Eduardo Muslip: “¿Quién enciende el fuego?”

letras de humo 

En esa zona de Buenos Aires había cada vez menos gente. Beatriz habitaba, sola, una de las grandes y viejas casas sobre la calle Perdriel, frente al largo paredón que cerraba el manicomio municipal. Siempre fue una de las calles más solitarias del barrio de Barracas, incluso en el tiempo en que las fábricas, negocios y clubes estaban en actividad. Los últimos meses, todo se veía aún más desierto: los locales de sindicatos y partidos políticos, que nucleaban algo de la vida social de la zona, también habían cerrado.
        Mientras calentaba agua para un té, Beatriz se quedó mirando a la japonesa que sonreía desde el almanaque de la pared. Nunca le habían gustado los orientales, pero ese almanaque era el único que había recibido, y allí fue colgado. Era la única presencia humana en la cocina; Beatriz terminaba normalmente con la mirada dirigida hacia la foto. Como siempre, no correspondió a la sonrisa, e incluso su expresión se hizo más adusta: pensó que debería descolgarlo. Ese almanaque era de 1975 y ya casi terminaba 1976; no había conseguido otro para renovarlo. Había que tirarlo de una vez, como tantas otras cosas que invadían esa casa.
        Beatriz vivía allí desde su casamiento, treinta años atrás. Nunca le gustó la casa: no se sentía cómoda porque, decía, había debido compartirla con toda la familia de su marido y otros parientes más o menos cercanos. Su hijo creció allí y luego se casó y mudó; los otros parientes también se fueron yendo o muriendo. Aunque la época en que la rodeaba esa multitud ya era muy lejana, seguía sintiéndose incómoda; se movía nerviosamente por la casa como si se supiera observada, o como si en cualquier momento pudiera ser abordada por alguien a quien le respondería con brusquedad.
        Ella ocupaba sólo uno de los cuartos; los demás eran inutilizables por la humedad y porque todavía guardaban demasiados restos de antiguos ocupantes, que habían quedado allí con la promesa de que alguna vez serían retirados. Había un patio central con piso en damero; una estrecha escalera de cemento comunicaba con la terraza y con el cuarto mejor conservado de la casa: una especie de altillo donde estaba la biblioteca que había sido de su suegro, Don Máximo. Él había llegado de España muy joven, a principios de siglo, y trabajó en talleres gráficos y sindicatos anarquistas; en poco tiempo formó una biblioteca con libros de ediciones baratas, diarios y revistas que reencuadernaba él mismo. Los anaqueles cubrían en su totalidad las paredes del cuarto. Desde los años treinta su actividad gremial y sus compras de libros se redujeron mucho, pero conservó la biblioteca hasta su muerte, un año atrás.
        —Un día —anunció Beatriz a su vecina— voy a quemar las porquerías que me dejó todo el mundo.
        —Empezando por los libros de Don Máximo.
        Beatriz y Rosa se conocían desde hacía muchos años, y no siempre se habían llevado bien, pero tenían mucho en común. Eran de la misma edad, habían enviudado, y sus hijos casi no las visitaban. Compartían también algunos firmes odios, por ejemplo, hacia Don Máximo, por el que siempre se habían sentido despreciadas. A nadie en la familia le había interesado nunca la actividad política de Máximo, y éste, tan poco correspondido en sus intereses, siempre había tratado a sus parientes con irritación: a su mujer, a sus hijos, a las mujeres de sus hijos, e incluso a los vecinos más cercanos. Ya anciano, cuando debió depender de los cuidados de Beatriz, la relación fue todavía peor. Murió después que su esposa e hijo, dejando sola a su nuera a cargo de la casa, de sus muebles y de su biblioteca.
        —Además —insistía Rosa— no conviene que tenga ese tipo de libros.
        —Ya se los va a llevar mi hijo. Son cosas de hace más de cincuenta años, mujer. Qué peligro puede haber.
        —En Miravé, allá, pasando el almacén, entró la policía, o los militares, y no quedaron ni los libros ni la gente.
