Eduardo Cobos: “Los últimos días de John McCormick”

boogie_nights-criterion

a Juan Pablo Laroze   
Yo voy en tren / no tengo adónde ir
algo me late /y no es mi corazón
Beilinson y Solari

 

          Para mi sorpresa lo hizo. La policía dijo que utilizó un cuchillo. El pulso le falló y estuvo agonizando varias horas, incluso intentó llamar por teléfono. Como la Marylin, pensé. En los diarios utilizaron fotografías de cuando era adolescente, donde su rostro sonreía, para darle más dramatismo. Los titulares: John McCormick, artista porno se suicidó. Me quedé en casa varios días escuchando de vez en cuando la cinta con sus últimas palabras. La existencia se me apareció distinta sin mi amigo, porque para mí todo se hizo trizas, lo que le llamaban vida se cubrió con aspavientos, con bravuconadas silenciosas, habría que morder los sueños como si una venganza recurriera inútil, eso no es mentira, ya no tomaría más bourbon con él y con más nadie en el mundo. Todo comenzó hace un mes, con una llamada del Martin diciéndome que McCormick -entre algunos ex compañeros nos seguíamos tratando por el apellido- no se presentaba en los estudios de grabación por lo menos hacía quince días, y que si no volvía de inmediato, se iba a quedar sin trabajo. Con John McCormick no me comunicaba desde un tiempo atrás. La verdad es que me encontraba demasiado ocupado con asuntos en la Corte: soy abogado. De repente me entró la preocupación por él y por mí, porque había que ponerle un pulso al devaneo, a esas cosas que aparecen y desparecen sin que uno quiera, sin que uno se lo imagine; así se piensa de repente. Lo llamé por teléfono. Le dije, epa, Johnny, voy para tu casa esta tarde, llevo una de bourbon. A él le gustaba especialmente el de Virginia, difícil de conseguir. Creí que la alusión a la botella iba a ser suficiente, pero no. Me contestó: déjenme en paz. Nunca he sido alguien que se dé por vencido a la primera, sin embargo me costó llamar a los días y proponerle lo mismo. Sólo pude agregar que íbamos a pasar un rato agradable, bebiendo y conversando de otros tiempos. Anímate, le dije, paso por tu casa como a las seis. Esperé en el teléfono unos segundos, escuchando su respiración entrecortada. Está bien, pasa por aquí, viejo, respondió con resignación. Ven solo, fue su advertencia. Johnny y yo éramos amigos desde el High School. Hacíamos una extraña pareja; él era musculoso y por lo tanto bueno para los deportes y también para darle puñetazos en el rostro a cualquiera que se le pusiera por delante. Más de una vez me defendió de otros compañeros que querían masacrar mi cara llena de espinillas. Eran famosas en el colegio sus conquistas con las namis, como llamaba a las colegialas, y la gran dimensión de su pene, que se agarraba en los camerinos después de las clases de gimnasia, mostrándolo a los cuatro vientos. En cambio, yo era un flacuchento y sólo comencé a tener chicas a los dieciséis con la ayuda, hay que decirlo, de mi amigo que embriagó con el de Virginia a una de sus namis el 10 de agosto, día de mi cumpleaños. Feliz cumpleaños, gritó, mientras yo intentaba insertarme en la fulana, con la ayuda del alcohol, cuestión que, para mi vergüenza, hice con ayuda de ella. La Katty se dio cuenta de mi virginidad casi de inmediato y mientras yo improvisaba algo, ella se reía. La tal Katty se dedicó a la prostitución elegante y después murió de sida, a los años, pero esa es una cuestión que nada tiene que ver con esto.
          Fui al departamento de Johnny, que quedaba en las afueras de California. Toqué el timbre e impulsé sin querer la puerta que, para mi sorpresa, estaba abierta. El lugar era un esperpento, en cierto sentido ostentoso y de mal gusto; de nuevo rico, con columnas absurdas por todos lados, que recordaban un tardío arte latinoamericano mestizo del que Arnold Hauser hubiese dicho que era manierista. Lo divisé en el balcón, contemplando el atardecer. Ese sitio estaba cubierto por una planicie esplendente de ribetes hechos de arabescos; una buena forma de olvidarse de uno mismo, fue lo que se me ocurrió de inmediato. Al verme se paró de pronto con un movimiento eléctrico, muy de él, pensé, y corrió a saludarme. Lo vi como en una película en cámara lenta, donde los personajes se ponen a vacilar el tiempo y el espacio. Y lo admiré como siempre lo había admirado. Me di cuenta de que estaba totalmente fumado o en algo así; no me importó. Igual lo saludé como siempre que nos veíamos, con unas palmaditas en la espalda, un beso en la mejilla suave y después el abrazo de oso de él, que me apretaba con fuerza la caja torácica, dejándome casi sin aliento. Alargué el bourbon. El de siempre, dijo. Virginiano neto, agregué, con una media sonrisa. Pero lamentablemente, para mi pesar, me dio otro de sus calurosos abrazos. El departamento estaba vuelto leña. Al entrar, un piano de cola se encontraba sin patas, además, una de las columnas hecha mierda a machetazos. El machete: un souvenir adquirido en sus increíbles viajes por parajes exóticos. Johnny se había hecho de una buena vida; gracias a su oficio los rodajes lo acostumbraron a estar en el trópico, en islas paradisíacas y con mujeres de sabor en las caderas, cosa que por aquí se encuentra sólo de vez en cuando. Hay que decir que él tenía un oído musical mucho más infame que el mío. Cuestión de nuevo rico, pensé nuevamente. Seguí recorriendo el living que relucía copas quebradas, cintas rotas y afiches suyos que lo promocionaban como actor porno.
