Salvador Fleján: “Miniatura salvaje”

 

bolanofotocomienzo 

A Judit Gerendas, por los recuerdos floridos.

 

Roberto Bolaño, alberca del Hotel Ávila, Caracas, julio de 1999. Puede que todo haya sido culpa de Domingo Miliani, aunque visto los acontecimientos lo más probable es que no sea cierto. Sin embargo (y ahora que me lo pienso detenidamente): ¿a quién demonios puede importarle ese detalle?

 

A propósito, y lo que sigue a continuación tendría que ir entre paréntesis: Domingo Miliani es uno de los pocos genios que conozco. Los otros, los demás, son poetas. Pero Domingo Miliani no. Domingo Miliani es ensayista. En él, me parece, se concentran todas las utopías a la que aspira el escritor latinoamericano. ¿Qué veo cuando veo a Domingo Miliani? Veo a un hombre valiente e inteligente, veo a un hombre bueno. Pero ahí está que no le hicimos caso. Entre otras razones porque no le hemos hecho caso a nadie, salvo a Rimbaud y Lautremont. No hacerle caso a Miliani, como es obvio deducir, acarreará consecuencias. ¿Cuáles? La verdad no las tengo muy claras. Sin embargo, y cuando me pongo a pensar en ellas, las palabras “horror” y, específicamente “catástrofe”, me vienen a la mente como un tren descarrilado.

 

El asunto es que estaba aquí, al borde de esta alberca esperando a Miliani cuando los vi aparecer. Eran tres. De lejos parecían tres fantasmas o tres presidiarios. A medida que se acercaban ya no parecían fantasmas ni convictos sino ángeles exterminadores. Me preocupó no llevar efectivo conmigo en ese momento. Pero no era dinero lo que en realidad pretendían, aunque eso lo sabría más tarde. En un acto reflejo, que en otras circunstancias pudo  haberme costado la vida, me palpé los bolsillos del saco en busca de un traveler check conciliador. Mis dedos, empero, toparon con  los blisters vacíos de mis medicinas. Eso me recordó el motivo por el cual estaba solo delante de aquella alberca: antes del viaje, había olvidado abastecerme lo suficiente de mesalazina e inositol. Me angustiaba no poderlos conseguir acá y esa aprensión se la había transmitido irresponsablemente a Domingo Miliani que, sin un ápice de sorna, me dijo que Venezuela  no estaba en el continente africano. Que ya vería él qué podía hacer por mí.

En ese momento no quise ser descortés con mi anfitrión y replicarle que no se trataba de un problema de “continentes”; que si así fuera, hasta en el mismísimo continente europeo era difícil conseguir no tanto la mesalazina y el inositol, que ya era una odisea, sino el ácido ursodesoxicólico que, si a ver vamos, es lo que me mantiene en pie. En fin, en eso pensaba cuando el trío me rodeó. ¿Tendrá tiempo para nosotros?, dijo el que parecía el líder del grupo. Lo dijo con una cortesía divorciada de su aspecto. Acto seguido hizo la presentación de los otros dos que lo acompañaban. Aquí vale la pena detenerse un momento. Bien mirados, el par en cuestión recordaba a esos actores de vodevil de los años treinta. El más alto, al que llamaban “Tonelada”, era monstruosamente gordo, tenía rostro de bebé malévolo y afectaba una media sonrisa que podía significar muchas cosas. El otro era moreno, de pelo muy crespo y pronunciaba las erres como un andaluz, aunque resultaba evidente que no lo era. Se llamaba Jacobo. No era tan bajo, pero al lado del otro parecía un enano de circo. Sin mucho rodeo dijeron (aunque en realidad quien habló fue el Jefe) que necesitaban llevarme a un lugar donde me harían entrega de un “reconocimiento”. Huelga decir que no creí ni una palabra. Pero el que fungía de líder insistió con tal vehemencia que de haberme negado no sé qué hubiera pasado. Lo digo sobre todo por  el gordo, que ya se había colocado a un costado mío y al que podía sentirle una respiración afanosa, como de rinoceronte herido. Para ganar tiempo (y cuando recuerdo esto no sé si reír o llorar) les argumenté que antes tenía que avisarle a mi mujer. Fue una reacción imbécil, eso no necesito justificarlo, pero fue lo único que se me ocurrió. “No tenemos tiempo, señor Bolaño”, dijo el Jefe y fue cuando sentí la mano de Tonelada sobre mi hombro.