        — ¿Dónde? ¿En qué casa? ¿La que está justo después del almacén? ¿O la que está al lado del portón metálico?
        —No, no, creo que la de más allá.
        A Beatriz siempre la fastidió ese tipo de comentarios de su vecina. Nunca tenía información clara sobre nada, lo que le hacía sentir que le mentía, o que le retaceaba los datos más importantes, o que sus intenciones no debían ser del todo buenas. Además, Rosa tenía la costumbre de visitarla justo después de la siesta de la que Beatriz emergía con la cabeza pesada y a la vez nerviosa, hasta que tomaba un poco de lexotanil y se le pasaban por un rato la pesadez y los nervios y podía pensar mejor. Pero mientras tanto, la vecina la obligaba a concentrarse, a pedir precisiones, y se exasperaba: no quería hablar con ella y ansiaba que se fuera, pero siempre se quedaba algo más de lo necesario; al final le sonreía y se iba, con esa sonrisa más falsa que la de la japonesa del almanaque, y Beatriz se sentía todavía más nerviosa que antes y un poco angustiada. ¿Para eso tenía vecinas?, se preguntaba después, con amargura.
        Beatriz siempre tuvo problemas para dormir, y durante toda su vida tomó sedantes, pero en los últimos meses estaba peor: sufría un miedo creciente de estar en la casa sola. Los comentarios de su vecina la hacían sentir más insegura, y se despertaba varias veces a la noche, por más que hubiera aumentado la cantidad de sedantes. A veces, incluso, le parecía que eran los sedantes los que la despertaban, pero si tomaba menos no le hacían ningún efecto, por lo que estaba ante la espantosa contradicción de que las consecuencias tanto de aumentar como de reducir las dosis eran agravarle la vigilia. ¿Por qué su hijo no se llevaba los libros de una buena vez, como había prometido? La excusa de su nuera era que en el nuevo departamento no había espacio; debía esperar unos meses a los modulares que pondría en el living, que aún no podía comprar; el dinero no alcanzaba. Pero señora, le decía, son libros de hace más de cincuenta años, no hay ningún riesgo, basta, con el tono del que sabe que acude a una razón inobjetable en apariencia pero que en realidad no tranquiliza ni convence a nadie. Una noche, Beatriz despertó con la convicción de que su nuera le dejaba los libros a propósito, como todos los que le dejaban las cosas y hacían su vida y la abandonaban en esa casa con la basura, molesta o incluso peligrosa. Confiaba en esas ideas que se formaban durante el sueño, ya que cuando estaba despierta se le ocurrían pensamientos propios de su permanente estado de confusión, de malestar, o influidos por las malintencionadas opiniones de los otros, como las de su nuera y de su vecina. Sí, quemaría los libros. Además, era increíble, indignante, tener que pasarla mal por culpa de su suegro, que siempre les había hecho la vida imposible con las cuestiones de política. Así que los quemaría ese fin de semana mismo. 
        Rosa la alentó: quemar cosas ahora no llama la atención, todo el mundo quema cosas, pero tal vez en un tiempo sí, dicen que no van a dejar que la gente haga fuegos, incluso van a prohibir los incineradores, dicen; quién dice, preguntó Beatriz, dónde escuchó usted eso, empezando otra vez a irritarse. En la televisión no dijeron nada, afirmó. En la televisión no dicen nada de nada, respondió Rosa, lo habré escuchado en la radio, o lo leí en algún diario, agregó, e hizo con la mano con un gesto de vaguedad, como sugiriendo que sus fuentes de información eran tan diversas que costaba identificarlas. Cerró el tema, para pasar a lamentarse por la ingratitud de su hija, que no la veía pero que, desde su divorcio, la obligaba a hacerse cargo de su nieto los fines de semana, que ya tendrá doce años y será dócil y tranquilo pero que no deja de ser una responsabilidad. Tampoco ese tema agradaba a su interlocutora: Beatriz casi no veía a su propio hijo ni a sus nietos, desde que se habían mudado a un departamento pequeño en el que ella no tenía lugar ni como visita. Además, sabía que Rosa recibía al chico de buen grado, y le molestaba que se hiciera la víctima. Es un buen chico, dijo Beatriz. La vecina lo reconoció, y le prometió enviarle a su nieto para que la ayudase a bajar los libros, ese sábado mismo.

