Hugo Salas: “No podía abrirlo”

         

          Lo intentó dos o tres veces, por distintas puntas; a cada tirón, cedía el plástico y se estiraba sin rasgarse, como si el envase no hubiese sido diseñado para abrirse y fuera, por el contrario, hermético. Temblando hacía fuerza, sin secarse el sudor que le caía por la frente y tan a lo bruto que una vez casi se le cae el paquete y esa sí, pensó, que hubiese sido una cagada –cómo buscarlo en la alfombra– y se sintió tan torpe que casi llora (o tal vez fuese sólo la transpiración, colándosele entre los párpados). Quería patalear, putear, pero se contuvo a sabiendas de lo poco atractivo que resulta un berrinche, no estando –y nunca iba a estarlo– en posición de perder puntos. Lo cierto es que tenía un nudo en la garganta que no se había enhebrado por la nariz y miedo, un miedo mortal de ablandarse o de aburrir al pendejo, que era bonito, mierda, tan bonito que Jorge nunca pensó que fuese a darle bola. Por eso se relajó, aunque lo tenía visto desde la entrada –no muy alto pero de buena espalda, lindos ojos, sonrisa– y lo trató como a cualquiera cuando los presentaron; quizá por eso lo tenía ahí, con él. Tuvo ganas de acariciarlo, de pasarle la mano por el pelo hasta llegar a la nuca y apretar suavecito, como si pellizcase las vértebras entre el pulgar y el mayor, pero para eso hubiese tenido que soltar el forro o sostenerlo con la izquierda y abrirlo con los dientes, arriesgándose a romperlo, pincharlo, cómo saber, después, si estaba todo bien. Se sintió un pelotudo, por su torpeza y por haberlo apartado cuando amagó a chupársela sin forro; qué responsabilidad tenía él con el pendejo. También sintió cómo de a poco aflojaba la presión de la mano del pibe, bajaba el ritmo y no le mordía ya las piernas, apenas se las besaba, justo cuando otro tipo se les paró al lado y lo besó. No esperaba un tercero y ese tipo, justo, besaba muy bien, pero qué iba a pensar el pendejo, tal vez no se enganchaba, tal vez prefería al otro, que seguramente sí podía abrir un forro. Se le ocurrió tirar por el centro del paquete, de cada lado, y se sintió ridículo cuando se le ocurrió que de lejos parecería sostener un minúsculo acordeón de juguete, una sorpresita de piñata; el esfuerzo resultó tan inútil como los anteriores. Desesperado, trató de llenar el bache, ganar unos minutos, y le dijo qué bonito sos, a lo que recibió por toda respuesta una risa del pendejo, esa risa irónica pero linda, como la de antes, al verle la cara de desconcierto cuando le encajó un beso de sopetón. También oyó un ruido extraño y el desconcierto lo hizo trastabillar, a duras penas alcanzó a apoyarse contra la pared. En cualquier momento lo iba a dejar. Ahí no más, a menos de un metro, podía encontrar a otro, a otros, al que quisiera, y por qué entonces quedarse con él, un viejo, si apenas lo conocía y no podía ni abrir un puto forro. Una mano le rozó la cintura: sobresalto, pero era el pibe, que intentaba ayudarlo a recuperar el equilibrio, pensó primero… en realidad buscaba la bolsa, en el bolsillo de su saco. Se acomodó y pudo escuchar que se sirvió más que bien, pendejo choto, que ahora iba a dejarlo abriéndose paso entre todos esos tipos y él ahí, con el pantalón por las rodillas, escuchando en lo oscuro cómo lo perdía y se lo cogían otros, escuchando, solo, los gemidos del pendejo forro. Sintió envidia de la pericia sexual de aquellas voces que entremezcladas con la música llegaban hasta el centro de su cabeza. Odió sincero a todos esos putos, asqueado por el olor a sudor y el calor del hacinamiento, aunque sabía que poco después tendría que contentarse con alguno, otro como él, cuando lo dejase el pendejo. No le quedaba mucho, cuánto más podía esperarlo ahí el pibe, raspándose las rodillas contra la alfombra barata mientras él intentaba abrir el forro. Se mandó al piso y le buscó la pija. Se la metió en la boca y quiso como nunca hacerlo bien, que le guste, quiso así fuera por única vez ser un buen amante, haber aprendido la lección que deberían haberle enseñado tantas horas gastadas en lugares sucios y limpios, públicos, de ambiente, luminosos de sórdidos y se sintió mejor, volvió a sentirse bien, cuando el pibe lo agarró por la nuca y lo obligó a tragar hasta el fondo, toda, ahogándolo, y le preguntó querés que acabe.
          Era más guita, el doble, pero pidió que sí.

 

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2 comentarios

Archivado bajo Argentina

2 Respuestas a “Hugo Salas: “No podía abrirlo”

  1. mario capasso

    una historia poderosa, eso me pareció,

  2. Bueno.
    Me hizo recordar a Naty Menstual, ojalá la publicaran a ella también.

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