Oscar Marcano: “Uñas encarnadas”

       

          —¿En serio?
          —No tengo por qué mentirte.
          —¿En serio nunca te habías acostado con un hombre?
          —Jamás.
          Silví hacía teatro, era pedicurista y le estaba haciendo los pies a Montes. Él era abogado, escribía teatro y ocasionalmente dirigía alguna de sus obras, que no eran gran cosa, pero movían un nivel aceptable de público.
          —¿De verdad seguiste mis instrucciones para seducirlo?
          —Al pie de la letra.

          Hacía un calor de mil demonios. Ella estaba sentada en una banqueta, él en una vieja poltrona Biedermayer.
          —Cuéntame.
          —Nada. Él estaba metido debajo del Volkswagen montando el arranque, yo me puse la bata sin sostén ni pantaletas y le llevé café.
          —¿Y?
          —Y bueno.
          Silví alzó la vista, entorchó los ojos y la volvió a fijar en el trabajo.
          —Entraron aquí y pasó lo que tenía que pasar.
          —Más o menos, sí.
          Montes miró sus rodillas. Ella tenía pantalones cortos, las piernas abiertas y el pie de Montes en su regazo.
          —Con ese nivel de detalle, diera la impresión de que verdaderamente estuviste ahí —ironizó.
          —Es que no es fácil.
          Silví albergaba la esperanza de que Montes le diese trabajo en el próximo montaje. Hacía vestuario y, una que otra vez, escenografía. Pero había trabajado en Dr. Scholl’s y a Montes se le encarnaban las uñas. Ahora se las cortaba con una tijera especial.
          —¿Qué te pareció estar con un hombre?
          —No te muevas —dijo Silví.
          Le trabajaba el pie izquierdo.
          —Que qué te pareció estar con un hombre.
          —Que no te muevas dije. Voy con la uña encarnada.
          Cada cierto tiempo le sucedía. Las uñas se le encajaban como cachos en las esquinas y cuando caminaba, Montes veía el diablo.
          —Contesta.
          Silví se encogió de hombros.
          —Fue una cosa extraña. Una sensación molesta y grata a la vez.
          —Pero pudiste.
          —Digamos que sí. Me subió el nivel freático y no me quedó más remedio. Fue algo muy raro. Tanto por lo físico como por lo anímico.
          Silví hizo un silencio en staccato. Iba a beber de su gimlet pero no lo hizo. Volvió a entorchar los ojos y optó por seguir con la uña.
          —A los hombres les falta una vaina.
          —Me lo has dicho varias veces.
          —Muchas. Te lo he dicho muchas veces. ¿Sabes?, la lesbiana es una artista abstracta. Su cuerpo es femenino y, como todo cuerpo femenino, está hecho para ser penetrado. Por eso tiene que crearse en la mente la herramienta que la embuta. Pero no con fuego de hombre. El fuego de hombre achicharra. Una busca el calor de la llama que no mortifica. El calor del fuego azul. Como en las hornillas. ¿Te has fijado en las hornillas?
          —Tengo cocina eléctrica.
          —Debí suponerlo. Pues observa una cocina a gas. La llama tiene dos tonos. Naranja y azul. La llama naranja es burda, pedestre. Tizna las ollas. El fuego azul, por el contrario, emite un rumor. Es tierno, delicado, como lo que adviertes en el acto de soplarte la punta de un dedo.
          Silví soltó las tijeras y tomó otras más pequeñas. Acercó la lámpara dicroica para iluminar mejor el pie de Montes.
          —No debiste iniciarte con el mecánico.
          —No te muevas.
          —¿Me estás oyendo? —insistió—. No debiste iniciarte con ese tipo.
          —Ah, ¿no?
          —No. Debiste hacerlo conmigo.
          Silví guardó silencio y miró los dedos del pie del abogado. Eran largos, magros, nudosos.
          —No, Montes —dijo al fin—. Somos amigos. Viejos amigos.
          —Ya, ya —la contuvo—. Mejor cuéntame en qué paró el asunto.
          —Nada. Reaccionó como un hombre.
          —¿A qué te refieres?
          —Salió a relucir el gallo.
          —¿Qué significa que salió a relucir el gallo?
          —Que comenzó a sentirse con derecho —dijo Silví y carraspeó—. Cada vez que se le antojaba aparecía por casa. Se volvió confianzudo. Parecía Stanley Kowalski, el patán de Un tranvía llamado deseo. Abría la nevera y se tomaba mis cosas. Si hacía calor, se quitaba la camisa. Un día hasta me trajo la novia.
          —¿Te trajo la novia?
          —¿Qué te parece?
          Silví apartó las manos de los pies de Montes para beber un sorbo de su gimlet. Mientras lo hacía, se quedó mirando el twisse de limón. No sabía por qué le gustaba tanto ese cóctel. Tenía un color inquietante. Como uno imagina pueden ser los fluidos de una enfermedad hepática. Se lo enseñó a preparar un chico del grupo de Lindsay Kemp, la segunda vez que vino al festival de teatro.
          —Jugué un rato el juego —dijo—, hasta que me cansé.
