Esteban Rubinstein: “El suizo”

 

          Finalmente papá murió hace tres meses, en pleno invierno.
          Hace dos años, poco después de la muerte de mamá, Hugo y yo internamos a papá en un geriátrico de Banfield luego de largos meses de desesperación y angustia por el rápido deterioro de su salud. Al principio, los dos íbamos a verlo todos los domingos por la mañana y nos sentíamos muy cerca uno del otro; como siempre, charlábamos mucho e intentábamos pasarla bien, incluso le hacíamos chistes a papá como cuando todavía nos reconocía y le gustaba que le contáramos cuentos divertidos. A los pocos meses yo dejé de ir algunos domingos; mis hijos no querían ir a ver al abuelo e Inés, mi esposa, me reclamaba unas horas de alegría durante el fin de semana. Hugo iba siempre y parecía gustarle esa rutina. A mí, por el contrario, cada domingo me pasaba lo mismo: me levantaba con la intención de salir para Banfield y luego me iba quedando en casa y me dejaba llevar por la lectura del diario y el largo desayuno con Inés y los chicos; pero igualmente tampoco terminaba pasándola bien cuando no iba, me quedaba todo el día pensando cosas tristes y por la tarde llamaba a Hugo para ver cómo lo había visto a papá y él me contestaba que estaba todo igual. Cuando iba a verlo tampoco la pasaba bien, papá no me reconocía, yo sentía que no tenía sentido estar allí y pese a que intentaba compartir ese sentimiento con Hugo, él no pensaba lo mismo. Y así estuve largos meses, confrontándome con dos tiempos irreconciliables: el tiempo que hacía que no iba a ver a papá y que podía medirse en semanas que se iban acumulando y acrecentaban la distancia con el cuerpo real de mi padre y el tiempo que hacía que no pensaba en él, que cada vez era menor y más cercano y que no me permitía separarme ni un minuto de su recuerdo. La cuestión es que finalmente dejé de visitar a mi padre, y al dejar de ir a Banfield dejé de ver a Hugo definitivamente.
          Durante un tiempo no me resigné a alejarme de mi hermano y a que mis hijos dejaran de ver a sus únicos primos; lo llamaba por teléfono y le mandaba mails, le dejaba mensajes preguntándole cómo estaba, cómo estaban su mujer y los chicos, los invitaba a casa y también aprovechaba para preguntarle cómo estaba papá, pero él no me respondía y, lentamente, con gran dolor, dejé de intentar comunicarme. Hugo y yo no teníamos trámites que resolver juntos, los pagos del geriátrico los hacíamos con un depósito bancario: él, los meses pares, y yo, los impares, y no había otra actividad o lugar donde pudiéramos encontrarnos de rutina sin combinar para vernos. Inés nunca me dijo nada y siempre se mantuvo al margen de todo esto; y eso que ella se llevaba muy bien con Hugo y su señora y que nuestros hijos habían dejado de ver a sus primos de un día para el otro sin que pudiéramos brindarles una explicación coherente del por qué; pero Inés es así, nunca se mete con el sufrimiento ajeno, siempre dice que es peor la intrusión que el dolor mismo. No sé.
          Hasta la muerte de papá perdí todo contacto con Hugo. Me enteré de que se había separado de su mujer por un compañero de su trabajo a quien yo veía de vez en cuando y que me dejó el teléfono del nuevo departamento de mi hermano. Lo llamé para saber cómo estaba, pero no respondió a mi llamado. Después supe que estuvo unos meses muy mal y que más tarde se puso de novio. De vez en cuando yo llamaba al geriátrico para averiguar cómo andaba todo y ahí me enteraba de que Hugo seguía yendo todos los domingos. A esa altura me había acostumbrado a convivir con mi decisión de abandonar el cuerpo de papá y convivir cada minuto con su imagen y ya no extrañaba las visitas a Banfield; sin embargo, muchas veces pensé en ir solamente para encontrarme con Hugo, aunque al final siempre terminaba haciendo otra cosa.
          Cuando me llamaron de Banfield para avisarme de la muerte de papá me puse a temblar y me di cuenta de que me inquietaba más volver a ver a mi hermano que hacer los trámites del entierro. Llegamos con Inés al geriátrico y Hugo ya estaba ahí con Ana, su novia nueva, una mujer joven y afectuosa a quien mi hermano nos presentó con una mirada vacía, como si fuéramos dos desconocidos, casi sin hablarnos ni mirarnos a los ojos. No hicimos velorio, el entierro fue frío y expeditivo, no le avisamos a nadie, no llevamos a los chicos, nadie lloró, nadie dijo nada. Inés le dio un abrazo a Hugo y él lo recibió blando y seco, sin corresponderle el gesto, como si no le importara.
