Gustavo Valle: “Bajo tierra”

1       

          Hay mucha gente buscando a otra gente y eso se siente, de verdad que se siente. Explicar esto no tiene importancia. Las cosas perdidas suelen llevarse consigo el motivo de su pérdida, y si las recuperamos suele ser demasiado tarde para reclamar explicaciones.               
          La noche del terremoto yo, Sebastián C. recién nacido, bajaba las escaleras del hospital en brazos de mi padre. Escaleras oscuras, gente atropellándose, gritos, y un hombre y su hijo escapando a toda prisa del temblor. Cuando pienso en esto no pienso en mí sino en mi padre, presa del pánico, con un bebé en brazos. Desde entonces su miedo es mi propio miedo y la historia del terremoto es mi propia historia. Pero hay otra. Siempre hay otra historia.
          Doce años después, en 1979, mi viejo desapareció en la excavación de un túnel. Él era un inmigrante que había llegado a Venezuela en los años cuarenta. Dedicó su vida a estudiar el subsuelo de Caracas para los proyectos viales del Ministerio de Obras Públicas. Extraía muestras de la tierra, las piedras y el lodo que teníamos bajo nuestros pies. Un día, mientras trabajaba en la perforación de un viejo túnel del Metro, desapareció. Minutos antes sus colaboradores lo vieron meterse en el agujero, minutos después ya no estaba, se había esfumado.
          Lamento ser tan escueto pero no tengo otro remedio: mi viejo se metió dentro de un túnel y no volvimos a verlo más. El suceso tuvo una repercusión escasa: ocupó un par de renglones en dos de los periódicos de mayor circulación del país. El Colegio de Ingenieros publicó un comunicado, y a pedido de mi madre se abrió una investigación que, al cabo de unos meses, terminó archivada. Varias hipótesis se barajaron en aquel momento: el hampa común, la venganza, el accidente fatal, problemas psicológicos, militancia política, abandono de hogar, deudas, suicidio. Pero nosotros, su familia, sabíamos que ninguna de esas hipótesis podía explicar nada. Creo que en el fondo estábamos convencidos de que la muerte, esa vez, había tomado una forma imprevista.
          Para colmo, al año después de desaparecido, mi vieja decidió enterrarlo. Y lo digo literalmente. Ignoro cómo fue el trámite, pero se ofició un entierro sin su cuerpo en un cementerio a las afueras de Caracas.
          Como es de suponer, mi madre, mi hermano y yo sufrimos el vacío que dejó esta sorpresiva ausencia. No quiero hablar por los demás, pero en mi caso el asunto me marcó para siempre. Quizás porque yo sólo tenía doce años, y a esa edad uno está saliendo del sueño de la infancia para meterse en el sueño de la vida, o quizás porque nunca entendí qué diablos había pasado, ni por qué.
          Desde ese momento esta historia comenzó a contarse sola. Casi siempre ocurre así, las historias se cuentan solas. Uno cree que uno es quien las cuenta, pero no, uno solamente las agarra, las recorta, pero no las cuenta. Contarlas es otra cosa. Contar una historia es, en el fondo, un trabajo imposible. Quizás por eso este libro no comienza con la desaparición de mi viejo, sino veinte años después, el día en que salí a buscarlo en diciembre de 1999, y más exactamente el día en que Gloria y yo conocimos a Mawari. Pero de esto hablaré más adelante.
          “Salir a buscarlo” quizás no sea la expresión exacta. Más que buscarlo a él, salí a buscar el vacío que dejó, el agujero de ese vacío. En un momento dado (tardé veinte años en darme cuenta) supe que yo debía ir tras él. Por eso, más que buscarlo (nunca tuve la estúpida ilusión de encontrarlo, de dar con sus huesos) lo que pretendía era hacer el mismo camino que él hizo, seguirle los pasos.
          Por supuesto esto no podía hacerlo, desde la conciencia de saber que lo estaba haciendo, pues eso hubiese significado la locura o el suicidio. Lo hice, ahora lo pienso así, como el niño que va a la playa sin preguntarse nada, o casi nada, e incluso sin tener mucha conciencia de su deseo de ir a la playa, y sin embargo llega a la playa.
          Por último debo decir que nunca antes había sentido la necesidad de buscar a nadie y mucho menos de contar una historia. Creo que sólo se siente esa necesidad cuando lo que uno busca, o pretende contar, ha desaparecido del todo.

