Rubi Guerra: “El velo”

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Horacio contemplaba la orilla aceitosa de su plato de sopa tratando de recordar dónde y cuándo había comido algo parecido, y por qué la desdicha subía hasta su rostro junto con el vapor y el olor de verduras hervidas. No había nada en el líquido amarillento que pudiera provocar tal aflicción, se dijo, tenía que tratarse, en consecuencia, de un recuerdo sepultado en lo más profundo de su mente. Su mente no marchaba muy bien, era algo que sabía desde hace algún tiempo. Por ejemplo: su nombre no era Horacio. Así lo llamaban las monjas, nunca había preguntado por qué, y así aceptó llamarse, o mejor dicho, aceptó responder a ese nombre sabiendo que no era el que sus padres escogieron para él, por la simple razón de que no podía recordar el suyo. Un nombre podía servir como cualquier otro, y él no estaba dispuesto a discutir por algo tan poco importante. En el asilo muchos internos no recordaban los suyos y algunos apenas se reconocían a sí mismos cuando se miraban en un espejo o no recordaban a los familiares que venían a verlos cada domingo. A él, en cambio, le pasaba algo distinto: sabía que su mente funcionaba mal, que su persona era una suma caótica de fragmentos inconexos, sin embargo cada día recordaba más cosas; más trozos, antes aislados, se unían a otros y comenzaban a cobrar sentido o la apariencia de sentido.  En ocasiones ocurrían fenómenos como el de la sopa: una emoción desprovista de recuerdo, como una impoluta emanación del espíritu, aunque motivada por alguna entidad insignificante. El saliente amarillo de la grasa en el plato, en este caso concreto. Un año atrás se hubiera limitado a consumir el alimento llevándose lentamente la cuchara a la boca, sin pensar en nada, silencioso y quieto como una piedra. Ahora luchaba por contener las lágrimas. Miró a su compañero de la derecha. Agarraba la cuchara con firmeza y acercaba la cara, con el conocimiento exacto de que el alimento es sólo alimento y que la actitud correcta frente a él es devorarlo con determinación.
       Horacio introdujo la cuchara en el líquido tibio y luego la llevó hasta su boca. Probó con desconfianza. Esperaba una repentina revelación que no se produjo.
       Su recuerdo más antiguo se remonta a dos o tres años atrás, aunque esto, por supuesto, sea una conjetura. Tal vez esté confundiendo las cosas. Se ve a sí mismo, un poco como nos vemos en los sueños, sentado en un banco de cemento y mármol, frente al río lento y escaso, en una plaza grande y de muchos árboles diferentes. A su derecha e izquierda se extiende una línea de rectas palmeras, cada una de unos treinta metros de altura, por lo menos. A su espalda, árboles y arbustos de troncos rugosos y ramas frondosas. El río, de un profundo color marrón a esa hora, trae destellos dorados, cálidos y suaves. Es un contraste interesante con las formas multicolores de la basura depositada en la otra orilla, donde predominan el azul y el amarillo de las bolsas de plástico. 
       La tarde se acaba. Pronto llegará la noche y no tiene donde dormir. Depositada a su lado, en el mismo banco en el que está sentado, hay una bolsa de papel con todas sus pertenencias: dos camisas y dos pantalones, un par de afeitadoras desechables melladas, tres pares de medias, algunos calzoncillos, un rollo de papel higiénico a medio consumir, un cepillo de dientes y un tubo de pasta dentífrica doblado y exprimido casi hasta el agotamiento.
       Frente a él, entre el banco y el río, pasan parejas de enamorados: adolescentes con uniformes escolares, los rostros arrebatados por la excitación; hombres y mujeres de mediana edad, agarrados de manos, un poco desafiantes moviendo al compás las barrigas prominentes; pasan también gente sola, niños acompañados de sus padres. Él no los mira. Podrían estar en mundos diferentes. Su vida es en ese momento una nube de contornos imprecisos y lo mismo sucede con el resto de la realidad. 
        Más tarde siente hambre y se dirige a una panadería cercana, busca en los bolsillos con obstinación, encuentra monedas y billetes arrugados; compra pan y queso y vuelve al banco que considera suyo como si lo ocupara desde años atrás. Es de noche aunque todavía temprano. Las luces del alumbrado de la plaza se han encendido, menos en la zona que ocupa Horacio: alguien robó los focos hace tiempo y no han sido repuestos. Mejor así. La oscuridad lo tranquiliza, le proporciona una sensación de protección, como si nada malo pudiera ocurrirle mientras permanezca en las sombras. Por supuesto, sabe que esa protección es ilusoria. Las cosas malas ya le están ocurriendo desde hace tiempo y haberse quedado sin lugar donde dormir no es la menor de ellas. 
       El tráfico de paseantes se ha reducido considerablemente. La gente prefiere transitar por las zonas más iluminadas. El río es como una corriente de negrura que pudiera tragarse las almas de los que se acerquen a sus orillas.
       Una mujer se aproxima y se sienta a su lado. Lo mira y sonríe en un gesto que la oscuridad vuelve incierto.
       –Hola –dice–. ¿Dónde te habías metido?
       –Hola.
       –Hace rato que no se te ve la cara. 
       –Estaba por aquí y allá. Vagando un poco.