          El día del entierro de papá me despedí de Hugo con tanta frialdad que pensé que no volvería a verlo más; sin embargo, hace un mes me llamó por teléfono, así, de repente y, como si estos dos años no hubieran pasado, me preguntó si me daban ganas de irnos las dos familias juntas de viaje a conocer los glaciares. La llamada me llenó de alegría y no dudé en aceptar. La noche siguiente estábamos todos en el nuevo departamento de Hugo, comiendo unos fideos caseros que había amasado Ana. La idea de la reunión era ultimar detalles del viaje, aunque calculo que el objetivo real era romper el hielo, que conociéramos a Ana y que los chicos volvieran a enterarse de que tenían primos. Inés y yo estábamos excitados y felices, los fideos estuvieron excelentes y Ana nos cayó muy bien. Hugo estaba tenso, y si bien nos hablaba mirándonos distraídamente a los ojos y hacía algunos chistes, mantuvo la distancia y se dedicó todo el tiempo a describirnos con lujo de detalles el plan de viaje. Ni Ana, ni Inés, ni yo teníamos la menor idea de lo que podíamos hacer en la región de los glaciares, así que aceptamos sus propuestas sin oponernos a nada, salvo lo de pasar una noche en la estancia de los Lotcke, un matrimonio suizo que ofrecía compartir una jornada de campo a los turistas en plena meseta patagónica.
          —¿Cómo es eso de las habitaciones? —le preguntó Inés a Hugo, en tono jocoso, como si los dos años de silencio no hubieran pasado, la distancia no hubiera existido y nos hubiéramos seguido viendo todo este tiempo con la misma frecuencia con la que nos veíamos antes.
          —Nada. Hay dos cuartos para huéspedes arriba de la casa —dijo Hugo, serio y parco, no del todo convencido de romper tan rápidamente el hielo que aún lo separaba de Inés y de mí, pero a la vez necesitado de convencernos a todos de sus planes.
          —¿Y los baños? —le preguntó Inés a mi hermano, inquisidora y a la vez cálida, como si quisiera molestarlo jugueteando, como si quisiera, con ese tono frontal y desfachatado, demostrarle que ella nunca había dejado de quererlo, que podía hablarle con una cercanía que sólo puede existir entre familiares muy queridos y que deseaba fervientemente reconquistar la simpatía y el cariño que circulaba antes entre ellos.
          —No, arriba no hay baño. Hay un baño abajo para toda la casa—contestó Hugo, alterado porque su propuesta iba camino al muere, todavía sin poder fijar la mirada del todo tranquilo en Inés o en mí.
          Yo hubiera aceptado quedarme una noche en lo de los Lotcke. Papá era suizo y todo lo suizo en ese momento me resultaba ajeno y extraño, con lo que la visita a la estancia no era algo que me interesara especialmente, pero me atraía la posibilidad de volver a estar cerca de Hugo y acompañarlo en su visible necesidad de conectarse con nuestra historia familiar. Estaba tan contento de verme incluido otra vez en los planes de mi hermano que no me negaba a nada de lo que proponía. Pero la propuesta de pasar una noche en la estancia de los suizos no tuvo éxito. Las mujeres habían aceptado la idea del viaje de reencuentro fraterno con gran alegría (Ana era un poco tímida y al principio había evitado opinar) pero con esto de dormir en la estancia las nuevas concuñadas se aliaron incondicionalmente y se pusieron firmes en que querían confort, que aceptaban la idea de hacer caminatas largas por el bosque y todo nuestro entusiasmo varonil de ver potrear a los chicos en la montaña, en los glaciares y en la meseta patagónica, pero que no tenían ganas de dormir en una casa de familia, en dos habitaciones sin baño privado, por más que los dueños fueran suizos y la nota de La Nación que nos mostró Hugo alabara la excelente comida y la afable hospitalidad del matrimonio Lotcke. Al final, mi hermano tuvo que aceptar la negativa de todos de dormir una noche en la casa de los Lotcke, pero nos convenció de que al menos pasáramos unas horas el último día en la estancia suiza que tanto deseaba conocer.

