Patricia Esteban Erlés: “Una y otra”

          Ambas saben de la existencia de la otra, y no porque él se haya molestado en sentarse a hablar del tema para aclarar algunos puntos, como quizás sería deseable, sino porque las dos son mujeres guapas, listas y sin escrúpulos. Son tan guapas como él, y por eso le miraron y él las miró a ellas en sendos bares nocturnos, donde resplandecían como satélites mientras el resto de los mortales se conformaba con pedir una copa o sortear las quemaduras de cigarrillos ajenos. Son guapos los tres, de eso está seguro él, que para algo tiene espejos hasta en el techo, y ellas, que saben de sí mismas lo guapas que son y que cada vez que lo miran a él piensan lo muy guapo que les parece. No dudan de que su adversaria será igual de guapa, aunque esperan que no lo sea más, pero como no pueden estar seguras de eso y además de guapas son listas, ninguna de las dos cejará en el empeño de mejorar su aspecto físico. Hacen pilates y yoga, que siempre imprime un halo espiritual, una especie de luminosidad facial, un no sé qué que queda murmurando cuando pasan por la calle y los coches pitan y se asoman a sus ventanillas innumerables bustos de hombres, petrificados de puro deseo.
          Las dos, decir lo contrario sería faltar a la verdad, visten de maravilla y poseen una espléndida tez. También una magnífica cabellera color ala de cuervo, cada una la suya, se entiende, que flota como espoleada por un ventilador invisible, dotando a sus andares del tumbao inconfundible de esas mujeres que habitan un videoclip eterno. Eso, lo de la inflamada cabellera rival, también lo intuyen ambas, porque han encontrado algún que otro cabello de su contrincante atrapado en el peine del cuarto de baño, cabello que Una y Otra se han arrancado aposta y han enredado entre las púas con un gesto malicioso.
          Como iba diciendo las dos son mujeres de bandera, universitarias, de buena familia, bebedoras moderadas, comedoras ocasionales y amantes insaciables, sin escrúpulos. Por eso lo someten a largas maratones sexuales, cada una a las suyas, se entiende, y él, que al principio se tiene por un macho privilegiado, acabará sintiéndose exhausto, algún tiempo después. Se queda pensativo después de cada round, y cuando ellas se evaporan en medio de una estela de perfume camino de sus respectivos despachos, no puede por menos que empezar a preguntarse si no estará equivocándose con ese estilo de vida tan desenfrenado que lleva. No hay día que se despierte solo, pero tampoco hay dos mañanas en que lo haga acompañado de la misma mujer, y eso, quieras que no, agota lo suyo. Con el tiempo la situación empeora y poco a poco va dejando de considerarse a sí mismo un macho privilegiado por la naturaleza, guapo, potente y encantador, para empezar preguntarse cómo es que su vida ha adquirido tintes de tragedia: él es el héroe magullado que amanece lleno de rasguños y con el miembro escocido, asustado; él quien debe soportar cada día los embates de un monstruo de dos cabezas, de dos melenas tentaculares, negras como ala de cuervo, que le azotan el rostro y le impiden hasta respirar.
          Mientras, las dos mujeres, que ahora anotan en una libretita de carísima piel, cada una en la suya, se entiende, todos los datos que van recabando acerca de su formidable rival invisible, no aciertan a atisbar siquiera el proceso de desintegración emocional que él experimenta en paralelo. Una sabe que Otra es más desordenada que ella, porque nunca cuelga en la percha el albornoz blanco que ambas usan en días alternos al salir de la ducha, lo cual la sume en una violenta crisis nerviosa cada vez que  sucede. Incluso se plantea deslizar una nota en el interior del bolsillo, para pedirle a su adversaria que tenga un poco de consideración y no deje el albornoz desmayado de cualquier manera en el gresite del baño, dado que no es la única que lo utiliza. Otra sospecha que la fortuna familiar de Una es mayor que la suya porque se ha encontrado bajo la almohada un anillo maravilloso, con una enorme gema de color morado engarzada en oro blanco que debe de costar un riñón. Es consciente Otra de que Una es más rica que ella porque se ha dejado queriendo un objeto tan valioso, con el único fin de que ella se lo tropiece en su camino. Eso la pone frenética, tira la joya por la taza del váter, y llevada por un impulso casi suicida decide dejarse algo olvidado ella también, así que se va sin bragas por la mañana. Una encuentra el precioso tanga negro bordado con cristalitos de Swarosky entre las sábanas aquella misma noche, comprueba que es de una talla inferior a la suya y se enfada tanto que se abalanza sobre su amante y le echa tres polvos seguidos, sin mediar palabra. Ni aún así logra calmarse, pero al menos consigue dormir un poco, mientras él, con los ojos inyectados en sangre y el corazón medio paralizado en el centro de su antaño magnífico pecho de protometrosexual, sólo acierta a confesarle al tipo con pinta de moribundo del Greco que le mira desde el techo que quiere morirse, de una puta vez. La historia tiene un desenlace más o menos previsible. Tras seis meses de guerra fría, Una y Otra se conocen tan bien que podrían ser la Misma. Buscan sus siluetas en las sábanas de la cama de él, olvidan prendas, joyas, hacen competiciones de orgasmos y escriben con lápiz de labios en el espejo el resultado de cada noche. Olfatean el aire y adivinan el perfume que utiliza la otra, buscan una esencia más persistente que la de su adversaria, se excitan cuando la encuentran y él piensa, por momentos, que está viviendo una pesadilla olfativa, que va a asfixiarse en medio de una nube de opio y tuberosa. Ambas sienten que el fin anda cerca, que pronto se sabrá quién es la más guapa, la más lista, la más sin escrúpulos… Una noche de viernes ambas  deciden por su cuenta que ésa es la noche y lo convocan, cual temibles oráculos. Las dos le llaman por teléfono en algún momento del día y le proponen una cita a él, que todo lo más querría seguir desparramado en el sofá de piel de cabra etíope. Una sabe que en puridad esa noche le corresponde a Otra, pero no está dispuesta a que su rival le robe ni una sola de sus veladas para la celebración del duelo. Lleva en sus venas la sangre de legendarios hombres de negocios y jugadores empedernidos de bacarrá que amasaron grandes fortunas porque no dudaron en enviar un sicario a medianoche a casa de su principal adversario o en hacer trampa descaradamente, si la ocasión así lo requería. Como sus ancestros, también ella decide invadir el espacio de su enemiga y jugar de farol, segura de que al final el triunfo será suyo. Otra, en cambio, proviene de un linaje de viudas negras, especialistas en conceder préstamos impagables a pequeños comerciantes venidos a menos, a los que contemplaron vagar desorientados y cada vez más débiles sobre la tela de araña que tejieron a su alrededor a base de réditos y gravámenes, hasta que todos ellos perecieron desangrados por los feroces intereses. Otra escucha a sus arácnidos genes cuando le susurran que lo más sabio es esperar, porque ésa será, sin duda, la primera noche de la larga vida que pasará junto a su amado.

