Hebe Uhart: “Memorias de un pigmeo”

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Primera parte  (fragmento)

 

Nosotros somos los pigmeos y vivimos en el país de Kivi. Kivi es el corazón de Tanata, donde ya nuestro poder se va dispersando porque somos de la familia del leopardo y los tanatas son de la familia del tigre; más allá está el reino de las arañas y no se puede pasar, las telas de araña invaden todo el espacio: no hay río, ni tierra, ni árboles. En un tiempo nosotros los leopardos fuimos más altos y más fuertes que los hombres grandes que nos rodean, pero no sabemos sembrar porque el primero que sembró, Udo, en vez de plantar la raíz, plantó las hojas.  Y así el espíritu nos castigó y nos prohibió sembrar. Nos dijo que cazáramos y así cazamos al elefante de tres maneras. La primera es haciendo una fosa que rellenamos con hojas, cuando el elefante pasa por ahí, pierde pie y cae. El elefante no mira para abajo cuando camina porque su deber es sostener el aire; está atento al aire y de repente, ¡zas!, cae con todo su peso. La segunda forma es cuando el elefante va por el camino del agua: vamos cuarenta de nosotros y lo esperamos escondidos detrás del matorral, nos subimos a lo más alto del árbol, caemos todos juntos sobre él y lo matamos a flechazos. Siempre muere uno de nosotros, pero el leopardo produce más gente de su propia sustancia. La tercera manera de cazar es secreta.

El espíritu de las armas nos prohibió fabricar flechas y cuchillos, porque el primero que los fabricó, Pushu, hizo un cuchillo y lo dejó herrumbrar; después no recordó cómo lo había hecho. Nosotros les damos a los hombres de Tanata, les damos la carne de elefante y ellos nos dan flechas, cuchillos y colmillos de elefante trabajados para poder beber en ellos y para turututear en las ceremonias. Parece que antes nos cazaban y nos comían, pero ahora, por esa misma causa, ellos están mezclados de leopardo, pueden hablar y tratar con nosotros y así estamos en buenas relaciones.

 

Llegaron  hombres y mujeres más altos que los tanatas, del país de las telas de araña. El pelo de uno de ellos es de ese color, pero el de otro es color tortuga. Se envuelven los pies con el cuero de algún animal, que no sé qué es, pero yo ya había visto al jefe tanata, pero él tenía un solo pie envuelto. Hicieron las chozas cerca de nosotros, nosotros vigilamos día y noche y organizamos turnos: hemos visto cosas sobrecogedoras. Duermen adentro de la choza y, como sus piernas son muy largas, salen de las chozas y exhiben los pies hacia el sol poniente; las mujeres buscan hierbas y ramas y los hombres cocinan, algún mal nos vendrá de todo esto. No podemos actuar hasta no saber cuál es su espíritu, o si son capaces de aparecer o desaparecer a gusto, o de meterse en nuestras chozas o en los sueños, como el que tuvo nuestro brujo, pero decidimos que era una videncia equivocada. Nuestros niños se acercaron a ellos y también el hijo de la viuda. A los niños les dieron collares, que fueron examinados por la asamblea, y al hijo de la viuda un tubo largo que echa humo si uno chupa. El hijo de la viuda aprendió a echar humo por el tubo y es una cosa tan portentosa que subió de rango aunque todavía no tiene la edad, con la promesa de enseñar a echar humo a todos.

Yo todos los días me acerco hasta la choza de ellos, porque quiero preguntarles cómo hicieron para venir, de dónde vienen, quiero tocarlos, saber para qué vinieron donde nosotros y cómo es el país de las telas de araña, pero no me animo. Llego cerca, preparo bien las preguntas en mi mente y después me vuelvo.

 

(…)

 

Ellos me regalaron una bandeja que posee unas frutas hermosas, son rojas, pero no son para comer, sólo para mirar y yo la enterré para que no se me rompa o quizá la asamblea decida que es peligroso guardarla. Cuando me regalaron la bandeja me dijeron por qué habían venido: porque su espíritu los había enviado para que nos dieran todo lo que poseían, que iban a vivir un tiempo con nosotros, que iban a seguir durmiendo en las chozas aunque las piernas les salieran para afuera, hacia el sol poniente. Ellos nos van a a noticiar de sus espíritus y nosotros de los nuestros. Yo les voy a contar un poco, nomás, no sea que se vayan todos los espíritus al mundo de las telarañas y nos quedemos sin animales acá. Aprendí otra palabra: figura. Las frutas de la bandeja son una figura, así como el espíritu Jorge y el dragón. Viene a ser que cualquier cosa puede estar encerrada en un cuadrado, grande o chico, no es peligroso porque no se mueve. Ahora el espíritu mayor de ellos no es Jorge, éste está subordinado a un gran espíritu, que no se ve ni se toca. Ellos dicen que ese espíritu nos creó a nosotros, a los anata y a ellos y que hay muchos otros hombres sobre la tierra, con otros espíritus, pero todos subordinados al dios de las telarañas. Ellos no llaman así a su país. Me parece que cada vez entiendo un poco más de ese lugar. Ellos dicen que el dios es uno y tres a la vez. Yo les dije:

     Por la bruma no pueden distinguir.

     No-dijo el de pelo de telaraña-. Son tres y uno al mismo tiempo y el espíritu santo, cuya figura es una paloma, expresa la armonía entre el padre y el hijo.

