Carolina Lozada: “El cumpleaños de Elisa”

 

          Elisa fue sola al cine el día de su cumpleaños, lo sé porque yo estaba detrás de ella en la fila para comprar los boletos. También sé que se llama Elisa porque mostró su cédula de identidad para comprobar que en efecto era el día de su aniversario y así poder gozar del combo cumpleañero, cortesía de la casa: pagaría sólo la mitad de la entrada y la empresa le obsequiaría unas cotufas con refresco. ¡Feliz cumpleaños, Elisa!, le deseó con una gran sonrisa la muchacha de la boletería al mirar su cédula. La mujer  agradeció la felicitación con un gesto que no llegó a ser una sonrisa completa, sino apenas un asomo de reservada cortesía.
          Muchos de los que se encontraban en la fila ni se enteraron de la noticia personal de esta mujer que ese martes estaba cumpliendo unos cuarenta y tantos años y que lucía un aspecto pasado de moda. Elisa parecía una maestra rural de los años cincuenta, con su cuerpo largo y flaco, sus labios estrechos pintados de rosa vieja y esa falda oscura y fea que llevaba puesta en conjunto con una blusa sin mangas, beige, que resaltaba la planicie de su pecho. Remataba su aspecto  soso y desaliñado con unos lentes de carey, de esos que ya no se usan, unos lentes demasiados grandes para su rostro.
          Las entradas para las salas 1 y 3 se agotaron desde temprano. La mayoría de las personas que hacían fila para estas funciones eran jóvenes y niños, que esperaban ansiosos para ver el documental con las últimas imágenes en vida de una estrella musical que acababa de morir. Buena parte de ellos iban vestidos imitando el atuendo del cantante, algunos llevaban guantes brillantes, otros sombreros negros, y muchos repetían sus pasos de baile mientras esperaban por su boleto. En contraste con esa vistosidad y bullicio resaltaba la figura sola y seca de Elisa.
          Un viejo que ya había comprado su boleto y que escuchó cuando la felicitaron, se  acercó y le deseó feliz cumpleaños, lo hizo con un acento extranjero aclimatado, que apenas pude percibir pero que en ese momento no logré saber de dónde provenía. Elisa  le dio las gracias, el gesto que usó al hacerlo fue nuevamente esa mueca que no terminaba de convertirse en sonrisa. Yo hice lo propio y me acerqué para felicitarla. Llegué hasta la venta de golosinas, donde la agasajada esperaba la otra parte de su obsequio. Con cierto recelo le dije: Felicidades, Elisa. Al hacerlo no usé signos exclamativos, mi entusiasmo ante su patético festejo no me daba para tanto. Mi saludo fue casi tan lánguido como su intención de sonrisa de agradecimiento.  Luego, el joven dependiente le entregó una bolsa de cotufas pequeñas y un refresco de cola, igualmente pequeño. A Elisa ese menoscabo en la cantidad del premio no le gustó, así que reclamó lo que consideraba su derecho, con voz bajita le dijo al joven que ella quería un paquete de cotufas como el que le daban al resto, gigante y con la silueta del cantante y bailarín sobre un fondo blanco. El dependiente le explicó con una sonrisa, aprendida en los entrenamientos de la empresa, que el combo cumpleañero consistía en un paquete pequeño de ambas cosas. Remató con un “Sorry. ¡Feliz cumpleaños!” el final de su rápida explicación. Elisa aceptó a regañadientes las excusas del muchacho, porque entendía que él era sólo un empleado que cumplía órdenes, pero dejó claro que no estaba de acuerdo con esa política  de la cadena de cines, tan  timadora e injusta. De lo molesta que estaba ni siquiera se acordó de agradecer el saludo de cumpleaños del joven, quien no pudo hacer más que sonreír con disimulada incomodidad ante el resto de clientes en espera. Mientras Elisa reclamaba, me fijé que sus labios eran tan finos como el leve trazo de un lápiz. Sus besos seguramente deben ser tan desabridos como el resto de su cuerpo, pensé con cierta pena por ella. De pronto Elisa se quedó callada, intimidada por las personas que a su alrededor la miraban con cierta burla y una no disimulada conmiseración, así que la solitaria cumpleañera cogió su bolsa de cotufas de plaza de pueblo junto a su bebida inundada de cubos de hielo y se metió con mala cara en la sala 2.
        Éramos pocos en esa sala, entraron la cumpleañera, el viejo, una pareja tomada de la mano, algunos jóvenes con aire de estudiantes de cine y un grupo pequeño de muchachos que odiaban la música pop y que se dedicaron a hablar pestes de la estrella muerta; lo hicieron antes de entrar y durante la proyección. Eran insufribles. Yo me senté en la última fila, es una costumbre panóptica que tengo, desde esa posición puedo verlos a todos, la pantalla y los espectadores. Una vez acomodada en mi butaca supe que lo que iba a ver no sería nada optimista. El filme se llamaba Katyń y el director era el polaco Andrzej Wajda.