2

          Ese día salí con mi vieja chaqueta de cuero gastado. Era una chaqueta heredada de mi hermano mayor que me daba cierto aire de Mickey Rourke. Me encantaba meter las manos en los bolsillos rotos y caminar como Mickey Rourke en Rumble Fish. Ahora no recuerdo si Mickey Rourke caminaba con las manos metidas en los bolsillos pero eso no importa: yo sentía que la cámara de Francis Ford Coppola me seguía por las calles de Caracas. 
          Me podía pasar horas y horas con las manos allí metidas, toqueteando fósforos rotos, papelitos, colillas, y no sólo lo hacía en la mañana cuando caminaba rumbo a la facultad sino también en la tarde, cuando me quedaba deambulando por La Perla, o en la noche tomando cervezas con los amigos. A pesar de mis treinta años, todavía seguía estudiando, y lo peor era que lo hacía sin ganas, como por inercia. Tenía una melena de ondas despeinada que casi tocaba mis hombros flacuchentos. Caminaba jorobado, pues yo consideraba idiotas a quienes caminaban erguidos. No sé si era un tipo triste o indolente, quizás las dos cosas juntas, pero a pesar de esto, o quizás gracias a esto, cargaba con una extraña violencia interior, una violencia que a veces se manifestaba con repentinos ataques de furia. Lo cierto es que llega Mickey Rourke con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta, y se sienta en las escaleras de la panadería La Perla a fumar con los ojos semicerrados. Son las siete y media de la mañana.
          Gloria apareció dando carreras, batiendo su melena rubia, con unos pantalones muy pegados y su mochila Jansport colgando del hombro. Nos sentamos juntos en las escaleras a esperar la hora de clase y fumamos cuatro o cinco Belmonts aspirando profundamente, como si fueran los últimos. Gloria miraba a la calle con los ojos puestos en los carros y en la gente y yo la miraba de perfil contra la luz suave de esa hora; me encantaba ver sus mejillas ahuecarse con cada inhalación. Hablamos sin vernos a la cara, desganados, sin ánimo para nada, o por lo menos fue mi caso, pues a esa hora soy lo más parecido a un sonámbulo, recostado en la escalera como si fuera un diván. Gloria en cambio se sentó abrazando sus rodillas (los huesitos de su columna abultaban su blusa) y a juzgar por su semblante parecía que había desayunado pastel de proteínas, estaba como nueva y hablaba hasta por los codos.
          Sus pantalones fueron determinantes. Eran negros y con algún componente elástico que hacía que se adhirieran a sus muslos y a su culo. Como tenían un diseño tubo le daban cierto aire punk, pero Gloria era todo lo contrario a una chica punk. Venía de un pueblo del interior y había aterrizado en la ciudad hacía poco. El aire pueblerino no se le notaba a simple vista pero cuando hablaba de ciertos temas (de música, por ejemplo) quedaba en evidencia. Por aquel entonces yo tarareaba mucho “1979” de los Smashing Pumpkins, y Gloria me escuchaba con los ojos torcidos y con cierta desconfianza, convencida de que yo estaba inventando la canción. Ella apenas conocía la música que sonaba en la radio, aunque se sabía de memoria una cantidad importante de canciones de Serrat. Entre su Serrat (que a mí me tenía sin cuidado) y mis Smashing Pumpkins nuestro diálogo musical era nulo. A pesar de esto las cosas avanzaron con una rapidez asombrosa, y lo cierto es que a partir de ese día en que apareció metida dentro de esos inolvidables pantalones, no pude dejar de pensar en ella, enseguida tuve miedo de perderla y decidí seguirla como un sabueso idiota sin pensar demasiado en las consecuencias. Al fin y al cabo no había nada significativo en mi vida (yo acarreaba con una deriva física y metafísica), y por tanto no tenía nada que perder. Y no sé si fue por esto o por todo lo que ocurrió inmediatamente después, pero a partir de entonces no pude separarme nunca más de ella, incluso cuando ya no estaba a mi lado, no pude separarme de ella.
