Carlos Gamerro: “Un yuppie en la columna del Che Guevara”

        

         Las exequias del señor Tamerlán tuvieron lugar recién cuatro días después de su muerte; tiempo que fue dedicado a la autopsia que certificara su identidad y las causas de su deceso, tras la cual los restos mortales fueron entregados a la familia, para ser velados en la capilla ardiente instalada en su domicilio, desde la noche del miércoles hasta la mañana del jueves, día del entierro.
         Marroné había dejado el auto en la otra cuadra, porque era el Renault 12 de su suegra y por lo tanto impresentable ante sus subordinados y colegas, y bajó caminando, como para dar a entender que había llegado en taxi. El cortejo arrancaba de la entrada principal y se extendía sin cortes hacia el río. Abrían la marcha seis porta-coronas, siempre incongruentes con su carga a cuestas, como cuervos que para sorpresa de todos hubieran abierto floridas colas de pavo real; tras ellos esperaba el coche fúnebre, vacío, y por lo menos diez autos de acompañamiento, algunos con la gente sentada adentro, aunque por el calor la mayoría esperaba afuera, en grupitos de hablar quedo.


         Marroné iba a encarar la urgente tarea de buscar un auto donde colarse cuando un movimiento a sus espaldas le indicó que pasaba algo: las puertas de la entrada se estaban abriendo y por ellas emergía en ese momento el féretro. Pugnando por aproximarse en el gentío agolpado alcanzó a ver una figura esbeltamente enfundada en un ceñido vestido negro coronado por una capelina en una ondeada ola negra, y entre ambos un rostro ensombrecido por los pliegues del velo: era la viuda. El cierre de la puerta trasera del coche fúnebre fue la señal para que todos los presentes se dirigieran raudos a los autos de acompañamiento, cuyas puertas comenzaron a cerrarse en acelerado tableteo de metralleta a medida que Marroné llegaba a ellas, cada vez más alarmado porque en ninguno había lugar para él, las respuestas oscilando entre las excusas corteses o el silencio hostil al sospechoso y no siempre creíble “está reservado” cuando señalaba algún asiento vacío.
         Presa de la indecisión corrió unos pasos barranca abajo, luego barranca arriba, perdiendo segundos preciosos hasta que una idea salvadora acudió a su mente: ¡los porta-corona! Alguno de ellos accedería a llevarlo, en el peor de los casos coimearía al conductor bajo cuerda, y caminando lo más rápido que el decoro permitía llegó hasta ellos en el preciso instante en que arrancaba el último. Sin tiempo de pensar en lo que hacía, se precipitó sobre la puerta del acompañante y se sentó en el asiento delantero del siguiente, que era el coche fúnebre.
          – Disculpe. Están todos los autos ocupados. ¿Le molesta llevarme?
          El chofer era un pelirrojo de dientes manchados que le sonrió para decir, con un encogimiento de hombros:
         – No, para nada… Si no le molesta a mi pasajero…
         Marroné tardó un segundo en caer y al hacerlo no pudo evitar echar una mirada sobre el hombro a través del vidrio enmarcado de visillos. Con un estremecimiento volvió al chofer, que seguía sonriéndole, y súbitamente sintió que había algo impropio, por no decir indecente, en que el señor Tamerlán fuera conducido a su descanso eterno por un colorado zanahoria enfundado en un traje barato negro.
         – Algunos a veces le piden especialmente, ¿vio? “Quiero hacer el último viaje con papá” y todo eso. Otros capaz que le prefieren venir caminando antes que subirse con el muerto. ¿Usted es pariente?
         – Trabajo en la empresa – le contestó distraídamente. A través de la maraña de flecos, vidrios traseros y delanteros y los destellos cegadores que el sol arrancaba del profuso cromado de los Rambler, había llegado a entrever, apagados y como sumergidos, los rostros de la viuda de Tamerlán y sus dos hijos sentados en el asiento trasero del auto que los seguía; y al hacerlo sintió de manera aun más aguda la impropiedad de que amigos y familiares viajaran en los otros autos y el colorado zanahoria y él con el difunto, y se hundió aún más en el asiento para pasar desapercibido.
