Juan Patricio Lombera: “Tiempo prestado”

Sabía que si volvía a beber moriría. Había conseguido con la ayuda de su ex esposa, aguantar todo un año sin probar siquiera una sola gota de alcohol. Antes, con tan sólo una cerveza se abría la garganta sin fondo que podía prolongar durante días la borrachera. Neto se encontraba en un dilema. Él, que en el último año buscaba en sus recorridos más cotidianos hacia el trabajo evitar las calles con tabernas porque, pese a ir en el coche, no podía sustraerse a sus encantos a la hora que fuera, tenía que tomar una decisión. Esa tarde se presentaba tenebrosa ya que sus propios compañeros de oficina, sabedores de su problema con el alcohol, habían decidido organizarle una celebración por lo bien que se estaba portando. Sabía él que en esa fiesta correría el alcohol y por lo mismo, por el miedo que esto le producía, había pensado en no asistir. Pero él no quería incomodar a sus compañeros haciéndoles el feo de no ir. Tampoco quería llevar a Cristina como apoyo, ya que le daba vergüenza presentarla en público por su gran ignorancia, así como por su excesiva frivolidad. De hecho, esa opción era impracticable porque no faltarían las lenguas malediciosas que dijeran que era ella quien lo mantenía a raya porque Neto era un mandilón, y eso sí que no podía soportarlo. Por otra parte, siempre le había costado decir no y de esa forma se había metido en numerosos problemas desde pequeño.

Todo había comenzado en Viena, años atrás. En aquella época, Neto era un joven diplomático que, pese a su corta edad, ya ejercía de Cónsul. Su esposa, Cristina, no lo había querido acompañar en el primer año de su estadía en Centroeuropa porque esperaba a su primer hijo y argumentaba que el desconocimiento del idioma podría ser una barrera en caso de necesitar cualquier ayuda. Era un pretexto y Neto lo sabía, porque él dominaba el inglés, el alemán y el francés perfectamente. Sin embargo, conocía también a Cristina y sabía que ella, por más que repelara de su propio país y ensalzara las virtudes de los del primer mundo cuando iban de vacaciones, no abandonaría jamás su tierra a la que paradójicamente consideraba el mejor sitio para vivir, sobre todo si se tenía dinero, como esperaba que Neto consiguiera en pocos años. Ella creía firmemente que él, tras engalanar su currículum con algunos puestos en diversos países, volvería para meterse de lleno en la grilla y conseguiría, por lo menos, un escaño de diputado con lo que podrían empezar a llevar el nivel de vida que les correspondía como gente “decente” que eran y empezar a chupar del erario público, como lo hacían todos. Eso sin contar, que, desde esa plataforma, podría conocer a importantes personas con las que luego hacer negocios o, ya de perdida, sacar jugosas comisiones en concepto de corruptelas. Sin embargo, Cristina no sabía que Neto despreciaba desde el fondo de su alma todo ese mundo y que de ninguna manera deseaba estar en un cargo en el que fuera el centro de atención; quería desempeñar un discreto puesto secundario. Él amaba su trabajo y su mayor aspiración, en sus sueños, era ocupar el puesto de embajador ante la ONU. Era un sueño difícil pero realizable, a pesar de que tenía tan pobre imagen de sí mismo que se consideraba incapaz de ello. Todo lo bueno que le había ocurrido en sus treinta y tantos años de vida, incluso su matrimonio, era siempre, desde su perspectiva, un exceso generoso de la vida para con él. Nunca se merecía las cosas buenas a diferencia de las malas, que siempre eran producto de sus errores y meteduras de pata. Le gustaba atormentarse mentalmente de vez en cuando.