 Gritar como un poseso y pedir auxilio fueron opciones que barajé secretamente mientras caminábamos. Pero a medida que sentía la inercia de aquella mano en mi hombro, esa posibilidad languideció en el lago sin fondo donde van a parar todos los deseos incumplidos. Por otra parte, tampoco creo que sirviera de mucho. Una razón práctica me asiste: en la alberca -y con mucha probabilidad en todo el hotel- no había un alma a esa hora de la tarde.

 

Estúpidamente me tranquilizó que el grupo no utilizara el protocolo de vendarme los ojos antes de introducirme en el coche. En ese sentido existieron diez razones prácticas para no hacerlo, aunque demorarme en ello me parece una soberana tontería.  

Lo que sí merece atención, o por lo menos un minuto de nuestra atención, era el coche. Parecía sacado de una película posnuclear de bajo presupuesto. Estaba pintado de un color impreciso que podía ir del azul metalizado al azul de metileno. Gastaba llantas demasiadas anchas y un letrero desleído anunciaba la palabra “taxi” de un modo precario encima del techo.  La tapicería de los asientos -que recuerdo roja-, era de un tejido extraño. Sin ningún problema podría haber sido terciopana, gamuza o peluche. En todo caso lo que sí recuerdo con suma nitidez era su sensación al tacto: algo entre ilegal y lujurioso, como una poltrona de burdel.

También me tranquilizó, aunque más bien debí preocuparme, el montón de copias mimeografiadas de lo que presumí era un fanzine literario. “Si son poetas no corro peligro”, pensé con candidez. Pero a la vez colegí que si alguien era capaz de bautizar una revista con el nombre de “El Proxeneta” nada bien podía andar de la cabeza. Esto lo confirmé cuando le pregunté al tal Tonelada si podía echarle un vistazo a uno de los ejemplares. La mole ni siquiera volteó a mirarme. “Es una sorpresa para el acto”, intentó explicarme el Jefe mientras trataba de encender el coche.

Cuando finalmente nos pusimos en marcha, ya el sol se había ocultado y dentro del auto reinaba una oscuridad que sólo puede calificarse de alarmante. En dos intentos que hice por “aclarar la situación”, el Jefe lo único que dejó muy claro fue que no soltaría prenda hasta el momento del homenaje (usaba alternadamente las palabras “homenaje”, la palabra “acto” y en ocasiones la palabra “reconocimiento”, como si utilizara las palabras “ejecución” o la palabra “ajusticiamiento”).

“Nosotros también somos escritores, ¿sabe?”, dijo Jacobo, el moreno de las erres andaluzas. “Tonelada no escribe, eso se nota, ¿verdad? Pero él nos cuida. La gente como nosotros necesita de alguien que la cuide. Por eso lo tenemos. Estése quieto y todo bien. ¿Todo bien?”

Mientras escuchaba esto, el taxi parecía flotar por las calles de Caracas. En Venezuela apenas tenía un par de días y era bien poco lo que conocía. Casi no había salido del hotel. Carolina, mi mujer, sufría aún los rigores del jet lag y el apetito lo había perdido por completo. Eso me tenía un tanto preocupado y tuve que hacer acopio de fuerzas para asistir a dos compromisos que la gente de Celarg me había pautado. En fin, la ciudad que se me ofrecía desde aquella cochambre rodante no era lo que yo hubiese querido llevarme de souvenir, pero así vinieron las cosas y así las recuerdo.

