Gabriel Payares: “Samsara”

para Keila Vall de la Ville

            Samsara. (Del sánscr.saṃsāra).

      En el budismo e hinduismo, el círculo eterno
de nacimiento, muerte y reencarnación al que
todos los seres vivos se someten, carente de
un inicio o un fin perceptibles

Enciclopedia Britannica

Despierto de golpe: gritos en inglés y el rumor de una explosión. A pesar del sobresalto, lo pienso dos veces antes de abrir los ojos: uno primero, cauteloso, y el otro a los pocos segundos, como si hacerlo a toda prisa pudiese conducirlos fuera de sus órbitas. Lo hago justo a tiempo para observar, en primer plano y con lujo de detalles, cómo un enorme avión comercial se zambulle contra una de las torres gemelas de Nueva York y desaparece en medio de un despliegue de rojos y marrones. La voz de una reportera se escucha al fondo, narrando los hechos a todo pulmón, en un inglés tan atropellado que apenas logro discernir una que otra palabra. Segundos después, mientras una de mis manos escurre con desdén el rastro de saliva en mi mejilla derecha, otro aeroplano repite la gesta taurina del primero: una segunda explosión que ignora los números verdes y discretos en pantalla, indicadores de la fecha y hora en que fue grabada la cinta. Rescato el control remoto, tesoro hundido en el revoltijo de las sábanas, y oprimo de inmediato el botón que silencia el aparato. Así, mientras me incorporo, puedo ver la repetición del célebre atentado terrorista con el murmullo irregular de la mañana caraqueña de fondo. A mi lado, la cama vacía, como todas las mañanas. Hace horas que ella se ha ido a trabajar.

Presiono el botón de Stop una, dos, tres veces seguidas, y constato su empeño en ignorar mis comandos. Algo ha de haberse roto en la grabadora. Abandonando mi astuta estrategia de presionar todos los botones sin orden específico, me resigno a levantarme y detener la cinta con el botón manual de apagado, lo que exige el sacrifico de los cinco minutos de sueño adicional que acostumbro a tomar cada mañana. Me reprocho mi cuota de culpabilidad en el asunto: bastaría con haber extraído la cinta hace dos días, cuando comenzó el desperfecto, o incluso haberla cambiado por una más agradable, quizás algún documental sobre los elefantes huérfanos en Kenia. Eso suponiendo que nunca tuviese, como de hecho nunca parezco tener, el tiempo o la memoria suficientes para sentarme y reprogramar el aparato. Pero dejo atrás la cama y en ella las reflexiones. En el espejo del baño me topo con una nota escrita a mano y adherida a la superficie: “¡Buenos días! Ojalá hayas avanzado mucho anoche. Sabe Dios a qué hora te acostaste. Recuerda que dijiste que este mes pagabas tú la luz. Ah, y estás babeando las almohadas otra vez”. Tinta azul y caligrafía palmer casi perfecta. La nota cerraba con un “te quiero”. Yo también.

Nuestra casa, que alquilamos desde hace una eternidad, es pequeña y decorada en abundancia; da la sensación de que todo llamase la atención al unísono, como en un jardín de infancia, y uno podría distraerse durante horas contemplando las mesas, o la cocina, o los cuadros en la pared, caminando en círculos como en los museos. En el comedor, del que me he adueñado al no tener espacio para un estudio, me espera el amasijo de papeles que insisto en querer convertir, por algún proceso alquímico que aún no descubro, en la gran novela venezolana. Pero de momento se parece más a la tarea de un niño de seis años: un niño como el que aún no hemos podido tener, porque nunca alcanzan ni el dinero, ni el espacio, ni el tiempo. Tal vez lo que no alcance sean las ganas, o quizás seamos estériles, o quién sabe qué. No nos falta la juventud, no, pero con el tiempo hemos dejado, como quien pierde un hábito saludable, de evitar el embarazo: pastillas, condones, métodos del ritmo, no recuerdo cuándo fue la última vez que hicimos el amor. Pero para qué pensar en eso. Prefiero hacerlo solamente en el camino apropiado para salir de mi laberinto de papel, éste que ahora sostengo entre las manos mientras paso con desidia cada hoja repleta de garabatos y tachones, de esbozos de ideas diversas y contradictorias.