          Durante el mes siguiente a la reunión en lo de Hugo hablamos mucho por teléfono, siempre en relación con los preparativos del viaje, y hoy ya hace una semana que estamos paseando por la región de los glaciares. Volamos de Buenos Aires a El Calafate y alquilamos dos autos: uno para mi familia y otro para la de mi hermano, pero, en la práctica, la separación no queda muy clara y los chicos van casi siempre en el mismo auto, aunque Inés no puede relajarse y me martiriza repitiéndome lo que le pasó a una amiga suya que perdió a sus padres en un accidente cuando era chica viajando así, en autos cambiados. Inés está obsesionada con esta historia y yo le digo que si fuera por eso no deberíamos viajar del todo, porque siempre hay accidentes terribles, y ella me dice que lo sabe, pero que lo que le pasó a su amiga es horrible y que durante todo el viaje no ha podido dejar de pensar en eso.
          Pasamos dos días de sol en El Calafate y cuatro en El Chaltén donde nos tocó un tiempo loco: lluvia, sol, nieve, viento y calma, con diferencia de minutos, aunque la gente del pueblo dijo que tuvimos bastante suerte para lo que suele ser el clima en octubre, porque no llovió tanto y no hizo mucho frío. Este es el último día de nuestras vacaciones y estamos yendo a visitar la estancia de los suizos. Me parece que el tiempo se detuvo y a la vez pasó volando. Durante toda esta semana me sentí el protagonista de una película, un personaje de carne y hueso pero que es sólo una ficción del director y que no posee una vida propia. La pasamos muy bien, podría decirse que estoy contento, relajado; sin embargo, me había hecho otra idea del viaje, sobre todo en relación con Hugo; me había imaginado que charlaríamos bastante, que haríamos alguna caminata larga, él y yo solos, para hablar de lo que nos pasó estos años; pero las cosas se fueron dando de otro modo, los chicos nos volvieron locos todo el tiempo pidiéndonos que jugáramos picaditos durante el día y campeonatos de chinchón por la noche, y además Ana es súper acaparadora, no le suelta rienda a mi hermano y lo abraza, lo besa y lo acaricia a todo momento y en cualquier parte, con lo que tampoco hubo ocasión para quedarnos solos alguna noche charlando. Quizá no fue una casualidad que no hayamos podido hablar y tal vez es lo que quiso Hugo. Él parece haberla pasado muy bien y se lo ve contento, distendido; en realidad a él no le gusta hablar mucho de lo que le pasa o de lo que piensa, y menos cuando se trata de temas profundos. No sé; quizás esté bien que sea así y que retomemos la relación de a poco, sin grandes explicaciones, como podamos. Igualmente, me da un poco de miedo que lleguemos a Buenos Aires y Hugo vuelva a tratarme con indiferencia, ponga distancia, no responda a mis llamados y actúe como si este viaje no hubiera existido. En ese sentido, me pone un poco nervioso que pasemos por la estancia de los Lotcke justo ahora, al final del recorrido. En Buenos Aires pensaba que ir a una estancia suiza sería una manera muy linda de terminar el viaje después del reencuentro entre mi hermano y yo; pensaba también que sería una forma agradable de acercar a Inés, Ana y los chicos a una parte de nuestro pasado suizo; sin embargo, ahora no tengo muchas ganas de ir a la estancia, no sé en realidad por qué, pero si la decisión dependiera sólo de mí, suspendería la visita, aunque cuando a Hugo se le mete una idea en la cabeza no hay forma de disuadirlo, está empecinado en ir a esa estancia, incluso ahora pienso que es el principal objetivo que tenía cuando decidió venir al sur; es más, lo primero que hizo cuando planificó el viaje fue llamar al señor Lotcke y avisarle que estaríamos allí en octubre.
          —¿En qué idioma le hablaste? —le pregunté la noche de los fideos caseros en su casa cuando nos contó que había llamado al suizo y nos quiso convencer de pasar una noche en la estancia.
          —En castellano—me contestó Hugo, y cambió de tema, sin darme opción a preguntarle más nada (en ese entonces todavía el diálogo entre él y yo era distante, no como ahora que me siento otra vez cerca de él, aunque no hayamos hablado de nada).