Desearía pensar que lo que alcancé a ver estuvo condicionado por el miedo, la oscuridad o el hambre que a esa hora de la tarde me asaeteaba. Pero eso sería salirme por la tangente. Si pudiera, me gustaría resumir todo lo visto en una sola palabra. Una “palabra-aleph”, si es que tal cosa existe. “Desamparo” sería una muy buena candidata, aunque me temo que la palabra correcta bien podría ser otra.

 

No sé en qué momento fuimos a parar a lo que supuse era el extrarradio de la ciudad. Creo que lo adiviné o lo intuí por la basura, por los esqueletos de coches abandonados y por los rostros fantasmales que se sucedían uno tras otro.

El caso es que nos detuvimos frente a una vivienda humildísima, casi una obra limpia. El Jefe y Tonelada se bajaron abruptamente del automóvil. Hubo en aquella acción algo infantil y, sobre todo, injustificado. Lo digo por lo que sucedió a continuación: se dirigieron mansamente a la casita y llamaron a la puerta con demasiada familiaridad. Una anciana asomó los ojos por el visillo y la conversación (si es que la hubo) dilató apenas unos instantes. Lo que sí logré ver con claridad fue la transa. La anciana, con una habilidad que sólo la práctica otorga, tomó los billetes arrugados de la mano del Jefe y casi al mismo tiempo hizo aparecer un pequeño envoltorio anaranjado. El Jefe, que no le iba atrás a la vieja en asuntos de dedos ágiles, guardó el paquetito en un bolsillo de su chamarra y se despidió con un gesto vago y secreto, como extraído de la masonería.

Mientras ocurría esto, Jacobo permaneció mucho  tiempo en una postura extraña. En un principio creí que se estaba escondiendo, pero ¿de quién o de qué? Para mi sorpresa, lo que hacía Jacobo era otra cosa: registraba debajo de su asiento. En eso dilató, calculo, unos quince segundos, puede que menos. Cuando finalmente halló lo que buscaba, me fue difícil distinguir lo que sostenía en las manos. Pensé en un arma. Y ese pensamiento se concatenó directamente con otros dos. Por una parte pensé en Pollock, el pintor esquizoide. En Pollock y sus drippings. Pensé, también (y la asociación se me antojó natural), en Tarantino, el cineasta histérico. En Tarantino y sus parabrisas salpicados de masa encefálica, sangre y mierda. Pensé en todo eso. Pero aquello que  sostenía Jacobo definitivamente no era un arma. ¿Qué sostenía Jacobo en sus manos? Ríanse, pero no era sino un viejo tocacintas. Uno de esos aparatos que obviamente ya no se consiguen en el mercado por la sencilla razón de que ya nadie utiliza casetes. ¿En qué momento las ensambladoras de autos dejaron atrás el tocacintas en favor del lector de CD? No lo sé y lo más seguro es que no llegue a enterarme jamás. Pero era eso, un viejo y jodido tocacintas del tipo extraíble, con su maraña de cables posteriores colgantes, como si se tratara de una medusa de utilería.

Jacobo ajustó el tocacintas en una oquedad perpetrada en el frontal de la consola en el preciso instante en que el Jefe y Tonelada abrían de nuevo las puertas del taxi.  

 

El olor a mota dentro del coche por alguna razón me incomodó. No sabría decir por qué. Falta de costumbre, quizás. Pedí bajar unas de las ventanillas y sucedió igual que cuando solicité hojear uno de los ejemplares de El Proxeneta. Aunque esta vez no hubo argumentos y tampoco escuché las palabras “acto” u “homenaje”. Simplemente me ignoraron olímpicamente. Parecía como si les hablara a unas estatuas de sal. Entonces hice lo que se supone suele hacerse en estos casos: me recliné hacia atrás y traté de relajarme. Pensé en Carolina y en Lautaro. Pensé en el viaje a Santiago que emprenderíamos juntos tan pronto como acabara todo esto. También tuve otros pensamientos, pero esos no vienen al caso. 