         Una música densa acompañaba a unas nubes oscuras y tenebrosas que servían de fondo para poner los primeros créditos de la película, y sobre esas nubes, en letras y números corroídos, aparecieron un nombre y una fecha: 17 WRZEŚNIA 1939. Al leerlo no pude contener una risa maliciosa, se trataba de la invasión roja a Polonia. Bonito regalo de cumpleaños, pensé, e inmediatamente clavé los ojos en el asiento de Elisa, que estaba a unos pocos pasos del mío. Al hacerlo me fijé que se levantó cuando vio la tormenta de nubes oscuras sobre la pantalla, tal vez presintiendo el drama que se avecinaba. Sin embargo, una muy buena primera secuencia la hizo desistir de evacuar el área. En esa primera toma se ve, dentro de un plano general, a un grupo de personas huyendo en dirección a un puente; del otro lado del puente viene otro grupo más disperso y pequeño. Ambos bandos se notan asustados. Cuando los dos grupos se avizoran se dan entre sí gritos y advertencias para que se devuelvan. El miedo colectivo los atrapa en el centro del conflicto: de un lado huyen de los alemanes, del otro escapan de los soviéticos. Estaban jodidos.
          Katyń fue el lugar donde el ejército ruso asesinó en serie a un gran número de prisioneros polacos. La película mostraba la guerra, a los verdugos soviéticos metiéndoles un tiro en la nuca a los condenados a muerte, a unas mujeres aferradas a la esperanza de que sus maridos regresaran a casa. Sólo unos pocos volvieron, el resto quedó enterrado en el frío y el silencio de un bosque invernal. A pesar de la dureza del filme bélico, la pareja de enamorados no dejó de darse besos y manosearse con descaro y sin pudor, aprovechando la clásica oscuridad y una sala casi vacía. Se encontraban en la última fila de asientos, diagonal a la mía. Yo escuchaba el roce de sus ropas, los jadeos contenidos. Mientras en la pantalla se oían las botas de los nazis y los bolcheviques sobre el suelo de Varsovia, los enamorados emitían gemidos propios de una gran excitación. En esa sala se estaba viviendo el sexo y la guerra en un mismo plano, ambos crudos e incontenibles.
          El viejo de acento extranjero estaba sentado una fila antes de la mía, miraba concentrado la película, casi ni se movía, al punto que llegué a pensar que se había quedado dormido. Ni siquiera el juego de los amantes lo distraían de su concentración.  Los muchachos anti-pop se sentaron en una de las hileras del centro y no cesaban de hablar y despotricar. Con ese humor fascista característico de la adolescencia opinaban que a la estrella que homenajeaban en las otras salas también debieron pasarla por las armas. Los estruendos de sus risas ante tamaño comentario se confundían con el sonido de las balas en las cabezas polacas. Entretanto, Elisa se estremecía con cada una de las crueldades de la invasión rusa, al tiempo que racionaba su bolsa de cotufas para que le alcanzara para toda la función. 
          Cuando Katyń terminó algunos de los corazones de la sala salieron devastados. Otros se tomaron las cosas más a la ligera, como uno de los muchachos que al pasar por mi lado se quejó porque “en la película no se asomó ni una teta”. Como siempre, me quedé hasta el final, ésa es otra de mis costumbres en el cine: quedarme hasta que desaparezcan todos los créditos. Al encenderse las luces pude ver que la pareja de enamorados se acomodaba la ropa y el pelo, y al fijarse que los observaba se hicieron los desentendidos y salieron rápidamente. El viejo se quedó sentado un  largo rato, como si no pudiera levantarse, él y yo fuimos los últimos en salir.  A Elisa la perdí de vista, debió abandonar el lugar muy rápido. Cuando me dirigía a la parte de afuera pasé cerca de los muchachos que parecían estudiantes de cine y oí a uno de ellos emitir uno de los juicios más característicos de quienes se ufanan de conocer el mundo cinematográfico: “excelente fotografía”. Fuera de la sala oscura nuestros rostros contrastaban con las caras risueñas de los asistentes de la otra proyección. Ellos sonreían ante la inmortalidad glamorosa de Hollywood, en tanto que nosotros teníamos el rostro enjuto frente a la fragilidad humana.
          El viejo y yo tomamos la misma dirección, aunque cada uno iba por su lado. Al llegar a la estación del trolebús me di cuenta de que Elisa también estaba ahí. Los tres coincidimos en la misma ruta, ya era un poco tarde y había pocos pasajeros y suficientes puestos desocupados. Algunas caras del vagón estaban adormecidas, otras se notaban cansadas, como las de dos obreros que cabeceaban sobre sus mochilas de trabajo. A pesar de la buena cantidad de puestos vacíos, el viejo se acercó y se sentó a mi lado y con una sonrisa amable exclamó: “¡fuerte la película, eh!”. Buscaba conversación, todo lo contrario de Elisa, que aprovechó uno de los asientos individuales, probablemente con la intención de no ser molestada. “Tal vez demasiado dura—le comenté—, creo que hubo un morbo innecesario, mucho afán en mostrar las ejecuciones”. El anciano me miró y se quedó callado por unos instantes, luego cruzó los brazos, miró hacia adelante y antes de soltar un suspiro exclamó con voz profunda: “No, muchacha, dura es la guerra. Yo vengo de ella, y aunque el tiempo pase uno le sigue perteneciendo, no importa que ella haya terminado”. Ahora entendía su acento extranjero. Era polaco. 
