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		<title>Cuatrocuentos #15</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Nov 2011 13:15:03 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[Cuatrocuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[Con textos de Carlos Cortés (Costa Rica), Alejandra Zina (Argentina), Israel Centeno (Venezuela) y Elsa Drucaroff (Argentina) Además, Viviana Paletta recomienda &#8220;El hombre que amaba los perros&#8221; de Leonardo Padura (Cuba).<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cuatrocuentos.wordpress.com&amp;blog=7211242&amp;post=1761&amp;subd=cuatrocuentos&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Con textos de <strong>Carlos Cortés</strong> (Costa Rica), <strong>Alejandra Zina</strong> (Argentina), <strong>Israel Centeno</strong> (Venezuela) y <strong>Elsa Drucaroff</strong> (Argentina) Además, <strong>Viviana Paletta</strong> recomienda <em>&#8220;El hombre que amaba los perros&#8221;</em> de <strong>Leonardo Padura</strong> (Cuba).</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/cuatrocuentos.wordpress.com/1761/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/cuatrocuentos.wordpress.com/1761/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/cuatrocuentos.wordpress.com/1761/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/cuatrocuentos.wordpress.com/1761/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/cuatrocuentos.wordpress.com/1761/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/cuatrocuentos.wordpress.com/1761/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/cuatrocuentos.wordpress.com/1761/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/cuatrocuentos.wordpress.com/1761/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/cuatrocuentos.wordpress.com/1761/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/cuatrocuentos.wordpress.com/1761/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/cuatrocuentos.wordpress.com/1761/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/cuatrocuentos.wordpress.com/1761/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/cuatrocuentos.wordpress.com/1761/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/cuatrocuentos.wordpress.com/1761/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cuatrocuentos.wordpress.com&amp;blog=7211242&amp;post=1761&amp;subd=cuatrocuentos&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Carlos Cortés: &#8220;Náuseas&#8221;</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Nov 2011 13:10:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cuatrocuentos</dc:creator>
				<category><![CDATA[Costa Rica]]></category>

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		<description><![CDATA[Restregó sus manos con alcohol en un gesto de exagerada pulcritud y reclinó a Tania en la camilla. Yo permanecí en la sala de espera. Cuando escuché la orden de que se quitara la ropa sentí una brutal opresión en &#8230; <a href="http://cuatrocuentos.wordpress.com/2011/11/25/carlos-cortes-nauseas/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a><img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cuatrocuentos.wordpress.com&amp;blog=7211242&amp;post=1731&amp;subd=cuatrocuentos&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;"><a href="http://cuatrocuentos.files.wordpress.com/2011/11/edward-hopper.jpg"><img class="aligncenter  wp-image-1835" title="Edward Hopper" src="http://cuatrocuentos.files.wordpress.com/2011/11/edward-hopper.jpg?w=405&#038;h=304" alt="" width="405" height="304" /></a></p>
<p style="text-align:justify;">Restregó sus manos con alcohol en un gesto de exagerada pulcritud y reclinó a Tania en la camilla. Yo permanecí en la sala de espera. Cuando escuché la orden de que se quitara la ropa sentí una brutal opresión en el pecho y estuve a punto de tomarla del brazo e irnos de ahí.</p>
<p style="text-align:justify;">Oí que Tania le contestó: “Tiene las manos frías”. Entonces empezó el ruido. Bajo la camilla imaginé cajones metálicos llenos de instrumental quirúrgico, que resbalaban y entrechocaban entre sí. Ese era el ruido y era terrible. Unos minutos después cesó. Regresaron a la sala y Tania y yo nos ubicamos frente a su escritorio como si fuéramos pacientes.<span id="more-1731"></span></p>
<p style="text-align:justify;">Nos explicó que le había suministrado unas pastillas que lo harían todo más fácil e indoloro.  “No le va a doler”, insistió. En dos días tendríamos que llamarlo para programar una nueva cita. Después de entregarle el sobre de manila nos despedimos sin confianza, en un clima de frialdad inerte.</p>
<p style="text-align:justify;">Así eran las reglas.</p>
<p style="text-align:justify;">La sensación de abandono y total precariedad en nuestras vidas volvió a hacerse palpable mientras pasaban las horas y Tania no experimentaba ningún cambio. Ahora nos sentíamos desolados, y también estafados.</p>
<p style="text-align:justify;">Un mes antes hice el intento de verla bonita por última vez. Bonita es una palabra excesiva: el intento de seguir sobreviviendo a su lado, la suma y resta mental para calcular dónde estás parado, por qué, para qué, qué es lo que estás haciendo cuando el mundo se revienta a tu paso y vos seguís adelante. Tania nunca hizo ningún esfuerzo para sentirse deseable y atractiva. Con sobrevivir tenía suficiente. Durante mucho tiempo, lo admito, era un sobreentendido en la pareja y ambos lo aceptábamos con la prisa inevitable de la vida que te pasa por encima. Esa noche la contemplé en el resplandor de todo lo que habíamos perdido y descubrí que no quería verla nunca más.</p>
<p style="text-align:justify;">Cuando regresamos a casa, ni sé muy bien cómo, lo hicimos. ¿Cómo pasó? He hecho esfuerzos desesperados para recordar quién era yo entonces, pero por supuesto que no quiero recordarlo. Es mejor cerrar los ojos a todo aquello. ¿Qué remedio? Finalmente estábamos casados y, sea como sea, se supone que las parejas lo hacen aunque no quieran o intentan salir corriendo. Siempre terminan en lo mismo. Cierran los ojos, lo hacen y ya.</p>
<p style="text-align:justify;">Estábamos borrachos. Eso me ayudó. Ella no quería y yo tampoco y ya para entonces teníamos años de no intentarlo o de intentarlo como quien se sube al trampolín y se lanza al vacío, confiando en que el tenue hilo que separa la vida de la muerte no se rompa. La fiesta me había puesto contento o quizá menos triste, tal vez excitado. Por nada del mundo quería darme cuenta de que estaba triste. Algunas de las peores cosas las he hecho para escapar de este sentimiento: fugarme de la certeza de saberme acorralado.</p>
<p style="text-align:justify;">No hay nada más triste que un polvo malo, me dije a mí mismo cuando terminamos. Fue peor que un polvo malo. Un polvo triste.</p>
<p style="text-align:justify;">Mientras nos desvestimos repasamos lentamente las rutinas antiguas del amor. No sé por qué yo tenía una esperanza ciega aquel fin de año. La impresión de que habíamos sobrevivido un año difícil y de que ya nada podría pasarnos. Aún poseíamos ahorros en el banco, a pesar del tratamiento médico, los niños ni siquiera se dieron cuenta de los problemas, y seguíamos vivos. Con el alma envenenada, pero vivos. ¿No eran suficientes razones para estar inmensamente felices?</p>
<p style="text-align:justify;">No creo que se haya quitado la ropa del todo, pero no me hizo falta que lo hiciera para encontrarme a oscuras y no saber con quién estaba. Se tapó la cara para que yo no la viera. Se sentía fea, sucia, no quería hacerlo. Eso me asustó más: saberla más flaca de lo que recordaba, no poder o no querer reconocerla, querer olvidarla para el resto de la vida. ¿Quién es? ¿Qué es esta mujer?, me dije. ¿Quién soy yo? ¿Cómo llegamos hasta aquí?</p>
<p style="text-align:justify;">El ron y la champaña hicieron lo demás. Me corrijo: el ron, las birras y la sidra, y mi patético sentido del deber. ¿Cuánto tendría que tomar para cobrar suficiente valor y decirle que todo estaba terminado? Un poco de tregua, empezar de nuevo, cada uno por su lado, sin hacernos daño. Nunca se lo dije. Se vive siempre esperando que suceda algo sin intervención humana, inmovilizados en esta ilusión estúpida de que la vida te concede siempre una segunda oportunidad, de que todo tiene remedio, de que se puede comenzar las veces que uno quiera.</p>
<p style="text-align:justify;">El 28 volvimos a verlo. La clínica dental estaba abierta y con pacientes yendo y viniendo. Tania pasó al fondo sin dilaciones y esta vez el estropicio de los instrumentos quirúrgicos fue insoportable. Todo me crispaba. Cuando oí los resoplidos de Tania y un “aguantá, aguantá” me sentí lleno de vergüenza.</p>
<p style="text-align:justify;">Afuera de la oficina, una hora después, Tania me miró y abrevió un lamento seco: “Sin dolor… si el hijueputa me lo arrancó todo”.</p>
<p style="text-align:justify;">La Navidad nos había caído encima el 20 de diciembre con su lápida de luces de colores y un regalo inesperado. El resultado del examen nos dejó incapaces de reaccionar y abandonamos el laboratorio sin deseo alguno de afrontar sus consecuencias inevitables. ¿Y si te hacemos otra prueba para estar seguros, completamente seguros?, pensé, con ese optimismo mío, inservible, que detesto y que resurge en los peores momentos para evadir la tentación del caos. Para qué, me dije. Un mes sin regla, vómitos y la desolación marcada en el rostro, que se tornaba verde en el irrefrenable reflujo de la naúsea, lo hacían innecesario.</p>
<p style="text-align:justify;">Esa noche, mientras ella lloraba bajo las cobijas, y yo proseguía con el ritual de acostar a los niños y de tranquilizarlos de no sé qué, hice la única llamada posible, como si aguardara en la cárcel y tuviera derecho a llamar por teléfono una sola vez. Mamá seguía en el hospital y nadie contestó en su casa.</p>
<p style="text-align:justify;">Teníamos pocos amigos, o menos de los que necesitábamos, y muchos menos de los que podrían habernos entendido o haber hecho algo por nosotros. Nuestra mejor amiga se había alejado por alguna de esas insignificantes razones que te separan para siempre. El 23 llamé a Julio y no contestaron en el apartamento. Sabía que estaba a punto de irse de vacaciones, pero también sabía que una amiga suya había pasado por lo mismo. Volví a llamar y nada.</p>
<p style="text-align:justify;">El psicólogo también se iba de viaje, pero en nuestra última cita me sugirió un consultorio de ginecólogos de ubicación imprecisa. Cuando llegué a la zona me topé con decenas de oficinas médicas y pequeñas clínicas privadas. Volví a la oficina, me encerré en uno de los cuartos con un directorio telefónico en la mano y comencé a llamar. Estaba bastante alterado y lloriqueaba en la línea. La mayoría de los médicos ya se había ido de vacaciones o estaban a punto de cerrar el consultorio. Los pocos con los que pude hablar se quedaban en silencio al oírme sollozar. Ninguno me censuró o no lo percibí en ese momento. Quizás no puedo recordarlo. Replicaban que no podían ayudarme y colgaban de golpe.</p>
<p style="text-align:justify;">Antes de entrar al automóvil le supliqué que compráramos algo en el centro comercial para disimular. Tania me vio a los ojos por primera vez en horas: “¿Vos sos estúpido? Lo que quiero es jalar de aquí”. Arranqué en reversa y choqué con el muro. No me detuve y seguí de lejos lo más rápido que pude. Algunos curiosos se asomaron, pero yo ni siquiera miré hacia atrás. El carro trastabilló, rodó hasta la calzada de asfalto y salimos chirriando los neumáticos. De habérmelo propuesto, no lo hubiera hecho peor.</p>
<p style="text-align:justify;">De vuelta cruzamos en silencio el frente de la farmacia. Pensé en detenerme y cambiar el medicamento de la receta falsa. De nuevo mi maldito sentido del deber. Tania se quejó. Aceleré y seguí sin parar.</p>
<p style="text-align:justify;">En la casa se tendió de inmediato en la cama y se ovilló sin siquiera desvestirse. La vi consumirse en el sueño y la retuve un instante a mi lado, como si pudiera acercarme a su sufrimiento. Sus ojos se desdibujaron en un hilo borroso mientras se fue durmiendo. Siguió quejándose y sollozando un rato hasta que su voz se fraccionó en una respiración rítmica.</p>
<p style="text-align:justify;">Percibí su aliento acre, de tibia amargura, y le dije: “¿No te vas a morir, verdad?” No me oyó. Toda la noche siguió con naúseas.</p>
<p style="text-align:justify;">Unos meses antes, la televisión había alertado de un medicamento que se expendía bajo receta médica, sin contraindicaciones explícitas, pero que se utilizaba en Estados Unidos en estos casos. Revisé periódicos viejos y obtuve el nombre del producto y una descripción exacta. Probé en un par de farmacias del centro y nadie aceptó vendérmelo. Tomé una vieja prescripción, de mi propio médico, la fotocopié y pegué el encabezado en una hoja en blanco. Borré las líneas de empate con líquido corrector, preparé fotocopias nuevas y la receta quedó perfecta. O casi. Intenté falsificar la firma del médico, pero desistí. Puse el nombre de las pastillas y la dosis en caracteres ambiguos y un garabato ilegible que pretendía ser la firma, como hacen habitualmente los médicos.</p>
<p style="text-align:justify;">Una farmacia pequeña, en las afueras de la ciudad, me vendió el paquete. Volví a la casa con el medicamento dentro de la camisa, sin decidirme a nada. Lo guardé en la biblioteca, detrás de los libros, y me arrepentí. Supliqué que desapareciera por arte de magia.</p>
<p style="text-align:justify;">El 24 apareció Julio con un papel en la mano, cuando ya no esperaba nada de él. Ni de nadie. Iba para la playa, por supuesto, pero antes de hacerlo se acordó de nosotros. Me dio un número de teléfono y dijo con convicción que era todo lo que podía hacer. Julio siempre daba esa impresión de estar escapando de algo, de todos nosotros o de sí mismo. Siempre buscaba desprenderse de una sombra que lo maniataba.</p>
<p style="text-align:justify;">Es todo lo que puedo hacer, repitió.</p>
<p style="text-align:justify;">Me sentí más solo que nunca. Ese día llamé de la mañana a la tarde, en lapsos de 30 minutos, y nada. A los 8 o 9 de la noche, antes de irnos a la cena de Navidad, volví a intentarlo. Oí una voz del otro lado y no supe qué decir. Ya estaba resignado a aceptar lo que viniera. Era la voz de un hombre. Me expliqué lo mejor que pude, cuidándome de no revelarle la verdad de mis intenciones. Al final de un monólogo tembloroso le imploré que nos ayudara.</p>
<p style="text-align:justify;">La voz se detuvo y me preguntó lo inevitable. ¿Cómo había conseguido el número? Sin darle nombres, le conté más o menos lo de Julio, lo de la amiga de su amiga y otros detalles inútiles que, en una situación normal, sólo hubieran provocado desconfianza. Estaba seguro de que me diría que no sabía de qué le estaba hablando o que de un momento a otro me reventaría el teléfono.</p>
<p style="text-align:justify;">La voz dijo que okey, que estaba de acuerdo, pero que ese día no. Tampoco el siguiente.</p>
<p style="text-align:justify;">Esa noche era Nochebuena y al día siguiente Navidad. No pudimos haber escogido un peor momento.</p>
<p style="text-align:justify;">Podía ser el 26 en la mañana y si no en enero, ordenó la voz. O nunca, suspiré.</p>
<p style="text-align:justify;">El 26 llegamos al lugar antes de la hora. De camino vi la farmacia en la que había falsificado la receta. ¿Estarían llamando a la policía? ¿Localizarían al médico en sus vacaciones en Miami? ¿Podrían identificarme?, resoplé.</p>
<p style="text-align:justify;">Me concentré en el volante y en Tania, que veía hacia ninguna parte. Hice lo posible por pintarme en la cara algo parecido a una sonrisa y supongo que le dije alguna estupidez como que todo saldría bien y lo que uno acostumbra a decir cuando sabe que el mundo está a punto de desplomarse.</p>
<p style="text-align:justify;">Pasé varias veces por el frente del edificio y descubrí la oficina cerrada. Aún era temprano. Comprobé en el bolsillo el sobre de manila con los dólares. Es plata, me dije, pero tampoco como para disuadir a alguien que no quiera jugarse la vida. Volví a pasar por el lugar. Era una construcción fea, de dos pisos, con locales comerciales, y una escalera lateral. No vi a nadie.</p>
<p style="text-align:justify;">Cinco minutos después nos parqueamos en el centro comercial más cercano. El tráfico era intenso y no pude evitar sentirme perseguido. Bostecé varias veces. Tenía el rostro caliente y las manos frías. Seguí bostezando por varios minutos. No era sueño sino la angustia que se me acumulaba en la boca del estómago y en la lengua pastosa.</p>
<p style="text-align:justify;">Ascendimos por la escalera y aguardamos. La oficina de la izquierda carecía de rótulo y la de la derecha era un consultorio dental cerrado. Vi el nombre del dentista y me sobresalté. Era amigo de mi familia. Reprimí un nuevo bostezo y una punzada en una región indefinible del vientre.</p>
<p style="text-align:justify;">No sé si pasó mucho o poco tiempo cuando apareció un hombre sudoroso con un pañuelo colorido en la cabeza y rostro exasperado por el ansia. Pensamos que se había equivocado de puerta. Ofreció vagas justificaciones por el atraso y dijo que venía de la clínica. Era médico del Seguro Social.</p>
<p style="text-align:justify;">Ingresamos en la sucia oficina infestada de revistas viejas y olor a humedad. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. La escasa decoración me pareció triste y funcional. El hombre del pañuelo se sumergió al fondo del local y resurgió con una gabacha en la que reconocí las siglas casi olvidadas de la Caja Costarricense del Seguro Social. C.C.S.S. Tras el uniforme relucía una sucesión de cadenas doradas sobre una camisa abierta en los primeros botones. Sus movimientos eran apurados y nerviosos. Ya no estaba agitado, pero seguía sudando en abundancia.</p>
<p style="text-align:justify;">Tania le dijo temblando: “Tiene las manos muy frías”. La escuché decirle algo más mientras me sobresaltó el ruido infernal. Más que un chirrido fue un estruendo. El eco de un estruendo. Una caja de metal golpeó la camilla y se estrelló contra otro mueble metálico. Pensé en metales retorcidos, en cilindros de metal que vibraban al chocar entre sí, con un sonido tubular.</p>
<p style="text-align:justify;">“No le va a doler”, nos dijo sin prestarnos atención, como si no quisiera mirarnos ni darse cuenta del peso de sus palabras. Yo no vi lo que le hacía. Yo no lo vi ni ella me lo explicó. Todo ocurrió tan rápido que ahora me parece lento, como si no hubiera pasado nunca.</p>
<p style="text-align:justify;">Le entregamos el sobre de manila con la plata y nos fuimos. “No duele. No le va a doler”, me dije antes de arrancar el automóvil y chocar contra el muro del estacionamiento. Enderecé el carro como pude y seguí sin ver hacia atrás. Aceleré. Aceleré más. “Todo va a salir bien”.</p>
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		<title>Alejandra Zina: &#8220;Cumple de mamá, 1991&#8243;</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Nov 2011 13:06:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cuatrocuentos</dc:creator>
				<category><![CDATA[Argentina]]></category>

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		<description><![CDATA[Lo de siempre. Eso pensaste. Lo de siempre. La Negra y José eran tus mejores amigos. Los únicos que dejabas entrar a la casa. No era la primera vez que tu mamá los invitaba a su cumpleaños. Ya habían venido &#8230; <a href="http://cuatrocuentos.wordpress.com/2011/11/25/alejandra-zina-cumple-de-mama-1991/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a><img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cuatrocuentos.wordpress.com&amp;blog=7211242&amp;post=1736&amp;subd=cuatrocuentos&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;" align="center"><a href="http://cuatrocuentos.files.wordpress.com/2011/11/chava_wolf7b-12.jpg"><img class="aligncenter  wp-image-1824" title="Chava Wolf" src="http://cuatrocuentos.files.wordpress.com/2011/11/chava_wolf7b-12.jpg?w=450&#038;h=300" alt="" width="450" height="300" /></a></p>
<p style="text-align:justify;" align="center">Lo de siempre.</p>
<p style="text-align:justify;">Eso pensaste.</p>
<p style="text-align:justify;">Lo de siempre.</p>
<p style="text-align:justify;">La Negra y José eran tus mejores amigos. Los únicos que dejabas entrar a la casa. No era la primera vez que tu mamá los invitaba a su cumpleaños. Ya habían venido antes. A ellos no les molestaba. A la que le molestaba era a vos. ¿Por qué tenía que invitar a tus amigos? ¿Por qué no se hacía amigos de su edad? Si hubiera otros invitados, todavía. El problema era que ellos iban a ser los únicos.<span id="more-1736"></span></p>
<p style="text-align:justify;">¿Y su pareja? Después de tu papá salió con un hombre. Se llamaba León. Era un buen tipo, al que quisieron de verdad. Nunca supieron lo que pasó entre ellos, pero un día las visitas y los llamados terminaron. Antes de que desapareciera de sus vidas, León le escribió una carta a cada una. Sus palabras eran tiernas y estaban llenas de buenos deseos para el futuro. Esa fue su forma de despedirse.</p>
<p style="text-align:justify;">Así que no. Pareja no tenía.</p>
<p style="text-align:justify;">¿Y su familia? Tu abuela vivía enLa Cumbrecitay con tus tíos había dejado de hablarse hacía tanto tiempo que ninguna recordaba cuándo fue la última vez.</p>
<p style="text-align:justify;">Ella decía que su única familia eran ustedes dos: vos y tu hermana Paula.</p>
<p style="text-align:justify;">La noche del cumpleaños usaron la mesa grande del living. Cumpleaños, navidad y año nuevo comían ahí. Y cuando comían ahí todo era distinto. Tomaban la gaseosa y el vino en copas, cortaban con cubiertos de metal y se servían en platos de loza blanca.</p>
<p style="text-align:justify;">Era cierto que La Negra y José te visitaban día por medio, pero no por eso dejaban de ser los invitados de una fiesta.</p>
<p style="text-align:justify;">Lo normal era que estuviesen las tres solas. En las comidas, en el cine, en la guardia de un hospital, en un micro de larga distancia. Sólo tu mamá, Paula y vos. La intimidad de ustedes tres tenía la forma de un triángulo equilátero. Cualquier otra persona, cualquiera, era un punto fuera del plano. Un puntito, una nada.</p>
<p style="text-align:justify;">La primera en llegar fue La Negra. Llevaba minifalda de jean,  musculosa verde oliva y sandalias de cuero. La Negra siempre usaba remeras ajustadas para lucir sus tetas, que eran pesadas y redondas como las de una mujer que ya dio de mamar a varios hijos. A ella le tocaron así de nacimiento. Tuvo suerte. A vos la naturaleza te hizo tablita de atrás y de adelante.</p>
<p style="text-align:justify;">La Negra trajo un ramo de fresias de regalo. Tu mamá se lo agradeció y elogió las flores de forma exagerada. Dijo que eran sus preferidas. Pero si hubiesen sido jazmines, rosas o claveles, habría dicho lo mismo. Lo más importante era lo que seguía: que sus hijas, es decir <em>ustedes</em>, estaban esperando a que espichara para pasar por el florista.</p>
<p style="text-align:justify;">Tu mamá le dijo a La Negra que se pusiera cómoda y a vos, que te encargaras de las flores. Ella tenía que dar vuelta el pollo y Paula estaba viendo la tele en su cuarto. Quitaste el celofán y pusiste las fresias en un florero con agua. Después lo llevaste a la mesa para que se lucieran. Eso pensaste. Que las flores se lucen cuando alguien las ve. Como las tetas de La Negra debajo de la remera ajustada.</p>
<p style="text-align:justify;">José llegó con olor a perfume, pantalones pinzados y camisa de manga corta. Te hizo gracia verlo así y se lo dijiste. También le dijiste que preferías los jeans desflecados y la remera roñosa de Frank Zappa. José se encogió de hombros. En cambio a él le gustaban tus zapatos de taco. En su humilde opinión, tenías que ponértelos más seguido. Sus opiniones nunca eran humildes. Pero el piropo no te cayó mal.</p>
<p style="text-align:justify;">Tu mamá escuchó las voces y salió corriendo de la cocina. ¿Por qué corre si nadie se va a escapar? Cuando lo vio a José le pasó el brazo por el hombro y lo apretó contra ella.</p>
<p style="text-align:justify;">-¡Pero mirá cómo te viniste!</p>
<p style="text-align:justify;">José sonrió sin mostrar los dientes y se dejó abrazar por tu mamá. Se sentía avergonzado. Vos también.</p>
<p style="text-align:justify;">-A que tenés novia… -dijo ella, tirando la lengua para donde le gustaba enredarse.</p>
<p style="text-align:justify;">-Mamá.</p>
<p style="text-align:justify;">-Bueno, empecemos a comer. Llamá a tu hermana.</p>
<p style="text-align:justify;">Gritaste varias veces, pero como Paula no respondía tuviste que subir a buscarla a su cuarto. Eso te dio bronca. No te gustaba dejar a La Negra y a José a solas con ella.</p>
<p style="text-align:justify;">Cuando entraron al living, ya estaban sentados a la mesa.</p>
<p style="text-align:justify;">-Las estábamos esperando para brindar -dijo tu mamá.</p>
<p style="text-align:justify;">-Menos mal –respondiste, sin preocuparte por esconder tu enojo pero tampoco con la intención de seguir la pelea. Simplemente te salió así.</p>
<p style="text-align:justify;">-Qué mala onda… -dijo ella, y eso te puso peor. También te robaba tus palabras.</p>
<p style="text-align:justify;">La Negra se dio cuenta y te tocó la pierna por debajo de la mesa. Para que sintieras que estaba de tu lado. O para que aguantaras hasta el final. O para que te callaras. Vos miraste a tu amiga y alzaste la copa. Los demás hicieron lo mismo. Se pusieron de pie y brindaron por la cumpleañera. Antes de sentarse, tuvieron que volver a brindar porque Paula se había servido agua en vez de vino y, vaya a saber por qué, con agua se brinda dos veces.</p>
<p style="text-align:justify;">-Es <em>autoservice</em> –dijo tu mamá y cada uno se sirvió su tomate relleno y una porción de ensalada rusa.</p>
<p style="text-align:justify;">José empezó a contar una película polaca que había visto el día anterior. Las cuatro estaban atentas a él. Sin querer, descubriste la mirada embobada de tu hermana mientras José explicaba el sentimiento trágico de la protagonista. Él hablaba así, dándose aires.</p>
