Samuel Serrano: “Borletti”

          Sin duda había algo extraño en aquel hombre que solicitaba el servicio. Era algo indefinido en el cabello hirsuto, los ojos rasgados, la pelambre oscura que le embozaba el rostro. La hora de cerrar estaba próxima, la tarde se fundía con la noche y el frío, que descendía de la montaña en ráfagas heladas, acuchillaba la ciudad como un jifero. El dueño de la barbería se ajustó sus anteojos para observar mejor al recién llegado y pensó un instante si debía condescender a atenderlo, pero la mala racha que atravesaba su salón le impedía darse el lujo de rechazar un cliente y con resignación le pidió al sujeto que se quitara la chaqueta y la dejara en la percha para empezar la faena. 
          El desconocido obedeció sin chistar palabra y se quedó en mangas de camisa a pesar del intenso frío que imperaba en la barbería y al hacerlo el barbero observó que el hombre tenía unas manos macilentas y huesudas que parecían más largas de lo normal, pero no se alarmó. Recibió la chaqueta de paño oscuro, la colgó en la percha, invitó a su cliente a sentarse, lo cubrió con un blanco peinador que extrajo de la gaveta de un armario oloroso a lavanda y sin inquietarse porque el sujeto le tenía clavada desde el principio una mirada intensa y penetrante como un estoque se puso a preparar el jabón con diligencia, revolviendo la pasta con la brocha en una palangana de agua tibia hasta hacer suficiente espuma. Luego pulió la navaja barbera en la badana que pendía de la silla y se dispuso a iniciar su labor con la meticulosidad que había guardado siempre en su oficio durante los treinta años que llevaba ejerciendo su profesión. Enjabonó abundantemente la tupida barba y con el pulso firme del machetero que se abre paso en el monte fue desbastando las apretadas breñas hasta que abrió un claro en la mejilla izquierda.
          Cuando pudo apreciar la piel del hombre le pareció extremadamente pálida, pero trató de no alarmarse. La sorpresa con las orejas fue mayor ya que, tan pronto pudo verlas, se percató de que eran más largas y puntiagudas de lo normal, sin embargo hizo un esfuerzo por calmarse y terminó por pensar que las anomalías de su cliente obedecían a alguna enfermedad extraña que era mejor no averiguar. La gente cuando está enferma es muy quisquillosa, pensó mordiéndose los labios y decidió proseguir como si nada, hasta que hubo terminado de afeitar la mejilla izquierda y el rostro del sujeto quedó como una piña a la que le han cortado una rebanada. Luego, sin decir palabra, la emprendió con la mejilla derecha, afanándose en su labor a fin de deshacerse lo más pronto posible de aquel molesto individuo que no cesaba de mirarlo un instante a través del espejo con sus ojos oblicuos y horadantes.
          Cuando estaba a punto de terminar con la mejilla derecha el barbero, que era un tipo pequeño y regordete, de marcada calvicie y temperamento nervioso, se detuvo un momento y echó hacia atrás la cabeza para tener una perspectiva total del rostro del sujeto al que ya sólo le faltaban unos toques de barbera para estar completamente rasurado, pero al hacerlo un escalofrío atravesó su cuerpo y gruesas gotas de sudor le perlaron la frente. El rostro de aquel hombre dejaba ver tan sólo la faz derecha limpia, mientras la izquierda seguía cubierta por una espesa barba. Sus brazos se ablandaron y la navaja rodó por tierra. El hombrecito se enjugó la frente con un pañuelo que extrajo del bolsillo de la camisa y limpió una y otra vez sus gafas para ver mejor, pero seguía sin dar crédito a sus ojos.
Estaba seguro de haber iniciado su labor por la mejilla izquierda, recordaba perfectamente la primera impresión de piña tajada que le produjo la cara a medio afeitar del sujeto, la misma que ahora aparecía en frente suyo, pero en sentido contrario. No, no, su memoria no podía estar tan mal, se decía mientras recogía y limpiaba la navaja barbera. Es cierto que últimamente había sufrido de insomnio, que su corazón no trabajaba bien y él se negaba a abandonar el tabaco y el café, como le había aconsejado el médico, pero aquello no podía ser suficiente para dar paso a las alucinaciones. Entonces sólo quedaba pensar en el error y terminó por aceptarlo. Tal vez se había equivocado, tal vez la ansiedad por concluir el trabajo de ese día que había estado tan gris y la extraña catadura del sujeto que se había presentado a última hora para acabar de mortificarlo habían contribuido a exaltar su imaginación. Empezó a silbar para espantar el miedo mientras se disponía a reanudar su labor, concentrando su esfuerzo en la mejilla izquierda. Cinco o seis golpes de barbera y ya está, se decía mientras aplicaba la navaja con firmeza, mejilla pelada, cliente despachado.
