Leo Felipe Campos: “El malandro soy yo”

 

        Mi nombre es Ismael y soy una persona insegura, tímida, acomplejada. Como ven, soy crítico, muy autocrítico. Y también un poco miedoso. No me odio, pero me tengo arrechera. Soy alto y flaco, ni tan alto, ni tan flaco, pero más o menos. Digamos que soy un nerd clásico, con una inteligencia superior que no sirve para nada. O que no sirve para mucho. Con ella he podido alejarme de mi familia lo suficiente como para no tener que soportar a diario sus estupideces, sus frivolidades, sus adicciones. Con ella he podido entender las diferencias entre el Minimal, el IDM, el Europop, el Techno, el Trance y esa nefasta y maravillosa invención que llaman Changa Tukki. No más. 
          La Changa Tukki es para las criaturas de sangre fría, para los hombres-lagartos, para los niños con frío que buscan afecto en personas que no conocen; por eso se juntan, se tuercen y se arrastran, algunas veces en pareja y otras en grupo, como la copia gastada, reciclada y contrastada de aquellos mundiales de Aerobics que hasta hace poco transmitían por la televisión. No solo se activan y estimulan sus reacciones químicas en ambientes de sudor y pistas de baile donde nunca caben, sino que se ríen, siempre se ríen, y celebran. Eso también me da arrechera.
          El IDM es menos para bailarines y más para peperos. Los peperos son artistas o creen serlo, por eso inventaron el nombre: Inteligente Dance Music. Si el inteligente no baila, y el que no baila es pepero, quiere decir que el inteligente es artista. Yo soy inteligente. Pero también, ahora que me detengo a pensar, soy contradictorio, porque hace dos semanas que dejé el éxtasis. Por lo tanto se podría afirmar que ya no soy pepero. En todo caso soy un vejete trasnochado, y el Europop es para vejetes trasnochados, para nostálgicos de lujo. Es el bolero de los soñadores; en la electrónica, claro. La electrónica no es un estilo de música, es una ilusión de encierro. Es, en cierta forma, un desplazamiento entre los intersticios infinitos, laberínticos y deformes que tiene el cerebro. Yo soy un nerd en continuo desplazamiento, hasta allí llega mi supuesta razón.
          Hace mucho intenté ser malabarista, pero fallé. No fue un fracaso. Con las pelotas pude concentrarme, divagar sobre algunas ideas que tengo acerca del arte, de la fe, de la ética, del compromiso. Un poco más de lo que podía aspirar para entonces, por eso me gustaba. No hablar con nadie, atender con un afán casi exclusivo a los movimientos de mi cuerpo, a la sincronía de mis manos, al juego del hábito… Estaba también todo el asunto de la física, del aprendizaje: primero observas, luego actúas. Te mueves, aprendes la mecánica de memoria y te la apropias, la haces tan tuya hasta que se te olvida y entonces puedes acceder a un próximo nivel, cuando das tu segundo gran paso: medir la fuerza del viento y la velocidad de tus dedos que se desplazan para soltar las bolas, sentir el fino roce de ellas con las palmas de tus manos, el reto de mantenerlas en el aire, de dominarlas, de hacerlas girar a tu antojo mientras ajustas el balance y logras el equilibrio; no el movimiento, sino la resistencia que el viento le ofrece al objeto, a los objetos, y la forma del arco, del círculo perfecto, del óvalo del mundo, ese dibujo que logran sus colores. Fue bello, pero no duró más de dos meses porque mi ansiedad nunca me permitió avanzar a ese segundo nivel del que hablaba. Y a mí me daba pena, sentía dolor pero también me avergonzaba, digamos, que me impulsaran a mejorar y que al mismo tiempo se pudieran reír a mis espaldas. No podía evitar pensar en eso. Tanta neurosis me producía escalofríos, comezón y una arrechera intrínseca.
          Después quise ser mariguanero, como mis dos mejores amigas en la universidad: Martha y Camila, pero siempre terminaba ahogado y maltripeando. Una bocanada por aquí, en La Miranda, en Los Chorros, en los campos de golf, en la calle ciega del colegio en Bello Monte, cerca de la Morgue. Una bocanada por allá, en el apartamento de Playa El Yaque en Margarita, donde me cogí a Martha, y a Camila, o en el carro de mi mamá, cuando salíamos del Ateneo rumbo a Higuerote por la Cota Mil, con los vidrios arriba y el volumen al tope, escuchando a Ziggy Marley, a Peter Tosh, a Steel Pulse, a Gregory Isaacs… pero qué va, era demasiado para mí, para este cuerpecito medio enfermizo y mala leche al que no le gusta el reggae y que, de paso, siempre ha sido una mata de nervios.