           Así que aquí estamos, yendo hacia la estancia suiza. Inés está callada junto a mí, mirando hacia afuera, abstraída por la extensión de la meseta mientras yo manejo aferrado firmemente al volante. Le tengo mucho respeto al ripio, pero esto no es ripio sino un pedregal gigante y me parece que el auto se va a destartalar en cualquier momento; pero no podría decirle a mi hermano (que va adelante con los cuatro chicos) que volvamos, o que preguntemos. Igual, no hay nadie a quien preguntarle nada aquí, en esta desolada inmensidad, y únicamente la presencia del auto de adelante y el inquebrantable empecinamiento de Hugo me permiten seguir apretando el acelerador y continuar con la travesía. Treinta y cuatro kilómetros desde la ruta hacia la derecha y un cartel verde ilegible son las únicas indicaciones que nos dio el suizo cuando lo llamamos por teléfono ayer desde El Chaltén para confirmarle nuestra visita. A esta velocidad, treinta y cuatro kilómetros son una eternidad y me parece que estamos perdidos, que el camino no es el correcto, aunque no hay otro, y que éste es el único lugar en el mundo en el que hemos vivido toda nuestra vida y del cual nunca podremos salir; pero no es la realidad sino la inmensidad lo que me infunde este temor y este anhelo de perdernos, de quedarnos aquí y que nadie se entere, de que se largue una tormenta de nieve pese a la aridez del paisaje y al cielo transparente y turquesa.

