Hipólito Navarro: “Base por altura partido por dos”

lucien

 1

          Evidentemente, desde esta posición privilegiada, con el café negro helado, sentado bajo el tilo del paseo, viendo como veo el verdor de las dos acacias junto al porche, si fuese pintor ahora mismo estaría cogiendo la paleta y los pinceles para dibujar la tranquilidad relajada de la siesta de la sierra, con este aire volandero entre las piernas cruzadas frente a él, que reescribe una carta a los amigos ausentes; evidentemente, si fuese pintor.
          Mientras tanto, hasta que esa afición por los aceites y los pigmentos no se haga pura mancha en una posible bata larga de artista, con los ojos bien abiertos intentaré asimilar el abanico de los verdes y azules de las acacias sobre el cielo de las vacaciones. Dentro de esta emoción —muy cerca suenan los caños de la fuente— que traerá la tarde para anunciar la suavidad mayor de agosto, mentalmente, como acostumbro, deberé dibujar la línea blanca del porche que asoma con vértigos de balcón la mirada de dos niños hacia las ristras de hormigas que acarrean más abajo las cáscaras del aburrimiento de pipas de girasol de las parejas.
          Esos dos niños en el porche bien pudieran ser mi hermano y yo en los pretéritos de este pueblo, y yo, el que suscribe porque pintar es algo que se le escapa, junto a él que sigue reescribiendo la carta a los amigos menos ausentes con las letras del cariño, él y yo, los de ahora, bien pudiéramos ser dos forasteros de esos que viajan a los países del turismo para escribir cartas y contemplar con ojos extraños a los niños que juegan sobre los montones de arena de los porches. Pero no. Ah, esos dos niños en el porche, peligrando desde la altura de las cosas. Ah, las vacaciones, que dejan entrever a los dos niños ahí subidos para atrasar la memoria veinticinco o treinta años y volverse a ver retozando los juegos pobretones de la tierra y los palitos, qué felicidad agazapada para el asalto de las lágrimas; mejor sería olvidarlo todo.
          Bueno, y después pintar en la retina las columnas que separan las barandillas del porche, con la pintura de herrumbre derramada por las lluvias hasta tan abajo, que la altura del porche vista desde aquí, desde esta posición privilegiada sin pinceles, es múltiplo inmenso y descalabrado de la altura enana de esos niños que pudiéramos ser de todas todas yo y mi hermano, mi hermano y yo, aprovechando el económico entretenimiento del montón de arena a falta de pan, mientras los vecinos aceleran escalextrics y construyen babilonias con los mecanos para nuestra envidia de tierra sucia.
          Ah, las vacaciones otro año más en este paseo del pueblo de la niñez, escapar de los fuegos urbanos hasta el lugar manchado del pasado, volver a sentarnos —él y yo— en el velador bajo el tilo con los cafés negros negrísimos, él con sus menudas letras amorosas para los amigos tan poco ausentes que parece que estuviesen aquí mismo en sus palabras escritas con los caracoles de su estilo, yo, si fuese pintor, desde esta posición privilegiada, viendo el porche como lo veo con los dos niños repeinados sobre la arena, debería pintar lo que veo y añadir además a las barandillas un suplemento muro que aleje de los juegos infantiles la boca del abismo de la altura, pintar tal vez un paisaje de césped más abajo, mullido lecho para los previsibles accidentes, en lugar de los cristales rotos de las botellas borrachas del aburrimiento de las parejas por las noches debajo de las acacias, parejas sentadas en el porche hasta donde llegan, quién lo diría, los cantos abriles de los ruiseñores.
           Pero claro, ¿cómo evitarlo?, ¿cómo desde esta situación privilegiada de turistas dar un grito en inglés o en noruego cuando el niño —uno de los dos, no importa quién—, cuando el niño se ha subido a lo más alto del porche, y el otro niño —uno de los dos, no importa cuál—, el otro, intenta sujetarle los ícaros deseos de volar a destiempo?, ¿cómo atajar la caída del niño que al final está mezclado con los cristales tan abajo, roto y descansado de sus juegos pobretones de la tierra para ya tomarse tan en serio la tierra de los camposantos? ¡Ay! ¿Cómo evitar recordarlo desde esta posición de privilegio desde donde puedo calcular la altura que devoró a mi hermano gemelo después de un sutil empujoncito que eliminaba accidentalmente a los ojos entristecidos de todo un pueblo un angelito que para mí ni más ni menos era división económica de las arcas familiares, argumento sangrante que me daba inmensos montones de arena meada de perros en lugar de monopolis y patines?
          Ah, las amargas vacaciones que en estas tardes de verano, además del privilegio de la sombra del tilo sesteando, me señalan desde las ramas de las acacias con dedos acusadores que sin duda me vieron las intenciones malsanas de los juguetes ausentes a los que ni cartas podía escribirles, y tan contentos mis vecinos con sus cartas a los magos convidadores de la mañana de Reyes. ¡Malditos los recuerdos en las vacaciones!; yo que desde entonces pude acumular regalos y más regalos que bien pronto fueron cuadernos blanquísimos para escribir cuentos macabros; este niño, desde que faltó su hermano, no sabe otra cosa que escribir historias desgraciadas, la imaginación la tiene de tormentas, en su mirada se le ven a veces cavernas insondables, ¿de dónde le salen esas angustias?, hasta en la redacción de la vaca que le pide la maestra, en lugar de yerbitas y leche y toritos se le meten veterinarios auscultando tumores, vaqueros introduciendo sus velludas manos sudorosas en el sexo descomunal de la vaca para extraer los terneritos muertos, ¡qué horror, sí, qué horror!
          Ah, las vacaciones, las vacaciones, obligarme a regresar como un sonámbulo al velador donde velar cada verano el recuerdo asesino de los juguetes. No hubiera hecho falta tanto, porque al final y en definitiva las ansias estaban conformadas con bolígrafos y folios para el tremendismo de unos cuentos sucios y encubridores; habrían hecho falta menos alforjas para ese viaje tan repulsivo, porque mi hermano no necesitaba de los juguetes que yo tampoco al fin y al cabo; lo suyo era pintar, hubiera sido pintor, y tampoco era tan caro un artista de once años: una mínima caja de ceras y un estuche ridículo de acuarelas, que no necesitaba mi hermanito ni papeles, contento únicamente con un vaso lleno de agua gratis de la fuente y un puñado de piedras blancas gratis de la cantera para barroquearlas de colores con el pincel de tres a la peseta. ¡Qué lástima!, todavía una cesta de piedras de colores en el rellano de la escalera de la casa de mi madre adornando el recuerdo de un ángel caído a empellones de avaricia.