     

Creí que soñaba cuando comencé a escuchar la música. La sensación auditiva, como era lógico, quise atribuírsela al efecto “fumador pasivo”. Sin embargo, no tardé en caer en la cuenta de que la música no provenía de . Lo que escuchaba, muy a mi disgusto, era fruto de un fenómeno más mecánico que psíquico: Jacobo había insertado un casete en el tocacintas.

El Jefe comenzó a hablar:

—Lo que viene a continuación, señor Bolaño, es un juego— dijo mientras me escrutaba por el espejo retrovisor. Su voz sonaba pedagógica y amenazante, como la de una maestra de kindergarten sexualmente insatisfecha.  

Miré a mi lado a ver si Tonelada participaría del juego: vi a un gigante benigno que babeaba por las comisuras. Comprendí, entonces, que mi custodio jamás sería capaz de hacerle daño a nadie, salvo a sí mismo.

Ignoro de dónde saqué valor para preguntar de qué se trataba el “juego”. Sin embargo no hubo tiempo de escuchar respuesta alguna: unos rotundos violines dirigidos por Domenic Frontiere me hicieron comprender que aquello, de alguna manera, no era un juego; por lo menos no en el sentido canónico. Intentaré explicarme: Domenic Frontiere (eso, con seguridad, lo sabe todo el mundo) es el compositor del tema incidental de la serie Los invasores. “Los invasores, 1967-1969”, repetí mental y estúpidamente.

La grabación, técnicamente hablando, no era de las que uno atesora en un archivo musical. El Jefe continuaba observándome por el espejo y en su rostro atisbé un mohín de impaciencia. Entonces lo dije: “Los invasores, 1967-1969”.

Reconozco que lo de las fechas fue un acto de vanidad, algo que, mire por donde se mire, no se me había exigido, pero sentí que había que decirlo y lo dije.

El verdadero juego comenzaría luego. Decir que hubo maña en colocar en seguidilla a Mannix, Petrocelli y El planeta de los simios en modo alguno es una justificación. Resultaba evidente que más allá del afán de confundir, el “mensaje” que se me quería enviar entrañaba algo más: Mannix y Petrocelli son melodías casi siamesas, podría decirse incluso que fueron grabadas una detrás de la otra y pagadas con un mismo cheque: idéntica sección rítmica, misma trompeta jazzeada, igual toque aventurero en la parte B de la pieza. Pero colocar a ambas al lado del apocalíptico Planeta de los simios, eso sin duda constituía una trampa. ¿Tenía algún sentido todo aquello? Ahora bien, quien quiera que hubiera dispuesto el orden de los temas (¿el Jefe, Jacobo, el azar?), sabía muy bien lo que hacía. Haber intercalado Misión imposible en el lote hubiese constituido un insulto al cerebro. Vuelvo a explicarme: las obras maestras no definen a un genio. A un genio lo definen sus imperfecciones. Rara vez arte y verdad son compatibles: Misión imposible no es sino el epítome de un genio y, el “epítome”, como se sabe, no es sino una suerte de decadencia gloriosa.

—Lalo Schifrin  —dije.

También dije las fechas: Mannix 1967-1975. Petrocelli 1974-1976. El planeta de los simios (insólitamente una sola  temporada: 1974). De las tres series, la que sin duda atraía mi atención era Petrocelli. Eso no es difícil de explicar. En los años en que la transmitían (aún vivía en la colonia Lindavista del DF) además de leer en exceso, también malgastaba demasiado tiempo mirando la televisión. Petrocelli me interesó por tres razones: 1) Anthony Petrocelli era un rico abogado de Harvard en el umbral de la jubilación. 2) Producto de las presiones de su mujer, manda a construir una fabulosa casa para el retiro de ambos. 3) Esa contingencia, no se sabe por qué, lo lleva a comprar un motorhome.

Pero aquí viene lo que hace de esa serie algo para el recuerdo: Petrocelli, un día cualquiera (quiero imaginar un día de verano, amarillento), pondrá en marcha su motorhome y, como un Peter Fonda senil en busca de su destino, se lanzará por todos los estados de la Unión al encuentro de algo que lo defina como ser humano. A cada pueblo que llegue, el veterano abogado se verá involucrado en una seguidilla de peripecias, juicios e investigaciones que lo harán sentirse  útil a la sociedad y, por supuesto, a sí mismo. Petrocelli, entonces, se convertirá en un místico forense y su gran virtud será no saberlo. Eso era lo llamativo, lo inquietante o lo incandescente de Petrocelli, todo depende de cómo lo interpretaras.

