Uriel Quesada: “Retrato hablado”

Didier-Lourenco-Cafe-New-York-3927

No lo vi sino en el momento en que tomó por asalto la única mesa vacía del café.  Yo acababa de sentarme también,  aunque mi lugar era bastante malo:  en medio del pasillo,  a espaldas de la puerta.  Cada vez que alguien la abría entraba a golpearme una corriente de aire y yo me aferraba a mi capuchino mientras maldecía en voz baja.  Afuera,  Nueva York seguía sucia tras las últimas nevadas. Por todos lados reposaban grandes trozos de frío sin derretir.  Agua dura,  pisoteada y ennegrecida,  resistía inútilmente la prisa incesante.  Durante toda la tarde había querido escribir un poema sobre esta ciudad que siempre me horrorizaba y me obligaba a volver.  Había caminado en busca de un lugar mágico,  uno de esos espacios desconocidos que de pronto se quedan con vos para siempre.  Al cabo de las horas tenía los labios resecos, la nariz insensible y una carga de ropa que mi cuerpo no terminaba de soportar.  Soñaba en latinoamericano que un buen café curaría todos mis males y me permitiría abrir un paréntesis en el frenesí de ese cúmulo de materiales y almas, que no podía quedarse quieto ni aun cuando las temperaturas se habían desplomado y otra tormenta se anunciaba en los noticiarios vespertinos.

