Wilfredo Machado: “Las sombras invisibles” (seis cuentos breves)


Cumpleaños del mago

          Buscaba en cada presentación y a cada momento cruzar el círculo de afilados cuchillos que lo despedazaban lentamente como una jauría de carniceros furiosos. La primera vez que saltó perdió una de las orejas -que quedó colgando en la punta de un cuchillo descomunal-, aunque no le importó de ningún modo. Era un precio bajo para su osadía. Además le bastaba sólo una para escuchar las interferencias del mundo, el susurro del viento entre las láminas brillantes que lo aguardaban con ansiedad a cada presentación. Luego fue perdiendo los dedos de las manos, uno a uno; los de los pies, la nariz, los tobillos, los brazos, las piernas, hasta quedar convertido en un amasijo informe donde apenas podían reconocerse rastros de lo que había sido un ser humano. Para ese entonces se había acostumbrado a las mutilaciones y las heridas, al sabor amargo de su sangre y se arrastraba como un enorme gusano de seda bajo el sol. La última vez que lo vimos se presentaba acompañado de un viejo mago que lo cortaba en diminutos pedazos con una sierra eléctrica, cosa que a él parecía no importarle. Sus ojos oscuros, sin párpados, apuntaban a las nubes que se arremolinaban en el cielo. Por las noches, la mujer del mago se disputaba con los perros los pedazos del artista que habían quedado esparcidos sobre la plaza solitaria donde soñaba el viento. Luego los cosía con un fuerte hilo de nylon para la presentación del día siguiente. Entonces el mago se acercaba en silencio, susurraba unas palabras junto a su único oído, y lo retornaba a la vida con un leve movimiento de sus manos.
          —No, todavía no puedes morir—. Mañana será un día muy especial para todos. A ti, cómo siempre, te tocará apagar las velas.
          A veces, a escondidas, sin que nadie lo percibiera, el acróbata movía la cola en la oscuridad de la plaza antes de la función.

 

 El trono celestial

          Cuando traspasamos las puertas de hierro forjado y entramos por el amplio corredor de muros cenicientos que ocultaban el palacio a los ojos de enemigos y extraños, vimos con asombro el feroz incendio que devoraba los extensos jardines donde crecían la hierba y la maleza y desde donde se elevaba una siniestra  columna de humo que podía verse durante el día desde muy lejos. Bajo las cornisas yacían los últimos bucráneos grisáceos bajo la intemperie y las alas de ángeles que habían vivido allí desde los tiempos inmemoriales y que habían sido abandonadas en su huída. Aquel viejo palacio estaba en el último estado de la miseria. Sin embargo, aún cuando el odio y la venganza nos habían traído hasta aquí, un sentimiento de lástima y piedad se adueñó de nuestros corazones. Avanzamos por las calles derruidas del paraíso sin encontrar a nadie en nuestro camino; sólo mayor desolación y olvido. Subimos -con el temor y el respeto de los creyentes- por la blanca escalera de caracol que se enroscaba sobre sí misma y que finalizaba en el inmaculado trono celestial, ahora vacío y cubierto por una oscura mancha de sangre. Nunca llegamos a ver a Dios ni a ninguno de los antiguos habitantes del reino de los cielos, pero en las noches, cuando las sombras emergían de todas partes como una fuente de tinta oscura y cristalina, gustábamos de sentarnos juntos en el amplio trono y contemplar en silencio las llamas del incendio que lo devastaba todo.

 

Avisos clasificados

          Hombre feo y deforme, mayor de edad, serio, no fumador, amante de las buenas costumbres y con las mejores intenciones, está a la búsqueda de mujer fea y deforme, mayor de edad, bien educada y de buenas maneras, amante de la ópera y con mucha paciencia, que no le importe engendrar un monstruo para el Circo Internacional de los Hermanos Arbus. Se garantiza buena remuneración y royalties por cada monstruo engendrado en cautiverio. Las candidatas deberán remitir fotografía reciente y constancia de buena salud antes de la entrevista. Se ruega abstenerse a Misses y reinas de belleza.