Siendo aún joven, Neto se encontró en la ciudad de los valses solo y con dinero. Si bien la vida ahí no era precisamente barata, él no carecía de nada después de pasarle una parte de su sueldo a Cristina, porque todos sus avituallamientos los conseguía del otro lado del Danubio, en la República comunista, donde todo estaba a precios regalados. De esta forma podía vivir a cuerpo de rey. Pese a ello, pronto empezó a sentir el síndrome del Jamaicón y, al igual que aquel mítico jugador que un día, en pleno partido mundialista de la selección, se puso a llorar, Neto, sin llegar a las lágrimas, echó de menos a su país y a los suyos así como la comida natal. No se acostumbraba a los manjares locales.

Debí haberme traído una maleta llena de salsas como me dijo mi compadre, pensaba al cabo de unos meses. Cuando Agustín se lo propuso, él afirmó con desdén que hacer tal cosa sólo era concebible en los nacos.

Por si fuera poco, su trabajo en el consulado se limitaba, las más de las veces, a firmar documentos ya redactados por sus secretarios y a hacer guardias inútiles en espera de llamadas de los de arriba.

Si por lo menos estuviera en un país tropical podría hacer como aquel embajador que tenía su casa en frente de la embajada: Se la pasaba la mayor parte del tiempo en su piscina y si había una llamada importante su secretaria le avisaba con una bandera desde la ventana. Entonces él, vestido únicamente con un bañador y una toalla, se dirigía a la oficina y contestaba en cuestión de un minuto y siempre podía pretextar que estaba en el baño o en una reunión.

También fue por aquellos años que Neto tomó la costumbre de consumir todo el cigarro sin echar una sola mota de ceniza al suelo. Al principio lo usaba como distracción y forma de consumir más lentamente el cigarro. En los primeros días le costaba, pero una vez que adquirió la pericia nunca más volvió a dejar que la ceniza se cayese antes de tiempo, ni siquiera en sus peores borracheras, cuando más le temblaba el pulso.

Los días se hacían largos y más en los meses invernales, en los que escaseaban las horas de luz. Para combatir la soledad y el aburrimiento, Neto empezó a beber los fines de semana e incluso algunas veces se llevaba al  departamento a alguna prostituta. No sentía ningún remordimiento. Tan sólo estaba satisfaciendo sus necesidades vitales.

Ese año, en el que por primera vez un país latinoamericano iba a organizar una Olimpiada, Neto consiguió, a través de un alto funcionario, amigo suyo, entradas para el Estadio Olímpico, por lo que solicitó todas sus vacaciones de golpe. Además, el nacimiento de su hijo estaba previsto para mediados de noviembre, así que podría combinar perfectamente ambas cosas. Llegó a finales de septiembre, tras un vuelo con escalas en Londres y Nueva York.  No acababa de acostumbrarse al cambio de horario, cuando se dirigió a la Secretaría de Relaciones Exteriores para pagar sus boletos y, de paso, renovar su pasaporte diplomático. Ese mismo día tomó la decisión de nunca más volver a representar a su país en el extranjero y abandonar todo cargo público.

Ya habían circulado unas cuantas chelas y jaibolitos, pero Neto se resistía a ingerir una sola gota. El ambiente se iba cargando de la estupidez característica de los borrachos que, vista desde los ojos de un abstemio, carece de sentido. O se está colocado y se disfruta o uno se hastía. Eso sí, él sabía que a partir de esa hora todos los comentarios dichos entre ellos se revestirían de un halo de profundidad solo perceptible para los iniciados etílicos. Era medianoche. Tenía dos opciones: O emprender la retirada cual ceniciento de segunda o quedarse y coquetear un poco con sus antiguos demonios.

-Dame una cerveza pues, y deja de molestar–dijo finalmente.