Con un suspiro de propia conmiseración, dejo el manuscrito sobre la mesa y tomo un bolígrafo azul; de espaldas a la cocina, me centro en el papel y renuncio al desayuno, a los huevos fritos con jamón y pan tostado, a la arepa con mucha mantequilla y queso, a la cómoda bandeja instalada frente al televisor o frente a la ventana, a las vitaminas de la mañana, al café. Son tantas las cosas a las que renuncio diariamente, tantos los lugares, los empleos, los deseos. Y lo peor es que no me convence nada de lo que escribo. Aprieto el bolígrafo entre los dedos y apunto un nuevo comienzo en una hoja en blanco; un segundo o tercer inicio que me llevará a los mismos círculos concéntricos de siempre. Escribir es repetirse, digo yo. Y allí me alcanza el mediodía, en una tenaz e irregular batalla contra el borrador: a cada instante debo combatir la pulsión de eliminar todo lo que me ha costado la mañana producir y, cual Penélope, comenzar todo de nuevo: no repetir errores, ni palabras, ni elecciones. No escribir, sino retornar a la pureza de la hoja en blanco, destruir las palabras y abrazar el vacío, mi obra maestra. Pero cuando estoy ya casi dispuesto a ceder a mí mismo, me lo impiden el hambre, agazapada en el fondo del estómago como un lecho de piedras, y el mal humor, que pronto hace su entrada triunfal con el insistente repicar del teléfono.

Es ella. Como todos los mediodías. Atiendo con parquedad, intentando contener mis propios ladridos abriendo la boca lo menos posible.
–Hola, mi amor. ¿Ya almorzaste? –me saluda.
– Sí, ya comí. –le miento. – ¿Y tú?
–Ay, vale. Te iba a decir para ir al restorancito cerca de la casa… –su voz es un hilito, delgado como si fuera a romperse.
–¿Te daba tiempo?
–Sí, porque el jefe no vuelve hoy. Pero nada.
–Bueno, si quieres te acompaño… –ofrezco, rogándole a Dios que diga que no.
–No, no importa. Deja. Yo como aquí cerca con alguno de los muchachos.
–Vale. ¿Y qué tal tu día?
Paradójicamente, dejo de prestar atención justo al formular la pregunta. Me pierdo los detalles de su lucha diaria con el jefe, sus quejas sobre lo flojos que son los cuidadores del estacionamiento o lo último que encargó del catálogo de Avon de la secretaria. Dejo pasar los detalles mínimos e insignificantes, las diminutas variaciones, los elementos que le dan sentido a este eco cotidiano de nosotros mismos. Mientras ella habla yo sólo puedo rumiar lo mismo: que me muero del hambre, que quiero colgar ya la llamada y variaciones posibles de la odiosa última línea que acabo de escribir y que terminaré borrando. Con cada mugido de asentimiento con que respondo a la catarata inerme de su relato, me siento un paso más y más lejos de allí, como en un viaje astral, perdiéndome poco a poco de mí mismo en la distancia para volver de golpe, con perfecto disimulo, a tiempo de escuchar sus últimas dos o tres palabras.

Nos despedimos. Cuelgo a toda prisa. Sé que el resto de la tarde se irá sin que pueda darme cuenta siquiera. Las dos, las tres, las cuatro, las seis, hora en que ella llegará, exhausta pero sonriente, y me conseguirá echado en el sofá y rodeado de papeles, o viendo en televisión el fugaz paseo de los canales; nunca escribiendo, nunca. Y entonces la noche transcurrirá sin darnos cuenta tampoco: yo, un poco ensimismado, pues de tanto estar solo olvidé el placer de la compañía; y ella, desbocadamente complaciente, como esos anfitriones que sacrifican el disfrute propio en la fiesta que tanto les costó organizar. La madrugada nos hallará separados por una cortina de sueño. La mañana siguiente también.

