Marta Aponte Alsina: “La aventura del enmascarado de plata y la mujer del puerto”

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          No nací en Guaymas sino en una ranchería anónima del desierto de Sonora. Mi cuna no aparece en ningún mapa. Puedo afirmar esa ausencia del emplazamiento de mis orígenes porque he escarbado volúmenes de mapas en la biblioteca de la cueva y en ninguno de ellos existe una ranchería sin nombre y yo nací en un lugar sin nombre. Shivaji Dugald tiene más libros de la cuenta. De todo tiene más de la cuenta. A mí también me gustan los libros. Me hubiera gustado tenerlos. A mi niña le compraré una enciclopedia con dibujos y cuentos. Una mujer las vende. Yo no tuve libros, pero aprendí a leer.
          A la ranchería llegaban las películas con un poco de retraso. Las llevaban en un carromato. De esa época sólo recuerdo una Vida pasión y muerte de nuestro señor Jesucristo y cómo el proyeccionista, que se parecía al Judas de la película, tuvo que huir para salvar la vida porque un paisano lo iba a matar. Luego, cuando emigramos a Guaymas, yo tenía once años,  se estrenó la que mejor recuerdo.

 Es la historia de una mujer de la vida, una santa mujer engañada que puede ser la madre de cualquiera de nosotros, sobre todo de nuestro querido director, sin ánimo de ofenderte, Dugald, pues me has dicho que no te consta quién es tu madre de modo que digo yo, me parece que tu madre podría ser cualquier mujer que no sea doña Megan, tan linda, perdóneme Larry, y además de linda demasiado joven para ser la madre de Dugald. Larry tampoco se ve mal vestido de mujer, tiene unos ojitos de vaca cagona que le partirían el alma al más macho. Una pena que doña Megan no entienda mis palabras, no domino el inglés.
          Con Dugald tengo más confianza. Sé que no se engaña conmigo y que me entiende porque guarda en la memoria todos los idiomas del mundo. Tú no te engañas conmigo, Dugald, ni yo contigo, pero sólo tú sabes por qué me sacaste de la playa de Guaymas para traerme a esta otra playa del fin del mundo.
          Pero a otra cosa mariposa. A la casa calabaza. Al grano paisano. No les interesa mi vida, sino la vida que se metió en mi vida sin pedir permiso. Pues bien. Yo recuerdo a una mujer vestida de negro, un traje raro para una prostituta porque disimulaba las carnes. Flaca como una serpiente fuma apoyada en el marco de una puerta. Una mitad de la cara es pura sombra, la otra pura luz. Da la impresión de un cansancio de esos que se llevan por mucho tiempo y que se chupan las carnes y la sangre, igualito que los vampiros, esas bestias tan parecidas a dos o tres cristianos que conozco. Ella estuvo loca más de una vez, pero no se le ocurrió suicidarse. Echa de menos una niñez miserable de pies descalzos, cuando podía apreciar las mañanas y el canto de las palomas o de las golondrinas, como ahora aquí, donde se siente rebién tu hospitalidad, Dugald. Aunque a veces pienso que nos secuestraste para fingir que haces una película y acabarás sacrificándonos a tus dioses, que deben ser rarísimos,  lo digo sin ánimo de ofenderte. Lo que pasa es que nos has pedido una franqueza refranca y te confieso que no te veo concentrado en tu trabajo, que es dirigirnos para que esto se acabe y yo pueda volver a casa y comprarle una enciclopedia a mi niña.
          La mujer del puerto, así la llaman en esos pueblos tan miserables que ni las moscas gustan detenerse mucho en las caras de los muertitos. Por eso mi vieja se mudó para Guaymas donde encontró una chamba en el hotel, lavando a mano ropa fina. Yo crecí entre cajas de detergente y envases de almidón. Era el niño más almidonado de Guaymas. El viejo volvió una vez y me dijo que me fuera con él, que iba por mal camino si seguía al cuidado de mi vieja, que así de limpios no se vestían los machos. Pero este no es mi cuento, mi cuento no te interesa.
          No sé decirte como pasó, pero la mujer del puerto se convirtió en una leyenda, tanto que dejó de ser una película, de pronto y sin explicaciones. Ya no se sabía bien cuál era la diferencia entre las imágenes de la pantalla y las tabernas de las calles que bordeaban la playa, mucho menos cuando nos enteramos de aquellos crímenes que conmovieron al vecindario.
         Eran putas las muertas. A veces caía uno que otro de los chulos que las  explotaban. Así son los puertos, el asesinato es parte de la vida diaria, esa que no se resuelve en cuentos o leyendas, la que no pasa ni siquiera a la crónica roja de los periódicos porque la sangre se derrama de manera ordinaria, y hay tanta gente que a nadie le importa un muerto más o menos. Eso sí, estos muertos eran diferentes en un detalle. El arma homicida era una pistolita de poco calibre, de esas que parecen de juguete. Las escenas del crimen también parecían excesivamente delicadas. El matador lavaba el piso alrededor de los cadáveres y hasta peinaba a las finadas y les retocaba el maquillaje descompuesto por el alcohol y el maltrato. Además, dejaba mensajes junto a los cuerpos de sus víctimas. Los firmaba “la mujer del puerto”.
          La arrestaron, más por curiosidad e irreverencia que con la pretensión de atribuirle unos delitos vulgares. Mi madre, que fue amparada por ella cuando llegó a Guaymas conmigo pisándole los talones, aseguraba que una mujer de tan buen corazón no podía haber cambiado de personalidad al extremo de ordenar la ejecución de aquellas niñas maltratadas, ni siquiera de aquellos bandidos abusadores. Mi madre presenció el juicio. Vio como la mujer, la cara oculta con un velo de tul, erguida a pesar de la humillación, se dirigía al jurado. Tenía una voz como el repique de la plata, no se me borra de la mente. En la muchedumbre había de todo, algunos le prodigaban abucheos, otros les mentaban la madre a los irrespetuosos.
          Cuando la mujer desapareció en el portón de entrada a la cárcel, dándonos una espalda que llenó la pantalla con su oscuridad de madrugada, la cinta de se partió. Pitamos, pateamos, nos masturbamos en honor de las niñas bien de la primera planta. El público se puso difícil, el proyeccionista hizo lo que pudo. Armó, pegó, cortó, usó los sobrantes de celuloide que tenía a mano. La película quedó como nueva. Entonces se apagaron las luces. En pantalla hizo acto de presencia uno de nuestros héroes. Entró en la celda donde se moría de rabia la mujer del puerto y se inclinó cortésmente, desplegando su capa plateada ante la hembra flaca que no había envejecido en tantos años.
          Ella le sonrió al enmascarado de plata y él se arrodilló. Las chicas tontas que podían pagar un boleto caro suspiraron y nosotros, desde el paraíso, las bombardeamos con semen, orines y cajitas de chicles que contenían palabras de amor.
          Desde ese momento se acabó la infelicidad, como debe ser. El Santo, en su identidad secreta que todos sabíamos y nadie adivinaba, infiltró las pandillas de los criminales del puerto. Fue más allá, al corazón de las bandas de narcotraficantes que insistían en asesinar a sus mulas traicioneras y en manchar la reputación de la puta madre de todos nosotros. Esa parte es la más interesante, corre más sangre que el diablo. No, Dugald, te juro que yo no las maté, eres un enfermo mental si me crees capaz de asesinar a las putas que son la sal del universo. No me acuesto con ellas, pero tampoco las desprecio. Hay algunas viciosas, pero una rosa es una rosa. A la casa, calabaza, ya mismo termino. Paciencia, audiencia. No joroben, jóvenes. Bueno, lo cuento en un santiamén, comején. Al final de la película ella agradece la intervención del enmascarado de plata haciendo un peregrinaje a la Basílica de Guadalupe.
          No recuerdo más, Dugald. Nunca vi películas de ese Luis Buñuel que tanto admiras, pero seguro que no hizo nada superior a las aventuras del Santo, mucho menos a la aventura del enmascarado de plata y la mujer del puerto. 
          Ay Guaymas, qué falta me hacen tus playas en esta isla de embuste.