      El nombre de la mujer ha desaparecido de su memoria; sabe, sin embargo, que es una amiga, que han compartido largas conversaciones, confidencias más o menos íntimas. El rostro de ella es ceniciento y difuso como un dibujo del cual se hubieran borrado los perfiles más destacados, los que definen la expresión. Un par de finas líneas pintadas sobre la frente simulan cejas. Los ojos muy pequeños y juntos en una cara ancha y chata, la nariz corta, el mentón redondeado: todo contribuye a tornarla algo invisible.
       –El día está malo –continúa ella–. Cómo no me encuentro un viejo con plata para que me saque de abajo. ¿Tú crees que no he hecho nada en todo el día?
       Sacó una botella pequeña y cuadrada de la cartera que tenía en el regazo y le invitó a tomar con un gesto. Horacio aceptó con un movimiento de cabeza. Antes de entregarle la botella la mujer dio un trago. Horacio sintió que las manos le temblaban y la boca se le secaba. Luego bebió también. De inmediato, la pesada desesperanza que, como una losa, lo había aplastado todo el día se desvaneció. Un estremecimiento de optimismo o, cuando menos, de indiferencia por su situación, le recorrió los brazos y las piernas. Comprendió que la angustia no lo había dejado pensar. Estar en la calle no era tan malo si eso significaba acabar con una situación intolerable. Sospechaba que su situación era de ésas, por más que no supiera qué era exactamente lo que había pasado. Recordaba que antes de la plaza y el banco estuvo en un sitio, su casa o la casa de alguien cercano, o una habitación, un lugar que juzgaba suyo aunque no estaba seguro que le perteneciera en propiedad; suyo de la manera en que consideramos nuestras las cosas y los lugares que usamos y en los que depositamos cierta cantidad de fe. Y después las cosa se complicaron, se enredaron, salieron mal con alguien durante un tiempo largo; un periodo de amargura, penalidades y aflicciones, y él se marchó o lo echaron y ahora se encontraba en la calle.
       Tenía algunos amigos y amigas que hallaba en estas mismas calles y en ciertos bares, como la mujer que lo acompaña desde hace un rato y que está contando una historia sobre un policía y un vagabundo que ambos conocen, aunque Horacio apenas si le presta atención. ¿Dónde estaban esos amigos? ¿Cómo se llamaban? ¿Por qué no había recurrido a ellos? ¿Estaban imposibilitados de ayudarlo, o lo habían hecho y él lo había olvidado?
       En algún momento de la noche la mujer se marchó y él volvió a estar solo. Ya no le importaba. El alcohol le había proporcionado una especie de euforia serena que todavía le duraba. Se acostó sobre el banco, las piernas encogidas, utilizando la bolsa plástica con sus pertenencias como almohada. Pensó que no era la peor que había tenido en su vida. La noche se hizo silenciosa. Los automóviles en la calle cercana circulaban cada vez más espaciados. Un rugido sordo, no desagradable, que lo arrullaba y lo conducía mansamente al sueño. A la mañana siguiente, apenas abrió los ojos con dificultad, supo dónde se encontraba con dolorosa certidumbre. Empapado de rocío, se incorporó hasta quedar sentado y contempló el río. La membrana líquida reflejaba la vegetación de las orillas y adquiría un color verde oscuro, sombrío, en la luz todavía incierta del amanecer. El agua le recordó  –o mejor dicho, se imaginó– la piel lustrosa de un animal poderoso. Sin embargo, el río no era profundo ni ancho ni caudaloso. Muchos años atrás solía desbordarse y arrasar con lo que se le atravesara; un primo suyo, apenas mayor que un niño, se había ahogado justo allí, bajo el puente, en una tragedia que ahora parecía imposible. Y aún así, en esa mañana que no comenzaba del todo, en una penumbra que se detenía en la vegetación de las orillas, el curso de agua le seguía pareciendo imponente y amenazante, tal vez por el recuerdo de su primo muerto. ¿Cómo se llamaba?
       Bueno, se dijo, será mejor que busque un sitio donde hacer mis necesidades.
       Bajó unos pocos escalones de cemento y se encontró en la orilla del río. Caminó hacia la izquierda por la ribera de barro endurecido, hasta que se encontró bajo el puente. En la época en que su primo se ahogó no hubiera sido posible llegar a pie bajo el puente: había que nadar. El agua tenía entonces muchos metros de profundidad y las orillas estaban más separadas. El mundo se ha hecho más pequeño. El muchacho quedó atrapado por las raíces del fondo. Un par de buzos lo sacaron, desnudo y azul. De eso se acordaba. 
       Estaba oscuro y húmedo allá abajo y olía a basura y excrementos, lo que, después de todo, le pareció adecuado en vista de sus propósitos. Casi una docena de personas, algunas envueltas en mantas,  dormían en pedazos de cartón. Sorteó los bultos en el suelo hasta que encontró un lugar apartado de los que dormían y al mismo tiempo al resguardo de las miradas de los transeúntes tempraneros que se dirigían a sus trabajos.
        Mientras se subía los pantalones, descubrió que un niño se había acercado y lo miraba. Sólo su cara era visible, el resto permanecía oculto por un trozo de tela de cortina o algo parecido que se enrollaba alrededor de su cuerpo y sobre su cabeza.
       –Hola –dijo Horacio. El niño no dijo nada.
       Debía tener unos ocho años, aunque era difícil calcular su edad bajo toda aquella tela. Su rostro, demacrado por el sueño o el hambre, carecía de expresión. Los ojos eran grandes, brillantes, oscuros como piedras pulidas.
       Terminó de abrocharse la correa.
       –Ahora me tengo que ir. Disculpa que me haya metido en tu casa.
       El niño dio un paso hacia un lado como si quisiera cortar la retirada a un participante invisible. Dijo:
       –Tengo un cuchillo.
       La voz era apagada y quebrada.
       –Yo también –dijo el hombre–, y soy más grande que tú.
       Pasó junto al niño esperando que éste le saltara encima, aunque suponía que esto no sucedería.
       Recorrió el camino inverso. Algunos de los hombres y mujeres esparcidos en el barro tosían y escupían en sueños.
       El resto fue más fácil: en la plaza encontró varios grifos de agua utilizados por los jardineros y con ellos pudo terminar su aseo personal.
       Así comenzó su nueva vida.