         Avanzaban ahora en progresión majestuosa y fluida por el carril central de Libertador, que a esa altura corría entre dos hileras de imponentes, selváticas tipas, y las elevadas ramas que se entrelazaban sobre su cabezas, y la luz como de vitrales verde y oro que filtraban sus copas, otorgaban a la avenida una dignidad de nave catedralicia. Inmune por su diaria exposición profesional a la solemnidad del momento, y quizás aprovechándose del favor que le estaba haciendo para atreverse a una familiaridad del todo improcedente, al colorado se le dio por darle charla como si se tratara de un vulgar taxista:
         – Cómo venimos, ¿eh? Le digo que ya no damos abasto. Los porta-corona, tres, se los tuvimos que alquilar a otra cochería, y pedir también personal prestado. Ahora mismo, tenemos uno en la Chacarita y otro en Flores… Pero aquel fue por enfermedad, nomás. Se están dando sin asco, los muchachos, ¿no? Con decirle que en la cochería hasta se nos dio por hacer un prode, con puntaje diario y después semanal; pero claro, ahora que entró a tallar el ejército están ganando por afano. Mire si no lo del otro día. Además, por cómo se la cuentan los diarios, a veces no queda claro quién se la dio a quién: si guerrillero a sindicalista, sindicalista a guerrillero, guerrillero a político, Triple A a político o guerrillero… Yo, a mí, si me preguntan, me anoto con la guerrilla, ¿no? Siempre le dejan un cuerpo, y en general de gente que puede costearse un funeral como Dios manda. ¿A su jefe con quién le tocó, con el ERP o Montoneros?
          – Montoneros – fue la lacónica respuesta de Marroné.
          – La suerte que tienen algunos. Bueno, capaz que su jefe era buen tipo, no sé; lo que es el nuestro ninguno no vale el precio del plomo que le metan. Es un gremio sufrido, el nuestro. Nos explotan como al que más, pero ¡guay de hacer huelga! La gente, si llegamos a dejar los fiambres afuera, pone el grito en el cielo.
         Por suerte a partir de ahí el colorado, que resultó ser como él de River, se decidió a cambiar de tema y el resto del recorrido hasta la Recoleta se lo pasó comentando las alternativas del partido al que Marroné no había podido asistir y en el cual el equipo de ambos había logrado, en sus coloridas palabras, “mojar tras dieciocho años de seca.”
         Uno tras otro fueron estacionando sobre Junín los porta-coronas, y Marroné se aprontó para bajar de un salto y escabullirse detrás de alguna de las que los conductores cargaban. Tras la relativa penumbra del pórtico Marroné se sintió al salir como atrapado en una foto sobreexpuesta; la luz era tan intensa que carcomía los bordes de las siluetas, que se contraían, buscando el negro, hacia su centro. El cortejo avanzó por la avenida principal tras la cureña, que chirriaba y tenía una rueda chingada que la desviaba hacia la izquierda. Doblaron en la tumba de Aramburu y se metieron por un angosto pasillo lateral, donde la procesión se detuvo tan de golpe que las distintas hileras que la componían no pudieron evitar chocarse como los vagones de un tren que frena. Apenas lograron un mínimo de distancia decorosa pechos de espaldas y puntas de talones, comenzaron a estirarse cabezas y cuellos para averiguar el origen del disturbio.
         Una figura enteramente vestida de negro, perfectamente simétricas las piernas abiertas y también los brazos, de los cuales pendían, igualmente enlutados, un niño y una niña, bloqueaba el angosto pasillo por el que avanzaban en el preciso punto en que desembocaba en las cegadoras baldosas de una ancha avenida.
          La viuda de Tamerlán se separó del apiñado motón y adelantándose al féretro avanzó unos pasos, flanqueada, dos más atrás, por sus hijos. Cuando se detuvo, los dos grupos de tres quedaron enfrentados como en un duelo de western. La viuda más reciente habló primero.
          – Catalina. No pensé que vendrías.
          – Qué. ¿Y perderme este espectáculo, por el que vengo rezando, meses y meses, todos los días desde que me lo mataron? ¡Así te quería ver, así como yo, cuántas veces pedí por esto, cuántas! – dijo levantando hacia su rostro ferviente las dos manos entrelazadas. -¿Qué se siente ahora, eh? ¿Qué se siente?
         La viuda de Tamerlán no le contestó. La señora de Fuchs – pues era ella sin duda – se aprovechó de la ventaja que le daba su silencio.
         – Mirate. ¿A quién te creés que engañás, haciéndote la reina con ese Balenciaga apolillado que te pusiste para qué, para salir en las fotos de Siete Días y Gente?