          Poco a poco la calle se fue llenando de carros, autobuses y gente. A mí me gustaba esta progresiva acumulación de seres y máquinas que pasaban frente a mí, mientras yo los miraba de costado. La ciudad (por lo menos ese pedacito de ciudad que estaba allí) despertaba  como de una borrachera y yo era el testigo adormilado de ese despertar. Me sorprendía ver cómo de manera violenta las calles dejaban de estar vacías y de pronto comenzaba el caos. No había solución de continuidad. Apenas pestañaba, y ya la ciudad era otra. En cuestión de minutos, entre las siete y media de la mañana y las ocho, el mundo cambiaba. Un instante antes todavía había neblina y volaban guacamayas encima de las antenas. Un instante después ya se escuchaban los taxis y la gente pasaba corriendo a toda prisa. Le comenté esto a Gloria, pero me dijo que yo estaba demasiado dormido para darme cuenta.
          —Abre los ojos, Sebastián. A veces pareciera que estuvieras muerto.
         Le hice caso y los abrí un poco más. Lo que ocurre es que tengo los párpados caídos y la gente siempre cree que me estoy durmiendo. Pero no es así.
          —Pobre hombre —dijo Gloria.
          —¿Ah?
          —El mendigo, ¿no lo ves?
          Se refería al chino loco, un viejo mendigo de la zona que siempre me recordaba a alguien, aunque no sabía exactamente a quién. Justo pasaba frente a las escaleras de La Perla envuelto en su mugriento saco, del que colgaban imperdibles y chapitas. Era gordo y encorvado, más bien bajo, caminaba lentamente arrastrando bultos y bolsas de plástico negro.
          —¿Cuántos años tendrá? —preguntó Gloria envuelta en el humo de su Belmont.
          —¿Ciento treinta, ciento cuarenta? —respondí con la mitad de un pastelito en la boca.
          —¿De qué parte de la China habrá venido?
          —Quizás de la Gran Muralla, tiene pinta de haber salido de la Gran Muralla.
          —¿Sabes una cosa? —dijo Gloria con ese tono ingenuo que aprendí a adorar en cuestión de días—, a veces pienso en la cantidad de gente que debió perder la vida construyendo la muralla esa. Ese montón de obreros excavando y trabajando en las montañas…
          —Sí, yo también siento una inmensa pena —dije, pensando que iba a reírse, pero no lo hizo.
         De pronto el mendigo subió las escaleras, pasó muy lentamente a nuestro lado y entró a la panadería. Sus movimientos eran tan lentos que parecía que llevaba los pies atados al suelo, y como no se desprendía ni un instante de sus bultos y bolsas, todo su andar era pausado y desquiciante, parecido al de una pereza. Estuvo adentro durante unos minutos y al rato salió con una bolsa de papel manchada con grasa, que apretaba contra su saco. Los dueños conocían al chino y le daban bolsas con cachitos del día anterior, pastelitos arruinados y trozos de pan. Con su bolsa salió de la panadería y se fue a sentar encima del capó de un Ford Futura estacionado frente a nosotros.
          —Tiene hambre —dijo Gloria.
          Y sí, era lógico pensar que un mendigo tuviese hambre, pero yo pensaba en otra cosa. Me parecía raro que un descendiente de la China milenaria terminara de mendigo en el Caribe, en una ciudad como Caracas. Desde mi diván imaginé rápidamente el periplo del chino, saliendo de los extrarradios de Beijing, cruzando el Océano Índico en embarcaciones paupérrimas, subiendo a Europa tras largos días de lamentables carreteras turcas y embarcándose finalmente en algún puerto gallego en dirección a América, arriba de un carguero. Le conté esto a Gloria y le dije que alguien que hace todo ese esfuerzo no termina pidiendo limosnas.
          Ella me dijo que ese viaje no lo hacen por el Océano Índico sino por el Océano Pacífico, y además le parecía perfectamente posible que un chino terminara de mendigo en Caracas, pues las posibilidades de uno de convertirse en mendigo en Caracas eran altísimas, dijo. Tras lo cual pasó a darme otros ejemplos: los rumanos en Madrid, los bolivianos en Buenos Aires, los argelinos en París, los hindúes en Londres, los turcos en Alemania.
          —Muy bien, Gloria, pero ninguno de esos ejemplos incluye a los chinos.
          —¿Y Japón? —saltó—. Seguro que en Japón debe haber mendigos chinos. En Japón a los chinos los odian.
          Yo le dije que no, que Japón era un país serio, sin mendigos, cuyos problemas se reducían únicamente a: uno, alimentarse con pescado crudo y, dos, una elevada tasa de suicidio. Pero que de mendigos, nada. Además le expliqué que los chinos eran una raza de trabajadores y que primero muertos que mendigar por los caminos. Por último, concluí, inventaron el kung-fu.
