Miguel Gomes: “La espera”

pistola1

Esta mañana éramos indios y vaqueros, policías y ladrones; recortamos las pistolas de las pocas hojas de cartulina negra que me quedaban en el escritorio. Tiros, más tiros, persecuciones por toda la casa, hasta que yo caía y fingía espasmos y estirones de pierna que le arrancaban carcajadas a Eddie. Entrenamiento en estos asuntos no le falta.
         Fue bueno que él mismo me dijera que quería dormir la siesta, aunque su madre, mi ex, me hubiese advertido que de unos meses para acá no era necesario. Papá, tengo sueño fue lo que oí, y respondí de inmediato que arriba estaba lista la cama. Subí con él; lo arropé y le di el tigre de peluche que le había comprado la vez anterior que me visitó; corrí la cortina y entrecerré la puerta de la habitación. Un minuto de cautela. Bajé las escaleras tratando de no hacer ruido, pero casi restregándome las manos, pensando que si aquella siesta duraba al menos dos horas tendría oportunidad de acabar la lectura del manuscrito que Mr. Quinn y Mr. Durán me habían enviado dos días antes, y que mañana, cuando Yolanda viniese a buscar al niño, estaría preparado para escribir el informe correspondiente. Los de la editorial —Durán sobre todo— son medio pesados con eso de cumplir a tiempo los encargos. En absoluta bancarrota como ando y sin trabajo estable desde hace medio año, tampoco me conviene quedar mal con ellos.
         Me puse a leer, con la casa de nuevo en silencio después de todo lo que habíamos jugado Eddie y yo por la mañana. El resplandor de la tormenta afuera a veces me desconcentraba; tenía que observar la nieve lenta, que caía indiferente a la impaciencia con que le echaba vistazos por la ventana mientras sentía el clic-clic-clic de la calefacción sin poder dejar de pensar en lo muy caro que me saldría el combustible este invierno —este infierno— helado, persistente. Mejor seguir leyendo. No tardé en darme cuenta de que el manuscrito que evaluaba era un disparate. Querían establecer una colección juvenil, la primera de la editorial, y Durán se empeñó en que se adaptaran clásicos. Ni Ivanhoe ni Tom Sawyer; había que ser más osados: Homero, Virgilio y Dante. Lo que tenía frente a mí era la Eneida contada para la pubertad. Si a veces las batallas podían llamarle la atención a un lector con esas señas, había demasiado dramatismo en el saqueo de Troya; el brutal asesinato de Príamo; la huida de Eneas —viudo sin haberse dado cuenta— llevando a cuestas a su padre y casi a rastras a su pequeño Iulo. Todo es horror; un vasto silencio aterra el corazón. Para colmo, el adaptador había preservado los momentos más truculentos de la trama, como la descripción de las técnicas de tortura del perverso —pero muy buen padre— rey Mecencio, que ataba a sus opositores a cadáveres, los vivos con los muertos, mano con mano, boca con boca, y así los hacía padecer una prolongada agonía en espantoso abrazo. Si la idea de Durán era darles a los jóvenes alternativas culturales que no fuesen los manga o los dibujos animados japoneses, no me parecía que la había acertado.
         Terminar de leer no era necesario para redactar lo que opinaba. Estaba buscando en el caos del escritorio el disco donde guardaba los informes cuando algo me hizo, instintivamente, enderezarme en el asiento. Adherido al espaldar y como paralizado, apenas moví los ojos tratando de distinguir lo que todavía no sabía qué era y ya temía. Con un leve movimiento de la silla giratoria acabé de hacer más precisa la imagen: el cañón corto de un revólver me escrutaba malhumorado y negro. Los elementos dispersos fueron juntándose con una parsimonia que, no obstante, me produjo vértigo: no era grande el arma, podía esconderse en una mano adulta; el metal plateado; la cacha forrada de gris; Smith & Wesson ligera, de cinco balas, modelo 640, que conocía tan bien —íntimamente, podría decirse. Era idéntica a la que dejaba en una de las gavetas de la cocina, sin mayores precauciones, como cabía esperar de un cincuentón que vive solo en una casa sin ningún atractivo, rodeada de arboledas.
         Eddie empuña el revólver, desde luego. No me explico de dónde saca la fuerza para sostenerlo; es ligero, pero no para un niño que no llega todavía a los seis años. Plomo, acero y gravedad: el arma pide suelo y mi hijo la manipula como si fuera de plástico, o cartulina. La respiración se me corta; no sé si el pulso también lo ha hecho. Puedo hasta sentir las gotas de sudor que me suben por los poros.
