Pilar Adón: “En materia de jardines”

1

          Cuando Olivia Fouquet comenzó a vivir con Sara pensó que se trataba del ser más inteligente y a la vez más desesperado que había conocido en su vida. Y así se lo comunicó a su padre en la primera charla que mantuvieron por teléfono dos días después de su entrada en la casa en que debía establecer cierto orden.
          —Es una chica muy triste, papá —dijo adoptando un tono de voz aún más bajo del que solía usar por los pasillos, cuando se reunía con Sara, o en su propia habitación, cuando se sentaban juntas para trazar el menú de la semana siguiente—. Creo que no es feliz. Aunque a veces da la impresión de serlo enormemente, a pesar de su gesto tan sobrio. Siempre está seria, y de vez en cuando dice algo extraordinario. Ayer, mientras cenábamos berenjenas que ella mojaba en un cuenquito azul lleno de miel, dijo que no entendía cómo podíamos poseer algo tan perfecto y necesario como la piel y no estar constantemente dando gracias por ello.
          —¿Y no te parece que tiene razón? —preguntó el padre de Olivia.
          Ella sabía que tenía razón, pero lo extraño no era el significado de las palabras, sino la propia existencia de la frase, pronunciada de pronto, entre las berenjenas y la miel. No le había sorprendido el qué, sino el cómo.
          —Pues tendrás que habituarte, cariño —dijo su padre—. Es una buena chica. Ya lo verás. Su comportamiento nunca será lo suficientemente extraño, dadas las circunstancias. Tú sólo tienes que encargarte de hacer tu trabajo. 

           La casa de Sara se dividía en tres pisos, además del sótano, donde la caldera permanecía encendida todos los días del año. Sara solía tener frío por las noches incluso durante las más fragantes y espesas horas de los meses de julio y agosto, y a veces debía mantener el radiador de su dormitorio al máximo durante todo el día para poder dormir sin que le temblaran penosamente las piernas, tan largas y desprovistas de esa benéfica materia grasa que podría proporcionarle cierta sensación de calor interno, personal y autogenerado. Sus habitaciones se hallaban en la segunda planta, y en la primera estaban la cocina y los salones de lectura, de música, de recogimiento, de ejercicios gimnásticos ligeros (bailar, patinar, saltar o, simplemente, caminar) y de ejercicios gimnásticos pesados (bicicleta y abdominales). La tercera planta permanecía inutilizada, aunque ambas comprobaban que allí todo seguía en orden cada vez que ascendían hacia el tejado donde, a veces, se sentaban para dejar que su mirada se perdiera por la oscuridad cósmica o que saltara de esfera luminosa en esfera luminosa y recorriera el salvaje vacío en el que se sabían inmersas.
          Había lavabos y bañeras repartidos estratégicamente por diversos rincones del edificio y, finalmente, éste quedaba rematado, cual pastel provisto de ligeros adornos de nata, por los graciosos y tan bien aprovechados balcones que daban al mar o, en la fachada opuesta de la casa, al poco cuidado jardín.
          —Deberíamos regar los parterres con más frecuencia.
          —Sí. Deberíamos hacerlo.
          —¿Sabes que algunos animales huelen la muerte? La perciben de algún modo. No sé cómo, pero es cierto. Son capaces de hacerlo. —Sara no quería bañarse en el mar. Podía pasar horas sumergida en alguna de las diversas bañeras (anchas o estrechas; redondeadas o rectangulares) que aparecían diseminadas por los recovecos más inesperados de su casa, bajo un agua turbia y sin restos de jabón que le daba a su cuerpo un aspecto mórbido y blando; podía quedarse allí eternamente, con una extraña expresión amarga en el rostro y sin mostrar signo alguno de desear salir, con los ojos cerrados y los labios separados en lo que parecía la inacabable pronunciación de una asombrada y perfecta o. Pero no se bañaría en el mar jamás—. Los gatos. Sobre todo la perciben los gatos. ¿Lo sabías?
          —Algo había oído —respondía Olivia—. Pero no me provoca ningún interés. ¿A ti sí?
          A ella sí, naturalmente.

