Mayra Santos Febres: “Fe en Disfraz”

FLANDRIN Hippolyte001

1

         Es costumbre pagana; como pagano es el fuego y las fuerzas de la naturaleza. Como pagano es el sol y la luna y los calendarios que los contienen y anticipan. Estas son las tierras del Norte. Mañana será el primer día del año en su antiguo calendario, el calendario pagano. Mañana será primero de noviembre.  Pero hoy es la víspera.  

         Me tomo este tiempo para narrarles mi historia.

         Si estuviéramos en tiempo pagano, los shamanes se hubieran vestido con pieles de animales frente al fuego. Nosotros, la tribu, hubiésemos apagado las fogatas de cada choza y, a oscuras,  procederíamos a vestirnos de búfalos, gatos monteses, jabalíes. Nuestras carnes recogerían los humores de los animales muertos, sus esencias aún presentes en sus pelambres; sus espíritus. Disfrazado y disfraz se fundirían en uno. Más que uno, se convertirían en un doble reunido y disímil. 

         Si fuera tiempo pagano,  por el honor de trasmutarnos en poderosas bestias, entregaríamos buena parte de nuestras cosechas, que apartaríamos para sacrificarlas a este fin. Encenderíamos la pira sagrada. Arrojaríamos a ella las entrañas de nuestros dioses-presas. En el fuego yacería la carne chamuscada. Ardería la pulpa de la fruta sin mordedura. Entre las volutas de humo, y, por la forma en que chispeara la grasa contra la madera encendida, aparecerían los efímeros signos de tiempos por venir. Tiempos de sequías, nacimientos, los mejores meses para la caza. Los shamanes interpretarían los designios del humo y luego, aún vestidos, repartirían un leño encendido para que cada miembro de la tribu prendiera de nuevo la fogata de su hogar. Este sería el fin de la velada. Sam Hain. Víspera de Todos los Santos. 

         Esto sería así, si hoy fuera tiempo pagano.

         Pero hoy es hoy y yo no soy sino yo mismo; yo y mi disfraz, yo disfrazado dirigiéndome a Fe.

       Me dirijo hacia la pira del sacrificio que es Fe Verdejo, esclava de su disfraz. No es curioso que le ofrezca mi carne al fuego de su extraño rito. Que hoy, en plena era global, le ofrezca a una pira de Fe la carne de Martín Tirado, el historiador, quien intentó leer, cada vez con más esmero, los designios que se desvanecían en el aire de esta historia de la cual quiero dejar constancia.  Llevo días sin dormir, anochecido. El tiempo se ha detenido. Mi historia quedará como testimonio, por si acaso no regreso de esta Víspera de Todos los Santos.

          O por si no regresa Fe.

2.

          No es curioso que nuestros encuentros ocurran en esta fecha. Ahora que lo pienso, no es para nada curioso. Víspera de Todos los Santos: 31 de octubre.

          Me preparo para nuestra cita.

          Sigo las indicaciones. Debo esperar a que caiga la noche. Entonces y sólo entonces, procedo a bañarme cuidadosamente,  prestando atención especial a las entrepiernas, a la cara y a las uñas.  Debo llevar la barba baja, los dientes limpísimos y los pómulos tersamente afeitados. Debo además, despejar de cualquier vello tupido mis partes privadas.  Sin embargo, no puedo disfrazar mi olor fundamental con colonia ni con afeites. Fe es pulcra, a Fe no le gustan los humores. No quiere alcoholes ni bacterias que acaso se alojen esta noche en la carne desgarrada.

          Halo la piel de mi prepucio, lo limpio con agua y con jabón, me esmero. Hoy me toca ser el esclavo de la amante. El amante de la esclava. Esta noche mi piel, blanca como un pliego, contará la historia de mi único disfraz.

         Afuera hace frío, como siempre hace en estas tierras del Norte.