De las cocinas del asilo llegó el ruido de platos en el fregadero. Quedaban pocos ancianos en la larga mesa del comedor. De alguna manera, aunque no podía decir cómo ni en qué momento, Horacio había terminado su sopa: el plato estaba vacío. Lo miró con vago reproche, como si éste fuera responsable de las inconsecuencias de su memoria. Una monja pasó a su lado alterando el aire con el leve rumor de sus ropas.
       Aquellos días volvieron primero en sueños, luego en cualquier momento de la vigilia, ráfagas de imágenes que se abatían sobre él y lo dejaban perplejo. Sabe que hubo semanas de vagabundeos por el centro de la ciudad, y sin embargo los contemplaba como un solo día, largo y variado. Dormía casi siempre en la plaza junto al río, aunque tiene la impresión de haber pasado dos o tres noches en la casa de su amiga. De eso no está seguro, pero conserva la sensación de una cama y un techo en medio de la rigidez del mármol y de la amplitud de la bóveda de la noche. Mendigaba a desconocidos y amigos a las puertas de las panaderías y los cafés, en las colas de los cajeros automáticos de los bancos, junto a los teléfonos públicos. Y poco a poco iba alejándose del centro, aventurándose un poco más allá, en calles no desconocidas, pero sí poco frecuentadas, donde las gentes parecían menos atareadas y a veces se detenían a preguntarle sobre su salud y recomendarle que cambiara de vida. Con las arduas monedas de cada día compraba algo de comida y ron.
       Así –en la tarde de ese día de muchos días– llegó a la orilla del mar y supo que era allí donde quería quedarse.
      Encontró pronto dónde dormir: un edificio abandonado al final de una callecita que desembocaba en la playa. El lugar había sido ocupado antes por otros vagabundos, había señales de ellos por todas partes, pero por el momento permanecía maravillosamente vacío. Sólo unas pocas ratas le hacían compañía, aunque no lo molestaban y se mantenían también apartadas. Él lo prefería así. El silencio y la soledad le resultaban preciosos. La primera noche, antes de dormirse, vinieron a su boca unas palabras: Que te aromen las flores que aquí dejo, que tu cama de tierra halles liviana. Y a pesar de que el suelo en el que se apoyaba era de cemento y no había indicios de flores aromáticas por ningún lado, las encontró adecuadas y se deslizó en el sueño con serenidad.
       A la mañana siguiente recorrió la playa. Mendigó una empanada y con eso sació su hambre. La mujer que se la dio le pareció amable, aunque apenas si lo miró. Interpretó esa actitud como una señal favorable del destino.
       Miró el mar como si lo viera por primera vez, y, de cierta manera, así era. Le pareció grande y le provocó el asombro que las cosas simplemente grandes provocan en todos. Las olas llegaban con mansedumbre a la orilla.

