Eduardo Stafforini: “Tsunami”

         

          Parecía una pared negra avanzando bajo el cielo oscuro mientras que el sol todavía brillaba de este lado. Ocupaba todo el horizonte, de la cresta se desprendían nubes, enormes masas de agua en forma de vapor y lo precedía una ola importante pero más baja, un emisario.
          En aquella casa de campo nada parecía haber variado, la provincia de La Pampa dormía en un silencio apenas interrumpido por el canto de los pájaros. Empezamos a correr hacia el oeste por caminos de tierra resecos, sedientos de un agua que el verano no traía, ¿el agua del tsunami?

           Mientras corríamos tratábamos de pensar en algún lugar con altura donde pudiésemos quedar a salvo. ¿Cuán alta sería aquella masa de agua? Y cuánto tardaría en llegar…
          Nada de lo que veíamos parecía servir, los árboles más altos eran insignificantes comparados con aquello que oscilaba en el horizonte, insignificantes en altura y en raíces, que serían arrancadas de cuajo. Las torres de alta tensión se alineaban sólidas pero yo sabía que no podrían soportar el embate del agua. Necesitábamos la protección de la geografía y la geografía no venía en nuestro auxilio. Montañas… ¿a qué distancia estarían? Pensé que quizás podríamos encontrar alguna loma alta o con suerte, una colina; esas cosas que en la llanura no existen pero que aparecen en la imaginación cuando uno está desesperado.
          Llegamos a una casa escondida detrás de un monte de paraísos. Cruzamos la tranquera y  hacia un costado vimos la mesa debajo de un quincho. Alrededor de diez personas estaban sentadas dando la espalda a una parrilla que echaba humo. Las brasas crepitaban nerviosas. Saludamos a las apuradas: ¿vieron el tsunami? ¡Se viene un tsunami!
          Buenos días,
contestó el que parecía ser el dueño de casa. Y a continuación: nunca escuché hablar de tsunamis…
         
Está viniendo para acá, dijimos señalando hacia el este. Pero el monte de paraísos tapaba el horizonte, sólo se veía el pequeño espacio de campo que rodeaba a la casa.
          ¿Cómo es eso del tsunami?, preguntaron los demás.
          ¡Allá! Córranse un poco detrás de los árboles, se viene una montaña de agua. Hay que escapar mientras se pueda…
         
Nadie se movió de las sillas, estaban muy entusiasmados con la comida y nos miraron como se mira a los locos, con cierto mal humor.
          Yo miré con disimulo un Renault rojo que estaba al costado de la casa, por la chapa deduje que era nuevito. Me imaginé tomando la Ruta 5 a toda velocidad tratando de escapar hacia San Luis, el lugar montañoso más cercano. Cuántos kilómetros serían… ¿doscientos, trescientos tal vez?
          Pero el tsunami ¿a qué velocidad avanzaba? Calculé: si aparecía en el horizonte no podía estar a más de veinte kilómetros, aunque claro, eso no tomaba en cuenta su altura; cuanto más alto fuera, más lejos podía estar. Cuanto peor, mejor. Pensé en un gráfico donde aparecía una curva con pendiente negativa, en el eje horizontal se mediría la distancia que nos separaba del tsunami y en el vertical, su altura.
          El dueño de casa vio cuando le relojeaba el automóvil y sin levantarse de la mesa trabó las puertas con el control remoto, como quien hace zapping con el televisor. Todos los ojos nos vigilaban, las manos crispadas sobre los cubiertos.
          Algo comenzó a vibrar, lo percibí de inmediato. 
          ¿Sintieron eso?, grité. ¿No sienten la vibración?
         
Los comensales nos miraron como si fuéramos predicadores evangelistas empeñados en estropearles el domingo. Sentí algo parecido a un silbido agudo, mezcla de agua y viento: el rugido del tsunami. Pero el aire seguía quieto, como muerto, y en aquella mesa todos permanecían sentados sirviéndose de una fuente que pasaba de mano en mano.
          Ya no se oía ni un pajarito: ellos nos daban la razón. Me pareció escuchar el crujir de las mandíbulas, las gargantas tragando lo que serían los últimos bocados de aquella gente. A fin de cuentas, una manera heroica de morir, haciendo lo que más querían, comiendo un asado. Había un manto de justicia y serenidad en la escena. Quiénes éramos nosotros para dictarles lo que tenían que hacer, ellos estaban protegidos por el muro de paraísos, el tsunami llegaría cuando tuviera que llegar; tal vez en minutos, tal vez en horas. Pero el Renault era un desperdicio y yo insistía en diseñar una estrategia de salvación, todavía podíamos subirnos y huir hacia el oeste.
          Mire, yo vivo en la casa que está a la entrada del camino, no sé si me conoce. Présteme el auto, si ustedes no quieren salvarse, por lo menos déjennos a nosotros, le dije casi gritando al dueño de casa. Ese auto es un desperdicio si no lo usamos ya mismo.
         
