Moira Irigoyen: “Todos los gatos descienden de los faraones”

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Había leído, de los tres miedos más difundidos en la encuesta F de Finnegann’s Wake Morning, una revista norteamericana, el tercero era el miedo a la muerte (un miedo que llevaba más adeptos entre los jóvenes); el segundo a quedar encerrado, lo que aparentemente obligaba a las personas a arañar (¿leyó usted sobre los casos de catalepsia?, decía uno de los apartados color, típicos de la revista, recuadros con que rellenaban la página, no más de 2000 o 2500 caracteres, a ojo de buen periodista), a arañar hasta calcinarse las uñas contra las superficies de cal, cemento o madera. E.A. Poe dixit. El tercero, y aquí venía lo más sorprendente, era a hablar en público.

      En eso estaba pensando cuando el médico enumeraba sus tres P, en orden de peor a mejor, o de mayor a menor, los campos del cuerpo donde podía originarse el mal: PPP (y recuerdo haber pensado en una colección que había dirigido: Psicología-Psiquiatría-Psicoterapia, y que me había dado un conocimiento del campo psi local tan vasto como para evitarlo por el resto de mis días): Páncreas-Pulmón-Pito. Claro, él no dijo “pito”, fue mi traducción automática –siempre nos reímos con Peter de los recursos para nombrar el “órgano”, piedra, papel o tijera: pija-falo-pito, y siempre nos quedamos con el ecuménico, amable, elegante pito.

 

      Y ahora, eso estaba recordando mientras avanzábamos por la calle Libertador con Marcia, una amiga que había sido de los dos, o más bien de él, pero que el tiempo había revertido en amiga mía, del mismo modo que las hormigas andando siempre hacia delante sobre un plano terminan volviendo al lugar de donde salieron. Allí estábamos, Marcia y yo, deslizándonos por esa avenida por donde tantas veces nos habíamos deslizado, sólo que en otro giro de la cinta de Moebius, como explicaba Lalo en casa de Marcia, intentando graficar esa trayectoria sobre el papel plateado que Marcia extendía sobre la mesa ratona, un trazo que empezaba en el dorso del papel, en su esquina, y que, después de dar una voltereta en el aire, volvía al lugar inicial sin haber despegado la punta del lápiz. Ahora, el mismo, exacto viento despeinándonos la cara, los mismos anteojos, oscuros, de vampiresa, a una hora en que los vampiros no existen, y menos existiendo el vampiro mayor que nos había reunido. Y sin embargo allí estábamos, indiscerniendo cuál era el comienzo y el fin de una amistad, cuál el número 1 y el número 2. Ése era el campo más extraño de compartir con Marcia, porque lo que me había llevado a tocarle el timbre ese sábado de noviembre, no había sido el vampiro mayor, el número 1, Peter, sino el número 2, una versión degradada, y no sólo porque se llamaba Pedro a secas –demostrando que los fonemas ligeros, volátiles, del inglés ya no tenían cabida en mi idioma–, sino porque compartíamos un campo minado por las ausencias, como si después de siete años, los nombres que en algún momento evocaban a personas de carne y hueso –Peter, Lalo, Andrea la pastora, el tipo al que conocíamos con el nombre de Geniol– hubieran quedado reducidos a meros nombres.

      De las tres P la peor es el páncreas, había dicho el médico con claridad mientras yo miraba fijamente el cuadro que colgaba detrás de su cuello, a esa altura, un cuadro de dudoso gusto, no más que las palabras que pronunciaba con tanta certeza. Seguro no es la última, le aseguré a Peter a la altura de sus rodillas, después de haberlo arrinconado contra la pared del cuarto no bien llegamos a casa, seguro no es ésta, decía yo, sintiendo la arcada que subía por mi garganta, no es, seguro, esperando que el líquido blanco, pastoso, me diera su bendición.

      Y cuando salió “pulmón” festejamos, con la risa hundida en el rictus de la agonía anticipada –siempre fui un tipo equilibrado, decía Peter, mi madre me enseñó las bondades del justo medio, Olga, doña Olga, como yo la llamaba, que pasó a esperarlo con manzanas verdes en los ceniceros y vasos de agua en cada cuarto, por si la tentación.

      El primer y último recipiente, eso son las madres, le digo a Marcia, mientras vamos por Libertador hacia la casa de la madre de ella, una casa de pasillo al fondo, por donde subía hace siete, diez años, una santa rita de flores fucsias. Un patio con macetas y malvones, y un gato al que Marcia había bautizado Bebop.

      ¿Cómo está Bebop?, le pregunto, y Marcia niega con la cabeza. Su pelo renegrido sigue idéntico, cortajea el brillo del sol.

      Hace un par de años que no está. Pero está Teodofilus II.

      ¿Y cuál es Teodofilus I?

Hay que decir que Marcia siempre bautizó bien. Cuando lo llamó Geniol a Geniol –eso tienen los nombres: cuando son buenos se incrustan a las personas como un abrojo, y ya no hay manera de separarlos– todos largamos la carcajada: un tipo de músculos y tatuajes con dos rizos a los costados de la cara que lo hacían tan parecido al dibujo de las aspirinas. Mayorista o minorista, nunca supimos, como nunca supimos de qué vivía Marcia, cómo hacía para tener casi todas las noches en el departamento de Córdoba y Ayacucho unas cervezas frías en la heladera y las puertas abiertas, siempre abiertas, mientras ella, atareada, rondaba en su casa como si fuera una visitante más.

Teodofilus I fue un gato de mi viejo del que siempre me hablaron. Decían que tenía ojos azules, y una tira negra que le cruzaba el lomo y que le daba el aspecto de un príncipe. Por eso tenía nombre de rey.

Ya veo. ¿Y después vendrá Bebop II, como los reyes, que van pasando de Enrique a Carlos o de Margaret a Elizabeth una y otra vez?