<p style="text-align:justify;">         La Negra hacía chistes guarangos sobre la película mientras se servía otra cucharada de rusa. El cine no era lo suyo. A ella le gustaban los chicos y salir a bailar.</p>
<p style="text-align:justify;">         -La Negra se parece a mí –dijo tu mamá-. Cuando yo era joven, moría por ir a bailar. En mi época decíamos <em>ir a la disco </em>o<em> ir la boîte</em>.</p>
<p style="text-align:justify;">         José comía el tomate relleno mientras tu hermana se lo morfaba con los ojos y vos rogabas para que no empezara con la cantinela de siempre: los días en que tu papá era el novio <em>superstar</em>, los viajes en fitito, aquella maravillosa vida sin hijos ni obligaciones.</p>
<p style="text-align:justify;">         -Nosotros no nos privamos de nada. De nada. Además el papá de las chicas era un gran bailarín. Había que seguirlo, eh –dijo ella mirándote a los ojos.</p>
<p style="text-align:justify;">         -¿Traigo el pollo? –preguntaste con tu mejor cara de culo.</p>
<p style="text-align:justify;">         A ella se le borró la sonrisa y enseguida te sentiste una basura. ¿Por qué la trataste así? ¿Por qué? ¿Tanto te costaba complacerla el día de su cumpleaños? ¿Qué mal te hacía contando esas historias del pasado?</p>
<p style="text-align:justify;">         -Dejá que voy yo. Sos tan torpe que por ahí te quemás como la semana pasada –dijo tu mamá devolviéndote el cachetazo.</p>
<p style="text-align:justify;">         Cuando ella se fue, Paula preguntó tímidamente.</p>
<p style="text-align:justify;">         -¿Dónde viste la película?</p>
<p style="text-align:justify;">         -La alquilé en el video.</p>
<p style="text-align:justify;">         -Parecía interesante.</p>
<p style="text-align:justify;">         -Si le gustó a José debe ser un embole –dijo La Negra.</p>
<p style="text-align:justify;">         -No sé&#8230; Por ahí me gusta.</p>
<p style="text-align:justify;">         -No te hagas ilusiones. Éste nos llevó a ver cada bodrio.</p>
<p style="text-align:justify;">José sonrió sin ofenderse. Se sentía seguro de sí mismo.</p>
<p style="text-align:justify;">Tu mamá trajo el pollo y preguntó quién comía pata. Resultó que la pata era la presa preferida de todos y ella propuso hacer un sorteo. Vos dijiste que no te molestaba comer pechuga o muslo, pero ella se encaprichó con la idea del sorteo y había que hacerlo. Escribió los nombres en cinco papelitos, los sacudió dentro de sus manos y te pidió que sacaras dos. Ganaron José y Paula. Todos festejaron menos vos. Los ganadores chocaron las patas de pollo en el aire como si fuesen copas y se las comieron.</p>
<p style="text-align:justify;">Destaparon otra botella de vino y a tu mamá se le ocurrió poner algo de música.</p>
<p style="text-align:justify;">-¿Para qué?</p>
<p style="text-align:justify;">-¿Cómo para qué? La música alegra el alma –dijo ella y fue hasta el modular donde guardaban los discos.</p>
<p style="text-align:justify;">Te pusiste a levantar la mesa como para hacer algo. Como para no estar ahí cuando empezara a sonar la música. La Negra te ayudó a llevar los platos. En la cocina, aprovechó para preguntarte si Paula gustaba de José.</p>
<p style="text-align:justify;">-No sé. Con mi hermana no hablamos de chicos.</p>
<p style="text-align:justify;">-Pero es obvio que algo pasa -insistió La Negra.</p>
<p style="text-align:justify;">-Cosa de ellos -dijiste antes de hundir la vela en el centro de la torta.</p>
<p style="text-align:justify;">La música empezó a sonar a todo volumen.</p>
<p style="text-align:justify;">Cuando volvieron al living, la viste a tu mamá bailando con José.</p>
<p style="text-align:justify;">GLORIA.</p>
<p style="text-align:justify;">GLO-RI-A.</p>
<p style="text-align:justify;">Una canción del año del pedo.</p>
<p style="text-align:justify;">Ella tarareaba la melodía mientras giraba en el lugar. Cuando te vio, José se encogió de hombros como disculpándose. A La Negra se le iluminó la cara, agarró a Paula de la mano y la sacó a bailar.</p>
<p style="text-align:justify;">Vos te quedaste de pie, con la torta entre las manos. Te llamaron para que te sumaras y dijiste que no con la cabeza. Te dijeron amarga, aburrida, pata dura. Los ojos te empezaron a picar. Te temblaron las manos y por poco se te cae la torta a la alfombra. La apoyaste sobre la mesa y te chupaste las uñas manchadas de chocolate. Ellos no lo notaron. En ese momento estaban siguiendo una coreografía que propuso La Negra: manos a la cintura, cadera en ula ula, giro, brazo derecho arriba, brazo izquierdo arriba, saltitos en el lugar, giro.</p>
<p style="text-align:justify;">GLORIA.</p>
<p style="text-align:justify;">GLO-RI-A.</p>
<p style="text-align:justify;">Ahora habían formado un trencito con tu mamá a la cabeza.</p>
<p style="text-align:justify;">GLORIA.</p>
<p style="text-align:justify;">GLO-RI-A.</p>
<p style="text-align:justify;">Los cuatro empezaron a bailar alrededor de la mesa.</p>
<p style="text-align:justify;">-Dale, subite al final -invitó La Negra.</p>
<p style="text-align:justify;">-Agarrame, agarrame –gritó José.</p>
<p style="text-align:justify;">-Que-se-suba-Que-se-suba-Que-se-suba -cantaron todos.</p>
<p style="text-align:justify;"><em>Me  voy</em>.</p>
<p style="text-align:justify;">De pronto, pensaste eso. Mientras el tomate relleno, la rusa y el pollo se revolvían en tu estómago. Fue tan fácil pensarlo. Cómo no se te había ocurrido antes. La frase empezó a repetirse sin parar hasta que dejaste de oír la música y las risas de los demás, como si estuvieras adentro de un cohete que sale disparado al espacio.<br />
<em>mevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoy<br />
mevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoy<br />
</em><em>mevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoy<br />
mevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoyvoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoyme<br />
voymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoyme<br />
voymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoyme<br />
voymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoyoy<br />
mevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoy<br />
voymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoyme<br />
voymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoyme<br />
voymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoyme<br />
voymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoymevoyme<br />
voymevoymevoymevoymevoymevoym</em></p>
<p style="text-align:justify;">Tu cabeza se apagó de golpe cuando sentiste el aliento a vino mezclado con el olor de su piel. El de siempre. El que olías en su pieza. En su ropa. En sus sábanas. El olor que extrañabas cuando ibas a dormir a la casa de tus amigas. Ese fue el olor que se te vino encima. Y, sin saber por qué, te corrió una lágrima caliente por el cachete. Y otra.</p>
<p style="text-align:justify;">Por eso en esta foto saliste así, con el maquillaje corrido, mientras tu mamá te envuelve en sus brazos y te besa el pelo.</p>
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			<media:title type="html">Chava Wolf</media:title>
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	</item>
		<item>
		<title>Israel Centeno: &#8220;Un gorila en la niebla&#8221;</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Nov 2011 13:03:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cuatrocuentos</dc:creator>
				<category><![CDATA[Venezuela]]></category>

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		<description><![CDATA[“Of our elaborate plans, the end”            Tengo la mala costumbre de invitarme a cenar a la casa de mis amigos. Soy impertinente. Uno de estos días Calixto o Margarita terminarán por echarme. Me presento puntual al &#8230; <a href="http://cuatrocuentos.wordpress.com/2011/11/25/israel-centeno-un-gorilla-en-la-niebla/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a><img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cuatrocuentos.wordpress.com&amp;blog=7211242&amp;post=1759&amp;subd=cuatrocuentos&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;"><strong><a href="http://cuatrocuentos.files.wordpress.com/2011/11/matisse.gif"><img class=" wp-image-1770 aligncenter" title="Matisse" src="http://cuatrocuentos.files.wordpress.com/2011/11/matisse.gif?w=292&#038;h=384" alt="" width="292" height="384" /></a><br />
</strong></p>
<p style="text-align:right;" align="right"><em>“Of our elaborate plans, the end” <strong>          </strong></em></p>
<p style="text-align:justify;">Tengo la mala costumbre de invitarme a cenar a la casa de mis amigos. Soy impertinente. Uno de estos días Calixto o Margarita terminarán por echarme.</p>
<p style="text-align:justify;">Me presento puntual al finalizar el día. No les doy tiempo para cambiarse, bañarse ni para estar un poco a solas. Soy peor que una venganza. Tengo otros amigos, podría molestar a Alberto y a Consuelo o  a Ramón, que anda divorciado.</p>
<p style="text-align:justify;">-Cuando se ha vivido algo te das cuenta de que puedes franquear la puerta de cualquier persona -le dije a Calixto mientras sacaba una botella de ron de la bolsa de papel.<span id="more-1759"></span></p>
<p style="text-align:justify;">Han vuelto a dar bolsas de papel en las licorerías.</p>
<p style="text-align:justify;">Calixto abre la nevera y hace silbar tres latas de cerveza. Un silbido sensual que me recuerda mi primera cerveza. La robé de la maletera de un Mustang 68, hará algo más de treinta años, al pretendiente de una tía. Por aquella época yo era una criatura antipática y mostraba los dientes de una adolescencia aburrida.</p>
<p style="text-align:justify;">Margarita entra a la cocina y me sonríe, tiene una sonrisa limpia que adoro. Les comento que ando escribiendo una nueva novela, que no haré guiones cinematográficos, ellos ya lo saben, pero les hablo sobre los avances en la trama hasta ahora imaginaria. Ambos levantan las latas y brindan por la novela imaginaria.</p>
<p style="text-align:justify;">-Tengo treinta cuartillas borroneadas. &#8211; Hacen el gesto de nuevo, pienso que se burlan, levanto mi brazo y bebo.</p>
<p style="text-align:justify;">Cuando voy a casa de Calixto y Margarita no cenamos. Al menos nadie cocina. O cenamos por aburrimiento.  Abren la nevera, sacan filetes de salmón ahumado y ponen galletas sobre la mesa, descorchan unas botellas de vino blanco y las bebemos en recipientes de mermelada o de queso fundido.</p>
<p style="text-align:justify;">–Son los mejores vasos. &#8211; Solemos decir -.</p>
<p style="text-align:justify;">Entonces para qué la copa. Antes, recién casados, se esmeraban y sacaban copas y ponían carne con uvas pasas en el horno; Margarita  sonreía, nunca ha dejado de sonreír; es hermosa cuando lo hace. Sonreía y dejaba que sonara algo de jazz, muere por el jazz; ahora nos sentamos en el pantry desnudo, con filetes de salmón y galletas, intercambiamos frases y bostezos. De eso está hecha la vida verdadera.</p>
<p style="text-align:justify;">-Es lo dramático -me dice Calixto, aprovechando que su mujer ha ido a poner algo de música.</p>
<p style="text-align:justify;">- Qué nos queda –riposto.</p>
<p style="text-align:justify;">-En la vida común hay más bostezos que frases &#8211; repite mi amigo; sus ojos están opacos -. Uno cree que se enamora, eso te hace sonreír, sentir la tesitura de la existencia, quieres compartir la vida con alguien por siempre, piensas que las miserias son mitos de personas fracasadas.</p>
<p style="text-align:justify;">Saca otras cervezas, las destapa, veo a Calixto de espaldas, deja caer los hombros, se encorva un poco; esto es nuevo, mis sentimientos se comprimen, quiero decirle que siempre lo he advertido, se lo dije a él y a Margarita, una y otra vez cuando insistían en compartir la vida y otros enseres.</p>
<p style="text-align:justify;">-Para qué van a ponerse a vivir juntos, la tragedia comienza cuando uno va metiendo la ropa de contrabando en el armario del otro. -Supuse que lo decía porque pensaba que estaría bien que Margarita tuviera a escondidas mi cepillo de dientes en el gabinete de su baño. No tiene sentido reconvenir a los amigos. A Alberto y a Consuelo no les va mejor.</p>
<p style="text-align:justify;">-Esas son vainas que suceden luego de la luna de miel, es un mal de tres años; luego, sentirás que lo necesitas para hacer llevaderas todas las horas muertas del resto de la vida &#8211; trato de zurcir y bordar-. Si te crees Bogart o Mickey Rourke, para qué carajos abriste tu armario y firmaste ante un juez.</p>
<p style="text-align:justify;">Veo a mi amigo doblado sobre sí mismo y sin embargo hay un rótulo de tranquilidad en la pareja. Calixto y Margarita han aceptado caminar tomados de la mano hacia la vejez.</p>
<p style="text-align:justify;">Quizá sea ése  el error de quienes viven juntos, aceptar que leerán a coro las líneas de un guión. Les digo que me voy a servir un trago. No más cerveza. Margarita me hace un no con su largo dedo índice. Calixto sale de la cocina.</p>
<p style="text-align:justify;">-Y tú ¿no te piensas casar?</p>
<p style="text-align:justify;">Me encojo de hombros. Ella sonríe.</p>
<p style="text-align:justify;">-Me hubiera casado contigo. Tan sólo por tu sonrisa de luz lunar -río-. Mis amigos me han salvado de cometer la insensatez- imposto con un tono melodramático y ella lo resiente.</p>
<p style="text-align:justify;">Coge un vaso y dice:</p>
<p style="text-align:justify;">-Sírveme un poco. Me animo con tal de que me cuentes tus historias de amor.</p>
<p style="text-align:justify;">-¿Crees que tenga historias?</p>
<p style="text-align:justify;">-Debes tener una distinta a la de ser el enamorado de las mujeres que se casan con tus amigos.</p>
<p style="text-align:justify;">-¿La de amante?</p>
<p style="text-align:justify;">Es encantadora. Usa las camisas de Calixto y lleva el pelo suelto. Siempre anda así por la casa. Me ha sabido cantar uno de los decálogos de Moisés. Por qué darme por aludido si nunca he deseado a la mujer del prójimo. Quise decirle sí, en algún momento lograste sacarme un suspiro quejumbroso y ahora me inquietas de nuevo. Me guardo todos los suspiros porque, como una procesión, deben ir por dentro&#8230; Apuro un trago. Me sirvo otro. Viene Calixto, se ha cambiado, se ha puesto pantalones cortos y pantuflas. Es todo un señor de casa. Nos ponemos a beber en silencio y dejamos que la atmósfera se cargue hasta condensarse. Siento que alguien va a gritar o a llorar.</p>
<p style="text-align:justify;">-No hay nada que decir sino tonterías &#8211; dice él.</p>
<p style="text-align:justify;">Yo le respondo que todas las conversaciones son tontas. Si uno se pone a sacar en limpio las conversaciones sostenidas en la vida, apenas rescataría tres o cuatro frases.</p>
<p style="text-align:justify;">Margarita pide que le sirva otro trago, le pregunto si quiere que le ponga cocacola y ella me dice que no, sólo hielo, siento el peso de su mirada, no me atrevo a confrontarla, hay rabia.</p>
<p style="text-align:justify;">-La gente no se puede pasar la vida pensando que todo es una mierda -dice.</p>
<p style="text-align:justify;">-Yo me tomo las cosas a manera de inventario –respondo-. No me hagas caso.</p>
<p style="text-align:justify;">Ella arremete de nuevo.</p>
<p style="text-align:justify;">-Te la pasas hablando sobre la pesadumbre y sobre la inutilidad. Eres majestuoso al decirlo. ¿Qué te pasó, Rubén?</p>
<p style="text-align:justify;">-Nada.</p>
<p>Me comenzaba a saturar con increpaciones de baja intensidad. Calixto me miraba y sonreía. Su sonrisa era amarga. Ella continuaba.</p>
<p style="text-align:justify;">-Dijiste que el amor era una virosis.</p>
<p style="text-align:justify;">-Hubiese sido peor catalogarlo como una patología bacteriana.</p>
<p style="text-align:justify;">-No es gracioso &#8211; dice Calixto-. Es demasiado para mí. ¿Qué te pasó? ¿Por qué arrugaste?</p>
<p style="text-align:justify;">-Porque siempre hay un ángel liberador.</p>
<p style="text-align:justify;">-Te gustaba.</p>
<p style="text-align:justify;">-¿Quién? &#8211; miré a Margarita. Hacía calor, había tomado un cubo de hielo y se lo pasaba por el cuello.</p>
<p style="text-align:justify;">-Consuelo.</p>
<p style="text-align:justify;">Consuelo iba a los seminarios sobre creación de guiones cinematográficos. Íbamos todos. Uno va con expectativas a los talleres y seminarios, son coto de caza, decía Alberto. Él me confesó, al ver a Consuelo, que era la mujer más hermosa del mundo. Quise imaginar a la mujer más hermosa del mundo. Consuelo era rubia y baja, cuando respiraba dejaba ir y venir sus grandes tetas como si estuviera a punto de un colapso. Su cara se dibujaba impecable, ojos grises y tristes, un poema intenso, los labios protuberantes y demarcados. Me la imaginaba en una vendimia en el mediodía italiano. Cada quien podía tener una idea de la mujer más linda del mundo y ésta no estaba mal. Le sonreí y me acerqué a ella; siempre he sentido curiosidad por las mujeres que les gustan a mis amigos, por eso comenzó el asedio, la puja; hubo un momento en el que Alberto y yo nos dejamos de hablar, apenas decíamos algo para señalar las miserias del trabajo del otro.</p>
<p style="text-align:justify;">-Te falta mano izquierda en ese texto -me dijo al comentar un guión que llevaba a confrontar en el seminario.</p>
<p style="text-align:justify;">Respondí que la tenía ocupada. Si hubiésemos sido más jóvenes habríamos arreglado ese comentario a golpes.</p>
<p style="text-align:justify;">Me apliqué a trabajar la imagen en el día a día junto a Consuelo, me hacía meloso y profuso, la abordaba cuando corregía un texto en clase y le respiraba cerca de la nuca. Hay que atrapar el olor y despedir feromonas; es una vieja técnica normanda. De eso se trata todo. Calixto nos invitaba a tomar cerveza en un antro de los alrededores, nos reuníamos y nos ensordecíamos con charadas irrepetibles al día siguiente.</p>
<p style="text-align:justify;">Le robé el primer beso a Consuelo mientras la acompañaba hasta su carro.</p>
<p style="text-align:justify;">Salíamos de una de esas tertulias:</p>
<p style="text-align:justify;">-Te das cuenta de que no valen la pena cuando deseas estar a solas con alguien – le soplé al oído.</p>
<p style="text-align:justify;">Tenía los labios dulces, la abracé y la respiré dos o tres veces. La besé de nuevo. Alberto nos había seguido. Nos miraba desde el toldo del local. Consuelo sonrió y me dijo algo, no puedo recordar con exactitud qué me dijo, fue dopo o después o más tarde, mañana. Fatal.</p>
<p style="text-align:justify;">Al día siguiente corrieron una película de Coppola a manera de ejercicio. Recuerdo que volteé justo en el momento en que Jim Morrison cantaba: <em>The end: I´ll never look in to your eyes again</em>. Me estremecí. Vi sus ojos, era Margarita, alta y espigada; iba de negro, realzaba su palidez, roja sólo en los pómulos y en los labios. Mi primer impulso fue querer tocar la piel de su cara; era un durazno blanco. Esta vez fue Calixto el que me dijo:</p>
<p style="text-align:justify;">-Es la mujer más hermosa del mundo.</p>
<p style="text-align:justify;">Tenía razón pero no se la di. Le dije que era una mujer hermosa, ni más ni menos. Remonté el río y vi en los espejos de agua o en el denso pantano un durazno blanco y rosado que flotaba por inercia hacia el corazón de las tinieblas, <em>Ride the highway west, baby</em>. Comprendí que debía decirle adiós a Consuelo.</p>
<p style="text-align:justify;">Había engripado de amor y estornudaba torpezas. Cómo abordaría a esta mujer y a su risa de luz lunar, cómo lanzaría la zancadilla a los inoportunos que la miraban con la estupidez propia de quienes no saben qué hacer con su mirada. Terminó la película y nos pusimos a trabajar para señalar los puntos argumentales en el guión literario. Estaba convencido, debía ser el último en invitarla a ser parte del grupo y el primero en hacerle saber que la perseguiría hasta los bordes de un mundo hostil y la atraería junto a mi pecho, contra mi piel, bajo mi respiración de espadas en movimiento. A pesar de las aspas de los helicópteros y de la cabalgata de las valkirias. Por eso intercambiamos una sola mirada hasta el fin. La de ella negra y brillante como sus ojos, la mía hambrienta y sin consuelo.</p>
<p style="text-align:justify;">Consuelo esperó a que la buscara otra vez sin comprometer su orgullo. Los días pasaron y me olvidé de ella. Iba a las clases del seminario y me sentaba aparte. Nunca más fui a tomar cerveza con los compañeros del grupo. Ella arriesgó el decoro y me preguntó si la iba a dejar vestida a las puertas de la fiesta. Le señalé que debíamos protegernos de las fiestas, no son más que tragedias. Era mejor saber parar a tiempo. Que recordara que existían postergaciones salvadoras, dopo o domani, ¿no lo había dicho? Fue muy perceptiva entonces. Achicó los ojos, dos brasas me cruzaron el cuello, sentí un nudo feroz en la garganta; al final dijo:</p>
<p style="text-align:justify;">-Rubén ¿tú no serás marico?</p>
<p style="text-align:justify;"> Bien por ella, se le ocurrió una frase célebre, algo nunca dicho por una mujer despechada. Le di la espalda, antes le rogué que me disculpara, que temía enamorarme; no quería compromisos insanos.</p>
<p style="text-align:justify;">-Ya verás cómo nos salvábamos de una enemistad irreversible.</p>
<p style="text-align:justify;">Calixto fue audaz. Invitó a Margarita a salir al cine, a cenar, a bailar. A leer guiones y a tomar vino rojo en un bodegón. Sabía que era incapaz de besarla si ella no lo abordaba antes. Yo arriesgaba que lo hiciera. Era parte del juego, quise creer. Ella debería ir lejos con el más osado sin olvidar que desde un ángulo invisible yo la miraba con todo el peso del deseo. Nunca arriesgué demasiado. Alberto buscó la manera de llevar a Consuelo al cine o a comer helados. Mis amigos eran anacrónicos. No trabajaban el primer beso en silencio, no sabían desplegar las cartilaginosas alas de la voluptuosidad. Nadie puede pasarse un mes en salidas inútiles, en intentos tímidos e ir tomados de la mano por allí, sin jalar hacia el pecho y sujetar con la boca a la boca amada.</p>
<p style="text-align:justify;">El tango prosaico de la conquista amorosa se baila desde la primera salida. El ridículo exquisito de la ansiedad debe salir fuera de cauce una vez abierto un capítulo amoroso.</p>
<p style="text-align:justify;">Estaba alegre por Alberto y Consuelo, nos hablamos de nuevo y comimos pizza juntos, celebramos con cerveza el cierre del guión de ambos, habían trabajado mucho, horas en eso, habían terminado el trabajo de fin de seminario, lo hicieron como si estuvieran cursando de nuevo los primeros años en la universidad. Era ineludible que se casaran.</p>
<p style="text-align:justify;">Se acababa el curso. No podía dejar pasar el momento. Una tarde estaba en la terraza del café donde nos reuníamos antes de entrar a las sesiones. Margarita mostraba la luz de luna en su boca de líneas bálticas y su mirada brillaba. No brillaba como brilla cualquier mirada; era la estrella, el punto luminoso sobre un cristal, recuerdo que achicó los ojos y pude entrever un esplendor intenso y diminuto. Estaba solo con ella, junto a ella, era el momento de desplegar mis alas y cubrirla con un vaho de absenta. Era la hora crepuscular, el cielo se desdibujaba en naranjas intensos y azules oscuros; sentí la enfermedad avanzar en la sombra y una fuerza súbita me impelió a buscar sus manos. Las tomé entre las mías. De nuevo en sus ojos los míos, supe que me faltaba el aire necesario y me lancé al abismo; la invité a caminar en la incipiente noche bajo las acacias de la avenida. La luz amarilla de los autos nos postergaba en los muros grafitados, le pasé el brazo por la cintura, la acerqué a mí e intenté besarla. Ella se resistió y dejó caer su cabeza sobre mi hombro. Pude oler su pelo. Olía a noche sin retorno, a hierba húmeda, a espliego. Qué tonto se puede ser entonces. Me detuve y la enfrenté con mi pasión; miré sus ojos, hubiera querido besarla con crueldad, buscar con mis manos su cuello, bajar hacia sus tetas, lanzarme junto a su cuerpo contra un muro y apretarme a ella, encontrar sus muslos, el centro musgoso de su existencia, la mojada razón de la mía. Pero me quedé fijo, atrapado por su mirada. En ese momento apareció Calixto caminando a contramano por la acera; debí besarla. No lo hice. La fui dejando al otro lado, la fui dejando como si cayera y me mirara. Ven, pudo haberme dicho, ven, pudo haber gritado. Qué escondía esa mirada. <em>Ride the snake, to the lake</em>. Sentí miedo y decidí no verme reflejado en sus ojos. Dije lo de siempre. Es malo enamorarse. Mirar desde un andén a otro no es lo mismo que cruzarlo. Si lo cruzo me arrolla el tren o su mirada, pensé. Entonces, supe que había perdido a Consuelo, a Laura, a Doménica, al tren, a la mirada, a ella. La serpiente y el veneno, perdí desde siempre en una sola mano.</p>
<p style="text-align:justify;">Margarita era coto prohibido, sus espadas flamígeras cerraban el huerto. Le temí. Sabía danzar con cimitarras y puñales. Supe que rompería mi pecho. Por eso imaginé a Consuelo tomando helados con Alberto, humedecía sus labios dulces en el ron con pasas. Era inofensiva. Calixto vino desde el otro lado de la avenida, me ignoró, le sonrió a Margarita mientras abría sus brazos. Se los pasó por los hombros, la atrajo hacia sí, me rezagué unos pasos y lo escuché decir que yo era un soltero empedernido.</p>
<p style="text-align:justify;">-Aun casado, el cabrón será lo que es –dijo.</p>
<p style="text-align:justify;">Me sentí liberado por el gran Calixto. Los libertadores son inoportunos. Esa noche me emborraché hasta perder la conciencia.</p>
<p style="text-align:justify;">Apuré el trago. Pensé que era hora de irme. Hacía calor y Margarita se preparó otro ron. Esperaba una respuesta. Siempre uno espera una respuesta a la vuelta de los años, cuando los amigos se hacen habituales. Desde los tiempos del seminario evité retornar a sus ojos. Intercambiamos visiones, nunca miradas. No sé si brillan como antes, ahora que va por su tercer trago, salen las serpientes numinosas a buscar lagos prohibidos. La gente se desinhibe con el alcohol. El desprecio o el afecto afloran, o viene un silencio envilecido. Calixto se para de la silla y busca en la nevera un trozo de queso uruguayo. Estamos mareados por la noche, es cierto, mi visita siempre ha sido impertinente, tanto como lo fue el advenimiento de Calixto aquella tarde en que se apareció por la avenida con un As de corazones en la mano. Un nudo que se ha mantenido en el tiempo. Nadie se ha atrevido a cortarlo. El me pregunta de nuevo por Consuelo, me encojo de hombros, cosas que pasan.</p>