Se hizo un silencio. Por detrás, el tsunami… la vibración del aire. El hombre parecía calmo, con la cabeza hundida en los hombros y el cuchillo adentro de una vaina que le colgaba del cinturón. Un profesional del asado, gente calma y reflexiva por adhesión a un estilo, una estética. Nosotros aparecíamos como exaltados, algo intolerable, de mal gusto en esa circunstancia del asado.
          Vea amigo, si alguna vez necesitan algo con todo gusto les daremos una mano. Pero ahora, y ya que somos vecinos, por qué no se arriman y comen con nosotros… Hombre conciliador, mesurado, orejeaba sus cartas en un juego donde el tsunami no tenía lugar. El asado está a punto…
         
Sentí envidia de esa tranquilidad, las cosas encajaban en el orden previsto, eran lo que debían ser. Hasta hubiera dudado de no haber sido por aquel aullido sordo, la desesperación del tsunami.
          Nos faltaban como cinco kilómetros para llegar a la ruta, a buen ritmo alcanzarla nos tomaría una hora. El Renault rojo dormía la siesta en el mundo de lo previsible mientras nosotros no teníamos más remedio que seguir caminando.
          Ustedes están locos, les grité, ¿no oyen el rugido? ¡Están totalmente locos!, y dimos la vuelta hacia la tranquera. Escuché las risas a mis espaldas, las gargantas bien regadas con vino tinto.
          La sal…, escuché.
          Y la tierra empezó a temblar.

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10 comentarios

Archivado bajo Argentina

10 Respuestas a “Eduardo Stafforini: “Tsunami”

  1. Eduardo Qmi

    Se ve que el tsunami venía del Atlántico. Magistral la deducción: “Cuanto mejor, peor”. Al final siembra algunas dudas:
    “La sal”, ¿es para el asado?

  2. Héctor

    Muy bueno!!!
    Cuentan los pampeanos más viejos que por esa zona surfeaban tsunamis. Subidos a tablones de asado muchos recorrían cientos de kilómetros, aprovechando la geografía sin obstáculos. Con sabiduría antes que resignación, acompañaban y aceptaban imposiciones de la naturaleza . Regresaban a pié, alimentándose de la pesca de lo que había dejado el paso del temporal. Pero eso era antes de tanto alambrado….

  3. SILVIA G.

    Muy lindo Eduardo…
    Y sí, mucho hongo alucinógeno había donde hoy crece tanta soja!

  4. Eduardo

    Me parece que el Tsunami es la metáfora de este gobierno que nos va a arruinar el asado a alunos y nos va a ahogar a otros.

  5. ines g.

    Me pregunto qué hubiese hecho yo. Sospecho que aceptar la invitación. Porque eso de andar corriendo por la llanura pampeana a la hora del almuerzo…te felicito Eduardo.

  6. Pablo Rivera

    Será que si no lo queremos ver el Tsunami no existe y la vida continúa ?.

    Felicitaciones Eduardo

  7. lisandro b.

    Eduardo:
    Como siempre, sutil, fino. La mezcla delirante entre la realidad y la fantasía, que quizás se haga realidad, está muy bien pintada en pocos trazos. Te merecés un Riachueletto (te mandé algo de él?).
    Felicitaciones (y mandáselo a Nora).
    Lisandro

  8. Fernando B

    Eduardo:
    Muy buena la idea y como siempre tu forma de escribir. Que será más sabio? Seguir corriendo para adelante sin mirar atrás o parar la pelota, comerse un asadito y aceptar la realidad y disfrutar de los momentos felices de la vida (aún a riesgo de que sean los últimos). Abrazo grande. Fer

  9. nora

    Me encantó tu cuento Eduardo. Gracioso e inteligente. Muy “stafforiniano” tu humor.

  10. Laura Mazzola

    Eduardo, ¿el RENAULT ROJO, del cuento era modelo Dauphine (así se escribía), como el de Guillermo?

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