           Él suspira. Duda. Acepta por dos veces, se escucha vacilar al fijar una hora y pronuncia en dos ocasiones un yotambién casi interrogante, desvaído como el agua domesticada que languidece en los estanques de Monet. Cada vez que cuelga cierra los ojos, se dice que ha hecho lo correcto, que esa situación ya no puede prolongarse más, que sin duda esta decisión precipitará el fin cuando ambas se encuentren. Así es cómo las dos acceden al apartamento haciendo uso de su llave, cada una la suya, se entiende. Él las oye llegar, siente sus pasos mullidos sobre la alfombra Roche Bobois de color cáscara de huevo que recubre el pasillo. Una es el fantasma de Otra, Otra es el eco de Una, se dice. Las dos toman posiciones en la oscuridad de una esquina del dormitorio, él solo espera en el centro exacto de la cama. Ambas se dejan puestos los tacones y se entregan con fiereza al cuerpo del amante, lo hacen a oscuras, preocupándose tan solo de devorar al otro, de someterlo a su poder de hembras carnívoras y perfectamente depiladas. Quieren escuchar que han vencido y no se preocupan por nada más. Entre jadeos exigen que él se manifieste, que declare cuál es la mejor. Pero nadie contesta a su demanda, sólo se escucha el tictac de diseño del reloj despertador, y cuando se incorporan para buscar a tientas el interruptor de la luz, descubren al otro lado de la cama a una fiera expectante, de cabellera morena y ojos que sangran rímel, a punto de saltar sobre su víctima.

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1 comentario

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Una respuesta a “Patricia Esteban Erlés: “Una y otra”

  1. Javier Lasarte

    Me gusta el estilo en que está escrito. Humor particular, inteligente

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