Por qué no…, me dice Marcia, mientras coloca sus manos en el aire arriba de mi cabeza, formando un círculo. En su casa me estuvo hablando del llo-rey, o cho-rey –o yo-rey, la cargo–, una técnica japonesa que está aprendiendo y que se parece a todas las que la escuché describir a lo largo de los años. Con Peter nos reíamos del cóctel de orientalismos, química y hospitalidad que era Marcia, y seguro no habríamos podido perseverar si le hubiera faltado la última cualidad, esa capacidad de hacer de su casa un refugio, un lugar donde se podía tocar el timbre y encontrar voces en circulación, un largo diálogo en permanente funcionamiento. Ninguno sabía mucho del otro, yo no sabría decir qué hacía Andrea la Pastora, ni dónde vivía Lalo: las conversaciones anclaban en otra parte, o más bien no anclaban, surgían y se desarrollaban vaya a saberse con qué rumbo, extendiéndose a lo largo de la noche de modos inesperados. Por eso después fue tan difícil el encuentro con Marcia, porque sin el telón de fondo de las voces, de su manera de andar por el departamento, sin la amenaza de la llegada de Geniol o la visita de la vecina de piso, el encuentro con ella se volvió algo virgen y vagamente doloroso, un lugar donde yo no sabía cómo hacer pie. Ella no, ahora creo que ella fue siempre idéntica a sí misma, y que los avatares, las circunstancias en que va cuajando el flan de la vida, fueron o son para ella un pasadizo, mientras que en mí se solidifican con la vida misma, toman el cuerpo que luego se hará recuerdo y paralelamente dolor.

Es una técnica para alejar los tremendismos, dice Marcia, mientras yo me enderezo en mi asiento. Hace maniobras para no rozarme la cabeza. El llo-rey no incluye el tacto, sólo las energías sutiles, me explica mientras intento no rozarla, las que se transmiten por el aire.

Marcia, me vas a hacer chocar.

Vos tratá de mantenerte derecho.

Y enumera las virtudes del masaje japonés a distancia.

Pero es que necesito girar la cabeza.

No seas tonto. Te va a hacer bien.

Parados frente al semáforo, otros conductores nos miran y cuchichean, ella con las manos alrededor de mi cabeza, enviando “radiaciones”, me dice.

La última vez que te vi estabas haciendo masaje griego. Parecía más divertido, le digo mientras arranco con el semáforo verde.

No vayas a creer…, dice ella enderezándose en el asiento y abriendo su cartera, últimamente me interesan más los contactos de este tipo que los otros… Y ahora abre la ventanilla y deja exhalar una bocanada de humo.

Ahá…, digo, mientras doblamos por la calle Echeverría. Creo que a Marcia siempre le interesaron más los contactos fraternos que la intimidad de los cuerpos. Creo, no sé.

Es increíble lo que pueden los cuerpos, le digo, descubriendo que fueron mis codos los que dieron la orden de doblar. La casa de la madre de Marcia estaba en Echeverría y Montañeses, lo recuerdo ahora mientras nos vamos aproximando.

¿Supiste que los animales un rato antes del tsunami se volvieron locos y el tipo del zoológico los tuvo que liberar? ¿Y que se salvaron todos subiendo a una montaña?

Busco estacionamiento en la calle Echeverría. Nada.

Cómo cambió este barrio en tan pocos años…, digo, mientras pienso en el tsunami y doy la concebida vuelta a paso de hombre, buscando un espacio vacío.

¿Pocos años…? ¿Te parece?

Para mí es como si los encuentros en su casa hubieran sucedido ayer. Ésa es la diferencia con ella. Me resulta inverosímil que no tengamos que preparar con Peter el pastel de choclo que llevábamos a la casa de Marcia los últimos tiempos. Porque pasó así: pasamos de noches rotundas –donde entre otras cosas conocí a Peter– a encuentros con tarta de choclo una vez que descubrimos que ésa era una de la comida favorita de los tres. Sobre todo en la época de las tres P, una época breve pero que contó con las buenas intenciones de todos. Choclo, zucchini, o queso crema, el mundo pasó a girar bajo la inspección de la tabla nutricional. Hasta Geniol, tan poco adicto a los vegetales, le hizo lugar a los bocados de berenjena en un costado de la mesa ratona.

Damos con un lugar en la calle Pampa, a la vuelta de la casa de la madre. Mientras miro hacia atrás por el espejo retrovisor –el espacio es chico y la maniobra tiene que ser bien justa– veo las manos de Marcia que se asoman por el espejo y me rondan la cabeza.

¿No será que me vas a hacer santo, tanto dar vueltas por la coronilla?

Shhh… , silba Marcia. Vos terminá de estacionar y dejame a mí… Un poco de silencio, por el amor de dios..

Me río. El auto no tiene dirección hidraúlica y me obliga a dar vueltas y mirar por los espejos un par de veces, mientras escucho a Marcia murmurar cosas. Qué chica. En los primeros tiempos del departamento de Córdoba, bastaba que alguien anunciara un dolor de cabeza, una contractura de cuello, para que nos hiciera extendernos en el piso y nos llamara a silencio intentando ensayar alguna curación. Pero no éramos buen público. La posición horizontal, enrevesados entre las patas de la mesa y los puff de cuerina que había en el living, nos alentaba al chacoteo, al ping pong de chistes. Yo muchas veces me acomodaba allí en el piso con traje y conjeturaba en voz alta el costo de la tintorería –trabajaba en una empresa de publicidad– y una vez lo vimos quedarse dormido a Geniol, un verdadero milagro, como sostenía Marcia señalándolo mientras nos apiñábamos a su alrededor, el hombre que nunca duerme. Así, dormido, parecía un personaje de circo, los tatuajes perdían su nervadura vital y los rizos le caían a los costados de la cara dejando ver el tramo central de la cabeza, calva, al que nunca llegábamos porque era el más alto de todos.