 

Daniel golpeó la puerta a la hora de la siesta, según habían convenido las dos mujeres. Es la mejor hora, pensaron, nadie sale a la calle, pocos notarán que en la casa se ha hecho un fuego. Cuando Beatriz le abrió, Daniel se sintió intimidado; en el instante en que vio a la mujer percibió de golpe que tal tarea debía ser hecha no por él sino por una persona mayor. Iba seguido a la casa, los fines de semana; ella le abría la puerta muy sonriente, y se olvidaba de él al instante, no despreocupada sino con aire de estar atenta a otras cosas o a personas que no se veían o, como le decía su abuela, a cosas que sólo estaban en su cabeza. A veces lo miraba y le sonreía o le decía algo, y otras veces pasaba a su lado como si ni él ni nada existiera; tanto cuando lo miraba como cuando lo ignoraba, el chico no sentía que hubiera sobre él ningún control, ninguna capacidad de exigencia, ningún reproche serio posible, como sí era de esperar en lo de su abuela. Durante las horas en que él recorría los cuartos semiabandonados, la terraza, o se trepaba al árbol de nísperos de la casa del otro lado, Beatriz casi ni aparecía: se recostaba un rato, dormía o veía televisión, volvía a aparecer unos minutos, volvía a encerrarse en su cuarto. Más tarde le ofrecía un café con leche, que aceptaba.
        Ese día, la mujer le sonrió pero se la veía más nerviosa que de costumbre, y más alerta frente a él y a la actividad inminente que a esos problemas que sólo estaban en su cabeza. Hay que bajar ya las cosas, le indicó, y subieron juntos, abrieron las puertas de vidrio de las bibliotecas y empezaron a sacar los libros de los estantes. Hace tantos años que está esto acá, tantos años, decía la mujer con el tono que solía usar antes de anunciar que se iba a tomar una pastilla; se quedó mirando un estante semivacío y a la vez se le cayó una pila al piso. Entonces se alteró más y casi gritó que en ese espacio no entran los dos, que a ella el polvo le hace mal y que los vaya bajando él. El chico supuso que sería difícil separarlos del estante o algo así, no entendía por qué ella repetía lo de los años cada vez que sacaba algunos libros de su lugar. Daniel empezó a bajarlos, la tarea era tan simple, y por suerte ella se había ido, evidentemente lo podía hacer mejor que la mujer, que en el altillo era como una mosca atrapada en un frasco de vidrio.
        ¿Quién enciende el fuego?, le preguntó después Beatriz. ¿Sabés encender un fuego? Él negó con la cabeza; le vino la imagen de los preparativos de un asado, de los que todavía sólo era espectador. Apenas había vaciado unos pocos estantes, y ya estaba cansado de subir y bajar esa escalera, y fastidiado por recibir la atención de la mujer. Daniel estaba por ponerse de pie e irse a la terraza, abandonando la tarea que le habían asignando, cuando ella, vacilante, acercó un fósforo a un libro. Descubrieron que las tapas no se encendían enseguida, pero las hojas sí, con una facilidad que casi asustaba. Se quemaban de un modo que hacía pensar que era raro que hubieran sobrevivido tanto tiempo, o que era el destino que tarde o temprano debían cumplir. Las tapas se resisten, e incluso dan mal olor, observaba Beatriz, quién sabe si no será tóxico, esto me va a provocar más dolor de cabeza, como si Don Máximo lo hubiera premeditado.
