Pía Bouzas: “A veces las cosas son tan diferentes”

     

            Sergio estacionó frente a su casa, una casa con canteros y flores en un barrio tranquilo de la ciudad;  eran las siete de la tarde, el sol estaba cayendo y no había ningún vecino en la cuadra, ningún chiquito jugaba a la pelota. La estampa de una vida apacible, imaginó por un instante. Dio unos pasos, esquivó la glicina que su mujer se negaba a podar aunque había invadido todo el frente de la casa y llegó a la puerta de madera blanca. Antes de abrirla respiró profundo, como si fuese necesario tomar ánimos o entrar limpio, sin lastre. Hola, avisó. Dejó el maletín de cuero en un sillón del living y mientras se aflojaba la corbata se conformó pensando que había días en los que todo salía mal. Como éste. 
            Supuso que su hija estaría en su dormitorio y avanzó por el pasillo. La niñera apenas escuchó la llave en la puerta aprovechó para irse. Hasta el viernes, dijo, y salió volando como si la llevara el diablo. Sergio apenas alcanzó a saludarla. Chau, gracias, dijo. Supuso que su hija debía estar jugando o viendo televisión, y así era, alcanzó a verla desde el umbral del cuarto. En el escritorio encontró una nota de su mujer. “Estoy en la clínica con Lauri. Ya nació el bebé.” Leyó dos veces el mensaje como si la primera vez hubiese cometido algún error, pero no, no había leído mal, todo estaba bien en la clínica.
            Entró al baño y abrió la ducha, quería sacarse la ropa sudada, el calor pegado a la piel como una resina. Quería olvidar, ser otro. Mientras se bañaba, sin embargo, le vino a la memoria la discusión con su jefa, el tonito burlón con el que sentenciaba si no hay compromiso no hay resultados, todos sabemos… que estás donde estás porque te bajaste al gerente, mucho compromiso, claro, hermosa palabra compromiso. Todos tenemos que comprometernos con algo; quién lo duda, flor de conchuda. Cerró los ojos. Dejó que el agua corriera por su cuerpo. Mejor así. Salió del baño más animado. Fue hasta la cocina, agarró una lata de cerveza, se sentó en uno de los sillones de la galería, encendió un cigarrillo.
            Ahora estaba mejor. Había brisa. Qué sería de él sin una cerveza helada en la tardecita, alcanzó a pensar. Pero el eco de un golpe en el interior de la casa lo sobresaltó, y estiró el cuello hacia atrás para escuchar, en un gesto de alerta completamente involuntario. Otra vez el rebote seco de un juguete contra la pared y un sonido gutural. Lo de siempre, su hija debía estar jugando con las muñecas.
            “Es un bebé precioso, gordito, increíble. Cuatro quilos doscientos pesó, ¿qué te parece?”. Su mujer le había dejado el mensaje en el teléfono celular. Otro sobrino hinchapelotas, imaginó. Otro bebé con coliquitos, vómitos, caca, berrinches. Igual a los hijos de Maite, la otra hermana de su mujer. Todas sus cuñadas, madrazas, paridoras, dueñas de la naturaleza. Por suerte Lauri vivía en la otra punta de la ciudad y su mujer había aprendido a manejar, cosa que lo liberaría bastante los fines de semana, cuando ella decidiera visitarla y se llevara consigo a la nena, porque con quién iba a dejarla, se aburriría acá sola en casa, con el papá viendo televisión. Única ventaja, pensó. Él, por su parte, se subiría contento al colectivo o al subte para ir hasta cualquier bar con amigos, o solo, y una vez instalado pediría una buena botella de cerveza helada, y vería el fútbol por la televisión o los caballos o Crónica, o cualquier deporte boludo con tal de no tener que ocuparse de nada. Fin de semana, eso era lo que necesitaba. Fin de semana sin mujeres.
            Una voz lo sacó de su ensoñación. Aga, escuchó. Aga, aga.
