había encontrado olvidado en los cajones o debajo de las camas: estampas de la virgen del Carmen o de José Gregorio Hernández, medias rotas, navajas y hasta una pelota de golf que su hijo menor se tragó de un golpe y por poco se muere ahogado si no hubiera sido por la asistencia a tiempo de Samuel, lo que le ganó primero el afecto y después algo parecido al amor que empieza por el cuerpo y que hace latir distinto al corazón, de Mariela.

La normalidad de los primeros pisos se convirtió de repente en la anormalidad de los segundos y lugar privilegiado desde el que se observaban. Se asomaba Samuel a otra realidad que le era desconocida y a partir de ese momento, apasionante. Al recorrer con lentitud las calles del tercer pueblo, observó con mayor atención el inmenso territorio de las terrazas, con sus cajas de cerveza, mecedoras rotas, tanque de agua, tubos y el lento ondear de las ropas que se secaban al ritmo de la brisa y del estrepitoso paso de los autobuses. Ya en carretera, los cables de la luz y del teléfono marcaban, con su curvatura interrumpida de cuando en cuando por los postes, un suave movimiento ondulante, como el moverse de la varita del director de una orquesta, y también le recordaron como cuando niño pintaba en un cuaderno las olas del mar, largas ues que bajaban y que luego subían para después hundirse y después ir en ascenso, como si fueran varias sonrisas reunidas, al igual que la foto que cargaba en la billetera de su familia cuando estuvieron todos juntos en esa Navidad que sería la última.

Era lo mejor que le hubiera podido pasar, pensaba a su vez sonriendo Samuel, feliz de descubrir el nido de los pájaros, el panal de abejas incrustado en un alero, la grasosa estructura de los transformadores, detectando la curvatura de los postes, la mayoría de madera que luego cambiaban a concreto cuando se acercaban a los pueblos de más de diez mil habitantes y que luego volvían a su constitución natural, raquíticos, resquebrajados, plateados, como si recordaran que alguna vez habían sido árboles.

Quien diga que el mundo es monótono, que tiene una sola cuerda que rasgar, es porque es ciego o sordo, se repitió Samuel desde lo alto de su grúa, donde se dio el lujo de bendecir, como si fuera el papa, a los niños desnudos que lo saludaron desde un puesto de frutas. Con razón los camioneros pueden pasar doce horas en sus tractomulas sin parar, los choferes de los buses se pelean por manejar los modelos, no los más modernos pero sí los más altos, y los viajeros tienen esa cara de beatífica felicidad cuando se bajan de esos bólidos galácticos interdepartamentales.

Sentía Samuel que una felicidad hasta ese entonces desconocida lo invadía a cada segundo, que recobraba en cada curva perdidos retazos de su infancia. Sólo así se explica que tomara el timón de la Subaru y repitiera como un niño las curvas del camino, se inclinara exageradamente hacia los lados, pusiera la frente a la altura del timón con cara de corredor de carreras, y pitara de manera desconsiderada. Afortunadamente como el sistema eléctrico estaba dañado no despertaría las sospechas de Adán Cifuentes, quien en ese mismo momento estaba pelando una mandarina.

Eso último fue lo que hizo Samuel, pero con mayor libertad pues se pasó con rapidez al asiento de atrás, en una maniobra que de repente le recordó que no tenía 12 años sino 72. El golpe que se dio en el tobillo con la caja de cambios le hizo dar un alarido que nadie escuchó, que quizás alguien vio desde su terraza, que alguien observó por la ventana al momento de mirar por última vez a la carretera y cerrar las cortinas. El dolor lo volvió a la realidad en el momento en que la luz se fue volviendo avara y no le permitió seguir reinando en su nueva dimensión. Alcanzó a oír las últimas chicharras de tierra caliente, a contar diez nueve ocho siete olas de los cables de la luz, a mirar por el vidrio posterior cómo se iba convirtiendo la carretera negra en un lejano recuerdo, en un color similar al del asfalto, al de la noche.

Este no es un automóvil, es un inmóvil, se dijo Samuel, concluyendo que era tanta la oscuridad que lo más terrorífico de esta es que no hay adelante ni atrás, ni arriba ni abajo. Todo pierde su referencia salvadora. Las latas de las puertas se empezaron a enfriar. El sonido del motor le indicaba que estaban subiendo hacia las altas montañas donde lo esperaba su nieto y su hija, y no su mujer, Cecilia, quien siempre le recriminó que prefiriera estar como un campesino en el Vergel en vez de estar en fiestas con sus colegas médicos. Esa era la única punzada que sentía al irse solo a tierra caliente: dar al regreso explicaciones, convencer a Cecilia que era feliz y que esa momentánea separación los ayudaba a estar más unidos.

Recordar que desde hace cinco años ya no era así le dio un segundo aire, le devolvió su felicidad ganada centímetro a centímetro, pues lo que habían sido caras largas y aburridas narraciones de fiestas, ya habían desaparecido por completo, como un lejano malestar estomacal. Pero al mismo tiempo una punzada de nostalgia le recorrió la espalda porque uno acaba amando también lo que le incomoda, uno se acaba acostumbrando a los lamentos, a las súplicas, a la manera que tenía Cecilia de decirle que todavía tenía mucho que dar y que su reclusión en la finca era, como ella lo calificaba, un acto de egoísmo. -¿Cómo dice la canción? “y hasta me fascinan tus reproches”. Samuel no pudo recordar si lo cantaba Julio Jaramillo o Alci Acosta, se repitió mentalmente mientras prendía un cigarrillo en medio de su inmóvil movilidad que avanzaba dificultosamente hacia la cordillera central.