        El fuego fascina a Daniel, que continúa su tarea de bajar los libros para seguir alimentándolo, pero el papel se quema con tanta rapidez que a veces la hoguera amenaza con apagarse, y hagamos que se quemen también las tapas, dice Beatriz. ¿Echamos un poco de querosén?, pregunta el chico. Ella duda, teme que el chorro forme un puente de fuego hacia sus manos. El querosén es traicionero, sentencia. ¿Por qué no avivar la llama haciendo viento? Lo intentan, pero dispersan demasiado polvo. Ciertos libros se queman con mayor lentitud, y por un buen rato la tarea se organiza bien: él los acarrea y ella los reúne; por fin consiguen un fuego y un ritmo de trabajo regular. La rutina, la atracción por las llamas, los llevan a un silencio que no interrumpen mientras los libros se van metódicamente transformando en cenizas, que Beatriz remueve cada tanto con un palo.
          Absortos en la tarea, se sobresaltaron con los golpes en la puerta: un miedo súbito que desapareció junto con la voz de Rosa. Siguieron trabajando, algo menos concentrados.
        —Si viera esto Don Máximo. Tan orgulloso que estaba de sus libros. Las horas que se pasaba encuadernándolos —dijo Rosa—. O si lo viera su mujer, que les sacó el polvo durante tantos años.
        Era frecuente que comentaran cómo la esposa de Don Máximo, a pesar de los problemas que había tenido por la vida política de su marido, había dedicado a la biblioteca el mismo amoroso cuidado que a la cocina, al dormitorio o al baño. Era tan buena mujer, pero tan sumisa, concluía siempre la evaluación de Beatriz y la vecina.
        —Después de todo, a quién le pueden importar esos libros —continuó Rosa.— Ya esos sindicatos no existen, y ahora menos. Toda esa gente que trabajaba con don Máximo, ya todos muertos desde hace tanto tiempo.
        Era difícil determinar para quién o para qué estaba hablando, y sus comentarios no producían en los otros reacción alguna.
        —¿Qué son esos libros grandes?— preguntó Rosa. —¿Son enciclopedias? A lo mejor las puede dar a una escuela.
        Se acercó al libro, que todavía no estaba en el fuego, y lo abrió. Beatriz vio, desde cierta distancia, el contenido de las páginas, grandes leyendas e ilustraciones. Las palabras aisladas que llegó a ver —luchan, FORA, victoria, huelga— le hicieron recordar la voz de su suegro; el texto dejó de tener más de cincuenta años para hablarle directamente con una voz que no tenía en absoluto ganas de escuchar. Se acercó a su vecina con paso decidido, le sacó con cierta violencia el libro de las manos y lo devolvió a la pila a la espera del fuego.
        —Son puro papel, nomás. Los diarios del sindicato. No sirven para nada; Don Máximo encuadernaba cualquier basura. Eso es lo primero que se quema.
         El chico tomó el libro. Lo puso, abierto, al fuego. La luz creció más que nunca. Daniel lo colocó no en el medio de la hoguera sino un poco al costado, de modo de no tapar demasiado la llama y a la vez para que el fuego diera de lleno sobre las hojas; aprendía rápido, observó Beatriz. La vecina miraba, pensativa, la nueva destreza de su nieto.
        —Daniel tendría que volver a su casa —sugirió Rosa. —A hacer su tarea. Además, tanto tiempo cerca del fuego es peligroso.
        —¿Qué tarea? —preguntó el chico.
        —¿Qué peligro hay? —dijo Beatriz.— Falta poco, mujer.
        La vecina no insistió; comentó que necesitaba descansar y se fue, después de indicarle que en un rato debía hacer volver a Daniel. No, si lo voy a secuestrar, pensó Beatriz, crispada.
        Retomaron su armonioso ritmo de tareas. En un momento ella se sentó a un costado, súbitamente agotada. Quería irse a dormir, pero tenía que continuar. ¿Tomaba un pedacito más de lexotanil o no? Debía pedirle una nueva receta a su médico, no le quedaba mucho. Tuvo ganas de llamarlo por teléfono, para confirmar que el lunes estaría. Era un psiquiatra muy importante, había trabajado en el manicomio hasta que se jubiló. Ya no le daba pastillas gratis, pero igual le gustaba visitarlo. Podía consumir un pedacito extra; igual lo visitaría el lunes. Ahora ella debía superar, como sea, esta tarea insoportable, no habrá sido un error hacer todo esto, es un calvario, quería decir, y observó a Daniel: la impresionó su expresión seria, concentrada, tan infantil y adulta.