         – Es el mismo que me puse para el velorio de tu papá. Pensé que te acordarías. No te solté la mano en toda la noche.
         – Sí, y con la otra mano me clavaste el puñal en la espalda. ¡Hipócrita! ¡Pérfida!
         – Catalina. Nos criamos juntas, y juntas conocimos a nuestros maridos. Ahora los dos están muertos. Y por la misma mano.
         – ¡La misma no! ¡Al tuyo lo mató Dios! ¡Al mío, un demonio del infierno! ¡El que va ahí adentro! – dijo apuntando con un dedo tembloroso al féretro.
         – Si no querés unirte al cortejo, respetá al menos nuestro dolor.
         -¿Respetarlo? ¡Lo celebro! Ustedes… ustedes no tienen derecho al dolor. ¡Yo, yo perdí a mi esposo, y ellos a su papá, por culpa de ese miserable!
         – Pensá en tus hijos – dijo la viuda de Tamerlán, sin mucha convicción, como si antes de tomar medidas se sintiera obligada a agotar una serie de instancias previas.
         – ¡Es por ellos que vine! ¡Para que oigan, y vean, y nunca olviden! Miren, chicos. Ahí adentro – levantó las manos, que sujetaban las de sus hijos, para que señalaran todas juntas el féretro – está el hombre que mató a su papá. Él no tiró del gatillo, pero es como si lo hubiera hecho. De rodillas, me puse para suplicarle que me diera la plata del rescate, y él, muy generosamente, después que yo le vendí nuestra parte de la empresa, se guardó a plata y a los malos no les dio nada. ¡No le alcanzó con quitarles a ustedes a su papá, a mí a mi marido, tuvo que dejarnos también en la ruina! ¡Quiso reírse de nosotros, pero el que ríe último ríe mejor! – dijo y ensayó una carcajada teatral que resultó de lo más escalofriante. Sus dos hijos se habían largado a llorar, y en los intervalos que les dejaban las furibundas profecías de su madre podían escucharse apenas audibles sus voces suplicando “Mami… me quiero ir… Por favor, mami,” mientras pugnaban débilmente por liberar sus manitas de las garras crispadas de la madre que seguía: -¡Quiso reírse de nosotros, pero no pudo reírse de Dios! – fulminó, levantando un dedo hacia lo alto y haciendo una pausa para dejar el sonido de la última palabra vibrando en el aire como una campanada.
         La viuda de Tamerlán miró hacia atrás y a los lados, como si buscara apoyarse en algo o en alguien. Luego suspiró una vez, con infinito cansancio, y después habló:
         – Tu marido se cogía al mío – articuló marcando cada sílaba como un martillazo. – Lo sodomizaba. Desde que era chico, porque era el socio y el mejor amigo del padre. Y después siguió. Incluso cuando ya estábamos las dos casadas.
          En un árbol vecino, una cigarra inició un par de chirridos tentativos; luego, tal vez advirtiendo el silencio sepulcral, metió violín en bolsa y se quedó callada. La viuda de Fuchs se había puesto a temblar como una hoja a punto de caer del árbol. Era horripilante.
          – Eso es una calumnia – tartamudeó. -Mi esposo era un padre de familia y un hombre decente.
         – Lo peor de todo es que ni siquiera lo hacía por el sexo. Era su manera de someterlo y de manejar a su antojo la empresa. Sobre todo después de la muerte de mi suegro, que dicho sea de paso nunca pudo aclararse del todo. Lo único claro es que tu Konrad pasó de vice a presidente. Sí, Fausto lo odiaba a tu marido. ¿Y qué? Razones le sobraban.
         Los hijos de Fuchs lloraban ahora a moco tendido. La madre los zamarreó de los brazos.
          – No le crean chicos. ¡No le crean a esa mentirosa! ¡Su papi era bueno!
          – Cómo se ve que nunca tuviste que curarle el culo ensangrentado.
          La viuda de Fuchs había soltado ahora las manos de sus hijos, para ponerles una sobre cada oreja y apretar la otra contra su cuerpo.
         – ¡Basta! ¡Cómo podés contar esas cosas! ¡Tus hijos también te están escuchando!
         La viuda de Tamerlán se encogió de hombros.
          – Todo esto lo saben ya. Lamentablemente, no pude evitarlo. Pero vos todavía estás a tiempo. Ahora, Catalina, tenemos un entierro por delante. Si no te corrés, voy a seguir hablando. 
          Al terminar de decirlo empezó a caminar, como si las tres figuras a su frente se hubieran vuelto inconsistentes, y efectivamente, más que correrse, se disiparon como humo en el viento; tras ella siguió el cortejo, silencioso ahora salvo por el rechinar de la rueda chingada de la cureña.
