José Manuel Martín Peña: “Galería de personajes”


César Andrés

          Cuando éramos niños y nuestras madres nos llevaban al parque él caminaba siempre un paso por delante de nosotros. Nos comunicaba si los columpios estaban rotos o si el tobogán estaba sucio. Era un explorador. El primero que descubría las ardillas en los pinos, cuando había ardillas en los pinos. Colocaba las hormigas en la palma de su mano y les hablaba como si pudieran entenderle.
          De todos nosotros, es el que ha llegado más lejos, pues se encuentra en Canadá, talando árboles y haciéndolos bajar por un río hasta el aserradero. Debido a su trabajo viaja en helicóptero a menudo. En una carta con olor a resina le confesó a Javier Mendoza que ha soñado que morirá en un accidente. Quiere que le incineren. Pregunta por todos nosotros y se extraña de lo que le cuentan.

 Luis Navascues

          Siempre se apostaba un dólar. De dólar vino Dolli, y con el apodo de Dolli se quedó. Era un excelente jugador de fútbol, un malabarista con el balón. Le llamaron del Real Madrid, para sus equipos infantiles, y parecía que al final le veríamos triunfar como medio centro. En un reconocimiento médico rutinario le diagnosticaron una rara enfermedad coronaria. Algo que tenía que ver con que el corazón lo tenía vuelto unos grados de más, embutido en el esternón.
          Trabaja en una tienda de informática. Por lo visto es un hacha en su especialidad. Es capaz de venderle cualquier cosa a cualquier persona. Intentó suicidarse cuando su novia de toda la vida le dejó por otro. Ya se ha recuperado, con ayuda de sus amigos. Se fuma un porro de vez en cuando. Es bueno, bueno como el peluche de un niño. No recuerdo que nunca hablara mal de nadie.

 Jacinto Ortiz

          Le recuerdo pendenciero, fuerte, con las piernas abiertas, flexionando las rodillas. Con los pantalones excesivamente cortos porque crecía rápidamente o porque su madre les alargaba la vida demasiado sacándoles la bastilla. Comía aceitunas, le recuerdo comiendo aceitunas siempre. A los más canijos nos miraba con afán retador, arrugando los ojillos y sonriendo sin ganas.
          Murió en un estúpido accidente, atropellado por un tren. Hace muchos años. Yo estaba allí, estoy seguro, lo vi todo, pero a veces me parece que me lo han contado o que lo he visto en una película, desde ángulos distintos y repetido en muchas ocasiones. Durante algún tiempo los que estábamos allí nos sentimos especiales —de un club selecto— por haber asistido en directo a su muerte. Luego, como es natural, el recuerdo se volvió difuso, casi molesto.           

 Fernando Peral

          De sobrenombre Poti. No obedecía ni a padres, ni a profesores, ni a nadie. Ni siquiera se obedecía a sí mismo. Decía blanco, y hacía negro. Parecía que llegaba y ya se había vuelto. Ponía tanto énfasis en defender una postura como la contraria. Era pura contradicción. Fue el primero en llegar a la adolescencia y dejarse el pelo largo, y en vestir aquellas botas tan estrafalarias que estuvieron de moda. 
          Ahora es concejal del Partido Socialista de las Tierras Castellanas en un pueblo de Guadalajara. En un principio fue maoísta, luego trotskista y ahora es socialdemócrata del ala más liberal de su partido. Miembro fundador de la Coordinadora de Movimientos Asociativos. Se casó y después se divorció de una militante socialista. Su vida sexual es escasa, casi mínima. Lo confiesa a cualquiera que quiera escucharle. Tiene dos hijos, uno de ellos autista.

 Cosme Langio

          En el patio del colegio se retiraba a un rincón y se quedaba en silencio. Parecía que iba a llorar, haciendo pujitos, pero luego nunca lo hacía. Cuando crecimos, esa melancolía le sirvió para tener muchas novias. Adquirió la costumbre de rascarse con la yema de los dedos índice y corazón la parte de la bragueta. Lo hacía continuamente. Todos los pantalones los tenía desgastados por ahí, deshilachados.
          Es famoso por su delgadez. Por lo visto come muy poco. Trabaja instalando toldos. A veces, suspendido en el vacío, mientras coloca la barra de un toldo, mira el precipicio y sonríe. Se casó con la chica que más le quiso, y parece no haberse arrepentido. Ella le cuida para que no le ataque la tristeza. No ha perdido la costumbre de rascarse la entrepierna con la yema de los dedos.