          El suizo es igual a papá. Los mismos gestos, el mismo acento al hablar en castellano, la misma profundidad de la mirada azul. Los chicos se bajan del auto cantando a coro: “Abuelita, dime tú”, con la música de Heidi, y la señora Lotcke sonríe, el pelo cano, los pómulos rellenos de carne y rubor. Ana mira a mi hermano implorándole que intervenga y que haga callar a los pequeños vándalos, pero Hugo parece anestesiado y es Inés quien termina haciendo callar a los chicos. Yo miro la escena desde afuera; no puedo pensar en nada y lo único que me viene a la cabeza es la sobremesa de la cena de ayer en el hotel de El Chaltén en la que Ana, después de habernos tomado dos botellas de vino entre los cuatro, nos confesó que la deprimía todo lo que tiene que ver con el “Turismo de Estancias” (o “Agroturismo”, como le dicen ahora). Nos contó que su padre poseía una finca yerbatera en Misiones, cerca de El Dorado, y antes de quebrar definitivamente había intentado subsistir unos años hospedando turistas en la casa. Ana y sus hermanas detestaban que llegaran turistas porque tenían que atenderlos, mostrarles el campo y hacerles creer que eran una familia feliz y que no había nada más lindo en la vida que criar cebú y cultivar yerba mate. Y ahora, mientras los chicos se tientan uno a otro con ganas de desatender la orden de Inés y arremeter nuevamente con la canción “Abuelita, dime tú”, me viene como un dolor de panza y no puedo dejar de pensar que la señora suiza, mientras les sonríe a los cuatro vándalos y ellos le preguntan a los gritos dónde están los corderitos, debe estar pensando que dentro de unos minutos tendrá que ponerse a preparar un té con masitas para ocho personas y que está cansada, que quisiera acostarse temprano y que no ve la hora de que nos vayamos y la dejemos de nuevo sola con su marido, su rutina y el silencio de la meseta.
          Pero volvamos al señor, al suizo, a Lotcke. “Reinaldo Lotcke”, se presenta el dueño de la estancia.
          —Reinhold—dice mi hermano, en perfecto alemán.
          Y Reinaldo (o Reinhold) lo mira extrañado, tarda unos segundos en procesar lo que acaba de escuchar, y en seguida dice:
          —Sprechen Sie Deutsch?
          Y Hugo, ya repuesto seguramente de la primera impresión que le (nos) provocó ver a este hombre tan parecido a papá, miente, midiendo las palabras como si hubiera estudiado de memoria el texto que debe decir ahora:
          —No, ni idea de alemán, sólo que en la escuela tenía un amigo que era hijo de alemanes que se llamaba Reinhold (y ahora pronuncia el nombre bien a la argentina) y se hacía llamar Reinaldo.
          —Pero… qué raro… pareció como si Ud. fuera alemán, o suizo, es increíble… —dice el hombre, pensativo—lo que pasa es que Reinhold (y ahora es el suizo quien utiliza un perfecto alemán) se traduce “Reinaldo”.
          —Sí, claro—dice mi hermano.
          Luego de este breve diálogo inicial los tres hombres nos quedamos callados; ninguno sabe muy bien qué decir y se hace un silencio extraño entre tanto silencio. Los chicos están lejos, corriendo corderitos, y el viento impide oír sus gritos salvajes; las mujeres entraron en la casa para protegerse del viento, que a esta hora sopla implacable. Por fin puedo decir algo y le pido a Reinhold que nos cuente qué hacen en la finca, a qué se dedican. Me hubiera gustado hablarle en alemán, pero Hugo, con su reciente intervención, me acaba de dar a entender que no quiere que utilicemos la lengua de nuestro padre y yo estoy decidido a no contrariarlo; sin embargo, ya no hay vuelta atrás, el “Reinhold” que pronunció Hugo acaba de instaurar una cercanía entre Lotcke y nosotros que nos acompañará por el resto de la tarde y que hará que nos sumerjamos en un mundo suizo, tan familiar y a la vez tan lejano y que Reinhold se abra hacia nosotros y nos cuente su vida: el tren de Davos a Génova junto a su familia cuando él tenía diez años, el barco a Buenos Aires, la llegada a estas tierras patagónicas, los enormes esfuerzos por construir la casa y cuidar de los animales, la muerte de sus padres y la posterior migración de sus dos hermanas menores a Buenos Aires (¿irán al club suizo, en El Tigre?). Lotcke ahora nos cuenta que se casó en El Calafate y que tuvo dos hijos que se fueron hace unos años a Suiza, pese a sus intentos por retenerlos en este desolado paraje. Un ligero escalofrío me recorre la médula. ¿Terminará finalmente Hugo yéndose a Suiza como venía amenazando antes de que se enfermara papá?