La primer cosa es que te calles un poco, me dice Marcia, cuando el ruido del motor cesa. No le dieron el premio a la cortesía, siempre lo supe.

Ay, Marcia, Marcia… me había olvidado cómo eras… A los demás les pedís silencio para poder hablar vos.

¿En serio?, pregunta, y me ofrece un cigarrillo.

Niego con la cabeza.

Artículo prohibido por la Constitución de 1996.

Ella se ríe. El 96 no sólo fue el año de Peter, también el del enfisema de su padre.

¿Y cómo andás?, me pregunta de sopetón mientras baja la ventanilla. Yo, que estaba a punto de salir del auto, me quedo a mitad del gesto.

Qué sé yo…, resoplo. De golpe me baja un súbito cansancio. Los últimos días fueron extenuantes, ahora me doy cuenta. Llamados desde San Pablo, desde Curitiba, desde Morro de las Rosas, llamados de Pedro con acompañantes, de él solo a los gritos, ronroneos indescifrables en el contestador, insultos.

No estaba acostumbrado a… ciertos vaivenes…, digo y la imagen de Pedro de los primeros días con la camiseta blanca con la que le gusta presumir, me asalta. Es tan joven como para suponer que el reborde de la camiseta contra su piel morena es capaz de mover montañas. Yo lo dejé perseverar en el error, o en esa suerte de malentendido, y ahora estoy pagando las consecuencias: escenas en la puerta de mi departamento que espantan a los vecinos, llamadas fuera de lugar… Ni él abandona los gestos de chiquillo traicionado o traicionador, ni yo le doy el portazo que merece.

A veces no están mal los vaivenes, dice Marcia, mirando fijamente hacia delante..

¿… Y vos?, le pregunto. En los últimos encuentros nos hemos vuelto más frontales, ya no tenemos el coro de fondo que acolchaba nuestros intercambios.

Marcia mira hacia la ventanilla.

Bien, podría decirse que bien. Ando con algunas ideas en la cabeza… que vamos a ver… estos días estuve soñando mucho, y me parece que sí… que voy a encarar…

¿Soñando… ?, le pregunto.

Eso tiene Marcia. Le otorga a todas las cosas el mismo ránking de realidad.  ¿Soñando con qué?

Bebés en una batea. Una especie de lago con bateas amarillas y rosas… Y yo tenía que cruzar el lago para rescatar a uno que estaba llorando.

No me vas a decir que estás embarazada…, le digo, y de inmediato me arrepiento un poco. Tal vez esas cosas no se deban decir a una mujer.

¿Y por qué no?, me increpa, un poco molesta. Pero también ella se retracta rápidamente. No… no… no estoy embarazada…

Tal vez yo me quedé en el tiempo. Si con algo se podía amedrentar antes a Marcia era con la amenaza de un bebé. Ésa, creo, fue uno de las cosas que alejó a su novio de Misiones –ella es de Misiones, lo supimos luego de un tiempo–, si es que no fue que se espantó con la vida de su novia en la capital. La primera vez que lo vimos, le tomamos un poco el pelo: no sabíamos quién era, Marquitos, y Marcia no era del todo clara. Pero sí nos dimos cuenta que algo pasaba porque esos días no apareció Geniol y ella incluso cocinaba, ¡cocinaba!, algo impensable para nuestras reuniones nocturnas. Nunca habló mucho de él, por eso tampoco nos metíamos en el tema. Pero a Peter ese novio le había llamado la atención igual que a mí, como si su presencia hubiera completado o más bien delineado la imagen que teníamos de ella, volviéndola tridimensional. Sabíamos tan poco de Marcia, era tan esquiva sobre su vida personal… La habíamos imaginado una chica nocturna de la capital, con ese pelo negro que le caía como una cascada y esos lentes que conservaba incluso en la madrugada, aunque ciertos detalles –su conocimiento de las yerbas para el mate, por ejemplo, su incansable hospitalidad– nos habían llamado la atención. Pero lo que vino a confirmar a Marcia fue conocer a Inés, su madre.

¿Cómo está tu mamá?, le pregunto. No está mal tener un anticipo, no me gustaría recibir una sorpresa.

Bien, bien… más vieja. Pero sigue con sus plantas, haciendo injertos… Y peleando con el vecino de adelante cuando el gato se pasa a su departamento.

Bueno, por lo menos eso no había cambiado. La madre de Marcia había surgido como de la nada; por algún motivo para Peter y para mí se había convertido en el último tiempo en alguien querido, esas personas capaces de posar la mano sobre una frente y dar el fresco que otro necesita. Un misterio. Peter decía que era una cualidad de las madres, sólo de las madres –ay doña Olga, que le habrá hecho a su hijo, a veces decía yo circulando por la casa, parodiando el teatro español. Y tenía mis razones: él tenía con ella una relación tan estrecha que por momentos daba envidia. O celos, qué sé yo. Tal vez precisamente por eso el último tiempo él había decidido no cargar las tintas de su presencia, hacer una retirada gradual: las visitas a la casa de su madre se volvieron esporádicas. Y, como en una especie de equilibrio de vasos comunicantes, nos encontramos algunos domingos buscando la casa de la madre de Marcia, el piso damero blanco y negro, las hojas aterciopeladas de sus malvones.

Mientras caminamos siento una brisa leve que me acaricia la piel. Es una linda mañana de noviembre.