2

           Olivia Fouquet se encargaba de observar los comportamientos ajenos a través de sus pequeñísimas gafas redondas de metal. Luego los analizaba someramente, sin permitirse entrar en grandes profundidades que pudieran hacerla zozobrar a ella —que debía mantenerse constantemente entera y constantemente en equilibrio—, y, por fin, procuraba poner en práctica un buen remedio, una solución eficaz que sacara a la superficie al pobre cuerpo medio ahogado del que estaba ocupándose. Debía sacarlo de la tormenta y debía lograr que comenzara a respirar de manera autónoma y, sobre todo, voluntaria. Olivia no sabía con certeza si Sara era consciente de lo mucho que la necesitaba. No iba a preguntarle jamás si estaba al tanto de lo que había ido a hacer allí, a su casa de tres pisos más sótano y jardín, porque hablar de ello supondría hacerlo real. Dolorosa e inútilmente real. Y la irrealidad siempre propiciaba un ancho y venturoso espacio por el que moverse con cierto optimismo para lograr un objetivo tan primordial y tan intangible, tan lleno de obstáculos y de dudas, tan silencioso y afable, como el suyo.
          Las dos pasaban horas sentadas en alguno de los rincones más oscuros del salón de lectura, entregadas a una seria indolencia propia de dos damas muy ricas o de dos damas muy ausentes y muy apartadas del devenir de los acontecimientos sociales o políticos que estuvieran sucediendo más allá de los gruesos muros protectores de su aislado salón.
          Podían hablar de Salinger y de Emily Dickinson.
          —Me gusta que me cuenten historias —decía Sara.
          —Cualquiera puede contar historias.
          —Eso no es cierto.
          O podían clasificar las tonalidades del verde que veían desde sus ventanas, hasta llegar a elaborar una fácil teoría sobre la evolución del color a lo largo de un día en relación con el proceso vital del ser humano: el verde de la mañana era un verde ingenuo y tranquilo. Un color anhelante, de un tono despejado y transparente. Tan transparente que tendía al ámbar… Pero la mañana concluía y el tiempo avanzaba hacia la tarde y, cuando eso sucedía, el verde empezaba a transformarse. El día se hacía maduro y el verde se hacía maduro de igual forma, adquiriendo entonces un tono más oscuro, más reflexivo. Más sombrío. Finalmente, la noche, como era de esperar, mostraba un verde mortecino. Un verde sabio pero también apagado. Un verde un tanto trágico.
          Podían hablar de Scott, de las exploraciones al Polo, de la resistencia humana al frío extremo y al hambre a lo largo de todo un invierno polar, de los caminos trazados por los barcos hacia el sur, de la obsesión por la conquista, de lo atractivo que resultaba el fracaso de los demás. O podían hablar de temperaturas de treinta y cinco grados bajo cero, de las focas, de la corriente del noroeste, de los perros con sus lombrices intestinales, de la importancia de habituarse a ciertas rutinas en medio del desastre. Y, mientras, percibían los evidentes cambios en la intensidad de la luz del sol, y los consiguientes, y también evidentes, cambios en la consistencia del aire.
          —La rutina siempre tranquiliza.
         Hablarían de las estrellas brillando con un fulgor prodigioso en la oscuridad absoluta de la noche y de los hombres del Endurance jugando al fútbol sobre el hielo mientras el barco seguía atascado, sin remedio, formando parte ya del espectral paisaje blanco.