          —Pero es así. Uno no puede retener a los hijos— dice Reinhold, mirando hacia el horizonte con los ojos vidriosos.
          Al escuchar esto no puedo evitar pensar en mis hijos; todavía son dos terneritos que corretean por el campo sintiéndose libres y que al caer la noche vuelven a cobijarse al lado de su madre. Me gusta saber que aún están cerca; sin embargo, en menos de veinte años estarán lejos, nos comunicaremos por Internet, o quién sabe cómo. No sé en qué estará pensando Hugo; seguramente se estará acordando de papá. Me intriga qué recuerdos tendrá Hugo de papá, me apena pensar que como él siguió viéndolo durante estos dos años una vez por semana sólo pueda recordar al espectro, al deterioro de la carne, a la ausencia de una persona de verdad. Yo decidí no ver más a papá justamente para quedarme con los recuerdos de su vida real, de su paso por este mundo como una persona alegre y entusiasta; sin embargo, sin saber bien cómo, perdí la capacidad de recordarlo y no puedo imaginármelo tampoco sano; sólo en sueños tremebundos se me aparece nítido y diáfano, tal como era antes de recluirse en su mundo. Hace quince años, cuando yo todavía no tenía la menor idea de lo que era esa enfermedad, una compañera de la cátedra de Filosofía, profesora adjunta, una mujer bastante mayor que yo, de unos cincuenta años, a quien yo admiraba por su sabiduría y sensibilidad, me paró en el pasillo de la Facultad, un día lluvioso, a eso de las nueve de la mañana, cuando todavía no había llegado casi nadie, y me dijo:
          —Me acaban de avisar que murió mi papá en Mar del Plata. ¿Te parece que tengo que viajar?
          —¿Cómo si me parece? No entiendo… —recuerdo que le dije, extrañado, mirándola como si estuviera absolutamente trastornada y a la vez maravillado por ser yo, un ignoto jefe de trabajos prácticos de veinticinco años, la persona que mi ídola había elegido para hablar de un tema tan íntimo como la muerte de su padre.
          —Bueno, hace tres años y medio que no lo veo… —dijo mi colega, en un tono neutro que, recuerdo, me resultó insoportable.
          —¿Cómo que no lo ves? ¿Estás peleada? —le pregunté.
          —No. Tenía demencia senil y ya no me reconocía —dijo ella. Y recién entonces me pareció que se había conectado de nuevo con cierta imagen cercana a lo humano.
          Y yo, entonces, lleno de energía juvenil, seguro de estar haciendo la mejor obra de bien que había hecho en mi vida y enternecido por la posibilidad de seducir a mi colega, recuerdo que le dije: “Pero, claro que tenés que ir. Si no vas, te vas a arrepentir toda la vida”. Ella me miró extrañada, llevó los ojos hacia arriba como si estuviera calculando cuánto tiempo le llevaría ir y volver a Mar del Plata para no tener que suspender ninguna clase, y me dijo, resuelta: “Tenés razón”, y se fue caminando por el pasillo más sola que nunca. A la semana siguiente me la crucé y le pregunté cómo le había ido en Mar del Plata, con la esperanza de que me abrazara, se pusiera a llorar sobre mi hombro y me agradeciera infinitamente mi consejo, pero no, se detuvo un instante y me dijo: “Bien. Son cosas que hay que hacer. Muchas gracias, igual”, y se fue caminando por el pasillo, inalterable, altiva y segura de sí misma, sin hacerse una mínima idea de mi desencanto. Me pareció glacial e hipócrita, no entendía cómo una filósofa, una humanista que nos subyugaba con sus hipótesis sobre el origen de los sentimientos en el hombre, podía ser tan distante y fría con su propio padre. Luego cambié de cátedra y dejé de verla, pero durante estos dos años en los que decidí no ver más a papá volví a pensar mucho en ella y en ese encuentro extraño en el pasillo, y el día que me avisaron que papá había muerto y llegué a Banfield con Inés a encontrarme con Hugo para arreglar las cosas del entierro no pude sacarme la idea de que esa profesora y yo éramos la misma persona, que el tiempo no nos distanciaba y que nuestra glacialidad era como una máscara blanda que nos habíamos puesto un día que estábamos muy tristes y que queríamos que nadie nos viera llorar y que con el tiempo se había adherido a nuestra piel, se había endurecido y a esta altura era imposible despegar.