En ese momento todo el mundo se calló y Neto sintió cómo todas las miradas se clavaban en él. Nadie salió en su ayuda. Por el contrario, todos ansiaban ver caer las primeras gotas de la cascada amarilla y espumosa en su boca. Ni siquiera disimularon. Tras el primer trago todos lo aplaudieron como si hubiese realizado una hazaña. Ese fue el principio del fin. A la primera cerveza siguió otra y después, ya entrados en confianza, se unieron unas cuantas cubas para terminar, cuando ya casi no quedaba nada que beber, con una botella entera de tequila. Por lo menos en esa ocasión, a diferencia de otras veces, no había acabado preparándose sus cocktails de after shave como tantas otras veces en que había calculado mal la cantidad de alcohol que tomaría. Finalmente, consciente de que ya había bebido todo lo tragable en ese antro y harto de hablarle a las paredes, salió a la calle y se subió en su coche. Eran las tres de la mañana.

Sin trabajo y desesperado, Neto entró en un círculo vicioso en el que no podía dejar de recordar lo que había visto desde el edificio de Relaciones Exteriores, lo que lo llevaba a beber para olvidar. Al día siguiente, cuando se despertaba, se sentía doblemente mortificado por haberse emborrachado la noche anterior y por los recuerdos que tan pronto despertaba lo volvían a asaltar.

Cristina pensó que con el nacimiento del niño, él volvería a sentar cabeza, pero al cabo de un año se convenció de que no tenía remedio y, en uno de sus escasos momentos de lucidez, le pidió el divorcio. Neto ni siquiera intentó disuadirla. Le parecía poco digno recurrir a las típicas mentiras de “voy a cambiar, te lo prometo”, “no puedo vivir sin ti” porque, en el fondo, consideraba que ese divorcio no sólo era su castigo por sus excesos etílico-festivos, sino también parte de su penitencia, por el simple hecho de haber callado sobre lo que él bien sabía.

Ella nunca lo abandonó totalmente. Desde el mismo momento en el que firmaron la separación, se inició entre ambos una relación cordial en la que cada uno conocía sus derechos y deberes y nunca pretendían rebasar sus posiciones. De esta forma, Neto podía, siempre que fuese sobrio, visitar a su hija cuando quisiese e incluso, algunos fines de semana, podía quedarse a dormir con acostón incluido. A cambio, él no solo debía mantenerse presentable sino que, una vez que consiguió un trabajo estable en un bufete de abogados, debía pasarle una cantidad de dinero que podría variar en función de los ingresos y necesidades de cada uno. En realidad, esta cantidad no le hacía falta a Cristina que, una vez que se hubo divorciado, no dejó de recibir la ayuda de sus padres, quienes nunca habían aprobado su matrimonio. Pero Neto no sólo sabía que debía cumplir con su obligación, sino que, intuitivamente, asociaba el luchar por su hija con su redención. Y así fue como, poco a poco, empezó a abandonar los garitos de perdición donde había pasado días enteros para poder estar con su prole. Así consiguió volver al punto de arranque y sólo beber los fines de semana. Sin embargo, las sesiones de alcohol, drogas y putas ya no le divertían. Cada vez aguantaba menos con la copa en la mano y también menos en la cama. Al final concluyó que con quien mejor se lo pasaba era con su propia familia, por lo que casi todos los fines de semana se la vivía ahí, en la que fuera su antigua morada. Había conseguido una cierta estabilidad. De hecho la suerte le sonreía, ya que en poco tiempo había conseguido un buen aumento merced a sus buenos oficios y, pese a lo que había imaginado en sus años de carrera, descubrió que el litigio también le gustaba. Todo parecía volver a su cauce hasta que su pasante se enteró de que él era alcohólico. Fue tras ganar un juicio. El empresario estaba tan contento que pidió a los abogados que le acompañasen a comer y, de paso, les daría el cheque correspondiente al último pago debido. Como tenían el encargo de cuidar “muy mucho” a ese cliente, pues no sólo había dejado ya una importante cantidad con este juicio, sino que se esperaba que lo hiciesen fijo, amén de que conocía a gente muy importante que podría sumarse en el futuro a la cartera de clientes del bufete, aceptaron gustosos la invitación.