De la tierra caliente solo le quedaban las mandarinas, los limones, las naranjas. A su alrededor solo los potentes faros de la grúa podían enfrentarse a esa batalla arremolinada dela niebla. Samuel hizo unos cálculos mentales mientras decidía en comerse alguno de los frutos que había conseguido del puesto de atrás. Sabía que si lo hacía, por más que abriera las cuatro ventanillas el olor lo perseguiría hasta Bogotá, y seguiría pegado a sus dedos, así que decidió no hundir su uña en ninguna de ellas. Para el frío nada mejor que un buen trago, se dijo, y recordó que en la guantera, la que está justo delante del puesto del muerto, estaba media botella de ron, la botella que guardaba como si fuera un botiquín de primeros auxilios. Y la hora había llegado. Sin pensarlo dos veces, la abrió con seguridad, de un solo golpe certero de muñeca. Pero por más que se haga el mismo movimiento cientos de veces, cada vez que se hace es distinto. Eso explica que Samuel se cortara, ligeramente, el dedo pulgar, en el lugar donde se une con la palma dela mano. Nada grave, sin consecuencias que lamentar, nada de casos de hemofilia tardía y demás. Después de beber un trago largo untó la herida con un poco de ron. Heridas de guerra, le decía a Cecilia cuando le veía llegar arañado en el cuello por las púas de los limoneros ocultando de ese modo las huellas que le dejaba Mariela cuando lo apretaba con todas sus fuerzas. -Ay, Don Samuel, usted sí no tiene nada de viejo. Usted no es uno de setenta y dos sino dos de treinta y seis, le decía lamiéndole el cuello, mientras se disponía a tragarse de nuevo ese fusil de Samuel capaz de disparar un tiro que valía ocho de Mariela.

Ya no tenía sesenta. De eso hace como doce años, pero su pelo canoso y su cuidado al andar, su manera de orinar como un potro a las 3 de la mañana le decían que su cuerpo seguía cumpliendo con su reloj biológico que él, a pesar de ser médico, se negaba a reconocer. La lentitud de la grúa le recordaba su misma manera de manejar: manejado de viejito. Si el tiempo no lo cura todo el ron hace el resto, hablaba Samuel en su Subaru suspendida en ese otro estado, en esa segunda dimensión en la que se encontraba. -Tantas cosas me he perdido por ser tan responsable, nunca me emborraché más de la cuenta, nunca trasnoché hasta el amanecer, nunca llegué a decir todo lo que pensaba ni de mis colegas ni de política ni de fútbol. En vez de médico he debido ser diplomático, se repetía entre dientes, y ahora que estaba arriba sintió ganas de hacer lo que siempre había querido ser y hacer.

En medio de su estado, mitad eufórico mitad apaciguado, Samuel había encontrado un nivel intermedio entre lo real y lo irreal. Ya no le importaba saber si lo de Mariela era cierto o inventado, que Cecilia estuviera muerta o lo estuviera esperando en la clínica, que él no fuera médico sino apenas un simple enfermero jefe de piso, al que le habían encargado subir a Bogotá la camioneta del jefe del hospital, ni que el nieto no existiera ni que su hija lo odiara por haber abandonado a su mamá.

El mundo y sus posibilidades se le ampliaba y se le disminuía desaforadamente, sin control, como un acordeón. Las coordenadas se le habían perdido en las nieblas de las altas montañas, bajo los helechos gigantescos que le señalaban que ya estaban a punto de llegar a la cima y que pronto empezarían a bajar hacia la sabana.

El saber que no era nadie lo iluminó repentinamente, que no formaba parte de ninguna cadena hereditaria, que únicamente pertenecía a esa región de segundos pisos, a esas terrazas que nadie conoce, en el balanceo constante e intermitente de las cuerdas, de pertenecer a esa orden desconocida que anda por las azoteas abandonadas donde hay una sucesión de cosas nunca vistas, de ladrillos y perros, ropas, canastas de gaseosa, panales en los aleros, nidos de murciélagos, y hasta de gatos electrocutados en los postes vecinos de la luz. Ahí, dándole el último sorbo a la media botella de ron transcurrieron los últimos cuarenta y cinco minutos, al principio en bajada y después en plano, en el asiento del muerto de su Subaru suspendida de noche sobre la grúa silenciosa, completamente extraviado y sin necesidad de contarle a nadie cómo había tenido un encuentro feliz con su pasado, recordándolo todo en esa nueva dimensión placentera en la que se encontraba, ese medio punto entre el cielo y el suelo, el encuentro más revelador de toda su vida, que le había sucedido a dos metros de altura más arriba de donde mueren los mortales.

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1 comentario

Archivado bajo Colombia

Una respuesta a “Ramón Cote Baraibar: “Varado”

  1. silvia

    Me gustó mucho. No pude parar de leerlo hasta llegar al final. Cuanta simpleza y cuántas certezas!
    gracias

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