         Eddie sonríe, como me gusta que lo haga —en lo que va de año he podido verlo poco—, pero éste quizá no sea el momento para esas debilidades de un padre que no tiene con qué pagarles a los abogados para que lo ayuden a negociar más horas de visita. No es el momento. Nunca lo es cuando Yolanda vuelve a casarse y el marido pone esa cara indefinible cada vez que recojo a Eddie —no cuesta imaginar lo que piensan los cretinos, incluso los propietarios de mercedes, yates y casita de playa en Nantucket, Martha’s Vineyard o quién sabe dónde: tanto se ha molestado en repetírmelo que se me olvida.
         Eddie sonríe. Sostiene el revólver y apunta entrecerrando los ojos. ¿Qué estará tramando? ¿Se da cuenta de que estoy aterrado? ¿Querrá que me tire al suelo y haga las payasadas de esta mañana? Tal vez no apunta, sino que enfoca: en otoño, durante su última visita, salimos al patio trasero a sacar fotos. Le presté la cámara y él hizo sus primeros escarceos. Me pregunto si ahora va a apretar el gatillo con la misma desenvoltura con que fotografió las hojas ocres, bermejas, de púrpura profundo que se sacudían hasta abandonar las ramas en un vuelo errático; fotos de hojas caídas y apilonadas en montañas secas, crujientes bajo los pasos del adulto hasta que el niño se les tiraba encima, y entonces lo que quedaba de ellas era el chisporroteo, el grito de alegría. Una de las fotos de Eddie me sorprendió: oyó un halcón que jugaba bajo el techo del cielo y buscó de inmediato con la lente el origen del chillido. Vi una sombra pasar rasante sobre los robles y las hayas en dirección al nido que tenía en un abedul, bosque adentro. En la pantalla de la cámara digital, en cambio, el halcón parecía fijo, una nube emplumada; Eddie consiguió detener y clavar en la claridad lo que para mí había sido un chispazo, movimiento puro entre las más elevadas ramas.
         Mi hijo todavía sonríe y apunta. En la instantánea para la que estoy posando aterido de miedo y a la vez enternecido, se han quedado el otoño, el verano que había concluido antes, las primaveras de las que no me acuerdo. También sonrío para ese álbum, memoria futura que esculpe calaveras en el cerebro de mi niño —que tendrá para siempre cinco años si oprime el botón del obturador. A lo mejor ha aprendido a querer esas calaveras en las películas de piratas; en las piezas del Lego de La isla del tesoro que le regalé. Mi sonrisa, risa sepulcral en el álbum donde una bala espera su turno para nacer.
         Si Yolanda se entera de que tengo un arma de fuego en casa se opondrá a que Eddie venga de nuevo. Ésa no debería ser la mayor de mis preocupaciones aquí y ahora, pero en este instante, que dura demasiado y tal vez dure demasiado por mucho tiempo más, nadie puede culparme de nada: la mente sabe dónde y cómo extraviarse. A regañadientes Yolanda había aceptado que este fin de semana Eddie lo pasara conmigo; su marido tuvo que viajar a California de urgencia para operar a un paciente importante —sé que lo dice para fregar: no está casada ahora con el fracaso inoperante que soy yo— y a ella, también, le había salido un exceso de casos complicados en el bufete —más que complicados, fatigosos: involucraban a políticos importantes—, así que todo eso la convenció de que era hora de que el niño volviese a ver a su padre.
         Yolanda no podría imaginar que ando con un revólver, por la sencilla razón de que jamás tuve uno, ni siquiera me interesaron, mientras estuvimos casados. Además de mis desastres financieros, sospecho que piensa que tengo poca testosterona. Pero mejor no ponerme a imaginar qué le pasa por la cabeza; no funcionó mientras estuvimos juntos, dudo que lo haga ahora. ¿Por qué tengo un Smith & Wesson de acero inoxidable, con tanta personalidad? Porque me tocó como herencia de mi hermano Isaac, que en paz descanse. No sé de dónde lo habría sacado él; quién sabe si era uno de los que papá coleccionaba —me desentendí totalmente de las obsesiones del viejo desde antes que nos peleáramos por primera vez—; lo cierto es que el revólver estaba allí cuando los abogados me llamaron para recoger las dos cajas de cartón que llamaban legado —yo me quería reír con el terminacho; mucho me costó contenerme. Los abogados, siguiendo la voluntad de mi hermano, tuvieron la deferencia de tramitarme el permiso (suena un poco turbio, pero prefiero ignorar el tipo de relaciones que tenían con Isaac). La voluntad de mi hermano para mí era un enigma; nunca habíamos hablado de esas cosas. Recordé que en alguna de nuestras conversaciones se mostró preocupado por