Hipólito G. Navarro: “La vieja artesanía de los papiros”

       

          No me hace falta consultar en cualquier enciclopedia cuánto tiempo les podrá quedar de vida, no hay más que verlos, agonizantes.
          De las tres ventanas de los viejos de enfrente dos están cerradas, y a la anciana la veo trajinar por la cocina, entre sartenes y restos de comida que desde aquí no consigo identificar. Sí puedo precisar en cambio, gracias al estupendo termómetro digital que tengo colocado en mi ventana, que en este lado del patio, a la sombra, fluctúan ahora mismo los números rojos entre el 42 y el 43, sin llegar a definirse de una vez ninguno de los dos, pero esta indecisión apenas dura unos segundos; que enseguida permanezca menos tiempo el 42 que el 43 viene a significar que el calor sigue en aumento, que en breve dejará de aparecer el 42 a intermitencias, que el 43 permanecerá solo, sin compañía, durante veinte minutos más o menos, hasta que recomience el juego de los guiños cuando tenga a bien aparecer el 44, y seguir así la progresión hasta la cota más caliente de la siesta, para volver después de manera despaciosa y angustiada la cuenta del revés. Tampoco se me escapa que estos valores en centígrados significan más la temperatura del estancamiento del aire que la de la pared donde tengo colocado el termómetro, y que muy similar deberá de ser la temperatura de enfrente, la del aire estancado enfrente, pero no en absoluto el valor de la temperatura en esa pared, que lleva expuesta al sol más de dos horas. Cómo me gustaría saber la temperatura del aire que respiran los canarios en sus cuatro jaulas. El viejo los ha olvidado al sol. La anciana friega cacharros en la cocina. A él lo supongo durmiendo una plácida siesta en la habitación del centro, donde tienen el aparato de aire acondicionado. El aparato arrojará en el interior de ese cuarto un suavísimo aire fresco, mientras hacia afuera engrosa un poco más los grados junto a los canarios, que ciertamente agonizan. Uno ya está tumbado en los alambres.
          Podría avisar a la anciana desde aquí, gritar: ¡los pájaros!; con esas dos palabras los salvaría, pero me retengo. La veo tan ausente fregando cacerolas y sartenes, canturreando o hablando sola muy bajito, descansando de la eterna discusión con el viejo, que no puedo romper ese equilibrio, ese relativo descanso. Por otro lado, ¿no es siempre el viejo quien se encarga del trajín de los canarios, quien los coloca en la ventana y quien los vuelve a retirar, el que les cambia el agua y el alpiste? De las macetas en el alféizar de la cocina se ocupa ella, muy escasamente, como debe ser: unos regados muy justos y madrugadores, recién amanecido, antes de que el cascarrabias comience su retahíla de voces y pedidos de un desayuno que él jamás ha preparado. Ahora, en la exacta mitad del verano, si acaso –¿para inmiscuirse en la cocina, el territorio de la anciana?– salpica él de gotas mínimas las hojas de las plantas con un pulverizador, las refresca dos o tres veces al día, y simulando una defensa adicional al bochorno de un aire que lleva estancado por entre los bloques más de un mes, aprovecha para regalarle a ella unas cuantas humillaciones más, una docena de voces de propina, que resuenan sin pudor por todo el patio.
          No doy un grito de aviso ni cuando ya son dos los pájaros tumbados sobre sus excrementos, tal vez insalvables. Lo repito: veo a la anciana tan atareada con sus cacharros, en la limpieza o el entretenimiento de la soledad de su siesta, que me resisto a romper esa paz con las eternas trifulcas de los canarios y otras muchas. Contemplo ensimismado su rostro pequeño, el moño alto y blanco, sus manos ahora guardando los platos del almuerzo, esa comida siempre silenciosa frente al televisor. No le indico nada, ni siquiera se me escapa un leve gesto cuando la veo asomada al patio y me descubre a mí enfrente, contemplándola con descarada admiración.
          Ya está aquí el 44. El tercer canario se deja caer desde su breve trapecio, como dormido, sin un pío siquiera.
          Ella desaparece entonces de la cocina, penetra en la oscuridad de las habitaciones. Lo mismo ha comprendido, se ha dado cuenta de lo que esconde el silencio de mi rostro; recuperará al fin el último canario aún con vida, se arriesgará a tres cuartos de la bronca que se desatará luego de la siesta, va a salvar un solo pájaro para defenderse de ese viejo, un esposo ya desconocido, tal vez un padre viudo y amargo, quizá un hermano que nunca la quiso demasiado, la relación a estas alturas de la edad está tan diluida en el fracaso y la costumbre que lo mismo da. Pero no, no, la ventana permanece cerrada, no hay salvación para ese último pájaro que ahora cae como un leve paréntesis amarillo amodorrado por el sol, y la anciana regresa a la cocina con unos cuantos papeles blancos justo en el momento en que el 44 abandona su juego de parpadeos con un 43 ya en retirada, para quedarse solo también otra media hora o algo así. Con los cuatro pájaros muertos y la anciana haciéndole dobleces a un papel cierro mi puesto de observación y me abandono otra vez al aburrimiento interior de mis habitaciones despobladas, ya hasta el día siguiente.
          Y en ese día que ya es hoy por la mañana, la procesión de los deudos uniformados de furioso negro acompañando al anciano a su último viaje, la anciana encorvada, sujeta del brazo de algún nieto o algún hijo, me dejan completamente indiferente, casi ni los miro cuando abandonan cabizbajos estos patios. Prefiero el espectáculo soberbio de las cuatro pajaritas de papel en esas jaulas, todavía en la sombra.
          Mi termómetro, tan temprano aún, acaba de amueblar con un rotundo 32 tanto silencio.

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1 comentario

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Una respuesta a “Hipólito G. Navarro: “La vieja artesanía de los papiros”

  1. JUANA LA CUERDA

    Es un POLICIAL perfecto, por el in crescendo, por la tensiòn que tanto obsesionaba a Cortàzar. Frases precisas, abrumadoras como el calor.
    La soledad de los personajes y el verano, que sube en el aire estancado y en el termòmetro digital.
    Un final DESGARRANTE, pese a las pistas que no logrè ver, pero que el autor da, con calurosa maestrìa. “Ese último pàjaro que ahora cae como un leve parèntesis amarillo” : luego de esta frase colorida, que aligera la oscuridad de la muerte, viene la tibia IMAGEN de los pàjaros de papel, cortados mansamente por la ANCIANA. “Furioso negro”: una imagen dolida y fuerte, para mostrar un CORTEJO, que al autor lo deja indiferente. Muchas muertes en una. Muy bello, muy inesperado y trágico.

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