 

Mis primeros malestares comenzaron cuando el taxi enfiló hacia una autopista ancha, oscura y ahíta de baches. Los estivales arreglos de Bill Conti atronaban por las cornetas al tiempo que mi colédoco esclerosado amenazaba con jugarme una mala pasada. Los opening themes de Conti, incluso para los oídos más descaminados, poseen ese aire decididamente burgués que resulta casi imposible no asociarlos con viñedos lujosos y mansiones de fábula. Pero ni aquello era la soleada California y tampoco nos adentrábamos en los límites de un rancho consagrado a la cría del Shorthorn: un letrero vial, con abolladuras de calibres imprecisos, dificultaban la lectura de la palabra “Guarenas”.

Desde hacía un buen rato sentía que el aire escaseaba dentro del coche. Esa sensación no me hubiese alarmado por sí sola de no haber venido acompañada de un dolor circunflejo que, ora se aposentaba en mi costado derecho, ora serpenteaba a través de mis  costillas hasta enseñorearse en algún lugar de mi espina dorsal. Me debatía entre vomitar o responder, no sin vergüenza: “Dinastía, 1981-1989. Falcon Crest, 1981-1990”.

El taxi hizo dos amagos de apagarse antes de entrar en un camino de grava que luego, inopinadamente, se transformó en un pantano espeso. “Arena movediza”, pensé a despecho de los escépticos del Discovery Channel. Sin embargo el taxi, en una maniobra que me hizo sospechar de un oculto sistema de tracción, apenas si patinó antes de salir del atolladero.

 

Así anduvimos un trecho largo hasta que un bar apareció de pronto ante nosotros. Aunque en realidad el sitio no era más que una choza. Una edificación incapaz de desentonar en el corazón de Kenia, Luanda o Timor Oriental.

–Llegamos –dijo el Jefe y se frotó absurdamente las manos como si hiciera un frío tremendo. Yo, de buena gana, me hubiese echado una siesta encima de un iceberg.

En el bar había dos personas y mucho ruido. Una señora obesa trapeaba el piso con un vaivén inconsolable y tenaz. Con decisión, intenté seguir hasta el baño. Tonelada me siguió y de pronto sentí que todos mis males y urgencias desaparecían como por arte de hechicería. Desistí y tomé rumbo a la barra. Fue peor. Un Kenny Rogers, mucho más delgado y cetrino, me encaró como si yo le debiese algo. 

–Lo estábamos esperando –dijo aquel hombre y me condujo, ceremonioso, hasta una mesa en el fondo del tugurio.

El sitio, con algo de producción, hubiese subyugado a los buscadores de locación de Robert Rodríguez. Nunca la llamada “otredad” estuvo mejor representada. La rockola, colocada al lado de una tarima minúscula, lucía como el único rasgo moderno presente en el lugar. Las mesas, las sillas y hasta la barra parecían provenir de un siglo indeterminado y atormentado. A juzgar por la insistencia del doble de Kenny Rogers, tuve la sospecha de que el anisado era la bebida oficial del local. 

El Jefe, Jacobo y Tonelada habían desaparecido por una misteriosa puerta lateral pero al rato reaparecieron acompañados de un tipo cojo y con facha de personaje de Dickens. “Un Uriah Heep tropical”, pensé encandilado por la guayabera de flores y los mocasines blancos.

–Señor Bolaño, conozca al promotor del evento –dijo el Jefe señalando con gesto versallesco al fulano de camisa estridente. El dolor en mi costado había retornado con fuerza y levantar la mano para corresponder el saludo sin duda le hubiera agregado más dolor al que ya existía. Opté por asentir con la cabeza; alternativa que juzgué la más clínicamente correcta.