<p style="text-align:justify;">-Yo no me he enamorado nunca, tú lo sabes -le digo.</p>
<p style="text-align:justify;">Levanto los ojos, miro un punto crispado y diminuto que destella en la mirada de Margarita. Comprendo que un tren se puede perder dos veces. Que las segundas oportunidades no son la muletilla de una telenovela. Son otra posibilidad. El derecho a reincidir. La amargura del licor se me hace buche, siento que he pisado en falso y caigo sobre los rieles. No sé si Calixto me dijo cobarde. En todo caso hice un gesto vago y no respondí. Pensé que debía dejarlos solos de una vez y hasta la otra. Cada quien tiene su lectura de la vida. Me incorporé y me fui. Bajé del departamento a la calle; el país estaba revuelto, la ciudad bullía, la gente gritaba consignas extrañas, un ensordecedor golpe de cacerolas me dejó en silencio. Así deseaba estar por siempre, ajeno a todos, incluso a mis lágrimas.</p>
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		<title>Elsa Drucaroff: &#8220;El certamen&#8221;</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Nov 2011 13:00:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cuatrocuentos</dc:creator>
				<category><![CDATA[Argentina]]></category>

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		<description><![CDATA[A Sol Glik, que se llamaba Mónica.        ¿Te acordás, hermana, qué tiempos aquellos? La vida nos daba la misma lección. M.E.W.   Soñó con unas zapatillas verdes. En el sueño eran las que se había calzado miles de &#8230; <a href="http://cuatrocuentos.wordpress.com/2011/11/25/elsa-drucaroff-el-certamen/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a><img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cuatrocuentos.wordpress.com&amp;blog=7211242&amp;post=1745&amp;subd=cuatrocuentos&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;" align="right"><a href="http://cuatrocuentos.files.wordpress.com/2011/11/spencer-tunick1.jpg"><img class="aligncenter  wp-image-1778" title="Spencer Tunick" src="http://cuatrocuentos.files.wordpress.com/2011/11/spencer-tunick1.jpg?w=405&#038;h=320" alt="" width="405" height="320" /></a></p>
<p style="text-align:right;" align="right"><em>A Sol Glik, </em><em>que se llamaba Mónica.</em><em>       </em></p>
<p style="text-align:right;" align="right"><em>¿Te acordás, hermana, qué tiempos aquellos?<br />
</em><em>La vida nos daba la misma lección.</em></p>
<p style="text-align:right;" align="right"><em>M.E.W.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em> </em></p>
<p style="text-align:justify;">Soñó con unas zapatillas verdes. En el sueño eran las que se había calzado miles de veces durante los tres años que vivió en Francia, las que la habían llevado por las picadas de los veranos europeos, completamente desnuda pero con los pies protegidos, trepando escollos de piedra en una isla de Grecia junto con otras personas desnudas como ella, como aquel holandés alto y hermoso que trabajaba en programas de rehabilitación de yonkees y la amó fugazmente una tarde sobre la arena, algo escondidos entre rocas color vino de la playita de acceso difícil, justamente bautizada playa roja por la comunidad de hippies que había habitado la zona a comienzos de los años ’70. Soñó con unas zapatillas verdes cuidadosamente guardadas en una caja que también tenía papeles que mentaban momentos dolorosos de aquella misma juventud, <span id="more-1745"></span>pero en el sueño había usado ese calzado resplandeciente todos esos años de su postgrado en París y también esos veranos, aunque cuando despertó se dijo que no era cierto, que en realidad había usado unas celestes y se preguntó a dónde habrían ido a parar, en qué arreglo de placares o en qué mudanza habría decidido regalarlas o tirarlas porque no daban ya para ser regaladas sin ofender a quien las recibiera. Sin embargo soñó otras zapatillas, nada feas, y lo más asombroso era que, aunque tan usadas, aunque conviviendo con el dolor de una juventud que también había sido difícil, estaban en excelente estado y ella había pensado soñando que era bueno haberlas recuperado porque perfectamente podría ponérselas ahora, usar sus zapatillas verdes todavía varios años más. A su edad la ropa y el calzado duraban lo que nunca en la veintena: el pie no crecía más desde hacía mucho tiempo y en cuanto a la ropa, todo el secreto era saber comer y no engordar. La vida desgasta menos las telas cuando se tiene cincuenta y aunque vestirse siga siendo un arma fascinante de seducción, ya no importa usar lo último que ordenan las vidrieras o lo que indica un grupo de pertenencia porque ya se sabe quién se es, se armó un  estilo, y porque además ya no se tiene ni se quiere tener un grupo de pertenencia.</p>
<p style="text-align:justify;">Hacía más de un mes que no volvía tan tarde y años que no dormía hasta pasado el mediodía. Recordó la reunión de la noche y pensó que la serenidad de esta etapa era intensa y no aburrida e interpretó con igual serenidad su sueño, sonriendo con orgullo por sí misma porque en él, concluyó, brillaban el comprensible, imposible deseo de seguir poseyendo la perdida juventud pero también la certeza de que aunque el tiempo hubiera transcurrido, esa juventud no estaba rota, ahí estaban, sanas, sus zapatillas (“las zapatillas verdes”, recordó, era el título de una novela que la había conmovido cuando tenía doce años), perfectamente dignas para que se las calzara cada vez que tuviera ganas.</p>
<p style="text-align:justify;">Se estiró ruidosamente en la cama. Pese a que los sábados solían amanecer juntos, Ramiro no estaba. Anoche él había tenido su cena con los compañeros del coro y además a ella le había coincidido con la reunión extraordinaria. Agradeció una vez más la natural discreción con que los dos ejercían su libertad y no se aferraban demasiado a las rutinas, ése era el secreto de su estable, confortante, amorosa relación con cama afuera que ya llevaba diez años. Él estaba con sus amigos, sabía y podía divertirse por su cuenta; ella había salido hasta el amanecer con la gente de su escuela secundaria, un reencuentro al que por supuesto a él ni se le había ocurrido que debía asistir, a diferencia de la mujer del patético Bragnello, que anoche estaba ahí como un ser de otra especie y miraba con sonrisa estúpida, sin tener nada qué hacer ni decir. Saludada con cortés indiferencia por más de sesenta extraños, la gordita era un apósito ridículo que vigilaba al hombre crecido en esa excursión a un pasado con el que ella nada compartía, y mientras él abrazaba, reía, se volvía otro, ella esperaba para llevárselo de vuelta a casa.</p>
<p style="text-align:justify;">Descalza, todavía vestida con su camisón de gasa roja, Dalila abrió despacio la puerta del cuarto de su hija: dormía. Cuando ella volvió de la reunión que evidentemente le había provocado el sueño de las zapatillas verdes eran casi las seis de la mañana y Milena no estaba. Salida de adolescente en viernes a la noche: era lógico, no se despertaría hasta las tres de la tarde. Tenía tiempo, a las 5 la esperaba el papá en su casa así que hasta las 4 la dejaría descansar. Cerró la puerta con emoción, imaginó las aventuras nocturnas que le estarían tocando a su ya no niña, las que ella no conocía ni compartía. Su madre tampoco había compartido las que Dalila había vivido con esas chicas y chicos que (aunque ya no eran ellos) había reencontrado anoche. Mientras se desnudaba ante el gran espejo de su baño, antes de entrar en el agua tibia, espumosa de productos de aromaterapia que le había regalado un paciente, Dalila se preguntó retóricamente cuántos, además de Ariel, cuántos más de los hombres y mujeres cincuentones, canosos y teñidas, pelados y con el pelo raleado por las tinturas y la menopausia, panzones y panzonas, arrugados y arrugadas, varicosas y aquejados del ciático, cuántos de los compañeros de secundaria que ella había enfrentado durante la noche anterior (salvo Ariel) mantenían interiormente con dignidad sus zapatillas de entonces. Deseó que también Laura las pudiera soñar así de limpias, de sanas. A Laura la vida no la había tratado tan amablemente como a ella, pese a su enorme éxito profesional, y sin embargo se la veía entera: no había perdido la voz vibrante ni la mirada franca, ni había permitido que de su aspecto se borrara por completo la exuberante muchacha que volvía locos a los chicos de secundaria, esos ex chicos que deambularon por la reunión saludándose con un desafiante “¿quién soy?” y prosiguieron con ruidosos festejos y abrazos cuando la persona interpelada lograba reconocer detrás del cráneo raleado, de la papada, de los dientes amarillos, del abdomen, al adolescente que le había gritado turra a la Ferreyra la vigésima vez que tomó prueba sorpresa o al que había partido en dos un inodoro del baño del patio cubierto, cuando pasó toda la hora de geografía sobre él, en cuclillas para que no se le vieran los pies, intentando salvarse de la lección oral, o al que antes miraba directo a los ojos, o al que antes era ágil y flexible como un gato, o al que en un recreo juró haber tenido su primera relación sexual durante una siesta del verano anterior con cinco eyaculaciones seguidas adentro de su empleada doméstica, mostrando como prueba a varones que en su mayoría ni siquiera habían logrado terminar de cambiar la voz cicatrices de rasguños en la espalda. Qué repugnantes eran, se acordaba Dalila disfrutando de la espuma de su amplia bañadera, qué ideologías abyectas podían encarnar con inocencia feroz, qué mundo basura se enquistaba ya en ellos hasta arrastrarlos a eso que tantos eran anoche, murmuraba y pensaba en Ariel, exceptuaba a Ariel, la sensibilidad de Ariel que ni siquiera entonces había festejado esas cosas, volvía a ver su hermoso rostro joven y su entusiasmo cuando analizaba las letras de Moris y Charly García como programas existenciales y su silencioso interés cuando la dejaba hablar contra el machismo, su respetuosa atención. Dalila pensaba en el Ariel de hoy, los asombrosos anteojos de marco oscuro que ahora velaban un poco la mirada igualmente despierta, el bigote canoso, los músculos desarrollados que señalaban la continuidad y el abdomen discreto que marcaba aceptablemente la distancia con ese joven que había sido para ella un intenso, verdadero amigo, no un amor, se decía mientras se estiraba en la espuma, nunca se enamoraron, nunca se hirieron, no tenían nada que reprocharse, disfrutaba ella pulsando el botón del hidromasaje y dejando que las piernas se balancearan un poco por el impulso del agua. Ideología repugnante, mundo repugnante, pero en Ariel (hoy un próspero sociólogo que tocaba casi como hobby en una banda de <em>jazz</em>), en Laura y en Andrés ella había encontrado una sombra más apacible. Mundo repugnante pero no Ariel, no su voz cálida de entonación perfecta, no los rasguidos de su guitarra, no el inglés bien pronunciado con que entonaba en los livings de las casas donde sus amigos organizaban fiestas <em>Breath, breath in the air</em> e instaba a Dalila a acompañarlo en el canto, no la habilidad con que rehacía los acordes de Pink Floyd y alentaba a todos (pero sobre todo a ella, porque la sabía cómplice) a respirar un aire nuevo, uno que también le transmitió boca a boca en los encuentros desaforados que tuvieron en los hoteles alojamiento de la Recoleta durante varios meses de quinto año, encuentros precedidos o seguidos por mucha risa y charlas serias donde discutieron y perfeccionaron definiciones sobre la amistad, la hicieron trascender fronteras preestablecidas, derribar muros, volverse la esperanza del mundo que advendría. Acordaron que, de él, ellos eran heraldos y en él, la amistad podría incluir sexo. Entonces, como la tarea urgente era cambiar la realidad, debatieron si la herramienta era la política o era el arte: Ariel explicaba que los militantes eran cuadrados, rígidos, tenían miedo de su propio yo, se aferraban a manuales y fórmulas, y prendía un joint en esa habitación de albergue transitorio a la que habían entrado rogando que nadie les pidiera documentos, y Ariel fumaba con ella por primera vez, vírgenes los dos de drogas, juntos en el compromiso de experimentar y crecer, un verbo que señalaba algo muy grande, más allá del desarrollo fisiológico o incluso existencial, un verbo que apuntaba también a todos, como si cada acto que Ariel, ella, Laura o Andrés (esos pocos semejantes) emprendieran, fuera lugarteniente del mundo por venir.</p>
<p style="text-align:justify;">Y tal vez Ariel haya sido virgen no sólo de drogas en ese hotel alojamiento en el que fumaron juntos marihuana, pero Dalila no era ya virgen y con ese saber femenino sobre lo que a un varón no hay que ponerle en evidencia, nunca se lo preguntó, ni siquiera anoche, cuando volvieron a verse más de treinta años después y guardar esos secretos ya no tenía demasiado sentido. ¿A lo mejor lo haría? ¿Se encontrarían otra vez ahora, grandes, cincuentones? ¿Irían a cenar y compartirían un buen vino “a ver si somos capaces de tender nuevos puentes”, como él había dicho cuando cambiaron celulares? ¿Tendría ella el espacio para preguntarle y confirmar lo que siempre había sospechado, a lo mejor otra vez entre sus brazos, otra vez en un hotel alojamiento, tirándose una de sus canitas al aire? Sería lindo, se dijo contenta, sería lindo salir y volver a encontrarse en absoluto secreto, como antes. Los suyos habían sido tiempos de novedad y fiebre y pese a la pasión no se habían hecho daño. También habían sido tiempos de acción política, aunque en esa escuela de niños de familias acomodadas casi nadie militaba, tampoco Laura y todavía no Andrés, pero los cuatro seguían con excitación las noticias de los diarios y discutían con Andrés, que sí militaría y que un año y medio después sería secuestrado, el único desaparecido de nuestra promoción dijeron anoche y ella recordó tantas charlas que la llenaban de dudas a ella y a Laura, no a Ariel, que se hartaba y contraproponía la revolución del amor, la profundización del conocimiento del yo y la comunidad de la paz y la libertad, y citaba letras de Spinetta o poemas de la antología de franceses surrealistas que había hecho Héctor Pellegrini, y porque se hartaba hoy estaba vivo.</p>
<p style="text-align:justify;">Con Laura hoy ella continuaba compartiendo dudas. Laura estaba más arrugada, claro, quién no, pero seguía hipnotizando a los hombres con sus escotes profundos y se reconocía en su rostro atractivo (no hermoso) aquel rostro atractivo y no  hermoso de juventud; no se había hecho mamarrachos en el pelo ni lipoaspiraciones abdominales, no se había inyectado sustancias en los labios o en los pechos ni se había estirado la piel con cirujanos. Y sobre todo había hecho de su potente cerebro, de su extrema sensibilidad, los secretos de un triunfo que anoche pudo refregar en la cara a decenas de mediocres que la habían humillado y después no habían ido ni a la esquina. Ella y Laura, triunfadoras no porque vivieran en un country como Marta, siempre estúpida pero ahora seductoramente estúpida, casada con un abogado penalista que había hecho una fortuna en los ’90 defendiendo la línea media de políticos corruptos. Eso se comentaba anoche sobre Marta, a sus espaldas. Se hablaba con asombro y hasta con admiración mientras la ex mosquita muerta iba de acá para allá, luciendo ante los ojos de los egresados de la promoción 1975 la belleza que nunca antes había tenido. Belleza perfectamente hueca, sabía Dalila: corte de pelo de estilista famoso, ropa de la última temporada, cuerpo perfecto moldeado con cirugía y gimnasia hasta el más pequeño musculo. Dalila y varios más habían tenido que hacer un esfuerzo para recordar quién era esa mujer atlética y bronceada hasta que aportando recuerdos entre muchos la habían recuperado: una chica de perfil muy bajo, notas mediocres, amiga callada de otra tan anónima como ella que no había concurrido a la reunión. No había anécdotas que trajeran a Marta desde el pasado y parecía mentira que en el presente luciera tanto paseándose entre los antes indiferentes antiguos compañeros, moviendo su cabello perfectamente teñido y sonriendo con  labios bien maquillados, ni mucho rojo ni poco brillo, ante una corte de machos envejecidos, gordinflones y ansiosos; bien vestida, elegante y sensual sin por eso disfrazarse de adolescente, sus piernas lisas y fuertes de jugar al tenis (habló mucho de eso, jugaba al tenis en el country tres veces por semana y entonces alguien recordó a sus espaldas que nunca había sido mala en gimnasia, que en el equipo de vóley funcionaba bien, y algo de la oscura, anodina Marta del pasado se hizo más real, algún puente fue posible entre la niña deportista sin gracia y la señora del abogado que apareció un par de veces en los diarios durante los años noventa, y Marta pasó a ser otra de las presencias vivas y sepultas que en esa reunión se exhibían, se ofrecían, se esforzaban por recibir hoy el reconocimiento que ayer habían disfrutado o el que les había sido negado de acuerdo con la crueldad extrema de la adolescencia).</p>
<p style="text-align:justify;">Porque así era, pensó Dalila mientras elegía en su vestidor una remerita y una minifalda encantadoras que le quedaba apenas peor que a Marta aunque tenía unos apliques de patchwork que con certeza ella, de imaginación pobre y gusto convencional, jamás concebiría: cada uno de los que estaba en esa reunión esperaba ser reconocido en su continuidad como existencia digna. Algunos se mostraban orgullosos de eso en lo que habían devenido y otros lo enseñaban con timidez y hasta culpa, como diciendo me transformé en esto, qué se le va a hacer pero por suerte ustedes me recuerdan. Y otros paseaban su humanidad por la reunión disfrutando una revancha. Tal vez incluso ella misma, Dalila, participara un poco de ese grupo: en tanto era una de las que soportó la condena de ser minoría, el don de ser diferente, tenía sus humillaciones por cobrarse. Pero la mayor acreedora de la noche, la que resplandecía de felicidad mientras cobraba, uno a uno, cada peso de su deuda, había sido Laura. Anoche, pensó Dalila con satisfacción, toda esa gente patética había tenido que volverse pequeña y modesta cada vez que se acercaba a ella, cada vez que Laura contaba con naturalidad, sin siquiera necesidad de jactarse, cómo había llegado a ser una de las cabezas más valiosas de la antropología en el mundo, uno de los nombres más prestigiosos en una de las mejores universidades de los Estados Unidos.</p>
<p style="text-align:justify;">Se había hecho amiga de Laura a los trece años discutiendo sobre Jo, la hermana rebelde de la familia March. Ambas simultáneamente amaban y abjuraban de aquella novela de infancia y rescataban a Josephine, la que no encajaba, la apasionada por la literatura; pero Dalila fustigaba a una autora sádica y envenenada de judeocristianismo que había forzado a Jo a cortar el largo y abundante cabello -su única belleza- para ayudar a los pobres, en cambio Laura señalaba que al hacerlo, la autora se atrevía a dejar a su personaje femenino sin las armas que hoy ambas entendían como estereotipos del género y entonces las dos acordaron, felices, en caracterizar como:  trampasburguesasmachistasyreaccionariasenlasquecaemoslasmujeres. Reconociéndose hermanas de Jo ellas se habían reconocido hermanas ellas mismas y Dalila aprendió rápido a querer –aunque a veces la sacaran de quicio su ansiedad y su verborragia- a esa chica extraña cuyo uniforme demasiado gastado y cuyos útiles baratos desentonaban en la escuela privada. Tampoco su cuerpo armonizaba: su busto era demasiado prominente; sus curvas, extremas. La existencia femenina que se llamaba Laura evidenciaba un desarrollo insultante por lo avanzado respecto del de las demás púberes del curso; en cuanto la conocieron, las que ejercían el liderazgo hicieron correr el rumor (que Dalila primero creyó y contribuyó a divulgar, probablemente por intentar ser aceptada y también por envidia) de que se ponía algodón para rellenar el corpiño y esa mentira explicaba las redondas protuberancias que su holgado jumper gris y el encorvamiento intencional de su espalda no lograban disimular. Las glándulas sudoríparas de Laura también fueron objeto de ignominia: activadas por una producción hormonal febril, agredían sin pudor las delicadas narices de las flamantes señoritas. Luego, cuando se hicieron amigas, Laura mostró a Dalila, antes que nada, los frascos de desodorantes y perfumes consumidos que guardaba en la repisa de su habitación para al menos defenderse ante sí misma, y los frascos aún por consumir que utilizaba muchas veces al día, y le habló con lágrimas en los ojos de los reproches que sus padres le hacían por lo que gastaba en ellos y en los baños de agua caliente, que malversaban el gas y se repetían incluso tres veces por día. Esto no borró el hecho de que Dalila hubiera sido una de las tantas que había difundido la calumnia de que la chica de algodón en el corpiño no se bañaba nunca, y tampoco que incluso una vez hubiera tomado la iniciativa para ofenderla, mostrando a la que sería su amiga su rechazo al correrse unos pasos y  murmurar ostensiblemente qué olor y provocar risas cuando la niña se acercó al grupo y ensayó su sonrisa más generosa para ver si la integraban. Una generosidad que había constituido (pensaba ahora Dalila, recordando aquella boca rosada de dientes pequeños, al tiempo en que desayunaba liviano en la barra del bar que delimitaba el área de cocina de su luminoso living integrado) la herramienta espontánea con la que Laura había enfrentado la despiadada maldad del resto de las mujeres, incluida la suya propia, en esos primeros meses de primer año de secundaria, cuando la que sería su mejor amiga recién había entrado a la escuela (becada, desde luego) y se enfrentaba con un grupo armado y sólido que arrastraba líderes desde el primer escalón de la primaria. Una generosidad que Dalila nunca había tenido; ante las agresiones y el vacío de sus compañeras, que ya desde años anteriores mantenían con ella una relación desconfiada y conflictiva, se había distanciado con inicial rencor que se fue volviendo indiferencia después de una sorda pelea con las líderes, de cuya inferioridad espiritual la adolescencia súbita la había vuelto consciente. Aunque durante el primer año de secundaria todavía tuvo ramalazos de interés (o tal vez esperanza) en juntarse con ellas, porque parecía la posibilidad de ser mirada y de seducir a alguno de los chicos exitosos del curso, de ser aceptada por la mayoría, pronto se alejó rumiando las ofensas recibidas y pergeñando venganzas bastante efectivas que siempre pasaban por humillar con su verba eficaz a las que detentaban el poder grupal, escupiendo ironías y negros chascarrillos que las atacadas entendían a medias, lo cual las ponía aun más nerviosas y enfurecidas y arrancaba sonrisas en algunas chicas y varones avispados. Pero antes de aquella ruptura definitiva nunca abiertamente declarada, buscando encajar, Dalila había tratado en vano de adaptarse. Para lograrlo le faltaba pelo lacio (su mata rebelde y excesivamente abundante hecha de rulos, gran orgullo todavía en su cincuentena, era lo peor que le podía pasar a una chica de los años setenta, sobre todo si intentaba planchársela con productos químicos que le dejaban el cabello sin ondas pero parado como por la  electricidad). También le faltaban destreza en los deportes y si no dinero, decisión de sus padres en gastarlo en marcas importadas de la más reciente moda. Y por si fuera poco, le sobraban sensibilidad y falta de habilidad para la hipocresía con los demás y consigo misma. No obstante (Dalila no quería embellecerse) en algún momento –aquel primer semestre del primer año, sobre todo- había intentado concienzudamente cultivar esas virtudes sociales y si no le había ido bien, no había sido porque no pudiera disfrutarlas por un rato sino porque no alcanzaron: su vocabulario demasiado rico de niña lectora, las simpatías políticas de sus padres, demasiado izquierdizantes, su incontrolable tendencia a complicar con preguntas y análisis que nadie le pedía las afirmaciones seguras de sus camaradas, el poco compartido entusiasmo que expresaba cuando las profesora de castellano o de literatura inglesa proponían ciertas lecturas, y  probablemente, en menor medida, su apellido judeo alemán combinado con su condición de atea no alcanzaban para que la crema femenina de primer año, primera división, terminara de aceptarla en su seno.</p>
