Javier Sáez de Ibarra: “Suceso”

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Treinta y nueve grados. Cinco de agosto. Antes del mediodía. Carretera. Rumbo al sur. Con un problema en el aire acondicionado. Solo.

Por el lado izquierdo he visto al pasar a un hombre negro con sombrero y abrigo. Poco después aparece otro vestido igual, lleva un paraguas. Completo la descripción cuando aminoro al cruzarme con el tercero: un individuo de chaqueta y pantalón negros, camisa blanca, corbata, gafas de sol, bastón o paraguas. Chistera.

Me hace gracia ver al cuarto, idéntico, caminando en dirección contraria a la mía. Apenas lo abandono por el retrovisor, después de una curva descubro a otro.

Nada más pasarlo, llega el siguiente. Me pregunto de qué se trata, ¿un desfile?, ¿una apuesta?, ¿un juego?

Compruebo los mismos rasgos. Sucesivos varones de raza negra, bien vestidos, vienen caminando por el arcén izquierdo de la carretera a una distancia entre sí de unos trescientos o cuatrocientos metros. Bajo un sol de justicia, se limitan a andar de uno en uno. Nosotros… quiero decir yo, como los demás que circulan, freno un poco para observarlos mejor; tenemos cuidado de no alcanzarnos porque se han ido formando pequeñas retenciones. ¿Qué quieren, provocar un accidente? Es peligroso.

Algunos conductores les hablan según pasan. Hay un coche parado y alguien le pregunta o regaña a uno de ellos, que se ha detenido. Yo espero a tropezarme con otro; saco la cabeza, silbo, le grito. Hago lo mismo con dos o tres más, pero se hacen los sordos. El asunto tiene su lado divertido, aunque raro.

¿Adónde van?

Me esfuerzo por imaginar el mapa. La carretera cruza por una zona deshabitada; el siguiente pueblo se encuentra a unos veinte kilómetros, así que esta gente ha tenido que salir de alguna casa del campo; porque si vienen de allí, entonces llevan por lo menos cinco horas de caminata, y lo que les queda.

El paisaje sólo son cerros pelados y tierra seca, no se ven viviendas, ni caminos, ni postes de la luz. En realidad, no hay una sola huella humana. Pienso si los habrá traído algún camión: ¡un cargamento de negros!, y los van soltando. Ya van más de veinte y siguen. Tampoco se ve ningún control, ni puestos de refresco.

Paso junto a otro: serio, con la cabeza alta, como ausente.

Está claro que no se trata de una carrera, ni de una manifestación: no llevan pancartas, no gritan consignas, no hablan. Sólo andan, estos gilipollas, solos, a pleno sol.

¡Evidentemente se trata de publicidad! Seguro que ahí delante sale un anuncio de refrescos o de trajes de verano. Fijo la vista en el horizonte tembloroso de la calina: ¿a que hay unos stands con un montón de gente comprando? ¡Qué buena idea!

Pero pasa el tiempo y nada. El goteo de negros.

Irritante, eso es lo que es. Han invadido un espacio público, perjudican a los que conducimos. Si se  trata de una broma de la televisión, no le veo la gracia.

Esos negros caminando, repetidos, sin fin.

La chistera, el abrigo; me resulta absurdo. Van elegantes, pero con este calor. Que sean todos iguales, el orden que llevan. ¿Pertenecerán a alguna secta?

Me harto de la extraña marcha, así que pongo música: se llena el coche de guitarras; sigo el ritmo golpeando en el volante; miro a la izquierda y al camión de allí enfrente, maniobro para adelantarlo, vuelvo a mi carril; cojo un chicle de la guantera; piso el acelerador; me entusiasmo.

Empiezo a ordenar mis planes. No sé si mi tía trabajará todo el mes; pero lo primero es librarme de mi prima, seguro que insiste para que la acompañe a algún sitio; a ver qué táctica empleo. ¿Y a quién llamo antes: a Laura o a Sofía, a Sofía o a Laura…? Mientras lo pienso, mi cabeza desobedece, retrata al último negro que termina la lista de palotes en la cuneta y que les den por culo.

El horizonte, por fin, completamente limpio. Ya deseo que pasen los seis kilómetros que faltan para llegar al pueblo más esquinado de Almería y hacer una paradita. Le piso bien. Hago algún adelantamiento brusco. Alguien me toca el claxon, le replico. Vuelvo a adelantar: tres de una tacada, entre los cuales un Mercedes.

Me da por cantar. Acompaño el estribillo, I wanna life, wanna my life. Me gusta el tema, me desahoga. Sientes que estás unido, I wanna life, wanna my life. Te taladran. Es verano. Life. Es mi vida, my life. Vamos juntos. I wanna you, Yajuuuu!, es mi grito. Vamos, palmas. Clap, clap. ¡Vamos, todos!

I wanna wanna wanna. Clap, clap. I wanna wanna life…

 

El pueblo. Un cartelón de bienvenida con su nombre, su especialidad: las mantecadas, y el anuncio de una torre árabe. Veo el murete del puente sobre el río seco y allí mismo, qué me dices, ¡otro negro! Sentado en una silla, vestido exactamente como los anteriores, con su chistera y su paraguas, orientado no de cara al pueblo sino hacia la carretera.

Todo siempre tranquilo en este lugar, todavía lejos de la playa; sin nadie para explicarme qué pinta este tío aquí y esa fila que seguirá avanzando aún, no se sabe de dónde ni adónde ni por qué.