          Entonces Gloria, no sé si para demostrar su tesis de la procedencia china del mendigo o porque ya estaba aburrida de estar sentada y era hora de volver a desfilar sus inolvidables pantalones negros, se puso de pie y se acercó hasta el Ford Futura donde estaba el mendigo masticando sus mendrugos y se paró frente a él.
          Al principio el chino ni la vio. Estaba tan concentrado en su banquete que no advirtió que Gloria estaba allí, parada a metro y medio de distancia. El chino parecía refugiarse dentro de su saco negro, mordiendo sus pasteles con un apetito animal. Además comía con la cara metida dentro de la bolsa y era imposible distraerlo. Gloria se quedó allí parada, sin mover ni uno de sus pelos rubios, exactamente a una distancia de metro y medio hasta que, pasados unos segundos, el mendigo eructó. Fue un eructo sutil, nada cavernoso, que incluso yo confundí con el ruido de un Dogde Dart que justo pasaba cerca de ahí hecho un bólido. Tras eructar, el mendigo continuó comiendo y luego, un instante después, levantó la cabeza de la bolsa y eructó de nuevo ¡groooog! Este segundo eructo fue grave y profundo y lo obligó a levantar la mirada de la bolsa y detener por un instante su ingesta. Entonces la vio frente a él. Y cuando la vio abrió lo ojos más que nunca, como si tuviera frente a sí al mismísimo Buda. La miró durante unos tres segundos. Tres larguísimos segundos. Luego murmuró algo incomprensible, algo como equipiri nami kati nun sempere, y continuó comiendo.
          —Creo que no es chino —me dijo Gloria cuando volvió a sentarse a mi lado en las escaleras.
          —¿Qué te dije yo?
          —No, no es chino, yo conozco a los chinos, los chinos tienen otra mirada.
          Gloria no pudo ver bien la cara del mendigo (eso me dijo), o la cara del mendigo estaba escondida detrás de su propia cara (eso me dijo también), o el tipo simplemente tenía una cara que no se podía determinar con facilidad detrás de tanta mugre acumulada. Gloria me comentó que en su pueblo había chinos desde que ella tenía uso de razón, y que muchos de los negocios pertenecían a la comunidad china. El abasto, un restaurante, la única lavandería. Ella los conocía bien y por eso insistía en que el chino no era chino. De lejos parece chino, decía, pero no lo es. Tiene otros rasgos, los pómulos abultados, los ojos rasgados, la mirada torva. Le dije que los chinos  compartían exactamente esas mismas características, y ella me respondió que sí, menos los pómulos abultados. Y pasó a explicarme que  los chinos eran de pómulos chatos y frentones, mientras que los hindúes tenían mucho más pelo y les brillaban los ojos. No sé por  qué pero justo en ese momento me vino una imagen tremenda a la mente. Fue una alucinación fantástica: Gloria enfundada en sus pantalones suicidas, con la melena rubia más larga que nunca, completamente desnuda, rodeada de corpulentos hombres orientales, unos chinos enormes que parecían basquetbolistas, metidos en una especie de fumadero de opio o burdel donde predominaba el color violeta y donde Gloria era la única mujer que había. Eso fue todo. La imagen apareció y desapareció casi instantáneamente. No iba a ser la única vez que me ocurriera esto.
          La alucinación tuvo un efecto vigorizante, desperté como si me hubieran dado un corrientazo en los muslos y abrí los ojos un poco más, como Gloria quería que los abriera. El mendigo se había comido todo lo que había en la bolsa y la arrojó al suelo sin fuerzas, justo en el instante en que llegaban los niños pedigüeños.
          Eran dos hermanitos de ocho y once años que deambulaban todos los días cerca de La Perla. Andaban siempre con los ojos  desorbitados y sus ropas rotas e inmundas. Se acercaban a las escaleras donde yo estaba sentado, me pedían monedas o algo para comer, y yo maquinalmente les decía que no, que no tenía, o a veces sólo negaba con la cabeza sin decir una sola palabra mientras sorbía mi café y masticaba mi pastelito. Todos los días ocurría exactamente lo mismo, yo, sentado en las escaleras y los niños que volvían a pedirme monedas o comida.