No hice mal en venir a buscarla, pienso, si ahora estoy sintiendo el viento contra la cara. Los últimos días en el departamento fueron claustrofóbicos, entre la nota que tenía que escribir –y que no salía– y las apariciones fulgurantes de Pedro. Así le digo yo, apariciones fulgurantes, y él capta el rictus en que ingresa mi lenguaje, esa torsión que vuelve las palabras primero ambiguas y luego definitivamente dagas. Ahora estamos en la etapa de las dagas. Y mientras él sólo alcanza al improperio, a las escenas que yo califico de teatrales; yo voy dibujando circunvoluciones barrocas, curvas filosas en una pared de la que estoy cada vez más alejado.

Y en esos vaivenes, ¿cómo se siente cuando estás arriba de la ola?, me pregunta Marcia, al doblar por la esquina.

Es que ya casi no hay arriba, le respondo, y me viene a la mente la imagen del mar. ¿Cuánto tiempo hace que no voy al mar?.

O sea que de vaivén nada… .

¿Cuánto tiempo hace que no voy al mar? me pregunto. Si mal no recuerdo –y mi recuerdo puede ser malo– la última vez fue a San Clemente, a una casa que nos prestó una amiga. Otra amiga de Peter en realidad. Fueron unos días raros, de muchas peleas, pero hicimos unas caminatas en la playa que estuvieron bien, remansos a la vera del agua. A la noche si raspábamos con el pie la arena, aparecía un fulgor plateado que luego nos dijeron era mica. Un componente que sólo aparecía algunas noches. Privilegiadas.

 

 

 

–Jorgito –me dice la madre de Marcia, y me aprieta contra sí. Es una de las pocas personas que me dice así, no sé si porque el mío es un nombre que no se presta a los diminutivos (como dice Pedro cuando se serena: el problema tuyo es el nombre, demasiadas jotas, tan alemanas), o porque siempre doy una imagen demasiado entera de mí. Ella, sin embargo, la madre de Marcia, dice el diminutivo y algo en mí tiende a desarmarse, como uno de esos juegos de madera unidos por cintas que hacen que los bloques se deslicen y entren en circulación.

Nos abrazamos. Es un abrazo levemente demorado. Luego se hace a un lado para dejarnos pasar.

Disculpame el lío que hay, dice, mientras le da un beso ligero a Marcia. Una pala, un rastrillo naranja y unos guantes de goma están tirados en un costado del patio.

¿Qué andaba haciendo?, le pregunto.

Arreglando las plantas…

Mamá, entro al cuarto a ver si encuentro los papeles que te pedí, dice Marcia y desaparece por el corredor.

Veo un gato subido a la medianera, caminando exacto por el reborde superior. Se lo señalo, con la mirada.

Le encanta estar ahí, ¿podés creer? Yo digo que es un equilibrista de alma… Y eso que cuando era chiquito se cayó y hubo que enyesarle dos patas. Yo me imaginé que nunca más, y ya ves… Por eso le puse Teodofilus, porque me hace acordar a los reyes cuando caminan arriba de esas alfombras rojas, largas, haciendo equilibrio porque está todo el mundo mirándolos…

Echo un vistazo al resto del patio. La santa rita sigue ahí, aunque ahora no tiene flores fucsias. No debe ser la época.

Estaba cambiando de lugar a la rosa china cuando ustedes tocaron, algo que dicen que no hay que hacer, pero prefiero hacer eso que quedarme viendo cómo se marchita…, dice la madre de Marcia, y como una gota que cae, cae en mi memoria el escándalo que armó Marcia en la clínica cuando la enfermera se negó a abrir la bolsa del suero para ingresar unas gotas de extracto de arce que había hecho traer vaya a saberse de dónde. (Las pone sí o sí, o llamo ya al médico de sala. / Llame a quien quiera, puede hablar con el director del hospital si quiere / ¿Pero esto es un hospital o un centro para enfermos mentales?)

De tal palo tal astilla, pienso ahora, mientras veo a Inés guardar la pala. Las gotas de arce se expanden como aceite (el arce tiene una resina protectora con cualidades reparadoras/ dice Marcia y el médico del hospital sonríe. ¿Es sonrisa de sorna, hartazgo, burla? No lo sé, pero llama a una enfermera y le ordena abrir la bolsa del suero y contar veinticinco gotas que nos dejan satisfechos y exhaustos a Marcia y a mí, mientras la tarde se desliza y la cara dormida de Peter se aligera, Marcia que habla y habla sobre las propiedades de algunas mezclas chamánicas / No me digas que el extracto de arce lo consiguió Geniol, que ahora se dedica a la medicina / No sería mala idea, dice Marcia y con esas disquisiciones la tarde va llevándose las horas).

Cuánto hacía que no te dabas una vuelta por acá, me dice la madre de Marcia. Cuando Marcia me llamó esta mañana, salí a la fábrica de pastas y traje unos agnolotis. No me vas a decir que no te siguen gustando los agnolotis…

Le sonrío. ¿Me parece a mí o hay una ligera incomodidad entre nosotros, esa que tuve que sortear con cada uno de los que lo conocieron?

Me parece a mí, me respondo, porque Inés, mientras va guardando los implementos de jardinería (y después de murmurar para sí o a la rosa china, ya está, acá vas a andar bien), dice.

En la casa de pastas me agarró la duda, si era a vos que te gustaban los agnolotis o a Peter. Porque uno de los dos era. Y al otro los fuccilli secos.

Qué memoria, le digo. Era a mí, era a mí, es a mí que me gustan los agnolotis, y me agacho a mirar sus malvones. Tienen las hojas aterciopeladas, un terciopelo raro, hosco, como la lengua de un gato. Y las flores son casi todas naranjas, aunque hay algunas blancas que interrumpen el baño de color.  

Cada año es distinto, me dice Inés, al verme agachado frente a los malvones. El año pasado hubo sobre todo blancas, y planté un gajo de malvones colorados que crecieron como locos… que terminaron invadiendo prácticamente todo. Vieras cómo salían manchadas las flores…. rojo y blanco… y algunas salían rosas…

¿Se mezclan…? ¿Dónde, en las raíces?