          Como única respuesta sólo pude mirarlo, apretar los labios y alzar las cejas. “Sí, dura es la guerra”, volvió a exclamar antes de bajarse en su estación. Al hacerlo, se cruzó con unos músicos que entraban y que estaban algo borrachos. Eran tres de esos músicos callejeros que se ganan la vida tocando en el transporte público. Uno cantaba, el otro tocaba la guitarra y el tercero recogía el dinero ganado en un sombrero. Aproveché su presencia para pedirles, en voz bajita, que le dedicaran una canción a la señora de lentes que iba sola en uno de los puestos de adelante. También les informé que ella estaba de cumpleaños. Por unas monedas, y con una voz un poco distorsionada por el alcohol, le cantaron las mañanitas y le dijeron unas palabras de felicitaciones. Los obreros somnolientos despertaron con las notas musicales y aplaudieron al finalizar, algunos otros pasajeros celebraron la ocurrencia con sonrisas y aplausos. Elisa volteó sorprendida, me miró y nos dio las gracias a todos. Los músicos se quedaron en la estación en que yo también debía bajarme. Sin embargo, no lo hice, un afán detectivesco o el síndrome Amélie hizo que pasara mi ruta y siguiera los pasos de la cumpleañera solitaria. En el fondo temía que a ella se le ocurriese algo fatal en su desolado aniversario. Se notaba tan desamparada y frágil que temí que su última parada fuera el viaducto más cercano o que se tirara sobre las vías del trolebús.
          Elisa se quedó en la antepenúltima estación del recorrido, casi en las afueras de la ciudad. Yo me escabullí entre el resto de los pasajeros al bajar, para evitar que ella se diera cuenta de que le seguía los pasos. Una vez en la calle, decidí detenerme en un kiosco con la intención de comprar cigarrillos, para darle tiempo a la mujer de que siguiera adelante, yo la alcanzaría después. A lo lejos se divisaba el anuncio en luces de neón de un popular establecimiento de comida rápida; Elisa tomó esa dirección.
          Pocos minutos después reanudé mi persecución hasta el restaurante, pero no entré, preferí quedarme afuera, en un lugar desde donde pudiera observarla. Vi que hizo la cola y pidió un pedazo de torta y una cajita infantil, de ésas que vienen con una minihamburguesa y un juguete. Elisa se sentó en una mesa pequeña, alrededor suyo había unas pocas personas. Cerca de donde yo estaba se encontraban unos empleados del lugar sacando la basura, y junto a ellos estaba el payaso que ameniza las fiestas infantiles del local. El payaso fumaba, charlaba y eventualmente se subía los testículos. Cuando lo escuché noté que tenía la voz ronca como la de un fumador crónico. Con la excusa de buscar fuego para mi cigarrillo me acerqué, mientras Elisa sacaba el juguete de su cajita y lo ponía frente al trozo de torta. El payaso me dio fuego y al tenerlo cerca pude percibir que sobre su rostro maquillado de blanco surgían unos pelitos propios de quien lleva varios días sin afeitarse. Con el cigarrillo encendido fingí postura de fumadora, aunque no fumo. Le busqué conversación al payaso mientras los empleados volvían adentro a buscar más bolsas de basura. Le dije: “¿tú ves esa mujer que está sentada cerca del rincón del baño?” “Sí, ¿qué pasa con ella?”, me preguntó sin mucho interés, con su boca muy grande y muy roja y con un aliento de fumador empedernido. Hoy es su cumpleaños y está más sola que la una, le respondí. “Todos estamos solos”, dijo el payaso de súbito—una reflexión filosófica que me pareció casi una altanería—. No le hice caso a su comentario y retomé mi plan: “¿Será que tú puedes…?”—comencé a formular la pregunta que el payaso no permitió terminar—. “¿Tú puedes qué?”, preguntó a la defensiva. “Hacerle una fiesta, hacer tus gracias”, respondí mientras veía cómo Elisa miraba su trozo de torta y, estoy segura, se cantaba en silencio su cumpleaños feliz. “No, a esta hora no me gusta ser payaso de nadie, ya mi horario de trabajo finalizó, además sólo animo fiestas infantiles, suficiente con eso, así que olvídalo”.
         No sé de dónde saqué valor, supongo que fue el ver a esa solitaria cumpleañera frente a un pedazo de torta y un juguete por acompañante lo que me empujó a agarrar al payaso por la braga amarilla, a la altura del cuello, y pedirle con determinación: “anda y le cantas el cumpleaños, ¿qué te cuesta, cajita feliz?” El payaso no esperaba tal reacción y quedó desconcertado por unos segundos, después miró hacia la mesa de la mujer, tiró lo que quedaba de su cigarrillo al piso, lo estrujó con su zapato cabezón y, antes de entrar, dijo: “está bien, lo voy a hacer, a ver si esta noche alguien se queda conmigo”.
         No puedo asegurar cómo terminó la película de Elisa sin inventar un poco, sin creerme con el derecho de ser la guionista de su celebración de cumpleaños. El resto de lo que vi esa noche fue a un payaso vestido con una braga ancha y amarilla acercándose a su mesa, mientras otros empleados comenzaban a levantar las sillas y a barrer el lugar, y algunas luces se apagaban. Si desde la vidriera se me ocurriera hacer un primer plano diría que al principio Elisa no sonrió ante la irrupción del ridículo payaso, pero que después su mirada se fue suavizando hasta que por fin se asomó una sonrisa en su rostro. Tal vez esto ocurrió cuando el payaso, ya sin maquillaje, se la llevó al cuartito que seguramente tiene por vivienda. El resto, me gustaría inventar, es un foco circular, como en el cine mudo, cerrando la escena de dos solitarios que se besan, y un empleado que se acerca a la puerta del restaurante para poner el aviso de Closed, pero que en  su lugar se lea: The End. 

