Óscar Collazos: “Mariposa sin alas”

          

          El propietario de la pensión dice que Mariposa salió vestida con sus mejores galas, antesito de las diez de la noche. Eran como las diez y media, lo corrige Mariela. Que estrenaba un apretado vestido negro con lentejuelas rodeándole las caderas, como un cinturón de luces. Dice que antes de salir había dedicado al menos una hora a su maquillaje: sombras profundas y azuladas en los párpados, rojo encendido en los labios, un lunar en la mejilla izquierda. Dice que al salir a la calle Mariposa preguntó cómo se veía y él la consoló diciéndole que se veía fantástica. Vas a encontrar un cliente rico, le dijo. Y Mariposa salió contoneándose hacia la calle 13 con carrera 21 para ocupar la esquina de cada noche. Dice que los zapatos de plataforma la hacían ver imponente. 
          El portero del miserable hotelito del centro dice que Mariposa estaba feliz: la operación de los senos había sido un éxito y los implantes en las nalgas habían llenado sus expectativas. Paraditas y duras, como de negra, añade. Que esa noche Mariposa se había depilado las piernas con esmero y sin quejarse de la cera caliente. No había querido usar medias veladas. Deseaba mostrar la desnudez de la piel bronceada en una larga sesión de rayos ultravioleta. Estás más sexy, dice el propietario de la pensión que le dijo cuando Mariposa le pidió que le pasara la mano por las piernas, no de abajo arriba sino en sentido contrario. Suaves como el terciopelo, le dijo él. Y le sugirió que cambiara de cartera, que le luciría mejor la roja de cuerina, a lo que Mariposa respondió diciendo que de ninguna manera, saldría a la calle con la cartera verde, hacía juego con el negro del vestido y de los zapatos. Verde de la esperanza, remató ella. 
          El hombre dice que Mariposa se había pasado la tarde en su cuarto cantando canciones de Julio Iglesias, que en dos ocasiones salió a la recepción del hotel a pedir un poco de agua. Que seguía tarareando la misma canción, contoneándose por los pasillos, vestida con una bata de seda floreada que enseñaba sus rodillas y muslos. Una vieja bata china con remiendos y fruncidos. Dice que visitó a Mariela en su cuarto y le pidió consejos sobre el maquillaje. Resalta los párpados con azul profundo, dibújate los labios para que parezcan más carnudos, aconsejó la prostituta. Modera los movimientos de tus caderas que últimamente no caminas sino que bailas samba. No exageres. No hagas esfuerzos para parecer mujer. Debes sentir que lo eres. Eso le dijo Mariela, dice Antonio, propietario de la pensión. Y dice, también, que le recordó lo que a él más le interesaba: Me debes dos semanas de arriendo, Mariposa, y te doy tres días de plazo para que me pagues. Sé que el negocio anda mal, pero no tan mal como para que no me pagues el cuarto. Dice que se lo dijo con amabilidad. No se preocupe, que hoy consigo un cliente rico, respondió Mariposa al salir de su cuarto. 
          Es todo lo que el viejo puede decir. Y lo que dice el propietario del hotelucho se añade a lo que dice Mariela, la prostituta gorda que se queja porque Mariposa consigue más clientes que ella. Dice que se encontraron en la acera y se saludaron apenas. Dice que Mariposa siguió de largo contoneándose, agitando su cartera verde, arreglándose la peluca rojiza. Dice que se instaló en la esquina de la 13 con 21, recostada  a la pared, con una pierna doblada, apoyada en las rejas de seguridad del almacén de pinturas. Dice que dos carros se detuvieron en la esquina y en ambas ocasiones la maldijo. Que Mariposa se inclinó hacia la ventanilla de los conductores y regresó a su sitio maldiciéndolos porque tal vez habían encontrado alta la tarifa. O porque sólo querían insultarla. Mariela dice que disfrutó con el fracaso de Mariposa, que le deseó la peor de las noches. Porque ella no podía aceptar la soledad de una noche sin clientes, el regreso a la pensión sin nada en la cartera. 
          Hacia las once de la noche, dice Mariela, una camioneta de vidrios polarizados, nuevecita, se estacionó frente a Mariposa. Y ella, con zalamería, sin dejar de arreglarse la peluca rojiza, se acercó a la ventanilla. Maldita sea, dice que exclamó, muerta de rabia. ¿Por qué muerta de rabia? Porque Mariposa había encontrado por fin un cliente rico. ¿Rico? Pues sí, rico. Había que ver el lujo de la camioneta. Y a ésta subió Mariposa, haciendo maromas para levantarse la falda y poder poner un pie en el vehículo. Dice que la hicieron subir a la parte trasera porque tal vez eran dos los hombres que la recogían. Dice que al ver a Mariposa en el vehículo se sintió inmensamente triste y desamparada. Pura y cochina envidia, acepta al fin. 