 
La orilla del mar –algunos la llamaban “la playa”, pero él nunca la nombró así, porque “playa”, para él, tenía vagas reminiscencias de reuniones familiares en un tiempo feliz que no podía precisar– le pareció un buen lugar para vivir y allí pasó más tiempo que en ninguna otra parte. Pocas veces el edificio abandonado que ocupaba fue visitado por otros vagabundos. Casi todos los vagos se concentraban en el centro de la ciudad, de donde él mismo había venido, y no parecían demasiado interesados en el mar. Una noche apareció una pareja, hombre y mujer. Entraron con pasos precavidos, como quien penetra a una gruta oscura y posiblemente peligrosa. Bueno, así era. El vestíbulo, donde Horacio había hecho su morada, era un gran espacio cuadrado de techo alto; la pequeña fogata que mantenía en el centro de la estancia no alcanzaba para iluminar las paredes de cemento que lo rodeaban: alrededor todo era penumbra silenciosa. Los recién llegados avanzaron desde el anillo de sombras, arrastrando los pies, y saludaron con voces destempladas y tímidas. Parecían asustados. También Horacio sintió temor, pero continuó echado con comodidad en el montón de trapos que le servía de cama y se limitó a saludarlos en voz baja. Los desconocidos se acercaron y se sentaron frente a Horacio, junto al fuego: tres grandes piedras redondas entre las que ardían astillas de leña y ramas recogidas en la arena y en los patios de las casas. Estuvieron los tres frente al pequeño fuego, silenciosos y fascinados, aún preguntándose por la naturaleza del otro, interrogándose sobre sus intenciones y ofreciendo, siempre en silencio, la ofrenda de sus respectivas esperanzas, igual a viajeros extraviados en tierras remotas, como exploradores curiosos y expectantes y atemorizados, o guerreros que se encuentran luego de una batalla perdida sin saber ya quién es un aliado y quién un traidor.
       Entre otros olores menos gratos, en la estancia se percibía el aroma del café que Horacio acababa de preparar y que, tal vez, era lo que había atraído a los visitantes. Éstos, poco a poco, habían ido perdiendo su rigidez, su incómoda compostura. Se cruzaron miradas. Horacio ofreció la jarra metálica donde humeaba el café y un pocillo vacío y sucio decorado con descascaradas flores azules. Los recién llegados lo recibieron con ceremonia o, al menos, con deferencia.
      Pasada la primera sorpresa, Horacio advirtió que, bajo la ropa sucia y la mugre de los rostros y el pelo, eran criaturas muy jóvenes. Eso lo sorprendió y, hasta cierto punto, lo conmovió. Su propia vida en las calles se le antojaba como algo natural, el cumplimiento de un destino ineludible que él aceptaba a veces con resignación, a veces con indiferencia, sin cuestionarse las razones ni mucho menos preguntarse qué sería de él en el futuro –la noción misma de futuro no existía en su concepción del mundo. Con sus visitantes le sucedía algo por completo diferente: su juventud le parecía indefensión, amarga desventura, traición del destino. Los observó con más detenimiento. Ambos eran flacos y estaban sucios. El hombre era alto y tenía una expresión tozuda mientras bebía con tragos lentos el café; la mirada perdida en el pequeño fuego, sólo que en realidad miraba más allá o más acá del fuego, como si quisiera atrapar su esencia con una técnica que aparentara distracción o remotos pensamientos. La muchacha, en cambio, era menuda, y poseía un cuerpo y un rostro de extremada movilidad. Soplaba sobre la taza; enarcaba las cejas un momento y luego las fruncía; en cuchillas, apoyaba su peso primero sobre un pie y después sobre el otro; se agitaba toda bajo la escasa ropa que le quedaba holgada. Su mirada tampoco se mantenía quieta; se posaba unos pocos segundos en cada detalle de la sala y del mismo Horacio. “Como una mosca”, pensó. Tal vez por su manera de desplazarse, Horacio tardó en identificar el mensaje de esa mirada. Decía: “Tú a mí no me jodes. Ya me han jodido bastante.”
      No se sobresaltó. De distintas maneras y en circunstancias diversas había recibido el mismo mensaje. También él, estaba seguro de ello, debía haberlo emitido muchas veces en sus años de vagabundeo, por más que ahora, aposentado en esta playa, hubiera encontrado una paz que lo hacía por completo superfluo.
       Luego el momento de peligro pasó. Todos se relajaron, tal vez por efectos del café; o del fuego, que traía a la memoria una solidaridad antigua, anterior a las ciudades.