Nomás llegar al restaurante donde lo conocían de toda la vida, el empresario pidió tres tequilitas dobles con sus respectivas sangritas. En ese momento, Neto negó por primera vez la bebida y para dar la impresión de que se encontraba enfermo dijo que tenía que ir rápidamente al baño. El empresario no insistió hasta que llegó el pozole.

-Ahora sí. No me dirá licenciado que no va a acompañar este exquisito pozole sureño con su respectivo tequila que sirve para quitarle la sensación grasienta.

-Verá don Agustín, no puedo beber alcohol –dijo Neto.

-Pues usted se lo pierde. Mire que este tequila entra tan bien al gaznate como un buen coñac de los franceses. Es suave al principio y luego aprieta en la garganta.

-No insista licenciado –terció el pasante que los acompañaba-. Está claro que la señora de mi compañero no le da permiso para beber. Ella dice que él está todavía muy chico para eso.

El empresario rió gustoso la ocurrencia del pasante, mientras que a Neto el comentario le sentó como una patada en los huevos.

-No es eso -respondió airado Neto-. Lo que pasa es yo ya no quiero beber. Digamos que llené el tanque demasiado rápido y ahora estoy haciéndolo carburar.

No tardó en arrepentirse de ese comentario. Al día siguiente todos sabían que él era alcohólico. A partir de ese momento, y sabiéndose que había conseguido la chamba por la amistad que tenía con uno de los socios del despacho, todo se torció nuevamente para Neto. Simulaba no darse cuenta de lo que se decía a sus espaldas, pero cuando llegaba unos minutos tarde no faltaba el graciosito que se ponía detrás simulando estar bebiendo. Otro de los síntomas que reflejaban su creciente impopularidad eran los repentinos silencios incómodos que se generaban a su paso. Ya los había vivido en otra ocasión, cuando mantuvo una relación con una maestra casada de la Universidad. El caso es que lo que habían iniciado como una mera fantasía sexual mutua, casi torna en tragedia cuando ella quiso divorciarse de su marido, que ya no le llenaba ni como persona ni tampoco en la cama. El cornudo primero apaleó a su esposa y posteriormente fue en busca de Neto. Afortunadamente su compadre Raúl, que vivía en la misma vecindad que la maestra, le fue con el pitazo para que desapareciera durante una buena temporada. Así fue cómo el susodicho se refugió, tras pasar el amargo trago de confesarle su historia a sus padres y recibir el correspondiente regaño, durante un año en la casa de fin de semana de Tequesquitengo. Ahí se ligó a una muchacha del pueblo, pero nunca llegó a nada con ella dadas las fuertes convicciones religiosas de la chica. También es cierto que ella no era pendeja y se había dado cuenta desde el principio que él sólo quería un acostón, pero probó a andar con él a ver si con la calentura acababa ofreciéndole matrimonio.

Al volver a la facultad, vio cómo sus antiguos compañeros, los que antes no sólo lo felicitaban por conquistar a una mujer mayor, sino que le exhortaban a que contara los más íntimos detalles, se apartaban y susurraban a sus espaladas cuando él ya había pasado, reprobando su presencia. En aquellos días solo Raúl lo apoyaba. Cuando le comentaba sus deseos de largarse del país o aspectos de su vida personal, Raúl siempre respondía con la misma frase de aprobación: “Chido güey, chido”.

Fue durante la Convención Anual de la OIT, cuando sus “compañeros” decidieron tenderle la trampa. Su jefe y amigo se fue, como todos los años, a Ginebra en el mes de junio como representante de la patronal. La convención duraba 2 semanas, pero éste aprovechaba la ocasión para tomarse las vacaciones nomás terminar la convención y recorrer las europas. Sin embargo, unas semanas antes decidieron trabajarlo un poquito para que no se oliera la jugada. Volvieron a ser amables y comunicativos con él e incluso lo alabaron públicamente por su fuerza de voluntad y su capacidad para abandonar la bebida.