Yo había entrado al café siguiendo a una corriente de personas.  Casi todos se acercaban al mostrador,  ordenaban sus bebidas para llevar y desaparecían.  Cuando fue mi turno, aún no me había decidido y en cierto modo me delaté: Solamente un forastero podía darse el lujo de hacerles perder el tiempo a los empleados,  probablemente estudiantes de ciencias sociales, filosofía o cine, grandes nombres del mañana que debían tener paciencia porque el extraño requería unos segundos para pensar,  aunque detrás la fila de clientes creciera y perdiera también los estribos. Creo haber dicho que finalmente me senté en mal lugar.  Más que una mesita, era un tablero de ajedrez de forma circular,  sostenido por un pie central.  Alguien se había llevado una de las sillas.  Sin ella el tablero se veía enorme,  desolado,  como si nunca pudiera tener ante mí a un contendiente.
          Las personas iban y venían,  abrían la puerta,  yo me helaba.  Di un vistazo al área frente a mí,  un paraíso inaccesible,  formado por mesitas cuadradas, con sillas comunes y corrientes.  Una mujer leía el periódico,  dos hombres se reían quedamente y miraban con distancia el movimiento alrededor.  Un grupo de hispanos procuraba acomodarse entre bolsas de grandes almacenes.  Sentí otra vez el impulso de escribir un poema.  Garabateé algunas líneas,  pero finalmente hice un bodoque con lo escrito y me dediqué al ocio, otra de mis culpas más placenteras.  Segundos o siglos después, los hispanos empezaron el rito de marcharse.  Las instrucciones que se daban unos a otros demoraban aún más la de por sí lenta preparación para salir al frío.  Primero había que ponerse la chaqueta acolchada,  cerrar innumerables botones,  subir los zippers. Venía después la bufanda,  ajustada al cuello pero sin apretarlo.  Para lograr que la bufanda quedara bien puesta era necesario desabrocharse el abrigo y empezar  de nuevo.  Seguían las orejeras,  la gorra de lana y el sombrero.  Por último, los guantes.  Ya listos para marcharse,  verificado que todo estuviera a punto,  recogieron las bolsas  y empezaron a caminar entre las mesas como astronautas sobre la superficie lunar.  “Excuse me”,  decían con acento inconfundible, “excuse me”,  repetían y la gente les abría paso sin mirarles a los ojos ni abandonar su soledad.
          En ese momento un rostro feroz cruzó ante mí.  Le dijo algo al último de los hispanos, pero quizás éste no le comprendió.  El muchacho volvió a hablar, esta vez señalando la mesa poblada aún por restos de merienda.  El latino rezagado trató de pedir ayuda a sus compañeros, pero la mirada del muchacho de rostro feroz no le dio oportunidad alguna. Alegó en español y en inglés titubeante,  puso sus bolsas a un lado y se dispuso a recoger los vasitos de cartón y a limpiar la mesa con una servilleta.  Inmediatamente, el muchacho fue tomando posesión del lugar: dejó su mochilla en una silla;  su abrigo,  guantes y bufanda, en otra;  hizo una limpieza final y se sentó.  Era alto y negro, de ojos claros y cabello salvaje.  Tenía el rostro afilado y unas manos largas,  que empezaron a sacar útiles de la mochila: un bloque de hojas,  lápices y plumas,  una revista o más bien un catálogo de ropa.  Con gran delicadeza fue disponiendo cada cosa dentro de los límites de su territorio, luego se olvidó del mundo, o al menos eso creí.
          Supuse que estudiaba diseño.  Con la mano izquierda mantenía el catálogo abierto; con la derecha, daba trazos largos, se detenía en detalles, creaba formas que yo no podía mirar.  Decidí que estaba matriculado en Pratts y que era asiduo del MoMA. Cinco tardes por semana servía copas en un bar,  iba al gimnasio casi a diario y leía novelas de terror, tan populares desde setiembre del 2001.  Viviría en Brooklyn, a la vuelta del  instituto,  o mejor en el Lower East Side,  que está cerca de Soho y el Village,  no era tan artsy  pero la renta resultaba más razonable.  Su apartamento estaría en un edificio construido en el siglo diecinueve.  Minúsculo, atestado de cosas, con afiches hasta el cielo raso, tendría algún detalle chic.   Dormiría solo cuando no hubiera más remedio,  en una cama eternamente desordenada. Comería a deshoras, usualmente más vegetales que carne y más pasta que vegetales.  Tomaría café para vencer el sueño y vino para recuperarlo.  Se sentiría el dueño del mundo.  Lo demás no era sino aguardar fortuna.