           Fue a lo largo de una de esas sesiones de moroso sopor, cuando Olivia comprendió que Sara, en realidad, no había llegado a ver la caída o el suicidio o el accidente que más tarde le causaría la enfermedad de la que ella ahora debía rescatarla. Había estado allí, ante el abrupto acantilado, y había imaginado lo que iba a ocurrir. Luego, al día siguiente, había leído en los periódicos la noticia que iba a confirmar todos sus miedos, e inmediatamente después llegaron las opiniones, los comentarios, los pareceres. Los rumores ofensivos junto a los rumores algo más benévolos. Sara oyó, cada vez más alarmada, conjeturas y versiones que ella, con un desasosiego creciente, acogía como verídicas a pesar de ser consciente de que no poseían base alguna sobre la que sustentarse. Ella había estado allí. Cierto era que no había visto nada, pero había estado allí. Y empezó a considerar que aquellas conversaciones acerca del ahogado tenían como único fin el de proceder contra ella. El de hacerle saber que, aunque de manera imprecisa, los demás se habían enterado de su presencia en aquel lugar, de su posición privilegiada como testigo impotente y aterrado.
          Un testigo culpable que había huido sin querer ver. Que no había llegado a presenciar cómo caía. Y que, sin embargo, a pesar de no haber visto cómo se despeñaba el cuerpo, inerme, golpeado por los saledizos y las rocas cortantes, a pesar de su voluntaria ceguera, había terminado sufriendo una conmoción brutal. Su capacidad para visualizar, para reconstruir mentalmente lo que no había querido contemplar, logró que su mente se poblara de horribles imágenes concebidas por ella, de representaciones pavorosas de lo que Sara creía que había ocurrido. Y, lo que era aún peor, que su inagotable tendencia hacia el remordimiento y la autorrecriminación la empujara hacia un abismo semejante a aquél por el que se había ido a despeñar el cuerpo que poblaba, invariablemente, sus más atroces pesadillas. 

3

           Los primeros días que Olivia pasó en la casa estuvieron presididos por la confección de innumerables listas trazadas en pedazos de papel que luego ella iba dejando por encima de cualquier mesa. En un salón, en alguno de los dormitorios… Apuntaba lo que tenían que comprar:
 Pilas. Mantequilla. Pasta de dientes.
Estropajos. Zapatillas para el invierno.
          Cada objeto anotado se hacía de pronto imprescindible. Un azucarero para no tener que servirse de los inmanejables paquetes de papel que provocaban, continuamente, que el azúcar cayera al suelo cada vez que se echaban su habitual cucharadita en sus habituales tazas de té; agua oxigenada; una escalera más alta; tiritas; bobinas de hilo y agujas. Harina…
          Sus conversaciones solían ser poco trascendentes. Hablaban en voz baja y como sin desear hacerlo. Cuando se encontraban en uno de los pasillos, tal vez el más largo y estrecho de la casa, tan pobremente iluminado, después de su lacónico saludo —buenos días o buenas noches—, una podía comentar que había leído en el periódico que el Sistema Solar no pertenecía ya a la Vía Láctea, sino a otra galaxia mucho más pequeña que ni siquiera se podía ver desde la Tierra.
          —¿Y esa minúscula galaxia en la que ahora nos sitúan posee su propio agujero negro?
          —Seguramente. Sí… Seguramente.
          Aquel seguramente resultaba terrorífico para ambas.

 * * *

           Olivia hablaba con su padre con frecuencia. Necesitaba repetir al teléfono las frases que le oía decir a Sara y las respuestas que ella misma daba ante esas frases, normalmente tan inconexas. Hablar con su padre era, para Olivia, una forma de escape, una carrera enloquecida que emprendía hacia la puerta principal de la casa con la intención de abrirla de par en par al llegar a ella y, sin ninguna vacilación, atravesarla con los brazos abiertos y los ojos ofrecidos al esplendor de la mañana. Para Olivia Fouquet resultaba esencial transmitirle a su padre:
          —Hoy me ha dicho que tiene la impresión de que puede percibir la radiación cósmica de fondo.
          —Qué interesante —murmuraba él.
          O:
          —Hoy me ha contado que hay gente que vive en un verano perpetuo.
          —Desde luego, no es el caso de ninguno de nosotros tres —argumentaba el padre.
          —Eso mismo he pensado yo —respondía Olivia, recordando tal vez el rostro de Sara, en ocasiones tan cansado y en ocasiones tan vivaz y resplandeciente—. Aunque no se lo he dicho, he pensado que hay gente incapaz de abandonar el invierno.
          —Pero también en el invierno más oscuro se puede llegar a ser feliz…
          —¿Tú crees?
          El padre de Olivia contestaba con voz sincera y firme:
          —Naturalmente, hija. No sólo lo creo. Lo sé.