Tonelada fue a la barra por las bebidas y esa fue la oportunidad de oro para escabullirme al lavabo. En el camino rogué por la improbable existencia de una ventana de escape. Sin embargo, ese tipo de giros sólo ocurren en las malas películas. Cuando entré, hube de toparme con la previsible  fetidez de los baños sin ventilación.

Retorné a la mesa en peores condiciones de las que me fui. Afortunadamente, en mi ausencia, sucedieron algunos hechos que lograron serenarme. Las copias mimeografiadas de El Proxeneta reposaban sobre la mesa  y fue entonces cuando las palabras “acto”, “homenaje” e incluso “evento” comenzaron a cobrar sentido. Sin pedir permiso, tomé uno de los ejemplares y comencé a examinarlo.

Los gustos de los editores eran eclécticos y rocambolescos, por no decir descabellados.  Eso sin hacer mención del diseño, que poseía la extraña virtud de lo ingenuo y lo atroz concentrado en un mismo espacio. El único punto destacable radicaba en un hecho meramente accidental: la publicación andaba ya por su tercer número. Eso, si no constituía un logro, al menos calificaba como milagro.

 –¿Qué le parece el proyecto, señor Bolaño? –preguntó el promotor cojo.

–Están muy bien los ensayos  –dije refiriéndome a uno en específico y que en realidad era un plagio perpetrado a Letras Libres. Lo firmaba un tal A. Linares y estaba ilustrado con dos calaveras haciendo el 69. El artículo de fondo, como era de suponerse, lo habían consagrado a Los detectives… y en él abundaban los ditirambos zalameros y las erratas inverosímiles. En alguna parte, el entusiasta articulista había querido lucirse con la palabra “trogoldita”.

Como guinda, alguien colocó una foto -mal bajada de la Internet- que me hacía lucir como el personaje del Grito de Munch.

Acto seguido vendría uno de los momentos más absurdos de mi vida. En la tarima, y sin que yo me percatara de ello, Jacobo instaló un improvisado sistema de sonido y nos hacía señas para que nos acercásemos hasta allí. Me preocupó que el  doble de Kenny Rogers ya tuviera el micrófono en las manos.

Es difícil esperar brevedad de alguien que comience un discurso con la amañada fórmula: “no soy un orador”. La siguiente media hora sólo serviría para confirmar ese prejuicio. Por otra parte (y el detalle puede resultar nimio), costaba ver a aquel personaje y no imaginarlo, al lado de Dolly Parton, subsumidos en una almibarada orgía country.

Cuando el hombre paró de hablar, yo no podía sostenerme más en pie. Pedí una silla pero ya nadie me prestaba atención: había llegado el momento del brindis y el grupo batallaba con el corcho de un tintorro que, ignoro cómo, fue a dar allí.

El líquido, de una extraña coloración sulfurosa, atravesaba las hojas mustias de El Proxeneta cuando tuve a bien desmayarme.

 

Que se sepa, la ciencia aún no logra determinar si es posible soñar en estado de absoluta inconsciencia. Todo el mundo sabe que los sueños son simples elaboraciones que requieren de un mínimo de alerta, de una bombilla o una antorcha encendida que nos guíe por esos abismos. Por ello resultó extraño, aunque no disparatado, que antes de despertar en los brazos de Tonelada me vinieran a la cabeza aquellas secuencias oníricas herederas, si no saqueadas, de alguna página de Rodrigo Rey Rosa. Aquí comparto una de ellas:

Se trata de B, asombrosamente –un ex amigo. Está sentado frente a una cámara de vídeo, mirándola fijamente. Levanta una pistola, se la pone debajo del mentón y dispara. Un desastre. Hay sangre y partículas de seso  en el suelo, en la pared. Aparece una mujer (el ama de llaves) y comienza a limpiar la sangre (y lo otro) con un trapeador. La cámara gira para enfocar un televisor con videocasete. El ama de llaves enciende el televisor, introduce una cinta y la echa a andar. Aparece B. Está sentado frente a la cámara, y lee apologías del suicidio por distintos autores. Al terminar la lectura, levanta la pistola, que ha mantenido oculta, mira fijamente a la cámara, y todo empieza de nuevo.