Lo habían conseguido. Ahí estaba, como en sus mejores tiempos haciendo el ridículo con aquellas teorías histórico-literarias que no interesaban a nadie y que sólo él consideraba “profundas”. Sin embargo, después de un momento de satisfacción ante la meta alcanzada, los participantes cómplices empezaron a aburrirse de su propia obra y emprendieron el camino de la retirada. Claro está que había uno que no podía huir y éste era el anfitrión; aquel compañero de Neto que se había chivado de su alcoholismo. En castigo por su delación y por su complicidad en la emboscada tuvo que aguantarlo un par de horas más hasta que, harto de oír los viejos recuerdos del diplomático, fingió dormirse de lo borracho que estaba para que éste, al cabo de un tiempo, siguiese su ejemplo y se callase.

Con lo que no contaba era con que Neto, al quedarse sólo y sin más bebida que una chela, iba a emprender a su vez la retirada conduciendo su propio coche. No es que le importara la vida de Neto, pero temía que si su jefe se enteraba de la fiestecita, tomase represalias. Sobre todo si Neto terminaba herido o moría. Al cabo de un tiempo, pensó que lo peor que le podía pasar era que lo echaran, pero siendo como era un abogado joven, pronto podría hacerse con una nueva chamba y recuperar el ritmo de vida que dejaría, en el hipotético caso de que el jefe se enterase y decidiese despedirlo, claro. Además, él no era el único culpable y podría cargarle el muerto a unos cuantos más y aligerar el peso de las responsabilidades y castigos.

En un principio, todavía era un poco consciente de su grado de embriaguez por lo que no quiso pisarle fuerte, pero tampoco quería despertar las sospechas de los policías por ir muy lento. Consiguió llegar a una gasolinera donde cargó el tanque y se tomó un café para mantenerse despierto. Tras entrar en un vomitivo baño en el que, a pesar de los olores a heces no lavadas, logró mear, decidió que quería ir a Tequesquitengo a echarse un baño desnudo, ante la mirada de la luna llena, como hacía cuando era joven.

Al salir del D. F., empezó a sentir una modorra que atribuyó al hecho de que no había comido. Al poco tiempo empezó a cabecear y fue entonces cuando llegó a Tres Marías, donde se detuvo para entrar en una fondita para camioneros que abría las 24 horas del día y que se caracterizaba por tener unas deliciosas quesadillas de flor de calabaza y huitlacoche. Entró, pidió la comida y, para seguir con la fiesta, decidió beberse un cuartito de ron. Solía decir que ésta era su bebida preferida, ya que con ella siempre sabía la hora en que tenía que dejar de tomar para irse a acostar. Sin embargo, en esta ocasión no recibió ningún tipo de alerta. Pagó, dejó una generosa propina y se subió al coche de nuevo.

Al día siguiente se levantó en Cuernavaca sin tener la menor idea de cómo había llegado hasta ahí sano y salvo. Sus años de alcoholismo acabaron esa mañana. Durante su camino de vuelta también pensó que lo mejor sería dejar su empleo, no sin antes advertirle a su amigo de la gente con la que trabajaba y establecerse por su propia cuenta. Reiniciar de cero, en todos los aspectos, salvo con su ex esposa.

Iba a la altura de La Pera cuando vio del otro lado de la autopista un árbol caído y restos de una frenada en seco. Continuó un par de kilómetros, pero un extraño sentimiento de curiosidad le hicieron dar media vuelta y acercarse al lugar del accidente que, por lo demás, estaba completamente vacío y el resto de los automovilistas ni siquiera disminuían la velocidad al pasar por ahí. Aparcó el coche en la cuneta y se acerco a pie a un charco de sangre el cual palpó con su mano. Entonces recordó.