         A partir de ahí debieron internarse en una zona de callejas tan angostas que los cuatro hombres de overol que llevaban la cureña debían ir dos adelante, tirando, y dos atrás empujando, porque no había espacio a los lados, y la procesión se fue adelgazando a lo largo del intricado dédalo como un entreverado hilo negro; cuando volvió a detenerse, esta vez porque habían llegado a destino, Marroné, que venía pugnando por ganar posiciones, tuvo que subir los cuatro escalones de una bóveda vecina y colgarse de la reja para poder observar sobre las cabezas. La estrechez era tanta que los seis portadores que, pese a las resignadas prevenciones de los hombres de overol, habían insistido en agarrar las manijas para bajarlo ellos mismos, se vieron constantemente machucados entre las paredes de las criptas y los bandazos del féretro, y por lo mismo no podían hacerlo pasar por la puerta; como peones de mudanza con un mueble demasiado grande avanzaban, retrocedían, intercambiaban órdenes contradictorias y volvían al punto de partida, mientras los enterradores contemplaban la escena de brazos cruzados y caras circunspectas; sólo cuando les rogaron terminaron interviniendo, y con la pericia que dan la experiencia y la indiferencia profesional por los sentimientos ajenos, lo agarraron entre dos y lo arrojaron hacia lo alto patas para arriba, entregándolo de punta a los otros dos que ya habían bajado las escaleras para recibirlo; y el féretro entró en la cripta con la soltura de un talón deslizándose hacia el interior de un zapato por un calzador de cuerno.
         Había llegado, finalmente, el temido momento de acercarse a los deudos, que hurtaban sus ropas negras del sol al fondo de la avenida, cerrada por tres bóvedas grises y dos cipreses.
         Se había pasado la semana hojeando Cómo ganar amigos y Cómo hablar bien en público en busca de fórmulas o consejos que lo ayudaran a dar un pésame sentido y sincero. Pero los siempre pertinentes consejos de Dale Carnegie parecían titubear y detenerse ante los umbrales de la muerte, y tampoco Don Quijote, el ejecutivo andante, su más reciente libro de cabecera, le había servido de mucho. Finalmente había encontrado lo que buscaba en El samurai corporativo, y cuando logró llegar hasta la Señora le tomó con gentileza las manos y le dijo la frase que había memorizado:  
          – La existencia es tan efímera como el rocío de la noche y la escarcha de la mañana, y la vida del hombre de empresa es especialmente incierta.
          Para su inmensa sorpresa, la Señora se apoyó en su hombro y prorrumpió en desgarradores sollozos. Jamás hubiera imaginado que resultaría tan efectivo su pésame, máxime en la mujer que apenas minutos antes había dado muestras de una entereza y un control casi férreos. Fue por eso que tardó en cerrar los dedos sobre el borde de cartón que chocaba insistente contra ellos mientras una voz depurada de todo tono lacrimoso le susurraba al oído:
          – Mírela rápido y devuélvamela sin que nadie lo vea.
          La Señora se había echado a caminar entrelazando un brazo al suyo libre, y detrás de ellos se encaminaron algunos miembros del cortejo. Dejándose llevar, Marroné bajó la vista y giró el rectángulo de papel Kodak entre sus dedos. Era una instantánea del señor Tamerlán, tomada por sus secuestradores (el fondo de bandera con tacuara y fusil cruzados, y estrella federal de ocho puntas, no dejaba duda al respecto), que lo mostraba ojeroso pero atildado, sorprendentemente musculoso el pecho descubierto. Dos cosas le llamaron la atención en la foto que era sin duda reciente: una, que salvo por los pulgares, que resultaban invisibles tras el diario que sostenía desplegado a su frente, estaban a la vista, perfectamente intactos, todos los dedos; la otra, que el diario era el mismo que daba en la primera página la noticia de su muerte.
          – ¿Está vivo? – preguntó estrangulando el grito a último momento.
          – Baje la voz y actúe con naturalidad – dijo la Señora recuperando la foto con destreza de carterista y haciéndola desaparecer entre los pliegues de su vestido -. Hay espías hasta en los nichos.
          – Pero entonces… Por qué…
          – Tenemos que hacerles creer que les creemos. Todo este circo – abarcó con un gesto de encaje los restos del cortejo – fue montado para beneficio de ellos. Lo hicimos a lo grande para que no tuvieran sospechas.