          Es todo lo que puede decir: que antes de la medianoche Mariposa ya había levantado cliente, que nunca pasó por su cabeza pensar que en ese instante empezaba a producirse la tragedia. Pobrecita, dice. Por mucha envidia que se tenga a la competencia, nadie se alegra con las cosas horribles que le sucedan a quien anda en el mismo oficio. Y lo de Mariposa fue horrible, dice ella sin entrar en detalles, recordando que, en el fondo, le tenía cariño. Había hecho tantos esfuerzos para convertirse en toda una mujer, exclama. Había ahorrado para pagar cirujanos y esteticistas, tantas cosas había hecho para conseguir esa figura que ahora tengo que reconocer sus virtudes. Dice que piensa cando el recuerdo de Mariposa se cruza como una cuchillada y ella tiene remordimientos por no haber podido ser verdaderamente su amiga. 
          Lo que dice el agente González, con detalles y frialdad profesionales, es mucho más terrible. Sintetiza diciendo que el cuerpo fue encontrado por una patrulla en la madrugada de sábado, que el cuerpo fue encontrado en un caño del barrio residencial de los Rosales con muestra visibles de tortura. El cadáver de quien creyeron era una mujer fue encontrado porque de pura casualidad un perro ladraba a su lado, un perro callejero, precisa, que llamó la atención de los patrulleros. Dice que buscaron los papeles del occiso y encontraron en una cartera verde de mujer una cédula con el nombre de Nicolás Herrera Ríos, natural de Tunja, nacido el 2 de abril de 1975. Dice que en el bolso encontraron un lápiz labial, una caja de condones, un delineador, la fotografía de una mujer mayor que tomaba la mano de un niño, presumiblemente la madre del susodicho Herrera Ríos. Difícil decir si el niño tomado de la mano era el occiso. O la occisa, ríe con amargura. 
          El sargento Andrade corrobora lo dicho por el agente González. El cadáver fue encontrado en el fondo de un caño en un estado francamente horrible. Cuchilladas en el rostro, magulladuras en el cuello, los ojos amoratados, dice. Y la evidencia de haber sido violado con objeto contundente, dice, si nos atenemos a los desgarramientos del esfínter detectados por el forense. Un crimen espantoso y horrible, coinciden los agentes al calificar el hecho.
          Nada saben de los asesinos, sólo lo que les ha dicho Mariela: que Mariposa fue recogida por sujetos que conducían una camioneta de lujo de color café a eso de la once y media de la noche del viernes, que las placas de la camioneta, recuerda Mariela, eran de Sogamoso pero no se fijó en los números. Son las únicas pistas de que disponemos, dice el agente González. Lo que queda claro es que el sujeto de sobrenombre Mariposa fue llevado a alguna vivienda del barrio Los Rosales y allí fue torturado hasta morir. O tal vez no fuera en Los Rosales sino en otro lugar de la ciudad. Sujetos que se hicieron pasar por clientes interesados en pagar los servicios de la prostituta, si convenimos que un travestido es una prostituta, dice uno de los fiscales encargados del caso. A efectos legales, aclara, sigue siendo un sujeto de sexo masculino, dice con ironía, pues la ley no le interesa el hecho de verificar que el occiso había suprimido sus “partes nobles” para hacerse pasar por mujer. Para ser una verdadera mujer, corrige Mariela. 
          Ningún familiar se ha presentado al reconocimiento del cadáver, sólo una mujer de nombre Mariela Rodríguez, de profesión trabajadora sexual, y un hombre llamado Arcadio Ángel Bueno, propietario de un hospedaje sito en el número 21-32 de la calle 13. Y ambos coinciden al afirmar que el joven con el alias de Mariposa era un trabajador sexual, la expresión es de la susodicha Mariela, que había llegado a la capital desde Tunja, de eso harán ya dos años. Que en ese tiempo, el mariquita- la expresión es de don Arcadio- se propuso transformarse en mujer. Y de qué manera lo consiguió, añade Mariela. Producía la envidia de veteranas y jóvenes de la calle. Su fama, añade, se regó por toda la ciudad. Dice que despertaba odios y envidias, que los clientes se la disputaban sobre todo los fines de semana, pero no se sabía qué hacía Mariposa con la plata. Yo sí sé lo que hacía, dice don Arcadio: se la giraba casi toda a la mamá, ahorraba un poquito para sus operaciones estéticas, algo para ropa y comida y lo demás iba para la familia. Buen hijo y mala paga, añade recordando que Mariposa nunca pudo pagarle dos semanas atrasadas de hospedaje, pero reconoció que la pieza de Mariposa era un verdadero primor, la había convertido en una suite: fotos de sus artistas preferidos, un gran afiche de Richard Gere, otro de Bette Davis, pañuelos, pañoletas y abanicos de colores en la pared, un cubrecama mullido debajo de las sábanas de raso moradas, siempre sábanas moradas, las velas ante el altar de la Virgen, a veces prendidas. 