Qué sé yo… La verdad es que para mí esto es un misterio, una lotería…

Teodofilus baja y camina cerca de nosotros. Busca rozarme con el borde de su cuerpo, pero cuando intento agarrarlo desaparece como por arte de magia. En cambio con Inés se ubica bajo su mano, busca su mano y mete la cabeza hasta hacerle levantar la palma y apoyarla sobre su lomo.

Es tan cariñoso… Conmigo, claro…, dice mientras le acaricia la cabeza. Ella tiene manos grandes, con nudillos encrespados, y el pelo de Teodofilus es suficientemente largo como para que los dedos de Inés queden por momentos escondidos.

 Es completamente distinto a Bebop. ¿Vos lo conociste a Bebop?

Claro, cómo no lo voy a conocer…

Me resulta raro que estemos hablando de un gato.

Bueno, él era completamente distinto, no se dejaba agarrar ni aunque le acercaras la mejor carne del mundo… no había manera, salvo cuando uno se quedaba muy quieto, y de golpe él pasaba como haciéndote ver que estaba ahí…

Son raros los gatos.

Son raros, sí… por eso me gustan… Mirá que yo tuve varios a lo largo de mi vida… dice, y se ríe, como recordando algo. Porque antes de este Teodofilus había otro.

Me contó Marcia.

Uno que era de mi marido, de cuando yo lo conocí. Ese sí que era de raza, después yo nunca tuve de raza, a mí esas cosas no me interesan, pero parece que a él sí le importaban, o mejor dicho, a su familia. Ése era Teodofilus I, o Teodofilus a secas, mi suegra decía que descendía de los faraones… y la verdad es que puede ser… Aunque yo pienso que todos los gatos descienden de los faraones… todos son un poco esquivos, a todos les gusta andar de costado, dice Inés, y hace una cara graciosa, frunce un poco el entrecejo, y todas las arrugas parecen converger en un punto. Me río. Es ocurrente, Inés.

¿No te parece?, me pregunta, mientras se levanta y Teodofilus II desaparece tras las plantas. Y luego recoge un repasador que había sobre la mesa y me propone.

Yo iría poniendo los agnolotis… Mejor dicho, el agua, porque todavía no la puse y esa hornalla lleva su rato. ¿Me acompañás a la cocina?

 

 

La nota en que estuve trabajando y que se llevó mi tranquilidad del fin de semana es sobre cine. Comencé con unas colaboraciones gratuitas para una revista de Montevideo, y para mi sorpresa en un momento me anunciaron que me pagarían. Un valor prácticamente simbólico, pero me halagó, o tal vez llegó en un momento que me faltaba esa clase de tabla salvadora en que puede convertirse cualquier cosa: una planta, el comentario de un vecino, un viaje en tren. El hundimiento tiene una capacidad que parece infinita, pero también es increíble la fuerza que tiene el manotón de ahogado. Vaya a saberse de dónde proviene. Lo que sé es que es una fuerza que no se mide con el sistema métrico decimal. De algún modo las notas para Uruguay se convirtieron para mí en algo ligado al… ¿honor…la autoestima… qué palabra ponerle. A aunque sé que nadie las lee, que la tirada es ínfima –yo sólo leería la revista si la encontrara en una sala de espera de dentista– me esmero y corrijo como si se tratara de la preparación de mis obras completas. Después de todo, no sé si es tan raro. Cada uno desarrolla en su pequeño mundo la escala del todo y hace de cuenta que es el único posible.

El honor no sería del todo un mal tema, pienso ahora, mientras miro los malvones, mientras Marcia busca unos papeles en el cuarto del fondo y su madre espera el hervor del agua con un misil de sal en el hueco de la mano. El honor, herido en el honor, Giancarlo Gianini con sus ojos verdemarrón taladrando la pantalla…, eso que los italianos exaltaron hasta lo sublime o dieron de pasto a la comedia.

Pero estoy cansado del cine italiano. Tiene demasiada historia, y ése puede ser un fardo pesado de llevar. Además, me imagino la oficina de Montevideo: esa chica que en los faxes se llama Laura (algún día voy a cruzar el charco para conocerlos) diciéndole a un tal Martín, el “encargado de redacción” (¿?): Otra vez sopa, cine italiano. Y por otra parte, ¿cómo hablar del honor sin ser anacrónico?

 

 

La cocina de Inés no parece haber sufrido muchas modificaciones. Eso le digo, mientras miro los mosaicos con detalles de hortalizas que cada tanto salpican la pared.

No vayas a creer, el año pasado se rompió un caño y aproveché para cambiar el color. Era un verde cremita, y ahora pasó a amarillo.

Amarillo… casi huevo, dice Marcia, blandiendo el papel que estaba buscando.

Qué exagerada, de huevo no tiene nada…, responde su madre mientras separa los agnolotis del papel en que están humedecidos.

Lo encontraste, qué bien… agrega, echando un vistazo a la mano de Marcia. Haceme un favor, por qué no vas poniendo la mesa…Y luego mirándome a mí, Inés aclara. Es una discusión que tenemos, yo creo que ella es un poco daltónica. ¿Vos lo ves amarillo huevo?

Me gusta ver a Marcia y a su madre en esta intimidad, es como meterme en una cápsula del tiempo, pero no porque me retrotraiga a algo que yo haya vivido –cuando veníamos con Peter, pocas veces entrábamos en la cocina, más bien nos quedábamos en el patio, con Marcia, mientras Inés preparaba la comida–. Se trata de otra cápsula, que no puedo precisar.