        —¿Alguno de estos libros te puede servir para la escuela? —le preguntó.
        Daniel se sobresaltó, y se quedó sin saber qué responder. Él tenía libros nuevos, hermosos manuales. Pero todavía faltaba que le compraran algunos, y de golpe aparecía el riesgo de que, con la excusa de que eran lo mismo, lo obligaran a llevar a la escuela alguno de esos espantosos libros viejos, mientras sus compañeros seguirían estrenando relucientes ejemplares comprados en la librería.
        —No. La maestra quiere que compre los libros nuevos —dijo. —No son lo mismo. Tienen más cosas.
        —Claro. Éstos ya no sirven, están desactualizados, son de hace más de cincuenta años —evaluó, con la voz insegura. No quería decir ni escuchar más que eran de más de cincuenta años. No la convencía. Junto con ese tema aparecía de nuevo la voz de su suegro tratándola como a una tarada y procurando a la vez convencerla de no se sabía bien qué, basta de convencer a nadie de nada, casi le dice al chico, terminemos de quemar todo y punto.

 

Al rato, ya no quedaba nada en el altillo, y el fuego empezó a reducirse. Daniel miraba la hoguera con cierto desencanto. Parecía haber supuesto que, después de estar encendida tanto tiempo, de haber sido tan alimentada, tenía que durar más; era un poco decepcionante que dejara de haber papel y el fuego se acabara así como así. Además, su mirada dejó de estar atraída por la luz y notó la proliferación de cenizas a lo largo de todo el patio. Beatriz intentó barrer, pero las cenizas se levantaban por el viento que creaba la misma escoba. De los pesados libros quedaban apenas esas trazas leves, volátiles.
        Daniel se acercó a una hoja suelta a un costado del fuego casi extinguido. Estaba carbonizada, y sin embargo era posible leer el texto, las letras negras sobre el fondo gris de ceniza. Acercó un dedo, y notó que se disolvía al tacto. Entonces sopló con suavidad, y parte de la hoja se deshizo. De cuclillas mirando lo que quedaba del papel, se preguntó si habría alguna forma de conservar la hoja. Tocó un costado, y su dedo simplemente retuvo parte de la ceniza. Era imposible. Iba a ponerse de pie y sintió un enorme cansancio en las piernas, había subido y bajado tanto. Miró a la mujer que había ayudado y, aunque sabía que no era exacto decir que había hecho la tarea presionado por ella, le surgió un tipo de resentimiento, como si Beatriz, de alguna forma, lo hubiera engañado. Ella, o su abuela, o el fuego que desaparecía como si nada.
        La mujer también se veía cansada y fastidiada. La energía que había recuperado volvía a desaparecer, y no estaba segura de que esta vez pudiera resistir. De todas formas, llenó un balde con agua y lo arrojó al patio. Las cenizas dejaron de volar, los restos se hicieron más visibles y negros pero se quedaron quietos. Siguió tirando agua. Daniel no tenía lugar en la tarea de limpieza, ni quería tenerla. Además, había quedado atrapado en un costado, rodeado por la repentina inundación. Sólo tenía acceso a la escalera a la terraza.
        —Echá un vistazo al cuartito, fijate si realmente no quedó nada.
        Subió rápido por la escalera, más con la intención de alejarse de Beatriz que de cumplir la orden; sin embargo, entró al altillo y miró con alguna atención. Quedaban unos papeles sueltos, y tres libros. Por primera vez, tuvo la idea de mirarlos un poco. Momentos después, se asomó a la escalera.
        —Queda esto, nomás.
        —Tiralo desde ahí arriba.
        Daniel dudó. Quería conservar uno, un libro que había llegado a hojear, cuyo título lo había atraído.
        —Me quisiera quedar con éste. La mujer no dijo nada.