Yo pregunté:

     ¿Antes peleaban el padre y el hijo?

     Jamás pelearon, ellos existen antes del tiempo y desde entonces, desde siempre, están en armonía.

Como me dijo tantas veces que estaban en armonía siempre, le dije:

     Y si están en armonía siempre, nunca pelearon ni pelearán, lo que por otra parte es natural, ya que  un hijo no pelea jamás con el padre, ¿a qué tanto señalarlo?

     Porque es un modelo de la armonía que debería reinar en la tierra, donde prima la desarmonía.

     ¿Por qué prima la desarmonía?

     Porque hay guerras, hambre y crueldad. Además, cuando acá es de día, en mi país es de noche, cuando unos están despiertos, otros están durmiendo, hay gente que trabaja de noche y duerme de día. Llámame Joseph.

     Nunca lo había pensado así. ¿Un modelo viene a ser una figura?

Muy contento, Joseph se fue adentro de la choza –el culo se veía desde afuera-. Fue a buscar algo y me trajo una figura. Dijo:

     Acá está el padre, acá el hijo y acá el espíritu santo.

El espíritu santo era un ave muy gorda que él llamó paloma. El padre estaba arriba, como corresponde, con su pelo de telaraña. El hijo le pedía algo, pero el padre no miraba al hijo, miraba no se sabe dónde. Yo sospecho que Joseph no me contó todo y es natural que así sea, pero yo sospecho que el padre y el hijo pelean, aunque Joseph no me lo haya dicho, no tiene por qué revelarlo.

 

 

(…)

 

Joseph me está enseñando a escribir: me gusta tanto que les hice escribir a  todos los míos, ellos todavía no saben, pero recorren el papel con el lápiz y ya hay uno que está haciendo sopa de letras. Nuestro jefe piensa que es muy importante eso de escribir para impresionar a los tanatas, cuando comerciemos, vamos a escribir delante de ellos para impresionarlos. Pero, siendo una actividad tan importante, no cualquiera podrá hacerlo delante de los tanatas: nos designó a mí y al que hace sopa de letras para eso. Dijo que los demás pueden hacerlo, si quieren, pero deben ocultarse. Estoy fascinado y contrariado a la vez, porque no avanzo todo lo que quiero. Joseph me enseñó a escribir El mono come cocos, pero eso me produce cierta indignación. El mono no sólo come cocos, come hierbas, fruto colorado y hace mil cosas más que todavía no sé poner. Después quiso enseñarme a escribir El hijo de la viuda trepa al cocotero. Me negué de plano, porque no pienso ensalzarlo ni gastar papel para eso. Al principio, cuando Joseph me enseñaba algunas cosas, yo no entendía bien. Me dijo:

     La a es la primera letra del alfabeto.

     ¿Por qué?

     ¿Porque es la del comienzo.

     ¿Desde el principio de los tiempos?

     Sí-dijo.

No entendí bien por qué había elegido la a como la primera, pero ahora obedezco a Joseph, a veces pienso que me oculta algo, pero igual obedezco y sigo adelante. Me gusta mucho escribir, porque es como hablar pero en lenguaje mudo; es hablar sin hablar. Joseph le dijo a  mi padre que estoy avanzando mucho y que, si avanzo un poco más en la escritura sería conveniente que yo fuera a un colegio, que está más allá de los tanatas, en un lugar que se llama Kamala. Digo yo, ¿cómo sabe Joseph, que viene del país de la bruma, dónde está ese colegio que parece próximo a nosotros y nosotros no lo conocemos? Mi padre piensa que puede ser bueno guardar la memoria en un papel, porque él guarda la memoria de todo, para que los tanatas no nos estafen. Le dije a mi madre que si avanzo en la escritura irá a ese colegio y ella me dijo:

     ¿Cómo sería eso?

     Dice Joseph que uno debe estar sentado largas horas en un cuadrado duro, de madera.

Ella me dijo:

     Si el banco es muy duro, te voy a fabricar un colchón de hojas con sostén en el culo y un engarzapelotas para que no se te deterioren.

     Sí, madre-le dije.

Pero está nerviosa desde que sabe que voy a ir al colegio y me mira raro, de soslayo. Le conté a Joseph lo que mi madre me quería fabricar y se rió. Dijo:

     No, al colegio vas a ir vestido, cubierto.

     ¿Co, como usted?

     Claro –dijo.

Volví y le dije a mi madre.

-Madre, eso que pensaste no va. Al colegio voy a ir vestido.

Mi madre me miró con terror, como si me desconociera. Ahora anda por los rincones y me esquiva. Y yo, esa noche que supe que iba a ir vestido al colegio, no pude dormir. Primero pensaba en el nombre del lugar, Kamala, y después me acordaba de mi madre, que se había equivocado y entré en confusión. Pensaba: “Oh, dioses, mi madre se equivocó”. Fue tanta mi confusión que me dormí llorando.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Hebe Uhart: “Memorias de un pigmeo”

  1. Fer

    Un a escritura limpia y despojada, al mejor estilo de Cortázar cuando hace hablar en el principio de “Rayuela” a un tal “Cesar Bruto”.
    Muy bien logrado el relato y la sensación de legítimidad, ¿por qué esas no pueden ser las crónicas pigmeas? La realidad fusionada con una ficción hecha de los recuerdos de un ser mítico, como lo son nuestros indios para nosotros

  2. soledad

    re lindo por fin lo encontre gracias 🙂

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