 

Al cabo de un rato, que pudo ser quince minutos, pero también una hora, volví en mí sin el suficiente aplomo mental como para digerir lo que a continuación vería. El doble de Kenny Rogers cantaba algo de Leo Dan, sin la magia de Leo Dan. Al Jefe no lo veía por todo aquello y Jacobo discutía acaloradamente con el promotor. Tonelada, en un gesto que bien podía recordar a la Piedad,  pero que en modo alguno era el de la Piedad sino el de un niño que abandona un juguete, me depositó en una descabalada silla en un rincón del salón.

De pronto, la música del karaoke cesó.

 Alguien echó una moneda a la rockola y ésta emitió un rugido primario, como de mamut. Sin que viniera a cuento, comenzó a sonar una bella melodía que intuí folclórica o eso me pareció. Era fácil aislar el sonido de un arpa con las cuerdas muy tensas. El ritmo, por otra parte, era cadencioso y arrebatador, como si invitara a un sacrificio maya. Tonelada se colocó ambas manos en la espalda y de nuevo comencé a ponerme nervioso. Pero no había de qué preocuparse: eso apenas sería el prolegómeno de una extraña danza que mi custodio se aprestaba a obsequiarnos. En fracciones de segundo, el paquidermo torpe se metamorfoseó en una libélula ladina que correteaba por entre mesas y sillas, dando unos zapateos vigorosos que hacían estremecer el piso. La canción era una elegía a un caballo muerto. Un caballo al que había fulminado un rayo. De eso hablaba la letra y a medida que se acercaba el desenlace de la historia, Tonelada redoblaba sus zapateos con más y más fuerza. En un momento dado se detuvo, abrió los brazos y, como si fuera a planear, se dirigió directo a donde Jacobo. Se produjo, entonces, uno de esos silencios teatrales e incómodos. Ese tipo de instantes nefandos por los que suelen pasar  los actores que olvidan sus parlamentos. Pero quizás eso sólo sucediera en mi imaginación. Tal vez no haya ocurrido momento fallido alguno puesto que no tardaron en trenzarse en un baile que desde mi atalaya percibí austero y hermoso. Un baile que, visto con buena voluntad, hubiese pasado por una danza tradicional, pero que  si uno afinaba el ojo más de lo necesario podía advertir cierta tensión sexual.

En este punto, algo imprevisible ocurrió.

Cuando los representantes de la ley echaron la puerta abajo, Tonelada y Jacobo descansaban sus frentes apoyadas una encima de la otra. El gordo tenía asido a su pareja por la nuca y se susurraban palabras que yo adivinaba dulces. Cerré los ojos y quise estar en la Antártida. Intenté visualizar pingüinos, paisajes gélidos.

Tonelada y Jacobo cayeron al piso, como fulminados por el rayo que preconizaba la canción, sólo que el rayo había tomado la forma de una porra policial y en menos de lo que toma decir “chucha” el bar se había convertido en un pandemoniun. El Jefe y el promotor tardaron en aparecer y, cuando lo hicieron, éste último traía una herida sangrante en el mentón que le confería cierta dignidad trágica. Un policía de labio leporino y mirada astuta, pateaba al doble de Kenny Rogers con refinada crueldad detrás del mostrador.

Esperaba mi turno para la paliza cuando la señora del trapeador me hizo señales desde la cocina. Con más voluntad que esperanza me levanté de la silla y me dirigí hasta ella. Mientras lo hacía, un manto invisible pareció cubrirme en el trayecto.

La cocina era uno de esos lugares de los que es mejor olvidarse pronto si uno pretende comer con apetito el resto de la vida. La señora me tomó por el brazo como quien ayuda a un convaleciente  y me condujo a través de un pasillo renegrido de hollín e impregnado de un olor que he tratado de obliterar sin éxito.