          Lo cierto es que esa mañana llegaron los niños pedigüeños a La Perla y lo primero que hicieron fue levantar del suelo la bolsa vacía que había arrojado el mendigo. Tras comprobar que no había dejado ni las migas, comenzaron a burlarse de él. Le gritaron ¡chino-loco!, y después repitieron como ametralladoras ¡loco!, ¡loco!, ¡loco!, ¡loco! Pero el chino ni volteó a verlos. Avanzó lentamente por la acera con la mirada puesta en el piso o en sus zapatos rotos. Parecía como si una inercia milenaria lo empujara lentamente a salir de ahí, pero a los niños les molestó su indiferencia. Se acercaron a él y comenzaron a tirar de sus bultos y de sus bolsas de plástico negro. Después, al ver que el chino continuaba su camino sin hacerles caso, le arrojaron piedras y latas vacías que fueron a estrellarse en su cabeza y en su espalda. Entonces el chino reaccionó y giró en cámara lenta en dirección a los niños que ya habían huido velozmente hacia la acera de enfrente. Dirigió su mirada a un punto impreciso y sin abandonar sus bolsas murmuró otra extraña parrafada. Fue más bien una larga letanía que duró unos minutos, una salmodia en un idioma extraño. Concluidas sus palabras, se marchó en dirección hacia la avenida Libertador, deteniéndose en algunos pipotes de basura. De sus bolsas de plástico negro cayeron al suelo varios papeles, cartas y postales. Los niños recogieron los papeles del suelo, hicieron bollos con ellos y se los tiraron a la espalda mientras gritaban otra vez ¡loco!, ¡loco!, ¡loco!, ¡loco!, y también decían ¡chino cochino! Y después subieron a las escaleras de la panadería y yo me animé a darle cien bolívares al más pequeño. Extendí el brazo con la moneda en la mano y antes de dársela le dije:
          —¿Sabes una cosa, chamo?
          —¿Qué?
          —Aquel viejo chino del que tanto te burlas es un antiguo guerrero ninja.
          —¿Guerrero qué?
          —Guerrero ninja, una raza milenaria de combatientes de la China.
          —¿Y a mí qué me importa?
          —Es un viejo mago, puede hacer magia, desaparece cosas.
          El niño me vio directamente a los ojos durante un par de segundos, y después negó con la cabeza.
          —Ese viejo de porquería no hace nada, ¿me vas a dar algo?
          —Sí —le dije, y le di la moneda de cien bolívares.
          El niño salió corriendo escaleras arriba y se metió dentro de la panadería. Tras él siguió su hermano. En ese instante Gloria me agarró del brazo y me arrastró con fuerza.
          —¿Qué haces, Gloria?
          —Vamos a seguirlo —me dijo.
          —¿Seguir a quién?
          —Al mendigo.

* Estos son los primeros dos capítulos de la novela Bajo tierra.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Gustavo Valle: “Bajo tierra”

  1. Gustavo, leo un abandono; el de la muerte, oscura, enigmática, subterránea; el de Sebastián, quien habita una ciudad endeble y lo hace con una ausencia irremediable; el del mendigo con la identidad indefinible de sus ojos, auxiliado con la precariedad de unas sobras de pan. En los terrenos no siempre demarcados de esa ciudad caótica (y también abandonada) Sebastián, Gloria, Mawari son buscadores, al mismo tiempo que huidores, de sus propios vacíos. Como un héroe antiguo, predestinado en la búsqueda del Santo Grial, Sebastián se arma con un escudo para iniciar el rastreo, sólo que ese escudo es una chaqueta y el aire irreverente de un actor de cine, de un Mickey Rourke guapo y envalentonado. Pero en el fondo, debajo de su escudo, no estará metido un héroe clásico sino un hombre arropado por la desnudez del vacío, del eco subterráneo, de la voz que se difuminó entre los túneles.
    Me gusta la idea de la ausencia paterna habitando el fondo oscuro de un túnel y el descenso del hijo como quien viaja al Averno. Recuerdo una película argentina de ciencia ficción llamada “Moebius” (hecha con las limitantes latinoamericanas para este tipo de género) en donde un hombre busca un vagón del subterráneo de Buenos Aires que, literalmente, desapareció.
    Saludos, amigo.

  2. Pingback: Conversatorio auspiciado por Ficción Breve y la Unidad de Psicología | Unidad de Psicología P. Luis Azagra s.j. (UPLA)

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