       El muchacho sonrió enseñando sus dientes cariados y la muchacha hizo una mueca que podía ser interpretada como amistosa. Podrían haber sido náufragos rescatados de una historia de tormentas y piratas.
       –¿Vives solo aquí? –preguntó finalmente el visitante.
       –Sí, desde hace mucho.
       –No se está mal, ¿verdad? ¿Hay ratas?
       –Ninguna que no se pueda cazar y comer, si hace falta.
       La muchacha hizo un gesto de asco. Horacio se apresuró a añadir:
       –Es una broma. Nunca he comido ratas. No hace falta. Aquí se consigue buena comida, aunque no demasiada.
       –¿Pescas?
       –No, por Dios. Los peces no me han hecho ningún mal. Eso no quiere decir que desprecie una empanada de cazón, pero si puedo evitar mojarme los pies, mucho mejor.
       –Mi papá tenía un bote –dijo la muchacha-, pero nunca me llevó a pescar. A mis hermanos sí. Decía que las mujeres no tenían que estar en los botes, que traían mala suerte. Como si esa mierda le hubiera traído muy buena suerte. Igual perdió el bote por andar de borracho. Mi mamá decía que pobrecito, le habían montado una brujería para que se echara a perder.
       Al final, la convivencia con la pareja resultó más fácil de lo que supuso en un primer momento. Se ubicaron en una de las habitaciones cercanas del primer piso –había muchas disponibles, cuatro pisos de ellas– y podían pasar días enteros sin que se cruzaran más que al anochecer, cuando todos volvían de sus vagabundeos. En general, era Horacio quien primero llegaba al edificio, hacía café y se sentaba en su colchón, no a esperarlos exactamente, pero sí deseando verlos y comprobar una vez más que no se habían hecho daño a sí mismos o a otros. Tenía la sospecha, hasta cierto punto gratuita, de que eran peligrosos, no para él, que apenas existía al margen de su mundo, sino para la gente corriente, esa que vive en casas o apartamentos –no importa si ricas o miserables– y a veces se aventura de noche en las calles, y también para ellos mismos, cada uno para el otro y cada uno para sí.
       Una vez los había visto discutir en lo que en el tiempo antiguo debió haber sido el estacionamiento del edificio, aunque apenas si entendió los motivos ya que las voces no le llegaban con claridad, apenas gritos y gruñidos que tomaban la forma azarosa de insultos y malas palabras. Ambos ardían de furia malamente contenida, pero era la muchacha de cuerpo mezquino y estatura escasa quien vibraba en una nota más alta, más pura, más cercana a un centro de límpida violencia. En la mano derecha sostenía un pedazo de vidrio que acercaba a la cara de su compañero –tenía que levantar mucho el brazo, lo que resultaba un poco risible– y luego retiraba hasta dejar la mano colgando, inofensiva en apariencia. Así habían seguido un rato, sin hacerse verdadero daño, y luego los había visto abrazarse y besarse en las incómodas posturas que exigían sus tamaños tan desiguales. 
       “El gigante y la virgen encinta que vino de Liliput”, de algún lugar de su deteriorada memoria le vino aquella frase que reconocía como no del todo acertada, pero que sin embargo describía bien a su pareja de acompañantes. Claro, la muchacha no estaba embarazada, al menos a él no le constaba, y no tenía aspecto de virgen, eso seguro, pero sí parecía habitante de Liliput y el joven sí era un gigante flaco y encorvado, famélico y medio idiota.
       A veces pasaban días en los que no sabía nada de ellos. Él continuaba con su rutina: levantarse casi al alba; caminar por la playa; saludar a los que trotaban o caminaban –era una figura habitual y muchos se detenía a intercambiar unas palabras convencionales con él–; esperar a que las empanaderas estuvieran listas y mendigar una o dos empanadas; hacer los trabajos ocasionales que le encargaban: recoger hojas en el patio del doctor Mendoza, botellas en el bar Las Palmas, sacar la basura de dos o tres casas. De estas actividades sacaba la comida, un poco de bebida y algo de dinero. Sus compañeros preferían otros derroteros, otras zonas de la extensa playa o tal vez la avenida. Venían a dormir o no venían según unos ritmos que él nunca pudo determinar.
       Un día, mientras acarreaba basura hasta unos grandes contenedores, se le acercó un policía. Vestía de civil, pero no podía ser otra cosa con la ropa que llevaba: camisa celeste, corbata roja, zapatos negros, pulidos, que comenzaban a cubrirse de arena. No hizo falta que mostrara ninguna identificación.