la situación de mi casa, perdida en el bosque: ahora que estás solo no me parece buena idea que no tengas ningún tipo de protección, ya sabes, como la que el viejo se buscaba. Era un eufemismo; el viejo no la buscaba, sino que la acumulaba con avidez; tenía armarios llenos de esas protecciones —revólveres, pistolas, escopetas, rifles… Lo único que competía con ellas eran las legiones de botellas vacías de ginebra y de Wild Turkey que vi en su sótano la última vez que me atreví a visitarlo. Él, prácticamente, no se sacó de la boca la que tenía a medio beber; y lo hacía mientras discutíamos. Me había presentado a su puerta para decirle que no podía seguir manteniéndole el vicio, sobre todo ahora que me divorciaba y Yolanda estaba a punto de desplumarme. Hizo una de las bromas sangrientas que siempre hacía sobre mí, sobre mis flaquezas con las mujeres; el hijo que le había salido chupatintas y poco hombre; como tantas veces, me la hizo a mí, que estaba harto de él y de Yolanda, harto de Yolanda y de él. Lo dejé sentado de un empujón y apenas tuve tiempo para esquivar el Wild Turkey que me disparó con esa puntería tan suya. Tenía ochenta y cinco años y solo su lentitud me salvó del botellazo. Le dije lo que pensaba de él, me fui y hasta allí llegamos. Se lo conté después a Isaac. Como no me gustaba hablar de papá, como tampoco teníamos nada que agregar a lo mucho que habíamos dicho y hasta callado sobre él y su falta de vocación para tenernos cerca, desoí el consejo de mi hermano. No buscaría protección. Transcurrieron dos meses de la conversación telefónica donde repasamos las malas memorias de nuestro padre y sus aficiones, y entonces me enteré de la muerte de Isaac —los abogados tuvieron el tacto de anunciármelo con un recado electrónico; al cabo de una semana más, me hicieron formal entrega de su legado. No se me ocurría cómo usarlo; en la caja también había municiones, pero no sabía por dónde empezar. Llevé el revólver a Honest Abe’s Guns, en el centro del pueblo, y Abe —supongo que era él— se portó de lo más paisano cuando descubrió que le tocaba iniciarme en los trámites de mi propia hombría. Me enseñó cómo cargar el Smith & Wesson; cómo limpiarlo y mantenerlo. Le faltó ofrecerse de donante para una transfusión de testosterona. Por amabilidad, le compré más municiones. No reparé sino al cabo de varias horas en que Abe nunca expresó interés en averiguar si yo tenía un permiso. Se parecía al Charlton Heston de Charlton Heston presenta la Biblia que desde 1992 A&E, religiosamente, repite cada Semana Santa.
         La soledad nos confina a esta compañía ligera, de cinco balas; no que la haya buscado como lo hacía papá: se trata más bien de resignarme a ella y, en medio de la resignación, cultivarla. Revólver de señorita: eso es lo que habría sentenciado el viejo. En el bosque que comienza al final del patio trasero hay conejos, mapaches y marmotas; pavos silvestres —y no potables—, halcones, ciervos también; quizá coyotes u otras alimañas. A esto último se habría referido Isaac; aunque no descarto que estuviera refiriéndose a asaltantes —pero seamos realistas: ¿quién vendría a robar una casa como la mía, que se cae a pedazos? Los mapaches me desordenan la basura con frecuencia; es un hábito que me enfurece, así que decidí usarlos para afinar la puntería. Desde una ventana del segundo piso los aguardé una tarde; dos de ellos vinieron a visitarme. Por la ventana saqué las manos con mi revólver de señorita, cerré un ojo y apreté el gatillo, que se deslizó como si lo hubiese lubricado con mantequilla —¿por qué tuve esa sensación? La detonación no me asustó para nada; me recordó un estornudo metálico. Entre la nube de humo vi que uno de los mapaches se largaba como un silbido hacia los matorrales; el otro se había quedado abajo. No tardé en salir de la casa y contemplar la eficiencia de aquella arma que casi parecía de juguete: agujero negro, rojo, grumos sanguinolentos de entrañas que no se podrían recomponer. El mapache aún tenía convulsiones. Se las calmé con otro tiro. Un par de horas después, metí el cuerpo en una bolsa de plástico. Al sobreviviente no le quedarían ganas de volver a abrir el cubo de la basura para encontrarse con aquello.