          A Martha no la vi más desde que nos graduamos, se fue con su novio a Portugal y chao pescao. Ni una postal, ni una indiscreción de madrugada, ni un impulso, ni un recado. Era una mujer alegre, pero se anulaba cuando conseguía un novio. Así que después del panadero (no es chiste, el tipo tenía una tasquita por el centro, cerca del Ministerio de Educación, una carnicería en La Pastora y una panadería en Macuto, que era donde más trabajaba. Y hay que decirlo, era un duro entre los Portus, vivía, literalmente, partiéndose el lomo catorce horas diarias desde los siete años), bueno, después del panadero vino el anillo de compromiso. Y después del anillo, obvio, una fiesta que ya traía una barriga con apartamento en Los Corales incluido, cocina empotrada, bar, una sala grandísima y lámparas que colgaban del techo. Las paredes, me acuerdo, eran rosado pálido. Mal gusto-mal presagio, pensé yo. Por supuesto, el regalo también incluía caseta de vigilancia, un portón eléctrico, dos puestos de estacionamiento y una piscina para niños. En medio de la paranoia que comenzaba a instalarse entre los caraqueños, ahí estaba todo lo que una familia trabajadora podía necesitar. Yo no sabía ni qué comprarle. La noche de su boda me aparecí con un smoking alquilado y un tosti arepas para seis. Fui un domingo a probarlo, cuando el Portu estaba de viaje. Martha me dio luces sobre su nuevo horario, uno que se marcaba a golpecitos secos del dedo índice sobre la mica del reloj. Me mostró la cicatriz de la cesárea, un portuguesito de tres meses, y un hematoma de seis centímetros de diámetro que le subía desde la nalga hasta la base de la espalda. También me contó, entre lágrimas y porros, entre risas y porros, entre besos y porros, lo que yo le advertí hacía un año atrás, que el Portu era una rata, que una rata es un mal esposo, que un mal esposo es una mala crianza: no te pintes, quítate la falda, no me esperes esta noche, no vayas sola a la playa, no quiero que venga el mariconcete ese de Ismael, nos vamos de esta verga… Ese fue nuestro último arrebato. Después cayó el palo de agua de la vaguada y no hubo más que montarse en un avión rumbo a Madeira. Hace un mes la vi en Facebook. Aparecía lavando los platos, era su foto de perfil. Eso me produjo arcadas y otra vez sentí una profunda arrechera. Ustedes dirán que soy un hombre intolerante, que no me corresponde juzgar ni etiquetar ni entrar a la vida de otros, pero me tiene sin cuidado, la bloqueé. De Camila, en cambio, puedo decir mucho y todo con orgullo, pero no quiero. Se murió en un accidente de tránsito hace menos de dos años y como se imaginarán, me pongo triste con mucha facilidad cuando la recuerdo.
          Volvamos a mí: como pueden notar, soy un nerd, no una caricatura. Tengo el cabello liso y nunca sufrí de acné. Además, soy una bestia jugando fuchi. O fui, porque también me dejé de eso. Eran los tiempos en los que me lancé de frente con la estúpida idea de ser payaso. Ya saben, un nerd en continuo desplazamiento. Llegué a ir nueve veces a varios hospitales, a presentar unas obras de teatro con títeres en las que cantábamos y bailábamos como esos horrendos muñecos de Plaza Sésamo. Teníamos buen ritmo, pero recuerdo que una tarde, en medio del coro de voces que anunciaban el desenlace de la obra (un papagayo que no puede volar y finalmente, luego de mucho esfuerzo, de probar la comida que no le gustaba y sufrir algunas enfermedades, de hacerle caso a Papá Papalote y a Mamá Cometa, de ir a la Escuela de Volantines y vencer obstáculos, y curarse y soñar, logra enrumbar su colita hacia las estrellas y se pierde en el firmamento, creo que la canción decía “a la galaxia”, pero no importa) una niñita con cáncer se echó a llorar y no pudimos contener sus lágrimas. Yo hacía teatro, repetía, yo hacía teatro, y ahora que me muera ya más nunca voy a poder hacerlo. Me sentí horrible, obviamente. No tanto por la niña, sino por nosotros, esa cuerda de Barneys bobalicones que se esforzaban por dar risa y terminaban dando lástima.
          El grupo, visto así, era una amalgama de perdedores que se resquebrajaba. Llevábamos sol. Sudábamos. Éramos pobres y nos besábamos entre todos. El único espacio privado presente en el breve lapso de nuestros ensayos, fiestas y presentaciones, era un desnudo esperpéntico, la inevitable exposición de nuestros cuerpos, el cambio de vestuario que nos devolvía lo que éramos: unos perdedores, unos marginales, unos locos sin peligro. Eso es lo que pasa con el entusiasmo cuando asumes la posición del diletante, que más que una posición, es una elección. Es un disfraz.