         De cuando en vez levantaba la cabeza,  miraba sin ver,  no se percataba siquiera de mi impertinencia,  aunque yo seguía cada movimiento suyo con descaro.  Podía meterme en apuros,  ¿pero cuántas veces te encontrás un maravilloso rostro salvaje? Ni siquiera abundan en una ciudad de posibilidades ilimitadas como Nueva York.   El muchacho estudió con satisfacción el dibujo, retocó algún detalle,  luego arrancó la  hoja e hizo un bodoque perfecto,  que puso en la esquina derecha de la mesa.  Preparó una nueva hoja acariciándola con su mano, y ahora sí oteó el ambiente.  Por un segundo pareció fijar sus ojos en mí,  aunque más bien prestaba atención a algo situado un poco más lejos, por encima de mi hombro.  Me volví como para observar el frío que iba y venía sin consideración alguna,  que me golpeaba la espalda y me recordaba que en Nueva York yo era un solitario más.  Entonces descubrí a la muchacha  que intentaba abrigarse con un leve traje de invierno. Tenía el rostro ajado,  como si hubiera dormido poco.  A sus pies,  una valija no muy grande develaba un viaje.  La chica se fue quitando sus trapos, sacó un teléfono celular de su cartera e hizo algunas llamadas.
         –Hey, Mike –dijo la primera vez –, te esperé una hora en el aeropuerto, y desde entonces no he dejado de buscarte.  He llegado al café de Union Square, pero tampoco estás aquí… me prometiste que vendrías a recogerme,  Mike, ¿se te olvidó?  Hazme saber cuando oigas este mensaje y ven para acá… y trae el abrigo negro, ¿sí?  Te quiero, te quiero más.
         Aguardó unos minutos, quizás con la esperanza de que Mike estuviera en casa y simplemente no hubiera podido alcanzar el teléfono a tiempo.  Pero Mike no llamó,  ni hubo mesa disponible en el café sino hasta rato después. Entonces la muchacha se dedicó a buscar amigos.  A todos les preguntó por Mike, si lo habían visto, si estaría bien… Sí, un viaje muy largo –explicó– pero ya estaba de vuelta… No, ningún problema con el aterrizaje… ¿Sabes de Mike?  No quería ni siquiera pensar que le hubiera fallado de nuevo…  Esta vez era peor porque no tenía llave del apartamento…  Había salido abruptamente a casa de Kelan  en D.C…   Siempre huía hacia los mismos brazos…   Mi vida privada no es tema de discusión, lo siento, he cometido un error al hacer comentarios de Mike,  por favor perdona la molestia…
         El dibujante de fiero rostro había regresado a trabajar.  Inspirado en  la recién llegada,  supuse,  deslizaba el lápiz frenéticamente por el papel.  Los movimientos parecían automáticos,  como siguiendo un dictado.  Ya no lanzaba líneas delicadas, más bien dibujaba con ansiedad,  acaso para no perder la esencia de la escena.  Hoja tras hoja el catálogo de ropa se fue cerrando, y podría jurar que se movió hacia la esquina donde yacía olvidado el bodoque con el primer boceto.
         La muchacha dejó tres recados más para Mike. Después conversó con un tal Rob.  Parecía insegura, incómoda, aunque Rob no le pidió explicaciones.  Brevemente,  ella le dijo que no podía entrar a su apartamento y que quizás necesitaría un lugar donde dormir.  Le agradeció mucho a Rob: “eres un verdadero amigo”,  dijo disimulando la angustia.  Después le dio las señas del café y quedaron de verse en diez minutos.
         Casi de inmediato,  quedó una mesa desocupada frente al muchacho de rostro indómito.  La chica tomó el lugar,  fue por una bebida y al rato llegó quien debía ser Rob.  Estaba un poco agitado por la prisa y traía una bolsa de papel.  Se dieron un beso en la mejilla y conversaron.  Ella parecía a punto de llorar, entonces Rob tomó su mano y la sostuvo de modo significativo hasta que la muchacha se liberó con una sacudida rápida pero poco firme. En algún momento la chica sacó su teléfono.  Rob le permitió que verificara los mensajes, pero no aprobó que hiciera nuevas llamadas.  De todas maneras, las llamadas fueron cortas y más bien deprimieron a la muchacha.  En ese momento Rob sacó una caja de la bolsa y la puso frente a la chica.  Ella dudó,  dijo muchas cosas,  pero Rob no le aceptó las excusas.  Empujó la caja hacia ella,  pidiéndole que deshiciera el lazo y mirara el contenido.  Había una orquídea adentro.   La muchacha, en un gesto muy típico,  la miró con desconfianza,  la sostuvo ante sus ojos,  estuvo a punto de llevársela al corazón.  Como ella, yo también hubiera hablado mucho ante tal regalo.  Me hubiera gustado que inventaran una historia para mí,  pues lo peor sería saber que Rob guardaba la orquídea en la nevera y que malévolamente la había aprovechado para vencer la resistencia de la muchacha.  No, Rob, decime más bien que colgaste el teléfono, te hiciste de un abrigo sin cuidado alguno y corriste a la calle, pues solamente tenías unos minutos para encontrar algo bello y llegar al café a tiempo, sin levantar sospechas.  Mentí que te dio frío,  que resbalaste y no te diste cuenta ni de los agresivos autos ni de la gente.  En una esquina había un puesto de flores,  atrás una tiendita en la que atronaban canciones norteñas.  Le preguntaste a la dependienta y ella fue hasta el fondo a buscar la flor más cara,  una orquídea no muy grande,  de un delicado color lavanda.  