 2

          ¿Sigues con la carta a tus amigos?, le preguntaba yo limpiándome las manos aceitosas en la largura pringada de la bata, sin dejar de medir con los ojos asombrados la altura descabellada de las barandillas del porche, y él, canallita, me respondía mirándome por encima del lienzo, apurando su café, que no era carta sino cuento, un relato de esos como los que escribiría tu hermano antes del batacazo tan asesino. Claro, siempre recordándome la desgracia, vacaciones horribles que me hacen regresar a este lugar bajo el tilo desde donde pintar con mis carísimos pinceles de pelo de castor la verticalidad hija de puta de mis juguetes, viendo para colmo en el porche a dos niños que pudieran ser —¿por qué no?—, en los pretéritos vegetales de las sombras de las acacias, yo y mi hermano, mi hermano y yo, los dos, inventando juegos pobretones en un montón de tierra de las obras de los ricos padres de los niños con cochecitos y muñecas que hasta, joder, hablan y pitan y cierran los ojos e incluso mean.
           Malditas otras vacaciones para regresar otro verano con la caja de tubos de colores y el caballete y el lienzo inacabado de los tiempos donde disimular las rejas del porche de mi solución criminal, donde dibujar con un escarlata de sangre el justo muro que eleve la simpleza del empujón y evite ahora en lo posible el accidente camuflado, las reptiles lágrimas de cocodrilo cuando mi hermano ya estaba roto abajo con los cristales rotos. ¡Qué excesivo argumento contra la economía de la familia, qué manera diabólica de eliminar la división por dos que anidaba en mis ansias de juguetes!
          Ah, las vacaciones, las horribles vacaciones en este pueblo de la niñez. Si al menos yo escribiese medianamente regular —ah, eso, si al menos—, debería intentar la redacción de unas letras que digan los silencios cómplices de esas dos acacias en el porche, adjetivar sin miramientos la escandalosa altura de la pared, resumir en una línea certera la clandestina hipocresía del fácil juego de esos niños en el porche con la arena y los palitos, a dos palmos del abismo. Evidentemente escribir de eso si yo fuese escritor, y no este estallido de colores en la tela en este lugar privilegiado sin la urgencia de los verbos.
          Ah, eso, mientras él está ahí escribiendo dice que un cuento como los que escribía mi hermano, Mozart del lápiz a los once años reventado sobre el suelo de mis acumulados juguetes a priori. Mala leche, podrida leche mamada a chupetones ansiosos de la gemela teta que apretaba a la vez que apretaba la otra teta de mi hermano gemelo en la cuna ignorante de la leche desperdiciada por mis ansias de juguetes.
          Las jodidas vacaciones tantos veranos regresando a la sombra del tilo para jamás de los jamases poder concluir un lienzo agarrotado, los botes de colores reventados bajo la mirada acusadora de los dedos de las acacias que intuyeron mis estrategias para acaparar la totalidad de los ingresos destinados a los juegos, estrategias que tampoco fueron para tanto, porque desde entonces mi historia consiste en acumular tablas y botes de colores para dibujar paisajes incendiados, retratos de monstruos, que este niño, desde que faltó su hermano, no sabe otra cosa que pintar horrores, tiene la imaginación tormentosa, en su mirada se le ven de cuando en vez infiernos y purgatorios, ¿de dónde le salen semejantes angustias?, hasta en la lámina sobre la montaña que le pide la maestra se le pierden las flores y los pastores y las ovejitas y en su lugar siembra cruces donde queman a brujas que parecen reír mientras les salen culebras y bolígrafos por las bocas desencajadas, ¡qué horror, sí, qué espantoso horror en esos dibujos!