        —Es un libro para chicos —agregó, como si imitara la voz de un mayor hablándole a un niño.
        —¿Para chicos? Ahí no hay libros para chicos.
        —Me lo pidieron en la escuela —respondió, vacilante.
        Beatriz le preguntó qué libro era ése. Él lo dijo. Ella no lo conocía, pero algo en el título lo condenó: le pidió a Daniel que lo tirara, también.
        ­Él arrojó todo, casi encima de ella, y corrió hacia la terraza. Beatriz los recogió y los puso en la bolsa de basura en la que empezaban a acumularse los restos de la tarde.

 

Beatriz se sentó en uno de los escalones, mirando el patio empapado. Le parecía que se iba a morir. Tenía que irse a acostar. Ya había pasado mucho tiempo de pie. Pero supo que era el momento de hacer el último gran esfuerzo: iba a concluir la limpieza. No podía irse a acostar y dejar esa sucia inundación. La idea de que se hiciera de noche y que el patio permaneciera así le pareció horrible, y hasta peligroso. Las piernas le temblaban, y transpiraba, pero seguiría, pensaba, mientras trataba de concentrarse en limpiar por zonas, sin afectar las otras, y veía sus progresos y se sentía mejor, incluso con nuevas fuerzas; a veces las pastillas, cuando no respetaba el impulso de acostarse, le daban más energía, lo que era terrible cuando no tenía nada que hacer, pero ahora era conveniente: el patio iba a quedar perfecto.
        Y supo, por fin, que el enorme esfuerzo había valido la pena. Casi abandonó en el último momento, pero ahí estaba el patio reluciente, el altillo vacío, después de tantos, tantos años. El aire pasaba feliz de la terraza por la ventanita del cuarto y seguía hacia el patio, se llevaría el olor a papel viejo. Ya ni rastros de esa biblioteca que había sobrevivido a tanta gente. Estaba orgullosa, por fin se había sacado eso de encima, le parecía increíble que no lo hubiera hecho antes, agradeció al destino haber llegado a vivir ese momento. La casa era libre como una cáscara vacía, como un barco que puede flotar liviano sin ninguna carga, en un viaje libre de todo destino.
        Beatriz subió a la terraza a disfrutar más del fresco del atardecer. Miró los techos de las casas vecinas, el gran parque detrás del paredón del manicomio. Todo se veía más vacío que nunca. Desde allí veía lo que quisiera, y nadie la miraba. Cada vez hay menos cosas y personas en todos lados, notó, y la idea la alivió aún más. El viento se llevaba el olor a quemado, el tiempo se llevó a otras personas, las enfermedades a otro grupo, los militares o la policía se llevan ahora a otros, y ni siquiera se ven en el parque del manicomio a tantos locos como antes. ¿Se llevarán también a los locos?, se preguntó. Recordó su miedo a que se la llevaran de noche y se sintió feliz al reconocer que ya no temía nada. Oh, dormiría tan bien esa noche. Bueno, un poco de miedo sí tenía, muy poco, pero el nuevo pedacito de lexotanil lo borraría, se lo llevaría como el agua había limpiado las cenizas.
        Aún quedan cosas para quemar, pensó. Lo que habían dejado las otras personas, que no era peligroso pero molestaba. El almanaque con la japonesa, y tanto más. La ilusión del nuevo proyecto iluminaba sus días futuros. Debía aprovechar que el gobierno todavía dejaba quemar cosas. El chico la asistiría. Vio que estaba al otro lado de la terraza, sentado en el borde, mirando el árbol de nísperos. Recordó la indicación de Rosa, de que él debía volver en un rato, y se enojó otra vez; qué mujer imbécil, siempre hablando de más, creería que ella iba a dejarlo encerrado en el altillo toda la vida. Estaba llegando el momento en que podía echarse a dormir un rato, lo necesitaba más que nunca. ¿Debía prepararle al chico un café con leche? Iba a ofrecérselo, pero siguió un repentino impulso de decirle que volviera a la casa de su abuela, y bajó a acostarse.

 

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