Lo más bravo del amarillo huevo para mí es el nombre, le digo, y ella parece auténticamente sorprenderse porque se queda con un agnoloti en la mano, y se da vuelta para mirarme.

¿Sabés que tenés razón? Nunca lo había pensado… Desde que elegí el color, esta chica me viene con lo del amarillo huevo y yo que me defiendo y ando pensando qué color es.

Amarillo huevo, dice Marcia, ingresando en la cocina.

Nos reímos. Su madre le da los cubiertos y ella busca los vasos (vamos a almorzar con copas/ Como corresponde, le digo/ y recuerdo el vino que traje y que dejé en el patio, en una bolsa de plástico). Y mientras Marcia está en el patio, Inés se me acerca y me agarra la mano. Me habla en voz baja, como en un secreto.

Me diste un argumento perfecto, la próxima le digo que sí, que es amarillo margarita y vamos a ver qué dice.

Veo sus ojos –ojitos, pienso, son ojitos, ¿por qué no atreverme a decir ojitos?–, pícaros, arrugados, acuosos. Qué belleza. Acaso Peter tenía razón.

En cinco minutos van a estar.

Salgo al patio y me siento en una de las sillas descascaradas de hierro. Marcia, que anda rondando por ahí con los platos, se acerca por detrás y me coloca las manos arriba de la cabeza, pero esta vez hace unos movimientos hacia abajo, hacia los hombros.

¿Tengo que pensar en algo?, le pregunto. Ya que estamos, no voy a desaprovechar el llo-rey así nomás.

Para nada… El masaje a distancia tiene sus efectos aunque vos no quieras.

Ahá… Haberlo sabido…, digo, con sorna.

Pero me relajo. De la cocina emana un olor que es el de la salsa. ¿Es ése el olor que lo hace quedarse a Giancarlo Gianini del otro lado del camión, mientras Mariangela Melatto se va alejando con su pelo nítido de marilyn monroe italiana? Ay, ese romanticismo que he comenzado a detestar, bonachón, tal vez debería hablar de eso.

Pero no quiero hablar de lo que no me gusta. Ése era un precepto de Peter que se hizo carne en mí. Sólo que a él le gustaban tantas cosas… las plantas, los licores dulces, el cine, los púberes, la literatura rusa, las madres, las tipografías góticas… Yo, en cambio, veo la grieta detenida frente a mí y no puedo apartar los ojos de ella.

Voy sirviendo, escuchamos. Las manos de Marcia se deshacen en el aire.

Mientras ella va a la cocina, yo saco el vino de la bolsa de plástico. No es un gran vino –podría haber traído algo mejor– pero el plan de visitar a Marcia se me ocurrió de golpe. Ella tenía que pasar por la casa de su madre, y a mí me gustó la idea de acompañarla. Agarré el vino que hace un tiempo trajo Pedro a mi casa. Por supuesto no le dije que no era bueno –sabe poco de vinos, se guía más bien por la pendiente de los precios. El hecho es que no llegamos a tomarlo, porque nuestras conversaciones pueden desbarrancarse también por pendientes imprevisibles y agarrar recodos que nos dejan muy lejos de las intenciones iniciales. Él busca la confrontación como un modo de afirmar su existencia, y eso que al principio me distrajo –¿qué hacía yo teniendo que esperar o pedir disculpas, manteniéndome insomne, calculando horarios– en poco tiempo se convirtió en algo así como un bolsillo sin fondo, esos falsos bolsillos que abren una hendija hacia la inmediata costura.

Yo soy partidaria de la bolognesa, pero Marcia me avisó que a vos te gusta más la crema, así que le puse un toque de crema.

Una scarparo, qué maravilla, le digo. Es la salsa que más me gusta.

Me quedo pensando. También podría hablar de las incursiones de la salsa en el cine. Un recorrido por escenas memorables con salsa, tengo seguro una caterva en el cine italiano. Aunque en realidad es el tipo de hilo conductor que detesto: Las mujeres más bellas de Hollywood, Las siete veces que el cine conoció Tebas. Etcétera, etcétera, etcétera. Peter decía que eran trabajos holgazanes. Y tenía razón.

Nos sentamos.

Contame algo, Jorgito. Hace tanto que no te veo, dice la madre de Marcia, mientras hunde el cucharón de plástico en la fuente.

Como verás, mi madre es especialista en recepción y protocolo…

Vos quedate con el llo-rey que yo con tu madre me entiendo… ¿A usted no le hace masaje a distancia?

Inés se ríe.

Masaje a distancia… lo que hay que escuchar… mejor era en mi época, el masaje cuerpo a cuerpo…

Sirvo el vino.

Poquito, que si no en un rato me tienen que llevar a la cama.

No está mal, digo, sintiendo el paso del vino a la altura de la garganta. Es un poco áspero, pero viene bien para la textura cremosa de la scarparo.

Marcia apenas lo huele. Es extraña con el alcohol. Se guía más por la combinación de los colores que por los gustos.

Ya tenemos la salsa roja, argumenta. Prefiero soda.

Algún poder deben tener las palabras de Marcia porque el rojo se inunda en mi memoria de transparente y las burbujas de soda ascienden como un sueño. Mientras comemos –y mientras hablamos– voy sintiendo que el fondo sostenido del vino va creando ¿un pliegue, un tiempo paralelo? donde se aloja algo parecido a un recuerdo. Pero no es un recuerdo, me corrijo, es un sueño, o el recuerdo de un sueño.

¿Y de amores cómo andamos?, irrumpe Inés, con una naturalidad que no puedo dejar de agradecer. Sus palabras son como un calzador de zapatos, siento ahora, como una media de nylon deslizándose por sobre el cuero hosco del mocasín.

Andamos chuecos, parece, dice Marcia. Pero quién no.

Eso, quién no, repite Inés.