<p style="text-align:justify;">Durante los últimos diez años Laura había ubicado a Dalila por internet. Desde entonces, los largos y esporádicos encuentros de las dos amigas se habían vuelto un agradable compromiso cada vez que Laura pasaba brevemente por Buenos Aires, o cuando Dalila viajaba a Estados Unidos, lo cual había ocurrido dos veces: la primera, precisamente por proposición de su amiga recuperada, que la alojó  en su casa en Boston, junto a su tercer marido (del que pronto iba a separarse) y sus dos hijos; la segunda, cuando Dalila viajó a Nueva York como conferencista invitada en un congreso de psicoanálisis y Laura se arrimó hasta allá para pasar con ella todo el día domingo. En esas charlas que no solamente versaban del pasado (porque los caminos que las dos habían hecho seguían cruzándose de modos nuevos e interesantes), Dalila le había pedido perdón una y otra vez por su crueldad durante aquellos meses, pero Laura no parecía resentida. Esa era una de las virtudes que Dalila más admiraba hoy, cuando observaba a su amiga: siempre había respondido con ingenua y noble transparencia a las arpías que la acosaban. ¿Algodón? ¡Pero no! ¡Si usaba corpiño desde los nueve años y la regla le había venido a los diez! Tenía casi cien de busto, lo juraba, lo confesaba como el tormento que en ese momento era para ella y esperaba en vano compasión de las felices de pechitos ochenta y setenta y cinco, patitas de tero y traseros diminutos. ¿Sucia, ella? ¡Se bañaba varias veces por día pero no sabía por qué traspiraba igual, incluso con esos productos entonces nuevos, antitranspirantes y no desodorantes, que no ofrecían tapar con otro olor el olor culpable de la vida hormonal, sino eliminar radicalmente cualquier segregación, cualquier evidencia obscena de que su piel floreciente se expresaba con fiebre de moral dudosa. Moral dudosa, eso era lo que desbordaba en toda Laura, eso proclamaban sus vírgenes carnes abundantes y su cabello muy negro, su piel blanquísima, su perfecto óvalo de cara que sin embargo albergaba rasgos poco armónicos, sus blancos dientitos lascivos, su nariz un poco grande, un poco curva. Falta de ortodoxia en ese extraño rostro de judía sefaradí que era hija de un obrero textil y un ama de casa depresiva y silenciosa y vivía con ellos en un oscuro departamento del Once, observada por ellos con consternación: qué era esta hija prematura y rebelde que aunque estudiaba bien tenía ideas raras, se negaba a practicar la religión, cantaba canciones de letras absurdas en castellano (y no en el incomprensible pero masivo inglés), melodías rarísimas que un grupo insólito de jóvenes herejes entonaban por esos tiempos, y pregonaba ideas y moral ajenos por completo a los valores de ellos. En quién se había transformado su hija, cuyo notable rendimiento escolar en la primaria y algún azar que el insensible sentido común consideraría buena suerte le habían permitido acceder a una beca en una inalcanzable y exigente escuela privada bilingüe, y se desempeñaba perfectamente en el idioma de casi todas las canciones de la radio, una lengua que padre y madre eran incapaces de pronunciar. Escuela extraña, con varios judíos pero ninguno sefardí y probablemente ninguno incapaz de comprarse una valija de cuero nueva para llevar los útiles, en vez del cartapacio antiguo y gastado que había pertenecido al padre y Laura cargaba con vergüenza, obligada por él.</p>
<p style="text-align:justify;">Eran tiempos en los que la vida transcurría a la velocidad de la luz, recordaba Dalila mientras enjuagaba en la pileta la taza de su desayuno. Después eligió el compacto con el concierto para cello de Bruch y se recostó a escucharlo y recordar en su sillón preferido, calzándose los auriculares cuadrafónicos para no despertar a su hija (la casa era grande y era improbable que le llegara la música del living si no la ponía muy fuerte, pero nada le costaba esa pequeña precaución). Seleccionó el adagio, quizás porque precisaba esa serenidad para conectarse con tanta fiebre, y recordó asombrada una vez más que no habían pasado sino meses de primer año y ellas dos ya eran amigas cuando el estigma de fea sin remedio que las mujeres del curso habían impuesto a Laura mutó bruscamente. No el de la pobreza ni el de la consiguiente suciedad a ella asociada, pero la suciedad ahora mostraba explícita y abiertamente su deslumbrante componente sexual: porque Laura, esa feísima y maloliente gordita de blusitas con puntilla resultó –para estupor de todas- objeto del deseo desenfadado y las fantasías de los varones de primer año primera división y rápidamente su figura bendecida por curvas que ninguna de las otras ostentaba todavía  se extendió a las divisiones aledañas, también a los de segundo y hasta a algunos varones de tercero y cuarto.</p>
<p style="text-align:justify;">De a uno, gradualmente, casi todos la fueron volviendo protagonista de sus hazañas y contaron a cada machito que quisiera escucharlos (y siempre alguno se lo contó a una amiga que se lo contó con indignación a las demás) cómo las viriles manos adolescentes de donde brotaba tanto ensueño erótico habían amasado y presionado los descomunales senos blancos contra la pared de una escalera o habían asaltado las caderas, refregándose en su trasero y mordiéndole el cuello en la penumbra, aprovechando que se había inclinado sobre una cama para tantear, entre las ropas de todos los invitados a la fiesta, el tapado de paño pasado de moda que su madre había adaptado para ella en ese invierno. Variadas escenografías y ocasiones componían monótonamente un relato único en el que la gorda Laura, Laura la tetona, había sido usada breve y audazmente y nunca jamás se había resistido, por el contrario, se había dejado, había respondido fervorosamente, había marchado sumisa al mismo ritmo urgente de los vírgenes cabríos.</p>
<p style="text-align:justify;">Y así cundió su fama. Llegó hasta el rector de la escuela (quien, inquieto por el mantenimiento de la beca, la interpeló con paternal eficacia y quizás por su experiencia en el oficio supo creerle y reafirmarle su confianza) e incluso hasta su propio padre (quien al escuchar una voz anónima de mujer que decía por teléfono su hija es una puta no supo qué hacer, ni qué pensar, y cortó en silencio con tristeza infinita). Laura replegó sus sonrisas y su eterna disposición a ser amable en un silencio dolorido aunque nunca logró devolver las agresiones, y todos siguieron acostándose con ella mientras ella sufría una virginidad que se había vuelto involuntariamente secreta y sobre todo inverosímil.</p>
<p style="text-align:justify;">Hasta que hubo un varón que de verdad se atrevió a descubrir la virginidad de Laura, uno que no avanzó en la fantasía sino en el árido y peligroso mundo real. Todos los relatos lo habrían convencido (aventuraban hoy las dos amigas cuando revisaban  juntas aquellos hechos de casi cuatro décadas atrás) de que la exuberante chica de piel blanca, nariz curva y pelo negro era la señalada, el regalo que la vida le ofrecía para animarse a su primera incursión en la selva despiadada de las relaciones sexuales, porque esa suciedad repugnante y envidiada por las chicas, deliciosa y punible para los varones, a él le parecía más bien generosidad extrema, materna omnicomprensión, incondicional entrega que transformaría la ardua y hostil excursión que lo esperaba en un viaje inolvidable al paraíso. Tal vez fue por eso que Andrés no atacó ni asaltó ni manoteó, no intentó imitar los relatos imaginarios de sus compañeros; no porque no los diera por ciertos sino porque no tenía ningún interés en castigar a la experta puta de la escuela, sino en seducirla. Quería estar a la altura de esa magnificencia que se le antojaba infinita y seguramente se le había vuelto evidente no sólo por los relatos de sus imberbes y estúpidos (pensaba él en su fuero íntimo, sin atreverse a confesarlo) congéneres, sino también por su propia experiencia, por la generosidad que leía en Laura durante las pruebas escritas, por ejemplo, cuando jamás corría la hoja si alguien espiaba la resolución de un ejercicio, probablemente justa dadas las notas que ella solía obtener, notas apenas correctas en las materias que no le gustaban (geografía, botánica, contabilidad), notables en las que le interesaban en serio (matemáticas, historia, lengua inglesa, castellano). Por eso Andrés logró con Laura lo que nadie había ni siquiera intentado y por eso fue el primero y el único varón que se acostó con ella entre el medio centenar de muchachos que aseguraron durante los cinco años del ciclo secundario que lo habían hecho. Sólo que Andrés nunca lo proclamó, tampoco lo ocultó exactamente. Se limitó a hacerse buen amigo de la chica y a llevarla a su habitación o a hoteles alojamiento ya en el verano que separó el primer ciclo lectivo del segundo, y a seguir acostándose con ella a veces con mayor frecuencia, a veces esporádicamente, durante los cuatro años que siguieron, intercalando a su amiga Laura entre otras mujeres, yéndose sexualmente para volver siempre a ella, a su entrañable Gorda Tetona que saludaba en la escuela con complicidad alegre, despeinando afectuosamente su lacio y brillante cabello oscuro, abrazándola como a un amigo cuando no se acostaba con ella porque alguna novia rubia lo había deslumbrado por un rato.</p>
<p style="text-align:justify;">Ah, cómo había amado Laura a Andrés, pensaba Dalila dejándose llevar por la infinita melancolía del adagio de Bruch. ¿Y Andrés había amado a Laura? Posiblemente más de lo que él se había dado cuenta. Pero si a ella Ariel no le debía ni un instante de dolor, apenas alguna ansiedad, algún momento de incertidumbre o inseguridad que pronto se había disipado, Dalila sí recordaba con exactitud el estoico dolor que su amiga había sufrido cuatro años, la ilusión que no logró disiparse hasta que no se fue del país, no partió casi huyendo de tantas cosas (el dolor por Andrés y por el secuestro de Andrés, una de ellas) a estudiar afuera. Sólo cuando se reencontraron las dos casi treinta años más tarde encontró Dalila a Laura libre por fin de su fijación con ese chico contradictorio que la quería tanto pero nunca más que como buena, estrecha, sensual amiga, nunca como para elegirla, que la respetaba tanto pero nunca como para defenderla con énfasis de las calumnias que levantaban contra ella sus camaradas, nunca como para traicionar a sus compañeros de género desautorizándolos de verdad en público. Recordaba el simple y rotundo amor que tenía Laura por ese muchacho ignorante de sí y atormentado que, ella le contaba, a veces se acurrucaba después del sexo adentro del amplio cuerpo de su amante para susurrarle, sin atreverse a mirarla a los ojos, que ella, su Gorda, su linda y tetona Gorda, era lo único verdadero que él tenía, que pese al lugar de liderazgo que gozaba en el curso, pese a su participación brillante como federado de vóley masculino en el equipo de la escuela, al costoso auto paterno que lo dejaba en el colegio todas las mañanas y a las vacaciones en su casa de Punta del Este cada enero, ella era lo único que él realmente tenía, la única mujer real entre tantas carcasas de ropa importada y maquillaje y esmalte de uñas que lo asediaban como fantasmas y él lucía a su lado como parte del pesado oficio de ser hombre, uno de los hombres exitosos de esa escuela. Pero unos días, unas semanas después, Andrés le pasaba un papelito en clase donde le escribía excitado tenemos que hablar, tengo que contarte, y en el recreo, si no lo requerían sus obligaciones de varón popular, o en un café al que la invitaba a la salida de la séptima hora, él le hablaba entusiasmado de una chica que acababa de conocer y parecía otra cosa, era probablemente otra cosa porque tenía mirada de ángel, pureza celeste como el cielo y sonreía con tanta sensibilidad, su alma parecía tan rica que a lo mejor sí era la que podía ser su novia. Y entonces Andrés suspendía el sexo por un tiempo y Laura sufría detrás de una sonrisa triste y atenta con la que escuchaba el periplo de su amor y desilusión infaltable, cómo me entendés, decía él fascinado, sus quince años entregados de pies y manos a esa diosa comprensiva que lo conocía más que sí mismo y probaba una y otra vez su generosidad infinita. Y aunque lo primero era cierto, porque Laura lo conocía y sabía que lo que él buscaba, lo que deseaba con toda su noble alma de varón era una mujer como ella pero rubia, una que no estuviera becada ni tuviera apellido sefardí ni padre entrado en años a punto de jubilarse de la fábrica ni madre silenciosa, obesa y triste, ni cartapacios ajado, una que pudiera mostrar a sus pares y llevar a su casa, lo segundo no lo era tanto, porque no era generosidad la razón por la que ella no le decía todo esto y evitaba así que él se avergonzara de sí mismo, que se supiera un imbécil y sobre todo un cobarde, no era generosidad sino miedo a perderlo. Saber y no dejarlo saber era el modo que Laura encontraba para soportar un tormento que después de todo le parecía lógico y merecido.</p>
<p style="text-align:justify;">Hasta que llevado por la bullente primavera de 1973 Andrés encontró en la política la legitimidad que le faltaba para enfrentar a sus camaradas de secundaria, a sus padres, al mundo entero, y a finales de ese año entró en la UES, la Unión de Estudiantes Secundarios que era la base social adolescente de los refulgentes Montoneros, los soldados de Perón, los que traerían a esta tierra castigada la luz del socialismo; y liberado por fin de un mundo que lo asfixiaba, Andrés dejó de bucear en carcasas de uñas esmaltadas y zapatos italianos para conocer maravillado un universo donde las muchachas seducían a los varones populares como él con hermosos pulóveres de telar andino, frescas caras lavadas, camisas proletarias de gruesa lona beige, vaqueros que no tenían marca o si tenían marca, era una nacional, y zapatillas blancas de puntera de goma en forma de flecha, marca igualmente argentina que se usaban apenas raídas, pero inmaculadas.</p>
<p style="text-align:justify;">Y así Andrés se unió por fin a la mujer verdadera que siempre había buscado, sólo que ella no fue Laura, no porque Laura se le antojara ahora menos verdadera sino porque había cumplido ya su rol de señalar una alternativa, un modo de relación, un tipo de humanidad deseable, y Andrés desafió a camaradas, padres y mundo entero cuando apareció en las fiestas de sus compañeros de escuela rica, bilingüe y prestigiosa, en la fiesta de graduación de los bellos y bellas flamantes bachilleres y hasta en el chalet de Punta del Este, con una morena de labios gruesos y pechos casi tan grandes como los de la chica tan querida con quien mutuamente se habían desvirgado, pero los padres de esta nueva y deslumbrante mujer no provenían de la empobrecida Asia Menor sino de la igualmente humilde provincia del Chaco y era ella, no su padre, la que trabajaba en una fábrica textil mientras cursaba con empeño y eficacia el tercer año de una secundaria nocturna en la que se recibiría de Perito Mercantil, un título con salida laboral que la habilitaría para ingresar al trabajo de oficina en lugar del manual del que provenía y que constituía el ámbito de su militancia. Inteligente, combativa, hermosa en sus rasgos aborígenes, el pelo y los ojos tan renegridos y brillantes como los de Laura, María Concepción Rodríguez le mostró por fin a Andrés su lugar en el mundo. Fue el primer amor que se atrevió a aceptar y el único que tuvo tiempo de tener. Como era esperable, también intentó compartirlo con Laura mas ella supo que esta vez su destino estaba sellado: se le había acabado toda la dicha a la que podía aspirar. Terminaron definitivamente las incursiones sexuales esporádicas o frecuentes pero aunque no volvió a ser tan amiga (porque la conciencia de que había comenzado una etapa en la que ya nunca ocuparía el lugar que había tenido le impedía fingir la disposición de antes), Laura tuvo el talento para retroceder con dignidad y resignación y permitir que el vínculo se apagara sin degradarse; supo guardar la furia y los malos sentimientos para desahogarlos en las charlas con Dalila, porque no se trataba –se decía Dalila ahora- de que Laura hubiera sido una santa durante su adolescencia, de que no hubiera albergado ni una gota de rencor contra Andrés, de que no lo hubiera juzgado, sino de que se valoraba tanto y tan poco al mismo tiempo, que de algún modo lo que había ocurrido se le antojaba completamente lógico, previsible, y si no merecido (porque la sociedad era injusta y el capitalismo, horroroso), al menos esperable; o si no esperable (porque de alguien tan interesante y profundo como Andrés se podría haber aguardado una conducta menos obvia y pusilánime), al menos merecido (porque después de todo en este mundo a ella le había tocado ser fea, judía y pobre, y su culpa era real, tal como la tristeza sin interrupción de su madre demostraba).</p>
<p style="text-align:justify;">El último recuerdo que Laura tenía de su entrañable Andrés era el mismo que Dalila: el largo abrazo de a cuatro en el que se enredaron él, ellas y Ariel, los cuatro distintos, los cuatro revoltosos, los cuatro disidentes de esa promoción 1975 que llegaba al baile de egresados y a la puerta de salida hacia el mundo cuando el mundo anunciaba una tormenta de sangre de la que ya caían las primeras lluvias. Un abrazo que, habían afirmado los tres anoche, hoy estaba indeleblemente grabado en la carne de cada uno, un abrazo que en ese momento había sido de los cuatro con los cuatro pero ahora era de ellos tres con Andrés, abrazo hoy de pura ausencia que repitieron, dejando la ronda de brazos abierta en un punto para que el fantasma la cerrara, para que la falta estuviera ahí, sangrando, y los abrazara. Y Laura lloró entre ellos dos, sonriendo de llanto con sus labios rosados en su piel blanca de intelectual atractiva y triunfadora, la piel que ya hacía varias décadas enfundaba en camperas forradas con pieles ecológicas cuando salía al campus en los inviernos de Boston y desenfundaba para sentarse relajada en los vestíbulos de los hoteles del mundo donde los periodistas culturales de suplementos multilingües le hacían entrevistas.</p>
<p style="text-align:justify;">Qué placer, se dijo Dalila apagando el equipo de música, qué regalo de la vida fue ver anoche cómo esos ex adolescentes que la habían humillado rodeaban a Laura para preguntarle si podía ser, por ventura, que hubiera sido ella esa que vieron en un programa de cable que nunca miraban pero que esta vez los había capturado cuando la reconocieron; saltando con el control remoto de pronto habían acampado ahí, en esa imagen de la dama que emergía del túnel del tiempo para devolverles en asombrado silencio el objeto de sus masturbaciones y sus risotadas, envuelto en forma de persona famosa, persona que mantenía la carne blanca, la boca carnosa, la nariz algo curva y hasta la mirada lasciva y sobre todo los mismos pechos que ahora no encorvaba ni disimulaba sino lucía con tranquilidad igual que anoche, con qué soltura llevaba el escote de su multicolor vestido vaporoso que subrayaba su trasero ahora incluso más grande y mentaba con su estilo un pasado hippie con el que había coqueteado mientras estudiaba en San Francisco durante los primeros años de su veintena. ¿Era Laura, no es cierto? ¿Había sido ella la que decía no sé qué cosa sobre cuál otra pero estaba tan bien dicha, tan admirablemente modulada?, preguntaba el hombrecito pelado que si había viajado, había sido para encerrarse en hoteles previamente reservados con su esposa y para conocer exclusivamente lo que había decidido la excursión turística que había contratado como parte del paquete. Y ella, en cuyos ojos brillaban innumerables horizontes, hombres, experiencias, sufrimientos, delicias, respondía que sí sin jactancia y dejaba llegar la pregunta siguiente para explicar que había estudiado Antropología en una prestigiosa universidad cercana a San Francisco y ahora enseñaba en otra universidad de los Estados Unidos y era especialista en temas sobre los que justo en ese programa la habían reporteado; lo decía con tono conclusivo, como si le bastara dar esa información ya prestigiosa para terminar el asunto, pero a Dalila no, a ella no le bastaba, Dalila quería ver sangre y se metía y le explicaba al mofletudo dueño de tres verdulerías en Barracas que alguna vez había contado en detalle cómo le había metido a Laura las manos adentro del corpiño, que su amiga era PHD y tenía muchos libros publicados y enseñaba en una universidad cercana a Boston que era una de las más famosas del mundo, y nombraba a esa universidad para que el verdulero pronunciara su “ah” impresionado e, imperturbable, seguía informándole que Laura había escrito un ensayo muy extenso sobre las relaciones entre la virginidad femenina y la infamia y que esa había sido su tesis doctoral, y que este ensayo había revolucionado todas las concepciones sobre los imaginarios sociales de lo femenino que venían atravesando la humanidad en las sociedades patriarcales, y Dalila esperaba que se agregara alguien más al grupo para decir, mientras Laura callaba mirándose las uñas limpias y sin pintura como si la situación la incomodara un poco, pero tampoco tanto, como si prefiriera que esa noche no se hablara de eso pero tampoco le disgustara que se siguiera hablando, que esa chica que tenían ahí en la reunión de pura casualidad porque justo faltaban pocos días para las fiestas y había venido a visitar a lo que quedaba de su familia, esa antigua compañera de curso, había sido elegida para asesorar en cuestiones de salud sexual y reproductiva al candidato a presidente de los Estados Unidos que todos conocían, ése cuyas características excepcionales (su origen inmigratorio, su extracción social y cultural, su raza) habían iluminado con vanas ilusiones al ala progresista del planeta entero antes de ser elegido, efectivamente, presidente. A él había asesorado nuestra Laurita, decía Dalila sonriendo y abrazaba a su amiga, que se dejaba acariciar silenciosa. Siempre fuiste muy inteligente, le decía uno con timidez, uno cuyo nombre y apellido jamás habían ganado la letra impresa, qué carrerón hiciste le decía otro que nunca se había referido a ella en el pasado con otras palabras que la gorda puta, nunca  había terminado la universidad y había quebrado su molino durante la crisis del 2001 para remontar después en relación de dependencia como gerente de producción de harinas. Mucho cerebro, nuestra Laurita, recordaba con una sonrisa hipócrita Patricia, la hija de la católica nacionalista antisemita, la que una vez había fingido tener arcadas por la cercanía de las axilas de Laura y hoy tenía seis hijos a los que llevaba con mano férrea a la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced, domingo tras domingo.</p>
<p style="text-align:justify;">Pero lo mejor, sin duda, fue la Botellita, se dijo Dalila mientras organizaba una especie de merienda almuerzo, descongelando en el microondas un budín de verduras y trigo burgol sin grasas saturadas que su empleada le había dejado preparado. ¿O lo mejor fue cuando la vieja con várices que decía haber sido Cecilia llamó a Laura aparte para rogarle agresivamente que le dijera la verdad y le contara por qué se había acostado con su novio Martín en 1973, por qué le había roto con su malvado gesto ese noviazgo tan importante para ella, si ella, Cecilia, nunca le había hecho nada, si Cecilia no tenía hombres y a Laura le sobraban? Yo no te juzgo, decía estúpidamente la vieja y sus ojos recobraban la desesperación de los quince, te juzgué y lloré muchos años por el daño que me hiciste pero no te juzgo más, repetía e insistía lo que quiero es saber por qué, por qué me hiciste eso justo a mí, cuando a mí no me miraba nadie salvo Martín, Martín que se fue por tu culpa, porque se acostó con vos y me dejó, porque le diste lo que yo no quería darle. Y Laura le había contado a Dalila que no había sabido si reír o llorar, si sacarse de encima a esa mujer con una risotada o un insulto, si abrazarla con lástima, y optó por lo que siempre había optado en vano, por decir la verdad, y una vez más vio los ajados ojos incrédulos de Cecilia, abandonada a los quince, casada a los veinticinco y abandonada a los treinta y seis con tres hijos, para siempre. Cecilia, jefa de hogar y contadora pública nacional que se había relatado durante más de tres décadas que la lujuria de Laura era la responsable de todos los fracasos de su vida y no estaba dispuesta a revisar la creencia y el odio que la constituían.</p>
<p style="text-align:justify;"> Cerca de la una de la mañana la reunión empezó a decaer por sectores: mientras algunos se iban yendo (argumentaban que esposas e hijos los estaban esperando, sonreían con melancólica complicidad, decían que habían pasado los tiempos en que se regresaba tarde), los más audaces estaban cada vez más entusiasmados con el reencuentro y no tenían intención de partir. Fue entonces cuando alguien recordó una escena de incipiente erotismo transcurrida en el primer año alrededor de una botella vacía que se ponía a girar para que apuntara al azar a alguien de la rueda. Muchas versiones existían y existen de ese juego, en una de ellas, la que más jugaron, el o la señalada estaba de inmediato obligado a elegir, adelante de todos, a una persona del otro sexo a la que se le autorizaba a besar en la boca (los besos eran primero tímidos y rápidos pero con los meses y el año fueron demorando y adquiriendo profundidad, sobre todo cuando los daban los varones), o a abofetear (opción que las chicas solían elegir en mayoría por hipocresía y miedo, aunque cuidaban en general propinar el golpe con una suavidad que decepcionaba al público). Mientras reían de alguna de las absurdas situaciones que ese juego inmortal, jugado generación tras generación, había provocado en la promoción 75, alguien propuso y si jugamos ahora. Silencio, respiración detenida: la idea no había caído en el vacío. En seguida apareció una botella de gaseosa consumida en la misma reunión, con manos nerviosas distribuyeron las sillas en ronda, Dalila no lo podía creer, esto debe ser lo más excitante que le pasó en la vida a la mayor parte de esta gente le susurró fascinada a Laura, al oído, y vio con asombro que su amiga asentía pero al  mismo tiempo miraba sin ninguna ironía las sillas que se disponían en círculo y la arrastraba a ella a sentarse a su lado con manos temblorosas. La mano húmeda, nerviosa con que Laura la agarró del brazo y la hizo sentar dejó perpleja a Dalila: ¿la mujer que terminando la veintena había mantenido un apasionado trío durante dos años con otra muchacha y un varón en San Francisco, la que acababa de fumarse un porro con ella antes de asistir a la reunión de reencuentro, la que disfrutaba (como ella) todavía hoy una vida sexual con pocas rutinas y encierros, estaba emocionada porque iba a jugar un juego ridículo y tardío con antiguos adolescentes que ya ni existían?</p>