         Afuera, en el bosque donde hay un mapache menos, ahora solo se ven ramas peladas, cargadas de hielo; la nieve ha tapado las lomas de hojas secas. La arboleda resplandece bajo el gris compacto del cielo, como si la escarcha hubiese traído consigo su propia luz. Miro todo eso por la ventana que tengo enfrente. Pero Eddie sigue apuntándome y espera que reaccione de una u otra manera. O no: tal vez no espera ninguna reacción; acaso durante los próximos segundos hará el esfuerzo de apretar el gatillo —que se desliza suave y paciente, de mantequilla— para que su padre, yo, caiga de la silla y dé estirones de pierna y se sacuda y él pueda reírse como esta mañana, con la felicidad compacta de los indios y vaqueros o una primera sesión de fotografía. No puedo saber lo que le pasa por la cabeza a mi hijo en estos instantes —en este instante que se expande hacia dentro—; no sé si entiende que lo que tiene en las manos no es una pistola de cartulina o si su noción de la muerte va más allá de la que se finge en los juegos. Lo ignoro, igual que nunca supe lo que pensaba Yolanda, lo que pensaba Isaac, lo que pensaba mi padre, al que jamás, por cierto, vi morirse de mentira ni de verdad. Me contaron que la tarde en que le comunicaron el diagnóstico —una metástasis que prometía meses de tratamientos infructuosos, como los que había recibido mi abuelo—llegó a casa, sacó de un armario un rifle de caza y se voló los sesos metiéndose el cañón hasta el paladar. No lo vi morir y no lo lamento, aunque es posible que hoy mismo reviva de alguna tenebrosa manera ese acto cuando la bala me penetre y me conozca con la intimidad fría que tienen los metales —incluso los calientes, que se despiertan y desperezan en el peor de los inviernos.
         El que cae afuera es pesado y lento.
         El cañón del Smith & Wesson (pequeño, casi de utilería, pero capaz de abrir boquetes en la carne y el hueso, sobre todo a corta distancia), ese cañoncito ridículo me mira fijamente como los cíclopes estudiaban con extrañeza a los hombres que el azar les hacía llegar a sus costas. Trato en vano de desviar mi atención hacia la nieve y las gotas de sudor me suben por los poros. Un cañón en forma de ¡oh!, como una caricatura; un cañón en forma de cero, en forma de sueño, en forma de miedo, en forma de suerte, de mala suerte, en forma de muerte, mi muerte, la misma a la que los padres condenamos a los hijos cuando los traemos a este mundo del que van a tener que descabalgarse tarde o temprano, no importa que a la vida también estén atados mano con mano, boca con boca hasta llegar a viejos. Quizá por ese montón de cosas tan difíciles de reducir a unas cuantas palabras Eddie sonríe y me apunta, sin tener idea de la inteligencia sombría que lo obliga a hacerlo. La infancia a oscuras lo ayudó a levantarse en medio de la siesta, bajar las escaleras, deambular por los corredores y las habitaciones de la casa silenciosa, aburrido, hasta abrir la gaveta donde estaba el revólver que parecía un bonito juguete último modelo, de los que les trae San Nicolás a los niños buenos para que de una vez se enfrenten al rey Mecencio y le pregunten el porqué de sus atrocidades —o no le pregunten nada y, sin más rodeos, le den lo que se merece, a quemarropa.
         La tormenta ha perdido intensidad. Oigo un estornudo y no sé si ha sido mío. El sudor; los poros. Y ahora un temblor.
         Sobre los robles desnudos sobrevuela un halcón: lo contemplo como si jamás hubiese habido uno en los años que he gastado en estas soledades. Halcones sobran, pero éste es diferente: corta con las alas extendidas los copos de nieve que se precipitan ya sin viento, indolentes. A su paso por el cielo, se abre una grieta entre las nubes cargadas y cenicientas. El sol baja hasta los robles, las hayas; toca el hielo que los recubre. Todas las ramas en los bosques que rodean la casa se iluminan con un polvo de oro. El halcón decide posar su cuerpo aéreo: por más frágiles que sean, no quiebra ninguna de las ramas doradas. A su alrededor el aire es seco, gélido. Hay olor de nieve caída y olor de nieve por caer. El crepúsculo parece salido de abajo: el fulgor es el de los abismos cuando uno por fin se acostumbra a ellos. En los inviernos subterráneos existen también las nevadas, las tormentas, el frío. La noche es su niñera; les canta canciones de cuna hechas de trocitos de tiniebla.
         Clic-clic-clic.
         Allí sigue mi hijo, y todavía me sonríe. La espera está por concluir.

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1 comentario

Archivado bajo Venezuela

Una respuesta a “Miguel Gomes: “La espera”

  1. Lisandro Alvarado

    Magistral, realmente bueno, más que la tensión lo que se siente es “la espera”. Disculpen el comentario, pero me recuerda a Cortazar.

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