           —Quiero mostrarles algo—dice Reinhold, entusiasmado y jovial, como si luego de la tristeza que lo invadió al hablar de sus hijos y la distancia alguien le hubiera dado cuerda para que se convierta nuevamente en un anfitrión afable. Nos hace pasar a su taller y nos muestra su invento: unas tijeras con dientes irregulares que permiten esquilar a las ovejas dos veces al año. Luego nos muestra el documento que da cuenta que en 1976 patentó su invento en Buenos Aires; pero no tuvo éxito, al año siguiente comenzaron a importarse a precios muy bajos máquinas esquiladoras de los Estados Unidos y las tijeras manuales quedaron en el olvido.
          Estamos en el taller y Reinhold nos sigue contando detalles de la maquinaria y los tractores que utiliza actualmente para explotar sus tierras. Hugo le pregunta dónde queda el baño, el hombre le da las indicaciones y lo sigue con la mirada. Me quedo solo con Lotcke y este pequeño intervalo hace que todo lo que nos acaba de decir en esta media hora pierda sentido y se desvanezca. La cercanía y el afecto que me provocaba hace unos minutos este hombre ahora se convierten en una distancia glacial. Al fin y al cabo, mi hermano y yo somos dos desconocidos, dos turistas más; Hugo pronunció el nombre “Reinhold” en alemán con el mismo acento del cantón natal de Lotcke, pero eso es todo. El silencio que hay ahora en el taller me permite oír el ruido que hace Reinhold con la lengua y los dientes como si estuviera masticando tabaco, o chicle, no sé, pero no puedo tolerar ese chasquido tenue y pastoso y no puedo dejar de pensar que es el mismo ruido que empezó a hacer papá cuando se enfermó y yo todavía no podía aceptar que estaba enfermo y ahora miro la vena del suizo ingurgitada, reluciente en su cuello flaco y no puedo sacarme la idea de encima de agarrar las tijeras que se herrumbran colgadas y cortarle el cuello a este hombre para que deje de emitir ese ruido monótono de dientes que se entrechocan y de lengua que se dobla y saliva que lubrica y moja y que me aterra y por suerte ya vuelve Hugo, avisando que está listo el té. Reinhold nos dice que vayamos a la sala, que él va enseguida. Hugo y yo salimos del taller solos y el viento nos golpea la cara.
          —¿Por qué no quisiste seguir en alemán? —le pregunto, después de caminar unos pasos lentamente y en silencio.
          Hugo pasa su brazo por detrás de mi espalda y me abraza fuerte, como nos abrazaba papá cuando salía a caminar con nosotros. Su mano se hunde en mi hombro y yo me dejo llevar. La última vez que Hugo y yo nos abrazamos fue hace más de dos años, después de acompañar a papá a un nuevo médico que se arriesgó por fin con el diagnóstico, terminó de convencernos de que no había retorno y nos recomendó la internación. Y ahora, por fin, este abrazo que hacía tiempo estaba necesitando. Es mi hermano mayor el que me abraza; es Hugo. Yo también paso mi brazo por detrás de su espalda y hundo mi mano en su hombro, como nos hacía papá, y llegamos así, abrazados, en silencio, hasta la casa de los Lotcke, y entramos en la sala. Los chicos se nos vienen encima y nos cuentan que estuvieron jugando con las ovejas y que se sacaron fotos con los corderitos en brazos, las mujeres están charlando junto al fuego, Inés nos sonríe con alegría, feliz de vernos abrazados después de estos dos años de dolor y de distancia, Ana nos mira diáfana, la señora Lotcke sirve el té y su marido entra en la sala. Ya es hora de terminar con la visita y alejarnos de esta pequeña infancia suiza enclavada en la meseta patagónica; demasiada cercanía, demasiada familiaridad con este clima hogareño, con la profundidad azul de la mirada de Reinhold. Nos acercamos a la estancia de los Lotcke como si nos asomáramos a un precipicio para fortalecer la decisión de quedarnos de este lado, junto a la vida, y ahora queremos alejarnos lo antes posible por miedo a que el precipicio nos devore.
          Es la primavera; es el fin de nuestro viaje. Hugo y yo nos sentimos nuevamente fuertes y cerca uno del otro; Inés y Ana se hicieron amigas, creo, y los chicos necesitaban convivir un poco así, entre primos varones, demostrándonos la fuerza con la que están creciendo y con la que nos llevan alegre e insensiblemente hacia el futuro.

