Gustavo Espinosa: “Anguilla Recarey”


Decía que estaba preso por cosas de aire, y así, sospechaba yo si era por algunas fuelles, chirimías o abanicos, y decíale si era por algo desto. Respondía que no, que eran cosas de atrás. Yo pensé que pecados viejos quería decir. Y averigüé que por puto.
Quevedo, Historia de la vida del Buscón llamado Don Pablos.                                     

                                                                       
          El Anguilla hace llover, es cierto.  Yo lo conozco de toda la vida, allá en la Floresta. Los Anguilla (la vieja Selmira, el Juan Carlos, la Lurdes, el finado Anguilla grande, que se llamaba Darwin creo, el otro que se hizo tupamaro y  se fue para Dinamarca – Nelson – y, por supuesto, el sujeto del que me habla, Richard Evergisto Larrosa, o sea el Anguilla Recarey) vivían por Diego Lamas, en la cuenca Norte como dicen ahora.  Bien en el pozo: caen cuatro gotas y se inunda. Imagínese lo que era en aquella época. Yo creo que el primer rancho ya no está, pero queda la pieza del  Fábrica, a los fondos del Taller de bicicletas de Bolatti. Cómo no sería la cosa que cuando recién se  iba la creciente (bajaba rápido, eso sí, porque era agua de lluvia que venía de todo el pueblo y de los pozos negros que reventaban) el pichaje tocaba rumbo al sitio de la vieja Selmira a ver si se encontraba alguna cosa que sirviera. Porque era tan hundido, que allí era el juntadero de mugre. Casi siempre era pura  cascarria:  algodones sucios de regla, algún perro muerto y últimamente pañales descartables y botellerío de plástico. Muy de vez en cuando aparecía algo útil (vuelta y media,  monedas y,  en ocasiones, alguna chala). Una vez hasta se armó bruto revuelo porque entre el barro apareció una criatura: un feto grande o un niño recién nacido. Vinieron de la tele, y en el diario Palabra sacaron las fotos y hablaron de no sé qué crimen de gente de la crema, pero todo quedó en nada. Inclusive la vieja mi madre comentaba que eso debía ser algún aborto  de la madre del Anguilla, cuando no de la Lurdes, que  en ese tiempo ya se había desarrollado y pasaba todo el día  suelta.
          Eso era en los primeros tiempos, cuando éramos chicos. Después, cuando la Lurdes se casó y ella y el marido  quedaron con la casa, habían levantado un poco el terreno; tenían todo muy lindo, pero desde que a él lo trasladaron todo quedó abandonado otra vez, hecho tapera. 
           Como se habrá dado cuenta, el Anguilla no es Recarey ni es Anguilla.  O mejor dicho: Anguilla  son todos (la madre, el Juan Carlos, el finado Anguilla grande, el que está en Dinamarca, la Lurdes) y Recarey  es sólo por madre. Por  padre vaya a saber, porque tampoco es Larrosa. La única que es Larrosa de verdad  es la Lurdes, hija del de la carnicería, que  ya después de veterano, cuando se instaló a vivir con la vieja Selmira, los reconoció a todos.