          Después intenté con la escritura y me fajé a investigar: ahí no me fue tan mal. Me detuve en aquella idea de la creación como punto de apoyo. A mano y con la derecha (porque soy zurdo), para volver a la niñez, cuando cada letra que salía de mi mano era sinónimo de asombro y descubrimiento. Eso es mágico. Me obligué a que toda experiencia imaginativa, de constante construcción, partiera de esa fuerza de choque. Sin ilusión propia no hay sorpresa, me dije. Me impuse y me impulsé. Tenía listas de tareas por escribir, tenía palabras prohibidas, tenía juegos y restricciones. Tenía la obligación de mirar cada párrafo en dos y en tres dimensiones, para tocar lo imposible: la profundidad y la luz. Es lo que llamo mi aproximación a la estética. Hasta logré algunos aplausos en las presentaciones que tuve en la escuela. La de comunicación social, sí, porque… ¡ah, no lo he dicho!, ahora soy periodista y escritor, aunque realmente pienso que sólo puedes ser una de las dos cosas.
          Quiero aclarar algo, antes de seguir: que sea un nerd no significa que soy un idiota. Y que sea un manojo de sentimientos mal resueltos, no quiere decir que no tenga el valor de atreverme. Esa es mi lucha. La vergüenza y el riesgo. El temor y el ánimo. Yo también sé que suena mejor cuando dices que eres periodista y escritor, que cuando dices que eres periodista. O cuando dices que eres escritor. Así, a secas. Y además, como sabrán, y si no lo saben no importa porque para eso estoy acá, o no para eso, pero ya que estoy hablando de mí, pueden escucharlo de mi boca: hoy por hoy soy un periodista reconocido. Gracias a mí se acercaron, por ejemplo, dos bandas rivales durante una fiesta de San Juan. No fue gracias a mí, sino gracias a mi trabajo. A mi trabajo como periodista, en este caso; en la colaboración que hice para una revista que terminó reproduciéndose en tres periódicos, dos de ellos con gran tiraje y una muy buena aceptación entre los lectores de las zonas populares. Porque también hay lectores en las zonas populares. Yo me fui derechito a hablar con los capos –es una manera amable, respetuosa, de llamar a los líderes de esos grupetes de muchachos desadaptados– y les dije: mire compa –a ellos les encanta esa fórmula: impersonal y cercano, me hablas de usted, primero, y después te atreves con algo que señale cariño, afecto puro, una cierta reverencia: maestro, don, tigre, convive, mi negro, compa, que sirve igual para compadre y para compatriota– les dije, con voz clara, de frente, sin mucha vuelta, o dejan la mariquera y hacen una tregua, o el santo los va a reventar a todos. Por supuesto, también les prometí, por separado, hacer un reportaje sobre la fuerza y el poder que tenía cada uno de ellos como grupo organizado en su zona, que los vendería como gente que tiene que defenderse de las injusticias del sistema que los señala, y que reflejaría, con maña, con destreza, todas las acciones positivas que llevan a cabo, y aquello de lo bueno que logran por su barrio. Les aclaré que para sellar el trato tenían que prestar a sus mejores percusionistas y ponerse a tocar en conjunto, como si fueran una sola banda. No fue fácil, pero al final Los Pitufos me mandaron a dos viejos congueros y a un niño de doce años que movía sus manos con una velocidad impresionante, se batía como ninguno en los bongós y la verdad es que destacaba por encima del resto, le decían aguacerito, por su tamaño, por su agilidad y por el vigor con el que le daba a los cueros. Qué cuchura, se robó el show. Los Binladen fueron más astutos, me enviaron a sendas niñas, dos muñequitas que eran una delicia y, por supuesto, se quedaron de inmediato con mi corazón y lo poco que había en mi billetera. Yo las alimenté y les pagué los trajes que vistieron durante los tres días que duró la Parranda. Y San Juan se veía tan bello, estaba tan contento. Ese hecho fue festejado ante la mirada incrédula de los mismos organizadores, ni qué decir de las autoridades. Desde entonces me tengo que esconder porque la ineptitud que sostiene a algunas instituciones que ya no deberían existir (pienso en Fundaciones Culturales, pienso en ONG’s, pienso en Centros de Estudiantes, pienso en alcaldías, gobernaciones y periódicos), sirve para que sus representantes me inviten dos a tres veces por mes, para ofrecer charlas y conferencias sobre la violencia en los barrios. Ellos hablan de marginalidad y quieren algo que no existe, una fórmula mágica. Yo quiero que entiendan que lo mío pudo salir mal, y que si no fue así es porque no siempre se puede tener tan mala fortuna.