Se hace un silencio mientras comemos. A mí no me interesa contar. Pedro es parte de un mundo que existe entre el pasillo del departamento y mi casa. O como máximo, que se extiende hasta el restaurante alemán que hay a la vuelta.

Está muy rico… le digo a Inés, mientras paso un pedazo de pan por el resto de salsa que me quedó en el plato. Y agrego. Lo que me gusta es que la salsa tiene el punto exacto de crema y el ácido apenas necesario…

 Inés me escudriña desde el respaldo de su silla y luego se acerca para palmearme la mano sobre el mantel.

Ay.. vos debés ser bravo, Jorgito…

Y Marcia:

Vaya novedad… , dice. Ya no tiene los lentes de vampiresa y se pueden ver sus ojos, grisazul.

Por lo que veo, estoy rodeado, digo.

Inés me pide el plato con la mirada, extendiendo la mano, palma arriba. Se lo doy. Y mientras sirve algunos agnolotis más, agrega.

Lo que también es cierto es que la gente brava es la más interesante.

Ah, ahora me quiere sobar el lomo ya veo, le digo, y ella se ríe. Una risa chiquita, un poco de ardilla. Me pregunto de dónde habrá sacado Marcia esa contextura grande, huesuda. Tal vez su padre. Pero Marcia no habla de su padre.

Hay un dicho que repetía mi abuela cuando yo era chica, Brave is the world, Brave are men, decía. ¿Vos sabías, Jorgito, que la abuela de Marcia era irlandesa, no?

No.

Claro, hay sangre irlandesa en nuestra familia. Y vos sabés, continúa Inés, sirviendo otra ronda de vino, que eso aparece, parece mentira pero aparece…

El vino aparece, dice Marcia.

El vino, claro, entre otras cosas. También los dichos… de golpe me estoy dando una ducha y me aparece: Brave is the world, brave are men. O como me pasó la vez pasada en la carnicería, que me contaba una historia el carnicero –a mí acá en el barrio hay varios que me confían sus cosas–, y yo me encontré dándole una recomendación que escuché vaya a saberse cuándo, pero que seguro venía de esa rama de la familia… Nunca apagues una vela sin tener otra encendida

Está bueno el consejo, digo.

Un poco demasiado práctico, dice Marcia.

Ya vas a ver que a Marcia le va a aparecer… la sangre irlandesa… ya me vas a contar… a la larga aparece…

En el cielo te va a contar…

En el cielo, claro, dónde si no, asiente Inés.

Se nota que se entienden. O que Marcia es una buena y digna hija de. Ambas parecen cultivar una forma de despreocupación que las libera mutuamente de los asedios tan propios de / madre e hija / madre e hijo.

Peter, sin ir más lejos. El fantasma de Peter era su madre, claro. ¿Qué va a pasar ahora, me decía, y encima hijo único? Por eso la retracción era una medida higiénica, imprescindible. Nos sentábamos en el living de casa, y una vez irrumpió con esa pregunta, la punta de un iceberg que sólo entonces quedaba delatada. Ahora pienso que esos meses fueron entre nosotros simplemente meses de mutuo aislamiento. ¿Cómo es posible compartir, y qué en un momento así? Sólo rayos cruzándose en el rectángulo de un living.

Teodofilus II se desliza como una brisa bajo nuestros pies. Es una caricia mínima, un espasmo de viento.

De verdad no puedo más, le digo a Inés, ante la mirada inquisitoria en mi plato.

Yo levanto, ustedes quédense, dice Marcia, como buena hija.

Inés propone.

Hay duraznos. Duraznos blancos.

Me encantan, digo, y es cierto.

Mientras esperamos, miro las paredes del patio, las manchas estampadas en el muro. Como una brisa súbita, como la cola de Teodofilus rozándome la pierna, pienso en Pasolini.

En realidad, me acordé primero de la madre de Peter, de Olga. Me pregunto cómo estará. La verdad es que hasta ahora no me animé a indagar demasiado. Podría preguntarle al sobrino de Peter, al primo, que a veces me llama por teléfono, pero pospongo ese momento hasta volverlo inexistente. Me acordé de Pasolini porque en un video que me prestaron él habla de su obra. Mis figuras son chatas, dice, todos primeros planos, porque lo que yo quiero contar es sagrado. Yo muestro madres y padres… Y la cámara pasea por el rostro de niños, chicos desdentados de siete años con nuevos dientes asomándose a la ventana de la boca, sonrisas estampadas o incipientes en cada cara, risas, risas, juegos… El universo según San Mateo. Y en la escena de la crucifixión de Cristo, la cámara se detiene mucho más en la madre –largos minutos mirando la boca desdentada de una vieja– que en el sufrimiento del hijo. El universo según Pasolini, es un buen título para una nota, pienso.

Marcia trae la frutera y la deja en el centro de la mesa.

Miro los duraznos. Ellos tienen una consistencia perfecta. Un color rozagante, sonrosado, como mejillas incipientes.

Inés toma un durazno y lo hace rotar contra su cuchillo. Marcia hace otro tanto.

El mundo parece detenido, sólo el rotar de los duraznos en el centro del patio.

Y Teodofilus a lo lejos, también detenido, observando la escena, egipcio.

Todos los faraones descienden de los gatos, se me ocurre decir. Y la frase queda suspendida hasta que el cuchillo de Inés golpea contra el plato de cerámica y me vuelve en mí.

Tomo un durazno. Lo corto en gajos, sin pelar. Luego, voy poniendo los gajos en la copa de vino.

Miro a Inés, a Marcia. Comen.

Comemos.

La carne del durazno se tiñe levemente de morado. Por el vino, de Pedro. En mi boca, el dulzor contenido estalla. Inunda las encías, hasta el borde de los dientes.