       –¿Tú eres el que vive en el edificio azul y blanco?
       Horacio ni siquiera consideró la posibilidad de negarlo.
       –Sí.
       –¿Hay alguien más viviendo allí?
       –Una pareja, un muchacho y una muchacha.
       –Ajá. Un tipo alto y una tipa bajita.
       –Así son.
       –¿Los viste hoy?
       Horacio pensó un momento.
       –No. No fueron a dormir anoche.
       –¿Cuándo fue la última vez que los viste?
       –Ayer en la mañana.
       –Ya. Bueno, si los vuelves a ver no les digas que estuve preguntando por ellos. Si les dices me voy a enterar y no te va a gustar. Mañana en la noche me paso por allá.
       Pero el hombre no volvió y la pareja tampoco. Nunca supo por qué los buscaban, aunque escuchó rumores sobre una pelea en las cercanías de un bar de la playa con botellazos y cabezas partidas. Fuera como fuera, no dejaron más rastro que los cartones y trapos sucios que usaban para dormir; éstos permanecieron en la habitación que habían ocupado y Horacio solía ir a contemplarlos por un rato, sobre todo en las tardes, cuando volvía de sus faenas diarias. Entonces salía al exterior; a esa hora se habían marchado casi todos y la arena refulgente, las acompasadas olas y la nítida línea del horizonte se abrían como un escenario vacío en el que se representara su vida. Su ánimo tornaba hacia el ensimismamiento, y trataba de recordar, en un proceso en el que en definitiva no participaba el pensamiento, cómo era tener una familia.
       ¿Cuánto hacía de eso? Como siempre ante este tipo de interrogantes, no tuvo una respuesta precisa. Un poco antes de que lo trajeran al asilo, cree. No muchos meses antes, ahora está seguro, porque pronto aquel ánimo melancólico se le transformó en verdadera abulia, esa desesperación que se expresa calladamente, en silencio y recogimiento exterior. Casi dejó de salir y redujo sus comidas a una diaria. Adelgazó más allá de todo lo que creía posible. El mundo se le borraba paulatinamente y él se borraba para el mundo. Las sensaciones y las emociones mermaban como sus propias funciones vitales. Sólo quedaba la callada desesperación sin cuerpo a la que aferrarse, sin uñas ni carne. Una desesperación que era a la vez ansia de muerte y lucha contra la muerte.
       Alguien debe haber dado aviso a una insospechada oficina gubernamental y algún enmohecido dispositivo burocrático se puso en marcha en forma de ambulancias y paramédicos. Primero lo llevaron a un hospital y días, semanas o meses después al asilo. En el hospital le cortaron el pelo y las uñas, lo bañaron y alimentaron, y esto no estuvo tan mal, aunque también lo inyectaron una cantidad insufrible de veces, le dieron a probar pastillas que le revolvían el estómago y no le proporcionaron nada de alcohol, lo que estuvo a punto de volverlo loco. Sus protestas eran débiles, formularias, nadie las escuchaba. Luego lo trasladaron al asilo en una ambulancia, aunque esto último lo supone, porque no guarda memoria del traslado ni de su llegada.
       Horacio abre la boca como para gritar o llamar a alguien. Ningún sonido sale de ella. Mira a los ancianos en el jardín, incapaz de comprender qué hace allí. Durante unos horribles segundos todo se desplaza en torno a él a una velocidad vertiginosa. Manchas luminosas y coloreadas; abismos que se abren a sus pies. Pero todo pasa igual de rápido: no se ha movido, los pies firmes en el suelo, las manos agarran con fuerza el borde del banco de cemento en el que está sentado –si pudiera le clavaría las uñas. Sus compañeros son los de siempre y él se desprende de las imágenes del recuerdo como quien emerge de un pesado sueño. Estos bruscos despertares le suceden con frecuencia. Está en un sitio, viviendo ciertas cosas, con cierta gente –en su antiguo edificio junto a la orilla del mar; o junto al río, entre los peligrosos niños que vivían bajo el puente, por ejemplo– y de golpe se encuentra aquí, rodeado de viejos y de monjas. Los viejos estaban bien, le recuerdan a sus compañeros de la calle; en cambio, las monjas podían exasperarlo con su abnegada solicitud. ¡Ah!, no más, no más lamentos. Estira los brazos y busca el sol, como quien aparta un velo.
       –Parece que te hubieras acabado de despertar –dice un viejo con cara de cartón arrugado.
       –Todavía no, pero falta poco –contesta Horacio, sonriendo.