          —Entonces le pusiste coto.
          —Le puse coto. Pero ya el mal estaba hecho.
          —No es para tanto.
          —Ah, ¿no?
          —Para ti debió haber sido como hacer pilates.
          —¿Te parece? —dijo tomando otro sorbo—. Uno es un recinto e invita a pasar al que quiere. La persona entra con todo lo que posee y ahí se ve si alumbra, si trajo algo o, si por el contrario, vino a profanar.
          Y cuando dijo esto le clavó los ojos a Montes. Luego estiró el cuello, buscó la ventana y miró sus bambúes. Los bambúes de Li Po. Así los llamaba.
          —Por más que sea —dijo él— era un mecánico a domicilio. Un tipo con la sensibilidad de una llave de cruz.
          Silví puso el trago en la mesita, apartó el pie del abogado y se ausentó por un minuto. En la ida, Montes  contempló el apetitoso cuerpo. No recordó que muchas veces, cuando no podía dormir, pensaba en él.
          Montes cogió una vieja revista Hola. La comenzó a hojear en el momento en que Silví volvió con unos quesos. Sin decir nada los puso en la mesita. Para guarecerlos de los bichos los cubrió con celofán.
          —¿Te acuerdas cuando te traté el hongo de la uña? —dijo sentándose y colocando en su regazo el pie izquierdo de Montes.
          Montes puso a un lado la revista.
          —No sabes cuánto te lo agradezco. No me dolía, pero el aspecto era horrible.
          Silví cogió de nuevo la tijera especial.
          —Okey —advirtió—. No te muevas.
          —Cuidado —dijo él. Y la pierna se le contrajo involuntariamente.
          —Tranquilo.
          Para relajarlo, Silví le masajeó los dedos, flexionándolos hacia atrás con la palma de la mano.
          —Ah —dijo Montes extasiado—. Ése es bueno. Pero el que más me gusta es el masaje del arco.
          —¿Éste? —dijo Silví.
          —Ah —volvió a decir Montes.
          —Te viene bien porque tienes los pies planos.
          —Y la fricción —dijo él—. Me encanta la fricción.
          —Qué fricción.
          —La que usas en el masaje.
          —Te refieres a la loción.
          —Sí. La que es como alcoholada.
          —Mentolada.
          —Ésa.
          Silví reanudó el trabajo con la tijera.
          —Ah, y el baño caliente —apuntó Montes—. Y cuando mezclas la crema fría con azúcar morena para ahorrarte la crema exfoliadora.
          —Las originales son muy caras: Doctor Scholl´s, Sally Hansen, Neutrogena.
          —Trucos de pedicurista.
          —De podóloga —corrigió Silví.
          Una lluvia finísima se comenzó a insinuar.
          —Porque era mayor que él, de pronto creyó que me estaba haciendo un favor —dijo Silví, volviendo al tema del mecánico.
          —¿Y no te lo estaba haciendo? —farfulló Montes.
          —Para nada. No te olvides que es hombre.
          —Entonces volviste con Úrsula.
          —Más o menos, sí. Sabes que Úrsula me asedia y siempre caigo en sus redes.
          La llovizna arreció y se tornó en aguacero.
          —Lluvia con calor —dijo Montes resoplando y separándose una y otra vez la franela de la piel, como abanicándose. Qué clima para horrible.
          Listo —dijo Silví.
          Había desencajado y limpiado las uñas.
          Silví suspiró e hizo un alto en la labor. Cada vez que hacía un alto y apartaba la lámpara y las tijeras, le masajeaba los dedos y daba un sorbito a su gimlet.
          Montes aprovechó para alzarse de la poltrona. Estiró las piernas, se metió los puños en los bolsillos y se asomó a la ventana. Los rodeaba todo el verdor y el aire de las colinas. Si ponías atención podías escuchar los pájaros. Pero llovía muy fuerte. Y hacía calor. 
          El abogado notó cómo la brisa formaba un sendero cósmico entre el valle y el collado. Al fondo escuchó un curso de agua, y no alcanzó a distinguir si era la lluvia, un riachuelo o una quebrada pútrida que cabrilleaba montaña abajo.
          —Siempre me pregunté cómo hiciste para hallar esta casita aquí, en mitad de la nada.
          Silví no contestó. Prefirió hablar de otra cosa.
          —No has tocado tu gimlet —dijo.
          —Lo prefiero con vodka —arguyó Montes—. La ginebra me deja el culo ardido.
          —Tengo —advirtió ella—. Si me das un segundo te lo preparo con vodka.
          —Podría ser —dijo Montes—. Pero todavía no. Mientras más lo demore, mejor. Cuando comience no podré parar.
          Silví miró nuevamente la cáscara de limón y dijo:
          —Solamente por joder, una vez pasé con Úrsula en el Volkswagen por los lados del taller y nos besamos.
          —No tenías que hacer eso —dijo Montes detallando el sendero cósmico y la manera en que la lluvia parecía galoparlo.