 

 

El sueño que se abre en el pliegue del recuerdo es rojo. Rojo como los telones de un teatro. O mejor, no rojo, sino borravino, como el líquido que se abisma en la copa de vidrio. Es un color que sube desde el asiento de terciopelo, el plano vertical tachonado de botones –cada cuatro centímetros, una tacha hundida– y trepa hasta mis pupilas. La corriente continua de color se ve interrumpida por una suave tela blanca, una tela que recubre un cuerpo. Una camisa. Botones de nácar. Y una mano que se aferra al reborde y la otra que planea, al viento.

Es un mateo. Tirado por un caballo: majestuoso, sedoso, marrón caballo. Pongo preparo los herrajes de plata, los moños de seda, los pequeños detalles del decoro, de la decoración. Miro la transparencia del aire, y giro la cabeza para exhalar lo propio. Su cabeza, en lo alto, erguida, sonriente, poderosa, devora mansamente el aire que le doy, y hacia el núcleo del viento se encadena. Y cuando todo está listo, echo un vistazo último al carruaje, le acaricio los flancos, hasta escuchar los cascos del caballo en la ciudad dormida, repicando, la mano marfilina que se obstina en la brisa, la dignidad de un sueño.

Antes de yo perderme en las pupilas, que se abren redondas contra el techo.

 

 

 

Antes de que se vayan, te quiero dar algo, dice la madre de Marcia, acercándose hacia un rincón del patio. Allí veo botellas de plástico cortadas por la mitad, vasos de telgopor manchados de barro, y unos frascos de vidrio con líquido adentro. Supongo que es agua.

¿Qué tienen?, le pregunto a Inés, señalando los frascos.

Depende. Algunos agua de lluvia, otros veneno diluido, dice, mientras rebusca entre esas cosas.

Viéndola así, con esos preparados, se me ocurre una bruja antigua entre sus pócimas. Se lo digo.

Inés se ríe.

Y… algo de eso hay… puede haber…, dice, evidentemente halagada por la comparación.

Ay, el poder de las mujeres…, musito, y Marcia, que ha prendido un cigarrillo y está apoyada sobre la mesa de hierro, agrega.

No te vas a librar tan fácil, Jorgito, vos creías que con no tener novia te salvabas, pero ya ves…

Ahora sí entiendo que a Marcia la sangre irlandesa le va a aparecer, a la larga le va a aparecer. Espero estar para verlo. Cuando se apaguen los chinos, los hindúes, los griegos, el masaje a distancia, la imposición de manos…

Acá está, me dice Inés, extendiendo un vaso de telgopor con una planta pequeñísima, de cinco hojas.

Es menta. No saques ninguna hoja hasta que no crezca por lo menos unos centímetros. Precisa agua, pero no demasiada y bastante sol. Podés hacer té, podés poner unas hojitas en agua caliente para aromatizar o abrir los bronquios.

También para el mojito…, acota Marcia.

Y para alguna carne también… no es lo que yo estilo pero a algunos les gusta.

Es una plantita mínima. Las cinco hojas apoyan contra la tierra, salvo una que parece estar un poco más crecida y despliega una pequeña curva ascendente.

 La voy a poder invitar a tomar el té, le digo a Inés, ya en la puerta.

Nos abrazamos. La abrazo un poco más de lo necesario. Teodofilus II salta del muro y queda parado en uno de los cuadrantes blancos del piso.

Hasta pronto, faraón, le digo, y extiendo mi mano para acariciarlo. Pero se retrae, y queda agazapado tras los malvones.

Mamá, me llevo los papeles y la autorización. Hablamos mañana y te cuento cómo me fue, dice Marcia y las dos se dan un beso ligero.

Mientras caminamos por el largo pasillo rumbo a la calle, siento la cabeza despejada, como si me hubiera tomado un buen té de menta y sus efluvios hubieran irradiado hacia arriba

Es el llo-rey, me dice Marcia.

Son los agnolotis de tu mamá, qué va.

Sos perro, yo laburo y resulta que los laureles se los lleva otra…

Ya en la calle, nos encontramos a plena luz. Es una luz radiante, de domingo de primavera. Y mientras caminamos hacia el coche, callados, comienzo a escribir mentalmente la nota que enviaré al Uruguay.

Pier Paolo Paolini: entre la abyección y la gracia

Entre los niños que corren por la Via Vespoli, arreboladas sus mejillas, enlazados sus dientes por el viento, y los niños que esperan su vejamen en la gran mansión de Sodoma y Gomorra, corren dos vectores del cine que Pier Paolo Pasolini nos legó. Y si digo “legó”, y no meramente “dejó”, es porque en el gesto, ambicioso, en algún sentido monumental, de este inclasificable director, brilla la intención de construir una obra que registre lo profano y lo sagrado en su punto de máxima intersección. Acaso la cruz, símbolo de la pasión que Pier Paolo profesó en carne propia, sea una puerta de acceso a su cine, pues dos líneas tensan su filmografía, del mismo modo que el vector horizontal y vertical en la cruz organizan el cuerpo de Cristo a la hora de la crucifixión…

Mientras avanzo hacia el coche, siento que el sol da de lleno en mi cabeza.

Pero no me molesta, al contrario, me gusta.

¿Volvés a tu casa o te dejo en otro lado?, le pregunto a Marcia, que está parada en la puerta del coche, esperándome, con los anteojos ya puestos.

Con la cabeza me hace la señal del sueño.

Adelante, le digo, y abro la puerta del auto.

       

 

 

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2 comentarios

Archivado bajo Argentina

2 Respuestas a “Moira Irigoyen: “Todos los gatos descienden de los faraones”

  1. Martín

    Moira tiene en su prosa tiene la misma dulzura que en su mirada y la misma femeneidad que en sus gestos. Voy por “Ese verano”.

  2. lina

    me parecio muy interesante muchas gracias

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