Estaba completamente borracho cuando se subió al coche. Abrió la ventana para que el aire le despejara la cabeza y echó afuera el cuartito de ron. Tuvo que hacer hasta 6 intentos para meter la llave y arrancar el motor. Un camionero se acercó con la intención de hacerle cambiar de opinión, pero cuando ya estaba a un par de pasos de Neto, este emprendió su camino. Iba haciendo eses y ya había chocado un par de veces contra la muralla divisoria, cuando llegó a la Pera. En uno de los pocos restos de lucidez que le quedaban, quiso alejarse de la muralla y disminuir la velocidad, pero estaba tan borracho que se equivocó de pedal y aceleró la marcha para cortar en recto la curva y tras el choque con la muralla, dirigirse de rebote fuera de camino hasta llegar a un pino donde finalmente se estampó. Ni siquiera había tenido el reflejo de levantar la pata del acelerador. Pese a la brutalidad del golpe, no tuvo problemas en salir del coche. Al cabo de unos cuantos pasos oyó a sus espaldas:

-Tranquilo, vivirás.

-Menudo golpe –dijo Neto con una voz que curiosamente dejaba de ser pastosa y recobraba su tono natural-.

De hecho, Neto sintió cómo volvía su mente a la lucidez.

-Tienes mucha suerte, cualquier otro de no haber sido tú ya estaría muerto.

-Perdone joven, pero, ¿nos conocemos de algo? –replicó Neto molesto por el tuteo del joven-.

-Sí, por supuesto que nos conocemos aunque tú no quieras reconocerlo y por eso te escondes en el alcohol.

En ese momento, el joven prendió un encendedor y Neto pudo vislumbrar su cara. Sabía que la había visto antes, pero ¿dónde? Acto seguido, el joven se descubrió el cuerpo mostrando una herida sangrante en el pecho. Fue entonces que todo le vino a la memoria. Aquella tarde de octubre estaba en el Ministerio de Relaciones Exteriores, en la quinta planta, esperando que tuvieran a bien atenderlo en el despacho de jefe regional para Europa. Llevaba más de media hora y se estaba aburriendo cuando decidió salir al pasillo y acercarse a una de las inmensas ventanas, desde donde podía divisar la enésima manifestación estudiantil en lo que iba de año, siguiendo el ejemplo de sus homólogos franceses y norteamericanos.

De pronto un tanque militar irrumpió en la escena. El orador llamó al orden a los manifestantes para que no respondieran a la provocación gubernamental. No había pasado nada de tiempo cuando Neto divisó unas bengalas en el aire y a una personas entre la masa que iban corriendo y agitando un trapo blanco entre las manos. Oyó un disparo a pocos pasos de él. Volteó y vio en el pasillo a un francotirador apuntando a la masa. Cuando volvió a ver la plaza el militar del tanque yacía y el pánico se había apoderado de la masa. Estaban acorralados; no tenían escapatoria. Fue entonces cuando lo divisó. Un joven intentaba refugiarse en la iglesia de la plaza, pero el cura nunca abrió las puertas porque, como él diría más tarde, “esos comunistas de mierda se lo merecían”. El joven aporreaba desesperado la puerta cuando uno de los del trapo blanco lo cogió del hombro y acto seguido le metió un cuchillo en el estómago. Cuando se encontraba en el suelo, le trabajó las costillas y la cara a patadas para finalmente pegarle un tiro en el pecho. Neto miraba entre el horror y la hipnosis la matanza, sin poder moverse de ahí

-Sí, ese era yo. Tú viste cómo me mataban como a un perro y no hiciste nada. Eso sí, te pusiste muy digno y renunciaste, pero luego sólo te refugiaste en el alcohol en búsqueda del olvido. Eres un mierda y lo único que estás haciendo es encubrir a esos hijos de puta.