          – Ponete abajo y vas a ver, dice siempre el Anguilla cuando uno le pregunta por qué le dicen Anguilla. Bolazo. A todos les dicen así, hasta a las mujeres, y parece que es porque cuando recién vinieron de campaña, sólo la vieja y el Juan Carlos, porque todos los otros estaban en el talón de la abuela, poblaron en el terreno ese, entre el barro. En aquellos tiempos el barrio era puro monte y bañado. Y el sitio se llenaba de anguillas. Cuenta la vieja mi madre que hasta que medio se acomodaron, cuando apareció el carnicero, lo único que comían era anguillas. Yo en esa época no los conocí mucho; cuando  me empiezo a acordar, todavía el Carnicero no vivía con ellos, aunque creo que ya andaba con la vieja. Pero, ojo al gol: ya habían hecho  (no sé cuándo ni con qué plata) una pieza de material en el costado del terreno y se la alquilaban justamente y ni más ni menos que al Fábrica, que en esos tiempos todavía era milico del cuartel; no era testigo de  Jehová y las otras cosas que después se supieron, ya las  haría, pero nadie sabía ni comentaba nada. Cuando no estaba de guardia ni le habían encajado alguna tipeada pasaba metido en el taller de Bolatti, engrasando o pintando la bicicleta al solcito o, de tarde, a la sombra de la pieza, con el vaso de caña, mirándonos jugar a la pelota o a la bolilla. En ocasiones, lo llamaba al Anguilla para que fuera a buscarle una caja de Ritz a lo de Yolanda. Y no le decía Anguilla, ni che gurí, como el resto de la gente grande; le decía Richard o Richítar. El pichaje la gozaba, pero después siempre comíamos los ticholos o los chicles que  compraba con el cambio.
          Ahora: que habían pasado hambre debía de ser cierto. Porque el Anguilla es lo más angurriento y dicen que cuando uno pasa muy mal de chico, después queda así para toda la vida.
          Le cuento que cuando Bulevar salió campeón de la extra, o sea que ascendió a intermedia, se organizó una poroteada espectacular. Los de la comisión habían conseguido una olla como de cien litros; se había hecho una rifa de un postre y con eso habían comprado cincuenta litros de vino, patas de chancho, carne de vaca, charque de capón y de capincho, aparte de no sé cuántos kilos de porotos, fideos, verduras, etcétera. Todo pipí cucú. Éramos como cuarenta y pico contando las mujeres y algún colado. Lo único que nos cagó un poco fue que se vino un veranillo y se puso pesado. Pero estaba tan bien organizado que se rogaba llevar cubiertos, pero no platos, porque les habían prestado  en el batallón, de esos brutos platazos cuarteleros y las mujeres llevaron manteles verdes y blancos, que son los colores del club, y pusieron como media galleta en cada lugar antes de que sirvieran la comida. Ahí estuvo el error, porque el Anguilla, que jugaba de volante en la reserva y había alternado algún partido en primera, él solito se comió la galleta de los cuarenta y pico de invitados. Antes de que estuviera pronto el guiso y mientras los demás simpleaban con la música o jugaban al casín, ese macho caminaba en la vuelta de la mesa y le salía a la galleta. Cuando fueron a servir y a sentarse a comer, de dónde galleta. El señor Recarey se meaba de risa con el buzo lleno de migas. Entonces empezó la prosa y los cuentos de comilones: que fulano había comido tantos kilos de asado,  que mengano tantos platos de olla podrida, que aquel había tomado no sé qué cantidad de jarros de cuáquer, y otros a decir que era mentira o que no podía ser. Entre  los invitados especiales estaba el Cabeza de Mondongo, conocido también como el  Monstruo o el Monstruo de la Laguna Negra, que había sido golero del cuadro en los tiempos de la fundación y que fue, años, equipier. El nombrete, o los nombretes, le vienen porque cuando era chico le cayó un latón de agua hirviendo arriba y le quedó la cara igualita a un mondongo pelado o a un monstruo: amarillenta, arrugada y sin forma. Además mide como dos metros y tenía fama de ser como barril sin fondo para comer.
          Por supuesto que enseguida empezaron a dar manija:
          – Che, Cabeza, a qué no te animás a jugarle una competencia de porotos al Anguilla
         
…Richard, vos serás muy angurriento pero al lado del Monstruo de la Laguna Negra, sos un pajarito.
         
Otros hablaban entre ellos para que los oyeran:
          – No sea malo, hermano, no va a comparar el tamaño del Cabeza de Mondongo con el Anguilla; por lógica tiene que comer más, porque tiene más espacio que llenar…
         
…Yo me parece que los flacos, así como el Anguilla, son como lima nueva; la verdad es que no  se sabe dónde mierda meten tanta comida.
         
 Entre púa y púa empezaron las jugadas; no le digo plata grande, porque entre todos los de Bulevar la peladera era general, pero unos cuantos pesos se jugaron, más por obligarlos a largar que por otra cosa. Y largaron. El  Cabeza de Mondongo lo miró con el único ojo que le funcionaba y que le había quedado como corrido rumbo al medio de la cara por la quemadura: 
          -¿Le prendemos, Anguilla?
         