 Miguel Asquerino

          Desde pequeño utilizaba un vocabulario con palabras extrañas que nos causaban perplejidad. Estudiaba mucho. Veía en la pizarra y los cuadernos lo que los demás ni siquiera intuíamos: un camino para salir del barrio. Se quitaba las gafas, se rascaba la coronilla frente al profesor y acumulaba puntos en el contador imaginario del futuro. Fue el primero en pensar en el porvenir, el primero en acudir a una academia nocturna para aprender inglés y taquimecanografía.
          Es ingeniero, socio de varias empresas inmobiliarias en la costa mediterránea. Cuando vuelve por el barrio a lomos de una moto de gran cilindrada, su gran afición, nos sermonea con que nuestro problema es que tenemos la mente reticulada. Hace una visita rápida a sus padres, toma una cerveza en el Sarrio —el Zeppelín ni lo pisa— nos dice lo de la mente reticulada y sale corriendo. Ha sufrido ya varios accidentes de tráfico, por tanto correr.

 Fernando Escolar

            De pequeño fue el primero en hacer novillos, y luego nos arrastró a otros, como si viviésemos en Hamelin. Conocía los mejores billares, a la gente más auténtica. Gente peligrosa, con la mirada torcida. Con su primer acné se convirtió en punk. Se colgó el auricular de un teléfono de aquellos tiempos, tan grande, como medalla, se calzó unas botas con tachuelas y se erizó los pelos. Nos abandonó pronto, porque decía que éramos aburridos.
          Es de los pocos que no vuelve por el barrio. Ya no le queda nada aquí. Se convirtió en homosexual militante, de los de pluma y ostentación. Regenta un bar en el que hay poca luz y las copas cuestan muy caras. Alguna vez he ido por allí, pero no creo ser bien recibido. Corren rumores de que tiene serios problemas con las drogas, pero yo estoy seguro de que eso es mentira, no sé por qué. 

 José Sandiego

            Asistió siendo un niño a un colegio privado. Desde muy pequeño fue en autobús al colegio, vistió uniforme y supo del valor del dinero. Mientras los demás jugábamos en el patio de atrás de nuestras casas a tirarnos piedras él asistió a clases de equitación.  Sus compañeros le confundieron con el mozo de cuadras y volvió al sitio del que nunca debió salir: el barrio. Le quedó para siempre un resquemor en la mirada.
          Tiene un serio problema con el vello. Lo ha intentado todo, pero cada vez se nota más afectado por la licantropía. Entre eso y los gases del estómago, que le hacen rugir en el momento más inoportuno, parece estar añorando siempre la jungla. Se dedica a la enseñanza. Lidia con adolescentes y es un buen profesor. Con la docencia redime su infancia.

Pedro Libuster

            Era el que se atrevía a tirarse desde lo más alto, el que aguantaba en primera fila las guerras a pedradas con los de las calles vecinas y el que nos defendía contra los mayores, que siempre se burlaban de nosotros. No es que fuera grande, ni fuerte, ni gordo, pero algo en él, sus andares y sus hombros, imponían respeto. Su cara era inexpresiva, como si esperara el clic de un interruptor. Apretaba las mandíbulas y espantaba a cualquiera.
          Con cuarenta años sigue viviendo con sus padres. En su casa se escucha música clásica por prescripción médica, eso me han dicho. Anda balanceándose. Sale poco y solo lo hace para ir a la consulta del psiquiatra. Le diagnosticaron un problema mental que aparenta curársele en primavera y se le agrava los otoños, con la caída de las hojas de los árboles. No sé en qué consiste. Si alguna vez nos vemos cabecea como si no se creyese lo que pasa.