          —Es verdad —dijo Silví—. Pero quería vindicarme. Úrsula estaba celosa y eso la resarcía de algún modo. Sabes cómo es. Tiene un lío en la cabeza. Cuando algo le disgusta, dice: «eso es de hombre».
          Hace un breve silencio.
          —Además, tiene un corazón selvático.
          —¿Cómo es eso?
          —No te lo he dicho, pero me gusta poner el oído en el pecho de mis amantes y escuchar su corazón. Después lo apunto en ese cuaderno.
          Hizo un nudo con los labios y señaló la mesa de centro. Sobre ella reposaba una libreta encuadernada en piel. Lo único parecido a un libro en esa casa.
          La lluvia comenzó a amainar.
          —A Úrsula le suena enmarañado. Sus sístoles y diástoles no son precisos, pum-pá, pum-pá, como los de cualquiera. Más bien parecen un largo trueno en voz baja.
          —¿Y qué quiere decir eso?
          —Da una idea de su personalidad.
          —¿De veras? —dijo Montes en tono sarcástico.
          Silví hizo un ademán reflexivo.
          —Me enamoré de ella porque se da un aire con Jacqueline Kennedy.
          —¡Por Dios! —exclamó Montes.
          —La primera vez que la vi me la quería comer con los ojos. Entonces yo era narcisa. Me encantaba gustarle a todo el mundo.
          —De modo que Jacqueline Onassis —dijo Montes en sorna.
          —Kennedy. Cuando cambió a Onassis ya era otra cosa.
          El calor apretaba y los quesos se desmayaban bajo el celofán.
          —Adoraba sus sombreros, sus lentes, su ropa casual.
          —¿Úrsula usaba sombreros?
          —Jacqueline. Jacqueline Kennedy.
          Montes llenó los pulmones del aire de la montaña, se abanicó con la mano y volvió a la silla Biedermeyer.
          —Sin ofender, Silví, pero ¿qué tiene Úrsula en la frente?
          —¿Te refieres al papiloma?
          —¿Una verruga es un papiloma? ¿Por qué se deja crecer esos pelos gruesos en… el papiloma?
          —¿Por qué lo dices?
          —¿Para verse más hombruna o qué? Da un poco de cosa, ¿no?
          —A mí no.
          —Claro que da. Pero cuéntame. ¿Qué tal el mecánico en el otro aspecto?
          Silví no quería hablar de eso, pero necesitaba el trabajo.
          —Ahí, ahí —dijo fastidiada—. Si a eficiencia te refieres, en dos ocasiones estuve cerca del orgasmo.
          Montes aplaudió socarronamente.
          —Eso también es algo.
          —Pero con la lengua —aclaró Silví—. Al final la tenía dormida.
          —¿Y con lo otro?
          —Imposible. Si el cerebro no es más grande que un garbanzo, imposible.
          Y volvió a clavarle los ojos.
          —Hablas como si supieras de hombres.
          Silví hizo una falsa mueca de malicia.
          —Pero estuvo bien —concluyó—. Hizo lo que pudo y yo quería vivir la experiencia.
          Montes cogió la Hola vieja y se abanicó.
          —La próxima vez que decidas desperdiciarte, habla conmigo —apuntó y, de un modo grotesco, sacó una lengua larga y puntiaguda.
          —Estás loco.
          —Habla conmigo —insistió—. Para ti puedo ser el hombre más viril del mundo o la mujer más delicada que hayas imaginado.
          Montes comenzó a beber del gimlet. Tenía ginebra, pero comenzó a beber del gimlet.
          —Y hay más confianza —agregó—. Y sensibilidad.
          —No estoy tan segura.
          —Créeme.
          —No lo sé. Tendría que oírte el corazón.
          Montes se abrió la camisa en el pecho.
          —A la orden.
          —Ni lo sueñes  —dijo Silví—. Somos amigos y algo se rompería.
          —Para eso estamos —dijo Montes irónicamente.
          —Algo se rompería al burlarme de ti, quiero decir.
          —¿Y qué razón tendrías para burlarte de mí?
          —No lo sé —dijo Silví—. La buscaría. Tarde o temprano la buscaría. Y aunque no lo demuestres, eres susceptible. Y femenino, Montes. Eres muy femenino.
          —Lo que aumenta mis posibilidades contigo, ¿cierto?
          —No te creas —dijo incorporándose—. Como ya dijiste, para mí sería como hacer pilates.
          Y se ocultó la boca con el gimlet.
          —¿Cómo has dicho? —dijo Montes.
          Pero ya Silví contemplaba sus bambúes.
          «Ni más ni menos», dijo para sí misma.
          —¿Cómo has dicho? —reiteró Montes.
          «Como hacer pilates», rumió ella en su cabeza.
          Pero no se molestó en repetirlo.

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4 comentarios

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4 Respuestas a “Oscar Marcano: “Uñas encarnadas”

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  2. Felix

    Muy creativo. tiene muchos meritos. me gustó mucho

  3. Luis

    Una manera unica de apuntar al infinito tema de las contradicciones de la sexualidad, la amistad, y el deseo. Accesible. Interesante. Gracias por compartirlo.

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