<p style="text-align:justify;">La botellita giraba y giraba, los varones y  las mujeres sobrevivientes de la reunión en madrugada se limitaban a señalarse y se daban abrazos enormes, fraternales, abrazos de un amor y una emoción tan intensos como sostenidos en una ficción: esa intensidad habían tenido las emociones que alguna vez habían compartido, entre las que estaban el amor y la camaradería, es cierto, sin embargo también (en grado incluso más alto, aunque no quisieran recordarlo), la traición, el oprobio, la sevicia, la envidia, la mezquindad; el frenesí con que abrazaban ese ayer idealizado probaba la blandura con que vivían el hoy, cuanto más querían esas personas desgastadas por la vida olvidar tantas complicidades irreflexivas con el mismo mundo que pronto los aplastaría y arrasaría sus mejores sueños adolescentes, tanto más amorosamente se abrazaban ahora con el permiso de la botellita, tanto más dulcemente se besaban (besos respetuosos, a lo sumo un audaz piquito tierno, nada que desbordara el código de amable reencuentro de gente que se había casado con otros y tenía hijos). Hasta que la botellita señaló a Dalila y ella sintió hartazgo y rabia y lo miró a Ariel, que le sonrió como sabiendo, entonces entendió que como siempre él seguía siendo un aliado para dar al mundo un poco de verdad. Así que avanzó al centro de la rueda, lo señaló y lo llamó plegando el índice juguetonamente, Ariel se acercó sonriente, sus lentes gruesos, su bigote nuevo y entrecano, y ella le sacó delicadamente las gafas, lo atrajo y le dio un largo beso de lengua que ese señor grande respondió con entusiasmo mientras sentían ambos el silencio consternado que los rodeaba. Pasaron segundos que parecieron siglos y cuando se separaron, Dalila miró con fingida inocencia al grupo y preguntó qué, ya se olvidaron cómo se juega a la botellita, mientras Ariel y ella regresaban conteniendo la risa a sus lugares alejados y nadie se adelantaba a hacer girar otra vez el objeto vacío, la hélice tan  hueca detenida en el piso, y como nadie se adelantaba fue Laura y la hizo girar.</p>
<p style="text-align:justify;">Dalila se preguntaba ahora si su amiga no habría aprendido también en la universidad, entre tanta vida y tanta calle y tanto libro, a hacer girar botellas para que la señalaran a ella; o quizás había sido simplemente azar, ese azar que se parece a la justicia porque la botellita se detuvo señalando a la gran intelectual promoción 75, nuestra egresada PHD estrella, y la estrella volvió al centro con la misma decisión que su amiga y señaló vos, vení vos, no, vos, Alejo Dolton, sí, vení, y Alejo (que esa noche había vuelto a mirar los pechos de la antropóloga famosa con el mismo hambre de sus trece años, cuando había inventado para su corte de varones que le había roto el himen tirándola en el piso de un baño, que le había tapado la boca para que no gritara por el dolor, Alejo, que dijo que las axilas de Laura hedían, eso era sabido, pero sus chorros de jugo vaginal dejaban un olor que no se podía quitar con nada, Alejo Dolton el primero, el invasor que abrió la picada de mentiras por la que avanzaron todos los demás, caminó al centro de la rueda resoplando por la emoción y los veinte kilos de sobrepeso, intentó una sonrisa estúpida y deseó probablemente que esta loca tomara de la loca anterior, su amiga, el indecente ejemplo y por fin, por una vez en su vida, lo llenara con su lengua caliente y oscura, así que esperó ahí, parado, entrecerrando los ojos, pero la bofetada fue tan fuerte que lo hizo tambalear pese a la contundencia de su grasa, no porque se hubiera vuelto súbitamente débil sino porque el asombro no le permitió responder con  mínima resistencia al potente envión de la mano que le dobló el cuello. Terminado lo cual la eminencia explicó sonriendo que ella tampoco se había olvidado cómo se jugaba a la botellita y la miró a Laura y le preguntó nos vamos, y ambas tomaron sus bolsos y se levantaron y ahí quedaron las dos sillas vacías mientras  hacían su salida teatral y en la calle se rieron y se abrazaron y lloraron un poco también y después se fueron a un bar de la calle Corrientes que todavía quedaba abierto hasta altas horas de la noche, pidieron cerveza y hablaron largo rato, felices porque habían hecho trizas esa botellita exasperante aunque ya no fuera de vidrio, aunque los años impusieran envases plásticos que parecían irrompibles pero no, las temibles amigas seguían subvirtiendo. Brindaron por Andrés y brindaron también por la justicia que llegaba tardía pero llegaba y también acababa de manifestarse justicia de mujeres; coincidieron en que la reunión había sido lindísima y compartieron recientes anécdotas vividas por separado, se rieron de buena parte de los asistentes pero no de algunos y por supuesto, especialmente, no de Ariel, se excitaron juntas por las expectativas eróticas que acababan de renovarse, treinta y tres años después, entre Ariel y Dalila, se preguntaron si la historia seguiría, si correspondía ahora esperar a que él mensajeara o llamara o escribiera si era ella, Dalila, quien con naturalidad podía hacerlo. Hablaron y rieron como niñas, como jóvenes, como las mujeres grandes que eran, dejaron enredar y fluir tiempos y energías, felices de ser, de haber devenido en ellas, y después se dieron otro abrazo y tomaron sendos taxis a sus casas.</p>
<p style="text-align:justify;">En una de esas casas está ahora Dalila, ya ha despertado a Milena, que se está duchando para ir a la casa de su papá. Los sábados a la tarde no atiende, la joven que a veces le pide una sesión de urgencia no ha llamado (buena señal, ha ido logrando otra autoestima y su subjetividad ya no necesita confirmarse en el deseo de los hombres). Tal vez sea hora de prender su <em>Smartphone</em>, ver qué dice su correo, quizás ya tenga incluso un mail de Ariel proponiendo la cena. A instantes de encendido se le anuncia un mensaje de texto y Dalila piensa contenta que es de Ramiro, que su amor ingresa en ese sábado pleno para acordar su cita de esta noche (han planeado ir al cine y después cenar comida hindú en Las Cañitas), pero es Laura y el mensaje tiene ya algunas horas, <em>viste ke mierda ese certamen ke pateticos de mierda</em> y Dalila siente dolor y rabia en su amiga así que se preocupa porque no sabe de qué habla y se apresura a mirar mails. Hay sesenta y siete correos nuevos, cantidad excesiva que (pronto descubre) está motivada por unos cincuenta del grupo <em>yahoo</em> [egresados 75] que se formó semanas antes como herramienta para preparar la reunión. Ninguno tiene la palabra “certamen” en el asunto así que, metódica, empieza a abrirlos por orden cronológico ascendente.  <strong>FASCINANTE, IMPRESIONANTE, ESPECTACULAR, ALUCINANTE, MAGICA, </strong>ha adjetivado con mayúsculas y negrita la reunión, repitiendo lo que escribieron los otros, uno de sus ex compañeros, hoy comerciante, siempre anodino, el único de los varones que anoche permanecía delgado y joven y el único que no formó pareja y habita incluso todavía la vieja casa de sus padres; de él se rumorea que ha tenido intentos de suicidio así que en la intensidad absurda de sus palabras Dalila lee con preocupación profesional la excitación que anuncia la depresión nueva pero qué se puede hacer, nadie la está consultando profesionalmente y además el resto de la promoción 75 sigue el mismo juego: lo de anoche fue sencillamente inolvidable, los quiero, los quiero mucho, los amo a todos, son los mejores amigos que tuve en mi vida, con ustedes pasé los mejores años de toda mi vida, ídolos totales, grandes personas, gracias por todo lo de anoche, gracias por ser como son, desde aquellos años dorados no me divertía así, qué personas maravillosas forman este grupo, me encantó verlos a todos y fundamentalmente verlos MUY BIEN, esto se lo debemos a nuestro querido colegio, nuestros queridos profesores. En los mails se repite el nombre del prestigioso y carísimo colegio bilingüe donde todos fuimos tan felices, el fuego sagrado de nuestro colegio, cuidemos ese fuego, levantemos ese fuego para siempre. Siempre. Todo. Dalila piensa consternada que en esos textos todo es entero y absoluto: el bien, el amor, el compañerismo, la felicidad,  ninguna otra cosa ha existido nunca jamás entre ellos. Habían estado en la reunión la gorda María Adela a la que llamaban la Chancha y frente a la cual hacían onomatopeyas porcinas cada vez que se acercaba, había estado el petiso debilucho Di Mauro (hoy un homosexual culposo y tímido), depositario sistemático de los golpes de los varones y las burlas de muchas mujeres. Ambos escribían también, como los otros, lugares comunes sobre la alegría del reencuentro. No escribía Adriana pues Adriana no había ido a la reunión; a Adriana el rector la había expulsado de la escuela en segundo año porque le llegaron en forma anónima fotos donde posaba desnuda; todos sabían que las fotos las  había mostrado y regalado a muchos varones Daniel Corzi, de quinto, y que algunos de esos varones las habían mostrado y regalado a algunas chicas, y sabían también que con esas fotos Corzi había ganado una apuesta; todos sabían que las había conseguido haciendo creer a Adriana que estaba enamorado de ella y desvirgándola primero, probablemente el rector también lo supiera pero no expulsó a Daniel Corzi sino a Adriana, a la que Daniel había abandonado en cuanto confirmó en el cuarto oscuro de su hermano fotógrafo la buena calidad de los negativos. Y no obstante tanta miseria humana, a decir verdad, Dalila guarda un recuerdo bastante cariñoso de su secundaria; lo guarda especialmente de su reducido grupo de amigos reales, ciertos selectos profesores e incluso de ese rector conservador y severo que al menos a ella y a Laura, quienes no salieron en ninguna foto, pudo ofrecer alguna contención durante el torbellino de sus adolescencias. La reunión le ha gustado, ha sido dulce reencontrar a alguna gente y lo de la botellita ha estado genial. Dalila imagina el silencio después de que Laura y ella arruinaron el juego y partieron. Se pregunta divertida quién habrá ido a levantar  del suelo tristemente la gaseosa vacía para pararla junto a los demás esqueletos de las mesas, junto a platitos de plástico blanco donde queda algún pedazo de jamón que alguien ha quitado del sándwich para cuidarse el colesterol. Cómo habrán hecho los jugadores frustrados para remontar el clima hasta borrar el incidente, probablemente lograron la certeza de que allí no había pasado nada salvo dos loquitas que después de todo siempre han hecho lío porque son así, rebeldes, encantadoras, toda promoción que se precie tiene su integrante loquito, revolucionario, qué decir una de los años ’70, y ellas acaban de mostrar una vez más esa capacidad de trastornar que se les conoce desde tan jóvenes. Y qué habrá hecho o dicho Ariel ante esto, eso sí Laura no puede imaginarlo, seguramente se habrá ido pronto detrás de ellas, negándose a participar en la tardía farsa de ecuanimidad y espíritu de inclusión que estos e-mails que está leyendo despliegan, una farsa en la que por primera vez caben todos, ahora que incluir a todos no quiere decir nada, ahora que cada uno de ellos protagoniza como adulto la sociedad tal cual es y cuida las puertas cerradas que dejan afuera a los excluidos para confirmar así, en el espejo invertido, su propia inclusión y su ilusoria felicidad; ahora que cada egresado de la promoción 75 preside en su micromundo de clase social algún estrato donde se solaza mirando a los que quedaron debajo y es siempre, lo sepa o no, responsable activo de una cultura que odia a los diferentes, los niega y enmudece (y si hablan los ridiculiza; y si insisten los desprecia; y si siguen insistiendo los castiga; y si vuelven a insistir, los mata); ahora, recién ahora, sus compañeros envejecidos pueden darse el lujo de inventarse una inolvidable edad de oro, un pasado de arcadia donde el león y el cordero supieron pastar juntos y nadie fue lobo de nadie. Qué asco piensa Dalila, que se sabe irremediablemente loba de tantos y cordero de otros y siente agobio, entonces piensa otra vez como buscando oxígeno para respirar, respirar en el aire, qué habrá hecho Ariel cuando ella se fue, eso le preguntará durante la cena que se prometieron, y sigue abriendo de a uno los e-mails y vuelve a leer  que nuestra maravillosa escuela es la responsable de que haya persistido en todos nosotros intacto el sentimiento de compañerismo y amistad que tanto nos emocionó anoche pero no aparece ese certamen del que habla su amiga y entonces lo ve.</p>
<p style="text-align:justify;">El asunto dice resultado y otra vez la noche maravillosa de ayer pero ahora uno de los rechonchos machos viejos escribe que los de su género se han comunicado y han hecho un certamen para elegir entre todo el bello sexo de anoche a la hembra madura que tiene más <em>glamour</em>; <em>glamour</em>, eso sí dice tal cual, y en la palabra se percibe que han hecho esfuerzos buscándola mientras intercambiaban risotadas y cerveza, porque los señores casados y con hijos no escriben a las señoras las groserías que les decían antes, y ya no admiten que lo que eligieron fue la más cogible, la que todavía está para darle, y el mail informa que votaron treinta y un varones y que la afortunada ganadora es Marta, cuál Marta se pregunta un segundo Dalila y recuerda de inmediato a aquella antes ignota Marta que hizo brillar su estampa en la fiesta y se casó con el abogado defensor de políticos corruptos. Dalila mueve la cabeza con desprecio y un poco harta lanza una rápida mirada a todo el mail, que anuncia que más abajo se transcribe la lista de rubros tenidos en cuenta para el certamen, y sigue moviendo la cabeza enojada porque ella creía haber ido a una reunión de reencuentro pero los hombres acaban de decidir unilateralmente que ella fue a una competencia, y se entera de que ha sido forzada a competir con Laura y con cada una de las demás mujeres que se pasearon despreocupadamente, saludándose y mostrando su celulitis y arrugas mientras comían  con sus solapados jueces (arrugados y arruinados como ellas) empanadas y sándwiches de miga, riendo con ellos, emocionándose con ellos, queriéndolos en nombre del pasado, hablándoles con la boca llena, piensa que también pusieron a competir a Cecilia, la anciana prematura y jefa de hogar que calza sandalias demasiado parecidas a chancletas y tiene las gruesas piernas reventadas de várices por tres embarazos y al menos dos abandonos: el primero, de uno de los jueces del certamen que treinta y cuatro años atrás afirmó que la dejaba porque había tenido sexo con la puta de la clase; el último, del padre de sus hijos, quien a lo mejor en otra reunión parecida ha sido o será juez de un certamen, él también. Con profundo desagrado Dalila echa un vistazo a una lista de ítems que informa el puntaje máximo discriminado que cada una de las participantes podía obtener. Observa que en la formulación de los rubros los varones se han esforzado por demostrar su ingenio y su poco peculiar sentido del humor, y han recurrido a la invención de eufemismos que, igual que <em>glamour</em>, intentan con torpeza disimular la brutalidad de sus treinta y un miradas masculinas. Hay metáforas estúpidas y remanidas como tren delantero, otras algo más sutiles (perímetro de retaguardia), generalidades como simpatía y vitalidad. Debajo, un cuadro de doble entrada que tiene de un lado los rubros y del otro los nombres de los votantes; pero para Dalila ya es suficiente así que cierra el e-mail sin leer más y se dice que se borrará del grupo de inmediato. Aunque no es el último correo, a los dos o tres que faltaban cuando comenzó a leer se han agregado algunos en este rato, todos firmados por mujeres, así que decide terminar de verlos pacientemente antes de sacarse de encima a toda esa gente, reubicarla afuera de su vida para seguir con su mundo, sus amores, sus pasiones, para seguir con eso que la pone feliz, lo que aprendió a construirse con dolor y esfuerzo desde que dejó la escuela secundaria. Una vida, piensa Dalila, que si bien no la salvó de ser inevitablemente cómplice, pese a sí misma, de la sociedad en la que vive, si bien no la curó de la frustración y el fracaso por no haber podido destruir la injusticia social como en su adolescencia creyó que podría (no lo creyó sola, tampoco lo creyó solamente junto a Laura, Andrés y Ariel, sino junto a multitudes heterogéneas y jóvenes que también lo creían), al menos le permite un refugio dulce, una familia y una profesión que ama, una pequeña red de amores y una amplia red de intereses que fue tejiendo y en las que logró ser un poco más libre, más sensible, más humana que los que malviven afuera. Y para seguir su querida vida siente la imperiosa necesidad de escapar de esa lista <em>yahoo</em>, de sus e-mails miserables que cantan loas a la Arcadia y también de este canalla del certamen en el que los lobos dejan de fingir y clavan sanguinarios los dientes en los corderos, y de los e-mails que siguen, los que está leyendo ahora, donde las envejecidas chicas otrora seductoras felicitan a la que envejeció pero tiene la fortuna de seguir seduciendo. Hipócritas, heridas, cada mujer que firma congratula; algunas optan por un entusiasmo inverosímil por excesivo ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡MARTA FELICITACIONES QUÉ EMOCIÓN!!!!!!!!!! otras por dejar adivinar hábilmente un resabio de ironía resentida ¡jaja Marta cuánto glamour, te felicitoooooo!, pero en ese caso son lo suficientemente sutiles como para que no necesariamente se note su herida, que nadie las pueda acusar con fundamento evidente. Felicito a la agraciada de corazón escribe lastimeramente Cecilia. Grandes felicitaciones Marta te lo merecés estás preciosa gran beso para nuestra querida ganadora dice Patricia experta en hipocresía y de pronto Dalila recuerda que los treinta y un varones del jurado figuran nombre por nombre en el cuadro de dos entradas que descuartiza en tren delantero, perímetro de retaguardia y otros ítems a la señora Marta, y se hace la pregunta de pronto y se contesta que no, que es imposible, pero igual siente con angustia que debe comprobarlo y regresa al mail con los resultados del certamen y lo busca, porque Dalila tiene cincuenta años y ya sabe que vivir enchastra y corrompe y lo imposible no existe.</p>
<p style="text-align:justify;">No, no existe: ahí está Ariel con nombre y apellido, uno de los treinta y un jurados, entonces sí a Dalila la aplasta el mundo con su entero peso y los ojos se le llenan de lágrimas de rabia y vuelve a ver al Ariel de anoche, sus arrugas, la piel caída en la mandíbula y cada deterioro se llena de un sentido nuevo. Entiende en ese instante que el que fue su amigo tampoco está más y no compartirá con él cenas ni hoteles ni sonrisas cómplices, sabe que el largo beso que se dieron fue una mentira tan estúpida como los abrazos pudorosos que la exasperaron y justo entonces ve que acaba de entrar un mail de Laura para el grupo y se precipita a abrirlo con ilusión, porque ahí llega su amiga, su valiente amiga, ella va a explicar a estos hombres grandes que son la misma bestial porquería que aprendieron a ser mientras crecían y a las mujeres que son los mismos vegetales serviles sin solidaridad ni coraje, pero el e-mail es breve y la frase clarísima, felicito a la ganadora dice Laura, Dalila vuelve a leerla incrédula, vuelve a controlar el remitente porque a lo mejor se ha equivocado pero no hay error alguno y entonces piensa que Laura siempre usó la generosidad para evitar ser agredida y si bien no le funcionó nunca, a lo mejor ahora sí porque ahora la ficción es la arcadia pero después intenta pensar que al menos escribió algo seco y discreto, que la ausencia de mayúsculas y signos de puntuación, la ausencia de efusividades increíbles y frases altisonantes, la ausencia también de sutiles indicios de ironía en el e-mail brevísimo de su amiga la salvan de evidenciar lo que evidencian todas los demás, el sangrado por la herida, la pérdida resignada de la dignidad, y eso, que haya sabido no acentuar ni entusiasmar su frase, ni permitir que la rabia justa que rezumaba el sms que le envió un rato antes se notara, le parece de pronto lo más importante, le parece inteligencia, un modo de preservarse ante toda esa gente que después de todo finalmente ha bajado la cabeza frente a Laura y ha admitido su superioridad y hasta la ha festejado.</p>
<p style="text-align:justify;">Entonces Dalila se dice que si las batallas sociales que emprendió han sido siempre derrotadas, tal vez sea hora de aflojar, así que cliquea responder y teclea ella también discreta, escueta, parca, felicitaciones a Marta mientras, preocupada, siente en la tensión de su bonita minifalda con <em>patchwork</em> el tamaño no enorme pero evidente de la pancita que miles de abdominales y toneladas de verduras y productos diet no logran absorber. Su mail está saliendo cuando Dalila empieza a pensar en preguntarle a Marta, que tiene la panza chata como si tuviera diecisiete, si conoce una clínica confiable donde pueda pagarse una lipoaspiración.</p>
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		<title>Cuatrocuentos #14</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Aug 2011 22:46:33 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Con textos de Ramón Cote Baraibar (Colombia), Selva Almada (Argentina), Norberto José Olivar (Venezuela) y Juan Patricio Lombera (México). Además, Elsa Drucaroff recomienda Ruda macho, de Enzo Maqueira (Argentina).<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cuatrocuentos.wordpress.com&amp;blog=7211242&amp;post=1692&amp;subd=cuatrocuentos&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">Con textos de <strong>Ramón Cote Baraibar</strong> (Colombia), <strong>Selva Almada</strong> (Argentina), <strong>Norberto José Olivar</strong> (Venezuela) y <strong>Juan Patricio Lombera</strong> (México). Además, <strong>Elsa Drucaroff</strong> recomienda <em>Ruda macho</em>, de <strong>Enzo Maqueira</strong> (Argentina).</p>
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		<title>Ramón Cote Baraibar: &#8220;Varado&#8221;</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Aug 2011 22:45:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cuatrocuentos</dc:creator>
				<category><![CDATA[Colombia]]></category>

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		<description><![CDATA[Algo le decía a Samuel que no se debía ir desde el jueves a la finca, pero lo hizo sin saber que su nieto estaba a punto de entrar al hospital. Pudieron más los naranjos, los limoneros y la próxima &#8230; <a href="http://cuatrocuentos.wordpress.com/2011/08/17/ramon-cote-baraibar-varado/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a><img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cuatrocuentos.wordpress.com&amp;blog=7211242&amp;post=1646&amp;subd=cuatrocuentos&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;"><a href="http://cuatrocuentos.files.wordpress.com/2011/08/david-hockney2.jpg"><img class="size-full wp-image-1718 aligncenter" title="David Hockney" src="http://cuatrocuentos.files.wordpress.com/2011/08/david-hockney2.jpg?w=500" alt=""   /></a></p>
<p style="text-align:justify;"><span class="Apple-style-span" style="font-size:13px;font-weight:normal;">Algo le decía a Samuel que no se debía ir desde el jueves a la finca, pero lo hizo sin saber que su nieto estaba a punto de entrar al hospital. Pudieron más los naranjos, los limoneros y la próxima cosecha de mandarinas que las palabras de su hija que le pidieron que se hiciera cargo de su nieto durante el fin de semana. -Ya es hora de que sepas que no soy su padre sino su abuelo, le dijo antes de coger el carro y recorrer los doscientos cincuenta kilómetros que lo separaban de El Vergel, la finca situada en tierra caliente donde ya había pensado pasar el resto de sus días.<span id="more-1646"></span><br />
</span><br />
Lo que había empezado como un simple entretenimiento, una distracción adicional de la vejez se había convertido en una pasión: ver crecer a sus árboles frutales le parecía el mejor plan del mundo, justo ahora que Samuel gozaba de una feliz jubilación y una justa viudez, o a la inversa, se repetía entre dientes mientras manejaba su camioneta Subaru cuatropuertas, fiel como su difunta esposa y resignado como su conductor a repetir el camino de memoria.</p>
<p style="text-align:justify;">Cambiarse la camisa por una de manga corta, a cuadros, precisamente esa que tanto odiaba su mujer, para ir después a oler en la noche los naranjos, mandarinos y limoneros le producían un enorme placer, pues le devolvían esa libertad que había tenido de niño y que ahora, a sus 72 años, disfrutaba nuevamente. Era un momento lujurioso que acariciaba durante los primeros días de la semana en esa ciudad cada vez más fría y lluviosa, hasta que llegaba el jueves o a lo sumo el viernes y se iba a su finca, situada a mil doscientos metros de altura, donde podía volver a fumar y andar descalzo con su camisa de manga corta, a cuadros, sin que nadie lo molestara ni interrumpiera. La vejez tiene muchos inconvenientes, pensaba, pero a la larga eran más las ventajas: había ganado cierto respeto, la gente lo dejaba pasar primero en las colas de los bancos y sobre todo nadie le jodía la vida.</p>
<p style="text-align:justify;">Su buena salud, o su convicción inalterable en ella, le sirvieron para prolongar una década más los sesenta, retrasando la inminente llegada de la llamada tercera edad. Y para constatar su estado inalterable, de vez en cuando invitaba a pasar una noche a Mariela, una muchacha del pueblo que le ayudaba con la limpieza de la casa y a quien le llevaba remedios, ungüentos y pastillas para las enfermedades de sus hijos. Verla encima de él tambalearse, oír que le pedía que no se fuera a venir por nada del mundo, verla desde abajo tener un orgasmo tras otro moviendo su pelo negro y apretar con vigor juvenil sus senos como las más deliciosas de las naranjas, era otra de las ventajas que Samuel encontraba en su nueva edad en la que, a pesar de no quererlo e impedirlo, estaba entrando, con paso lento, pero decidido. –Si así es la vejez, bienvenida sea, le decía a Mariela.</p>
<p style="text-align:justify;">La llamada lo cogió de improviso. Era viernes al principio de la tarde y tuvo tiempo de recoger en una bolsa la primera cosecha de mandarinas. Llamó a Mariela y le dijo que se tenía que devolver a Bogotá porque su nieto se había enfermado y se encontraba en estado muy grave en el hospital. A los veinte minutos de haber cogido carretera su Subaru empezó a emitir un sonido extraño y a los dos kilómetros de haber salido del pueblo quedó totalmente varado. Llamó desde su celular a una grúa y le dijeron que tendría que esperar cerca de dos horas porque no había una disponible en la zona. El calor sofocante lo fue amilanando de tal manera que cuando llegó el vehículo salvador a eso de las tres de la tarde ya estaba cerca de un estado de deshidratación.</p>