3

         Llegué a Chicago a trabajar con Fe Verdejo cinco años después de que ella armara aquella famosa exposición sobre las esclavas manumisas del siglo XVIII en Latinoamérica. Con ella ya había colaborado Álvaro Marqués y Figurado Ortiz, historiadores bastante conocidos en el campo. No abundan mujeres como Fe en esta disciplina. Mujeres preparadas en Florencia y en México, con internados en el Museo de Historia Natural de Washington, o en el Instituto Schomburg de Nueva York. No son muchas las estrellas académicas con esa preparación y que, como Fe, sean a su vez mujeres negras. Historiadores como Figurado Ortiz  o como Marqués, hay cientos de miles. Habemos. Hombres de extensa preparación libresca, tan blancos como los pergaminos de los que escogemos rodearnos para sobrevivir nuestra inadecuada pertenencia al mundo del presente; al mundo de los vivos.

          Me contrataron para hacerme cargo de los archivos electrónicos del Seminario de Investigaciones Históricas del Departamento de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Chicago. Mi fuerte es el cuidado, restauración y preservación de documentos históricos por medio de digitalización. También soy experto en preparar páginas web, blogs, conferencias virtuales, dominios cibernéticos. Manejo los lenguajes de Adobe, los códigos de Acrobat,  Messenger y QuickTime, por mencionar sólo algunos. Soy algo así como un investigador virtual. Se podría decir que sobrellevo la dudosa identidad de monje/escriba posmoderno.  Recompongo fragmentos del pasado y los ofrezco al presente en una cápsula del tiempo- una que pueda resistir la muerte de lo orgánico: la muerte del papel, de los hechos, la muerte de la memoria. Fui seleccionado, de hecho, por mi insólita combinación de conocimiento del lenguaje de computadoras y por mi brillante preparación como investigador historiográfico. Pero el efecto es el mismo: vivo embebido en el pasado; empalidecido por el fulgor de las pantallas del ordenador. Vivo preferiblemente callado, absorto en la atención que me arroja a los mudos signos de la historia.  Y, ahora lo compruebo, a Fe le gustamos así, pálidos, tímidos, abstraídos, con el hambre escondida del macho que no es Alpha entre los machos.  Esa maldita hambre de cazador frustrado y esa curiosidad.

         Agnes me esperaba en Puerto Rico. Agnes, mi novia. Agnes, la mujer con la que estaba destinado a casarme. Pálida, tímida, tenía, (perdón, tiene) unos ojos negrísimos, pelo lacio, negro también. Hoy se cumple más o menos un año en que no sé nada de ella.

          Agnes terminaba un doctorado en lingüística. Su tesis versaba sobre un tema especializadísimo; acerca de los usos de una variación de “r” velar en las regiones montañosas del Caribe; o algo así.  Nunca entendí del todo lo que estudiaba.

          Nuestra relación siempre fue de largas distancias. Nos conocimos el último año de mi bachillerato en la Isla. Luego yo me fui a estudiar a John Hopkins y ella a la Universidad de San Sebastián. Me reuní con ella en España, donde vivimos juntos por un año. Yo terminé mi grado y ella regresó a la Isla a hacer su investigación de campo y a consultar unos materiales grabados que datan de los años 50 y que sólo están disponibles en el Seminario de Lingüística de la Universidad de Puerto Rico. “Tú no sabes las joyas que hay aquí, Martín. Pero todo el material se lo comen los hongos; se pierde.” Yo asentía casi sin oírla. Era la queja de siempre, la que me hizo salir del país, estudiar fuera; la que me convenció de no seguir intentando nadar contra la corriente. Se necesita dinero para preservar la memoria; dinero para hacer visible la Historia; mucho dinero y poder. “Que donen todo ese material a universidades que puedan cuidarlo,” le contestaba. Y Agnes resoplaba, frustrada. De haber estado cerca, esa hubiese sido mi señal para abrazarla y besarla, para llevarla suavemente hasta la cama; allí sorberle sus pezones rosados, casi ciegos, su pecho pequeño como dos manzanas. Pero estaba lejos, siempre lejos, Agnes de mí y yo de Agnes. Quizás esa lejanía dio pie a que pasara todo esto. 