            Agua. Había que llevarle agua. Cuando entró en la habitación, la beba, todavía era una beba, estaba de pie dentro de la cuna, agitando los barrotes con fuerza: Aga, aga, aga, repetía mecánicamente. Le dio el vaso y la beba tomó todo de golpe, como si viniera del desierto. Después sonrió con una sonrisa que mostraba todos los dientes. ¿Cómo le habían salido tan rápido todos esos dientes? ¿Y tan grandes? Le tiraba los brazos en alto para que la sacara de la cuna, pero él no tenía ninguna intención de hacerlo. En el último mes había aumentado de peso drásticamente y alzarla le hacía doler la espalda hasta quedar inútil. Aga, aga, aga. Eso también era upa, upa, upa. Pero también podía ser dame la muñeca, quiero comida, tengo sueño. Cualquier cosa. Lo único que se le entendía eran esas dos sílabas. Dios mío, ¿cuándo iba a hablar como todos los otros nenes? Y la fuerza que tenía. Por suerte los barrotes eran más altos que los de una cuna normal y por eso todavía podían dejarla adentro. ¿Pero qué harían cuando ya los pudiera saltar? Dios, entonces sí que se volvería loco. Estaba seguro. Miró el reloj: eran las ocho en punto. Hora de preparar la cena, nenita, no puedo quedarme, dijo. Y le tiró un beso con la mano, mientras ella decía aga, aga, aga y agitaba los barrotes, hasta que se calmó y la cabeza de una muñeca se estrelló contra la pared.
            Sergio fue a la cocina.
            Abrió la heladera, miró y decidió: carne al horno con batatas y ensalada. Y que Mariela se encargue de la nena. Adobó la colita de cuadril con sal, aceite, mezcla de mostazas y perejil, ajo, un poco de pimienta negra. Se embadurnó las manos con la mezcla y sobó la carne con gusto, la dio vuelta varias veces. Tenía sazón para la comida y nadie lo ponía en duda, él lo sabía perfectamente; cocinar era el resquicio donde su potencia relucía como un fuego sagrado. Siempre había sido así. Ahora la carne estaba lista; prendió el horno, dejó que se calentara.
            Cuando Mariela llegó, él estaba eligiendo las batatas para ponerlas en una fuente.
            Ella le dio un beso rápido en la boca, preguntó por la nena. 
            En su cuarto, jugando, contestó él.
            Mariela fue a ver a su hija. Se escuchaban los besos y las expresiones de felicidad de la nena: aga, aga, aga, decía, pero en un tono más arriba, con alguna risa entrecortada. Cuando volvió a la cocina, lo abrazó.
            -No sabés lo lindo que es el bebé. Lauri está tan feliz…
            Pero Sergio estaba pendiente de la cena, miraba la canasta repleta de papas y batatas sin decidirse. Le preguntó con el gesto aprendido en los viejos tiempos, cuando pasaban horas cocinando juntos:
            -¿Pongo ésta? -Sergio señaló una batata redonda, grande, de cáscara morada-. Es un poco grande, la verdad.
            -No sé -contestó Mariela, con la voluntad de obviar la interrupción- Lauri está tan linda, espléndida.
            Sergio sostenía ahora otra batata, de cáscara gris, cubierta de tierra. Mariela miró:
            -Creo que está vieja esa.
            Pero Sergio no le hizo caso,  agarró la cuchilla afilada y acomodó las verduras sobre la tabla de madera.
            Mariela se lavó las manos y eligió unas remolachas para hacer la ensalada. A la nena le encantaba esa ensalada. Nadie lo podía creer, pero así era. Uno ponía el plato con las remolachas cortadas en cubos pequeños, sazonadas con aceite, vinagre y un poquito de azúcar, y ella se enloquecía, no había manera de calmarla hasta que se le daba una cuchara y quedaba sola frente al plato, como si fuera el comienzo de la vida en la tierra.
            Mariela se paró al lado de Sergio, frente a la pileta y empezó a lavar la verdura.
            -Lauri me decía que fue un parto doloroso, pero lo que son las cosas, pensé yo, cuando la gente hace bien su trabajo, cuando hay una buena partera las cosas son tan diferentes.
            Sergio hizo un gesto casi imperceptible con las cejas,  tan diferentes, sin duda; pero siguió concentrado en su tarea, cuchilla en mano, cortando en rodajas la cebolla, el ají verde, el pimiento. Al cortar la batata por el medio dudó. Tenía una rugosidad interna, filamentos marrones, raíces dibujadas que se encastraban unas con otras.
            -Te dije que estaba vieja, tirala –anticipó Mariela-. La cuestión es que si no hubiera sido por la partera ¿me estás escuchando?
            -Pero está bien, ¿o no?
            -¿Lauri?
            -No, Lauri ya sé. Esto, mirá.
            -¿Por qué no agarrás la otra y listo?
            Cortó la otra batata, la de cáscara morada. Estaba limpia, impecable, blanca.
            -Nada que ver. Perfecta.
            -Te dije –le recriminó Mariela.
            Y lo miró de soslayo, midiendo para ver si podía continuar el relato.