<p style="text-align:justify;">Lo que más le incomodaba, aparte de abandonar su finca, cancelar la cita nocturna y benéfica y balsámica de Mariela, era constatar que dependía de alguien en ese momento. Las tres de la tarde es una hora inexistente en esas tierras y el calor obliga a permanecer en el interior de las casas, durmiendo, pero a esa hora, Samuel estaba esperando la grúa que lo llevaría a Bogotá. Sabía de medicina, algo de botánica pero nada de mecánica. Resignado esperó la llegada de la grúa que al fin apareció, al final de una curva.</p>
<p style="text-align:justify;">La grúa no era exactamente lo que Samuel esperaba: en vez del camión del año de la guerra de los mil días y con una ganzúa sacada de un puerto que colgaba de una barra metálica y próxima al cementerio de carros, apareció una grúa moderna, cómoda y espaciosa, con sirenas y luces en el techo y una cómoda plataforma para subir a la Subaru. Al chofer, -Adán Cifuentes a su servicio-, apenas le bastó una ojeada al motor para saber que no había nada que hacer. –A este modelo le llegó la hora mi don. Justo a los veinte años saca la mano y a este le tocó el turno. El daño es grave así que vaya haciéndose a la idea de que cuando llegue a Bogotá le va tocar ir buscando carrito nuevo. Puede que le dure un poco más. Con mucho gusto allá en el taller se lo arreglamos pero nadie le podrá quitar esa mezcla de olor a calaverina y putrefactaria que tiene-. Después de contarle lo que le esperaba en la ciudad y que el asunto era de urgencia, Adán Cifuentes le dijo que por más que corriera no llegarían a Bogotá antes de las ocho de la noche. -Más bien tómeselo con calma y acompáñeme en la cabina que camino largo conversado es más corto. Samuel le contestó que prefería viajar allá arriba, en su carro, porque estaba acostumbrado a viajar solo. –Pero se va a aburrir, viejo, le dijo sin saber que estaba tocando una de los puntos débiles de Samuel. –Más bien suba el carro rápido y por mí no se preocupe que los viejos ya hemos tenido el tiempo suficiente para aprendernos a cuidar. Con esa respuesta tajante estaba dicho todo, así que el conductor de la grúa bajó la cuerda de metal por debajo del motor buscando el eje, enganchó la Subaru y en pocos minutos y con la ayuda de Samuel la camioneta quedó ajustada con cadenas, como si llevaran a un elefante enfermo, a más de dos metros y medio del piso.</p>
<p style="text-align:justify;">-Le puedo jurar por mi madre que en veinte años que llevo en esto nadie había querido ir remolcado, don Samuel. Al menos regáleme un par de mandarinas para el camino. Samuel metió la mano en el asiento de atrás y le botó, una a una, dos mandarinas y tres naranjas. Piénselo bien don Samuel que yo no paro sino hasta llegar al garaje, y si tiene alguna necesidad fisiológica mejor que la haga ya porque nos fuimos. –Hágale ya que yo no me orino desde que tenía dos años, le dijo Samuel desde su recién inaugurada altura. Solo le pido que no me vaya a poner las luces de sirena porque aparte de marearme, van a pensar los otros carros que esto es una ambulancia. Y a mí lo que me sobra es tiempo para morir, remató con firmeza. –Si usted lo dice&#8230; A lo mejor los de tránsito van a creer que llevo a un muerto, le dijo Adán Cifuentes antes de cerrar la puerta de su modernísima grúa y puso a todo volumen una canción de Diomedes Díaz, una de esas canciones que fue un éxito hace quince años: “<em>Por muy alto que vuele y se eleve el águila</em>&#8230; Cuando a Samuel le dio por mirar el reloj se dio cuenta de que ya eran pasadas las cuatro y más por rabia que por coincidencia de gustos completó para sus adentros el resto del vallenato: “<em>&#8230;siempre regresa a su nido con precisión</em>”.</p>
<p style="text-align:justify;">El súbito arranque de la grúa lo dejó con el corazón en la boca. Traquetearonlos cables de tal manera que pensó que se iba a caer para atrás. Le dolía el cuello y pensó que lo mejor habría sido haberle hecho caso a Adán, el primer hombre en grúas, pensó en decirle a manera de broma para que lo utilizara como slogan vendedor de su negocio. Fue al mirar por la ventana cuando se dio cuenta de que la falla del motor había sido una bendición porque empezó a ver las mismas cosas como nunca antes lo había hecho, sin preocuparse por si venía un carro o había curva a la derecha. Estaba más de dos metros por encima de lo normal y ser consciente de ese desplazamiento lo hizo sentir como si fuera un gigante. Vio el muro de Villa Mercedes, del que solo conocía la blancura y el penacho verde asomando de sus palmeras, y lo que siempre fue esa sucesión segadora de cal se convirtió en una revelación: vio su casa grande al fondo y un par de niños jugando a los piratas con espadas, se despidió al paso de Georgina, la que le vendía el pan y la leche y vio detrás de su mostrador el techo de paja, el trapiche atrofiado, las gallinas bajo una buganvilia y el rancho con la puerta abierta donde don Julio, su padre, dormía placenteramente su siesta. Lo mejor era que podía mirar a lado y lado, de izquierda a derecha, adelante y atrás, repito, sin temer ningún accidente. Pero su alegría fue en ascenso al comprobar que descubría una segunda ciudad, un paisaje encima del mismo paisaje. De ese modo vio el segundo piso del Hotel Mariana del pueblo de al lado. En el primer cuarto estaban tendiendo una cama y la suspensión de la sábana en el aire le pareció a Samuel un milagro de la naturaleza; en la segunda un hombre se quitaba la camisa parecida a la suya mientras miraba de reojo un televisor donde transmitían un partido de fútbol; en la tercera ya no vio todo tan nítidamente como en las anteriores porque la grúa aceleró al cambio del semáforo, pero le pareció reconocer la espalda de una mujer, su largo pelo negro, mientras que unas manos forcejeaban por quitarle el cierre del sostén. ¿Sería Mariela? Ella me había contado que de vez en cuando ayudaba en la limpieza del hotel de Don Germán y también de lo que se había encontrado olvidado en los cajones o debajo de las camas: estampas de la virgen del Carmen o de José Gregorio Hernández, medias rotas, navajas y hasta una pelota de golf que su hijo menor se tragó de un golpe y por poco se muere ahogado si no hubiera sido por la asistencia a tiempo de Samuel, lo que le ganó primero el afecto y después algo parecido al amor que empieza por el cuerpo y que hace latir distinto al corazón, de Mariela.</p>
<p style="text-align:justify;">La normalidad de los primeros pisos se convirtió de repente en la anormalidad de los segundos y lugar privilegiado desde el que se observaban. Se asomaba Samuel a otra realidad que le era desconocida y a partir de ese momento, apasionante. Al recorrer con lentitud las calles del tercer pueblo, observó con mayor atención el inmenso territorio de las terrazas, con sus cajas de cerveza, mecedoras rotas, tanque de agua, tubos y el lento ondear de las ropas que se secaban al ritmo de la brisa y del estrepitoso paso de los autobuses. Ya en carretera, los cables de la luz y del teléfono marcaban, con su curvatura interrumpida de cuando en cuando por los postes, un suave movimiento ondulante, como el moverse de la varita del director de una orquesta, y también le recordaron como cuando niño pintaba en un cuaderno las olas del mar, largas ues que bajaban y que luego subían para después hundirse y después ir en ascenso, como si fueran varias sonrisas reunidas, al igual que la foto que cargaba en la billetera de su familia cuando estuvieron todos juntos en esa Navidad que sería la última.</p>
<p style="text-align:justify;">Era lo mejor que le hubiera podido pasar, pensaba a su vez sonriendo Samuel, feliz de descubrir el nido de los pájaros, el panal de abejas incrustado en un alero, la grasosa estructura de los transformadores, detectando la curvatura de los postes, la mayoría de madera que luego cambiaban a concreto cuando se acercaban a los pueblos de más de diez mil habitantes y que luego volvían a su constitución natural, raquíticos, resquebrajados, plateados, como si recordaran que alguna vez habían sido árboles.</p>
<p style="text-align:justify;">Quien diga que el mundo es monótono, que tiene una sola cuerda que rasgar, es porque es ciego o sordo, se repitió Samuel desde lo alto de su grúa, donde se dio el lujo de bendecir, como si fuera el papa, a los niños desnudos que lo saludaron desde un puesto de frutas. Con razón los camioneros pueden pasar doce horas en sus tractomulas sin parar, los choferes de los buses se pelean por manejar los modelos, no los más modernos pero sí los más altos, y los viajeros tienen esa cara de beatífica felicidad cuando se bajan de esos bólidos galácticos interdepartamentales.</p>
<p style="text-align:justify;">Sentía Samuel que una felicidad hasta ese entonces desconocida lo invadía a cada segundo, que recobraba en cada curva perdidos retazos de su infancia. Sólo así se explica que tomara el timón de la Subaru y repitiera como un niño las curvas del camino, se inclinara exageradamente hacia los lados, pusiera la frente a la altura del timón con cara de corredor de carreras, y pitara de manera desconsiderada. Afortunadamente como el sistema eléctrico estaba dañado no despertaría las sospechas de Adán Cifuentes, quien en ese mismo momento estaba pelando una mandarina.</p>
<p style="text-align:justify;">Eso último fue lo que hizo Samuel, pero con mayor libertad pues se pasó con rapidez al asiento de atrás, en una maniobra que de repente le recordó que no tenía 12 años sino 72. El golpe que se dio en el tobillo con la caja de cambios le hizo dar un alarido que nadie escuchó, que quizás alguien vio desde su terraza, que alguien observó por la ventana al momento de mirar por última vez a la carretera y cerrar las cortinas. El dolor lo volvió a la realidad en el momento en que la luz se fue volviendo avara y no le permitió seguir reinando en su nueva dimensión. Alcanzó a oír las últimas chicharras de tierra caliente, a contar diez nueve ocho siete olas de los cables de la luz, a mirar por el vidrio posterior cómo se iba convirtiendo la carretera negra en un lejano recuerdo, en un color similar al del asfalto, al de la noche.</p>
<p style="text-align:justify;">Este no es un automóvil, es un inmóvil, se dijo Samuel, concluyendo que era tanta la oscuridad que lo más terrorífico de esta es que no hay adelante ni atrás, ni arriba ni abajo. Todo pierde su referencia salvadora. Las latas de las puertas se empezaron a enfriar. El sonido del motor le indicaba que estaban subiendo hacia las altas montañas donde lo esperaba su nieto y su hija, y no su mujer, Cecilia, quien siempre le recriminó que prefiriera estar como un campesino en el Vergel en vez de estar en fiestas con sus colegas médicos. Esa era la única punzada que sentía al irse solo a tierra caliente: dar al regreso explicaciones, convencer a Cecilia que era feliz y que esa momentánea separación los ayudaba a estar más unidos.</p>
<p style="text-align:justify;">Recordar que desde hace cinco años ya no era así le dio un segundo aire, le devolvió su felicidad ganada centímetro a centímetro, pues lo que habían sido caras largas y aburridas narraciones de fiestas, ya habían desaparecido por completo, como un lejano malestar estomacal. Pero al mismo tiempo una punzada de nostalgia le recorrió la espalda porque uno acaba amando también lo que le incomoda, uno se acaba acostumbrando a los lamentos, a las súplicas, a la manera que tenía Cecilia de decirle que todavía tenía mucho que dar y que su reclusión en la finca era, como ella lo calificaba, un acto de egoísmo. -¿Cómo dice la canción? “<em>y hasta me fascinan tus reproches</em>”. Samuel no pudo recordar si lo cantaba Julio Jaramillo o Alci Acosta, se repitió mentalmente mientras prendía un cigarrillo en medio de su inmóvil movilidad que avanzaba dificultosamente hacia la cordillera central.</p>
<p style="text-align:justify;">De la tierra caliente solo le quedaban las mandarinas, los limones, las naranjas. A su alrededor solo los potentes faros de la grúa podían enfrentarse a esa batalla arremolinada dela niebla. Samuel hizo unos cálculos mentales mientras decidía en comerse alguno de los frutos que había conseguido del puesto de atrás. Sabía que si lo hacía, por más que abriera las cuatro ventanillas el olor lo perseguiría hasta Bogotá, y seguiría pegado a sus dedos, así que decidió no hundir su uña en ninguna de ellas. Para el frío nada mejor que un buen trago, se dijo, y recordó que en la guantera, la que está justo delante del puesto del muerto, estaba media botella de ron, la botella que guardaba como si fuera un botiquín de primeros auxilios. Y la hora había llegado. Sin pensarlo dos veces, la abrió con seguridad, de un solo golpe certero de muñeca. Pero por más que se haga el mismo movimiento cientos de veces, cada vez que se hace es distinto. Eso explica que Samuel se cortara, ligeramente, el dedo pulgar, en el lugar donde se une con la palma dela mano. Nada grave, sin consecuencias que lamentar, nada de casos de hemofilia tardía y demás. Después de beber un trago largo untó la herida con un poco de ron. Heridas de guerra, le decía a Cecilia cuando le veía llegar arañado en el cuello por las púas de los limoneros ocultando de ese modo las huellas que le dejaba Mariela cuando lo apretaba con todas sus fuerzas. -Ay, Don Samuel, usted sí no tiene nada de viejo. Usted no es uno de setenta y dos sino dos de treinta y seis, le decía lamiéndole el cuello, mientras se disponía a tragarse de nuevo ese fusil de Samuel capaz de disparar un tiro que valía ocho de Mariela.</p>
<p style="text-align:justify;">Ya no tenía sesenta. De eso hace como doce años, pero su pelo canoso y su cuidado al andar, su manera de orinar como un potro a las 3 de la mañana le decían que su cuerpo seguía cumpliendo con su reloj biológico que él, a pesar de ser médico, se negaba a reconocer. La lentitud de la grúa le recordaba su misma manera de manejar: manejado de viejito. Si el tiempo no lo cura todo el ron hace el resto, hablaba Samuel en su Subaru suspendida en ese otro estado, en esa segunda dimensión en la que se encontraba. -Tantas cosas me he perdido por ser tan responsable, nunca me emborraché más de la cuenta, nunca trasnoché hasta el amanecer, nunca llegué a decir todo lo que pensaba ni de mis colegas ni de política ni de fútbol. En vez de médico he debido ser diplomático, se repetía entre dientes, y ahora que estaba arriba sintió ganas de hacer lo que siempre había querido ser y hacer.</p>
<p style="text-align:justify;">En medio de su estado, mitad eufórico mitad apaciguado, Samuel había encontrado un nivel intermedio entre lo real y lo irreal. Ya no le importaba saber si lo de Mariela era cierto o inventado, que Cecilia estuviera muerta o lo estuviera esperando en la clínica, que él no fuera médico sino apenas un simple enfermero jefe de piso, al que le habían encargado subir a Bogotá la camioneta del jefe del hospital, ni que el nieto no existiera ni que su hija lo odiara por haber abandonado a su mamá.</p>
<p style="text-align:justify;">El mundo y sus posibilidades se le ampliaba y se le disminuía desaforadamente, sin control, como un acordeón. Las coordenadas se le habían perdido en las nieblas de las altas montañas, bajo los helechos gigantescos que le señalaban que ya estaban a punto de llegar a la cima y que pronto empezarían a bajar hacia la sabana.</p>
<p style="text-align:justify;">El saber que no era nadie lo iluminó repentinamente, que no formaba parte de ninguna cadena hereditaria, que únicamente pertenecía a esa región de segundos pisos, a esas terrazas que nadie conoce, en el balanceo constante e intermitente de las cuerdas, de pertenecer a esa orden desconocida que anda por las azoteas abandonadas donde hay una sucesión de cosas nunca vistas, de ladrillos y perros, ropas, canastas de gaseosa, panales en los aleros, nidos de murciélagos, y hasta de gatos electrocutados en los postes vecinos de la luz. Ahí, dándole el último sorbo a la media botella de ron transcurrieron los últimos cuarenta y cinco minutos, al principio en bajada y después en plano, en el asiento del muerto de su Subaru suspendida de noche sobre la grúa silenciosa, completamente extraviado y sin necesidad de contarle a nadie cómo había tenido un encuentro feliz con su pasado, recordándolo todo en esa nueva dimensión placentera en la que se encontraba, ese medio punto entre el cielo y el suelo, el encuentro más revelador de toda su vida, que le había sucedido a dos metros de altura más arriba de donde mueren los mortales.</p>
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		<title>Selva Almada: &#8220;El llamado&#8221;</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Aug 2011 22:40:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cuatrocuentos</dc:creator>
				<category><![CDATA[Argentina]]></category>

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		<description><![CDATA[Era una mañana soleada. Aunque ya había comenzado el invierno, la temperatura era agradable, todavía otoñal. Lidia Viel tomaba un café negro sentada a la mesita de la cocina. Desde allí, por el gran ventanal que daba al jardín, observaba &#8230; <a href="http://cuatrocuentos.wordpress.com/2011/08/17/selva-almada-el-llamado/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a><img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cuatrocuentos.wordpress.com&amp;blog=7211242&amp;post=1642&amp;subd=cuatrocuentos&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;" align="center"><a href="http://cuatrocuentos.files.wordpress.com/2011/08/lichtenstein.jpg"><img class="size-full wp-image-1707 aligncenter" title="Roy Lichtenstein" src="http://cuatrocuentos.files.wordpress.com/2011/08/lichtenstein.jpg?w=500" alt=""   /></a></p>
<p style="text-align:justify;" align="center">Era una mañana soleada. Aunque ya había comenzado el invierno, la temperatura era agradable, todavía otoñal.</p>
<p style="text-align:justify;">Lidia Viel tomaba un café negro sentada a la mesita de la cocina. Desde allí, por el gran ventanal que daba al jardín, observaba al muchacho que cortaba el césped. Él y su hermano hacían trabajos de jardinería en el barrio. Lidia Viel los llamaba una o dos veces al mes, dependiendo de la estación.<span id="more-1642"></span> En el verano venían hasta tres o cuatro veces en un mes porque también se ocupaban de mantener la pileta. Casi siempre venía este, Juan, y cuando no podía lo reemplazaba el hermano. Lidia lo prefería a Juan. El otro le daba la impresión de estar siempre apurado y algunas veces dejaba cosas a medias.</p>
<p style="text-align:justify;">El chico iba y venía por el jardín empujando la vieja cortadora, pesada y ruidosa. Una vez Lidia le había preguntado si no le gustaría tener uno de esos tractorcitos para cortar el césped. Él había dicho que no, que las máquinas viejas son mejores. No era de mucho hablar.</p>
<p style="text-align:justify;">Esa mañana Lidia no tenía ganas de hacer nada. Si no hubiese sido por los trabajos en el jardín, se habría quedado en la cama hasta el mediodía. Tenía que corregir unos exámenes de inglés, pero podía hacerlo esa noche en la escuela en una hora libre que tenía entre clase y clase. Era un multiple choice que se corrige rápidamente. Desde que sus hijos se habían ido a estudiar afuera, tenía mucho tiempo libre. Algunas noches, después del trabajo, ella y un par de amigas se iban a un bar a charlar y tomar una cerveza. O se juntaban a comer y jugar a las cartas. Luego de la separación no había vuelto a formar pareja. De vez en cuando salía con algún tipo, pero nada serio.</p>
<p style="text-align:justify;"> El sonido del teléfono la sobresaltó. Antes de atender se sirvió más café y prendió un cigarrillo: si era una de sus amigas, estarían un buen rato hablando. A esa hora no podían ser los chicos que siempre llaman a la noche o los fines de semana cuando la comunicación es más barata. Levantó el brazo para tomar el tubo del aparato adosado a la pared.</p>
<p>-Hola -dijo.</p>
<p>Le respondió la voz desconocida de un hombre joven.</p>
<p>-Lidia Viel ¿se encuentra? -preguntó.</p>
<p>-Sí, ella habla. ¿Quién es?</p>
<p>El muchacho no contestó enseguida. Debía estar llamando desde un teléfono público, pues Lidia escuchó ruido de autos. Sin embargo, no parecía estar en una ciudad sino cerca de una autopista. El sonido de los coches circulando a una gran velocidad se oía nítido.</p>
<p>-Hola -dijo otra vez Lidia, levantando un poco la voz-. Dígame -aunque se notaba que era muchísimo más joven que ella, no quiso tutearlo de buenas a primeras. Quizás era un vendedor y si le daba confianza después sería más difícil sacárselo de encima. Aunque un vendedor no estaría llamando desde un teléfono público.</p>
<p>-Sí-respondió el muchacho aclarándose la garganta-. Estoy acá.</p>
<p>-Bueno, entonces: lo escucho.</p>
<p>El jardinero había apagado la máquina. El ruido de los vehículos, del otro lado de la línea, se escuchaba con más fuerza.</p>
<p>-Le parecerá raro -dijo el joven-. Lidia le dio una última pitada al cigarrillo y lo aplastó en el cenicero. Con el tubo en la oreja se puso de pie y fue hasta la ventana. El cable del aparato era muy largo y le permitía moverse sin problemas. Juan había dado vuelta la cortadora de césped y parecía estar revisando las cuchillas. Lidia golpeó el vidrio con los nudillos y él alzó la cabeza para mirarla. Con una seña le preguntó si pasaba algo. El chico levantó un pulgar dando a entender que todo estaba en orden. Tal vez la cuchilla se había trabado con una piedra o algo así.</p>
<p>-Hola. ¿Todavía está ahí? -preguntó secamente-. Si no habla, voy a colgar.</p>
<p>-No, por favor -rogó la voz del otro lado-. Discúlpeme, es algo delicado… no sé por dónde empezar.</p>
<p>Lidia sintió un frío en el estómago. Se sentó y prendió otro cigarrillo.</p>
<p>-Hable -dijo bruscamente.</p>
<p>-Yo creo que usted es mi madre -disparó el muchacho sin respirar.</p>
<p>Juan echó a andar otra vez la cortadora alejándose hacia el extremo del jardín. El ruido de la máquina se fue atenuando a medida que se alejaba hasta ser sólo una vibración, un zumbido.</p>
<p>Lidia se quedó medio pasmada. Enseguida sintió un gran alivio. Por un momento pensó que había ocurrido algo con sus hijos, un accidente de tránsito, alguna cosa horrible. Lo que acababa de escuchar le causó gracia y estupor. Creyó que había entendido mal, así que dijo:</p>
<p>-¿Cómo?</p>
<p>El chico no respondió de inmediato, sin embargo todavía estaba ahí; Lidia podía sentir su agitación. Escuchó también las maniobras de un camión, de los grandes, con acoplado. Supuso que la estaba llamando desde una estación de servicio al costado de la ruta. A Lidia siempre le provocaron una profunda desolación esos parajes en el medio de la nada. Los grandes carteles de neón descoloridos y zumbones que permanecen encendidos hasta bien entrada la mañana. Incluso los días soleados esos sitios adolecen de una tristeza quieta, inconmensurable.</p>
<p>-Que creo que usted es mi madre-. El muchacho pronunció cada palabra lentamente, tratando de hacerse oír por sobre el ruido de los motores, cada vez más cercano.</p>
<p>-Lo siento -dijo Lidia Viel-. Pero estás en un error. Sólo tengo dos hijos y siempre han estado conmigo. Lo lamento.</p>
<p>El chico volvió a quedarse callado. Lidia sintió que debía decir algo más, pero la verdad es que no tenía nada más para decir. De todos modos repitió: lo siento.</p>
<p>-Disculpe -dijo él y colgó.</p>
<p>Lidia Viel se quedó unos segundos con el tubo puesto entre el hombro y la cabeza, aunque el otro ya había cortado y no se oía nada más.</p>
<p style="text-align:justify;"> Aquel llamado era la cosa más extraña que le había sucedido. Se quedó un poco descorazonada. Pensó en ese chico que debía tener la edad de su hijo mayor o cuanto mucho un par de años más. Aunque nunca bebía por las mañanas, ahora necesitaba una copa. Todavía le duraba la sensación espantosa de haber creído, por un momento, que la llamaban para avisarle que algo les había ocurrido a sus hijos. Se sirvió un poco de whisky con hielo y volvió a sentarse en el mismo lugar.</p>
<p style="text-align:justify;">En una de esas no debería haberlo dejado cortar así, pobre muchacho. Quizás debería haber mantenido una conversación con él, haberle preguntado de dónde había sacado que ella podía ser su madre. Estaba claro que todo había sido un gran error, que no era ella la Lidia Viel correcta. Así que había otra mujer con su nombre o uno muy parecido. Darse cuenta de esto también le resultó inquietante, pero siguió pensando en la charla telefónica. Tal vez de haber indagado un poco más en la cuestión, podría haberlo ayudado. Aunque no se le ocurría cómo. También podía ser que mostrarse interesada confundiera más al chico: podría pensar que ella sí era su madre y que sólo estaba haciendo preguntas para ganar tiempo.<br />
Por lo menos debería haberle preguntado su nombre. No costaba nada y hubiese sido más amable. Era una pena haberlo dejado así. Quizás el suyo era el único teléfono de una Lidia Viel que el chico había conseguido y ahora ya no le servía de nada y tendría que empezar de nuevo. Vaya a saber cuánto tiempo hacía que tenía ese número anotado en un pedazo de papel, guardado en la billetera; cuántas veces antes habría marcado y cortado hasta juntar valor y esperar que alguien le respondiese. Ahora estaba en cero otra vez.</p>
<p style="text-align:justify;">En una de esas volvía a llamarla. De estar en lugar del chico, ella insistiría. En estos casos, ante un llamado así, debía ser bastante común, hasta lógico que la mujer se asuste y niegue todo. Pero un muchacho joven no puede saber lo que pasa por el corazón de una mujer madura.</p>
<p style="text-align:justify;">Lidia miró por la ventana. Juan había terminado de cortar el pasto y pasaba la escoba de alambre. Trabajaba con auténtico esmero. No como su hermano. Había pensado decirle que aproveche y pode los fresnos, pero se veían tan lindos con sus grandes copas amarillas recortadas contra el cielo azul que sería una lástima. Después de todo, las hojas se caerían solas a medida que avanzara el invierno.</p>
<p style="text-align:justify;" align="right"><em> </em></p>
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			<media:title type="html">Roy Lichtenstein</media:title>
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		<title>Norberto José Olivar: &#8220;La musa de Udón&#8221;</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Aug 2011 22:35:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cuatrocuentos</dc:creator>