         Llegó la oferta de trabajo en el Seminario. Universidad de Chicago, Illinois. Amplios fondos para la investigación y la preservación de documentos históricos. Tecnología de último cuño para poner a la disposición de cualquier investigador profesional los materiales recopilados. Salario de setenta y cinco mil dólares al año, más todos los beneficios. El único problema es que debía trasladarme de inmediato y empezar  a trabajar en febrero, a mitad de año académico.

          La oferta era insuperable; así que la acepté. Se supone que yo me instalaría en Chicago. Mientras tanto, Agnes terminaría su tesis. Yo me asentaría en el nuevo trabajo. Entonces, compraríamos apartamento. Nos casaríamos. Quizás hasta tendríamos un hijo; pero sin prisa. Así había sido desde el principio. Sin prisa, sin ardor, sin dolor, sin conflictos. La nuestra era una relación apacible, que aliviaba las frustraciones de cada cual, que dejaba espacio para nuestras respectivas vocaciones por el estudio, por la persecución de los signos y los saberes. Ambos lo sabíamos y nos apoyábamos en el intento. El saber era nuestra mayor (y compartida) pasión.

          Cuando llegué en febrero a Chicago, el Seminario de Investigaciones Históricas brillaba en todo su esplendor. Yo no podía creer mi suerte de haber sido seleccionado para formar parte de tan ilustre institución. Tampoco supe que me iba a convertir en el tercero de las víctimas de Fe,  en el tercero de sus cómplices. Aquellos dos historiadores que me precedieron ya se habían desvanecido en el aire. Cambiaron sus direcciones, se mudaron de país, nunca más trabajaron en la sutil disciplina de la historia. A duras penas, lograron escaparse de las tramoyas de Fe. No sé con qué otras pasiones consiguieron sustituir la de su doble piel. No sé cómo ni con qué lo hicieron, pobres hombres solitarios, perdidos en su historia;  hombres como yo, a los que tan mal se nos da la pasión. 

         Llegué al Seminario sin saber que me iba a convertir en el tercero de sus víctimas,  o en el tercero de sus cómplices. Ya no sé diferenciar. Estoy demasiado metido en este juego, en las trampas de la historiadora y museógrafa Fe Verdejo. Y no quiero salir de aquí, no sin ella.

         Mejor me quemo en la pira.

*Estos son los tres primeros capítulos de la novela “Fe en Disfraz”

 

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1 comentario

Archivado bajo Puerto Rico

Una respuesta a “Mayra Santos Febres: “Fe en Disfraz”

  1. Me conmueve escribir acerca de esta novela. Quizás porque me identifico con la línea en las notas de la autora Mayra: ”Fe en disfraz es muchas cosas, pero, también, es una novela acerca de la memoria, de la herida que es recordar”. Y es que, sin duda alguna, es cierto lo que plantea la trama de la novela de esta espléndida escritora puertorriqueña. Recordar estremece el alma, arremete contra el flujo normal de los quehaceres cotidianos, te hace esclavo de un pasado que, aunque guarde alegrías, te hace reflexionar acerca del por qué de variadas decisiones, de muchos sueños sin cumplirse.

    Para todas aquellas personas que están buscando leer algo excitante, pero culto y estremecedor, pero tranquilo, ésta es la novela indicada para estos tiempos navideños. Sin duda alguna es una novela que no dejarán de leer hasta terminarla. Los mantendrá al borde del desespero, a la deriva de lo que sucederá en la acción. Se sumergerán en la congoja sensual de un mar que los ahogará con la magia impactante de Fe Verdejo, la protagonista.

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