 4

           El viento podía hacer que, durante semanas, el mar pareciera un territorio salvaje y desbaratado. Las olas no se sucedían con coherencia (una ola de espuma blanca tras otra ola idéntica de idéntica espuma e idéntico color), sino que su agua verdosa se extendía en anchurosas mesetas que se iban transformando en laderas de considerable inclinación, hasta quedar rotas, a intervalos, por los escarpados restos de la confusa amalgama de mar y pequeñas piedras que acababa de chocar contra la orilla y que ya se retiraba. El espectáculo podía parecer desconcertante si se arrastraba un estado de ánimo hipersensible. E hipersensible era, de continuo, el estado de ánimo de Sara.
          —Tu padre fue mi mejor profesor. El hombre más sabio que he conocido en mi vida —decía mientras pretendía olvidar la persistente agresividad marina, su arrogante y escandalosa rudeza, caminando hacia el jardín—. Todo lo hermoso que puedas ver en este sitio lo sembró él. Los parterres, los setos, las plantas de flor. Todo. Ha sido el mejor jardinero que hemos tenido en esta casa. —Sara se agachó sobre una de las macetas y comenzó a retirar algunas hojas secas que estaban a punto de caer al suelo—. Tu padre conoce la tierra. Sabe cómo moldearla. Me informó de que este clima, la humedad constante, el aire salino, no son factores beneficiosos para según qué especies. Cuando me lo dijo, yo me eché a reír, porque estaba segura de que su comentario se refería más bien a mí, y no a ninguna especie vegetal. Yo le respondí que la tierra permite que las raíces de las plantas se fijen en ella pero que, igualmente, las raíces de las plantas fijan la tierra impidiendo que ésta se deslice hacia el mar hasta perderse en él por completo. Y, entonces, quien se echó a reír fue él.
          Olivia permanecía en silencio, escuchando la dicción pausada de Sara, que seguía agachada sobre las plantas, ahora inmóvil y con las manos sobre las rodillas, sin retirar más hojas secas a punto de desprenderse y caer.
          —Cuando me dijo que necesitabas un espacio tranquilo en el que poder descansar, le ofrecí mi casa de inmediato. Has de saber —prosiguió Sara con su tono uniformemente neutro, sin matices de generosidad en la voz, sin petulancia ni altivez— que puedes quedarte aquí todo el tiempo que consideres necesario. Semanas, meses. No debes preocuparte por nada. Ya has comprobado que vivo sola; no molestas a nadie. No hay nadie que vaya a protestar… Puedes incluso irte y regresar después, cuando lo juzgues oportuno. No debes pensar en mí. Únicamente debes pensar en ti, y en tu recuperación. Aquí podrás sosegarte y olvidar lo que sea que hayas venido a olvidar. Éste es un buen lugar para hacer algo así.
           Sara se levantó y, sin añadir nada más, continuó con su paseo por el jardín.
          Así que era eso…
          Olivia comenzó a caminar detrás de ella, siguiendo sus pasos por entre las plantas que, con tanto cuidado, había seleccionado su padre para conseguir el efecto visual adecuado en cada rincón, en cada pausa entre árboles. Así que era eso lo que él le había dicho a Sara para que la permitiera entrar en su casa. Que necesitaba sosegarse y descansar. Que era Olivia quien, de las dos, estaba enferma.
          —Gracias —murmuró—. Muchas gracias.
          —No te preocupes. Ahora somos compañeras bajo el mismo techo. Y me da la impresión de que, en cierto modo, ambas estamos persiguiendo lo mismo.
          Olivia sintió entonces cómo un rápido estremecimiento se apoderaba de su espalda. Le temblaban, de repente, las manos, e intentó detener la molesta incertidumbre que dicho temblor le causaba quitándose las gafas para limpiar las microscópicas gotitas de agua salada que el viento había adherido a sus cristales, impidiéndole una visión medianamente nítida.
          —¿Ah, sí?
          —Sí. Creo que, como todo el mundo, buscamos la felicidad. Aunque también en esto hemos de ser precavidas. Hay quien cree que la felicidad debilita.
          Olivia la miró con sus ojos miopes, interrogantes, antes de ponerse de nuevo las gafas ya limpias.
          —No me mires así. Sé de lo que estoy hablando. Hace débiles a los hombres. La felicidad los incapacita para enfrentarse a cualquier revés inesperado.
          —Quizá no debamos estar pensando sin cesar en la probabilidad de que esos reveses inesperados sucedan —comentó Olivia, recuperando poco a poco su tan imprescindible autodominio—. Tal vez la felicidad sea posible y tal vez no deba enfrentarse a ninguna clase de infortunio jamás.
          —El infortunio llega invariablemente. Créeme —dijo Sara—. Hay que estar preparada… Llega.
          —No deberías tener pensamientos tan oscuros.
          Sara, en ese instante, giró la cabeza, y situó sus hermosos y casi siempre huidizos ojos sobre los de Olivia Fouquet. Su rostro, habitualmente pálido, parecía ahora demudado, y en sus labios entreabiertos, aparentemente dispuestos a continuar manifestando sus melancólicas ideas acerca de la felicidad y acerca del desastre, Olivia creyó adivinar un resto de tensa y mal controlada indignación.
          —No debe de resultarte fácil —murmuró, efectivamente, Sara, con un deje de irritación en la voz.
          —¿El qué?
          —Tu padre me lo ha contado todo. Creo que es mejor que lo sepas.
          Olivia permaneció inmóvil, mirando a Sara, a la espera de que ésta continuara hablando.
          —Dice que crees que puedes hacer cosas por los demás… No debe de ser fácil vivir creyendo que se es capaz de algo así.
          Olivia siguió en silencio, contemplando los vigilantes y hermosos ojos de Sara, que no renunciaban a su posición de superioridad.
          Así que allí estaba el truco. La mentira. Así que aquello era lo que le había confesado su padre a la que había sido su mejor alumna en materia de jardines, a aquel cuerpo que, alargado y blanquecino, cada vez más arrogante, comenzaba a alejarse, a desaparecer, a abandonar la realidad (esa única realidad posible en el sosegado universo de Olivia), y a difuminarse ante ella como los aterrorizados rasgos del rostro de un ahogado se van difuminando penosamente bajo la presión del agua del mar.