          Yo no soy un apologista de la pobreza, precisamente, ni de la marginalidad, ni de la dignidad, ni de lo místico religioso, soy alguien que busca, un hombre con fe. Eso es todo. Y soy rico, o fui rico mientras viví con mis padres, y ahora me tengo que calar mi encierro clase media en un apartamentico tipo estudio de lo más chic que compré en El Rosal: 48 metros cuadrados donde no caben más de dos personas, mi gata y mis Santos Malandros. De ellos quería hablarles. La Corte Calé. Pero antes quisiera desviarme un poquito, si me lo permiten, para contarles algo sobre mi novia, que ya no es mi novia porque me consiguió hace dos domingos cayéndome a besos con mi primito, que tiene 17 años y siempre me ha gustado.
          Ella, mi novia, sí es periodista y escritora, aunque yo crea que solo se puede ser una de las dos cosas. Y es más arriesgada. Tiene algo que yo no tengo, por ejemplo: contactos, fuentes de información, y ganas de trabajar por la verdad. A mí la verdad no me interesa. Me importan más mi gata y la música electrónica. Aunque también escucho salsa de vez en cuando. Salsa brava. Lo sé, soy bastante extraño, debe ser por eso que tengo pocos amigos. Lo que pasa, diría yo, es que por ser tan nerd desde pequeño, y por aburrirme de las ñoñerías de mi familia, lo único que me quedaba o eso era lo que creía y de alguna forma sigo creyendo, era la música.
          Bueno, mi novia. Ella se llama Fabiana y es medio lesbiana, pero ahora resulta que yo no puedo ser medio marico. Qué bolas, ¿no? A veces llevamos el machismo empotrado en el cerebro y ni nos enteramos. El caso es que Fabiana me consiguió un contrato con una productora audiovisual para escribir el guión de una película. Son como 30 palos, pero tengo que entregar la vaina en seis meses. Tampoco está mal, pienso, con eso me alcanza para la vodka, mis discos y la arena de la gata. El único problemita, lo que me inquieta, es que la productora, obviamente, quiere ver avances de mi trabajo una vez cada quince días, y ya saben cómo me pone la presión.
          Con todo, decidí avanzar. No sé, soy así. A veces impulsivo y atrevido. Voy a contar la historia del Malandro Ismael. Sí, mi tocayo, el líder de la corte Calé. Y aquí arranca el asunto: con ese deseo que existe en todos nosotros de hacer el bien. Porque nos dicen que el bien es lo que manda, que lo malo es malo y hace daño. Y así, como nadie se atreve a hablarnos del reconocimiento, de lo de pinga que resulta ser el mejor, cuando un malandro consigue inflar su ego entre pistolas, terrores y un porrito, un periquito, un cariñito, una cuquita, o rolo de macana y una moto, lo único que le queda es portarse bien de alguna forma.
          Ese deseo de bondad que nos atrapa, estúpido y superficial, esa capa de ternura que aparentemente nos ayuda a respirar aliviados, como aquél concierto de tumbadoras en la mitad del barrio, o aquél pésimo disfraz de pajarraco con peluca que bailaba en un hospital, y esas malditas narices rojas que regalábamos a los niños, esos instantes de reflexión que vuelan como la luz y nos agravan, son tan fuertes, toda la cuestión es tan jodida, que termina resultando lo siguiente: un malandro que roba y no le entrega a los suyos parte del botín es un hombre sin principios. Así es, el reconocimiento es importante para todos nosotros. Que nos valoren, que nos quieran. Sí, muy atávico, muy freudiano, muy griego, muy marico. ¿Y qué? Ya les dije: soy un nerd. Un nerd en continuo desplazamiento.
          En todo caso, ahora la pregunta es ¿qué voy a hacer yo para ser reconocido? Y aquí está mi respuesta: voy a ir a una consulta con un espiritista, con un palero o como se llame esa vaina, con un ser-materia que le pida permiso a mi Malandro Ismael para que baje a la tierra y me eche el cuento sobre su vida y su muerte. Voy a visitar otro ranchito sin agua en el baño, a ponerme unas cholas ajenas y a tomarme una sopita, una tacita de café, dos bombonas de anís. Voy a dejar que me escupan en la cara y me peguen a la cabeza el cañón de una punto cuarenta y cinco mientras me abrazan, me prometen fechas, amaneceres y redenciones. Voy a dejar que crean que yo soy el mismísimo malandro montado, que se ríe, aplaude y besa a los niños cuando se portan bien. Voy a fumarme un porro y voy a escribir una película de puta madre. También voy a cogerme a mi primito, o por lo menos a lograr que nos masturbemos mutuamente, a ver qué pasa. Y voy a pedirle a Fabiana, a Fabi, mi novia, que vuelva conmigo. Ninguna de esas cosas las he hecho antes, pero voy a buscar, aunque me sienta inseguro. Me voy a atrever. Me voy a animar.