          No vemos muy claros los móviles del crimen, dice el fiscal del caso, pero nos inclinamos por la hipótesis de que sus autores hacen parte de un grupo de limpieza social. Barajamos esa hipótesis, dice, por el ensañamiento con que fue cometido el crimen. Ensañamiento parecido al verificado en otras víctimas, sobre todo putas y travestís callejeros. ¿Limpieza social?, ha preguntado Mariela. Sí, grupos de dementes que se dedican a matar indigentes, prostitutas, travestís y cuanto ser humano sea merecedor de sus limpiezas. Ya son muchos los casos y todos quedan en la impunidad, dice con tristeza. Dementes, repite. A los indigentes no los torturan, les pegan un balazo y los arrojan al monte de los cerros o a una cuneta de la Avenida Circunvalar.
          Pobre Mariposa, dice Mariela al acercarse al féretro. Amigas y amigos han pagado la funeraria, prostitutas y travestidos de la zona. Se han ocupado del vestido y del maquillaje, le han puesto un escandaloso vestido de flores, lo han maquillado como solía maquillarse en sus salidas nocturnas. Pasan por el féretro, se quedan mirándolo y algunos dicen que está divina como nunca había estado en vida. Le han puesto la bisutería en dedos y cuello, cuanta bisutería encontraron en el cuarto donde vivió a lo largo de dos años. Y esos aretes de gitana, candongos, corrige un travesti que no  puede contener el llanto. No son aretes sino candongos, repite sollozando. Te ves  divina, Mariposa, se despide del féretro. Pero antes de hacerlo se desprende del cuello algo parecido a un echarpe de seda y lo arroja teatralmente al rostro de Mariposa. Puesto que no ha pretendido ocultar el rostro maquillado ni disimular las cicatrices del cuello, lo recoge delicadamente y lo deposita a un lado del cuerpo. Es mi recuerdo, dice sin dejar de sollozar. Te encantaba mi echarpe. Me encantabas vos, Mariposa, añade. Fuiste la más mujer de todas, esa clase, ese porte, esa disciplina para convertirte en toda una hembra, dice. Y se aparta del féretro al que han arrojado ramos de rosas, claveles, astromelias, clavelitos, girasoles, flores silvestres, una orquídea mustia que alguien ha querido poner debajo de la barbilla de Mariposa. 
          Hay duelo, hoy hay duelo. Las putas callejeras no saldrán a la calle, los travestís se quedarán en sus cuartos, por el duelo y por el miedo de que ocurra otra tragedia. Hemos decretado duelo, dice Mariela. Por Mariposa, dice. Por una mariposa sin alas, dice en tono quejumbroso don Arcadio. Le ha perdonado a la difunta la deuda, ha dado una cuota extraordinaria para el entierro. Dos indigentes mayores se han acercado a la funeraria preguntando si es allí donde velan a Mariposa. Han entrado en silencio. Se han quedado un rato  ante el cadáver y han sentido escurrir lágrimas de sus ojos. Nos quieren acabar, dice uno de ellos. Nos declararon la guerra, dice el otro. 
          Mariela ha regresado al lado del cadáver y con decisión estudiada saca de su bolso una foto y la deja en el féretro. Es la única foto que guarda de Mariposa. Un joven hermoso mira a la cámara, un joven  vestido con traje y corbata, con larga melena lacia. Antes de arrojar la foto al féretro la contempla. Eras más bella como mujer que como hombre, susurra. Y se retira a un rincón de la funeraria, recatada como está con vestido y pañoleta negros, con la pañoleta que oculta las arrugas de su cuello, las protuberancias seniles de sus senos. Inclina la cabeza y cierra los ojos. Parece estar rezando. Y reza, porque el movimiento de los labios muestra el piadoso silabeo de una oración.
          Don Arcadio dice que ha estado buscando en los periódicos una noticia sobre la muerte de Mariposa, el vil asesinato, se corrige, y no ha encontrado en parte alguna una sola línea. Se sienta al lado de Mariela, no porque quiera rezar sino porque cree que ésa es la compañía que ella necesita.  

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Óscar Collazos: “Mariposa sin alas”

  1. Tomás

    Adiós Mariposa. Desgarrador, desolador.

  2. Pingback: Óscar Collazos no murió > Poemas del Alma

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