				<category><![CDATA[Venezuela]]></category>

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		<description><![CDATA[Para Fedosy Santaella Me gustaría decir que todo empezó por un número equivocado, que el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz del otro lado preguntó por alguien que no era yo, ojalá este equívoco &#8230; <a href="http://cuatrocuentos.wordpress.com/2011/08/17/norberto-jose-olivar-la-musa-de-udon/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a><img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cuatrocuentos.wordpress.com&amp;blog=7211242&amp;post=1667&amp;subd=cuatrocuentos&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;" align="right"><a href="http://cuatrocuentos.files.wordpress.com/2011/08/henri-matisse.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-1702 aligncenter" title="Henri Matisse" src="http://cuatrocuentos.files.wordpress.com/2011/08/henri-matisse.jpg?w=500" alt=""   /></a></p>
<p style="text-align:right;" align="right"><em>Para Fedosy Santaella</em></p>
<p style="text-align:justify;">Me gustaría decir que todo empezó por un número equivocado, que el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz del otro lado preguntó por alguien que no era yo, ojalá este equívoco tan austeriano y policiaco hubiese sido el chispazo de esta historia, pero confieso, fue un <em>empiece</em> prosaico e insustancial, lejos de esos arranques glamorosos, en blanco y negro, de las canónicas narrativas detectivescas:<span id="more-1667"></span> La noche del 25 de agosto del año 2009, siete hombres subieron al segundo piso del Liceo Udón Pérez, patearon la puerta de la biblioteca y lanzaron a una mujer de bronce de más de 120 kilos. La caída, véase en cámara lenta, estalló los vidrios de uno de los ventanales y desportilló los azulejos del patio al incrustarse como un meteorito tras el cinematográfico desplome.</p>
<p style="text-align:justify;">El director del liceo declaró a los periodistas que la policía intervino la red de chatarreros y fundiciones del estado sin ningún resultado. De modo que la pieza de bronce debe estar en manos de sus plagiarios, aún, a la espera del momento adecuado para su lucrativo desmembramiento.</p>
<p style="text-align:justify;">Estamos ofreciendo mil bolívares de recompensa, notificó el señor director del liceo, a quien suministre información del paradero de la musa. Hay que recuperarla pronto, su valor histórico es incalculable, íbamos a renovar el monumento completo del poeta Udón Pérez para conmemorar los 100 años de la composición del Himno del Zulia, pero sin ella será imposible…</p>
<p style="text-align:justify;">El monumento consistía en cuatro piezas de bronce de gran formato: el poeta, un cóndor, una lira y la musa.</p>
<p style="text-align:justify;">En un reportaje de Moisés Arévalo, para Panorama, explicaba citando al Presidente de la Junta Pro Restauración del Monumento del Insigne Vate de Todos los Tiempos, el contenido simbólico de la obra: «el poeta estaba sentado sobre el pedestal de mármol que representa al monte Olimpo, se lo ve pensativo, con la mano en el mentón. A sus pies, la musa que viene a inspirarlo y a llevarse los poemas ya escritos para deleitar a los dioses, pero no consigue al bardo, y en su angustia rompe las cuerdas de la lira y pide al cóndor que vaya al cielo en su busca, pero el poeta está tan alto, tan embutido en la gloria parnasiana, que el ave no puede alcanzarle…».</p>
<p style="text-align:justify;">El robo de la musa avivó mi fascinación por los enigmas, y no me pienso monsieur Dupin tras los misterios de la calle Morgue, pero la literatura es la búsqueda del sentido, lo que supone el deseo de una explicación sensata ante lo incomprensible, que es la esencia del relato policial desde Poe hasta Ellroy.</p>
<p style="text-align:justify;">Recuerdo que Bolaño dijo que le habría encantado ser detective de homicidios, pero un escritor es en cierta manera un detective. Esta idea la llevé al extremo, no hace tanto, al matricularme en el Instituto de Policía Científica de la avenida Vargas; no se dejen deslumbrar por el rimbombante nombre, se trataba del claustrofóbico gabinete de un estrafalario abogado que mal dictaba un cursillo de pretendida capacitación detectivesca para fungir, diploma en mano, de mandaderos de leguleyos. Fue divertido a pesar de la rabietas de mi mujer que no aceptaba que me gastara un buen dinero en una escolaridad tan disparatada e inservible. Y como quien compra una pistola y anda ansioso de su primer tiro, yo vi en el escándalo de la musa la posibilidad soñada de mi primigenio caso como sabueso privado.</p>
<p style="text-align:justify;">El problema —y lo frustrante— del caso de la musa es que no se capturó a los pillos que perpetraron el bellaco acto, y con esto desarmo o quito de un porrazo lo que podría suponer el interés por esta historia; <em>véome</em> forzando al lector a disfrutar el relato en sí por la sola razón del estilo y ya no por el acertijo inaugural tan fraudulentamente presentado, por lo general, en los relatos negros.</p>
<p style="text-align:justify;">Llegué al despacho del señor director del Liceo Udón Pérez y me presenté como profesor de la universidad, no como investigador privado, una súbita erupción de vergüenza me lo impidió, pero manifesté mi deseo de ayudar en la búsqueda de la preciada obra.</p>
<p style="text-align:justify;">Don Jacobo Vílchez, así se llamaba el señor director —obviemos locación y aspecto físico del referido—, por comenzar su intervención ante mi abordaje tan inusual, se dio a decir, no muy seguro, que la estatua de Udón Pérez llegó al liceo a mediado de los sesenta, pero hubo montones de inconvenientes para armar el monumento completo, apenas se logró montar al poeta sobre su zócalo. La desdichada musa, el cóndor y la lira han deambulado como fantasmas, desde entonces, por todos los despachos y depósitos del edificio.</p>
<p style="text-align:justify;">¿Y a qué debemos su interés en el asunto?, preguntó con verdadera curiosidad.</p>
<p style="text-align:justify;">Adriano González León propuso una vez que devolvieran el monumento a la avenida Bella Vista, pero entendimos luego que el liceo había digerido la imagen de esa estatua; insistir habría sido una necedad. La ciudad había cambiado y desde aquellos lejanos días me siento ligado a la suerte de esa figura, expliqué.</p>
<p style="text-align:justify;">La estatua la quitaron de Bella Vista porque los bardos achispados que salían del American bar y del Pampero se llegaban a mear y gritar insolencias a Udón y a su musa. Era un espectáculo bochornoso, relató don Jacobo divertido a sus anchas.</p>
<p style="text-align:justify;">De eso quería hablarle, dije resquemoroso, ¿no ha pensado que el móvil del robo de la musa sea estrictamente literario?</p>
<p style="text-align:justify;">¿Cómo así?, ripostó don Jacobo atragantado con un despreciable café de termo.</p>
<p style="text-align:justify;">El móvil de la fundición no prospera, pese a su factibilidad indiscutible, dije con miedo a verme como un loco. Tengo la sospecha de que es una venganza literaria.</p>
<p style="text-align:justify;">¿Una venganza literaria?, silabeó pensativo don Jacobo, eso sí que es un móvil posmoderno, añadió con el ceño fruncido, tamborileando sobre la tabla del escritorio.</p>
<p style="text-align:justify;">Cuando lo dije no tenía nada claro, era una yerma sospecha, un vulgar pálpito, pero don Jacobo pedía urgido que ahondara en la escabrosa hipótesis.</p>
<p style="text-align:justify;">Acordamos una semana para buscar pistas o referencias que pudieran alentar mi presunción, eso sí, advertí, no lo participe a la policía. Vendré a exponer los avances y veremos a dónde llega esta teoría conspirativa, concluí la conversa más confiado. Si al principio no me vendí como investigador privado, de facto quedaba contratado, ad honorem, y don Jacobo Vílchez se constituía en mi primer cliente.</p>
<p style="text-align:justify;">Nótese que voy contando los eventos como van sucediéndose; sin ocultar ni omitir. La búsqueda es la esencia de lo policíaco, al margen del desorden narrativo y de la oscuridad que pueda dominar el camino.</p>
<p style="text-align:justify;" align="center">Pienso en Born diciendo a Walker que «se sorprendería del instrumento tan eficaz que puede ser el teléfono» porque bastó una llamada al doctor Cósimo Mandrillo, solvente udonpereista, para dar sentido a la excéntrica sospecha.</p>
<p style="text-align:justify;">El doctor Mandrillo llegó peripuesto y puntual a la fuente de soda Irama, me saludó de buena gana y en una nano fracción de segundo estábamos entrando en materia: Es una idea extravagante, pero no disparatada, dijo trasegando café a sus entrañas con visible regusto, sin embargo, puede que nos dé por forzar la realidad para que su presunción pueda ser demostrada, lo que no significa que sea cierta, ¿cuántos condenados hay, abrumados por pruebas acusatorias y son inocentes? Por suerte, para ambos, estos crímenes literarios no son tan dramáticos. Sepa que he pensado mucho en lo que dijo y sólo se me ocurren dos sospechosos: los poetas Ildefonso Vázquez y Hesnor Rivera.</p>
<p style="text-align:justify;">¡Pero ambos están muertos!, dije sin ocultar mi desconcierto.</p>
<p style="text-align:justify;">Le expongo la versión corta, continuó el doctor Mandrillo impertérrito, alisando su barba de candado: Ildefonso Vázquez había considerado un compromiso con su maestro, José Ramón Yepes, la composición de un poema épico de largo aliento sobre la fundación de Maracaibo. Yepes dejó un plan de trabajo, pero su muerte truncó la ejecución. Vázquez sintió que no iba a concretarlo tampoco, así que en 1908 pidió a Udón Pérez que se encargara del proyecto, pero Udón lo rechazó de malas maneras y Vázquez se enfureció y empezaron a insultarse por la prensa sin ningún pudor. Se cuenta que Vázquez, muy anciano ya, fue hasta la casa de Udón Pérez con la intención de hacer las paces y olvidar el asunto, pero Udón ni siquiera salió a recibirlo y esto se supo <em>In tutto il mondo</em>. Por esos mismos días se rumoraba la existencia de una supuesta hermandad que llamaban, Sociedad Secreta Vázquez, sus miembros vestían de negro, se definían anticlericales, ateos, llevaban pelo largo, idolatraban a Comte, a Darwin y a Kardec, no medían con la morfina y el alcohol y practicaban la ciencia del espiritismo, eso era lo que los unía a Vázquez que, se sabe, era un acreditado médium y el pretendido tutor de la cofradía.</p>
<p style="text-align:justify;">¿Y juraron vengarse de la afrenta hecha a su maestro?, interrumpí.</p>
<p style="text-align:justify;">¡Exacto!, dijo el doctor Mandrillo satisfecho de mi perogrullada.</p>
<p style="text-align:justify;">¡Toda esa gente está más que muerta, doctor!</p>
<p style="text-align:justify;">Claro, dijo sin dejar de sonreír, lo que usted no sabe es que hace cuestión de un año la profesora Alicia Montero me aseguró que esa sociedad seguía existiendo. La mayor parte de sus integrantes, entiendo, son profesores universitarios, incluso, algunos ex rectores. La noticia me pareció curiosa, pero la había olvidado por completo hasta que usted me pidió un discurso probatorio para su hipótesis. Por supuesto, no pienso seguir a estos espectros en la Escuela de Letras, eso se lo dejo a usted, pero le aseguro que no va a conseguir absolutamente nada.</p>
<p style="text-align:justify;">Supongo que no hay manera de dar con ellos, y si la hubiera podría costar cualquier cantidad de tiempo, aún así, la dificultad de probar su culpabilidad, y no creo que mi cliente tenga tanta paciencia, inquirí frente al doctor, imitando a Humphrey Bogart haciendo de Philip Marlowe, en una de las escenas de <em>The big sleep</em>.</p>
<p style="text-align:justify;" align="center">Esta ciudad tiene sus secretos, añadió el doctor Mandrillo con un dejo de ironía. ¿Seguimos con Hesnor Rivera?, preguntó luego, con cierta burla, al verme tan alelado.</p>
<p style="text-align:justify;">Adelante, dije aterrizando de no sé de dónde.</p>
<p style="text-align:justify;">Lo de Hesnor es pura sinvergüencería, dijo sin evitar una sonrisa cómplice. Tenía la mala costumbre, al final de sus tirolesas ingestas con el poeta César David Rincón, de ir a descargar su vejiga sobre la musa de Udón allí en la redomita de Bella Vista con 5 de Julio. Y es de dominio histórico la aversión de Hesnor por este vate, ¿quién no recuerda la quema pública que hizo de los libros de Udón Pérez en plena Plaza Bolívar? Hesnor siempre dijo que había que matar a Udón, sabemos que a un muerto sólo se le mata en sentido figurado, ¿pero no cree que el robo de la musa es una forma de acometerlo? Mire, lo de Hesnor contra Udón era enfermizo. En 1961 sucedió una cosa muy extraña que sigue sin aclararse. Y hablando de sociedades secretas, se dice que Hesnor pertenecía a la Liga Cervantes, una especie de adoradores fanáticos del Quijote que se reunían (o reúnen porque aún existe, aseveran) cada cuatro o cinco años en algún rincón del mundo a leer a <em>El ingenioso hidalgo</em> y, esto es lo más inaudito, a exterminar monumentos de escritores mediocres o a profanar sus tumbas y hacer desaparecer sus restos definitivamente. Le repito, en marzo de 1961, llegó a Maracaibo, de incógnito, William Faulkner, así como lo oye. Para la época era el presidente de esa Liga y venía a petición de Hesnor, a evaluar la posibilidad de realizar el encuentro secreto en las afueras de la ciudad. Y la estatua elegida fue la de Udón Pérez. La reunión se pautó en la hacienda de un alto dirigente de Acción Democrática, amigo de Hesnor, y los escritores llegarían en dos tandas acordadas con la Pan Am, camuflados, en los registros, como ingenieros petroleros de la Royal Dutch Shell de Venezuela. Pero el último día de la clandestina evaluación de Faulkner fue un auténtico desastre. A Hesnor se le antojó llevarlo a comer al Hotel del Lago y acabó reconocido por un admirador de origen ruso, un tal Projarov, según relatan. No pudieron almorzar, Hesnor decidió ir a su casa y cocinar él mismo, pero el rumor se desató y llegó hasta los reporteros del Diario de Occidente que de inmediato emprendieron la persecución. Empezaron por los hoteles y no encontraron nada, pensándolo bien, supusieron, debe estar alojado en una residencia particular, lo más natural sería en la del cónsul Lewis o sus relacionados, pero cómo saber, y en el aeropuerto no se había apuntado ningún pasaporte con el nombre de William Faulkner. La cosa se ponía difícil a menos que consiguieran un informante, pero quién iba a prestar atención a un escritor en una ciudad en la que nadie lee más que titulares de periódicos. En esos días la gente sólo hablaba del regreso de Yuri Gagarin del espacio sideral, y de la verificación que hizo el cosmonauta de la redondez del planeta; o de los cadáveres que flotaron del naufragio del remolcador Capitán Chico en el lago; o del juicio a Adolfo Eichmann… No obstante, en horas de la tarde se aseguró que estaba en el Teatro Baralt escuchando <em>La rosa de Azafrán</em>, de la compañía Caballero. Allá fueron a dar los reporteros, revisaron asiento por asiento entre la platea y los balcones sin dar con el escurridizo autor. Hesnor, por supuesto, no supo lo que había provocado la presencia de Faulkner en el hotel hasta el día siguiente, y olvidado por completo de sus deberes editoriales en Panorama, encargados a su amigo Adalberto Toledo, se dedicó a comer y a beber con el norteamericano y con César David Rincón que se incorporó animoso al improvisado festín.</p>
<p style="text-align:justify;">A media noche, esto lo contaba muerto de risa César David Rincón, fueron hasta la redoma de Bella Vista, al monumento de Udón Pérez, y los tres, uno junto al otro, en peña de beodos, mearon durante largo rato, con chorros generosos y alcoholizados, la indefensa musa del poeta, y si no intentaron bañar a Udón fue porque estaba muy alto en su pedestal, haciendo gravitacionalmente imposible cualquier intento. Hasta allí todo habría sido perfecto, de no ser por una inoportuna patrulla que los sorprendió, <em>in fraganti</em>, en mitad de la descarga o haciendo aguas menores, dicho con decoro y corrección.</p>
<p style="text-align:justify;" align="center">El jefe de la policía reconoció a Hesnor —prosiguió el doctor Mandrillo—  cómo olvidar ese porte de zambo galante y al gigantón blanquiñoso de César David Rincón. Los había visto repetidas veces en el Panorama, en la página cultural, pero al gringo, ni idea. El curioso trío no le daba buena espina, así que más por ahorrar molestias que en acato al protocolo, les dio el teléfono para que hicieran una llamada y precisar de qué iba aquella mala junta. Hesnor tuvo que pasar por la penuria de llamar a míster Donald Lewis, cónsul norteamericano acreditado en la ciudad, explicar lo que no quería, y el importunado diplomático hubo de llamar, sobreponiéndose a la vergüenza, al señor gobernador y éste, de inmediato, a su Secretario de Gobierno para que finalmente se ordenara, sin aclaratorias de por medio, ni dejando constancia en los procedimientos de ley, la liberación de este triunvirato maligno cogido en tan afrentosa práctica a la identidad local. Sin embargo, el gobernador exigió al cónsul, pensando que una visita de ese lustre beneficiaba su gestión, se oficializara la presencia de Faulkner. De modo que el flamante Premio Nobel fue sacado discretamente a Colombia, en jet privado, y puesto de vuelta al día siguiente en un vuelo comercial. Recibido, ahora sí, con la parafernalia debida, en el aeropuerto Grano de Oro y a vista de la prensa regional.</p>
<p style="text-align:justify;" align="center">Los reporteros describieron a Faulkner como un hombre delgado, de baja estatura, cabello blanco, bigote finamente recortado. Llegó de traje gris y corbata azul. Dijo que no era un escritor como otros que tratan de las personas sociales o económicas, sino que únicamente se interesa por describir al hombre en su condición humana e intemporal, que la pasión de estar vivo y la belleza es lo único que debe importar al artista.</p>
<p style="text-align:justify;">¿Lee usted novelas policíacas?, interpeló el corresponsal de la revista Momento.</p>
<p style="text-align:justify;"> Leo a Simenon porque me recuerda a Chejov.</p>
<p style="text-align:justify;">¿Y Raymond Chandler?, embistió uno del Diario de Occidente.</p>
<p style="text-align:justify;">Sólo para escribir el guión del film de Howard Hawks. Fue un encargo, no soy amante del género. El grueso de las novelas negras se centra más en el engaño que en otra cosa, es entretenido, pero no trascendente.</p>
<p style="text-align:justify;">¿Qué le pareció la actuación de Bogart?, añadió el enviado de El Nacional.</p>
<p style="text-align:justify;">No imagino a nadie más como Marlowe.</p>
<p style="text-align:justify;">Los críticos también sugieren que sus personajes nunca eligen conscientemente entre el bien y el mal, interrogó, perspicaz, el de Panorama.</p>
<p style="text-align:justify;">A la vida no le interesa el bien y el mal. Don Quijote elegía constantemente entre el bien y el mal, pero lo hacía en estado de sueño. Estaba loco. Entraba en la realidad sólo cuando bregaba con la gente que no tenía tiempo para distinguir entre el bien y el mal. Puesto que los seres humanos sólo existen en la vida, tienen que dedicar su tiempo simplemente a estar vivos. La vida es movimiento y el movimiento tiene que ver con lo que estimula al hombre, que es la ambición, el poder, el placer. El tiempo que un hombre puede dedicar a la moralidad, tiene que quitárselo forzosamente al movimiento del que él mismo es parte. Está obligado a elegir entre el bien y el mal, tarde o temprano, porque la conciencia moral se lo exige a fin de que pueda vivir consigo mismo el día de mañana. Su conciencia moral es la maldición que tiene que aceptar de los dioses para obtener de ellos el derecho a soñar.</p>
<p style="text-align:justify;">Le preguntaron también qué opinión tenía de la obra de Gallegos, y dijo, sonriente, que era un buen hombre.</p>
<p style="text-align:justify;">Los periódicos publicaron en primera plana que, en la noche, el notable literato fue agasajado en el Club Náutico por la Asociación Norteamericana del Zulia y por el gobernador Eloy Párraga Villamarín. Al día siguiente, aquí viene lo que le interesa —vea que la maldad puede tener paciencia bíblica—, Faulkner visitó el Liceo Udón Pérez. Fue recibido por la plantilla de profesores en pleno y flanqueado por la Novia del Liceo, la señorita Nivia Guerrero, que lo acompañó en un breve paseo por las instalaciones. Y en amena conversación con el director, no recuerdo su nombre, le recomendó solicitar a las autoridades de la ciudad el traslado del monumento del epónimo de la institución al edificio, es su lugar natural y evitarían los contantes agravios de los vagos y resentidos, dijo con severidad oracular el distinguido novelista que, por lo visto, estaba al tanto de todo. En adelante es historia conocida, pero la intención de Faulkner, según explicó a Hesnor, era que una vez trasladado el monumento a los espacios del liceo todo sería más fácil. Sabemos, por los hechos mismos, que Hesnor no pudo completar su vengativo proyecto, pero el asunto quedó como moción pendiente en las entrañas de la Liga Cervantes.</p>
<p style="text-align:justify;">Eso está muy ensortijado, doctor, dije con verdadero desánimo; no me veía contando esa truculenta historia a don Jacobo Vílchez en su destartalado despacho de director.</p>
<p style="text-align:justify;">Una cosa más, dijo el doctor Mandrillo con cierto desdén, parece que esta Sociedad Secreta Vázquez es, en realidad, la sucursal de la Liga Cervantes, y de acuerdo a los datos que obtuve, un importante escritor neoyorkino y actual presidente, un tal Paul Benjamín, estuvo en Maracaibo días antes del robo de la musa. Como ve, mi querido amigo, si uno empieza a remover piedras siempre salen alimañas por todas partes.</p>
<p style="text-align:justify;">En un acopio, no lo niego, de cortesía y buenos modales, el señor director del Liceo Udón Pérez, escuchó con atención y sin reír ni una vez, mi alocada historia de conjuraciones literarias. Se limitaba a engullir su horripilante café de termo en el más adusto silencio y a asentir con la cabeza, más resignado que crédulo.</p>
<p style="text-align:justify;">¿Eso es lo que ha averiguado en estos días?, preguntó don Jacobo Vílchez con una expresión facial indeterminada, sobándose la lustrosa calva, contenido.</p>
<p style="text-align:justify;">Ya sé que es demasiado fantástico, pero la verdad puede ser muy extraña a veces…, dije casi sin creérmelo yo mismo.<strong></strong></p>
<p style="text-align:justify;">¡Su explicación es una mamarrachada!, explotó iracundo el señor director, con la cara moteada como un Apamate. ¡Ahora cualquier loco es profesor de la universidad!,  dijo con la aorta inflamada y me invitó a desaparecer en el acto, como el escapista húngaro, que por lo visto, aseguró con una mueca mefistofélica, se quedaba corto ante mí.</p>
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			<media:title type="html">Henri Matisse</media:title>
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		<title>Juan Patricio Lombera: &#8220;Tiempo prestado&#8221;</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Aug 2011 22:30:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cuatrocuentos</dc:creator>
				<category><![CDATA[México]]></category>

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		<description><![CDATA[Sabía que si volvía a beber moriría. Había conseguido con la ayuda de su ex esposa, aguantar todo un año sin probar siquiera una sola gota de alcohol. Antes, con tan sólo una cerveza se abría la garganta sin fondo &#8230; <a href="http://cuatrocuentos.wordpress.com/2011/08/17/juan-patricio-lombera-tiempo-prestado/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a><img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cuatrocuentos.wordpress.com&amp;blog=7211242&amp;post=1658&amp;subd=cuatrocuentos&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;"><a href="http://cuatrocuentos.files.wordpress.com/2011/08/lucien-freud.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-1690 aligncenter" title=" " src="http://cuatrocuentos.files.wordpress.com/2011/08/lucien-freud.jpg?w=500" alt=""   /></a></p>
<p style="text-align:justify;">Sabía que si volvía a beber moriría. Había conseguido con la ayuda de su ex esposa, aguantar todo un año sin probar siquiera una sola gota de alcohol. Antes, con tan sólo una cerveza se abría la garganta sin fondo que podía prolongar durante días la borrachera. Neto se encontraba en un dilema. Él, que en el último año buscaba en sus recorridos más cotidianos hacia el trabajo evitar las calles con tabernas porque, pese a ir en el coche, no podía sustraerse a sus encantos a la hora que fuera, tenía que tomar una decisión.<span id="more-1658"></span> Esa tarde se presentaba tenebrosa ya que sus propios compañeros de oficina, sabedores de su problema con el alcohol, habían decidido organizarle una celebración por lo bien que se estaba portando. Sabía él que en esa fiesta correría el alcohol y por lo mismo, por el miedo que esto le producía, había pensado en no asistir. Pero él no quería incomodar a sus compañeros haciéndoles el feo de no ir. Tampoco quería llevar a Cristina como apoyo, ya que le daba vergüenza presentarla en público por su gran ignorancia, así como por su excesiva frivolidad. De hecho, esa opción era impracticable porque no faltarían las lenguas malediciosas que dijeran que era ella quien lo mantenía a raya porque Neto era un mandilón, y eso sí que no podía soportarlo. Por otra parte, siempre le había costado decir no y de esa forma se había metido en numerosos problemas desde pequeño.</p>