Cuando salimos al exterior, me sorprendieron dos cosas. Tres, para ser precisos. No estábamos en la parte norte del local sino en el  sur. El taxi aún permanecía estacionado en el mismo sitio y ya el sol comenzaba a despuntar por entre unas colinas xerófilas y fantasmales. Una penosa luz blanca lo iluminaba todo.

La señora del trapeador volvió a desaparecer dentro la choza y mi sensación de desamparo rápidamente se transformó en terror. Entonces me puse a darle vueltas al coche en redondo. No sé qué pretendía lograr con aquella acción, pero de alguna manera eso me tranquilizaba. En esas estaba cuando el policía de labio leporino salió al descampado.

Miliani no hubiera permitido que me pasaran estas cosas”, me dije a mí mismo, seguro de haber leído o escuchado algo similar en algún sitio.

Lo que siguió a continuación puede parecer confuso, pero trataré de ajustarme a los hechos.

Detrás del policía, a poca distancia, venía también la señora del trapeador. El policía traía una porra y malas intenciones. La señora un matero con flores que a esa hora de la mañana me fue imposible descifrar. Yo seguía dándole vueltas en redondo al taxi. El policía, como es lógico, logró darme alcance a las primeras de cambio. Pero la señora del trapeador no permitió que yo recibiera el primer porrazo: el matero que sostenía en las manos hizo diana en la nuca de mi agresor. El golpe era para dormir a un caballo, pero el policía apenas se atontó. En el ínterin, la señora del trapeador me deslizó un manojo de llaves. Por el dado de peluche supe de inmediato que eran las llaves del coche.

El dado había caído en seis.

Lo recogí, dudoso, de mi buena suerte.

El coche encendió al primer giro de llave. Entonces entendí que atravesaba por una buena racha. Las buenas rachas no suelen durar mucho: la mía duró hasta que recordé, espantado, que jamás había conducido en mi vida. Mi aprendizaje fue apremiado por dos detonaciones que hasta hoy desconozco dónde impactaron.

El resto fue una pesadilla de senderos bifurcados, pendientes espeluznantes y problemas con el motor. Pero lo más extraño fue la música que me acompañó en el trayecto. Cuando el coche encendió, sincronizadamente lo hizo también el equipo que Jacobo había instalado en el auto. Pude reconocer, entre muchos, algunos temas a los que jamás les hallé un autor confiable: Tres son multitud, Tierra de gigantes y hasta una versión en inglés de El Zorro que en el DF hubiesen odiado. Ese fue mi  soundtrack  hasta que estrellé el coche contra un container de basura.

 

Todo lo demás puede contarlo con mayor rigor Domingo Miliani, quien jamás creyó la historia que ahora cuento. Para él (y yo jamás le quité razón) lo mío tan sólo había sido un capítulo más de la leyenda del escritor loco latinoamericano. No me gusta la imagen del escritor loco latinoamericano. ¿Pero quién soy yo para estropearla?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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4 comentarios

Archivado bajo Venezuela

4 Respuestas a “Salvador Fleján: “Miniatura salvaje”

  1. Norberto José Olivar

    carajo, amigo Fleján, ahora sé por qué murió Bolaño… la verdad siempre sale a flote, tarde o temprano… Lo felicito, es excelente su relato!!!
    Un abrazo.

  2. Manuel Hernandez

    Les felicito el sito está muy bueno.

    Si tengo un cuento, ¿a donde puedo enviarlo, para ver si merece ser publicado?

    Saludos.
    MH

    • cuatrocuentos

      Manuel, muchas gracias por tu comentario. Y en cuanto a tu pregunta, podés enviar tu cuento a cuatrocuentos@gmail.com .
      Nuestra dinámica es así: en la medida de nuestras posibilidades (de tiempo, básicamente), vamos leyendo el material que recibimos, y en caso de querer publicarlo, contactamos directamente al autor.
      Te mando un saludo
      Pia

  3. Estupendo cuento, sin duda. En cualquier momento me animo con “Intriga en el car wash”.

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