Aquí hay algo que no han visto: una empresa confía en mí, y eso tiene un gran valor. Yo tengo que responder, aunque el proceso emocional se convierta en una especie de metáfora. Esto es un desafío: me voy a ganar mis 30 palos sin hacerle bien a los demás, y voy a poder decir que soy un periodista y escritor. O al menos voy a poder asegurar que soy periodista y guionista, que es menos elevado, pero igual de cool. Yo diría: hasta más chic.

Lo del Malandro Ismael es solo otra trampa para mi distracción, es una excusa para encerrarme a escuchar música electrónica, o salsa brava, en tanto invento que el bien es una porquería, una materia en descomposición sobrevalorada que tiene años perdiendo en nuestras sociedades contemporáneas (Oriente, Occidente, da lo mismo) y que el único camino posible, o al menos uno de los pocos que nos quedan, es enredarnos en experimentos personales sin hacerle bien a los demás.

Verán, les puedo contar el final de mi película, y siento mucho que tengan que ir al cine sabiendo esto, pero es necesario: durante la madrugada del primero de enero de 1969, en complicidad con sus dos amigos Carlitos Ratón y Juan José Aguirre –aka Petróleo–, su medio hermano Luis Sánchez y el amor de su vida, Isabel, una niña de clase media que asesinó a su padrastro a los nueve años cuando éste quiso abusar de ella, el Malandro Ismael logra encerrar a todo el comando activo de la sede principal de la Policía Metropolitana en Caracas, que había sido creada un par de semanas antes para juntar a las Policías Municipales de los Distritos Federal y Sucre.