Despierto con lentitud, oyéndola hablar por teléfono y sin entender una palabra de lo que dice. Pronto caigo en cuenta de que está hablando en inglés, y luego de que ella no habla ese idioma. Ni ése ni ningún otro, en realidad. Es allí cuando realmente despierto. No era su voz: la cama está de nuevo vacía y el sol ya se cuela por las cortinas. Se ha ido a trabajar. Quien habla, con ese timbre desesperado al que ya comienzo a acostumbrarme, es la reportera de CNN, que intenta inútilmente describir los eventos que la cámara exhibe de lleno; ¿pero quién va a competir con palabras contra la realidad aconteciéndose? Abro los ojos, y el World Trade Center se sacude a los pies de mi cama, sangrando humo y fuego por una herida en lo que podría ser su ceja derecha. Parpadeo. Un delgado hilo de saliva humedece mi labio inferior y salta en bungee hasta la cama. Me incorporo a medias, tanteando las sábanas en busca del control del televisor. No logro hallarlo. “Oh, my God! Another plane just hit!”, insiste la narradora, cuando el segundo avión desaparece entre las llamas. El control también se ha esfumado con la primera de las explosiones. Abandonando toda esperanza, me pongo de pie y camino torpemente hasta apagar el televisor con un dedo. El sueño es una capa densa, como la nata, delante de mis ojos. Ya en el baño, tropiezo con otra nota en el espejo, que leo mientras descargo en la poceta un torrencial chorro de orina: “No olvides pagar la luz, se vence mañana. Te dejé café, te quiero”. Arranco la nota y me contemplo en el espejo. Tengo una barba corta, irregular, de esas que no terminan de serlo pero que entorpecen el rostro, y que atestiguan los tres días que llevo sin salir de casa, entregado al delirio de lo cotidiano. La casa, pienso, es un espacio alegremente dedicado a las repeticiones, las rutinas y rituales: está compuesta por círculos concéntricos, como el infierno de Dante. Pienso en ducharme, y pronto lo descarto. Me he aburrido ya de mí mismo.

Marcho obligado a la cocina, en donde el café yace frío en la cafetera, con ese aire a muerte que cobran las bebidas calientes tras mucho rato fuera de la hornilla. Me sirvo una taza y la meto en el microondas: Time, cuarenta y cinco segundos, Start. Dejo al pequeño aparato murmurando sus maldiciones y me adentro en la sala, en el amasijo de papeles que son la mesa del comedor y el suelo que lo rodea. Pronto me encuentro de nuevo extraviado, pero esta vez en busca del recibo eléctrico. Agoto los lugares posibles en un santiamén, y tras diez minutos de búsqueda frenética, andando y desandando el camino de mi propio desorden, me doy cuenta de que nunca lo conseguiré. Ni siquiera recuerdo haberlo visto por última vez. Es más, si me detengo en ello, no sé ni de qué color es, ni qué tamaño tiene, ni cuál es nuestro número de contrato, ni cuánto hay que pagar, ni sé nada de nada. No sé qué es lo que necesito conseguir. En su lugar, doy con el más reciente inicio de mi novela, tres páginas que me tomaron toda la mañana de ayer. Y tampoco consigo una sola línea que me guste. Recojo del suelo las hojas caídas y las ordeno lo más que puedo; sé que volverán a estar desordenadas mañana. La goma de borrar se asoma entre las hojas, insinuante; aparto la vista lo más rápido posible.

No desayuno nada: dentro de poco será mediodía. Desando mis pasos hasta el cuarto, aún en pos del recibo fantasma. Después de mucho hurgar entre mis cosas, presa ya de una rabia extraña, decido creer que jamás tuve ese papel entre mis manos, pues sólo así se explica el que no recuerde absolutamente nada al respecto. La única opción es buscar entre sus cosas, las de ella, pues es mucho lo que una mujer olvida cuando decide cambiarse de cartera. Incursiono en su ordenado mundo con los pies fangosos de un gigante egoísta: abro sus gavetas y su secreter, revuelvo sus prendas, más por complacer una súbita sensación de venganza que realmente esperando dar con mi tesoro perdido; busco incluso en los lugares en que sé que es imposible encontrarlo. Durante esos instantes, soy portador de un mensaje mucho más grande y cruel que yo mismo, de una entropía que ni el orden ni la pulcritud podrán jamás detener. Allí, de pie, barbudo y semidesnudo, con una mano metida en el cajón de su ropa interior, soy el férreo mensajero de la muerte.

