Iban Zaldua: “Las moscas”

            

          Al caer la tarde, como de costumbre, los viejos se van reuniendo junto al monumento a la independencia, en el lado que da sombra. Primero llega Julián, que se pone a liar un cigarrillo. Enseguida aparecen Martín y Jon Ander, seguidos a corta distancia por José Luis, que se acerca renqueante. Fernando se les une algo más tarde, cuando la tertulia está montada y nadie le espera. “Ya tuvo que venir este pesado”, rezonga Julián, pero Fernando, que es un poco duro de oído, no se ha percatado, o prefiere no darse por enterado.
            –Hace calor, ¿eh? –suelta Fernando.
            –No tanto como ayer.
            –Es verdad, ayer sí que nos cocimos a fuego lento.

            –Y eso que vinimos un poco más tarde de lo habitual.
            –Es que no se podía salir a la calle…
            –Pues hoy no sé si vamos a aguantar mucho aquí –añade Jon Ander, que se mete el dedo índice de la mano derecha en la boca y enseguida lo levanta un poco por encima de su cabeza–. Hay viento sur, y ya sabéis…
            –Oye –le interrumpe Fernando–. ¿Os habéis fijado en que cada vez hay menos moscas?
            –Ya empezamos otra vez…
            –Con estos calores tendría que haber más –prosigue Fernando–. ¿Os he contado que mi padre tuvo un restaurante, allá en el pueblo?
            –Sí.
            –Pues en verano no parábamos de la cantidad de moscas que había. Teníamos que espantarlas a manotazos. Como no podíamos usar insecticida, por la comida, ya sabéis…
            –A mí no me parece que haya menos que antes.
            –Te digo que sí, que antes había muchas más.
            –¿Y no utilizabais uno de esos aparatos para electrocutarlas? Ésos que eran como una lámpara azul…
            –No, mi padre decía que no eran de buen tono. Que no pegaban con el establecimiento. Es como si le hubieras dicho que pusiera mosqueros.
            –¿El qué?
            –Sí, hombre, esas tiras a las que se pegaban las moscas. ¿No has visto nunca una?
            –Pues no.
            –Eran asquerosas. Pero a mi padre le parecían iguales que la dichosa lámpara. Mira que se empeñó mi madre en que comprara una, para probar al menos, pero fue inútil. Y allí nos tenía, con las ventanas siempre cerradas para que no entraran las moscas, y luego espantándolas como podíamos porque, claro, las ventanas no podían estar siempre cerradas…
            –Ya.
            –De todas formas, me da la impresión de que la gente se ha vuelto más melindrosa con las moscas, ¿no creéis? A nosotros, de jóvenes, si se nos caía una al café con leche, la apartábamos y ya está, nos seguíamos bebiendo el café. Dile ahora a cualquiera de esos señoritos que tiene una mosca en el café. Si ya ni salen afuera. Seguro que te arman un escándalo si se encuentran una mosca nadando en la sopa.
            –Seguro.
            –Creo que es porque hay menos moscas. Si hubiera tantas como antes, la gente estaría más acostumbrada, digo yo. De verdad, ya no se ven las cantidades que había en mi juventud. Una vez, en el restaurante de mi padre…
            –Mira que eres cansino, Fernando.
            –Vale, vale. Pero, ¿de qué quieres que hablemos, eh? Si no se puede hablar ni de política ni de religión, ni de nada…
            –Podemos hablar de mujeres…
            –Ja, ja, ja.
            –O de fútbol…
            –Quita, quita: ¿a lo de ahora lo llamas fútbol?
            –¿Pues qué es, si no?
            –Una mierda es lo que es.
            –Venga, no te pongas nostálgico. El que echaron el sábado por la tele no estuvo tan mal.
            –Sin hierba de verdad y bajo tierra, qué quieres que te diga, ya no es lo mismo.
            –No te jode. ¿Y dónde van a jugar los partidos, si no?
            –Muchachos…
            –Hay días que se podría jugar fuera. Sólo es cuestión de voluntad…
            –Muchachos –repite Jon Ander, levantándose–, será mejor que nos marchemos.
            –¿Qué marca el contador?
            –Trescientos setenta y siete –responde Jon Ander, echando una ojeada a la pantalla del aparato una vez más–. Pero está subiendo rápido. Ya os he dicho que con el viento sur, la radiación…
            –Será mejor que os ajustéis los cascos, por si acaso.
            –Mierda, justo acababa de encender un cigarrillo.
            –Qué se le va a hacer.
            –Igual me da tiempo a fumármelo antes de llegar al refugio.
            –Tú verás.
            Uno a uno, los viejos van abandonando la plaza desierta y, siguiendo las flechas amarillas pintadas en el suelo, se  dirigen a sus habitáculos subterráneos. Instantes después, suena la primera sirena de aviso.              

                 

          

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