 

13 comentarios

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13 Respuestas a “Carolina Lozada: “El cumpleaños de Elisa”

  1. Muy bueno! Felicitaciones por el suspenso sostenido!

    • Cimwenwe

      Te felicito Carolina, es un cuento muy bien logrado por su dulce melancolía, su ironía aguda y la vívida atmósfera de soledad que logra transmitirnos a través de la desamparada Elisa en medio de esa sala de cine, en la que los grandes y conocidos sufrimientos de la guerra se funden con los pequeños y anónimos de la protagonista. En el relato hay una maestría narrativa que puede apreciarse en su certero manejo del lenguaje y del ritmo narrativo, sin embargo creo que ganaría si decidieras suprimir el último párrafo y lo dejaras hasta donde dice: “payaso no esperaba tal reacción y quedó desconcertado por unos segundos, después miró hacia la mesa de la mujer, tiró lo que quedaba de su cigarrillo al piso, lo estrujó con su zapato cabezón y, antes de entrar, dijo: “está bien, lo voy a hacer, a ver si esta noche alguien se queda conmigo”.
      De cualquier modo pienso que es un gran cuento y creo que el mismísimo August Monterroso no tendría reparo en incluirlo en su célebre antología del Cuento Triste. Felicito a la revista Cuatro Cuentos por dar a conocer un relato de tanta calidad como este, que junto al del colombiano Antonio García Ángel me parece uno de los mejores que se ha publicado en esta revista.

  2. Terminaitor

    Me destornillé de la risa leyendo esto. La risa mía, como la de los otros supongo, entre lo cruel y lo triste. Me encanta leer a Carolina lo saca uno de golpe de la realidad, para meterlo en una realidad que es peor que la que uno puede vivir, hace de la tragedia la mejor fiesta que puede tener un lector. Reírnos del infortunio de estar solos y jodidos, rogando un poco, sólo un poquito de afecto, enfermos de a ratos del síndrome de Amelie, la super man de nuestros días.