La mujer trajo la flor entre sus dos manos, igual que una ofrenda.  Vos no entendías nada, Rob, pero te imaginaste que la música norteña era ideal para acompañar el desfile de tan hermoso objeto.  La canción te recordó vagamente unas tonadillas germánicas que un viejo amor solía poner a todo dar en tu estéreo, por eso le preguntaste a la dependienta el significado de la letra.  “Habla sobre la pisca de la fresa en el Sur”,  explicó,  “sobre esa gente que deambula como gitanos por el Cinturón Bíblico, y no sabe leer ni escribir, ni en español ni en inglés”.  La realidad no tenía ningún derecho a echarte a perder la velada,  Rob. Reaccionaste dando una disculpa,  pero la mujer siguió impasible,  escudriñando en tus ojos el motivo para comprar una flor tan particular en esa noche de invierno.  “¿Usted está enamorado?”, te preguntó.  Vos saliste al frío sin contestar,  con la orquídea oculta en una bolsa de papel, sacudiéndote de la cabeza el error de hablar demasiado con hispanics. Lo importante era la flor,  esa misma que ahora la chica acariciaba con detenimiento.
         Cuando la muchacha y Rob se levantaron, apenas podían disimular las sonrisas.  Se ayudaron mutuamente con los abrigos y salieron muy juntos,  aunque en ningún momento se rozaron siquiera las manos. Al pasar junto a mí, ella describía algo que había visto en un museo de Washington y Rob se hacía cargo de la maleta.  Había transcurrido una eternidad y yo ni siquiera me había percatado.  Para entonces mi capuchino estaba helado. Otros clientes se habían ido del café,  así que alrededor del muchacho de rostro indómito quedaban algunas mesas vacías. Lo vi dar los últimos trazos frenéticos,  después derrumbarse sobre su proyecto. Dejó el lápiz disciplinadamente a la derecha del bloque de hojas,  deshizo el bodoque que estaba en la esquina, lo miró, puso algo de color aquí y allá, hizo de nuevo una pelotita de papel.  Parecía satisfecho…  no: exultante.  Estaba tan seguro de sí mismo y de su buena estrella,  que dejó la mesa como al descuido y fue al baño  sin voltear siquiera una vez.  Claro, yo estaba allí, vigilando,  pero él no tenía por qué saberlo.  Tampoco debía enterarse de la oportunidad que me estaba tendiendo.  El muchacho de rostro salvaje regresaría en un par de minutos,  suficientes para  ir hasta su mesa y hojear el bloque de dibujos.
         Al acercarme, hallé el boceto de un cómic en el que una chica dejaba Nueva York, pero antes de marcharse se reunía con su amante en  un cafecito de la ciudad. En su conversación no había reclamos,  pero sí torrentes de lágrimas a lo Lichtenstein. En algún momento, el amante le regalaba una orquídea que había robado.  Gracias a la revelación del personaje –y por anotaciones al margen– me enteré que unos hispanics lo andaban buscando para cobrar la deuda con una paliza.  El conflicto empezaba a girar en torno a la flor,  al miedo de la muchacha y su urgencia por tomar el tren.  Cuadro a cuadro, los dibujos iban perdiendo precisión hasta convertirse en meros esbozos.  A la vez eran más y más las frases sueltas,  los diálogos apenas sugeridos,  las preguntas sobre los acontecimientos por venir.  Entonces sentí una urgencia,  una certeza que ardió a la altura de mi pecho: el muchacho y yo podríamos recorrer esa ciudad toda la noche,  hasta convertir la otra ciudad –aquélla que aguardaba la próxima tormenta invernal– en un maravilloso mundo de grafito y papel.  Lo supe a tal punto que olvidé a Rob y a la muchacha, para seguir por esas calles de cómic a la pareja de novios desesperados por la separación, la amenaza y sus propios prejuicios.  Yo estaba tan cercano e inmerso en sus vidas que dejé correr libremente al tiempo.  En vez de escuchar el regreso del muchacho,  busqué hasta el final más pistas sobre el destino de los novios.  Acabé el bloque de hojas, miré velozmente el catálogo de ropa. Luego advertí el bodoque como olvidado en la esquina derecha. Sin dudar un instante, lo deshice y encontré una historia anterior a la de la pareja que huía en la noche.  Cuando distaban apenas un par de pasos entre el muchacho y yo,  del papel arrugado surgió el dibujo de un hombre sentado ante una mesita circular estrecha y  parecida a un tablero de ajedrez.  El modelo enfrentaba con tal descaro al espectador,  que a mí mismo me provocó un cosquilleo en el cuerpo. A su alrededor había frases sueltas, ideas secretas.  Y estando así, con la mirada fija en mí mismo, oí un susurro sobre mi hombro,  una voz dulce y fiera que me preguntó si podía ayudarle a encontrar el final de esta historia. 

 New York, diciembre 2002-New Orleans, julio 2003

 

 

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