 Javier Mendoza

          Siempre estaba enfermo. Cuando los demás jugábamos a las chapas a él le diagnosticaban un problema cardiaco, o asma, o reuma. ¡Reuma, a su edad! Presumía de sus dolencias, tan estrambóticas, y nunca se quejaba por quedarse en casa. Miraba por la ventana y nos saludaba agitando las manos, como si viajáramos en un tren que él había perdido. César Andrés iba a visitarle a menudo, y hablaban de cosas que sólo ellos sabían.
          Es abogado. Por lo visto está forrado. Pertenece al gabinete jurídico de una empresa multinacional dedicada a los plásticos industriales. Una vez salió en la tele, pero no habló. Se limitó a escuchar con atención lo que otro señor decía. Luego aplaudió. No suele volver por el barrio. Vive en las afueras, en un chalet de lujo, con su mujer y dos hijos que le dan demasiados problemas. Siempre va con prisas. Se cartea con César Andrés, que vive en Canadá, y le cuenta que no es feliz.

 David Orea

          Era muy mal estudiante. Suspendía todas las asignaturas excepto Trabajos Manuales, pero todos lo pasábamos muy bien con él en clase, porque le plantaba cara a los profesores y se reía de ellos. No tenía nada que perder. Su vida era un reto. A los quince años dejó embarazada a Esmeralda, una compañera de octavo B. Le envidiábamos —fue el primero en gozar del sexo, tan precoz—y a la vez nos compadecíamos de él, porque Esmeralda era idiota.
          Su mujer murió de una sobredosis, desdentada y medio calva, en los soportales oscuros del barrio, seguramente muy cerca del lugar en el que engendraron a Desiree, su hija, que ya tiene 20 años. David vive con ella en el piso que fue de sus padres, muy cerca de donde viven los míos. Es un buen y reputado electricista. Nos reímos mucho cuando nos vemos. Recordamos nuestra adolescencia y aquellos profesores tan rectos y estúpidos.

 Juan Antonio Melo

          Siempre estaba comiendo. En una ocasión se comió diez flanes de huevo —todos los de la mesa de 1ºB en el comedor del colegio—y eructó de tal manera que creíamos que se había roto por dentro. Nos castigaron a todos y llamaron a sus padres, para que fueran a recogerle. Mereció la pena verle tan orgulloso, agarrándose la panza. No estaba gordo, pero sí prieto. Le llamábamos Exín Castillos. Siempre pareció más mayor que nosotros.
          Se pegó un tiro en la cabeza. Murió en una garita de Colmenar, haciendo la mili. Nadie sabe por qué lo hizo. Quizás fue un accidente. Desde entonces su madre viste de negro y arrastra los pies. Procuramos no cruzarnos con ella por la calle, por cómo nos mira, por no recordarle a su hijo. El día que murió llovía mucho.

 Francisco Barranco

          Burdi. Hasta sus padres, siendo un niño, le llamaban así. No he sabido nunca el por qué del sobrenombre. El rey de la alegría, el inventor de chistes, el animador del cotarro. Un payaso que reía y nos hacía reír. Cáustico, a veces cruel. Los profesores le temían —por sus famosas imitaciones — y nosotros le adorábamos. Habría dado media vida por un escenario y por nuestros aplausos. Compañero inseparable de Orea.
          Está calvo completamente. Es policía nacional. Imagino que cuando detiene a los delincuentes hará más llevadera su situación con un chiste. Con él la comisaría debe ser un jolgorio. Sin saber por qué ahora tartamudea y le tiemblan ligeramente las manos. Nos vemos de vez en cuando. Sigue alegrándonos la vida a todos. Me pregunta por Orea y por Desireé.

 Adolfo Navas

           Fito para los amigos. Gran admirador de Bruce Lee. Practicaba las artes marciales con un método por correspondencia que le prometía un cuerpo musculoso, una máquina perfecta para matar. ¿Para matar a quién?, le preguntábamos. Tenía su dormitorio —en aquellos pisos tan pequeños— lleno de tensores y poleas para sus ejercicios. Su mayor deseo era que se le achinasen los ojos. Creía en la reencarnación y el budismo, y meditaba dos horas diarias.
          Metido en problemas, no se sabe bien de qué tipo, aunque algo tienen que ver con el alcohol y las drogas. Se acoda en las barras de los bares con estilo perfecto y agarra los vasos de whisky como nadie. Se le han caído los hombros. Camina como si acabara de levantarse del suelo. Convive con una úlcera sangrante y una mujer gorda y triste que se rumorea que trafica. A veces habla de nuestra juventud, y se le pone la mirada del furor del dragón.