 

Las sombras invisibles

          Luchar contra una sombra siempre tendrá la sensación de las batallas perdidas que rozan la ridiculez o el extravío. En ese breve combate llevamos siempre las de perder, y la sombra lo sabe. A veces ocurre que una de ellas te sigue durante un tiempo, estudiando tus movimientos, conociendo tus miedos secretos, tus costumbres perpetuas. Te aguarda a la entrada del edificio, oculta en la sombra del portero, o de ese perro negro que cruza la calle por las tardes. Las sombra no tiene prisa, y si una desaparece por un instante, en seguida otra viene  a suplantarla como si fueran parte de una gran corporación. Si eres claustrofóbico, de seguro te atacará en un ascensor para asombro de todos. Torcerá tu cuello hasta casi romperlo y te arrastrará por los pasillos como un trofeo de caza frente a la mirada indiferente de los vecinos. Pero, si existe algo peor, es luchar contra tu propia sombra en la oscuridad. En ese momento adquiere el halo macabro y misterioso de un demonio que la obliga a llevarte a un estado cercano a la locura. Ni siquiera los más afamados boxeadores lograron derrotarlas, aunque ellas los acompañen cuando son derribados sobre la lona. En ese momento, debajo de su cuerpo, también yace la sombra como dormida bajo la luz de los reflectores y la muchacha del biquini que anuncia el próximo round. Sólo es posible vencer a una sombra al mediodía, cuando se torna indefensa e insignificante como una lombriz de tierra a las que se puede pisar sin compasión. El mundo de las sombras sólo puede existir en la perversidad de la luz que todo lo disgrega y lo contiene. Por las noches, todas se juntan y se tienden como una sola forma sobre el oscuro lecho de la tierra.
          Hoy, mientras esperaba el ómnibus que me lleva al trabajo todos los días, pude observarlas cuando se amontonaban como inmensas manchas de tinta sobre la calzada, tramando en silencio un nuevo ataque, escogiendo —entre el ruido frenético del tráfico y las sirenas de los barcos que abandonan el puerto— a su próxima víctima.

 

Libertad condicional

Lo sacaron a la fuerza de la celda, mientras él se resistía aferrándose a los barrotes con los dientes, con las uñas, defendiéndose a golpes y mordiscos de los guardias que lo arrastraban y lo empujaban hacia la calle, fuera de la prisión de máxima seguridad donde había vivido durante años. Cuando se levantó y se sacudió el polvo de la ropa, vio el pueblo abandonado bajo el ardiente sol y el tramo alargado de la carretera que se perdía en la lejanía del desierto como un espejismo, antes de que se cerraran las pesadas puertas a sus espaldas.
          -¡Eres libre! – le gritaron desde adentro. -¡Te puedes marchar! Has cumplido tu condena.
          Ahora el mundo será tu prisión de por vida.

 

Contra la academia

          Los escritores ciegos caminan unos al lado de los otros tomados de las manos como  asustadas vírgenes que deshojan margaritas en el umbral de la muerte. Esperan por un barco en mitad de la niebla que nunca llegará y que los transporte al altar de la fama o a la academia. Se asustan si no aparecen en las páginas dominicales, al lado del café y del croissant por las mañanas. La pobreza y la vida que giran como un remolino por las calles los aterra. No se ensucian las manos con la  tinta. Inmaculados hasta cuando bostezan, su vida es un festín de oprobios y banalidades. Opinan sobre todo; pero, fundamentalmente, sobre lo que no saben, sobre lo que no entienden  y sobre lo que nunca vivieron. Se ocultan en los armarios entre las ropas íntimas donde yace el deseo de ser otros. Ilustres geniecillos de terracota, entrelazan los dedos con miedo frente a las adversidades del mundo a esperar que pase la tormenta. ¿Quién podrá rescatarlos se preguntan? Como todo menor de edad, firman comunicados pidiéndole auxilio a sus mayores, que nunca les responden. Cuando cruzan los puentes se marean y el abismo, tan cercano, los aniquila. El mayor riesgo que corrieron en sus vidas fue firmar un contrato editorial, una cuenta bancaria. Creen que la vida es una telenovela por capítulos con un final feliz. Se escriben notas elogiosas unos a otros que más parecen epitafios para la vanidad y el olvido. En sus cráneos vacíos donde habita el orgullo no hay espacio para el amor ni la compasión. Hoy, luego del discurso de ingreso del sillón X, hemos acabado de arrojar las últimas paletadas de tierra y coronas de flores sobre sus cuerpos descompuestos, porque también los gusanos tienen derecho a su festín de letras. Paz a sus restos.  

Cuentos extraído del libro inédito Las sombras invisibles

 

 

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Wilfredo Machado: “Las sombras invisibles” (seis cuentos breves)

  1. Sombras afiladas al borde de la luz incierta los relatos breves de Wilfredo Machado.

  2. VIRGINIA

    no puedo decir nada más que ADMIRO A ESTE ESCRITOR CONTEMPORÁNEO MÁS QUE A NINGUNO.

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