           Pasaron seis o siete días sin que Olivia hablara con su padre.
          Sí mantuvo alguna conversación fugaz con Sara:
         —¿Por qué parece que el sol se mueve más veloz cuando lo vemos ocultarse al atardecer, tras las montañas? Se disuelve. En cuestión de segundos.
          —Un efecto óptico.
          Pero no habló con su padre a pesar de lo mucho que se acordaba de él. Tenía algo tan fundamental que preguntarle que la sola idea de hacerlo la llenaba de una inquietud insoportable que lograba dejarla casi conmocionada. Aunque era consciente de que semejante conmoción provenía en mayor medida de imaginar la posible respuesta que él pudiera darle. ¿Y si la respuesta de su padre resultaba ser afirmativa? ¿Y si era cierto aquello de que no creía en ella? ¿Y si había estado todo ese tiempo fingiendo, pretendiendo estar de acuerdo, cuando lo que pensaba era, simplemente, que su hija se comportaba como un pobre ser enfermo, como una muchacha necesitada de ayuda y de reposo?
          Olivia se llevaba los dedos a los ojos para presionarlos con fuerza, sin compasión, esperando poder dejar de percibir, de ese modo, el escenario de desconfianza y de espeluznante aislamiento que se había ido alzando, de forma tan inesperada, ante ella.