            Sergio juntó los restos y los tiró a la basura con ímpetu. Después volvió a la mesada y liquidó todo rápidamente. La bandeja quedó cubierta en pocos minutos; roció las verduras con sal, aceite y limón. Le gustaban particularmente las papas con un toque limón. Mariela, mientras tanto, preparaba la ensalada.
            -¿No querés que te cuente?
            -No.
            -No sé si está bien esa actitud –agregó Mariela con cautela.
            Y se quedó en silencio, un silencio que conocía desde hacía tiempo. Un silencio de armisticio frágil. Si cerraba los ojos podía imaginarse frente a un campo desolado, de esos donde alguna vez se libró una guerra y quedaron minados. Y aunque ahora ya no hay guerra, es cierto, atravesarlo es tan peligroso como antes. Pero Mariela se sacudió la imagen con un movimiento rápido de cabeza y siguió cortando las remolachas mecánicamente, como para aferrarse a una acción práctica. En realidad era difícil sopesar lo que estaba bien y lo que estaba mal, la manera en que actuaba Sergio, imaginar el futuro. Frecuentemente tenía miedo, un miedo simple y visceral. Pero otras veces, más optimista, creía que tarde o temprano a él se le pasaría esa tristeza que lo acompañaba como una sombra.
            -Nuestra vida ahora es tan diferente- irrumpió Sergio, y al decirlo imitó el tono que ella había empleado.
            Pero, amor, pasó mucho tiempo ya.
            -¿Sí?
            -¿No? Casi dos años.
            – Mejor ni pensarlo.
            -Tendrías que superarlo, no sé, buscar ayuda. Valorar lo que tenemos, ¿no te parece? –y abrió los brazos con cierta inquietud. Después se apoyó en la mesada, la ensalada estaba lista.
            -Justamente. Justamente. Eso hago.
            Sergio abrió la puerta del horno y salió un vaho infernal, un chisporroteo de aceite y grasa de carne. Metió la bandeja con un movimiento violento y cerró.
            -Todas tus hermanas tienen bebés fabulosos, nacimientos normales, médicos que hacen su trabajo bien y entonces claro las cosas son tan diferentes, pero nosotros.
            -Nosotros qué
            -No me hagas hablar –gruñó.
            -Ella está bien ahora.
            -¿Bien? A vos te parece que ella está bien -y subrayó el está con una mueca.- Nunca va a estar bien. ¡Cuándo vas a darte cuenta!
            Y esta vez iba a seguir hablando, lo sabía, pero un golpe contundente en alguno de los cuartos lo detuvo. Mariela además alzó una mano, expectante. Al rato se escuchó aga, aga y Mariela respiró distendida. Caminó hacia el dormitorio de la nena. Se quedó con ella. Pero qué nena más linda, venga con su mami, le decía. Seguramente la alzó. Sergio podía imaginarlo con facilidad. Ahora la nena la tenía abrazada por el cuello con sus brazos gordos, fuertes, y con las piernas le ceñía la cintura. Reía con su boca llena de dientes. Mariela quedaba chiquita junto a su hija, escondida en ese abrazo, pero sonreía con un resto de energía, como cuando volvió y le dijo:
            -En un rato comemos, ¿no?
            Sergio miró a su mujer como quien mira una zona devastada. La comida, sí, claro. Se dio cuenta de que todavía sostenía la cuchilla en la mano derecha. Giró y la tiró dentro de la pileta. Abrió la canilla para lavarse, agarró el jabón, pero no alcanzó a reparar en el vapor y un chorro de agua hirviendo le escaldó las manos.
            ¡La concha de tu madre!, gritó con toda el alma y sin saber exactamente a quién le hablaba. Después se miró las manos, enrojecidas como el cuerpo de un recién nacido; no sabía qué hacer con ellas.

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3 comentarios

Archivado bajo Argentina

3 Respuestas a “Pía Bouzas: “A veces las cosas son tan diferentes”

  1. mario capasso

    muy bueno el cuento, lo leí con interés, mantiene la tensión hasta el final,

  2. Veronica Valle

    Como dice la cancion de Jorge Drexler, “todo se transforma….”.Creo que todos nos hemos identificado con los personajes de Sergio y su esposa en muchos momentos…lo disfrute mucho.

  3. Viviana Paletta

    Magnífico cuento. Y escalofriante imagen final, perfecta condensación. ¡Felicidades!

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