Finalmente, disminuido por el fracaso y ya a punto de ser vencido por la culpa, tropiezo mis manos contra el filo de un papel: un libro menudo, de esos que podrían caber doblados en un bolsillo, repleto de cicatrices y raspaduras de guerra. Curiosidad, duda, sorpresa: la portada es tan pobre como el empastado, o quizás más: una ilustración que alude remotamente a la luz, la paz y la ascensión, junto a una foto del autor, un nombre indio aleatorio cuya única función es la de sonar exótico e iluminado, acompañando la frase El libro del Dalai Lama. El título apenas si se lee en toscas letras de molde: “Samsara”. Abro el pequeño manual de autoayuda y tropiezo en la portadilla con una firma extraña, garabateada con tinta negra sobre el papel cetrino y anémico, como si aquel libro mágico hubiese perdido su poder con el paso de los años. Dejo las páginas correr libres, a ver qué milagros me depara el sabio hindú que aparece en la contratapa, y de inmediato mi pesquisa arroja crueles resultados: un puñado de papeles diminutos, copos de una nevada secreta, entre los cuales distingo discretas facturas de hotelería, vouchers de compras inusuales e incluso una nota, escrita con letras grandes e infantiles, que parece susurrar un “te extraño”. Joder. Reviso cada pequeño papel, con inusual delicadeza, lo releo y lo inserto de nuevo al azar en alguna página del libro; uno a uno, con paciencia cruel. De pronto todo aquello me resulta increíble. Mi reacción es tan maquinal, siguiendo con objetividad un diagrama invisible, que un espectador pensaría que lo hago sin darle importancia, o quizás que ya me imaginaba, por alguna sospecha o intuición, este amorío que me revela el sabio hindú de utilería. Y en ese instante me avergüenzo, me avergüenzo mucho de mí mismo, como quien abre la puerta del baño y contempla a su abuelita orinando, o al sobrinito haciéndose una paja. Es una sensación de ridículo, de estorbo, de que debí enterarme de los amoríos de mi mujer de alguna manera más digna que buscando un recibo de la luz.

Recojo la evidencia y dejo el libro tirado sobre la cama. Ha dejado de ser un libro de autoayuda para ser ahora un diario íntimo y secreto; eso es lo único que se me ocurre pensar. El resto es un vacío como de piedra. Sería tonto describir mi dolor: la traición duele, es una de las primeras cosas que aprendemos en la vida, pero no todos tenemos la oportunidad de experimentarla de lleno. Algo similar ocurre con los puñetazos: pasas toda la vida hablando de ellos, viéndolos en el cine y conteniéndolos en la calle. Cuando por fin recibes uno en pleno rostro, la experiencia se esfuma por completo entre los pequeños detalles que de pronto te sobrecogen: los miles de dolores diferentes en la piel, la sangre que mancha la corbata con que íbamos a la reunión, los gritos infantiles del chofer del carro de al lado que nos incita al contraataque, la preocupación por no sentir alguno de los incisivos… Esos detalles que ponen en relevancia lo ridículo del aprendizaje, esa visceral decepción de la experiencia. Muchos, en mi situación, habrían estallado en rabia, gritado como perros, y habrían roto todas las cosas. Hay incluso quienes asesinan a sus parejas. Yo me descubro a mí mismo sonriendo.

Suena el teléfono. Dejo que repique hasta el infinito, lo escucho perderse en las galaxias lejanas. Sigo contemplando el libro a mi lado, un diminuto esperpento que jamás habría entrado en mi modesta biblioteca, atiborrada de novelas y recetarios. Un espía, un intruso, un delator. Me da asco y lo odio con tristeza. Tras unos minutos, el teléfono suena de nuevo, esta vez atiendo. Es ella, como todos los mediodías.
–Te llamé hace poco. ¿Estabas en el baño?
–No, estaba leyendo.
–Ah, ok. ¿Todo bien?
–Sí.
–¿Seguro? Suenas raro…
–Es lo que estaba leyendo, me dejó pensativo.
–¿Y has escrito?
–Mejor no me preguntes eso.
–Coño… estamos de mal humor, ¿no?
–Mira, te iba a preguntar: ¿dónde está el recibo de la luz? ­–esquivo el comentario.
–En la nevera, mi amor. Donde siempre lo pongo.
–Ah, claro –le miento. Así como le mentiría si recordase alguna vez haberlo visto en la puerta de la nevera. Sé que hay imanes, claro. Yo mismo he comprado algunos. La situación es tan estúpida que  me provoca llorar. –Es que no busqué bien.
–Está bien. ¿Lo vas a ir a pagar ahorita?
–Sí, voy saliendo. Hablamos luego.
Escapo de la conversación con mármol en la cabeza y el libro en la otra mano. Sin proferir palabra, como si una sola vocal bastase para quebrar algún vidrio interno, me encuentro de inmediato frente al recibo de la luz, sujeto a la piel de la nevera por un imán en forma de molino de viento. Creo que lo compramos en Toledo. Reviso la fecha de corte: es mañana, tal y como ella lo dijo. Todo concuerda. Por un instante, pienso que habría sido mejor no hallar el recibo en la nevera, y poder iniciar así una serie de incongruencias que me llevaran a cualquier lugar posible del universo. Habría sido fabuloso enloquecer, o darme cuenta de que lo hice, o simplemente apostar por la explicación más ilógica de todas, la que más distase del peso inamovible de lo real. Esto no está sucediendo. Pero de inmediato descarto esa sensación: lo real es al menos manejable. Aún en piloto automático, abro el microondas y recupero mi taza de café. Doy un sorbo largo y helado, antes de devolverla al interior del aparato. Time, cuarenta y cinco segundos, Start. Tengo la sensación de haber hecho lo mismo un millón y medio de veces, relatando una y otra vez la misma historia. Vivir es repetirse.