 

 

 

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Una respuesta a “Rubi Guerra: “El velo”

  1. Horacio es un hombre afortunado: de hacer nada, pasa a ser atendido. Quizá este personaje sea símbolo de esperanza para los otros que, como él –antes de ingresar al asilo-, siguen viviendo debajo del puente. Así, pues, en un futuro, Horacio señalará con el índice el lugar exacto en dónde podrán hallarse los demás vagabundos. Es un esperanza que caiga el velo sí y sólo sí se multiplica exponencialmente el “dispositivo burocrático” que benefició a Horacio –gracias a una oportuna llamada desconocida a una “insospechada oficina gubernamental”-. Sigo creyendo que Horacio es afortunado: sonríe al último, pese a tener en la memoria: (1) un primo ahogado en el río –“corriente de negrura que pudiese tragarse las almas de los que se acerquen a sus orillas”-, (2) más de un desdichado ser tosiendo y escupiendo en sueños cerca del río, (3) un niño mugriento con cuchillo en mano y (4) una pareja de jóvenes que se pierden debido a las penosas circunstancias que viven en edad productiva. Horacio, en su última intervención, no despierta y cree que lo hará más tarde. El velo no cae si sólo uno de los vagabundos se salva, mientras que los demás perecen.

    Buena prosa; disfruté su sencillez narrativa y la primera línea me llevó al final sin interrupción alguna. Me gustó la descripción temporal “Los automóviles de la calle cercana circulaban cada vez más espaciados”, pues indicó el cese en el tráfico vehicular y, por ende, el avance de la noche.

    Saludos, Sr. Guerra.

    Rahamani Añez

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