No era la estafa perfecta, pero estaba saliendo bien. ¿Saben lo que dicen del Malandro Ismael? Que él era bueno, que su madre era una cumanesa culta y humilde, que aprendió a leer desde chiquito y dejó los estudios para dedicarse a combatir las injusticias, que como aquél arquetípico Robin Hood de la Edad Media en Inglaterra, robaba a los ricos para ofrecerle algo más que esperanzas a los pobres y oprimidos. Y si Robin Hood, o su imagen transformada en símbolo como un grupo que juntaba pillos, campesinos y leñadores, se enfrentaba al Sheriff de Nottingham y al Príncipe Juan sin tierra, el Malandro Ismael y los Soñadores del Núcleo (así se llamaba su pandilla) se enfrentó por igual a Pérez Jiménez, a Betancourt, a Leoni, y también a los dueños de los 19 bancos y 11 joyerías que logró robar.

Según la leyenda urbana, el Malandro Ismael era, además de malandro, curandero; nunca mató a nadie, excepto policías, y siempre en enfrentamientos armados. Como vemos, el héroe popular es bueno por antonomasia. ¿Y cómo mueren los buenos? Traicionados, por pendejos. Y si es en una tragedia, mejor. ¿Cuál es su obra? Ninguna, excepto la que nosotros, los escritores desalmados, ganados por la cobardía y la flojera, nos disponemos a interpretar.

El Malandro Ismael, trigueño, pelo rulo, ojos pardos y pantalones campana, con todo el trasnocho que le producen sus inmejorables intenciones, está contento, o parece estarlo, frente al Banco Mercantil, cerca de la Esquina de Ánimas. Desde que salió del barrio, el plan ha ocurrido según lo planeado. Todo está bien: ya tienen el dinero y abandonan el banco. Ismael se ríe, canta: “de todas maneras rosas para quien ya me olvidó”. El dinero va hacia el carro, lo lleva Petróleo. Qué nombre, ¿no? Ni se imagina todo lo que nos va a causar años más tarde. Al fondo suena la alarma, como en las películas. No lo olviden, esto es una película. Pero Isabelita grita algo. Petróleo lo llama, a Ismael, apuntándolo con una pistolota desde la espalda. Le dice: hasta aquí llegaste Fantasma. A Ismael le decían el Fantasma del Barrio, porque se escondía mejor que nadie. Imagínense, escapando desde 1957 hasta 1969: doce años. ¿Y saben quién era la que mejor lo escondía? Isabel. Pero esa es otra historia. Ella grita, Ismael voltea, Petróleo dispara. Su pistolota tiembla y brilla. “La mujer es una rosa, con espinas de pasión”. La bala le da a Isabelita, la atraviesa y llega hasta Ismael. Le da en el pecho. Lo perfora. El espectáculo. El estallido. La cámara lenta y sus esquirlas de muerte. La sangre brota como un chorro a presión. Huele a pólvora. Luis Sánchez, el medio hermano de Ismael, llega corriendo. Ha descubierto a Petróleo. Sabe que Petróleo lo único que quiere es hacernos daño, empobrecernos, que no es tan justo y servicial como se pinta, que es un coñoemadre, una mala suerte, una rata, como el Portu, el novio de mi amiga Martha, que se ha transado con los pacos, con los pericos, con la mafia, para nada bueno, y ahora se quiere ir de viaje.