Abro el libro sobre el mesón, mientras espero a que el café se caliente. El enigma de su presencia es, por extraño que parezca, mucho más fuerte que el de la infidelidad que sus páginas esconden. Emprendo una lectura errática, saltando de aquí a allá, utilizando las propias facturas y papeles como marcalibros. Nada de lo que hallo me sorprende: el gurú predica incesantemente lo mismo, escrito y descrito de diversas formas: nunca es tarde para optar por un estilo de vida más espiritual. Karma, samsara, nirvana, nombres exóticos para ordenar el deseo de huida que todos anhelamos, de escape final al constante vaivén de las horas, sincronizado en este caso con las antiguas religiones del medio oriente. Leo en el libro que nos hallamos sujetos a una rueda interminable del sufrimiento, y que somos vagabundos, vidas errantes destinadas a transitar los mismos senderos marchitos, hasta que poco a poco demos con las claves para la ascensión y la liberación. El pasaje completo está subrayado a lápiz. ¿Buscaba ella algún tipo de revelación en éstas menos de cien páginas, o me habré tropezado más bien con el préstamo vergonzoso de un amante mucho más ingenuo? ¿Sería conveniente confrontarla con este libro y exigirle una explicación, un veredicto forense, o en todo caso reprocharle el inaudito descuido que puso el libro en mis manos?

Preguntas que nunca le haré me bullen en la cabeza. Nunca se sabe qué hacer en estas situaciones, pues contemplar la encrucijada de la vida desde el dolor no es asunto sencillo. Por eso lo más común es correr a consultarlo con algún amigo, con el analista o el barman. No importa cuántas veces se haya uno separado antes, ni qué edad teníamos cuando mamá descubrió a papá con la secretaria; al final todos estamos solos frente a nosotros mismos: un niño temeroso ante un reflejo deforme y agrandado de sí, capaz de hacer cualquier cosa por hallar refugio. Atormentado por mi propio desamparo, emprendo una huida improvisada: tomo las llaves, la cartera, la caja de ocasionales cigarrillos. Todo cabe en el mismo bolsillo. También tomo el teléfono celular, apagado desde mi última llamada hace tres días y, para mi sorpresa, el propio libro de autoayuda. No sé si lo hago por no dejar rastros de lo que ahora sé y no debería, o porque ese manual comercial de espiritualidad es, paradójicamente, el único aliado que tengo, el único que me brinda algunas pistas; una Biblia forjada en el engaño. Dentro, doblado en cuatro, meto también el recibo de la luz.