 Javier de la Madrid

          Era el mayor de cinco hermanos. Merendaba pan, aceite y azúcar todas las tardes. Algunas noches no cenaba. Él y Pedro Libuster capitanearon todas nuestras grandes expediciones infantiles fuera del barrio. Los dos estaban siempre en primera línea en todas las guerras a pedradas y en las peleas a puñetazos. Las principales palizas las propinaban y recibían ellos. Fue el primero de todos nosotros en tomar una caña en el Sarrio y también el primero en abandonar el colegio. Descubridor del Zeppelín.
          Lo que sé de él lo sé por uno de sus hermanos, que me cuenta que está en Londres. Trabaja como cocinero en un restaurante. Por lo visto lo suyo es la cocina mediterránea: se ha especializado en venderle paella y sangría  a los ingleses coloradotes que añoran la costa mediterránea. Se casó con una chica jamaicana y tiene dos hijos que siempre están deseando venir a Madrid un fin de semana, para ver la Cibeles y el Bernabeu.

 Pedro Coronado

          El Mocos. Siempre con pañuelos en la mano, con los ojos llorosos, estornudando. Hijo único cuando en las familias no había hijos únicos. El primero que tuvo bici en el barrio. Acumuló calderilla a nuestra costa: nos la alquilaba para dar una vuelta a la manzana. Un tahúr infantil del tute y el póquer a la sombra de las tapias. Completaba el primero todas las colecciones de cromos y comía más polos de fresa que nadie. Junto a él y a Cosme Langio fumé mi primer cigarrillo.
          Es funcionario del Ministerio de Hacienda. Es el que no falta nunca a las comidas de navidad, cuando nos reunimos en el Zeppelín—que ya no es el mismo, reformado— y a todos nos ataca la melancolía de la quinta cerveza. Su mujer le abandonó porque no le quería. Él siempre, a los postres, acaba hablando del daño que le hizo. Luego alguien le da una palmada en el hombro y nos vamos a tomar algo a otro sitio, fuera del barrio. Lejos de este polvo rojo que le da alergia pero del que no puede prescindir.

 Servando Hinojosa

          Quería ser médico o cura. Fue primero monaguillo. Estuvo involucrado en aquellos movimientos cristianos de izquierda que reclamaban la alegría como ingrediente de la práctica de la religión. Era de los de abro mi corazón, de los de la espiga al sol y la guitarra en la mano. Buscaba algo intangible, algo que no tenía nada que ver con nuestros juegos, con los cromos y los tebeos. Fue víctima de la alopecia rápidamente.
          Sigue en el barrio. Casado, con cuatro hijos. Es pastor protestante de una iglesia cuyos miembros son, en su mayoría, gitanos redimidos y antiguos presos. Propietario de un locutorio que utilizan los inmigrantes para largas conferencias con sus familiares. Practica el proselitismo entre llamada y llamada. Su calvicie completa y sus movimientos ralentizados, como si al mecanismo de su cuerpo le faltara una marcha, hacen de él una figura especial, como de videojuego.

 Martín Sierra

          Ahora me toca hablar de mí. No sé cómo rellenar estas líneas. Podría escribir una o mil. Tuve una infancia más bien triste. O apagada. En algún momento creí que estaba incapacitado para tener amigos. Me sentía especial, pero no mejor que los demás. Me gustaba la calle y el cine de sesión continua. Dividía el mundo en blanco y negro, en buenos y malos. Pero, sobre todo, en mi infancia, leía. Leía como se respira: por necesidad. Leí tanto y de forma tan desordenada que creo que leí demasiado.
          De ayer viene todo lo que soy hoy. Tengo cuarenta y dos años. Estoy casado, tengo una hija. Soy razonablemente feliz, me siento afortunado por cómo transcurre mi vida. Me dedico al negocio de la comunicación: Trabajo de cartero, un trabajo anodino, entregando cartas que otros han escrito. Sigo leyendo muchos libros. Recuerdo algunos que leí con quince años y la sensación que me produjeron. Ahora también escribo. Me gustaría publicar un libro. Uno en el que incluiría estas páginas.

 

 

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