          Ah, las tremendas vacaciones intentando concluir un lienzo con la complicidad pringosa de los óleos dándome guiñotazos de colores; ay, este dibujo interminable de la angustia que se resiste a ser pintado, para que él, que está escribiendo un relato como los que escribía mi hermano ausente, venga a ver la incapacidad de mis pinceles y se sonría una tarde más y me repita el chiste ése tan bueno y tan macabro de por qué no pintas eso de base por altura partido por dos que te sale tan bien, maldita sea.
          Ah, las vacaciones, las malditas vacaciones; ahí enfrente el porche con los niños, aquí a mi lado él que me intuye sospechoso, y yo, el que pinta churretones porque escribir es algo que se le escapa, apurando el negro café helado bajo el tilo recordando las ansias de juguetes, que no hubiera hecho falta tanto, que la fiebre al final sería resuelta con unas cuantas cajas de rotuladores y de ceras para el tremendismo de unos cuadros sucios y encubridores, excesivas alforjas para un viaje tan pequeño, porque a mi hermano en definitiva le importaban los juguetes un comino más o menos como a mí, que lo suyo era escribir, y no es tan caro un escritor de apenas once años: una mínima carpeta con cuartillas y dos lápices mordisqueados por la emoción de las historias. ¡Qué lástima!, todavía en la estantería del salón de la casa de mi madre sus delgados tomos de relatos manuscritos con la cariñosa encuadernación en piel para el recuerdo de un ángel caído después de la zancadilla de la ambición.

 3

          Evidentemente, desde esta posición privilegiada, con el café negro helado, sentados bajo el tilo del paseo —los caños de la fuente derramando el agua tan cerca y tan sonora—, mi hermano y yo, viendo como vemos el verdor de las dos acacias junto al porche, no podíamos hacer otra cosa que pintar él un lienzo con los colores y las luces de la altura y escribir yo una historia paralela de la boca del precipicio cuajado de cristales. Porque claro, contemplando los juegos de dos niños en un montón de arena a dos palmos de la eternidad, lo más lógico es que improvisemos cruces de miradas de inteligencia y de memoria escarbada veinticinco o treinta años atrás, cuando mi hermano y yo, yo y mi hermano, jugábamos ingenuos los pobretones juegos de la tierra, imaginando por separado cada uno una felicidad equivocada de juguetes caros que serían más posibles si uno de los dos desaparece, pero qué suerte la comunicación extraña y telepática de los gemelos, que cuando yo lo iba a empujar a él y cuando él me iba a empujar a mí se transmutaron las maldades en abrazo y los juguetes ausentes en nuestros ojos tan idénticos, mirando desde el borde mismo de la muerte lo que hubiese sido a buen seguro una media vida mutilada de su otra media inseparable. Y, claro, ahora, desde esta posición de privilegio, nosotros, los de hoy veinticinco o treinta años después, completos y enteros el uno con el otro afortunadamente, uno pintando —no importa cuál—, el otro con los folios —no importa quién—, construimos a nuestra manera similar y diferente el justo muro que eleve las barandillas para que esos niños que retozan hoy en otra arena terminen sus juegos sin los accidentes previsibles, y continúe sin mancharse de tragedia el porche bajo las acacias donde a veces se aburren las parejas por las noches atravesadas de grillos del verano, y donde en otro tiempo, quién lo diría, hilvanan los abriles con los mayos los pespuntes musicales de los ruiseñores.

 

 

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo España

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s