La calle siempre da respuesta a mis inquietudes. Tanto así, que de pronto no entiendo mi encierro voluntario de tres días seguidos. Escribir una novela, a fin de cuentas, debería poder ser una actividad pública, tan observable como pasear al perro o repartir los periódicos. Es mucho más simple hallar respuesta a las cosas observando la fuga de los carros en las autopistas, el empeño febril de los pedigüeños, o los intentos desesperados de una anciana por cruzar una gran avenida, que viendo todo el día la misma pared y el mismo mueble de madera, en la misma casa en que se habita, se baña, se come, se duerme. Pocas horas deambulando me bastan, viendo pasar el día y caer la tarde, para finalmente dar con un relato propio de lo acontecido, escribiendo la propia vida como lo haría con la novela. Al final me resulta tan obvio, como si lo hubiese escrito yo mismo: hallar el libro fue un mensaje, un intento por poner en práctica las teorías contenidas entre sus páginas, y así romper el círculo eterno de lo cotidiano; es más, no recuerdo haber prometido siquiera encargarme del pago de la luz. Pero eso no tiene sentido: pudo habérmelo dicho y ya. O pudo haberme dejado. Leo en el libro que “existen diversas vías posibles hacia la liberación, pero todas parten de la renuncia a las ataduras emocionales que nos anclan a este plano de existencia”; me pregunto a qué laberintos existenciales buscaría ella respuesta, y luego si es envidia lo que siento, allí de pie en la calle, al darme cuenta de que quizá estemos rescribiendo nuestras vidas en sentidos opuestos.

El cielo anaranjado me anuncia que es ya la hora de volver. Mi trayecto a casa, tan apacible como puede ser la tarde de una ciudad que se despide con estridencia, me confronta paso a paso con la necesidad de regresar con algún tipo de decisión tomada: ¿debo romper las rutinas diarias de nuestras vidas y lanzarlas a una aventura desconocida, o más bien callarme y aferrar la estabilidad de una vida que creí sin sorpresas? Vivir, al final de cuentas, funciona tal y como se escribe una novela: a tientas, borroneando, queriendo deshacerse de las hojas mal escritas y conservar para siempre las prodigiosas. Me ataca así una sensación de ceguera, que me hace demorar un poco más mi regreso a casa; doy vueltas, como haciendo tiempo para algo, pero al final, sin decisiones hechas y sin darme cuenta de lo que hago, entro a mi edificio tal y como salí, y dejo en la calle el rastro de mis trayectorias inútiles. Tal vez sea el momento de violar mis propios laberintos: de no escribir más una novela, de desenchufar el televisor y despertar como a mí me dé la gana; de decirle a mi mujer que es una puta, pero que la quiero, o de divorciarme, o simplemente de buscarme una amante yo también. Pero saliendo del ascensor, mis propias determinaciones se evaporan, y me dirijo al cuarto de la basura. El bajante luce como una hedionda boca abierta, en la que deposito el libro sobre el envoltorio de periódico que hace las veces de lengua. Con un gesto delicado lo dejo sumergirse en el abismo: un destino apropiado para páginas que prometen iluminación. Y es muy tarde cuando recuerdo la factura de la luz, aún sin pagar, oculta entre sus páginas. Joder. Mi impulso inicial es lanzarme de cabeza yo también, o quizás bajar y escarbar en la basura hasta dar con el puto librito, pero decido finalmente que ya no me importa un carajo. Con él se han ido las evidencias de que este relato, esta convivencia repetitiva y exhausta, se aproxima por una vía u otra a su fin, así como la necesidad de pensar todo un día en decisiones que no conciernan a la escritura. Con este pequeño ritual funerario queda clara la victoria de mi novela aún inconclusa por encima de la vida: no habrá salida, ni nirvana, ni karma, ni nada. No habrá aventura, nunca la hubo. El amor consiste también en repeticiones.

Entro a casa con algo similar a una sonrisa. Tampoco me importa que ella aún no haya llegado, no intento siquiera llamarla al celular. Enciendo las luces a mi paso, yendo directo al comedor. No hallo notas, ni explicaciones, ni mensajes; tan sólo mis propios papeles, cigoto infecundo de mis imaginaciones: inicios, vueltas, revoluciones, un eterno retorno a la nada. Tomo una página en blanco y escribo un título en grandes letras negras: SAMSARA. Un préstamo, un nombre, una resolución. Llevo el papel conmigo al baño y lo pego en el espejo: será un recordatorio y a la vez una acusación, un nuevo inicio, uno terrible, que estará todos los días asomándose en nuestra casa; un espía, un intruso, un conjuro de una sola palabra. Y el título, a la vez, de esta novela por escribirse, que al fin se esclarece en mi mente.

Pero se ha hecho ya muy tarde para empezarla, me digo, oliéndome las axilas con discreción. Ella estará a punto de volver, y yo aún no me he bañado siquiera. Enciendo el televisor, me dejo caer en la cama y sonrío.

Transmiten un reportaje sobre el ataque a las torres gemelas.

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