 5

           Sabía cómo había sucedido. Sabía que el desasosiego de Sara comenzó tras un breve paseo por el acantilado al que daban los balcones de la fachada posterior de su casa. No se trataba de un acantilado abrupto. Los padres de Sara y, antes, los abuelos de Sara, solían referirse a él como la Roca Niña, en clara contraposición a lo que conocían como la Roca Vieja, un formidable desnivel situado al otro extremo: una agresiva y pesada mole que parecía haber ido reuniendo sobre su desigual terreno todos los sacrificios y todas las lamentaciones que el género humano debía asumir por el hecho de haberse atrevido en algún momento a imaginar que podía dominar el océano y sus profundidades. Ambas rocas remataban la pequeña entrada de mar que se internaba en la tierra bajo la que ahora era la casa de Sara, permitiendo así la intermitente existencia de una playa de enormes piedras.
          Sara paseaba, después de haber terminado su labor del día, por la Roca Niña. Eran poco más de las seis de la tarde, y el aire se había llenado de partículas de agua que flotaban sobre la superficie del mar tras el trueno de una nueva ola rompiendo contra la orilla. El viento retumbaba en sus oídos y agitaba su ropa y todo su cuerpo con una violencia feroz, inclemente. El estruendo era pavoroso.
          No podía negar que le gustaba el viento. Le gustaba la incoherencia salvaje que traía con él y, esencialmente, su insólita capacidad para acallar, gracias a su rugido estridente, cualquier otro sonido. El áspero viento, el quejicoso y tiránico viento lograba internarla en un espacio de intimidad silenciosa, en el que tan sólo ella hablaba si deseaba hacerlo, y en el que cualquier intromisión ajena resultaba imposible.
          Iba sumida en semejante nube de tranquilidad turbulenta, cuando observó algo inusual en la Roca Vieja. El aire olía a sal y, allí abajo, en la playa, dos o tres cabezas emergían de tanto en tanto por entre los repetidos vaivenes de las olas. Sara podía ver, además, desde su privilegiada situación sobre la elevada pero afable Roca Niña, cómo algunos cuerpos sentados en las piedras de la misma playa contemplaban, igual que ella en ese instante, el pausado ascenso y descenso, fluctuante, de las cabezas flotantes de los bañistas.
          Entre esos bañistas oscilaban unas curiosas tablas estrechas de lo que parecía madera quebrada, restos de un naufragio antiguo, pero Sara regresó con la mirada de forma inmediata a aquello inusual que había advertido sin querer en lo más alto de la Roca Vieja. Volvió llena de asombro y de temor a la figura tambaleante que se diferenciaba con tanta nitidez de lo que era el mar y de lo que eran los riscos y de lo que era la terrible grieta que se abría entre ambos. Y, al regresar a aquella imagen inestable, levantó un solo brazo al principio, los dos a la vez muy poco después, alterada, como si intentara llamar la atención de aquel ser que no debía estar allí, azotado por un viento hostil e irracional, o como si pretendiera aferrarse a él sin concesiones, con la esperanza de llegar a impedir de ese modo lo que ya sabía (de alguna extraña manera, lo sabía) que iba a resultar inevitable.

           —Le da miedo la luna. —Olivia finalmente telefoneó a su padre, y hablaba ahora de Sara con él como de costumbre, como si se tratara de un interesante problema, de una curiosa cuestión científica que resolver o de una planta enferma por exceso de riego a la que debían salvar de una inminente muerte por ahogamiento. Hablaban pausadamente, como siempre, sin llegar a plantear preguntas incómodas ni dudas amargas que pudieran dar lugar a respuestas paralizantes.
          —¿La luna llena? —preguntó él.
          —Creo que en todas sus fases. Incluso cuando no está. La oscuridad le da pánico. La paraliza.
          —Eso es algo que le pasa a mucha gente.
          Olivia permaneció un segundo en silencio, sin contestar a su padre de inmediato, y luego continuó:
          —No sé si voy a poder ayudarla, papá.
          —Sería tu primer fracaso, cariño.
          —Lo sé…
          Su primer fracaso. ¿Era aquello lo que creía su padre en realidad?
          Había visto a Sara paseando por la Roca Vieja, absorta, mirando al vacío, y había llegado a la conclusión de que quizá en esta ocasión no iba a poder hacerlo. Quizá tuviera que irse de aquella casa sin haber alcanzado su objetivo, sin haber curado a Sara, sabiendo que, desde ese preciso instante, ella podría empezar a descansar.