-Eso ya pasó. Además, he pagado con creces mi curiosidad. Ya no tengo trabajo, ni familia y casi nunca puedo dormir pensando en ti, en el momento en que te asesinaron así como en los otros jóvenes. Y eso que sólo estuve viendo la matanza un rato. Dos agentes me redujeron y llevaron a un cuarto oscuro para darme unos cuantos golpes en la cara “por andar de chismoso”, dijeron. Podría haber acabado como ustedes si no llega a ser por mi jefe, que les dijo que era un malentendido y que no se preocuparan por mí, que me iba a estar calladito pues sabía lo que me convenía.

-Tú sigues vivo y puedes contar lo que sabes.

-Y eso, ¿de qué te va a servir? –le tuteó molesto por las acusaciones. No vas a resucitar y sólo vas a conseguir que me maten por hablador, o peor aún, que me torturen antes de ejecutarme.

-Por lo menos nos traería la paz a nosotros y a nuestros familiares.

-Y a mi hija, cuando me hayan matado, ¿quién le va a llevar esa paz?

-Nadie, pero seguramente le gustará más verte como a un héroe que murió por desenmascarar a una dictadura sanguinaria, que como a un borracho débil que no supo controlar sus vicios y que acabó su vida contra un árbol de la carretera a Cuernavaca.

-¿Qué dices? –dijo Neto azorado.

-Nomás verte te dije que vivirías, que cualquier otro no habría tenido esa suerte. Pero tú sí podrás seguir adelante, no porque te lo merezcas, sino porque eres el único que puede contar lo que sabe; el único de los que observó la matanza que no tiene mala conciencia y que tampoco se lavó las manos viendo cómo nos mataban.

-O sea que sólo me quieres vivo por lo que sé. No te interesa en lo más mínimo lo que sea de mí.

-Así es y una vez que hemos intervenido en tu accidente no podemos revertir la situación y dejarte morir si no aceptas. Oficialmente no ha pasado nada. Como puedes ver ningún coche se para a auxiliarte y no porque sean unos hijos de puta, sino porque simple y llanamente no ven nada. Y ni siquiera hemos tenido que incinerar los restos como hicieron con nuestros cadáveres

-Lo tienes todo muy bien planeado, pero ¿y si no quiero inmolarme?

-No te pido que saques nada en la prensa nacional, cosa que es prácticamente imposible en este país, pero sí te pido, te exijo, que le hagas saber esa verdad a nuestras familias y que busques divulgarla en los periódicos extranjeros. Si no lo haces, cavarás tu propia tumba y vivirás asqueado de tu propia cobardía hasta que en cualquier otra peda vuelvas a manejar. En cambio, yo te ofrezco una salida digna a tu mediocridad. Además, ni siquiera yo sé si te van a matar y no he dicho que no puedas irte a vivir fuera. Tampoco te estoy pidiendo que seas un mártir.

Se callaron y se miraron a los ojos por un momento, mientras Neto revivía en su mente los hechos de esa tarde y se decidía. Finalmente, asintió con un movimiento de cabeza rápido.

-Gracias. Ahora puedo dormir tranquilo. Te volverás a subir a tu coche y volverás a estar borracho. Mañana en la mañana no tendrás idea de este encuentro, pero al cabo de un rato recordarás. Me recordarás.

Así había ocurrido aquella tempestuosa noche en la que casi se había matado por conducir ebrio. Neto retomó su camino original. Esa misma tarde asistió a su primera reunión de alcohólicos anónimos y empezó a escribir un artículo describiendo lo que había visto. Lo difundiría entre los corresponsales extranjeros.  Al día siguiente, se incorporó a Amnistía Internacional desde donde defendería a los presos políticos y denunciaría las torturas y atropellos de la dictadura, mientras que le diesen permiso.

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1 comentario

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Una respuesta a “Juan Patricio Lombera: “Tiempo prestado”

  1. laura bendita

    Muy buen cuento, amen de recrear muy bien una de las peores y más vergonzosas masacres de la dictadura priísta

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