Reduzco, giro y detengo el coche. Me he mordido en un lado. Dejo sonando la música, que salga un poco por la ventanilla, y la quito. Hace un calor de muerte. Tengo la camisa empapada. Me limpio el sudor con un clínex, saco la gorra de la guantera y me la pongo, me abrocho el reloj.

Desde la terraza se ve al hombre sentado; no se mueve: parece un soldado haciendo guardia. No suelto la jarrita hasta que no queda una gota, enseguida pido otra cerveza. Los parroquianos van a lo suyo; se lo cuento pero esta gente ni se habrá enterado. Hay cuatro paisanos jugando al dominó, y tres o cuatro más hablando y gastándose alguna broma como a cámara lenta. A una chavalita que estaba atendiendo podía preguntarle; cuando ha dicho algo y se ha ido. Me fijo otra vez en el negro ese. Sigue ahí quieto el cabrón. Debe de estar a más de cuarenta grados, ni un mal botijo y con el abrigo puesto. Lo mismo se muere.

Me termino la segunda sin sentirla, pero no quiero beber más; pregunto cuánto es y les dejo una moneda. Es hora de irse. El negro me ha quitado el buen humor… Abandono el fresco del emparrado y decido ir hacia el coche; pero en realidad voy hacia él.

 

 

A la mitad del camino pienso si presentarme y decirle que no soy racista; me da igual lo que hagan si a ellos les vale, sólo me acercaba por curiosidad; estoy de paso, no tengo mucho tiempo para charlas. Si me responde que no es cosa mía, me largo y tan amigos, no me meto; igual esta gente no hace declaraciones.

Sigue rígido, sin apoyarse en el respaldo de la silla, tan estático que si cruzo por delante seguro que ni me ve. Y para la gente de aquí no existe. No lo había pensado, quizá este hombre hable otra lengua. O de esta forma tan rara protestan contra la política de inmigración: como se ha puesto de espaldas al pueblo, y no trata con nadie… Deben de estar desesperados. Los tíos que he visto iban con buenos trajes; pero… alguien que camina bajo este sol sin una bebida fresca y una sombra… lo hace por desesperación. ¿O no?

 

 

Carraspeo, ya muy próximo a él. No se ve a ninguno de los conductores que venían conmigo. No me sale la voz. Alguno podía estar aquí.

De pronto siento miedo. Mejor dicho, inquietud; como si este hombre nos amenazase. Ya sé que es ridículo: estamos a plena luz del día, si me atacara, la gente del bar saldría a defenderme. Es la impresión. A un metro de mí se encuentra un tío totalmente quieto, ni parpadea. Está vigilando algo, pero por ahí sólo puede venir algún coche, si viene. Qué absurdo. A medida que me acercaba me he ido sintiendo incómodo, y ahora no sé qué hacer. Por eso he dicho “miedo”. No me atrevo a llamarlo; de verdad que parece sin vida. Quizá se ha dado cuenta de que estoy aquí mismo. Pero no hace ni una seña, ni de rechazo ni de reconocimiento.

Quiero irme. Pienso que no se me ha perdido nada. Me vuelvo al coche. Pero las piernas se me entumecen de pronto. También yo me quedo rígido, no me lo explico. Quiero irme; y no me voy.

 

 

Me pongo delante de él; me viene de dentro una furia animal.

– ¿Qué hace usted? ¿Por qué está aquí sentado?

Me mira a los ojos: estaba magníficamente despierto.

– ¿Qué hacen? ¿Es una broma o algo de la televisión?

– No es una broma.

– ¿Es una protesta? ¿Una huelga?… -Me enfurece. Me dan ganas de agarrarlo, lo cojo del brazo pero lo suelto enseguida-. ¿De qué va este juego, eh?

– Un happening -me dice.

– ¡Un jápenin! ¿Qué es eso?

– Una acción acordada, un suceso puesto en marcha.

– Pero ¿qué pedís?

– Promovemos una alteración de la historia.

– ¿Qué historia ni qué historia? Andando por la carretera distraéis a los conductores.

– Queremos desencadenar preguntas.

– ¿Cómo que preguntas? ¿Estáis pirados?… ¿Y por qué llevas ese abrigo?

– El abrigo forma parte de la llamada.

– Tú estás enfermo, tío. Demasiado sol en la cabeza… ¡El sol es malo!… Pero haced lo que os dé la gana. ¿Y los demás van por ahí, andando a ningún sitio?

– Venimos a visitaros.

– ¿A visitar a quién? No me hagas reír. ¿Así vestidos? Además, ¿tú quién eres? ¿El que contesta las preguntas? Porque no se te entiende. ¿Cómo es eso? Un jápenin, ¿y qué? Eso no explica nada. Un jápenin.

 

 

Me quedo a su lado.

No parecen pobres. Visten bien.

Si tuviera al menos algo para escuchar música, le resultaría más llevadero.

Lo que no se ve es por qué lo hacen.

Me parece terrible andar así por la carretera, o quedarse quieto en una silla como este hombre, a pleno sol.

Están chalados.

Lo que sí, son insistentes

¿Y si le hablo? (Voy a parecer imbécil.)

Pero bueno, ellos son los que provocan.

No entiendo.

A los del pueblo todo esto les da lo mismo.

Desde aquí no se ve nada. ¿Qué estará mirando…

… aparte de la gente…? Nada.

Tendría que irme. Se me ha hecho un poco tarde.

Bueno.

La verdad es que la llanura es tremenda…

Esta gente… con sus trajes de fiesta, vienen preparados para todo; hasta por si llueve.

 

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