          Dejó la barbera en la palangana de agua con jabón que tenía a su lado y tomando la silla con la mano derecha la hizo girar de tal manera que su rostro y el del individuo quedaron frente al espejo. Esta vez el hombrecito sintió un vértigo letal, un abandono brusco de las fuerzas. Sus gruesos anteojos resbalaron de su cara y se estrellaron en tierra con un claro sonido de cristales rotos y sintiendo que las piernas le flaqueaban se aferró al espaldar de la silla para no caer. El rostro del sujeto estaba nuevamente frente a él como la efigie inalterable en la moneda, como la boca de la esfinge interrogante en el desierto con su mirada oblicua, implacable, tenaz. La faz izquierda limpia y la mutante barba intacta, florecida, flameando en la derecha como una cruel bandera. Luego de unos instantes de reposo, el barbero sacó el pañuelo de su bolsillo y se secó el sudor que le corría a mares por la frente y le nublaba los ojos. Ahora estaba seguro de no haberse equivocado, entonces ¿qué podía ser aquello? ¿Una alucinación? ¿Una pesadilla en la que debía realizar el trabajo de Sísifo?
Sintió deseos de arrojarlo todo y echar a correr hacia la calle en busca del oxígeno que escapaba de sus pulmones, pero ¿qué dirían sus vecinos?, ¿que se había vuelto loco? No, él no podía arriesgarse a ganar semejante fama, el calificativo de loco era el peor que podían endilgarle a un barbero porque después ¿quién iba a querer ponerle el cuello a su navaja? No, no, aquello debía tener alguna explicación y él iba a encontrarla, se dijo mientras respiraba profundo y se encomendaba a la virgen, aferrando la medallita de plata que su madre le había colgado al cuello desde niño.
          Sus lentes se habían hecho trizas en el suelo, pero esto no le impediría terminar su labor, se dijo, rehaciéndose y llenándose súbitamente de coraje. Encendió todas las luces del salón, retomó la cuchilla, la pulió nuevamente en la badana, colocó la silla de tal forma que con ayuda del espejo pudiera vigilar al mismo tiempo ambos perfiles del sujeto, dio el primer golpe de navaja y a través del cristal observó estupefacto que, como hidra monstruosa, en la mejilla izquierda la barba germinaba en igual proporción a como él la cortaba en la derecha. El barbero se mordió la lengua para no gritar, el corazón le saltaba como un sapo convulso en el charco del pecho, el terror convertía sus piernas en una gelatina. Realizando un supremo esfuerzo intentó aplicar nuevamente la cuchilla contra la barba imposible, pero su pulso trémulo laceró la mejilla del sujeto, que al sentirse herido se volvió y lo miró con una intensidad atroz.
El hombrecito se sintió perdido. Un instinto secreto le advirtió que había llegado el fin. La boca del engendro se entreabrió, escupiéndole casi las palabras ¡estúpido, usted no sabe rasurar, voy a enseñarle a hacerlo! Una mano huesuda le arrebató la navaja y, ante su atónita mirada, el engendro se dio un tajo terrible en la garganta. Con un sordo retumbar de coco seco, la cabeza cayó rebotando por el suelo y un pegajoso chorro de caliente sangre alcanzó al barbero en pleno rostro. El fatigado corazón del hombrecito no pudo más, dio un salto hacia el vacío y reventó sus goznes. Desde la puerta, en un charco de sangre, la cabeza burlona lo miró desplomarse sin lanzar una queja, llevándose consigo la palangana del agua con jabón.
          El decapitado se incorporó, avanzó unos pasos hacia la puerta, se inclinó y tomando del suelo la cabeza como quien recoge un sombrero la ajustó nuevamente sobre su cuello. Luego se acercó al barbero que yacía despatarrado en un charco de espuma de afeitar y lo miró un instante con ternura, casi con piedad. Tomó la chaqueta de paño oscuro de la percha y salió a la noche helada de los Andes, lamentando que la naturaleza de esta gente fuera como el clima de su ciudad. Allá todo habría resultado muy bien. A la primera regeneración de la barba el barbero habría corrido dando gritos. La gente acudiría en masa hasta apiñarse en la puerta y él, de pie sobre una mesa sonriéndoles a todos, les haría saber que esa noche Borletti, el máximo ilusionista y prestidigitador del Caribe, presentaría su show en la caseta México. Pero aquí ¿quién iba a enterarse de su debut en el teatro Colón?