 

 

Anuncios

12 comentarios

Archivado bajo Argentina

12 Respuestas a “Esteban Rubinstein: “El suizo”

  1. Claudio

    Esteban,
    Gracias por los rasguños que me hizo sentir tu relato, al atravesar cuadros familiares sutilmente siniestros de ese lejano suizo, ese otro que asoma infantilmente interno.
    Hermoso texto.

  2. Guillermo

    Muy lindo Esteban! Me encantó tu cuento y, obviamente sin saberlo, moviste alguna cuerda de este lector que hace 6 meses que no se habla con su hermano mayor. Felicitaciones!

  3. Marcela

    No pude para de leer hasta el final, tocas temas que todos hemos vivido.

  4. Diana Rodriguez

    ……Uy Esteban…lograste que me brotaran algunas lágrimas…,de alegría por lo que significa un “reencuentro”…o lo “vivido”…y de tristeza por lo que…”se pierde”….se “muere”…”no se puede decir”…”no se puede disfrutar”….

    Que profundo…El “abrazo en silencio”….dijo taaaaantas cosas….Son los mejores…Lo disfruté mucho….

    Gracias por invitarnos a leerlo

    Diana

  5. nora

    Muy bueno Esteban!!dificil en algun punto no sentirse identificado.La vida en forma permanente nos abre y cierra puertas.El mundo actual es complicado.Es bueno cuidar los afectos defendiendolos por sobre todas las cosas,es lo mas valiosos que tenemos.
    Felicitaciones!

  6. LEON LITWAK

    Estimado Esteban:
    Me encantó. Denota un sensiblidad extraordinaria. Felicitaciones.
    Leon

  7. Hernán

    Me gustó mucho el cuento, Esteban. Es un bello abordaje de los inevitables contrapuntos en los vínculos entre hermanos. La enfermedad y muerte del padre como recurso de apertura, el posterior viaje a la nada como momento de tránsito y la evocación fantasmagórica del suizo como cierre me parecieron bien eficaces. Está muy bien narrado, con un relato fluidamente articulado.
    Te felicito!!!
    Hernán C.

  8. Silvia Agosti

    Vi luz y entré! me deleito el profundo conocimiento del alma humana.
    Ese abismo al cual nos acercamos, y de pronto queremos huir…como de la estancia de Reinhold.
    Excelente, cariños-

  9. Paula

    Les recomiendo que lean “El hombre vestido de verde” y “Octubre en el Chaltén”.
    No se los pierdan. Se van a sentir identificados, o por ustedes o por sus conocidos.

  10. Paula

    Quisera agregar algo más a mi comentario anterior. Nos sentimos identificados en los cuentos de Esteban porque él sabe percibir y distinguir nuestros sentimientos y , en general, el comportamiento de las personas. Y por supuest, volcarlo a papel.
    Lo descubrí hace poco tiempo como escritor. Pero además , lo considero excelente en todo lo que hace.!!. Creo que tengo una ventaja sobre todos ustedes que dejaron mensajes. Yo lo conozco personalmente.

  11. Carlos

    Que lindo texto, te quedan ganas de más! De saber como sigue después el vinculo entre hermanos, cuñadas y primos.
    Que importante poder dejar el ego de lado y olvidarse de quien tiene razón en un distanciamiento y volver a conectarse con los afectos.

  12. Pablo

    Muy lindo el cuento, mi padre murio el pasado jueves. Duró solo 25 días en un geriatrico, tenía demencia vascular estaba y no estaba. Fue muy duro. Veo en el texto estas cosas que pasan con los hemanos cuando la vida nos pone frente a estas cuestinones.
    Estoy pensando dar este cuento a mis hermanas…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s