         Esos afiches me los conocía de memoria, los había visto en cuanto video tienda me encontraba por allí; en el fulgor de su carrera. Pero, ¿cuánto tiempo duró esa carrera? Al parecer, el fracaso se había conseguido con John McCormick, algo que como se sabe, está a la vuelta de la esquina, a cualquier vuelta, cuando uno menos se lo espera y te inmiscuye en el fangoso delirio de las pertenencias ajenas. McCormick comenzó su ascenso en la secundaria, cuando le descubrieron, por casualidad, sus dotes en un baño productores de discoteca en Frisco. Esa era su primera incursión fuera de Irvine, nuestra ciudad apacible y aburrida de calles con jardines burgueses. Abandonó el High School, dedicándose por entero a las filmaciones; teníamos en ese entonces sólo dieciocho años. Se le veía entusiasmado y en la apretada jerga que manejaba, que era un desplante de gesticulaciones, no dejaba de ser incierto el mensaje que intentaba lanzar a mi conciencia, lo veo desde lo lejos; ya en ese momento Johnny tenía problemas serios y creo no haber entendido para nada su entrada en el infierno que puede ser la vida. En esos días nos seguimos viendo por lo menos una vez a la semana. Me iba a buscar a la salida del colegio. Y era bueno conversar de casi nada, auscultarnos los sentidos como si no existiera nada más que vidas jóvenes para envenenar el mundo con nuestros chistes cáusticos, los cuales comprometían casi siempre a las fulanas que pasaban ante nuestros ojos. Comentaba que ganaba, de pronto, muchísimo billete.
          Sin embargo, allí estaba delante mío John McCormick, héroe de mi generación, el que le había dado por todos lados a la Traci Lords, la gran teenager de todos los tiempos, una mujer sin muchos atributos, pero con una sonrisa vertical increíble. De alguna forma él seguía queriendo a esa mujer, aunque nunca habían llegado a más que unas performances del viejo mete y saca. El afiche de la Traci, chupándole el paquete a alguien, permanecía intacto en la pared. Una gran mujer, señaló, al darse cuenta que yo la observaba. Johnny no tenía tapujos para hablar de sus namis, las describía con detalles, que eran comprobables en los videos, las manoseaba al hablar de ellas con su cerebro lleno de imágenes lujuriosas, pero nunca pronunció palabras sobre la Traci. Entre nosotros también hubo un sinfín de conversaciones que no tenían nada que ver con el sexo. Por eso lo acompañaba ese día. McCormick, pese a su quehacer, se mantenía alejado de todo el mundo, sin duda, ya no era el mismo de la secundaria. Con dificultad comenzamos a hablar de otros tiempos, no tenía ni la menor pizca de vanagloria; era el mismo Johnny de siempre, pero más triste. Seguí viendo las paredes y me encontré con su verdadero ídolo, se lo comenté. El otro John: el John Holmes. Ese sí era un tipazo, lo conocí en Las Vegas, recordó, en una de sus exhibiciones se colocó a cuatro namis y después salió sonriendo el desgraciado, y entre ellas estaba la Traci Lords. En esa oportunidad intenté hablar con ella, continuó el Johnny, le hablé de las películas que habíamos realizado, y me dijo que era un mediocre. Se le aguaron los ojos. Le insinué que abriéramos el bourbon y brindáramos por nosotros. No se podía hacer nada; él estaba en un gran bajón. Ese día me fui al amanecer. Al llegar a mi casa vi por enésima vez uno de los videos de McCormick con la Lords. Lo vi como siempre en su mayor brío, y sentí, por primera vez, piedad por mi amigo; los que saben de estas cosas dicen que es la peor forma de apreciar a un ser humano, se llame John McCormick o quien sea. Me despreocupé de todo, hasta que me llamó a los cuatro días. Se le notaba más bajoneado que nunca. Le pregunté por el trabajo y masculló que definitivamente ya no iba a ir más. De qué vas a vivir, se me salió. Ven a verme, si tienes una de bourbon, mejor, señaló. Hice lo de costumbre, recorrí varios lugares para conseguir el de Virginia y a las seis estaba de nuevo empujando la puerta, que se encontraba otra vez abierta. Tirado en la cama, veía los malditos videos con la Traci. Viejo, despreocúpate, siempre vienen tiempos mejores, argüí sin convicción, fue lo único que se me ocurrió en ese momento. Dame un trago de ese bourbon virginiano, apuntó a la botella que traía en la mano. Nos tomamos el bourbon, y brindamos por situaciones ilusorias. No hubo forma de moverlo de la cama. Y de nuevo me fui al llegar el amanecer. Siguió llamándome a la casa, no quería hablar con él, y dejé la contestadora todo el tiempo. Al llegar del trabajo, escuchaba sus lamentos: me decía que lo había abandonando. Después se consiguió el número de la oficina, la secretaria me pidió que le contestara: sin duda todavía sabía persuadir mujeres. Lo visité una vez más. No salí bien parado, me golpeó de entrada vociferando que lo merecía hacía tiempo. Fui a una clínica donde me compusieron la nariz y algunas costillas. Llamó a los días pidiéndome disculpas, dijo que seguía amando a la Traci y que se iba a quitar la vida. Vaya uno a saber lo que realmente pensaba el Johnny antes de morir y lo difícil que puede ser amar a alguien como a la Lords.

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