 

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9 comentarios

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9 Respuestas a “Samuel Serrano: “Borletti”

  1. Guillermo Henriquez

    Me parece un estupendo cuento de Sam,uel Serrano,a quien conocí siendo él muy joven en Ciénaga,Magdalena,Colombia.Antiguo centro de la Zona bananera,de donde él es oriundo.El tiempo ha confirmado sus anhelos.
    Se trata de un cuento clásico,a la manera de Poe,que Serrano maneja con recursos.Solo diría que faltó decir que el Salón México,era un desaparecido bailadero de carnaval de Ciénaga,donde Serrano vivió.Solo los nativois de allá sabemos su significado.Pero como decía mi maestro cubano el dramaturgo Manuel Reguera Saumell,”los niveles de comprensión del lector son infinitos.van de lo mucho a lo poco”.

  2. Guillermo De la Hoz

    El cuento corto es un género literario que requiere un gran manejo del lenguaje figurado, principalmente para dejar al lector en suspenso, sugiriéndole cosas, sin decirle directamente nada. Admiro la prosa del poeta, esta es la segunda vez que leo su cuento y siempre me sorprende, creo que el amigo Samuel nos recrea muy bien a nuestro BORLLETI ilusionista, sin perder de vista sus virtudes de mago. A propósito, hace un par de años, en un diciembre en el Hotel Tobiexe de Ciénaga, al recibir un reconocimiento, nos preguntó a varios amigos que tertuliábamos con él: por qué en Ciénaga, estando entre Barranquilla y Santa Marta, dos ciudades de fuertes brisas en esta época del año, no se movía ni la hoja de un árbol. Todos nos miramos sorprendidos. Sólo Chichi Caballero, un mamador de gallo local, espetó: “si no lo sabes tú que eres mago, lo vamos a saber nosotros”. BORLETTI sonrió y se fue a recibir su premio.

  3. Antonio María Flórez

    ¡muy bien, por publicar este cuento de Samuel!, en el que se conserva intacto su buen manejo del idioma y recurre con gran acierto a la ironía.

  4. Fernando Ortiz de Urbina

    Magnifico cuento corto clasico con un manejo casi perfecto del lenguaje y unas descripciones cortas como exige el tamaño del cuento espectaculares. Mantiene el “suspense” tan bien o mejor que Hitcock y los maestros de la novela negra. Podríamos decir que es un “cuento negro”.

  5. consuelo ruiz leon

    Excelente cuento, excelente el manejo del lenguaje, excelente primo, excelente persona.

    Estoy orgullosa de que seas el “cerebro fugado de la familia”.

    Que tal que vieras en realidad. Bueno los ciegos somos nosotros que con los ojos nos negamos a ver tanta belleza, tanto detalle que tu con tu imaginación nos haces ver en el pensamiento.

  6. Luz Marina Muñoz H

    Espectacular. Excelente cuento y manejo de lenguaje. Leo todo el tiempo. Pero no sabía que era escritor.
    Si es el Samuel Serrano, Hermano del Genio José María Serrano, quien fue director de la Biblioteca de la Universidad del Cauca, estoy de mucha suerte.
    Trabajo en la Biblioteca de la Universidad del Cauca, y me gustaría tener contacto por e-mail y escribirle al poeta y escritor barranquiero.

    • ALEJANDRO GARCIA LÓPEZ

      Quizás El mejor acto de magia que ha realizado Borletti es inspirar a Samuel Serrano este cuento maravilloso. Su lenguaje preciso y precioso nos mantiene en suspenso hasta el final alucinante y nos sorprende de tal modo que nos obliga a releer el último párrafo para entender cabalmente su desenlace. Creo que Borges y Bioi Casares no habrían
      dudado en incluirlo en su antología del cuento fantástico, donde dicho sea de paso, no figura ningún autor colombiano. Alejandro García López

  7. Luz Marina Muñoz H

    Felicidades, es excelente el cuento

  8. LUIS EDUARDO FORERO ZAPATA

    Amigo Samuel fueron tan solo 10 minutos de saludo, pero suficientes para retrotraer 3 decadas de recuerdos. Desde las lecturas matutinas dominicales del Tiempo, el Espectador y el Heraldo, desde los minutos en que conjugabamos los avances de peones, alfiles,caballos, etc, en la grata compañia de mi hijo Carlos Eduardo, y tantos interticios mas de nuestro mundo KARIBE Y MACONDIANO.
    El reto que nos impone un papel en blanco , sediento de lluvias y maremotos de ideas, es un reto que para muchos pasa inadvertido, tu profesion y la mia , siempre estan en plena mar,tratando de llegar a puertos seguros.
    TU has llegado y seguiras llegando a muchos, mi hijo, mi padre y me hermana se unen a mi voz , que te felicita y desea los mejores parabienes para ti , tu señora e hijo.
    Borletti tiene impreso la impronta de un escritor
    KARIBE Y MACONDIANO

    LUIS EDUARDO

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