<p style="text-align:justify;">Todo había comenzado en Viena, años atrás. En aquella época, Neto era un joven diplomático que, pese a su corta edad, ya ejercía de Cónsul. Su esposa, Cristina, no lo había querido acompañar en el primer año de su estadía en Centroeuropa porque esperaba a su primer hijo y argumentaba que el desconocimiento del idioma podría ser una barrera en caso de necesitar cualquier ayuda. Era un pretexto y Neto lo sabía, porque él dominaba el inglés, el alemán y el francés perfectamente. Sin embargo, conocía también a Cristina y sabía que ella, por más que repelara de su propio país y ensalzara las virtudes de los del primer mundo cuando iban de vacaciones, no abandonaría jamás su tierra a la que paradójicamente consideraba el mejor sitio para vivir, sobre todo si se tenía dinero, como esperaba que Neto consiguiera en pocos años. Ella creía firmemente que él, tras engalanar su currículum con algunos puestos en diversos países, volvería para meterse de lleno en la grilla y conseguiría, por lo menos, un escaño de diputado con lo que podrían empezar a llevar el nivel de vida que les correspondía como gente “decente” que eran y empezar a chupar del erario público, como lo hacían todos. Eso sin contar, que, desde esa plataforma, podría conocer a importantes personas con las que luego hacer negocios o, ya de perdida, sacar jugosas comisiones en concepto de corruptelas. Sin embargo, Cristina no sabía que Neto despreciaba desde el fondo de su alma todo ese mundo y que de ninguna manera deseaba estar en un cargo en el que fuera el centro de atención; quería desempeñar un discreto puesto secundario. Él amaba su trabajo y su mayor aspiración, en sus sueños, era ocupar el puesto de embajador ante la ONU. Era un sueño difícil pero realizable, a pesar de que tenía tan pobre imagen de sí mismo que se consideraba incapaz de ello. Todo lo bueno que le había ocurrido en sus treinta y tantos años de vida, incluso su matrimonio, era siempre, desde su perspectiva, un exceso generoso de la vida para con él. Nunca se merecía las cosas buenas a diferencia de las malas, que siempre eran producto de sus errores y meteduras de pata. Le gustaba atormentarse mentalmente de vez en cuando.</p>
<p style="text-align:justify;">Siendo aún joven, Neto se encontró en la ciudad de los valses solo y con dinero. Si bien la vida ahí no era precisamente barata, él no carecía de nada después de pasarle una parte de su sueldo a Cristina, porque todos sus avituallamientos los conseguía del otro lado del Danubio, en la República comunista, donde todo estaba a precios regalados. De esta forma podía vivir a cuerpo de rey. Pese a ello, pronto empezó a sentir el síndrome del Jamaicón y, al igual que aquel mítico jugador que un día, en pleno partido mundialista de la selección, se puso a llorar, Neto, sin llegar a las lágrimas, echó de menos a su país y a los suyos así como la comida natal. No se acostumbraba a los manjares locales.</p>
<p style="text-align:justify;">Debí haberme traído una maleta llena de salsas como me dijo mi compadre, pensaba al cabo de unos meses. Cuando Agustín se lo propuso, él afirmó con desdén que hacer tal cosa sólo era concebible en los nacos.</p>
<p style="text-align:justify;">Por si fuera poco, su trabajo en el consulado se limitaba, las más de las veces, a firmar documentos ya redactados por sus secretarios y a hacer guardias inútiles en espera de llamadas de los de arriba.</p>
<p style="text-align:justify;">Si por lo menos estuviera en un país tropical podría hacer como aquel embajador que tenía su casa en frente de la embajada: Se la pasaba la mayor parte del tiempo en su piscina y si había una llamada importante su secretaria le avisaba con una bandera desde la ventana. Entonces él, vestido únicamente con un bañador y una toalla, se dirigía a la oficina y contestaba en cuestión de un minuto y siempre podía pretextar que estaba en el baño o en una reunión.</p>
<p style="text-align:justify;">También fue por aquellos años que Neto tomó la costumbre de consumir todo el cigarro sin echar una sola mota de ceniza al suelo. Al principio lo usaba como distracción y forma de consumir más lentamente el cigarro. En los primeros días le costaba, pero una vez que adquirió la pericia nunca más volvió a dejar que la ceniza se cayese antes de tiempo, ni siquiera en sus peores borracheras, cuando más le temblaba el pulso.</p>
<p style="text-align:justify;">Los días se hacían largos y más en los meses invernales, en los que escaseaban las horas de luz. Para combatir la soledad y el aburrimiento, Neto empezó a beber los fines de semana e incluso algunas veces se llevaba al  departamento a alguna prostituta. No sentía ningún remordimiento. Tan sólo estaba satisfaciendo sus necesidades vitales.</p>
<p style="text-align:justify;">Ese año, en el que por primera vez un país latinoamericano iba a organizar una Olimpiada, Neto consiguió, a través de un alto funcionario, amigo suyo, entradas para el Estadio Olímpico, por lo que solicitó todas sus vacaciones de golpe. Además, el nacimiento de su hijo estaba previsto para mediados de noviembre, así que podría combinar perfectamente ambas cosas. Llegó a finales de septiembre, tras un vuelo con escalas en Londres y Nueva York.  No acababa de acostumbrarse al cambio de horario, cuando se dirigió a la Secretaría de Relaciones Exteriores para pagar sus boletos y, de paso, renovar su pasaporte diplomático. Ese mismo día tomó la decisión de nunca más volver a representar a su país en el extranjero y abandonar todo cargo público.</p>
<p style="text-align:justify;">Ya habían circulado unas cuantas chelas y jaibolitos, pero Neto se resistía a ingerir una sola gota. El ambiente se iba cargando de la estupidez característica de los borrachos que, vista desde los ojos de un abstemio, carece de sentido. O se está colocado y se disfruta o uno se hastía. Eso sí, él sabía que a partir de esa hora todos los comentarios dichos entre ellos se revestirían de un halo de profundidad solo perceptible para los iniciados etílicos. Era medianoche. Tenía dos opciones: O emprender la retirada cual ceniciento de segunda o quedarse y coquetear un poco con sus antiguos demonios.</p>
<p style="text-align:justify;">-Dame una cerveza pues, y deja de molestar–dijo finalmente.</p>
<p style="text-align:justify;">En ese momento todo el mundo se calló y Neto sintió cómo todas las miradas se clavaban en él. Nadie salió en su ayuda. Por el contrario, todos ansiaban ver caer las primeras gotas de la cascada amarilla y espumosa en su boca. Ni siquiera disimularon. Tras el primer trago todos lo aplaudieron como si hubiese realizado una hazaña. Ese fue el principio del fin. A la primera cerveza siguió otra y después, ya entrados en confianza, se unieron unas cuantas cubas para terminar, cuando ya casi no quedaba nada que beber, con una botella entera de tequila. Por lo menos en esa ocasión, a diferencia de otras veces, no había acabado preparándose sus cocktails de <em>after shave</em> como tantas otras veces en que había calculado mal la cantidad de alcohol que tomaría. Finalmente, consciente de que ya había bebido todo lo tragable en ese antro y harto de hablarle a las paredes, salió a la calle y se subió en su coche. Eran las tres de la mañana.</p>
<p style="text-align:justify;">Sin trabajo y desesperado, Neto entró en un círculo vicioso en el que no podía dejar de recordar lo que había visto desde el edificio de Relaciones Exteriores, lo que lo llevaba a beber para olvidar. Al día siguiente, cuando se despertaba, se sentía doblemente mortificado por haberse emborrachado la noche anterior y por los recuerdos que tan pronto despertaba lo volvían a asaltar.</p>
<p style="text-align:justify;">Cristina pensó que con el nacimiento del niño, él volvería a sentar cabeza, pero al cabo de un año se convenció de que no tenía remedio y, en uno de sus escasos momentos de lucidez, le pidió el divorcio. Neto ni siquiera intentó disuadirla. Le parecía poco digno recurrir a las típicas mentiras de “voy a cambiar, te lo prometo”, “no puedo vivir sin ti” porque, en el fondo, consideraba que ese divorcio no sólo era su castigo por sus excesos etílico-festivos, sino también parte de su penitencia, por el simple hecho de haber callado sobre lo que él bien sabía.</p>
<p style="text-align:justify;">Ella nunca lo abandonó totalmente. Desde el mismo momento en el que firmaron la separación, se inició entre ambos una relación cordial en la que cada uno conocía sus derechos y deberes y nunca pretendían rebasar sus posiciones. De esta forma, Neto podía, siempre que fuese sobrio, visitar a su hija cuando quisiese e incluso, algunos fines de semana, podía quedarse a dormir con acostón incluido. A cambio, él no solo debía mantenerse presentable sino que, una vez que consiguió un trabajo estable en un bufete de abogados, debía pasarle una cantidad de dinero que podría variar en función de los ingresos y necesidades de cada uno. En realidad, esta cantidad no le hacía falta a Cristina que, una vez que se hubo divorciado, no dejó de recibir la ayuda de sus padres, quienes nunca habían aprobado su matrimonio. Pero Neto no sólo sabía que debía cumplir con su obligación, sino que, intuitivamente, asociaba el luchar por su hija con su redención. Y así fue como, poco a poco, empezó a abandonar los garitos de perdición donde había pasado días enteros para poder estar con su prole. Así consiguió volver al punto de arranque y sólo beber los fines de semana. Sin embargo, las sesiones de alcohol, drogas y putas ya no le divertían. Cada vez aguantaba menos con la copa en la mano y también menos en la cama. Al final concluyó que con quien mejor se lo pasaba era con su propia familia, por lo que casi todos los fines de semana se la vivía ahí, en la que fuera su antigua morada. Había conseguido una cierta estabilidad. De hecho la suerte le sonreía, ya que en poco tiempo había conseguido un buen aumento merced a sus buenos oficios y, pese a lo que había imaginado en sus años de carrera, descubrió que el litigio también le gustaba. Todo parecía volver a su cauce hasta que su pasante se enteró de que él era alcohólico. Fue tras ganar un juicio. El empresario estaba tan contento que pidió a los abogados que le acompañasen a comer y, de paso, les daría el cheque correspondiente al último pago debido. Como tenían el encargo de cuidar “muy mucho” a ese cliente, pues no sólo había dejado ya una importante cantidad con este juicio, sino que se esperaba que lo hiciesen fijo, amén de que conocía a gente muy importante que podría sumarse en el futuro a la cartera de clientes del bufete, aceptaron gustosos la invitación.</p>
<p style="text-align:justify;">Nomás llegar al restaurante donde lo conocían de toda la vida, el empresario pidió tres tequilitas dobles con sus respectivas sangritas. En ese momento, Neto negó por primera vez la bebida y para dar la impresión de que se encontraba enfermo dijo que tenía que ir rápidamente al baño. El empresario no insistió hasta que llegó el pozole.</p>
<p style="text-align:justify;">-Ahora sí. No me dirá licenciado que no va a acompañar este exquisito pozole sureño con su respectivo tequila que sirve para quitarle la sensación grasienta.</p>
<p style="text-align:justify;">-Verá don Agustín, no puedo beber alcohol –dijo Neto.</p>
<p style="text-align:justify;">-Pues usted se lo pierde. Mire que este tequila entra tan bien al gaznate como un buen coñac de los franceses. Es suave al principio y luego aprieta en la garganta.</p>
<p style="text-align:justify;">-No insista licenciado –terció el pasante que los acompañaba-. Está claro que la señora de mi compañero no le da permiso para beber. Ella dice que él está todavía muy chico para eso.</p>
<p style="text-align:justify;">El empresario rió gustoso la ocurrencia del pasante, mientras que a Neto el comentario le sentó como una patada en los huevos.</p>
<p style="text-align:justify;">-No es eso -respondió airado Neto-. Lo que pasa es yo ya no quiero beber. Digamos que llené el tanque demasiado rápido y ahora estoy haciéndolo carburar.</p>
<p style="text-align:justify;">No tardó en arrepentirse de ese comentario. Al día siguiente todos sabían que él era alcohólico. A partir de ese momento, y sabiéndose que había conseguido la chamba por la amistad que tenía con uno de los socios del despacho, todo se torció nuevamente para Neto. Simulaba no darse cuenta de lo que se decía a sus espaldas, pero cuando llegaba unos minutos tarde no faltaba el graciosito que se ponía detrás simulando estar bebiendo. Otro de los síntomas que reflejaban su creciente impopularidad eran los repentinos silencios incómodos que se generaban a su paso. Ya los había vivido en otra ocasión, cuando mantuvo una relación con una maestra casada de la Universidad. El caso es que lo que habían iniciado como una mera fantasía sexual mutua, casi torna en tragedia cuando ella quiso divorciarse de su marido, que ya no le llenaba ni como persona ni tampoco en la cama. El cornudo primero apaleó a su esposa y posteriormente fue en busca de Neto. Afortunadamente su compadre Raúl, que vivía en la misma vecindad que la maestra, le fue con el pitazo para que desapareciera durante una buena temporada. Así fue cómo el susodicho se refugió, tras pasar el amargo trago de confesarle su historia a sus padres y recibir el correspondiente regaño, durante un año en la casa de fin de semana de Tequesquitengo. Ahí se ligó a una muchacha del pueblo, pero nunca llegó a nada con ella dadas las fuertes convicciones religiosas de la chica. También es cierto que ella no era pendeja y se había dado cuenta desde el principio que él sólo quería un acostón, pero probó a andar con él a ver si con la calentura acababa ofreciéndole matrimonio.</p>
<p style="text-align:justify;">Al volver a la facultad, vio cómo sus antiguos compañeros, los que antes no sólo lo felicitaban por conquistar a una mujer mayor, sino que le exhortaban a que contara los más íntimos detalles, se apartaban y susurraban a sus espaladas cuando él ya había pasado, reprobando su presencia. En aquellos días solo Raúl lo apoyaba. Cuando le comentaba sus deseos de largarse del país o aspectos de su vida personal, Raúl siempre respondía con la misma frase de aprobación: “Chido güey, chido”.</p>
<p style="text-align:justify;">Fue durante la Convención Anual de la OIT, cuando sus “compañeros” decidieron tenderle la trampa. Su jefe y amigo se fue, como todos los años, a Ginebra en el mes de junio como representante de la patronal. La convención duraba 2 semanas, pero éste aprovechaba la ocasión para tomarse las vacaciones nomás terminar la convención y recorrer las europas. Sin embargo, unas semanas antes decidieron trabajarlo un poquito para que no se oliera la jugada. Volvieron a ser amables y comunicativos con él e incluso lo alabaron públicamente por su fuerza de voluntad y su capacidad para abandonar la bebida.</p>
<p style="text-align:justify;">Lo habían conseguido. Ahí estaba, como en sus mejores tiempos haciendo el ridículo con aquellas teorías histórico-literarias que no interesaban a nadie y que sólo él consideraba “profundas”. Sin embargo, después de un momento de satisfacción ante la meta alcanzada, los participantes cómplices empezaron a aburrirse de su propia obra y emprendieron el camino de la retirada. Claro está que había uno que no podía huir y éste era el anfitrión; aquel compañero de Neto que se había chivado de su alcoholismo. En castigo por su delación y por su complicidad en la emboscada tuvo que aguantarlo un par de horas más hasta que, harto de oír los viejos recuerdos del diplomático, fingió dormirse de lo borracho que estaba para que éste, al cabo de un tiempo, siguiese su ejemplo y se callase.</p>
<p style="text-align:justify;">Con lo que no contaba era con que Neto, al quedarse sólo y sin más bebida que una chela, iba a emprender a su vez la retirada conduciendo su propio coche. No es que le importara la vida de Neto, pero temía que si su jefe se enteraba de la fiestecita, tomase represalias. Sobre todo si Neto terminaba herido o moría. Al cabo de un tiempo, pensó que lo peor que le podía pasar era que lo echaran, pero siendo como era un abogado joven, pronto podría hacerse con una nueva chamba y recuperar el ritmo de vida que dejaría, en el hipotético caso de que el jefe se enterase y decidiese despedirlo, claro. Además, él no era el único culpable y podría cargarle el muerto a unos cuantos más y aligerar el peso de las responsabilidades y castigos.</p>
<p style="text-align:justify;">En un principio, todavía era un poco consciente de su grado de embriaguez por lo que no quiso pisarle fuerte, pero tampoco quería despertar las sospechas de los policías por ir muy lento. Consiguió llegar a una gasolinera donde cargó el tanque y se tomó un café para mantenerse despierto. Tras entrar en un vomitivo baño en el que, a pesar de los olores a heces no lavadas, logró mear, decidió que quería ir a Tequesquitengo a echarse un baño desnudo, ante la mirada de la luna llena, como hacía cuando era joven.</p>
<p style="text-align:justify;">Al salir del D. F., empezó a sentir una modorra que atribuyó al hecho de que no había comido. Al poco tiempo empezó a cabecear y fue entonces cuando llegó a Tres Marías, donde se detuvo para entrar en una fondita para camioneros que abría las 24 horas del día y que se caracterizaba por tener unas deliciosas quesadillas de flor de calabaza y huitlacoche. Entró, pidió la comida y, para seguir con la fiesta, decidió beberse un cuartito de ron. Solía decir que ésta era su bebida preferida, ya que con ella siempre sabía la hora en que tenía que dejar de tomar para irse a acostar. Sin embargo, en esta ocasión no recibió ningún tipo de alerta. Pagó, dejó una generosa propina y se subió al coche de nuevo.</p>
<p style="text-align:justify;">Al día siguiente se levantó en Cuernavaca sin tener la menor idea de cómo había llegado hasta ahí sano y salvo. Sus años de alcoholismo acabaron esa mañana. Durante su camino de vuelta también pensó que lo mejor sería dejar su empleo, no sin antes advertirle a su amigo de la gente con la que trabajaba y establecerse por su propia cuenta. Reiniciar de cero, en todos los aspectos, salvo con su ex esposa.</p>
<p style="text-align:justify;">Iba a la altura de La Pera cuando vio del otro lado de la autopista un árbol caído y restos de una frenada en seco. Continuó un par de kilómetros, pero un extraño sentimiento de curiosidad le hicieron dar media vuelta y acercarse al lugar del accidente que, por lo demás, estaba completamente vacío y el resto de los automovilistas ni siquiera disminuían la velocidad al pasar por ahí. Aparcó el coche en la cuneta y se acerco a pie a un charco de sangre el cual palpó con su mano. Entonces recordó.</p>
<p style="text-align:justify;">Estaba completamente borracho cuando se subió al coche. Abrió la ventana para que el aire le despejara la cabeza y echó afuera el cuartito de ron. Tuvo que hacer hasta 6 intentos para meter la llave y arrancar el motor. Un camionero se acercó con la intención de hacerle cambiar de opinión, pero cuando ya estaba a un par de pasos de Neto, este emprendió su camino. Iba haciendo eses y ya había chocado un par de veces contra la muralla divisoria, cuando llegó a la Pera. En uno de los pocos restos de lucidez que le quedaban, quiso alejarse de la muralla y disminuir la velocidad, pero estaba tan borracho que se equivocó de pedal y aceleró la marcha para cortar en recto la curva y tras el choque con la muralla, dirigirse de rebote fuera de camino hasta llegar a un pino donde finalmente se estampó. Ni siquiera había tenido el reflejo de levantar la pata del acelerador. Pese a la brutalidad del golpe, no tuvo problemas en salir del coche. Al cabo de unos cuantos pasos oyó a sus espaldas:</p>
<p style="text-align:justify;">-Tranquilo, vivirás.</p>
<p style="text-align:justify;">-Menudo golpe –dijo Neto con una voz que curiosamente dejaba de ser pastosa y recobraba su tono natural-.</p>
<p style="text-align:justify;">De hecho, Neto sintió cómo volvía su mente a la lucidez.</p>
<p style="text-align:justify;">-Tienes mucha suerte, cualquier otro de no haber sido tú ya estaría muerto.</p>
<p style="text-align:justify;">-Perdone joven, pero, ¿nos conocemos de algo? –replicó Neto molesto por el tuteo del joven-.</p>
<p style="text-align:justify;">-Sí, por supuesto que nos conocemos aunque tú no quieras reconocerlo y por eso te escondes en el alcohol.</p>
<p style="text-align:justify;">En ese momento, el joven prendió un encendedor y Neto pudo vislumbrar su cara. Sabía que la había visto antes, pero ¿dónde? Acto seguido, el joven se descubrió el cuerpo mostrando una herida sangrante en el pecho. Fue entonces que todo le vino a la memoria. Aquella tarde de octubre estaba en el Ministerio de Relaciones Exteriores, en la quinta planta, esperando que tuvieran a bien atenderlo en el despacho de jefe regional para Europa. Llevaba más de media hora y se estaba aburriendo cuando decidió salir al pasillo y acercarse a una de las inmensas ventanas, desde donde podía divisar la enésima manifestación estudiantil en lo que iba de año, siguiendo el ejemplo de sus homólogos franceses y norteamericanos.</p>
<p style="text-align:justify;">De pronto un tanque militar irrumpió en la escena. El orador llamó al orden a los manifestantes para que no respondieran a la provocación gubernamental. No había pasado nada de tiempo cuando Neto divisó unas bengalas en el aire y a una personas entre la masa que iban corriendo y agitando un trapo blanco entre las manos. Oyó un disparo a pocos pasos de él. Volteó y vio en el pasillo a un francotirador apuntando a la masa. Cuando volvió a ver la plaza el militar del tanque yacía y el pánico se había apoderado de la masa. Estaban acorralados; no tenían escapatoria. Fue entonces cuando lo divisó. Un joven intentaba refugiarse en la iglesia de la plaza, pero el cura nunca abrió las puertas porque, como él diría más tarde, “esos comunistas de mierda se lo merecían”. El joven aporreaba desesperado la puerta cuando uno de los del trapo blanco lo cogió del hombro y acto seguido le metió un cuchillo en el estómago. Cuando se encontraba en el suelo, le trabajó las costillas y la cara a patadas para finalmente pegarle un tiro en el pecho. Neto miraba entre el horror y la hipnosis la matanza, sin poder moverse de ahí</p>
<p style="text-align:justify;">-Sí, ese era yo. Tú viste cómo me mataban como a un perro y no hiciste nada. Eso sí, te pusiste muy digno y renunciaste, pero luego sólo te refugiaste en el alcohol en búsqueda del olvido. Eres un mierda y lo único que estás haciendo es encubrir a esos hijos de puta.</p>
<p style="text-align:justify;">-Eso ya pasó. Además, he pagado con creces mi curiosidad. Ya no tengo trabajo, ni familia y casi nunca puedo dormir pensando en ti, en el momento en que te asesinaron así como en los otros jóvenes. Y eso que sólo estuve viendo la matanza un rato. Dos agentes me redujeron y llevaron a un cuarto oscuro para darme unos cuantos golpes en la cara “por andar de chismoso”, dijeron. Podría haber acabado como ustedes si no llega a ser por mi jefe, que les dijo que era un malentendido y que no se preocuparan por mí, que me iba a estar calladito pues sabía lo que me convenía.</p>
<p style="text-align:justify;">-Tú sigues vivo y puedes contar lo que sabes.</p>
<p style="text-align:justify;">-Y eso, ¿de qué te va a servir? –le tuteó molesto por las acusaciones. No vas a resucitar y sólo vas a conseguir que me maten por hablador, o peor aún, que me torturen antes de ejecutarme.</p>
<p style="text-align:justify;">-Por lo menos nos traería la paz a nosotros y a nuestros familiares.</p>
<p style="text-align:justify;">-Y a mi hija, cuando me hayan matado, ¿quién le va a llevar esa paz?</p>
<p style="text-align:justify;">-Nadie, pero seguramente le gustará más verte como a un héroe que murió por desenmascarar a una dictadura sanguinaria, que como a un borracho débil que no supo controlar sus vicios y que acabó su vida contra un árbol de la carretera a Cuernavaca.</p>
<p style="text-align:justify;">-¿Qué dices? –dijo Neto azorado.</p>
<p style="text-align:justify;">-Nomás verte te dije que vivirías, que cualquier otro no habría tenido esa suerte. Pero tú sí podrás seguir adelante, no porque te lo merezcas, sino porque eres el único que puede contar lo que sabe; el único de los que observó la matanza que no tiene mala conciencia y que tampoco se lavó las manos viendo cómo nos mataban.</p>
<p style="text-align:justify;">-O sea que sólo me quieres vivo por lo que sé. No te interesa en lo más mínimo lo que sea de mí.</p>
<p style="text-align:justify;">-Así es y una vez que hemos intervenido en tu accidente no podemos revertir la situación y dejarte morir si no aceptas. Oficialmente no ha pasado nada. Como puedes ver ningún coche se para a auxiliarte y no porque sean unos hijos de puta, sino porque simple y llanamente no ven nada. Y ni siquiera hemos tenido que incinerar los restos como hicieron con nuestros cadáveres</p>
<p style="text-align:justify;">-Lo tienes todo muy bien planeado, pero ¿y si no quiero inmolarme?</p>
<p style="text-align:justify;">-No te pido que saques nada en la prensa nacional, cosa que es prácticamente imposible en este país, pero sí te pido, te exijo, que le hagas saber esa verdad a nuestras familias y que busques divulgarla en los periódicos extranjeros. Si no lo haces, cavarás tu propia tumba y vivirás asqueado de tu propia cobardía hasta que en cualquier otra peda vuelvas a manejar. En cambio, yo te ofrezco una salida digna a tu mediocridad. Además, ni siquiera yo sé si te van a matar y no he dicho que no puedas irte a vivir fuera. Tampoco te estoy pidiendo que seas un mártir.</p>
<p style="text-align:justify;">Se callaron y se miraron a los ojos por un momento, mientras Neto revivía en su mente los hechos de esa tarde y se decidía. Finalmente, asintió con un movimiento de cabeza rápido.</p>
<p style="text-align:justify;">-Gracias. Ahora puedo dormir tranquilo. Te volverás a subir a tu coche y volverás a estar borracho. Mañana en la mañana no tendrás idea de este encuentro, pero al cabo de un rato recordarás. Me recordarás.</p>
<p style="text-align:justify;">Así había ocurrido aquella tempestuosa noche en la que casi se había matado por conducir ebrio. Neto retomó su camino original. Esa misma tarde asistió a su primera reunión de alcohólicos anónimos y empezó a escribir un artículo describiendo lo que había visto. Lo difundiría entre los corresponsales extranjeros.  Al día siguiente, se incorporó a Amnistía Internacional desde donde defendería a los presos políticos y denunciaría las torturas y atropellos de la dictadura, mientras que le diesen permiso.</p>
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