Luis Sánzhez le dispara a Petróleo. Petróleo le dispara a Luis Sánchez. Ambos fallan. Vuelven a disparar –la alarma sigue sonando– y Luisito Sánchez cae al piso, herido. Carlitos Ratón, a quien también le dicen Tenedor porque le gustaba matar a sus enemigos con un tridente de plata que siempre tenía en el bolsillo, se ha quedado en el carro. Pero ahora se baja, sin entender mucho. Apenas lo hace, Petróleo le grita: “nos traicionó”. Y señala a Luisito, tirado en el piso. “Mató a Ismael y a Isabelita”, completa, “¡qué mierda!”. Carlitos, aka Ratón, aka Tenedor, le dice que corra, que se vayan de esa vaina, carajo, que se apure o nos van a agarrar los rococosos, los picapiedras, los pericos, los gendarmes. Corre Petróleo, coño. Y Petróleo corre hacia el carro. Por supuesto, Carlitos Ratón le dispara y lo mata. Va hasta él y le clava el tridente. Para asegurarse. Para cumplir con el libreto. Se voltea y trota hacia donde está Luis Sánchez, herido en el piso. Luis le pide que le dé el tiro de gracia. Carlitos Ratón no puede. Le grita que aguante, que no se preocupe, que lo va a llevar al barrio. Pero qué va, ambos saben que ese cuerpo no aguanta tanto bamboleo, así que Luis lo convence, le exige la pistola y le pide que por favor se voltee, que no vea. Y se dispara él mismo. Entonces Carlitos Ratón corre directo al carro, se va con los reales, con la cara llena de lágrimas, maldiciendo, escupiendo, triste pero buchón. Se acabaron los Soñadores del Núcleo. Ya no habrá más locuras, más razones, más nada. Está confundido, anonadado, borracho de histeria. Se monta, enciende el motor y arranca. Mira el asiento trasero, ahí está el dinero. Al girar la primera curva, perfecto, todo está en calma. Ya ni siquiera se escucha la alarma. Sigue avanzando. Parece que se escapa, efectivamente. Qué maravilla. Pero como no me gustan esas películas que se resuelven al final con una pobre leyenda, decido que mejor lo maten. Así, de la nada, como suelen actuar los criminales uniformados. Tres pepazos. Qué sé yo, se escaparon del encierro, lograron burlar alguna de las salidas. La brigada especial de otra policía aparece de repente para hacer justicia. Dependerá también de lo que me digan, recuerden que esta es la historia de un nerd en continuo desplazamiento, que soy yo, que viajo y cruzo la frontera, no entre la realidad y la ficción, sino entre mi realidad y los recuerdos de otros.

Así funciona esto de ser periodista y guionista. Ya me estoy aproximando. Tengo clara en mi mente la imagen de la autopista Francisco Fajardo, a la altura de Plaza Venezuela, donde ya para ese entonces estaba María Lionza, la reina Yara. Será una grúa que se aleja y nos muestra la amplitud de la ciudad, su anchura y sus pliegues, al mismo tiempo su promesa modernista y su falta de intuición: desarrollo, soltura, muchedumbre. Caos y sincretismo. Toda esa mierda que nos dicen los arquitectos. Es un final pobre, lo sé, pero también sé que los 30 palos pueden enriquecerlo un poquito. El punto es que no triunfa el bien.

Verán, esta no es una historia de perdedores, ni de seres abominables, ni siquiera de canallas inescrupulosos que se salen con la suya, a mí no me interesa que gane el mal, ni creo que siempre gana el mal, sólo sé que nunca gana el bien. O no necesariamente. Yo seré el hombre que se decide a ser reconocido. Ya lo soy. Quiero decir, no soy reconocido, pero soy un hombre decidido. Y mi triunfo serán los premios. Ellos dirán por mí: gracias, lo he logrado. Hay gente que se pone cursi, no entienden de atributos trascendentales y virtudes morales. Serían incapaces, ya no digo de admirar, sino siquiera de reconocer el valor ético en la música, de admitir que la voluntad de creación permite convivir con el placer y convertirlo en el fin de algo. No existe algo más desviado que la conciencia del mundo. Por favor, qué pesadilla. Por eso es que a veces me ataca esta arrechera. Porque pienso en eso y recuerdo a mi familia. Pienso en el emporio de Emilio y Gloria Stefan. En los malabaristas. En la changa Tukki. En Fabiana y su lesbianismo solapado. Voy a poner algunas secuencias de música electrónica y a servirme un trago de vodka con limón. También voy a llamar a mi primito. Por algún lado tengo que empezar.

 

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1 comentario

Archivado bajo Venezuela

Una respuesta a “Leo Felipe Campos: “El malandro soy yo”

  1. anacorinaestrada

    Saltar de la Changa Tukki al petróleo, sin perderme y sin perder interés es toda una proeza. Gracias por esta buena lectura nocturna!

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