*Este texto es un capítulo de la novela “La aventura del enmascarado de plata y la mujer del puerto”

 

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4 comentarios

Archivado bajo Puerto Rico

4 Respuestas a “Marta Aponte Alsina: “La aventura del enmascarado de plata y la mujer del puerto”

  1. Marta me encantó el portal y me encantó tu relato.

    abrazos,

    Tina Casanova

  2. Yasmine Cruz

    Leí el cuento del enmascarado y me encantó. Marta, si supieras que mi abuelo por parte de padre era fanático de la lucha libre y era un Cuentista natural y fenomenal. Me chantajeaba diciendo que si veí con él la lucha me contaba un cuento. Imagina a una niña de nueve años deseosa de escuchar cuentos, pero complaciendo a su abuelo y viendo juntos todas las luchas sabatinas. Con tenacidad increíble, pero deseosa de que mi abuelo se sintiera feliz con mi compañía; me aprendí a la perfección todas las reglas y nombres de los movimientos que daban en el cuadrilátero los luchadores. Sin el abuelo saberlo, así era yo quien ahora lo chantajeaba, pues no tenía ante mí excusas para relatarme las historias que tanto quería escuchar. Mi abuelo, en sillón de ruedas, se convirtió en mi héroe más amado y venerado. Lo observaba entusiasmada agitando sus brazos, pues no tenía movimiento en las piernas para luego, con esa misma auténtica agilidad mover sus labios y narrarme un par de cuentos. Ojalá renacieran en nosotros esos héroes muchas veces olvidados y a la luz de un pequeño sacrificio pudiéramos, de algún modo recuperar los bellos recuerdos de la infancia. Tengo anécdotas como éstas de las que luego te ofreceré detalles. Un abrazo solidario siempre. Yasmine Cruz Rivera

  3. Viviana Paletta

    Lindísimo, Marta. Siempre es un placer leerte.

  4. Un cuento magistral de una maestra cuentista.
    La denuncia de las aberraciones sociales es una constante en la narrativa de Marta Aponte Alsina. Sumada a un impecable trabajo formal, da un producto literario original e imperdible. Muy buena historia, personajes que se adueñan del lector, ese delicado movimiento en el límite entre lo real y lo ficcional. Un lujo leerte, siempre, Marta

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