  3. krina ber

    Me conmovió mucho este relato, Carolina, con el toque humano que tiene y que sólo hace efecto cuando el narrador domina bien la tensión narrativa y el suspenso. Tal vez porque “Katyn” me despertó una callada avalancha de recuerdos como en blanco y negro de mi propia infancia (nací en la postguerra en Polonia) las calles, los muebles y la ropa de la gente, la melodía particular en que suenan las frases en polaco que yo ya perdí hace tiempo, y esa omnipresencia del invasor soviético en la escuela y en todas partes, con una sensación en el aire de que era peligroso hablar. Y también vi la reacción de la gente durante la película que tanto resalta tu relato. También me gusta la mención del “síndrome Amelie”. En breve, te felicito mucho por este cuento!

  4. José Ortiz

    Este cuento es excelente, maneja la ironía casi al estilo de Luis Buñuel, sin hundir al personaje, rescatando al final a quien estuvo a punto de hundirse en el fango. La autora maneja muy bien el humor. Como lo dijo otro comentarista, me reí mucho durante la lectura, lo que no significa que no haya en la historia una carga muy triste. En fin, mis felicitaciones a Carolina Lozada.

  5. jim cabellos

    Me conmovió mucho el personaje de Elisa, hay de todo en ella.

  6. Excelente reflejo de la soledad, Carolina, y tan ciertas las palabras del payaso “todos estamos solos”, que sintetizan de algún modo lo planteado. Me parece que el propio narrador vive una experiencia catártica al tratar de aportar a Elisa lo que quizá él mismo necesita (me viene a la mente el reflejo en que tantas veces nos contemplamos.)

    Tengo que ver la película.

    Gran relato, ¡un saludo!

  7. Gus:
    Me gustó eso del “suspenso sostenido”.

    Terminaitor:
    Yo también me destornillé escribiéndolo.

    Krina:
    Conmovedor tu comentario y cargado de materia narrativa. La posguerra, los recuerdos infantiles, la lengua que se pierde. Siento debilidad por las historias polacas. Y por cierto, hace poco me encontré con esto: http://www.youtube.com/watch?v=JVl1FKPm4Sg.

    José:
    Y hablando de Buñuel, te responderé con el comentario que le hace un detective a Archivaldo de La Cruz, el personaje de “Ensayo de un crimen”, ante su insistencia de creerse asesino: “el pensamiento no delinque, señor de La Cruz”…

    Jim Cabellos:
    Había oído decir que los personajes toman dominio de las historias y obligan al escritor a hacer lo que ellos quieren, pero nunca había visto a un personaje salirse de su historia y tener la desfachatez de ir a comentar en otros cuentos. Te conozco “Jim Cabellos”, me perteneces…
    ¿Quién tomó tu nombre?, ¿Jairo?

    Gracias a todos por sus comentarios.

  8. “Lo siento, Carolina, Jim Cabellos ya se manda solo y hasta manda en los demás. Él me obligó.

  9. Definitivamente muy buen cuento donde la soledad se manifiesta no sólo en Elisa, sino en la voz narrativa que le comparte la suya.

  10. Abel Zar

    Un magnífico cuento, Carolina. Me gustó de principio a fin y no le quitaría ni le pondría nada (acaso le cambiaría “de fumador empedernido”, sólo porque antes ya habías escrito “de fumador crónico”, cuando describías al payaso. Qué tal “de adicto al tabaco”, por ejemplo). No soy experto en cuentos y me basta con dejarme atrapar tanto por la propiedad lingüística y la habilidad narrativa como por la anécdota, que, en el caso de tu cuento, de sencilla y aparentemente intrascendente, por vía de buena literatura se torna extraordinaria. Te felicito. Estaré pendiente de lo que publiques. Un abrazo.

  11. Damian Roldan Suárez.

    Excelente el cuento, muy profundo y veraz ante la realidad desprotegida de la soledad que malamente pesa sobre quien no tiene a nadie quien le diga un “Te quiero” o un “Feliz Cumpleaños” que lo invite a pasar la noche a su lado.

  12. christian

    AAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!!!!!!!!!
    Eres sencillamente increible! (y yo no soy tan expresivo, creeme, solo quise llamar tu atencion para que no te pierdas mi sincero cumplido-merecido, je je ) x cierto, donde has estado toda mi vida?. cuidate, besos, suerte y exito (si, claro, mas) (saberyser@hotmail.com) (Christian)

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