 6

           —Cuando te cruzas por la calle con alguien que te resulta especialmente atractivo, tiendes a ensayar un gesto amable en el rostro. —Sara hablaba en voz muy baja. Se habían encontrado en uno de los pasillos de la casa, y se había dirigido a Olivia con una sonrisa en los labios, como si de verdad se alegrara de reunirse con ella y como si de verdad deseara comunicarle sus pensamientos—. Ensayas un gesto que también a ti te haga parecer atractiva. En cambio, si con quien te cruzas te parece normal, incluso desagradable, no haces nada, ningún esfuerzo, y mantienes la misma mirada de cansancio, de hambre o hastío que llevaras previamente impresa en la cara.
          Olivia había visto cómo Sara paseaba sola y ensimismada por la Roca Vieja.
          —Si eso fuera así —respondió—, creo que me resultaría mucho más cómodo encontrarme con gente fea a diario. Lo de tener que estar cambiando de expresión todo el tiempo me parece agotador. Y frívolo.
          Sara se echó a reír.
          —No es ni agotador ni frívolo. Se hace de forma inconsciente. Todos lo hacemos.
          Olivia empezaba a cansarse de la pasmosa facilidad con que Sara decretaba lo que «todo el mundo hacía» basándose en sus propias conductas o consideraciones privadas. Conductas o consideraciones que con tanta simpleza ella pasaba a juzgar universales.
          —Te equivocas. No todos hacemos lo mismo.
          —Querida, te equivocas tú. Todo el mundo hace exactamente las mismas cosas.
          Había contemplado el paso ausente de Sara por el feroz acantilado. Había visto cómo avanzaba en un movimiento inseguro, somnoliento, y, no obstante, se había mantenido imperturbable, en silencio, sin hacer nada. Porque, después de todo, ¿qué podía hacer? No iba a poder ayudarla. El tiempo pasaría, los meses se sucederían, las estaciones del año también, y la respuesta seguiría siendo la misma: Olivia no podía ayudar a Sara.
          Así que, emitiendo un leve suspiro, extendió las dos manos hasta alcanzar con firmeza las de su compañera.
          —Sí. Tal vez tengas razón —murmuró.
          Había contemplado sus peligrosos pasos por la roca desierta, y había llegado a la conclusión de que en cuanto pudiera salir de aquel lugar, en cuanto lograra huir de la nefasta influencia de aquel otro ser que se creía más inteligente, más intuitivo, más privilegiado y más poderoso que ella, se recuperaría y volvería a ser capaz de ayudar a los pobres individuos con tendencia al naufragio.
          —¿Razón? —Sara permitía que sus manos reposaran dóciles entre las de Olivia.
          Volvería a hallar los remedios más eficaces para rescatar a los demás de su insoportable y estremecedor malestar.
          —Sí. Creo que tienes razón —repitió Olivia, encantada ante el estupor que provocaba en Sara el que ella estuviera tan dispuesta a admitir y a compartir su personal percepción de la realidad—. Lo cierto es que todos hacemos lo mismo. ¿Subimos al tejado?
          Avanzaron por el corredor hacia las escaleras y, una vez arriba, Olivia se preguntó si debía contarle lo que estaba pensando mientras miraba al cielo. Se preguntó si a Sara le interesaría escuchar que en aquel espacio infinito, inalcanzable e inabarcable, no existían vías trazadas para facilitar el desplazamiento humano, ni asentamientos periódicos adaptados para abastecer de oxígeno y alimento a cualquier ser. Allí, en la oscuridad completa, no existía el discernimiento. Ninguna inteligencia parecida a la suya. Tan sólo una acumulación estéril de materia a la deriva.
         ¿A Sara le gustaría escuchar todo aquello en ese momento?
          —¿Por qué me miras así, querida, casi sin parpadear? —preguntó entonces una Sara radiante, que se dirigía a ella desplegando una sonrisa magnífica—. Cualquiera diría que pretendes hipnotizarme.
          Olivia podría responder con relativa facilidad. Podría acercarse tan sólo un poco, no demasiado, y susurrar un breve y aclaratorio «no» junto a su cuello, junto a uno de esos finísimos mechones de pelo que le caían ondulantes por la cara, hacia los hombros. Podría moverse, situarse a su espalda como hacía algunas veces, con la misma suavidad con que elevaba un brazo hacia el cielo para indicar el lugar preciso por el que aparecería una luna hasta el momento oculta tras las nubes, sonreír con esa misma sonrisa de conformidad ante el desconcierto de Sara, ante ciertos estremecimientos de emoción que percibía en sus manos y en sus labios, y pronunciar un simple y explícito «no».