         – ¿La guerrilla? – preguntó Marroné, que todavía no las tenía todas consigo.
         – No, señor Marroné. La policía, o los servicios de inteligencia. Ellos montaron todo el operativo del falso rescate, para quedarse con el dinero. Y lo del dedo cortado también fue cosa de ellos. Eso fue lo primero que nos hizo sospechar. Es cosa de secuestro mafioso, no guerrillero.
         – Pero entonces… El que acabamos de enterrar… ¿Quién es?
        – Vaya uno a saber, señor Marroné. Figúrese cuánto les puede costar, en estos días, hacerse de un cadáver, cortarle un dedo y después prenderle fuego.
         – Pero… – pensaba lo más velozmente que le daba el cerebro – si la policía sabe que no era él… ¿No van a seguir buscándolo?
        – No abiertamente. Pero sin duda seguirán haciéndolo en secreto. Y puede imaginarse lo que le van a hacer si lo encuentran: si aparece con vida, tendrían que admitir todo lo que hicieron. Así que va a tener que apurarse con la próxima entrega.
         Marroné se quedó congelado a la sombra de los monstruosos tulipanes pétreos.
          – ¿Yo?
          – Por supuesto, señor Marroné. ¿Por qué se cree que le mostré la foto, si no? Nadie más en la empresa sabe de esto.
          – ¿Y el contador Govianus? Hasta ahora, todo lo relativo al secuestro lo venía manejando él.
         – Y así terminamos enterrando en la bóveda familiar a un perfecto desconocido. ¿Por qué aceptó tan fácil la versión de la policía? ¿Por qué no hizo realizar pericias adicionales sobre el dedo cortado? Me temo que no podemos confiar en el contador Govianus, señor Marroné. Por ahora vamos a dejarlo al frente de la empresa, para no despertar sospechas… Ya se ocupará de él mi marido cuando regrese. 
         De las innumerables preguntas que se agolpaban en su cabeza, una se abrió paso hasta el frente.
         – Sí, entiendo. Pero no del todo. ¿Por qué… por qué me eligió a mí?
         – No fui yo, señor Marroné. Fueron ellos.
         Marroné se llevó la mano a la boca en un gesto espantado.
         – Durante los últimos días, señor Marroné, he escuchado toda clase de rumores sobre usted. Rumores que van de lo muy malo a lo muy bueno; que ya me lo pintan de empleado más fiel de mi marido a dirigente guerrillero infiltrado en la empresa. No me diga nada – lo atajó interrumpiendo el primer balbuceo defensivo con una perentoria mano en el pecho. -En este caso, lo mismo da, por raro que suene. Me veo en la paradójica situación de tener por aliados a los secuestradores de mi marido. Si usted está con ellos, está con nosotros, y viceversa. 
         – Señora, su esposo jamás ha tenido un empleado más fiel – dijo Marroné. -Créame que haré todo lo que esté en mi poder para que el señor Tamerlán pueda volver cuanto antes con sus seres queridos.
         – No se confunda, señor Marroné. No hago esto por amor, ni siquiera por deber. Lo hago por miedo. Miedo a lo que pueda hacernos la guerrilla, si no colaboramos. Miedo a la policía, que es capaz de cualquier cosa para sacarnos más plata. Pero sobre todo por miedo a él.
         – ¿A él?
         – Sí. ¿Se imagina si regresa y se entera que no hicimos todo lo posible por traerlo de vuelta? A veces, le digo, hasta me da pena por esos chicos.
         Marroné levantó la vista a las figuras enlutadas de los dos vástagos, que montaban guardia, César en el banco de la derecha y Fausto en el de la izquierda, ambos muy serios en sus trajes negros.
          – Parecen afrontar la situación con notable entereza… – comenzó.
          La señora de Tamerlán lo miró extrañada un segundo. Luego, comprendiendo:
          – No. Me refería a los guerrilleros. No saben en lo que se metieron.

*Este es el primer capítulo de la novela inédita “Un yuppie en la columna del Che Guevara”

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2 comentarios

Archivado bajo Argentina

2 Respuestas a “Carlos Gamerro: “Un yuppie en la columna del Che Guevara”

  1. Gracias gente por el cuentazo de Gamerro!
    Ma. Teresa Andruetto

  2. Pingback: cuatrocuentos: narradores contemporáneos en español / blog de Pía Bouzas y Gustavo Valle | sujetossujetados | cultura y política

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