– Y dale, total…
         
Los llevaron a la cocina, (una pieza que estaba en el fondo, donde a veces se jugaba al gofo y se hacían las charlas técnicas), así quedaban más cerca de la olla. La barra se amontonó en la vuelta de una mesita cubierta de hule naranjo casi pegada a la cocina a leña; les pusieron un plato de cada lado. Los competidores eran los únicos sentados: El Monstruo de la Laguna Negra, más cerca de la olla, brilloso entre  la nube de  vapor que largaban los porotos reposando; el Anguilla, más cerca de la puertita que daba al resto de la sede, del lado donde todos se habían juntado a romper los huevos, a hinchar por uno o por otro y aplaudir cada vez que terminaban un plato; el Fábrica ( ahí tiene usted) le había prestado un repasador con dibujo de manzanas coloradas para que se lo pusiera de babero:
           – Vamos, Richard, vamos…gritaba y empinaba el vaso de dulce leche lleno de caña blanca.
          Nunca estuvieron parejos, ni en el primer plato. El cocinero les servía sin mirar lo que traía el cucharón; podía venir poca carne o mucho chorizo, más fideo, menos porotos. Él mismo controlaba que el plato estuviera bien vacío y ya les zampaba el cucharón y anotaba el número en un papel de astrasa. El Anguilla comía como siempre ha comido: con la boca abierta, chascando a toda velocidad, atragantándose. El Monstruo, muy prolijo, masticaba bien, limpiándose a cada rato con la servilleta, chupando bien cada fideo que se le escapaba por el costado de la jeta. Mientras el Anguilla iba ganando por poco, los hinchas del Cabeza de Mondongo decían que él sí sabía comer, que no era una carrera de velocidad sino de fondo:
          – A ver hasta dónde llega ese muerto de hambre del Anguilla en ese ritmo, decía uno de los de la comisión. Pero cuando iban, póngale, siete a tres, ya estaban entregados. La verdad que estaba insoportable: la cocina económica, la montonera, los gritos, la cumbia que llegaba de la otra pieza. La temperatura, es decir el calor no daba para porotos. Cuando iban nueve a cinco, siempre a favor del Anguilla, todos, empezando por el Cabeza de Mondongo, ya nos habíamos dado cuenta de que no era carrera. El Monstruo seguía comiendo por orgullo, pero se veía que no daba más. Sudaba, eructaba, se peía y hasta lagrimeaba. De un de repente se levantó y arrancó rumbo al cocinero, un gordo no sé cuánto que había venido con los que hicieron la carretera:
           Che, montevideano podrido, a ver si me aflojás un poquito, mirá que ya me di cuenta de que a él le servís sólo caldito, y mí puro boñato y chorizo.  
          – Te metí- le contestó tranquilamente el gordo, que le escupía la boca a un tigre.
          El Monstruo estaba tan mal que hizo como que no lo había oído y siguió: 
          – Además anotá bien porque él no va nueve; va siete.
          -Como- le dijo el cocinero tranquilamente.
          Ahí el Monstruo no aguantó el olor a chancho. Tiró contra la pared el plato que tenía a medio comer desparramando comida para todos lados;  haciendo que se abrieran los mirones y hasta el Anguilla, que ya había vaciado el décimo plato (si no, yo no sé si deja de comer). Se hizo un silencio; nadie se animaba a meterse porque, como le dije, el Cabeza era, y es, machazo.
          – Mirá, gordo de mierda…
          Y el gordo, me acuerdo como si fuera hoy: –Yo te saco los pedos con naranjita.
          El Monstruo de la Laguna Negra avanzó dos o tres pasos; cuando le faltaban otros dos o tres para llegar al cocinero, atrás de la olla,  se empezó a poner verde y  se paró en seco como si le hubieran pegado un tiro. Un tiro en la panza, porque se dobló; se empezó a agarrar como si se le salieran las tripas; hizo un ruido espantoso y se mandó flor de lanzada. Perdón, quiero decirle que arrojó. Vomitó y dejó pedazos de fideo entrefino hasta en el techo de la cocinita mientras, en el piso, él pasó a quedar blanco, se retorció y quedó quieto y resollando como un motocar. Nadie se animaba a decir nada hasta que el Anguilla, muy serio, comentó:
          –¡Qué desperdicio! 
          Y fue la carcajada general.
          Después, por fin, se sentaron todos a comer, incluso el susodicho Recarey que todavía se mandó como tres o cuatro platos más. El perdedor, pobre, no quiso saber más nada de porotos; se quedó un rato sentado al lado de la puerta tomando agua Salus y aguantando la púa del pichaje que le decía al D.T.: 
          – Che, Umpiérrez, para el año ya tenés  lanzador.
         
 Así que, ya ve, si le dicen que el Anguilla es angurriento, póngale la firma.
          Lo otro también (no le voy a decir que no). Pero no siempre fue así.

 

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