          Pero no se movió.
          No iba a estar con ella mucho tiempo. Sara volvería a quedarse sola en su inmensa casa de tres plantas más sótano y jardín sin que su herida hubiera sido desinfectada, sin que hubiera llegado a cicatrizar. Olivia, por tanto, había optado por mostrarse amable:
          —Tienes una casa magnífica —fue todo lo que dijo.
          Y, a continuación, pensó que Sara era una chica triste que paseaba sola y cabizbaja por la Roca Vieja, mirando al vacío. Una chica que podía pasar horas en una bañera llena de agua turbia, de una densidad casi sólida, semejante al vidrio. Si le sucediera algo cuando ella ya no estuviera, si en algún momento una de aquellas bañeras se desbordara y los vecinos de los alrededores tuvieran que entrar para rescatar su cuerpo sumergido, los comentarios sobre ella no se harían esperar: «Se notaba que esta pobre insensata no sabía lo que hacía». Y, mientras, recogerían los libros que, en torno a su cuerpo inanimado, habrían ido desplazándose lentamente, impulsados por las pequeñas corrientes formadas por los pasos de esos mismos vecinos que, con sus botas de agua, deambularían de un lado a otro con la pretensión de obtener una buena explicación, una respuesta lógica, para sus muchos interrogantes acerca del singular motivo que habría llevado a Sara a morir de esa manera.
          «Era una muchacha guapa», repetirían. «Algo escuálida, pero guapa. Aunque no tenía la cabeza en su sitio. Si la hubiera tenido no se habría ahogado así, la pobre.»
          Olivia no estaría allí cuando aquello sucediera. Tenía que comunicarle su decisión a su padre lo antes posible, y luego tenía que desaparecer… Cuando amaneciera. Guardaría unas cuantas cosas, las imprescindibles, en una mochila, y se ocultaría. Los vecinos no estarían al tanto de la relevancia de sus cuidados, y nadie podría dar explicación alguna acerca de su paradero. Así que, siempre con una diplomacia ejemplar y siempre con un gesto comprensivo en la cara, comenzó a considerar las posibles estrategias para escabullirse.
          Si pudiera revelarle sus planes a Sara, le aseguraría que preferiría no tener que hacerlo. Le gustaba su casa y, en cierto modo, le gustaba estar con ella. Aquello era tan parecido a una casa de verdad… A un hogar. Sara había conseguido crear todo eso. Ese lugar recogido. Ese lugar íntimo… A veces tenía la impresión de que allí dentro había una familia. Aunque la imaginase a ella sola, aunque estuviese sola, Olivia tenía la impresión de que Sara y esa casa formaban una familia.
          Si pudiera explicarse, le diría todo eso, aunque a la vez anticipaba ya la desconfianza y la dejadez de los últimos instantes que la pobre Sara tendría que soportar en aquel sitio, sin ella, inmersa una vez más en su renovada soledad.
          Apoyó los codos en las rodillas y se dejó caer hacia delante para contemplar cómo sus dedos se unían y desunían en una especie de juego de precisión, simulando ser piezas que encajaban sin esfuerzo, como al azar, hasta formar el paisaje perfecto de un puzzle.
          —Si estás enfadada puedes decírmelo —oyó.
          Olivia bajó los ojos al suelo y no respondió.
          Algunos curiosos llegarían a la conclusión de que aquella muchacha había sido incapaz de conquistar lo que los demás suelen obtener con relativa facilidad. Habría quien creyera que Sara no había podido conseguir que alguien agradable pasease a su lado o viviera con ella. Supondrían que era una chica triste, malcriada o, simplemente, insulsa. Y entenderían que hubiera deseado acabar con el alejamiento y el frío. El espanto. Por lo que tal vez no fuera necesario que Olivia Fouquet abandonase aquella casa arrastrando tras de sí la lamentable sensación de haber fracasado. Tal vez, después de todo, hubiera dado con un nuevo método, mucho más contundente, mucho más expeditivo, para suprimir el dolor de aquel que sufre; para terminar de una vez con la dañina y dramática agonía de aquel que se atormenta y que pierde, sin remedio, el equilibrio.

 

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